Skip to main content

Full text of "Memorias de mis tiempos .."

See other formats


This  is  a  digital  copy  of  a  book  that  was  preserved  for  generations  on  library  shelves  before  it  was  carefully  scanned  by  Google  as  part  of  a  project 
to  make  the  world's  books  discoverable  online. 

It  has  survived  long  enough  for  the  copyright  to  expire  and  the  book  to  enter  the  public  domain.  A  public  domain  book  is  one  that  was  never  subject 
to  copyright  or  whose  legal  copyright  term  has  expired.  Whether  a  book  is  in  the  public  domain  may  vary  country  to  country.  Public  domain  books 
are  our  gateways  to  the  past,  representing  a  wealth  of  history,  culture  and  knowledge  that's  often  difficult  to  disco  ver. 

Marks,  notations  and  other  marginalia  present  in  the  original  volume  will  appear  in  this  file  -  a  reminder  of  this  book's  long  journey  from  the 
publisher  to  a  library  and  finally  to  you. 

Usage  guidelines 

Google  is  proud  to  partner  with  libraries  to  digitize  public  domain  materials  and  make  them  widely  accessible.  Public  domain  books  belong  to  the 
public  and  we  are  merely  their  custodians.  Nevertheless,  this  work  is  expensive,  so  in  order  to  keep  providing  this  resource,  we  have  taken  steps  to 
prevent  abuse  by  commercial  parties,  including  placing  technical  restrictions  on  automated  querying. 

We  also  ask  that  you: 

+  Make  non-commercial  use  of  the  files  We  designed  Google  Book  Search  for  use  by  individuáis,  and  we  request  that  you  use  these  files  for 
personal,  non-commercial  purposes. 

+  Refrainfrom  automated  querying  Do  not  send  automated  queries  of  any  sort  to  Google's  system:  If  you  are  conducting  research  on  machine 
translation,  optical  character  recognition  or  other  áreas  where  access  to  a  large  amount  of  text  is  helpful,  please  contact  us.  We  encourage  the 
use  of  public  domain  materials  for  these  purposes  and  may  be  able  to  help. 

+  Maintain  attribution  The  Google  "watermark"  you  see  on  each  file  is  essential  for  informing  people  about  this  project  and  helping  them  find 
additional  materials  through  Google  Book  Search.  Please  do  not  remo  ve  it. 

+  Keep  it  legal  Whatever  your  use,  remember  that  you  are  responsible  for  ensuring  that  what  you  are  doing  is  legal.  Do  not  assume  that  just 
because  we  believe  a  book  is  in  the  public  domain  for  users  in  the  United  States,  that  the  work  is  also  in  the  public  domain  for  users  in  other 
countries.  Whether  a  book  is  still  in  copyright  varíes  from  country  to  country,  and  we  can't  offer  guidance  on  whether  any  specific  use  of 
any  specific  book  is  allowed.  Please  do  not  assume  that  a  book's  appearance  in  Google  Book  Search  means  it  can  be  used  in  any  manner 
any  where  in  the  world.  Copyright  infringement  liability  can  be  quite  severe. 

About  Google  Book  Search 

Google's  mission  is  to  organize  the  world's  information  and  to  make  it  universally  accessible  and  useful.  Google  Book  Search  helps  readers 
discover  the  world's  books  while  helping  authors  and  publishers  reach  new  audiences.  You  can  search  through  the  full  text  of  this  book  on  the  web 


atjhttp  :  //books  .  qooqle  .  com/ 


Acerca  de  este  libro 

Esta  es  una  copia  digital  de  un  libro  que,  durante  generaciones,  se  ha  conservado  en  las  estanterías  de  una  biblioteca,  hasta  que  Google  ha  decidido 
escanearlo  como  parte  de  un  proyecto  que  pretende  que  sea  posible  descubrir  en  línea  libros  de  todo  el  mundo. 

Ha  sobrevivido  tantos  años  como  para  que  los  derechos  de  autor  hayan  expirado  y  el  libro  pase  a  ser  de  dominio  público.  El  que  un  libro  sea  de 
dominio  público  significa  que  nunca  ha  estado  protegido  por  derechos  de  autor,  o  bien  que  el  período  legal  de  estos  derechos  ya  ha  expirado.  Es 
posible  que  una  misma  obra  sea  de  dominio  público  en  unos  países  y,  sin  embargo,  no  lo  sea  en  otros.  Los  libros  de  dominio  público  son  nuestras 
puertas  hacia  el  pasado,  suponen  un  patrimonio  histórico,  cultural  y  de  conocimientos  que,  a  menudo,  resulta  difícil  de  descubrir. 

Todas  las  anotaciones,  marcas  y  otras  señales  en  los  márgenes  que  estén  presentes  en  el  volumen  original  aparecerán  también  en  este  archivo  como 
testimonio  del  largo  viaje  que  el  libro  ha  recorrido  desde  el  editor  hasta  la  biblioteca  y,  finalmente,  hasta  usted. 

Normas  de  uso 

Google  se  enorgullece  de  poder  colaborar  con  distintas  bibliotecas  para  digitalizar  los  materiales  de  dominio  público  a  fin  de  hacerlos  accesibles 
a  todo  el  mundo.  Los  libros  de  dominio  público  son  patrimonio  de  todos,  nosotros  somos  sus  humildes  guardianes.  No  obstante,  se  trata  de  un 
trabajo  caro.  Por  este  motivo,  y  para  poder  ofrecer  este  recurso,  hemos  tomado  medidas  para  evitar  que  se  produzca  un  abuso  por  parte  de  terceros 
con  fines  comerciales,  y  hemos  incluido  restricciones  técnicas  sobre  las  solicitudes  automatizadas. 

Asimismo,  le  pedimos  que: 

+  Haga  un  uso  exclusivamente  no  comercial  de  estos  archivos  Hemos  diseñado  la  Búsqueda  de  libros  de  Google  para  el  uso  de  particulares; 
como  tal,  le  pedimos  que  utilice  estos  archivos  con  fines  personales,  y  no  comerciales. 

+  No  envíe  solicitudes  automatizadas  Por  favor,  no  envíe  solicitudes  automatizadas  de  ningún  tipo  al  sistema  de  Google.  Si  está  llevando  a 
cabo  una  investigación  sobre  traducción  automática,  reconocimiento  óptico  de  caracteres  u  otros  campos  para  los  que  resulte  útil  disfrutar 
de  acceso  a  una  gran  cantidad  de  texto,  por  favor,  envíenos  un  mensaje.  Fomentamos  el  uso  de  materiales  de  dominio  público  con  estos 
propósitos  y  seguro  que  podremos  ayudarle. 

+  Conserve  la  atribución  La  filigrana  de  Google  que  verá  en  todos  los  archivos  es  fundamental  para  informar  a  los  usuarios  sobre  este  proyecto 
y  ayudarles  a  encontrar  materiales  adicionales  en  la  Búsqueda  de  libros  de  Google.  Por  favor,  no  la  elimine. 

+  Manténgase  siempre  dentro  de  la  legalidad  Sea  cual  sea  el  uso  que  haga  de  estos  materiales,  recuerde  que  es  responsable  de  asegurarse  de 
que  todo  lo  que  hace  es  legal.  No  dé  por  sentado  que,  por  el  hecho  de  que  una  obra  se  considere  de  dominio  público  para  los  usuarios  de 
los  Estados  Unidos,  lo  será  también  para  los  usuarios  de  otros  países.  La  legislación  sobre  derechos  de  autor  varía  de  un  país  a  otro,  y  no 
podemos  facilitar  información  sobre  si  está  permitido  un  uso  específico  de  algún  libro.  Por  favor,  no  suponga  que  la  aparición  de  un  libro  en 
nuestro  programa  significa  que  se  puede  utilizar  de  igual  manera  en  todo  el  mundo.  La  responsabilidad  ante  la  infracción  de  los  derechos  de 
autor  puede  ser  muy  grave. 

Acerca  de  la  Búsqueda  de  libros  de  Google 

El  objetivo  de  Google  consiste  en  organizar  información  procedente  de  todo  el  mundo  y  hacerla  accesible  y  útil  de  forma  universal.  El  programa  de 
Búsqueda  de  libros  de  Google  ayuda  a  los  lectores  a  descubrir  los  libros  de  todo  el  mundo  a  la  vez  que  ayuda  a  autores  y  editores  a  llegar  a  nuevas 


audiencias.  Podrá  realizar  búsquedas  en  el  texto  completo  de  este  libro  en  la  web,  en  la  páginalhttp  :  /  /books  .  qooqle  .  com 


SA3H30.S 


Sarbarb  Colle'ge  iíbtatg 


4Jb.  ..V£,V  J U~cJkAA^v%GL*%/ 


-v.-.A-  •": 


GUILLERMO  PRIETO 

(FIDEL) 


DE 


MIS  TIEMPOS 


1828  A  1840 


LIBRERÍA  DE  LA  Voa.  de  c.  bouret 


P  A  R I  3. 

23,  Rüe  Viscohti,  23. 


MÉXICO. 
14,  Cinco  db  Mayo,  14. 


1906 


MEMORIAS  DE  MIS  TIEMPOS 


L 


I 


<f-¿¿—  ¿c 


'•>5 


••  -O 


_J- 


GUILLERMO  PRIETO 

(FIDEL)" 


MEMORIAS 

DE 

MIS  TIEMPOS 


1828  A  1840 


LIBRERÍA  DE  LA  V»*.  DE  C.  BOÜRET 

PARÍS.  i  MÉXICO. 

23,  Roe  Vmcobti,  23.  |  14,  Cikco  db  Mayo,  14. 

1906 


n  >!.   , ; 


Propiedad  asegurada  conforme  á  la  Ley. 


Tipografía  de  la  Viuda  de  Francisco  Díaz  de  León. 

Esquina  5  de  Mayo  y  Callejea  de  Santa  Clara. 


MEMORIAS  DE  MIS  TIEMPOS 

1828 


Impresiones  de  infancia. — Molino  del  Rey. — Un  describir  ó  sea 
sólo  mención. — Barbacoa. — Coleadero. — Herradero. — Rifa  de  com- 
padres.— Posadas. — Compadrazgos. — Rifas  de  santos. — Gral.  Vic- 
toria.— Primer  ensayo  oratorio. — Viernes  de  Dolores. — Coloquio. 
— Hazañas  infantiles. — La  Loba  de  Chapul tepec— Mis  padres.— 
Escuela  de  D.  Manuel  Calderón. — Vida  íntima. — Comidas. — Cos- 
tumbres religiosas  del  hogar. — Cuaresma. — Semana  Mayor. — Pro- 
cesiones. —  Ejercicios.  —  Desagravios.  —  Romerías. —  Posadas. — 
Fiesta  de  Indios. — Señor  de  Chalma. — Los  Remedios. — Toma  de 
hábito. — Can  tamisa. — Mi  tía  Juanita. — Recuerdo  de  Cardoso. — San 
Judas. — Milagros. —  Educación. — Mi  tía  Doloritas. — Su  muerte. — 
Mi  miedo. — Cambio  de  vida. — Juegos  de  niños. — Mi  abuelo. — Tea- 
tro.— Toros. — D.  Javier  Horas. — Toreros  célebres. — Juego  de  pe- 
lota.— Grandes  jugadores. — Los  títeres. — Mi  aventura  con  los  titi- 
riteros.— Grito  de  la  Acordada. — Victoria  y  Pedraza. — Guerrero. — 
Saqueo  del  Parián. — Emigración. — Descripción  del  Parían. — Anéc- 
dota de  Obregón. — Rendición  de  Barradas. — Bustamante. — Rasgos 
biográficos  de  Guerrero. — Muerte  de  mi  padre. — Cambios  de  suer- 
te.—  Orfandad.  —  Examen  de  mi  saber  y  esperanzas. — La  señora 
mi  madre. — Descubrimiento  poético. — Ensayos. — D.  Joaquín  He- 
redia  y  Dolía  Anita  Zuleta. — Tertulias. — Improvisadores. — Ejercí- 


cios  de  improvisación  en  la  Alameda. — El  barbero  D.  Melesio. — 
Fama  de  poeta, — Miseria. — Confidencia  do  dolor. — Ojeada  ala  pren- 
sa.— Pensador. — Bodegones.— Quintana  Hoo. — Entrevista. — Adua- 
na.— Castaños. — Colegio. — Iturralde. — Ca.*a  de  Quintana.— Hercdia. 
— Zavala. —  Músicos. —  Beristain. —  Baldovinos. —  Ibarra.  —  Alejo 
Infante. — Payno. — Zozaya. — I).  Carlos  Medina  Picazo. — D.  Ignacio 
Pavón. — Lagartijos  de  la  época. — Suárez. — Algara  era  la  elegancia. 
— Lacunza. — Collado. — Casa  do  vecindad.  —  Colegio  de  Jesús. — 
Olaguíbel. 


Agosto  2.— 1886. 

Suelen  los  autores  de  comedias  de  magia, después  de 
agotar  su  imaginación  en  vuelos  imposibles,  transfor- 
maciones milagrosas,  abismos  que  se  abren  para  des- 
cubrir palacios  encantados,  enanos  que  danzan,  brujas 
que  se  desenvainan  de  un  saco  tenebroso  y  aparecen 
ninfas  seductoras,  lluvias  de  fuego  y  orgías  de  infierno, 
dar  cuna  y  remate  á  sus  fantásticas  creaciones  con  una 
vista  que  llaman  de  gloria,  porque  en  efecto,  parece 
descender  la  gloria  al  suelo. 

Verjeles  deliciosos,  murmuradoras  fuentes  cristali- 
nas, luz  de  aurora  que  transparenta  el  cielo  y  las  es- 
trellas, alados  genios,  deidades  reclinadas  en  nubes  de 
oro  y  nácar,  de  gualda  y  de  topacio;  y  en  las  alturas,  can- 
tos tan  melodiosos  y  sentidos  que,  arrobada  el  alma, 
flota,  sueña,  se  encanta  y  deleita  como  desprendida  de 
todo  lo  terreno;  y  cuando  el  telón  cae  y  desaparece  la 
visión,  caemos  como  despeñados  á  la  triste  realidad, 
sintiendo  tristeza  y  desdén  por  cuanto  nos  rodea. 


He  ahí  el  cuadro  de  las  impresiones  de  mis  prime- 
ros años  al  despertar  á  la  vida  en  el  Molino  del  Rey, 
mimado  de  mis  padres,  acariciado  de  mis  primos  y  go- 
zando mi  alma  con  las  agrestes  lomas,  los  volcanes 
gigantes,  la  vista  de  los  lagos  apacibles  y  el  bosque  au- 
gusto de  ahuehuetes,  titanes  dalos  siglos,  que  parecen 
hablar  en  la  noche  al  rayo  de  la  luna,  de  lo  eterno  y  de 
lo  sublime  de  sus  recuerdos. 

Como  en  fragmentos,  como  los  pedazos  sinconclusión 
de  un  gran  cuadro  en  que  muy  complicadas  escenas  sp 
conjeturan  que  debió  representar,  como  en  manuscrito 
precioso  con  unas  hojas  intactas  y  otras  arrancadas,  así 
recorro  mis  recuerdos  tan  raros,  tan  incoherentes,  con 
interés  tan  sólo  y  privativo  para  mí,  que  los  habría  omi- 
tido si  no  fuera  porque  en  consignarlos  tengo  placer  y 
esto  lo  escribo  muy  especialmente  para  pasar  el  tiem- 
po y  darme  gusto. 

¿Y  por  qué  no  decirlo?  Me  complace  recordarme  ni- 
ño, ostentando  ligereza  salvaje  en  la  pelota,  en  la  lucha 
fen  volar,  en  correr  sobre  el  acueducto  que  atraviesa  el 
Molino  en  equilibrio  peligroso,  como  plagiando  los  en- 
cantos del  vuelo,  en  precipitarme  de  los  almeares  de 
zacate  ó  montones  de  trigo  despeñado*  con  los  otros 
muchachos,  saliendo  de  esas  expediciones  casi  etéreas 
cuando,  no  mal  parado  y  contuso,  con  el  mameluco  he- 
cho girones,  un  zapato  extraviado  y  la  cachucha  sin  re- 
vés ni  derecho,  convertida  en  un  harapo  anónimo. 

Entre  estas  escenas,  y  desenvolviendo  el  lienzo,  re- 
cuerdo los  fervorosqs  rezos  de  la  capilla;  á  mi  hermoso 


padre  arrodillado  ante  el  altar  entre  los  peones  del 
campo;  al  sacerdote  conjurando  la  nube  de  granizo, 
al  reverberar  de  los  relámpagos,  al  retumbar  el  trueno 
en  medio  de  nuestro  asombro  y  postraciones.   • 

Después  vienen  otras  escenas  pastoriles,  los  campos 
sedientos,  el  occidente  orlado  de  nubes  rojas,  como 
cortinajes  colgando  sobre  las  lomas  y  el  poético  San- 
tuario de  los  Remedios  blanqueando  en  las  alturas  de 
Noroeste. 

A  las  orillas  de  las  milpas  y  trigales  caminaba  la  pro- 
cesión, con  los  niños  vestidos  de  blanco  llevando  en 
andas  á  la  Virgen;  las  frescas  muchachas  vestían  de  pas- 
toras y  regaban  flores;  las  mujeres,  íos  ancianos,  los 
peones  con  sus  velas  en  las  manos  ó  tiestos  con  incien- 
so; al  fin  los  dependientes  de  la  casa  llevando  el  palio 
y  el  sacerdote  revestido  con  su  sobrepelliz  y  su  capa  re- 
verberando de  blanco  y  oro,  cantando  la  letanía  y  res- 
pondiendo el  coro  de  voces  conmovidas 

Los  herraderos  y  coleaderos;  las  comidas  de  barba- 
coa debajo  de  los  árboles  del  bosque  de  Chapulteped^ 
las  mil  diversiones  con  pretextos  de  compadrazgos, 
posadas,  rifas  de  santos,  etc.,  etc.,  no  son  para  porme- 
norizadas, porque  llenarían  tomos  enteros. 

Descuella  poderoso  entre  mis  recuerdos,  mi  primer 
ensayo  de  oratoria. 

Tenía  yo  siete  años;  fué  el  año  de  1825. 

Dispuso  mi  abuelo,  el  Sr.  D.  Pedro  Prieto,  un  suntuo- 
so altar  de  Dolores  con  bosque  y  calvario,  profusión  de 
aguas  de  colores,  sembrados  de  tiestos  porosos,  con  tri- 


go,  alegría,  lenteja,  etc.,  etc.,  banderitas  de  oro  volador, 
sartas  de  yoloxochül  y  manojos  de  trébol;  á  torrentes 
flores  de  chícharo,  amapolas,  retama,  rosas,  jazmines  y 
claveles  con  profusión;  alfombras  formadas  de  polvo 
de  café,  salvado,  arena  y  hojas  de  flores  y  chichicastti; 
cirios  en  arrobas  y  naranjas  con  banderitas  de  oro  vo- 
lador y  papel  picadp,  y  en  cierta  perspectiva  un  repuesto 
de  ollones  colosales  de  chía;orchata,  tamarindo,  timbiri- 
chi, todo  debido  servir,  según  se  requería,  con  su  polvo 
de  canela  aromática,  en  vasos  ó  en  jicaras  doradas. 

El  alma  de  la  fiesta  era  el  sermón,  y  mi  padre  grande 
quiso  que  yo  lo  recitase;  vistiéronme  de  canónigo,  se 
preparó  el  pulpito,  un  sabio  dieguino  me  hizo  el  sermón 
y  me  ensayó  para  decirlo. 

Llegóse  la  noche  tremenda;  la  concurrencia  á  la  casa 
de  mi  abuelo  era  numerosa,  ofició  el  rezo  un  alto  per- 
sonaje, el  General  Victoria,  y  se  cuitaron  los  misterios 
con  música  de  orquesta. 

Anuncióse  el  sermón.  Persígnense.  Dije  aquello  de 
Stabat  justa  crucem  Jesús  mater  ejus  y  no  era  asom- 
bro sino  embriaguez  la  que  producía  la  miniatura  de 
Bossuet;  pero  en  estas  ó  me  distraje  ó  que  sé  yo,  y  que 
el  sermón  se  va,  que  tartamudeo,  que  quieren  alentar- 
me, que  alguno  ríe. . . .  y  que  me  suelto  llorando  y  so- 
llozando y  desciendo  entre  enojos  y  regaños  y  rechifla 
estupenda,  del  pulpito De  esa  tremenda  derrota  na- 
ce mi  poca  vanidad  oratoria. 

Otra  de  mis  exhibiciones  infantiles  fué  en  un  co- 
loquio. 


La  señora  mi  madre,  que  era  muy  linda,  muy  ser- 
vicial y  muy  afecta  á  las  fiestas  de  familia,  dispuso  la 
función:  se  tiraron  paredes,  se  convirtieron  las  trojes  en 
salones  y  se  improvisó  un  teatro  con  todos  sus  menes- 
teres. 

Las  chicas  se  hicieron  pastoras,  y  pastores  los  depen- 
dientes. Fué  designada  para  Virgen,  Lolita,  que  era  de 
mis  primas  la  más  encantadora;  para  Luzbel,  mi  tío  el 
coronel  Pradillo,  arrogante  mozo  y  caballero  completo, 
y  yo  fui  San  Miguel. 

Había  .boca  de  infierno  que  arrojaba  llamas,  ha- 
bía escotillones  y  vuelos,  había  una  cena  de  pastores 
de  chuparse  los  dedos,  y  trajes  y  accesorios  de  enlo- 
quecer. 

Tuvo  la  Virgen  sus  aficionados,  las  pastoras  bebían 
los  vientos  porque  el  diablo  se  las  llevase,  y  San  Miguel 
triunfaba  no  sólo  de  Satán,  sino  de  sus  escrúpulos  do 
niño  y  de  arcángel. 

De  mis  hazañas  infantiles  dos  se  han  grabado  pro- 
fundamente en  mi  memoria. 

Fué  una  entre  monjas,  en  la  reja  ó  recepción  de  vi- 
sitas con  la  Madre  escuclia;  sus  reverencias  sentadas 
en  finos  petates  con  sus  velos  sobre  el  rostro,  el  torno 
para  la  comunicación  de  obsequios,  almuerzos  y  cho- 
colates y  sus  bancas  de  palo  blanco  por  la  parto  exte- 
rior para  las  visitas. 

Yo  vivía  en  la  calle  del  Portal  de  Tejada  en  los  altos 
de  una  vinatería  que  se  convirtió  en  una  especialidad 
por  su  concurrencia  quimerista  y  deslenguada. 


El  balcón  era  mi  residencia  por  las  perversas  incli- 
naciones de  la  cuidadora  y  la  taberna  mi  cátedra. 

Estábamos  en  la  reja;  mis  padres  me  instaban  para 
que  dijese  la  salve  á  las  monjitas,  yo  resistí  huraño, 
alguna  monja  me  dijo  algo  que  me  desagradó,  y  enton- 
ces me  levanté  iracundo  y  lancé  sobre  aquellas  almas 
de  Dios  tal  granizada  de  picardías  de  todos  calibres  y 
dimensiones,  que  mis  padres  avergonzados  ms. sacaron 
del  santo  recinto  y  me  vapularon  de  lo  lindo. 

La  otra  aventura  tiene  un  carácter  realmente  místico 
y  edificante. 

Eran  las  confesiones  de  cuaresma  y  yo  cumplía  con 
el  precepto  de  la  Iglesia  en  la  Encarnación. 

Caía  la  tarde  escondiéndose  bajo  el  manto  de  la  no- 
che. Mi  señora  madre  estaba  con  mis  primas  al  frente 
del  confesionario.  Entre  esas  primas  estaba  Lolita  mi 
companera  de  travesuras.  El  resto  de  la  iglesia*  estaba 
obscuro,  solitario  y  silencioso  viéndose  á  lo  lejos  la 
lamparilla  de  Nuestro  Amo. 

El  padre  confesor  me  oía  inclinado  á  mí  con  severi- 
dad. Yo  trémulo  decía  mis  pecados. 

— Acusóme,  padre,  que  me  robé  unos  quesos  que  le 
regalaron  á  Papá,  y  le  achacamos  el  robo  á  la  criada. 

— ¿Qué  es  eso  de  achacamos? 

— Que  me  los  robé  yo  y  Lolita  (en  voz  alta)  aquella 
güerita  que  está  junto  á  mamá. 

Ya  se  deja  suponer  el  escándalo,  las  risas,  y  la  ver- 
güenza de  mi  cómplice. 

Poresteestilo fueron  rnuchaslasaventurasde  mi  niñez.  • 


La  historia  de  la  Loba  fué  el  primer  acontecimiento 
trágico  que  hirió  poderosamente  mi  imaginación. 

En  la  sección  central  del  Molino,  en  un  ángulo  for- 
mado por  el  frente  del  despacho  y  la  entrada  á  la  ha- 
bitación principal  y  la  capilla  había  una  fuentecita  de 
alabastro  con  su  atrevido  chorro  que  esparcía  al  viento 
sus  glóbulos  brillantes. 

Una  mañana,  criados  y  dependientes  entraron  al  in- 
terior del  despacho,  despavoridos,  á  avisar  al  señor  mi 
padre  que,  una  Loba  rabiosa  acababa  de  pasar  cerca  de 
la  fuente  y  se  dirigía  al  bosque. 

El  tropel  que  entró  en  el  despacho  pedía  armas  para 

perseguir  á  la  fiera  que  podía  dañar  á  los  transeúntes, 

que  paseaban  el  pobladísimo  bosque,  que  se  bañaban 

en  lo  que  se  llamaba  la  alberca  chica  y  que  visitaban 

.  (no  recuerdo  con  precisión  la  fecha)  el  jardín  botánico. 

Armáronse  el  amo,  los  dependientes  y  los  criados,  co- 
rrieron en  seguimiento  de  las  huellas  de  la  Loba  y  una 
cauda  de  muchachos,  entre  los  que  yo  iba,  y  aun  de  mu- 
jeres, siguió  tumultuosa  á  los  perseguidores  de  la  fiera. 

Entre  tanto  la  loba  se  había  internado  en  el  bosque 
y  trepado  á  salto  hasta  la  cumbre,  penetrando  en  el 
amplísimo  corredor  de  cristales  que  daba  al  NE.  del 
edificio,  tosco  pero  grandioso  que  coronaba  el  cerro  y 
que  entonces  lo  habitaba  sólo  el  guarda-bosque  con  sus 
tres  ó  cuatro  hijas,  la  mayor  de  ocho  años  á  lo  más,  y 
la  abuelita,  madre  del  guarda-bosque,  anciana  encor- 
vada, de  manos  huesosas,  trémula  y  de  cabellos  blan- 
cos, que  cuidaba  á  las  niñas. 


D.  Ignacio,  que  así  se  llamaba  el  guarda-bosque,  cons- 
tantemente estaba  á  la  puerta  del  bosque  con  su  cara 
gestuda,  su  ancho  sombrero  de  palma,  en  pechos  de 
camisa  y  su  calzón  de  pana  azul  de  tapabalazo  de  cua- 
dril á  cuadril  y  sus  botones  de  plata  del  ruedo  de  un 
peso. 

La  Loba,  al  dar  su  último  salto  y  penetrar  al  com.edor, 
se  asomó  y  percibió  sin  duda  á  la  abuelita  y  las  niñas 
que  tomando  sol  limpiaban  con  polvo  de  ladrillo  can- 
deleros  y  cubiertos  de  peltre. 

Y  ya  sea  el  natural  movimiento  de  terror  á  la  pre- 
sencia de  la  fiera,  ya  algún  grito  de  espanto,  ya  algu- 
na tentativa  de  fuga,  la  Loba  se  precipitó  en  medio  de 
las  personas  descritas,  y  mordía,  y -devoraba,  y  rega- 
ba las  entrañas  de  sus  víctimas  entre  agudos  chillidos 
y  esfuerzos  inauditos  de  la  anciana  para  pedir  socorro. 

Oyó  confusos  gritos  D.  Ignacio,  corrió  y  saltó  sobre 
las  peñas,  llegó  casi  sin  respiración  al  lugar  de  la  ca- 
tástrofe cuando  más  rabiosa,  más  encarnizada,  más  te- 
rrible estaba  la  Loba;  pisando  á  sus  hijas  despedazadas, 
se  avalanzó  D.  Ignacio  á  la  Loba  y  emprendiendo  una 
lucha  .indescribible,  implacable  de  horror  y  de  fiereza: 
rodaban  animal  y  hombre  y  se  erguían  sin  soltarse;  los 
dientes  de  la  fiera  resbalaban  rechinando  en  los  hue- 
sos de  los  brazos  del  hombre 

D.  Ignacio  advirtió  á  la  anciana  que  en  la  bolsa  de 
sus  calzones  había  una  navaja. ...  la  anciana  la  buscó 
pero  herida,  enferma  y  siguiendo  los  movimientos  de  la 
lucha,  su  pesquisa  tardaba;  al  fin  encontró  la  navaja  y 


10 

la  puso  abierta  en  manos  de  su  hijo,  quien  casi  agobia- 
do bajo  la  Loba  la  degolló,  cayendo  muerta  la  fiera  y 
aniquilado  el  hombre  en  un  lago  de  sangre,  cuerpo 
y  entrañas  destrozadas. 

En  las  últimas  peripecias  de  esta  escena,  habían  lle- 
gado el  señor  mi  padre  y  los  suyos 

Todo  quedó  en  silencio.  La  vieja,  con  los  cabellos 
blancos  en  desorden,  corría  de  un  punto  á  otro  como 
una  loca ¡Yo  no  sé  que  fué  de  mí!  pero  ahora  mis- 
mo escribo  lleno  de  horror  y  de  terror  este  recuerdo. 

Por  fortuna  estas  nubes  negras  volaban  presto  al  so- 
plo del  placer,  bajo  el  cielo  casi  siempre  azul  de  mis 
primeros  años. 

¡Era  mi  madre  tan  buena!  era  mi  padre  tan  fino,  tan 
sinceramente  amigo  de  los  pobres,  que  los  peones  le 
adoraban,  y  el  nombre  del  amo  era  un  nombre  mágico 
que  producía  el  contento,  ahuyentaba  las  penas  y  que 
corría  como  perfume  en  aura  mansa,  produciendo  bien- 
estar y  placea 

Mi  hermano,  mis  primos  y  competente  número  de 
criados,  partíamos  mañana  á  mañana  á  caballo  del  Mo- 
lino á  México,  á  la  escuela  famosa  de  mi  venerable 
maestro  el  Sr.  D.  Manuel  Calderón  y  Samohano,  calle 
2a  del  Puente  de  la  Aduana  núm.  14.  Eramos  medio 
pupilos,  y  regresábamos  en  la  tarde. 

Aquellas  expediciones  diarias  nos  hicieron  jinetes 
consumados;  saltábamos  zanjas,  dábamos  cola  á  los  ca- 
ballos, formábamos  circo  en  medio  de  las  calzadas,  la- 
zábamos y  corríamos  atropellando  transeúntes,  deses- 


11 

perando  á  los  criados  y  llevando  á  menudo  sendos 
costalazos. 

Yo  fui  sobresaliente  jinete,  y  tengo  en  mi  cuerpo  ci- 
catrices que  recuerdan  mis  travesuras. 

La  escuela  de  Calderón,  2a  del  Puente  de^la  Aduana 
núm.  14,  sólo  tenía  por  rival  la  de  Chousal,  eran  las 
escuelas  de  la  gente  decente,  los  almacigos  de  los  ni- 
ños finos.  Otro  maestro  D.  Rafael  Pérez,  era  de  bastan- 
te reputación. 

Se  enseñaba  con  dedicación  á  leer  y  escribir,  las  cua- 
tro reglas  de  cuentas  y  un  poco  más,  y  doctrina  cristia- 
na con  toda  perfección.  Por  convención  particular,  á 
algunos  niños  se  les  enseñaba  dibujo  por  el  maestro 
Zerralde. 

Pero  en  las  escuelas  mencionadas  no  se  daba  á  com- 
poner el  aro  la  Noche  Buena  para  que  lo  volviesen  lle- 
no de  monedas,  ni  había  divisiones  de  Roma  y  Cartago 
para  que  los  muchachos  se  descrismasen,  ni  castigos 
como  el  cepo  y  la  cofma,  que  eran  verdaderos  tor- 
mentos. 

No  faltaba,  por  desgracia,  la  palmeta;  figuraba  la  dis- 
ciplina, y  el  encierro  era  el  castigo  más  común. 

Por  supuesto,  que  estaba  totalmente  abolido  el  día 
dedicado  exclusivamente  á  azotar,  como  eran  los  mar- 
tes en  otras  escuelas. 

La  escuela  estaba  dividida  en  dos  grandes  secciones, 
ó  sean  la  sala  de  lectura  y  el  salón  de  escritura  y  ex- 
plicaciones. 

La  sala  de  lectura  era  pequeña  y  cubierta  de  gradas 


12 

desde  cerca  del  techo,  lo  que  formaban  cuatro  cataratas 
de  muchachos  inquietos,  en  efervescencia,  agitándose, 
chillando  y  amenazando  con  sus  avenidas  formidables. 

Esta  sala  estaba  en  lo  absoluto  bajo  el  mando  del 
Sr.  D.  Isidro. 

Era  D.  Isidro  un  español  rehacio,  chiquitín  y  des- 
pierto, con  una  nariz  de  á  tercia  y  unos  ojos  medio  en- 
carnados, la  boca  recogía  los  movimientos  prontos  y 
biliosos,  su  cabeza  tenía  levantado  el  cabello  por  el 
occiput  por  las  sienes  y  sobre  la  frente. 

Caracterizaba  su  traje  un  frac,  no  negro,  sino  tene- 
broso, con  faldones  de  movimiento  espontáneo. 

La  voz  de  D.  Isidro  era  agudísima,  y  en  sus  iras  la 
prolongaba  con  un  brrrr  que  hacía  temblar  el  mundo. 

Por  ventura  inexplicable  sus  facultades  de  castigo 
estaban  limitadas  á  estrujones  expresivos,  y  á  hincar, 
y  poner  en  cruz  á  sus  subditos.  Con  lo  cual  desde  la 
aurora  eran  crucifixiones  por  todas  partes,  bosques 
de  brazos  se  alzaban  en  los  aires. 

Los  chicos  aprovechaban  las  distracciones  del  maes- 
tro y  entonces  eran  los  juegos  en  el  suelo,  era  el  re- 
tozo y  todo  lo  consiguiente. 

Entre  tanto,  se  hundía  el  cuarto  con  las  lecturas,  ya 
en  lloviznita,  ya  en  aguacero,  ya  en  tempestades;  los 
eructos  hacían  zaralanda,  D.  Isidro  bufaba,  é  hincaba  á 
los  chicos  sobre  las  gradas  y  donde  podía. 

Los  coros  de  la  tabla  de  cuentas  eran  furibundos 

Don  Isidro  murió  más  protomártir  que  San  Felipe  de 
Jesús. 


13 

La  sala  de  escritura  era  otra  cosa.  Buenas  pinturas 
al  fresco,  papeleras  corridas  teniendo  de  trecho  en  tre- 
cho bien  grabadas  muestras  de  D.  Torcuato  Torio  de  la 
Riva,  tinteros  fijos  y  todo  lo  más  adecuado  y  conve- 
niente. 

Había  sus  decuriones  ó  ayudantes  que  eran  D.  Igna- 
cio Peñalozá,  D.  Gumesindo  Martínez  y  los  niños  Ma- 
nuelito  y  Pepito,  hijos  del  Sr.  Calderón. 

En  la  antesala  estaba  el  gran  pizai*rón  para  la  Arit- 
mética. 

En  el  fondo  del  salón  se  veía  al  Sr.  Calderón  en  una 
mesita  pequeña  descollando  con  notable  majestad. 

Era  mi  maestro  alto  y  robusto,  casi  totalmente  calvo, 
lo  que  le  obligaba  á  usar  una  gorrilla  negra  de  tercio- 
pelo; tenía  sus  gafas  de  plata  sobre  su  nariz  roma  ates- 
tada de  polvo  colorado,  y  su  boca  pequeña  y  expresiva. 

Vestía  largo  levitón,  llevaba  al  hombro  el  paliacate 
de  que  se  servía,  en  una  de  sus  manos  se  percibía  la 
tremenda  disciplina  calzados  sus  ramales  con  pergami- 
no, y  en  la  siniestra  se  veía  una  grande  uña  de  plomo 
de  que  usaba  para  tajar  las  plumas  de  ave,  porque  en- 
tonces no  se  conocían  las  de  acero. 

Todo  estaba  en  orden:  las  pautas  y  las  plumas  en  sus 
palos,  los  botellones  de  tinta  en  mesas  á  propósito,  en 
su  estante  el  repuesto  de  papel,  plumas  y  gises. 

El  señor  maestro,  aunque  con  parsimonia,  no  esca- 
seaba los  azotes,  aunque  jamás  á  raíz,  y  éstas  eran  las 
solas  interrupciones  del  silencio  del  salón. 

El  maestro  enseñaba  allí  con  cierto  orgullo  á  los 


14 

hijos  de  las  personas  más  visibles  de  México:  los  Es- 
tevas, los  Tórneles,  Goríbar,  los  Cuestas,  los  Valles, 
Bros,  Martínez  de  Castro,  Madrid,  Rivero,  Rivas,  Mon- 
teverdes,  García,  Escobosa,  Robles,  Manuel  y  Ludovico 
de  Castro,  y  otros  muchos  de  los  que  muy  pocos  viven. 

A  las  once  en  punto  de  la  mañana  cesaba  todo  tra- 
bajo y  nos  agolpábamos  todos  con  verdadero  placer  á 
escuchar  las  explicaciones. 

El  Sr.  Calderón  ocupaba  su  asiento,  los  decuriones 
el  centro,  D.  Isidro  la  turbulenta  retaguardia. 

Las  explicaciones  eran  de  moral,  de  urbanidad,  de 
buenas  maneras,  en  estilo  llano  pero  florido  y  elocuen- 
te. El  preceptor  aprovechaba  las  reminiscencias  de  los 
cuentos,  el  atractivo  de  los  juegos,  el  tiempo  en  que 
hablaba,  los  usos  y  costumbres  dominantes. 

Sabía  con  finísimo  tacto  poner  en  ridículo  los  vicios 
y  encaminar  las  almas  al  bien  obrar. 

¡Qué  bonito  y  qué  sabrosamente  hablaba!  y  cómo 
tenía  palabritas  que  ó  hacen  cosquillas  ó  hacen  saltar 
las  lágimas  á  los  ojos,  y  todo  sin  voz  hueca  y  sin  afec- 
tación, corrido  como  agua  clara  en  descenso. 

Era,  sin  saberlo  yo,  la  gran  lección  oral,  hablada  en 
niño,  penetrando  sagaz  en  el  alma  con  el  encanto  de 
la  leyenda,  con  la  magia  del  cuento  de  hadas. 

Terminada  la  explicación,  alegres,  juguetones  y  feli- 
ces nos  lanzábamos  á  los  corredores,  y  allí,  el  piso  y  el 
gigantón,  la  maruca  y  la  tuta,  la  pelota,  los  huesos  de 
chavacano.  el  trompo  y  el  diablo  y  la  monja. 

Antes  de  las  cinco  de  la  tarde  la  invasión  de  núes- 


15 

tras  cabalgaduras  en  el  patio  de  la  escuela  anunciaba 
nuestra  salida. 

Ya  he  dado  alguna  idea  de  mi  vida  íntima,  hasta  donde 
puede  importar,  para  comunicar  colorido  á  las  costum- 
bres de  mi  tiempo.  Me  faltan,  entre  otros  dos  toquecitos 
ligeros,  el  uno  que  algo  atañe  á  la  importante  parte  culi- 
naria y  el  otro  que  da  idea  de  nuestra  educación  religiosa. 

Al  despertar  nos  esperaba,  si  no  es  que  iba  á  sorpren- 
dernos en  la  cama  el  suculento  chocolate,  en  agua  ó  en 
leche,  sin  que  pudieran' darse  por  excluidos  los  atoles, 
como  el  champurrado,  el  antón  parado,  el  chile  atole,  ni 
el  simple  atole  blanco  acompañado  de  la  panocha  amel- 
cochada ó  el  acitrón. 

Almorzábase  á  las  diez  asado  de  carnero  ó  de  pollo, 
rabo  de  mestiza,  manchamanteles,  calabacitas,  adobo 
ó  estofado,  ó  uno  de  los  muchos  moles  ó  de  las  muchas 
tortas  del  repertorio  de  la  cocinera,  y  frijoles. 

Veces  había  que  aparecía  en  la  mesa  una  circular  ó 
empedernida  tortilla  de  huevos;  eran  como  de  lance 
los  huevos  estrellados  ó  revueltos,  y  los  tibios  solían 
recomendarse  á  los  enfermos  ó  á  los  caminantes. 

Fungían  como  bebidas,  para  gente  muy  principal,  el 
vino  tinto  cascarrón;  para  el  común  de  mártires  el  pul- 
que y  para  la  plebe  infantil  el  pulque  ó  el  agua. 

La  comida  entre  una  y  dos  de  la  tarde  se  componía 
de  caldo,  con  limón  exprimido  y  chile  verde  estrujado; 
.sopas  de  arroz  ó  fideo,  tortilla,  puchero  con  todos  sus 
adminículos,  es  decir:  coles  y  nabos,  garbanzos,  ejotes, 
jamón  y  espaldilla,  etc.,  etc. 


16 

Un  chocolate  entre  cuatro  y  cinco  de  la  tarde  enga- 
ñaba el  apetito;  algo  de  merienda  servía  como  de  refri- 
gerio después  del  Santo  Rosario,  y  la  cena  á  las  diez 
de  la  noche  despedía  á  la  gula  con  el  indispensable  asa- 
do con  ensalada  y  el  mole  de  pecho  tradicional. . 

La  parte  religiosa,  que  era  lo  esencial  de  la  vida  del 
hogar,  estaba  bajo  la  dirección  de  los  gobernantes  de 
la  conciencia  de  mis  señores  padres;  pero  cada  quis- 
que tenía  su  padre  confesor,  y  cada  confesor  su  juris- 
dicción privativa. 

Pero  el  entusiasmo  cristiano  era  uno,  único  el  fin,  y 
el  anhelo  se  multiplicaba  á  proporción  de  que  era  uná- 
nime el  entusiasmo  por  las  cosas' divinas. 

En  Enero  rifas  de  santos  y  compadrazgos;  en  Cuares- 
ma función  los  viernes,  confesiones,  comuniones  por 
intención,  y  paseos  con  motivo  de  la  Semana  Mayor 
Á  sus  procesiones. 

Ejercicios,  desagravios,  romerías,  posadas,  Noche 
Buena,  Nacimiento....  ¡¡La  mar!! 

Y  esto  pudieran  apenas  llamarse  los  artículos  de  fon- 
do de  las  festividades  periódicas;  pero  ¿cómo  no  albo- 
rotarse con  la  fiesta  de  indios  y  con  la  de  la  Aparición? 
¿cómo  no  inquietarse  los  niños  á  ver  las  danzas  de  se- 
gadores, de  tejedores,  la  conquista  y  el  Mitote  en  la 
Villa  do  Guadalupe?  ¿Cómo  no  expedicionar  á  los  Re- 
medios, ni  á  Tacuba  para  ver  el  Maguey  milagroso  y  al 
Señor  del  Claustro?  ¿Cómo  permanecer  en  sosiego 
al  anuncio  de  la  Romería  de  Chalina,  lugar  en  que  se 
veían  en  el  lago  de  una  cueva,  estrellas  y  se  admiraban 


17 

las  piedras  en  que  se  convirtieron  dos  compadres  de 
sexos  distintos  que,  olvidando  el  sacramento,  se  aficio- 
naron á  los  picos  pardos? 

Con  tan  variadas  atenciones  apenas  quedaba  tiempo 
para  tomas  de  hábito  y  cantamisas,  rejas  y  libertades 
monjiles....  Las  luces  de  la  Merced,  del  Carmen,  de  San 
Agustín,  de  Regina  eran  divinas. 

En  mi  casa  todo  lo  dicho  nos  preocupaba  hondamen- 
te, haciendo  excursiones  frecuentísimas  á  la  parroquia 
de  Tacubaya,  ó  al  convento  de  Dieguinos  del  mismo 
pueblo,  donde  figuraban  mis  padres  en  primera  línea 
como  bienhechores. 

Había  una  tía  Juanita  en  la  casa,  alta,  cejijunta,  for- 
nida y  agria  que  conservaba,  á  pesar  de  su  pronuncia- 
do bigote,  reminiscencias  de  hermosura  mundana,  y  era 
nuestra  directora  de  conciencia  por  ser  la  predilección 
el  encanto  y  la  admiración  de  toda  la  gente  de  iglesia. 

A  mi  tía  Juanita  llamaban  los  padrecitos  laZ)ocíora,y 
ella  compraba  con  valiosas  dádivas  sutítulo  y  autoridad. 

Un  frontal  para  el  altar  y  pañuelos  bordados  para  tal 
predicador,  una  alba  con  deshilados  y  una  molienda  de 
chocolate  para  el  prior  unos  manotejos  con  encarrujos 
exquisitos,  y  unas  peras  aprensadas  ó  bocadillos  de  co- 
co para  cualquiera  de  nuestros  confesores.  ¿Cómo  no 
había  de  tener  prestigio  mi  tía  Juanita? 

Ella  era  la  encargada  de  la  capilla,  cuyo  culto  y  es- 
plendor tenía  arreglados  con  soberana  maestría,  cono- 
ciendo la  aplicación  de  las  casullas  y  los  registros  del 
Misal. 


18 

Había  encargado  de  cada  santo  y  sus  necesidades  á 
primas  mías  (pavitas  preciosas  y  santas  como  el  mismo 
demonio):  á  una,  Señor  San  José,  desde  la  vara  hasta 
el  cacle;  á  otra,  San  Juan  de  Dios;  á  la  más  avisada, 
San  Judas  Tadeo;  á  la  mhx  pizpereta  y  aguda,  Santa  Ri- 
ta, dejando  á  la  Virgen  María  al  cuidado  de  mi  santa 
madre  y  reservándose  ella  el  lujo  del  Divino  Salvador, 
con  su  aureola  de  rayos  del  sol,  su  estandarte  rojo  con 
cruz  blanca,  sus  borregos  á  los  pies  y  su  cendal  finísimo 
con  bordados  espléndidos. 

Era  de  ver  su  afán  por  vigilar  á  las  cuidadoras  de  los 
santos;  era  de  asombrarse  decidir  sobre  los  calzones  de 
San  Judas  y  el  túnico  de  Santa  Rita,  sobre  las  enaguas 
de  picos  ú  olanesde  la  Virgen  y  el  hábito  de  San  Juan  de 
Dios. 

En  los  vivos  aires  mi  tía  me  puso  al  corrientedel  ayu-  ' 
dar  á  misa  con  tales  agregados,  arremuecos  y  calumniasá 
los  latines,  que  Virgilio  se  habría  desternillado  de  risa. 

;¡  Cuánto  sabía  mi  tía  la  doctora,  y  cómo  nos  ense- 
ñaba la  religión!! 

Ella  nos  describía  con  desusada  elocuencia  los  sapos 
y  culebras  que  lanzó  un  pecador  por  la  boca,  porque 
ocultó  sus  pecados  en  la  confesión. 

Ella  sabía,  como  nadie,  transmitir  los  diálogos  que 
ocurrían  entre  San  José  y  la  Virgen  al  tratarse  del  ni- 
ño que  dejaba  la  garlopa  por  predicar,  y  la  Virgen  lo 
defendía  porque  era  niño  fino  y  no  estaba  para  adoce- 
narse en  un  oficio  vil,  con  lo  que  San  José  ardía  y  la 
Virgen  reclamaba  los  fueros  de  la  gente  decente. 


19 

Mi  tía  era  íntima  de  San  Judas  y  le  complicaba  en 
todas  sus  aspiraciones,  pidiéndole  desterrase  á  tal  ami- 
go; acortase  los  pasos  de  tal  chico  que  le  chocaba;  pu- 
siese en  pobreza  á  tal  otro  que  la  veía  con  desdén  y 
obsequiase  con  unas  viruelas  á  tal  buena  moza  que  se 
atraía  las  atenciones  de  uno  de  los  padrecitos. 

Recuerdo  que  el  señor  mi  maestro  D.  Joaquín  Car- 
doso,  que  tiene  de  figurar  mucho  en  estas  memorias, 
me  contaba  de  un  San  Judas  que  había  en  su  casa,  en 
las  mismas  condiciones  que  en  la  mía. 

Pero  aquel  San  Judas,  lo  hacía  partícipe  de  tales  dia- 
bluras, y  determinaba  tales  iniquidades,  que  un  día  que 
dejaron  sola  la  casa. . . .  penetró  en  la  capilla  mi  maes- 
tro, se  encaró  con  el  santo,  le  echó  en  cara  sus  indigni- 
dades y  le  dio  tal  zurra,  que  al  regreso  de  la  familia, 
encontrando  al  Santo  desportillado  y  lleno  de  averías; 
se  declaró  que  el  diablo  era  el  verdadero  autor  de  aque- 
lla tunda,  aumentando  el  culto  del  santo  y  haciéndole 
unos  desagravios  suntuosos. 

Mi  maestro  tendría  diez  años  entonces;  pero  añadía: 
«creo,  que  algún  rencorcillo  del  santo  hizo  que  desde 
entonces  se  me  comenzase  á  conocer  lo  hereje.» 

Por  lo  demás,  ¡cuánto  sabía  mi  tía  y  cómo  creaba  en 
nosotrosun  espiñturetecristianode  los  de  marca  mayor! 

Cómo  nos  encarecía  los  dolores  de  parto  de  San  Vi- 
cente Ferrer,  y  las  zafacocas  que  llevaba  San  Antonio 
Abad  con  los  demonios. 

Horas  enteras  pasábamos  pendientes  de  los  labios 
de  mi  tía,  oyendo  los  diálogos  sangrientos  y  las  reyer- 


tas  entre  la  Virgen  de  Guadalupe  y  la  de  los  Remedios: 
una,  como  se  sabe,  partidaria  acérrima  de  los  insurgen- 
tes, y  la  otra  Virgen  exaltadísima  por  los  españoles. 

— Necia,  cacariza,  le  decía  la  de  Guadalupe. 

— Ordinaria,  mala  sangre,  replicaba  la  de  los  Reme- 
dios. 

— Aprende  de  mí,  que  soy  genefftla  con  mi  banda  y 
mi  bastón. 

— Eso  es  porque  la  dicha  de  la  fea,  la  bonita  la  desea. 

Ya  nos  encarecía  las  visitas  del  Señor  del  Rebozo  á 
la  monja  predilecta,  desclavándose  de  la  cruz  para  ir 
de  tertulia  á  la  celda,  rehusar  el  chocolate,  fumar  su 
puro  y  aceptar,  en  una  noche  de  lluvia,  el  rebozo  de  la 
monja,  el  Santo  Cristo,  para  no  pescar  un  constipado. 

Hablando  de  las  heroínas  de  la  religión,  nos  hacía 
notar  que  Santa  Catarina  degolló  á  su  propio  padre,, 
cuya  cabeza  ostenta  á  los  pies,  porque  era  hereje 

Y  aquello  de  Santa  Rosa,  calumniada  por  el  robo  de 
una  gallina  y  vindicación  de  la  Santa,  haciendo  que  las 
plumas  de  la  gallina  brotaran  en  el  rostro  del  ladrón 
como  una  patilla,  en  medio  de  la  hilaridad  del  juez  y 
los  espectadores. 

Aquel  San  Roque  de  madera  quitándose  el  sombrero 
al  pasar  el  Papa;  aquel  Santo  Niño  de  San  Juan,  alzan- 
do un  pie  para  lahzfir  su  cacle  de  plata  á  un  ladrón  me- 
nesteroso; aquella  Virgen  del  Colegio  de  Niñas,  cogien- 
do ál  ladrón  de  sus  aretes,  de  una  oreja,  hasta  entregarlo 
á  la  policía 

Nada  digo  de  la  procesión  del  cielo  el  día  de  Todos 


21 

Santos,  en  donde  el  que  no  tenía  vela  en  la  tierra  9alía 
con  un  dedo  erguido  en  medio  de  la  rechifla,  ni  la  con- 
goja de  los  muertos  sin  saber  qué  rumbo  tomar  hasta 
que  le  ponían  cuatro  velas,  porque  con  dos  solamente 
perdían  el  rumbo  y  no  podían  orientarse  para  llegar  al 
lugar  que  tenían  destinado. 

Dios  es  lo  primero,  nos  decía;  y  lo  que  quiere  Dios 

sólo  lo  saben  los  señores  sacerdotes luego  bien 

claro  se  ve que  lo  que  es  en  la  tierra  son  los  dio- 
ses los  señores  sacerdotes 

¡Feliz  el  chico  que  tenía  su  capilla  para  enseñarse  á 
padre!  ¡Feliz  la  niña  que  poseía  una  muñeca  vestida 
de  monja!  y  ¡feliz  mil  veces  el  párvulo  que  por  una 
promesa  de  sus  padres  ó  vestía  de  frailecito  por  algún 
tiempo, ó  figuraba  como  alma  gloriosa  en  una  procesión, 
ó  en  un  coloquio  fungía  de  arcángel,  ó,  especialmente 
favorecido, ayudaba  una  misa  y  auxiliaba  á  un  sacerdo- 
te al  dar  la  comunión. 

Pero  cuando  vivificado  aquel  sentimiento  por  la  cari- 
dad, por  el  amor,  por  la  ternura  de  los  vínculos  de  fami- 
lia descollaba entonces  ¡cuánta  bondad  y  qué  osten- 
tación de  sentimientos  divinos!  La  consagración  del  sen- 
timiento filial,  la  abnegación  en  su  sencillez  grandiosa  y 
seductora,  la  sinceridad  de  la  reconciliación  en  su  purí- 
sima eficacia,  la  grandeza  del  perdón  de  la  injuria  en 
el  heroico  olvido  del  pasado,  de  rencor  y  de  agravio. . . . 

Las  galas  de  hoy  de  gimnasio  y  maroma,  de  lujo  y 
coquetería,  eran  desconocidas. 

El  ideal  de  un  niño  consistía  en  que  se  estuviese 


22 

quietecito  horas  enteras,  en  saber  un  buen  trozo  del 
Catecismo,  de  memoria,  en  oficiar  el  rosario  en  las  hor 
ras  tremendas,  comer  con  tenedor  y  cuchillo,  dar  las 
gracias  á  tiempo,  besar  la  mano  á  los  padres  y  decir 
que  quería  sei;  emperador,  santo  sacerdote,  ó,  cuando 
muy  menos,  mártir  del  Japón. 

En  cuanto  á  la  niña,  le  era  permitido  dar  sus  ojitos 
y  sus  piernitas  á  los  amigos,  hacer  comida  con  sus  mu- 
ñecas, ir  á  la  iglesia  con  los  ojos  bajos,  comer  poco... 
rezar  mucho  y  no  querer  jugar  al  merolico  con  sus  pri- 
mos; sino  ser  monja. 

Retozos,  maldades,  robillos,  malicias,  etc.,  etc.,  te- 
nían el  poderoso  atractivo  de  lo  ilegítimo,  y  por  la  mis- 
ma espontaneidad  hacían  progresos,  cuidando,  por  su- 
puesto, del  tinte  de  falsedad  é  hipocresía  indispensables 
para  el  bienestar  de  la  familia. 

Pero  lo  que  creo  decisivo  en  mi  primera  edad,  fué  la 
muerte  de  mi  tía  Doloritas,  y  quiero  referirte  sus  inci- 
dentes, porque  aun  hoy  me  impresionan  con  sigular 
.energía. 

Era  mi  tía  Doloritas  una  chicuela  de  quince  abriles, 
.tan  fina,  tan  alegre,  pero  sobre  todo,  tan  linda,  que  eco 
de  flores  y  de  celajes  y  de  arcángeles  me  parece  des- 
hecho y  escoria  para  abastecer  de  tintas  mi  paleta  para 
pintar  su  belleza;  luz  de  lucero  se  desprendía  de  su  cu- 
tis, y  la  alegría  juguetona  parecía  reconocer  por  fuentes 
-sus  sonrisas;  su  mirar  apacible  hubiera  serenado  una 
tempestad,  ó  producido  una  erupción  volcánica,  si  ella 
.no  fuera  ignorante  de  su  magia 


2a 

Era  la  niña,  pero  transformándose  en  joven;  eran  los 
fuegos  errantes  de  la  pasión  vistos  al  través  de  celajes 
divinos  de  inocencia  y  bondad. 

Tía  Doloritas  era  varonil  y  tierna;  nos  acaudillaba  en 
los  juegos;  recibía  nuestras  confidencias  infantiles;  era 
nuestro  ideal  de  talento  y  de  gracia. 

Para  celebrar  los  días  de  un  tío,  sacerdote  ejemplar, 
dadivoso  y  tierno,  dispúsose  un  entremés,  y  se  fijaron 
por  aclamación  en  el  «Estreno  de  los  Locos.»  Eran  mu- 
chos mis  primos  y  para  todos  había  magníficos  pape- 
les ...  El  Loco  Enamorado,  el  Jugador,  el  Músico,  el 
Pintor. . . .  Por  supuesto,  el  custodio,  superior  ócapellán 
de  los  locos*  era, ¿quién  lo  duda?  mi  tía  Doloritas,  con  su 
sombrero  acanalado,  su  sotana,  su  zapato  con  hebilla  y 
su  media  negra,  su  látigo  arf  terroren  y  su  habilidad 
exquisita  para  secundaren  sus  manías  á  todos  los  locos 
y  mantener  el  interés  dramático.  .    . 

Los  ensayos  del  saínete  eran  en  uno  de  los  harineros 
de  la  panadería  de  mi  padre,  ó  en  otra  panadería  de  mi 
tío,  calle  Ia  de  Mesones,  panadería  llamada  de  Horcasi- 
tas,  núm.  14,  donde  existe  hoy  una  populosa  casa  de 
vecindad. 

Aquellos  ensayos  de  locos  eran  invasiones,  tumultos, 
la  abdicación  del  juicio;  el  verdadero  triunfo  de  la  locu- 
ra; pero  nosotros  gozábamos,  gozábamos  hasta. . .  .has* 
ta  convertirse  en  sobrenatural  la  dicha. . .  .Mi  tía  irra- 
diaba en  el  centro  de  aquellas  substanciaciones  de  la 
bienaventuranza  celestial. 

Después  del  ensaye  y  de  algún  piscolabis  apetitoso, 


24 

la  concurrencia  se  retiraba  y  yo  caía  rendido  de  sueño 
en  mi  cama. 

Yo  dormía  en  un  extremo  de  la  misma  recámara  de 
mis  padres,  en  mi  catre,  con  sus  correspondientes  cor- 
tinas. 

En  el  rincón  opuesto,  dentro  de  un  lebrillo  de  cobre 
€on  agua  se  colocaba  la  veladora  y  á  distancia  un  lienzo 
para  que  moderase  la  luz. . . . 

Dormía  sin  duda  profundamente,  y  como  en  los  sue- 
ños sucede,  surgieron  á  mi  rededor  y  vi  distintamente 
unas  personas  extrañas,  envueltas  en  sendas  capas  ne- 
gras, con  los  pies  desnudos  y  blancos  como  el  marfil, 
que  me  hacían  señas  de  que  las  siguiese;  yo  de  una  veía 
tan  sólo  la  frente  y  un  ojo,  y  de  la  otra  una  dentadura 
blanquísima.  Yo  seguí  sin  repugnancia  á  aquellas  es- 
trambóticas figuras,  que  más  que  andar,  se  deslizaban 

á  mi  frente las  seguí,  y  tomé  asiento  en  una  pieza 

obscura  frente  á  una  ventana desde  la  que  se  veían 

distantes  relámpagos.  A  poco  percibí  una  luz  lejana,  y 
gente  que  se  dirigía  en  tropel  á  la  pieza  donde  yo  es- 
taba  . . . 

Acercóse  el  grupo,  y  penetró  en  la  pieza. . .  yo  reco- 
nocí el  comedor  de  la  casa  de  mi  tía  Doloritas;  la  luz  se 
inclinó  al  suelo  y  en  los  rostros  de  los  circunstantes  re- 
flejaba como  luz  de  llama. 

Alumbraron  un  bulto  que  estaba  como  envuelto  en 
un  tápalo  encarnado;  era  tía  Doloritas,  derribada,  inerte: 
pero  aquella  no  era  su  fisonomía  angélica;  sus  ojos  es- 
taban como  saltados  de  sus  órbitas . . , .  el  color  era  re- 


25 


negrido,  la  nariz  easanchada,  la  boca  negra  y  abultada; 
aquel  era  un  monstruo  ....  que  me  hizo  gritar  de  te- 
rror ....  sinduda  grité  y  despertaba  entre  los  halagos  de 
mi  santa  madre  y  sus  oraciones  y  su  persignarme. 

Guando  se  oyeron. . .  .toques  precipitados  en  la  puer- 
ta del  zaguán ....  el  señor  mi  padre  salió  apenas  embo- 
zado en  su  capa  al  balcón. 

— ¿Quién  es?  ¿qué  se  ofrece?. . . . 

— Yo  soy,  señor  amo. 

—¿Camilo? 

— Sí,  Camilo,  el  criado  de  la  niña  Doloritas. 

— ¿Qué  ocurre?. . . . 

— Que  la  niña  Doloritas  se  muere ...  allá  está  el  pa- 
dre, yo  les  vine  á  avisar  á  Uds. 

— Corre,  vuelvo  y  di  que  allá  vamos. 

A  pocos  minutos  estábamos  en  la  casa  de  tía  Dolori- 
tas, y  digo  estábamos,  porque  yo  por  nada  del  mundo 
quise  abandonar  á  mis  padres . . .  La  casa  resonaba  con 
los  lamentos  de  dolor,  y  á  cada  paso  nos  sorprendían 
desgarradoras  escenas.  Mi  madre,  en  el  arrebato  de  su 
tormento,  penetró  en  la  alcoba  en  que  estaba  el  cadá- 
ver, y  yo,  inapercibido,  en  pos  de  ella. 

Y.  . .  .era  mi  tía  Doloritas;  es  decir,  se  le  sospechaba 
en  aquellos  ojos  fuera  de  sus  órbitas,  en  aquella  boca 
contraída,  en  aquel  espantoso  trastorno  de  ía  fisonomía 
humana,  y  para  que  nada  faltase  para  impresionarme^ 
la  ceñía  al  desgarre  un  lienzo  encarnado  que  acentuó 
de  un  modo  espantoso  las  reminiscencias  de  mi  sueño 
. . .  después ....  no  sé  lo  que  pasó. 


26 

Volví  en  mi  acuerdo  en  mi  casa  rodeado  de  atencio- 
nes, cargado  de"  escapularios  y  medallas  y  con  un  apa- 
rato tal,  que  realmente  me  trastornaba. 

La  sombra  más  ligera,  el  ruido  más  tenue  me  estre- 
mecían, y  en  las  noches,  que  eran  para  mí  de  insomnio 
y  lágrimas,  me  cercaban  vestiglos,  me  llamaban  fantas- 
mas y  veía  abiertos  abismos  á  mis  pies. 

Mis  primos  y  Iqs  dependientes  de  la  casa  que  acaba- 
ban de  verme  alegre,  buen  jinete  y  bullanguero,  se  es- 
forzaban por  divertirme ....  luego  me  burlaban.  Mi  tía 
Juanita  entró  en  consulta  con  sus  padrecitos  y  me  echa- 
ron evangelios,  y  me  metieron  más  y  más  en  la  igle- 
sia. 

El  señor  mi  padre,  lleno  de  congoja  y  persuasivo  que- 
ría tranquilizarme;  otras,  severo,  meencerraba  en  la  ca- 
pilla de  donde  una  vez  me  sacaron  moribundo. 

Mi  predilecto  arrimo  era  mi  madre,  mis  primas  y  las 
criadas. 

Ellas  inventaban  juegos  y  recitaban  versos;  leían  *Los 
desengaños  de  la  vida»  y  el  «Flor  Santorum,»  y  me  de- 
clamaban trozos  de  Lope  y  Calderón  de  la  Barca, que  yo 
aprendía  de  memoria,  haciéndome  de  prestigio  inmenso 
para  las  veladas  y  tertulias  femeninas. 

Mi  padre,  como  todas  sus  relaciones  eran  de  comer- 
ciantes y  labradores,  en  el  estante  en  que  con  muestras 
de  trigo  y  piezas  de  la  maquinaria  del  Molino  se  guar- 
daba el  tintero  y  las  listas  de  la  raya,  se  veía  un  «Peri- 
quillo,» unas  «Tardes  de  la  Granja»  y  unos  «Viajes  de 
Gulli ver» lado á  ladode  las  poesías  de  Arriaza,que  eran 


27 

entonces  alfojí  de  ternezas  y  maná  de  corazones  ardien- 
tes y  enamorados. 

Estos  libros,  mi  tía  Juanita  y  sus  prácticas,  cuentos  y 
chismillos  de  crónica  y  el  amparo  de  mis  primas  que  te- 
nían su  sazón  de  temporal  y  eterno,  fueron  abonos  que 
no  dejaban  marchitar  de  todo  la  planta  de  mi  infancia 
Los  juegos  de  la  barra  y  la  rayuela  eran  mis  ideales,  y  ni 
Aquiles  ni  Patroclo,  ni  Ayax  ni  nadie  se  presentaron 
jamás  á  la  imaginación  humana  como  los  maromeros 
quese  equilibraban  en  la  reata  en  una  silla,  los  que  bus- 
caban el  viento  en  un  alambre,  los  que  dominaban  el 
paso  y  contrapaso  y  los  que  vencían  al  mismo  viento 
en  saltos,  machincuepas  y  cabriolas. 

Por  supuesto  que  el  payaso  era  mi  adoración! 

Xo  me  faltaban  inclinacionesá  las  travesuras, y  aque- 
llo de  poner  un  cohete  en  la  cola  de  un  perro,  para  que 
al  chisporrotear  y  tronar  bebiese  los  vientos;  aquello 
de  atar  un  papel  á  la  cola  de  un  gato  para  que  se  en- 
loqueciese dando  vueltas,  ó  calzarlo  con  cascaras  de 
nuez  y  cera,  para  que  resbalase  á  cada  movimiento,  me 
era  familiar,  perfeccionándome  en  la  mentira  para  las 
disculpas.  Con  esto  motivo,  recuerdo  á  un  chico  del 
General  Miñón, en  quien  era  defecto  culminante  lamen- 
tira,  hasta  no  creérsele  una  palabra,  y  constituirse  en 
verdadera  notabilidad. 

Afligidos  los  padres  del  chico  por  aquella  manía  que 
se  tornaba  cada  vez  en  más  incorregible,  le  hicieron 
entender  que  era  en  vano  que  mintiese,  porque  Dios 
tenía  determinado  que  cuando  mentía  un  niño  se  le 


28 

parasen  unos  cabellos  en  la  frente  para  denunciarlo. 

Un  día,  poco  antes  de  comer,  llegó  el  chico  sin  al- 
canzar resuello  y  con  muestras  de  terror  en  el  sem- 
blante, diciendo  que  en  la  casa  de  su  padre  grande  se 
verificaba  un  suceso  horrible.  No  diciendo  el  por  qué, 
contaba  el  niño  que  su  abuelo  había  reñido  á  un  cria- 
do por  una  falta;  que  el  criado  contestó  áspero  y  gro- 
sero; que  el  abuelo  le  dio  un  bofetón;  que  entonces  el 
criado  había  herido  al  anciano,  que  atropello  á  la  señora; 
que  yacían  en  el  comedor  en  medio  de  un  mar  de  sangre. 

El  Sr.  Miñón  oyó  el  relato,  y  espada  en  mano,  fuera 
de  sí,  salió  de  la  casa;  atravesó  la  calle,  y  en  un  salto 
llegó  al  comedor  donde  encontró  á  sus  padres  comien- 
do con  la  mayor  calma  y  en  la  mejor  armonía. 

Hiciéronse  aclaraciones,  y  volvió  Miñón  frenético  en 
busca  de  su  hijo.  Estaba  éste  al  frente  de  un  espejo 
viéndose,  y  al  verle  venir,  le  gritó:  ¡Papá,  papá;  venga 
usted  á  ver  esto,  no  se  me  para  nada  por  la  mentira!.. 

La  muerte  de  mi  abuelo,  acreciendo  nuestra  fortuna, 
nos  hizo  transladar  á  México,  en  donde  en  menos  que 
canta  un  gallo  adquirí  nuevas  relaciones  y  se  abrieron 
á  mis  ojos  horizontes  espléndidos. 

Las  tardes  de  los  domingos  concurríamos  al  teatro 
donde  el  «Anillo  de  Giges, »  «Juana  la  Rabicortona,» 
«El  Mágico  Prodigioso»  y  otras  preciosas  comedias  al- 
ternaban con  el  café  «D.  Dieguito»  y  otras  más  para  la 
gente  de  pelo  en  pecho. 

Prieto  regeneraba  la  escena;  la  Montenegro  daba  vi- 
da «A  la  Vejez  Viruelas,»  de  Bretón;  la  chata  Munguía 


29 

recordaba  sus  canciones  picarescas;  Rocamora  esclavi- 
zaba las  almas  con  sus  « Hidalgos  de  Medellín »  y  el 
«Trípoli:»  Isabel  Rendón,  la  Gamborino  y  Águila,  incen- 
diábanlos espíritus  con  sus  zorucos,  sus  boleros  y  su 
baile  inglés. 

En  cuanto  á  toros,  acababa  de  ocurrir  el  incendio 
de  la  gran  plaza  de  San  Pablo,  y  eras  las  alborotadas 
auroras  de  Necatitlán  instalado  bajo  la  protección  del 
comercio  con  D.  Javier  Heras,  encanto  de  los  cajones 
de  ropa  y  joya  y  ornamento  de  la  Tauromaquia. 

Chiquitín,  ágil,  alegre  y  valiente  como  un  Cid,  D.  Ja- 
vier explotaba  su  diversión  como  nadie:  almuerzos  y 
meriendas,  montes  parnasos  y  palos  ensebados,  figuro- 
nes y  suertes  peligrosas,  todo  lo  aplicaba  D.  Javier  con 
exquisita  habilidad,  desmoreciéndose  por  él  los  pollos 
ecuestres,  siendo  el  bello  ideal  de  los  valientes,  la  ado- 
ración de  las  currutacas  y,  sobre  todo,  de  las  chinas  de 
castor  con  sus  puntas  enchiladas. 

En  su  circo  se  lucían  Vicente  Avila,  sin  rival  para 
la  garrocha;  Mariano  «La  Monja,»  como  primera  espa- 
da; Pajitas,  como  banderillero  sin  segundo,  y  hasta  el 
«Compadrito»  y  «Caparatas,»  héroes  gloriosos  de  los 
toreros  de  San  Pablo. 

En  el  juego  de  pelota,  declarado  juego  real  como  el 
billar  y  los  gallos  de  San  Camilo,  se  pasaban  también 
horas  agradables,  y  el  señor  mi  padre,  como  otros  pa- 
rianistas,  le  dispensaban  protección. 

En  el  extenso  cañón  del  juego,  que  mide  ochenta  y 
seis  varas  de  la  torta  á  la  votadera,  se  apostaban  par- 


30 

tidos  valiosísimos  de  chacual  y  de  guante  con  saque 
libre  ó  forzado,  que  despertaban  vivo  interés. 

Ricos  comerciantes,  letrados  y  sacerdotes,  alterna- 
ban en  perfecta  armonía  con  matanceros,  artesanos  y 
gente  menuda  del  barrio  de  San  Pablo. 

Peritas,  Echartea,  el  tuerto  Rebul,  propietario;  Ro- 
dríguez, negociante  rico;  el  canónigo  Verdugo  y  el  pa- 
dre Puebla,  eran  los  héroes  de  San  Camilo. 

Se  ajustaban  valiosos  partidos,  se  servían  almuerzos 
opíparos  y  nos  hacíamos  todos  los  curros  para  que  no 
perdiera  el  juego  su  tinte  español. 

Los  títeres  de  la  calle  de  Venero,  en  donde  se  llevaba 
el  arte  á  toda  su  perfección,  me  sacaban  de  quicio  ma- 
terialmente me  endiosaban. 

Aquel  negrito  enamorado  y  batallador  que  desenla- 
zaba á  puntapiés  todas  las  escenas;  aquel  Don  Folias 
que  prolongaba  el  pescuezo  y  la  enorme  nariz,  con 
asombro  de  los  niños;  aquella  Mariquita,  querida  del 
Negrito,  dulce  con  el  prójimo,  bailadora  y  gazmoña; 
aquel  Juan  Panadero  que  tenía  ciertas  inconveniencias 
con  el  público  y  aquellos  coristas  rezanderos  y  santu- 
rrones frente  al  guardián,  y  picaros,  fandangueros  y  tre- 
mendos de  desvergüenza  en  su  ausencia,  eran  para  mí 
seres  reales,  amistades  entrañables,  afectos  á  que  me 
habría  sacrificado  gustoso. 

Mi  influjo  con  los  titiriteros  era  decisivo;  se  escu- 
chaban como  de  oráculo  mis  decisiones,  citando  mi 
persona  con  honra  y  señalándome  como  recomendación 
y  apología  del  teatro  de  autómatas. 


81 

El  teatro  que  acabo  de  mencionar,  se  encontraba  en 
la  calle  de  Venero:  los  sábados  en  la  tarde  era  el  con- 
vite: los  niños  más  peripuestos  y  de  mejor  presencia, 
paseaban,  colgados  de  bastones  lujosos,  á  los  títeres 
más  populares  y  en  marcha  triunfal,  seguidos  de  una 
comitiva  de  histriones  y  con  la  música  á  retaguardia, 
recorrían  las  calles  de  Mesones,  Corchero,  Puente  do 
la  Aduana  Vieja,  etc.,  etc. 

Mi  padre  se  hallaba  en  uno  de  esos  sábados  en  la 
casa  de  mi  tío  Agustín,  entonces  panadería,  conocida 
con  el  nombre  de  «Horcasitas,»  del  Virrey  que  la  esta- 
bleció de  resultas  de  un  pasquín  que  decía: 

Desde  que  en  México  estás 
Se  quejan  malos  y  buenos, 
Porque  el  pan  se  nota  á  menos 
Y  las  desdichas  á  más. 

Que  tú  la  culpa  tendrás, 
Nadie  lo  mienta  ni  nombra 
Porque  tu  justicia  asombra; 
Pero  eres  como  el  nogal, 
Que  á  ninguno  le  haces  mal 
Pero  tienes  mala  sombra. 

Caballeros  y  señoritas,  niños  y  criados,  se  agolpaban 
á  los  balcones  al  ruido  de  la  música;  la  gente  formaba 
espesa  valla  á  la  orilla  de  las  banquetas,  la  corriente 
de  sombreros,  rebozos,  vendimias,  etc., etc.,  rodeaba  la 
procesión. 

Formando  en  ésta  en  primer  término,  íbamos  mar- 
chando gravedosos,  los  padrinos  conductores  de  los  tí- 
teres, y  en  primera  línea  yo. 


h 


32 

Mis  padres  se  asomaron  al  balcón,  y  al  fijarse  y  ver- 
me mi  señora  madre  en  puesto  tan  distinguido,  estuvo 
á  punto  de  morir  de  la  cólera;  mi  padre  mandó  á  unos 
criados  á  apearme  del  empleo,  y  yo  solté  llorando  los 
títeres,  marcando  así  mi  primera  derrota  como  hom- 
bre público. 

Pero  todas  estas  divagaciones  cesaban  para  mí  á 
cierta  hora;  entonces,  tía  Doloritas  me  reclamaba  y  vol- 
vía á  los  cuentos  y  á  las  lecturas  y  al  culto  de  senti- 
mientos de  ternura,  llenos  de  voluptuosa  melancolía  y 
de  amor  al  ideal  indefinido  que  siempre,  sin  podérme- 
lo explicar,  han  preocupado  mi  inteligencia  y  mi  co- 
razón .... 

Un  día  nos  despertó  el  estampido  del  callón,  las  gen- 
tes corrían  despavoridas,  atravesaban  las  calles  solda- 
dos con  las  espadas  desnudas  y  cundía  de  boca  en  bo- 
ca la  nueva  del  pronunciamiento  de  la  Acordada. 

Infelices  heridos  á  quienes  conducían  del  centro  á 
las  afueras  de  la  ciudad;  mujeres  como  locas  pregun- 
tando por  sus  hijos  y  por  sus  esposos;  puertas  que  se 
cerraban  con  estrépito;  cadáveres  de  transeúntes  des- 
graciados, víctimas  de  horrendas  descargas  lanzadas  al 
acaso  desde  las  alturas. ...  el  terror  abriendo  sus  ne- 
gras alas  y  meciéndose  sobre  nuestra  hermosa  Capital. 

Todo  lo  que  se  sabía  en  el  vulgo,  como  explicación 
del  criminal  escándalo,  fué  que  el  Presidente  Victoria, 
que  estaba  en  Palacio,  sostenía  á  Gómez  Pedraza,  y  que 
los  vorkinos  con  Zavala,  Gobernador  del  Estado  de 
México,  y  Lobato,  querían  á  toda  costa  que  nos  man- 


33 

dase  el  negro  Guerrero,  que  era  resacado  de  los  viejos 
insurgentes.  (Estas  eran  las  mismas  palabras  del  vul- 
go para  explicar  la  situación.) 

Los  horrores  de  aquella  época  se  prolongaban.  El 
hambre  ahogaba  entre  sus  brazos  descarnados  á  la  po- 
blación'menesterosa  y  comenzó  la  gente  á  salir  de  la 
•ciudad,  como  salvándose  de  una  inundación  ó  de  un 
incendio. 

Aquella  transformación  bárbara  de  la  Capital  en  cam- 
po de  batalla;  aquellas  puertas  cerradas;  aquel  encare- 
cimiento de  víveres;  la  parálisis  de  los  negocios;  la  ce- 
sación del  ruido  del  tráfico  para  que  no  se  oyese  sino 
el  anuncio  de  la  destrucción  y  la  muerte;  la  falta  de 
alumbrado;  los  robos  repetidos. 

Cuanto  pasaba  en  mi  alrededor  me  impresionó  hon- 
damente. 

Formaba  contraste  el  cuadro  lúgubre  apenas  bosque- 
jado con  la  alegrfa  de  los  pueblos  de  los  alrededores; 
guitarras  y  almuerzos,  paseos  en  burro  y  ruidosas  me- 
riendas, hacían  que  el  pronunciamiento  fuera  iui acon- 
tecimiento feliz. 

Sabido  es  que  el  escándalo  de  la  Acordada  se  des- 
enlazó solemnizando  su  triunfo  el  saqueo  del  Parían. 

El  Parián  era  un  vasto  edificio  que  ocupaba  poco 
más  ó  menos  el  cuadrado  que  ahora  tiene  el  nombre  de 
Zócalo. 

Por  los  cuatro  costados  tenía  accesorias  que  daban 
á  los  cuatro  vientos,  de  forma  regular  y  corrida,  coro- 
nadas por  ventanas  de  hierro  de  vara  y  media  de  altu- 


u 

ra,  indicando  el  piso  superior  destinado  á  los  alma- 
cenes. 

Las  hileras  de  puertas  sólo  se  interrumpían  por  las- 
puertas  principales  que  daban  á  los  cuatro  vientos  y  se 
distinguían  las  secciones,  ocupadas  por  los  propieta- 
rios, por  los  rótulos  y  las  diferentes  mercancías. 

La  parte  interior  estaba  cruzada  por  callecitas  estre- 
chas en  todas  direcciones,  y  en  el  centro  una  manzana 
de  cajones,  que  así  se  llamaban  las  tiendas  todas  del 
edificio. 

Aunque  el  comercio  casi  único  que  abrigaba  el  Pa- 
rían era  de  ropa,  al  frente  de  palacio  se  ostentaban, 
entre  otras,  los  cajones  de  fierro  de  los  chatos  Flores, 
con  su  expendio  de  campanas,  rejas,  coas  para  labra- 
dores y  municiones;  viendo  á  Catedral,  había  relojerías 
lamosas  con  grandes  relojes  de  campanitas,  de  tórto- 
las y  otros  adminículos. 

Frente  al  Portal  de  Mercaderes  se  ostentaba  la  prran 
Sedería  de  Rico,  la  Tiraduría  de  oro  de  Morquecho  y 
Prieto  (mi  abuelo),  en  correspondencia  con  la  nao  de 
China,  y  los  cajones  de  los  Mecas;  y  del  lado  de  la  Di- 
putación acaudalados  reboceros  como  los  Sres.  Rome- 
ro y  Mendoza. 

En  el  centro  existían  suntuosísimos  cajones,  como  el 
de  Izita,  y  otros  templos  de  la  moda,  y  almacén  del  lu- 
jo de  aquellos  tiempos. 

El  personal  de  estos  comerciantes  conservaba  con 
rigorosa  exactitud  las  tradiciones  españolas;  los  amos- 
de  la  más  pulcra  aristocracia,  bienhechores  de  conven- 


:J5 

los  y  (rasas  de  beneficencia,  los  dependientes  irrepro- 
chables de  elegancia  y  finura,  bailadores  famosos,  tira- 
dores de  espada,  buenos  jinetes  y  gente  de  rumbo  y 
trueno,  aunque  sujetos  á  las  reglas  (-asi  monásticas  de 
sus  patrones. 

Se  aseaban  temprano,  cerraban  el  cajón  á  las  doce 
para  comer  en  comunidad,  se  encerraban  después  de 
la  oración,  cumplían  con  la  Iglesia  y  acompañaban  al 
amo  á  las  procesiones. 

De  todos  modos  el  Parían  era  el  emporio  del  buen 
tono,  el  sueño  dorado  de  las  famosas  entonces  cotorro- 
nas, y  el  bello  ideal  de  las  currutacas  ó  catrinas,  que 
así  se  llamaba  á  las  polluelas  de  la  época. 

Sobre  este  emporio,  sobre  este  templo  del  buen  gus- 
to, cayó  el  avalancha  de  las  furias  del  saqueo  para  en- 
tronizar una  invasión  salvaje  de  robos  é  iniquidades. 

Se  rompían  puertas,  se  regaban  joyas  y  encajes  por 
los  suelos,  se  desbarataban  cajas  con  tesoros,  se  herían,, 
se  asfixiaban  por  arrebatarse  lo  que  cogían,  y  ni  el  de- 
lirio, ni  el  incendio,  ni  el  terremoto,  puede  dar  idea  de 
aquella  invasión,  vergüenza  y  oprobio  eterno  de  sus. 
autores. 

Los  ladrones  que  saqueaban,  al  salir  del  Farián,  ven- 
dían á  vil  precio  los  efectos  para  volver  á  la  carga. 

Las  calles  de  la  Palma,  del  Refugio,  frente  al  Empe- 
dradillo  y  Plateros,  se  tapizaban  con  el  cambray,  los 
riquísimos  paños,  los  vistosos  listones,  etc.,  etc. 

Los  autores  de  tantos  crímenes  se  paseaban  triunfan- 
tes entre  los  vítores  del  populacho,  ebrio  y  desenfrenado. 


36 

Entre  las  anécdotas  que  me  han  contado  sobre  .el 
saqueo,  recuerdo  una  que  llamó  mucho  mi  atención. 

D.  F.üargollo  tenía  su  cajón  en  la  contraesquina  del 
Portal  de  las  Flores,  y  allí,  por  su  honradez  y  posición 
comercial,  depositaba  gruesas  cantidades  de  particu- 
lares. 

Entre  estos  depósitos,  figuraba  una  talega  de  onzas 
de  oro  del  Sr.  D.  Joaquín  Obregón,  empleado  de  alta 
jerarquía,  y  rico  tachado  de  avaro  acaso  por  la  male- 
dicencia. 

En  medio  del  tumulto  del  saqueo,  y  corriendo  mil 
peligros,  se  dirigió  el  Sr.  Obregón  al  Parián,  deseoso 
de  salvar  su  depósito;  pero  ¡cuál  sería  su  sorpresa  al 
ver,  al  penetrar  en  el  cajón,  que  un  lépero  feroz  se  co- 
locaba en  el  hombro  su  adorada  talega,  y  puñal  en  ma- 
no se  abría  paso! 

Obregón,  no  obstante,  siguió  al  lépero  que  tomaba 
el  rumbo  de  San  Pablo;  corría,  corría  el  lépero,  y  Obre- 
gón le  seguía  por  callejones  y  vericuetos  hasta  caer 
desfallecido  perdiendo  toda  esperanza  de  alcanzarle. 

Trascurrieron  algunos  años;  nadie  se  atrevió  á  ha- 
cer reclamo,  ni  siquiera  mención  de  sus  pérdidas.  El 
Sr.  Gargollo  se  fué  para  España. 

Cayó  sombra  de  olvido  sobre  el  suceso  que  acabo  de 
narrar. 

Un  día,  inesperadamente,  recibió  el  Sr.  Obregón  car- 
ta de  España  y  dentro  de  ella  una  orden  para  una  ca- 
sa de  comercio  de  la  capital,  para  que  con  su  recibo  le 
entregasen  mil  onzas  de  oro  que  había  dejado  deposi- 


37 


tadas  en  la  casa  del  Sr.  Gargollo  y  fueron  robadas  el 
tantos  de  Diciembre  de  1828  en  el  saqueo  del  Parián. 

El  Sr.  Gargollo,  dispuso  antes  de  morir,  que  á  todos 
los  que  habían  hecho  depósitos  en  sus  casas  se  les  de- 
volviese, no  obstante  habérsele  hecho  patente  su  nin- 
guna responsabilidad,  rasgo  que  por  sí  sólo  pinta  el  ca- 
rácter de  un  hombre. 

Los  dueños  de  aquellas  fortunas  entregadas  al  pilla- 
je, cayeron,  muchos  de  ellos,  al  fondo  de  abismos  de 
miserias. 

Kl  señor  mi  padre,  lo  mismo  que  mi  tío  D.  Manuel 
Kodríguez,  eran  dueños  de  cajones  de  ropa  en  el  Pa- 
rián, y  mis  primeras  nociones  políticas  fueron  adqui- 
ridas al  través  de  aquellas  fatales  impresiones. 

Kl  nombre  de  liberal  y  de  yorkino  eran  sinónimos. 

Kl  programa  democrático  lo  reasumía  la  plebe  di- 
ciendo: 

Vivan  Guerrero  y  Lobato 
Y  viva  lo  que  arrebato. 

A  los  que  querían  encarecer  las  existencias  de  la  li- 
bertad se  les  contestaba: 

No  se  borra  con  lecbada 
El  borrón  de  la  Acordada. 

Anúblanse  mis  recuerdos  de  esta  época  para  reapa- 
recer una  noche  del  año  de  1829. 

La  ciudad  despertó  á  deshoras  de  la  noche  al  es- 
tampido del  cañón,  á  los  repiques  á  vuelo  en  todas  las 


38 

Iglesias,  &  la  iluminación  espléndida  de  la  última  cho- 
za y  de  los  más  levantados  palacios,  á  los  vítores,  al 
regocijo  inmenso  de  todas  las  clases  de  la  sociedad. 

«La  rendición  de  Barradas.»  gritaban,  corriendo  en 
todas  direcciones  los  vendedores  de  papeles;  las  gentes 
se  abrazaban  sin  conocerse;  los  tenderos,  en  sus  puer- 
tas, destapaban  botellas  y  brindaban  con  el  primero  que 
pasaba;  las  dianas  alborotaban:  los  cohetes  aturdían 
y  á  veces  el  placer  se  parecía  al  remedo  de  la  tem- 
pestad. 

En  efecto.  Barradas  y  su  invasión  quimérica  de  re- 
conquista habían  fracasado  en  Tampico  el  11  de  Sep- 
tiembre de  1829,  y  las  banderas,  quitadas  á  los  invaso- 
res y  conducidas  á  México  por  los  oficiales  Domingo 
Soto,  Wol,  Stávoli  y  Beroski  inclinaban  el  cuello  en  los 
balcones  de  palacio  casi  avergonzadas  de  la  locura  de 
los  partidarios  del  trono  y  del  altar. 

Por  desgracia  no  se  sacó  partido  de  acontecimiento 
tan  fausto,  y  el  general  Bustamante,  que  surgía  de  la 
misma  urna  electoral  que  Guerrero  y  que  fué  enviado 
por  éste  con  el  ejército  de  reserva  en  auxilio  de  Santa 
Anna,  se  pronunció  por  el  plan  de  Jalapa,  inconse- 
cuente é  indigno  de  las  distinciones  de  que  había  sido 
objeto. 

En  este  intervalo,  y  una  sola  vez,  tu  ve  ocasión  de  es- 
tar cerca  del  general  Guerrero. 

Era  de  elevada  estatura  y  anchos  y  refornidos  hom- 
bros, sin  corresponder  sus  piernas  largas  y  delgadas  á 
su  busto  ma'/nílico:  la  tez  morena,  el  cabello  tosco 


39 

amontonado  sobre  la  frente,  sus  ojos  negros  de  una  pe- 
netración y  una  dulzura  imponderable,  patilla  pobla- 
nísima, boca  recogida  y  sincera. 

Aunque  modesto,  no  tenían  encogimiento  sus  mane- 
ras, y  su  voz  tiple  y  dosonante  era  lo  único  que  repug- 
naba en  él  á  la  primera  impresión. 

Cerca  de  él  se  sentía  la  bondad  de  su  alma,  y  tenía 
•ciertos  dejos  de  inocente  ranchero  que  realmente  cau- 
tivaban. 

Yo  le  vi  en  la  casa  de  mi  tío,  Tesorero  del  Ayunta- 
miento, que  tenía  cierta  importancia  política;  se  rodeó 
•de  chicuelos  y  nos  asombró  su  parecer  sobre  nuestros 
trompos,  nuestras  chicharras  y  las  graves  consultas 
sobre  nuestros  papalotes. 

Aquel  carácter  grave  y  sencillo,  aquel  talento  que 
hacía  olvidar  su  ignorancia,  y  aquella  bondad  que  no 
le  abandonó  ni  en  el  patíbulo,  eran  las  dotes  caracte- 
rísticas de  Guerrero. 

Un  pariente  mío,  Tico,  que  fué  su  fidelísimo  ayu- 
dante, me  dio  curiosos  detalles  que  corroboran  mis 
aserciones. 

Sobre  su  desinterés  y  moralidad,  quiero  particulari- 
zar un  hecho  en  que  no  se  ha  detenido,  como  debía,  la 
Historia. 

En  1821,  al  partir  Iturbide  á  combatir  á  Guerrero,  se 
le  encomendaron  cuantiosos  caudales  para  embarcar- 
los en  Acapulco.  Iturbide  los  detuvo  en  su  poder,  fal- 
tando aun  á  sus  compromisos  de  caballero  con  los  par- 
ticulares. 


40 

En  los  momentos  de  la  proclamación  del  plan  de 
Iguala,  Iturbide  tuvo  que  hacer  una  salida  precipitada 
con  sus  fuerzas  y  dejó  á  Guerrero  en  depósito  los  cau- 
dales, diciéndole  que  en  caso  necesario  tomase  lo  que 
fuese  bastante  para  sus  tropas. 

Como  se  sabe,  las  tropas  de  Guerrero  no  podían  es- 
tar en  peor  situación. 

Viviendo  á  la  intemperie,  hambrientas,  desnudas  y 
mal  armadas,  eran  masas  de  hombres  sostenidas  por 
el  amor  á  su  jefe  y  á  su  causa  que  sentían  más  de  lo- 
que pudieran  razonar. 

Un  sombrero  era  como  una  curiosidad  artística;  los 
zapatos,  artículos  desconocidos;  y  en  su  menú  cotidia- 
no, cuando  había  plátanos  y  se  bebía  tuba  se  llegaba  á 
los  esplendores  de  Recamier. 

Iturbide  volvió  de  su  expedición,  y  al  ver  el  mal  es- 
tado de  las  tropas  de  Guerrero,  le  reconvino  porque  no 
estuviesen  mejor  atendidas. 

—  ¿Y  el  dinero  que  dejé  á  Ud? 

— Ahí  está. 

— ¿Por  qué  no  ha  tomado  Ud.,  como  le  dije,  para  sus 
tropas? 

— Porque  me  lo  dejó  en  depósito. 

— Sí,  pero  le  dije  á  Ud.  que  tomase  lo  necesario. 

— Bueno;  pero  yo  de  nada  necesito. 

— ¡Ea!  tome  Ud.  seis  ú  ocho  mil  pesos  para  Ud.  y  sus 
soldados. 

— Señor recoja  su  dinero  y  no  me  los  mal 

ensene. 


41 

Guerrero  devolvió  el  depósito  á  lturbide  sin  haber 
dispuesto  ni  disponer  de  un  sólo  centavo. 

Quisiera  detenerme  en  la  vida  íntima  de  este  héroe 
para  hacer  patentes  sus  altas  virtudes;  pero  me  basta 
lo  indicado  y  lo  que  Ja  historia  refiere,  para  dar  á  co- 
nocer su  alto  carácter. 

El  funesto  año  de  1831  aconteció  la  muerte  del  se- 
ñor mi  padre,  cuando  apenas  contaba  treinta  y  tres  años 
y  la  belleza  física  y  las  eminentes  virtudes  se  compla- 
cían en  colmar  con  sus  dones  aquella  preciosa  vida. 

Hrusca,  repentina,  y  como  por  encanto,  cambió  mi 
existencia. 

La  muerte  del  señor  mi  padre  fué  instatánea.  Algu- 
nos parientes  muy  cercanos,  con  su  proceder,  le  preci- 
pitaron á  la  tumba.  Mi  madre  quedó  loca.  De  los  cuan- 
tiosos bienes  de  mi  casa  se  apoderaron  personas  ex- 
trañas. 

A  mi  señora  madre  la  recogió  la  caridad  de  unos  tíos 
maternos  y  yo  por  mí,  y  sin  amparo  alguno,  me  refugié 
en  la  casa  de  unas  señoras  hijas  de  un  dependiente  de 
mi  casa  y  que  vivían  honrada  y  pobremente  de  sus  cos- 
turas. 

En  aquel  cambio  espantoso  en  que  la  miseria  misma 
era  un  arrimo  y  consuelo  del  desamparo  y  de  las  lá- 
grimas, mi  gran  sentimiento  era  la  separación  de  mi 
madre,  y  mis  quimeras  todas  tendían  á  mejorar  mi  si- 
tuación. 

¿Pero  quién  ampara  así  al  pobre  niño  á  quien  la 
muerte  y  la  locura  abrían  las  puertas  de  la  juventud? 


42 

Yo  había  salido  de  la  escuela  sin  saber  nada  á  dere- 
chas: mis  padres  querían  dedicarme  á  los  estudios:  pe- 
ro al  presente  se  trataba  de  comer;  mi  carácter  y  mi 
físico  se  prestaban  poco  para  utilizarme. 

El  primero  era  un  tejido  de  inconsecuencias  increí- 
bles; me  dejaba  poseer  de  la  alegría  y  me  sepultaba  en 
hondas  tristezas  que  me  hacían  por  intervalos  tacitur- 
no y  funesto.  Me  alborotaba  un  fandango  y  me  retraía 
arrepentido  en  un  templo  solitario  á  la  luz  matutina  y 
á  sonar  con  la  llama  de  los  cirios,  el  humo  del  incien- 
so y  el  canto  poético  del  saltapared;  aspiraba  á  otra  po- 
sición, á  otra  instrucción,  á  algo  que  realizase  mis  qui- 
meras de  hombre,  y  volvía  en  mí,  acompañado  de  los 
espectros  de  la  miseria  y  la  orfandad. 

Unas  veces,  vagando  perdido  y  sin  que  nadie  me  co- 
nociese en  los  más  apartados  barrios;  otras,  dentro  de 
la  pequeña  vivienda  de  mis  bienhechoras,  aplicándome 
á  los  quehaceres  domésticos,  y  otras,  con  las  alegres 
chicas  de  la  vecindad,  sacando  partido  de  mis  cuentos 
y  las  recitaciones  del  coloquio  famoso,  pasaba  mi  vida. 

Reservaba  mis  horas,  como  para  consagrarlas  á  una 
querida  idolatrada,  para  ver  á  la  señora  mi  madre. 

Pequeña  de  cuerpo,  joven,  porque  apenas  tendría 
treinta  años,  sus  ojos  pequeños  llenos  de  ternura,  con 
labios  rojos,  manantial  de  gracias,  con  su  dentadura 
blanca,  blanca  como  luz  de  claro  día;  con  sus  maneci- 
tas  de  niño  con  que  imprimía  en  cada  caricia  placeres 
de  cielo. 

Fulla  tenía  su  razón  perturbada  y  á  veces  no  me  co- 


43 

nocía;  yo  le  llevaba  dulces  que  me  guardaba;  yo  hacía 
<le  una  cuentecita  de  vidrio  una  joya  para  ponerla  en 
su  cuello:  yo  creaba  para  ella  una  poesía  de  ternura,  de 
santidad  y  de  lágrimas,  superior  á  todos  los  ideales. 

Reía  á  veces  sin  saber  por  qué  y  lloraba  á  menudo; 
sus  palabras  incoherentes  me  hepían,  sus  movimientos 
lúcidos  me  abrían  los  cielos  y  me  presentaban  radiosa 
y  divina  la  esperan/a. 

De  cada  entrevista  salía  con  el  alma  llena  de  qui- 
meras: quería  ser  grande,  y  valiente,  y  rico  y. . .  .pero 

á  poco  un  harapo  importuno  era  un  desengaño y 

la  vista  de  mi  calzado  roto  el  castigo  de  mi  ambición. 

Xo  obstante,  me  inscribí  de  capense  de  francés  en  el 
•colegio  de  Minería,  solicité  y  estuve  de  meritorio  en 
la  comisaría  general  y  al  último  en  un  cajón  de  ropa. 

En  los  intervalos  de  mis  tentativas  de  ocupación  ha- 
bía adquirido  destreza  desusada  en  la  teoría  de  los 
quehaceres  domésticos,  porque  desde  entonces  mi  tor- 
peza de  manos  fué  proverbial.  Acompañaba  á  las  ni- 
ñas: para  sus  costuras,  cintas  y  torzales,  me  reconocían 
por  maestro:  daba  mi  opinión  sobre  randas  y  guisos,  y 
en  los  cuchicheos  de  crónica  escandalosa  no  recono- 
cía rival. 

En  materia  de  arbitrios  descubrí  talentos  estupen- 
dos para  con  mercachifles  y  empeñeros,  compras  á  pla- 
zo, abonos  cómodos  y  préstamos  sin  garantía. 

Aliado  poderoso  ó  enemigo  de  los  novios  de  las  pri- 
morosas chicas  de  mi  casa,  me  complicaba  en  todo  gé- 
nero de  intrigas  asesorándome  con  mi  barbero  de  la 


u 

vecindad,  de  gallo  y  guitarra,  piedra  de  amolar  y  escal- 
fadon  luciente,  chisgaravís  y  hablador  como  el  demonio, 
y  mi  amigo  íntimo  por  sus  cuatro  costados. 

En  las  largas  horas  de  la  noche,  cuando  mis  benefac- 
toras  con  su  vela  al  frente  cosían  su  munición,  las  ho- 
ras de  fastidio  eran  espantosas. 

En  vano  me  aconsejaban  recortar  barajas,  hacer  ca- 
sitas de  popote,  jugar  solitaria  ó  iluminar  estampas:  yo- 
era  la  torpeza  misma  de  manos,  me  costaba  sangre  el 
intentode  unapuntada,  desfondaba  un  jarro  con  el  con- 
nato de  un  chocolate,  convertía  en  hebras  un  aventa- 
dor si  me  llamaban  á  soplar,  y  si  á  colgar  un  cuadro,  de 
fijo  me  resbalaba  con  escalera  y  todo,  haciendo  trizas 
á  San  Juan  Nepomuceno  ó  á  la  Santísima  Trinidad. 

En  aquel  ocio  no  sé  por  qué  casualidad  di  con  un  al- 
to de  calendarios  que  formaban  la  biblioteca  de  la  ca- 
sa, único  elemento  intelectual  de  la  familia. 

En  aquella  época,  lo  único  que  tenían  legible  los  ca- 
lendarios de  la  Rosa  y  Onti veros,  que  eran  los  más  acre- 
ditados, eran  unos  sonetos  á  la  Virgen  de  Guadalupe,  de 
cuyos  sonetos,  poco  después,  los  de  Galván  eran  ios  de 
mayor  nombradía. 

Mi  lectura  exclusiva  fueron  los  sonetos,  y  tanto  los 
leí  y  los  releí,  que  preocupado  iba  recitando  por  la  calle: 

uRoba  la  Parca  con  fiereza  impía,"  etc. 

Una  vez  que  quería  recordar  un  soneto  y  no  pude, 
hice  el  primer  pie  por  mi  cuenta  y  luego  otro,  y  otro 
hasta  el  fin,  y  salté  de  contento  porque  ya  sabía  yo  ha- 


45 

cer  sonetos.  Aquel  fué  para  mí  maravilloso  descubri- 
miento. 

Con  tan  estupendo  hallazgo  no  cabía  en  mí  de  júbi- 
lo y  no  hubo  otra  distracción  ni  otro  anhelo,  ni  más 
delirio  que  subir  á  la  azotea,  ó  escaparme  á  los  barrios 
y  calzadas  más  solitarias  á  declamar  mis  sonetos. 

En  las  iglesias,  en  las  pulquerías,  en  dondequiera  que 
pescaba  un  verso,  lo  aprendía  de  memoria,  pero  guar- 
dando profundísimo  secreto  sobre  mi  inesperada  habi- 
lidad. 

;;  Eaü . . . .  ya  tenían  fórmula  mis  vagas  tristezas,  mis 
reminiscencias  dolorosas,  nacía  al  verso  para  cánticos, 
para  plegarías,  para  tiernísi mas  confidencias  con  Dios; 
el  rumor  fué  canto,  el  eco  armonía,  la  claridad  dudosa 
luz  matutina,  como  que  anunciaba  en  mi  interior  un 
mundo  adorable  y  desconocido  para  mí. 

Por  otra  parte,  en  la  única  casa  que  me  acogían  en 
recuerdo  á  mis  padres  y  como  visita  mimada  y  quen- 
ada, era  en  la  casa  del  Sr.  D.  Joaquín  Heredia,  arquitec- 
to de  la  ciudad,  y  casado  con  una  señora  joven,  hermo- 
sa y  llena  de  gracias,  Doña  Anita  Zuleta. 

La  señora  tenía  para  conmigo  atenciones  materna- 
les; era  el  encanto  de  los  pobres;  la  misma  bondad  y  la  . 
franqueza  suma. 

La  alegría  le  era  característica  y  tenía  poderosos  ins- 
tintos para  todo  lo  bueno,  para  todo  lo  bello  y  para  el 
aliento  de  todos  los  sentimientos  generosos. 

Su  esposo,  el  Sr.  Heredia^  era  un  viejecito  delicioso, 
pequeño  de  cuerpo,  desembarazado  y  contento  que  ado- 


46 

raba  en  mi  tía,  así  llamaba  yo  á  la  señora,  y  le  daba 
«rusto  en  cuanto  quería. 

Mi  tía  bailaba  divinamente,  disponía  un  banquete* 
con  perfección  desusada,  y  le  llovían  empeños  de  ma- 
drina de  monjas,  de  bautismos  y  casamientos,  reunien- 
do siempre  en  su  elegante  casa,  esquina  de  San  Felipe 
Neri.  una  selecta  sociedad. 

Kntre  las  personas  queáellaconcurrían  eran  el  padre 
Villaseñor,  el  Sr.Ventimilla,  I).  Rafael  Heredia,D.  Anto- 
nio Guerra  Manzanares  y  otros  i  mpro  visadores.  Con  cual- 
quier motivo,  formaban  certámenes  poéticos  que  verda- 
deramente me  asombraban,  más  que  todo,  por  la  facilidad 
estupenda  que  tenían  estos  señores  para  improvisar. 

Generalmente  los  ponían  en  pie  forzado,  ó  una  glosa 
difícil,  y  después  de  encerrarse  en  breve  silencio  pro- 
rrumpían y  eran  acogidos  sus  alumbramientos  con  en- 
tusiasmo frenético. 

No  obstante  la  opinión  desastrada  que  afrontaban  los 
poetas,  de  sucios  divagados,  inútiles  para  todo  lo  serio 
y  predestinados  para  la  miseria  y  el  hospital,  gozaban 
cierta  boga  pedestre,  y  ni  dejaban  de  figurar  en  los  sa- 
lones, ni  de  imperar  radiosas  copa  en  mano  en  los  con- 
vites después  de  los  gritos  de  ¡¡Bomba!!  ¡¡Bomba!!  para 
llamar  la  atención. 

Los  llamados  grandes  poetas  tenían  su  categoría 
aparte,  y  á  Heredia,  Quintana  y  otros,  primero  se  hubie- 
ran dejado  sacar  una  muela  que  soltar  un  verso;  los 
improvisadores  de  más  fama  eran  D.  José,  D.  Alejan- 
dro y  el  padre  Villaseñor,  de  notabilísimo  talento. 


47 

Del  padre  Villasefior  se  cuenta,  que  estando  un  día 
en  el  café  de  Medina,  esquina  de  la  2a  de  Plateros  y  la 
Profesa,  un  cócora  se  jactaba  de  haber  tenido  la  dicha 
<Je  dar  un  beso  á  una  señorita  recatada  y  decente,  ami- 
ga del  padre. 

Este  no  queriendo  armar  campana,  pero  deseando 
defenderá  su  amiga,  le  dirigió  al  maldiciente  la  siguien- 
te décima: 

"Dicha  que  es  dicha  no  es  dicha, 
Dicha  si  fuera  callada; 
¿No  le  bastó  ser  {rozada 
Sino  ser  pozada  y  dicha? 
¡Oh  qué  notable  desdicha! 
Ks  la  de  los  hombres  sabios 
Que  convierten  en  agravios 
Favores  y  es  grande  mengua 
Tenga  desdichada  lengua 
Quien  tiene  dichosos  labios. 

En  otra  vez,  I).  José  María  Villasefior,  que  como  viu- 
do llevaba  una  vida  alegre,  buscando  al  padre  en  la 
Profesa  y  le  halló  en  el  templo  ocupado  en  que  se  ex- 
humaran los  restos  de  la  esposa  del  hermano  que  le  ve- 
nía á  buscar.  Al  verle  el  padre,  y  sin  que  transcurriese 
un  instante,  le  dijo  así: 

Petra  soy?  qué  te  estremeces 
Que  cual  piedra  dejo  el  centro 
Para  sal  irle  al  encuentro 
Sólo  por  que  en  mí  tropieces. 
Mucho  amo  tus  intereses 
(luando  con  tales  excesos 
Ofrezco  á  tus  pb  s  mis  huesos 
Por  si  amoroso  consigo 
Que  tropezando  contigo 
Evites  otros  tropiezos 


48 

Lo  curioso  es  que  acto  continuo  D.  José  María  res- 
pondió con  diez  décimas  glosando  en  cada  una  de  ellas 
el  verso  del  Padre  su  hermano. 

Con  este  motivo  recuerdo  á  Ignacio  Ramírez  que  era 
enemigo  acérrimo  de  los  improvisadores. 

Hace  m  uchos  años  en  un  festín  de  la  fábrica  de  tabacos, 
en  el  salón  de  cigarreras,  se  invitó  á  Ramírez  para  que 
dijese  un  verso,  con  tal  tenacidad  é  impertinencia,  que 
al  que  mfts  le  hostigaba  le  dijo: 

¡Oh  Señor!  y  quién  me  diera 
Sor  Sultán  de  este  serrallo! 
Y  por  lo  bajo 

.  Gallo!! 

Con  lo  que  dejó  á  su  interlocutor  patético! .... 

En  vistade  los  triunfosde  los  improvisadores,  y  guar- 
dando mi  secreto,  corría  á  mis  soledades  á  fingir  im- 
provisar y  á  felicitarme  por  mis  triunfos. 

Estos  ejercicios,  sin  descubrirlos  á  nadie  me  hacían 
locuaz  con  las  chicas  de  la  vecindad,  me  procuraban 
amigos,  me  distinguían  con  cierta  importancia  entre  las 
costureritas,  viudas  entretejidas,  sobrinas  de  frailes, 
sastres  riticonetes,  músicos  sueltos  y  curiales  desvali- 
dos que  componían  mi  vecindad. 

Pero  si  en  la  ¿asaque  me  sostenía  había  sido  de  todo 
punto  inútil,  con  mis  escapadas  á  la  casa  de  mí  tía  y  á 
las  calzadas  y  con  mi  vivir  eterno  en  la  Alameda,  me 
convertí  en  un  ser  realmente  gravoso. 

He  hecho  mención  de  la  Alameda,  porque  en  la  Ala- 
meda fué  mi  gran  gimnasio  poético. 


49 

Las  juntas  cívica»  para  el  1(>  de  Septiembre  tenían 
<*omo  costumbre  disponer,  además  del  templete  y  los 
adornos  suntuosos  de  las  fuentes,  que  se  escribiesen 
octavas  y  sonetos  en  las  puertas,  ocurriendo  para  ella 
á  los  ingenios  poéticos  más  esclarecidos  de  la  época,  y 
daban  su  contingente,  ya  el  divino  Tagle,  ya  Carpió,  ya 
Pesado,  ya  Barquera,  ya  Amat,  ya  Sierra,  Romo,  Barre- 
ra ó  Autepara,  (sic)  considerados  todos  como  prínci- 
pes de  nuestro  parnaso. 

Tagle  y  Carpió  eran  mis  favoritos. 

De  Don  Francisco  Manuel  Sánchez  de  Tagle  es  el  si- 
guiente soneto  escrito  en  una  de  las  puertas  de  la  Ala- 
meda: 

Trescientas  veces  el  Zodiaco  inmenso 
Hecorre  el  padre  de  la  lumbre  pura, 
Afientras  la  Patria  esclavizada  apura 
El  hondo  cáliz  del  dolor  intenso. 
Bendecida  en  su  bello  suelo  inmenso 
Kico  para  su  mal  y  desventura, 
A  sordo  cielo  enviaba  su  amargura 
Entre  humo  puro  de  oloroso  incienso. 
Inrompibles  creyeron  tus  cadenas 
E  invencibles  los  hados,  sus  señores, 
Eternas  ella  imaginó  sus  penas. 
Pero  la  hora  íeliz  suena  en  Dolores, 
Estalla  el  fuego  en  las  filiales  penas 
Y  humo  se  tornan  hierros  y  opresores. 

Yo  aprendía  de  memoria  un  pie  de  soneto  ú  octava  y 
eorríaglosándolo  en  otro  soneto  hasta  la  puerta  siguien- 
te, allí  tomaba  un  piede  una  octava  y  seguía  en  mi  ta- 
rea, dando  así  ocho  ó  diez  vueltas  á  la  Alameda,  con 


50 

espantoso  detrimento  de  mi  mal  pelaje,  olvido  de  todo 
deber  y  adquiriendo  reputación  de  loco  por  mi  hablar 
recio,  mi  gesticular  y  mi  ensimismamiento,  cosa  que 
no  puedo  dejar  de  hacer  siempre  que  hilvano  versos. 

Recados  y  'encargos,  cuitas  y  empeños  de  la  casa  me 
importaban  una  higa,  siendo  puntual  únicamente  en  las 
entrevistas  con  la  señora  mi  madre,  que  era  mi  culto  y 
mi  deleite,  y  de  donde  me  separaba  siempre  llorando, 
pero  inundado  mi  corazón  de  ternura  y  esperanza. 

Al  único  amigo  á  quien  después  de  mil  vacilaciones 
comuniqué  mis  progresos  poéticos,  fué  á  mi  querido 
barbero  Don  Melesio,  quien  comenzó  á  escuchar  mi 
confidencia  de  mi  aptitud  poética  cerca  de  la  olla  re- 
glamentaria do  las  sanguijuelas  puestas  al  sol;  me  oyó, 

dudó,  iba  y  venía  inquieto   y  cuando  para  dar 

una  muestra  contundente  de  mis  adelantos  improvisé 
xin  soneto  tremendo,  describiendo  la  barbería,  con  la 
guitarra,  el  gallo,  los  mechones  regados  en  el  suelo  y 
la  cortinilla  encarnada  de  la  puerta,  me  abrazó  y  besó 
en  la  mejilla,  llamándome  Homero,  el  padre  Sartorio, 
el  Negrito  poeta  y  el  Pensador  Mexicano. 

Con  semejante  aliento  propagué  en  la  vecindad  la 
noticia;  y  las  viejas  jaculatorias,  los  jóvenes  amores? 
los  viejos,  devociones  ó  política,  todos  tenían  temas  que 
comunicarme  y  á  todos  servía  cariñoso.  Era  yo  una 
maquinita  que  regaba  versos  diablinos  por  todas  partes. 

Las  pobres  señoras  mis  bienhechoras  supieron  la  no- 
ticia como  si  se  me  hubiese  declarado  el  mal  de  San  Vi- 
to ó  el  vicio  de  beber. . . . 


51 


— ¡La  hornos  hecho  buena;  morirá  en  un  hospital; 
con  razón  pierde  la  corbata  y  no  tiene  botón  en  ojal, 
ni  se  peina  jamás  y  se  pasea  con  unos  ojos  de  loco  que 
espantan! 

Yo  las  llenaba  de  caricias,  les  hacía  cuatro  mueque- 
citas  y  les  disparaba  una  cuarteta  que  las  encantaba; 
riendo  entonces,  sacando  á  luz  los  dulces  que  me  ha- 
bían guardado,  y  probándome  una  chaqueta  ó  pantalón 
que  me  habían  achicado  de  alguno  de  sus  parientes  ca- 
ritativos  ¡Cómo  amo  en  la  memoria  de  esas  adora- 
bles mujeres! 

El  trabajo  d!é  las  infelices,  para  mantener  la  casa,  real- 
mente las  rendía  y  enfermaba. 

Yo  dormía  en  la  reducida  salita  de  la  casa  en  un  col- 
chón que  por  su  poca  lana  había  perdido  el  nombre,  y 
le  llamaba  ya  torreja,  memela:  escaso  avío;  almohada 
única,  y  una  siliita  al  lado  para  mi  equipo,  mis  calen- 
darios y  una  poca  de  agua.  En  ese  tiempo  no  se  cono- 
cían los  fósforos  ni  los  cerillos. 

Las  señoras  velaban,  cosiendo  hasta  muy  entrada  la 
noche,  y  lo  hacían  en  la  sala  para  acompañarme.  El  rezo 
ó  el  canto  las  servía  de  distracción  en  sus  tareas  y  yo 
me  dormía,  sonriendo  á  la  Virgen  María,  ó  meciendo 
mis  ensueños  en  las  notas  del  Pescador,  repitiendo  la 
estrofa  de  Arriaza: 

«No  pretendas,  Dios  traidor, 
«Que  te  doble  la  .rodilla, 
«Que  mi  bien  es  mi  barquilla. 
«Mis  redes,  todo  mi  amor.». 


52 

.  Una  noche,  las  señoras  creyéndome  profundamente 

dormido,  emprendieron  el  siguiente  diálogo del 

(jue  no  perdí  una  sílaba: 

— Bien,  ¿qué  haremos  con  él?  de  holgazán  no  pue- 
de vivir. 

— ¡Y  al  Sr.  I).  José  María  que  hasta  comprado  le  dejó 
el  manto  para  hacer  de  él  una  lumbrera  de  la  Iglesia! 

— Lo  único  posible  es  un  oficio. 

— Xi  pensarlo;  con  sus  distracciones  y  (ton  su  torpe- 
za de  manos  .... 

— Carpintero, se  rompe  un  brazo  con  el  escoplo;  bar- 
bero, degüella  á  un  marchante.: . . .  en  un  cajón  ya  vi- 
mos que  no  hizo  letra  .... 

— Y  no  es  que  nos  sea  gravoso;  pero  rompe  la  ropa 
con  temeridad,  y  come  como  diez  tigres. 

— ¡Ya  ves!  yo  me  privo  del  chocolate,  porque  él  no 
sabe  beber  atole;  digo  que  me  irritan  los  chiles  relle- 
nos, porque  él  hasta  tres  se  come  de  una  sentada 

y  como  no  está  en  nuestros  secretos ....  no  sabe  que 
tocamos  en  los  tres  flacos. 

— ¡Xi  qué  coger! ....  ¡Xi  qué  empeñar!  ¡Xi  qué  ven- 
der! 

— ¡Pobrecito,  y  cómo  recordará  su  casa! . 

— Dios  nos  ayudará. 

— Soy  capaz  de  pedir  limosna  antes  que  desampa- 
rarlo .... 

A  poco  la  luz  se  extinguió,  las  señoras  se  retiraron, 
y  yo  lloré  hasta  empapar  la  almohada  en  que  descan- 
saba mi  cabeza;  y  lloré  de  un  hilo  lo  que  quedaba  de  la 


5a 


noche,  esperando  el  nuevo  día  ... .  para  tomar  una  re- 
solución. 

El  amigo  único  á  quien  podía  confiar  mis  cuitas  era 
D.  Melesio,  y  esperé  el  momento  para  depositar  en  su 
•corazón  mis  confidencias. 

Como  sólo  uno  que  otro  rasgo  lie  podido  descubrir 
<Je  la  fisonomía  de  mi  amigo,  quiero  desenvolver  todo 
el  lienzo  para  que  se  conozca  el  retrato  á  su  verdade- 
ra luz. 

El  maestro  D.  Melesio  era  simpático  y  cortaba  por 
filo  la  edad  de  las  pasiones- borrascosas,  ó  sean  treinta 
y  cinco  años  poco  más  ó  menos.  Moreno,  delgado  co- 
mo un  cabello,  con  la  cabeza  con  esmero  peinada  de 
•copete  y  toscos  rizos  sobre  las  narices;  unos  ojos  negros. 
•de  grandes  y  amorosas  pestafias,  bien  formado  cuello 
con  su  mascada  de  la  India  y  su  anillo  corredizo,  ges- 
ticulación animadísima,  manos  finísimas  y  delgadas  y 
movimientos  listos. 

El  amor  y  la  política  le  preocupaban,  y  desde  su  edad 
más  temprana  había  decidido  de  su  suerte. 

En  sabiduría  de  mundo  había  llegado  al  extremo  de 
relacionarse  con  Isabel  Rendón  y  las  monísimas  Pau- 
trets,  siendo  consultor  y  delicia  de  la  Chata  Munguía, 
la  (tamborino  y  Agustina  Montenegro,  y  en  política  ha- 
bía corrido  peligrosas  aventuras  con  los  secuaces  de 
Zerecero,  los  cómplices  del  Regidor  Paz  y  los  partida- 
rios de  Gómez  Furias,  así  llamado  Farías  por  la  exal- 
tación de  sus  opiniones. 

Tocaba  D.  Melesio  admirablemente  h\  guitarra  de 


5*      . 

siete  órdenes,  y  no  desdeñaban  concurrir  á  su  barbe- 
ría los  maestros  del  arte  como  Bibián,  el  cierro  Dueñas, 
y  hasta  el  General  Gutiérrez  cuando  venía  de  su  magní- 
fica hacienda  situada  cerca  de  Jalapa. 

Pero  como  privaba  D.  Melesio,  era  como  amigo  de 
los  cabezones,  es  decir,  los  hombres  de  talento,  sobre 
todo  si  eran  sus  partidarios,  y  me  parece  que  tengo  di- 
cho que  era  yorkino  desastrado,  admirador  entusiasta 
de  Rocafuerte  y  que  tenía  en  Ja  punta  de  los  dedos  al 
tío  Tomás,  al  compadre  Mateo,  sin  dejar  de  haber  ho- 
jeado al  Josafat,  ni  omitía  una  letra  de  un  tomo  trunco 
de  la  Moral  de  Holbach.  que  casi  sabía  de  memoria. 

Conocía  el  manejo  de  la  prensa  de  mano  como  po- 
cos; sabía  rasurarse  del  rodete  para  impresiones  clan- 
destinas; quitar  el  olor  á  la  tinta,  escribir  con  tintas 
simpáticas;  esconder  en  un  pan  un  folleto;  picar  con  al- 
filer un  impreso  para  que  dijese  lo  vedado  ó  expuesto, 
y  todas  las  tretas,  ocultaciones  y  fraudes  aplicables  al 
amor  ó  á  la  política,  para  confusión  y  tormento  de  due- 
ñas y  espías,  gobiernos  y  padres  de  familia. 

Había  sido  cívico  y  tenía  sus  arranques  militares  de 
perecerse  de  risa. 

Gomo  al  fin,  de  la  descendencia  de  Fígaro,  á  sus  na- 
rraciones políticas,  á  sus  rasgos  anecdóticos,  á  sus  de- 
talles biográficos  les  comunicaba  tantas  variadas  de  cró- 
nica escandalosa,  que  es  un  dolor  que  no  se  puedan 
transladar  al  papel. 

Conocía  de/>e  úpala  vida  del  Pensador  que  acababa 
de  morir  el  año  de  1827  en  la  calle  de  Puente  Quebra- 


oo 


do,  después  de  vivir  en  el  Baño  de  los  Pajaritos,  por 
el  Salto  del  Agua;  había  escrito  á  la  mano  al  Payo  del 
Rosario  (Villavicencio)  y  á  Enciso,  autor  de  la  E>ici- 
clopedia  de  los  Samenlottis ;  detestaba  á  Dávila,  escri- 
tor del  Toro,  periódico  desvergonzado  de  grande  boga 
en  el  populacho  servil  obsceno,  y  de  lenguaje  detesta- 
ble, y  no  olvidaba  uno  de  aquella  multitud  de  libelos 
sobre  toda  clase  de  asuntos,  que  del  año  de  1821  bro- 
taba como  en  erupción  perpetua  de  las  prensas,  como 
desencadenándose  y  rompiendo  el  silencio  de  tres  siglos. 

Grosera,  informe,  rastrera  la  libertad  de  la  prensa, 
buscaba  lechónos  y  no  los  hallaba,  y  para  despertar  el 
sentimiento  dormido  y  para  vulgarizar  ideas  con  la  re- 
miniscencia de  la  costumbre,  eran  letanías  y  padres 
nuestros  políticos,  estaciones  y  jaculatorias,  coplas  de 
Payaso  y  cuentos  y  consejas,  que  era  lo  único  adapta- 
ble á  las  inteligencias  vulgares  embrutecidas  por  el  fa- 
natismo. 

I).  Melesio  explicaba  todo  esto  á  su  manera;  y  con 
falta  completa  de  criterio,  colgaba  milagro  de  libres  pen- 
sadores al  soldado  calavera  que  hacía  patente  la  vida 
relajada  de  los  frailes,  al  que  inventaba  escenas  de  pros- 
titución en  los  claustros,  al  que  probaba  con  una  copa 
de  catalán  al  frente,  que  la  Virgen  huyó  con  un  solda- 
do, dando  un  tabardillo  á  Señor  San  José,  y  que  Jesu- 
cristo había  sido  un  prestidigitador  inferiora  Castelli,. 
que  entonces,  en  el  teatro  de  los  Gallos  situado  en  la 
calle  de  las  Moras,  estaba  maravillando  á  México  con 
*us  suertes. 


5fi 

Con  cierto  aplomo  y  con  inagotables  alusiones  des- 
cribía á  Tornel,  diciendo  que  su  origen  era  francés  y 
que  liabía  cambiado  su  nombre  con  el  de  un  español 
en  una  intriga  política,  y  que  estuvo  preso  por  liberal 
•en  la  biblioteca  de  San  Ildefonso,  de  donde  se  futró  para 
unirse  á  los  independientes  en  Orizaba. 

Sus  padres  habían  conocido  al  General  Bustamante 
gobernando  en  cobija;  boticario  en  San  Luis  Potosí,  á 
Arista;  paseándose  en  un  torete  apenas  domado  en  las 
•calles  de  México,  á  D.  Isidro  K.  Gondra,  ordenándose  de 
Evangelio,  y  recibiéndose  do  masón  á  Pedraza,  oficial 
de  Sierra  Gorda,  aprehensor  de  Morolos,  y  pasando  su 
juventud  en  Querétaro  con  la  familia  Domínguez  y  Al- 
varado.  En  una  palabra,  D.  Melesio  podía  haber  escri- 
to memorias  con  el  desgarre  de  Grim  y  con  la  sal  y  pi- 
mienta del  conde  de  San  Simón. 

En  su  calidad  de  músico,  tributaba  sincera  admira- 
ción á  Gómez,  asombroso  organista,  y  á  Elízaga  su  rival 
en  el  piano,  al  negro  Gollo,  rey  do  los  violinistas,  y  á 
Hermosilla  que  comunicaba  todos  los  encantos  de  la 
voz  humana  á  su  dulcísima  flauta  y  que  murió  loco  en 
San  Hipólito. 

Por  último,  gastrónomo  extremado.  I).  Melesio  re- 
comendaba los  envueltos  do  las  cañitas  que  estaban 
en  la  calle  de  Regina,  los  guisos  de  lascólas  en  el  ca- 
llejón de  Bilbao,  lascabezasen  los  figones  y  pulquerías 
de  Nana  Rosa  rumbo  á  la  Viga,  ó  de  tío  Juan  Aguirre 
«en  Santiago  Tlatololco.  sin  omitir  el  encarecimiento 
<Ie  pulquerías  que.  como  Iai  Xana,  TjOS  Pelos,  La  Reta- 


67 

-wta  y  otras,  recopilaban  ló  más  granado  de  escaleras 
abajo  de  los  claustros,  de  los  cuarteles  y  de  la  curia. 

Aunque  me  interrumpa  y  pierda  su  interés,  si  lo  tie- 
ne esta  narración,  quiero  describir  una  pulquería  de 
aquel  tiempo,  ya  que  sin  oste  ni  moste  se  ha  atrave- 
sado en  los  puntos  de  mi  pluma. 

El  marqués  de  Mancera  desterró  en  su  tiempo  las 
pulquerías  del  centro  de  la  ciudad,  y  las  permitió  en 
los  suburbios  con  determinadas  condiciones,  vendién- 
dose no  obstante  en  fondas  y  bodegones. 

Algunas  pulquerías  quedaron  á  las  orillas  de  la  po- 
blación, y  á  sus  puertas  se  vendían  enchiladas,  envuel- 
tos, quesadillas  y  carnitas  con  salsa  picante. 

Pero  la  pulquería  de  rumbo  y  de  trueno  se  instaló 
en  los  suburbios,  como  se  ha  dicho,  siendo  las  más  fa- 
mosas, como  hemos  dicho,  «La  Nana*  «Los  Pelos»  y 
«Tío  Juan  Aguirre.» 

Figurémonos  un  jacalón  de  cincuenta  varas  de  largo 
por  quince  ó  veinte  de  ancho,  con  su  caballete  ó  techo 
de  tejamanil,  sin  más  adornos  ni  adminículos. 

Substentan  al  jacalón  vigones  perpendiculares  de  seis 
á  seis  varas  de  distancia,  maceradas  en  la  tierra  y  afir- 
madas con  cimientos  de  piedra  ó  cal  y  canto  en  forma 
piramidal  y  su  torta  de  hormigón  encarnado. 

Al  fondo  de  la  galera  ó  jacalón  hay  una  pared  blanca 
queá  veces  invadía  la brochagorda.  exponiendo»/  fresco 
un  caballo  colosal  con  su  charro  ó  dragón  encima,  una 
rifia  de  pelados  ó  una  suerte  de  toreo,  cuando  no  un 
personaje  históricodesvergonzadamentedisfrazado. . . . 


58 

En  un  extremo  de  la  pared  solía  haber  un  cuadro  de  la 
Virgen  de  la  Soledad  ó  un  Divino  Rostro  con  su  repisa 
al  frente  y  su  lamparita  en  ella  ardiendo  entre  manojos 
de  flores  de  chícharo  y  amapolas. 

A  dos  varas  de  distancia  de  la  pared  del  fondo,  y  dando 
el  frente  á  la  galera,  se  ostentaba  soberbia  una  hilera 
de  tinas  de  pulque  angostas,  abajo  anchas,  arriba  de 
más  de  dos  varas  de  altura,  pintadas  exteriormente 
de  colores  chillantes  y  unos  rubrosque  ponían  de  punía 
los  pelos,  como  La  no  me  estires,  El  valiente,  La  Cu- 
rrutaca, El  Bonito,  etc.,  etc. 

En  la  orilla  de  las  tinas  y  del  lado  de  la  pared,  en  an- 
chos tablones  que  formaban  como  cornisa,  se  veían  ca- 
jetes de  barro  poroso,  cantaritos  pequeños  de  la  misma 
materia,  vasos  de  vidrio  verde  de  más  de  á  tercia,  figu- 
rando tornillo  su  relieve;  tinas  pequeñas  y  manuables 
y  barrilitos  con  su  candado  para  el  repartido  á  las  ca- 
sas de  los  amos. 

Entre  cajetes  y  vasos  se  percibían  los  tejos  de  bronce 
para  el  juego  de  la  rayuela;  algunos  naipes,  yencazue- 
litas  pequeñas,  sal  y  chiles  verdes  para  los  aficionados 
á  los  aperitivos. 

La  espalda  de  las  tinas  fungía  de  aposento  délos  pul- 
queros  y  tenía  sus  sillitas  bajas  de  tule  y  su  angosta 
mesa;  la  cuna  de  algún  párvulo  ó  algún  perdonavidas 
de  gran  bigote  y  mechones  en  la  cara,  alguna  vieja  se- 
ca de  ojo  luciente  y  lengua  fácil,  y  dos  ó  tres  gruñendo 
feroces  ó  roncando  á  pierna  suelta. 

En  los  ángulos  de  la  galera  se  jugaba  rayuela,  píti- 


59 

maó  tuta,óen  circuios  de  pelados,  sentados  en  el  suelo 
al  rededor  de  una  frazada,  se  jugaba  el  rentoy  alboro- 
tador, ó  alburitos,  con  gallo  y  todo,  menos  palomitas. 

El  centro  hervía  entre  bebedores  y  bebedoras,  mu- 
chos envueltos  en  sábanas  y  viéndose  sin  velo  pecho  y 
espalda,  y  en  las  mujeres  dominando  la  jerguetilla  y  el 
estampado  en  las  más  pobres,  sin  mencionar  chirlos  ni 
harapos,  y  en  la  china  luciendo  el  castor  con  lentejue- 
las, el  zapatito  de  raso  con  mancuernas,  las  puntas  en- 
chiladas y  la  pierna  limpia,  torneada,  provocativa,  sin 
temor  de  Dios. 

Solía  haber  en  lugar  determinado  un  músico  de  ar- 
pa que  pespuntease  el  dormido,  ó  el  jarabe  colorado, 
y  entonces  curiosos  y  bailadores  formaban  con  sus  cuer- 
pos salón  de  baile. 

Kn  la  parte  exterior  del  jacalón,  y  pendientes  de  grue- 
sas argollas  de  fierro  clavadas  en  los  vigones  ya  des- 
critos, se  veían  escuálidas  cabalgaduras  de  arrieros 
arrogantes,  cuacos  de  jinetes,  burros  en  asueto,  y  en  el 
suelo  y  al  rayo  del  sol,  párvulos,  huacales,  cestos  y 
briagos  durmiendo  la  tranca. 

Imposible  es  describir  el  griterío,  el  barullo,  el  tono 
de  tumulto  de  la  pulquería,  gritos,  silbidos,  riñas,  re- 
tozos, lloros,  relinchos,  rebuznos;  todo  se  mezclaba  á 
los  cantos  del  fandango  y  al  sonoro  ¿dónde  va  lotra?  del 
jicarero. 

A  la  izquierda  de  las  tinas,  y  en  cuarto  cerrado  de 
tablas,  estaba  el  encierro  de  los  decentes:  dos  mesitas 
angostas  con  sucios  manteles  y  jarras  con  flores,  ban- 


60 

cas  pelonas  al  mareen,  y  en  el  fondo  un  erran  brasero 
con  cabezas  y  canutas,  -enchiladas  y  envueltos;  niole 
verde  ó  colorado,  salsa  borracha  y  chito,  tostadas  y  cha- 
lupas. A  modo  de  candil,  un  gran  manojo  de  ramas  en 
el  techo,  suplicio  de  las  moscas. 

Aquel  encierro  era  divino,  la  flor  de  la  curia,  el  lau- 
rel de  oro  del  ejército,  la  mística  delicia  de  la  Iglesia, 
la  fuente  de  encantos  del  comercio,  las  artes  y  el  amor, 
representados  en  letrados  de  nariz  colorada  y  bastones 
con  borlas,  frailes  de  cerquillos  alborotados,  jefes  y 
oficiales  mugrosos,  y  baladrones  artesanos  ladinos  y  chi- 
cas de  vida  aleare'  desrotadas,  risueñas y 

áexüüro  corriosas  para  toda  (dase  de  diversiones. 

Por  supuesto  que  D.  Melesio  era  mi  asombro,  mi 
ideal;  y  si  en  aquella  época  me  hubieran  preírnntado 
cuál  sería  la  realización  para  mí  de  un  bello  ideal,  ha- 
bría designado  á  I).  Melesio  sin  ningún  género  de  va- 
cilación. 

Cuando  D.  Melesio  valuó  en  su  interior  mis  dotes 
poéticas,  se  convirtió  en  paternal  su  cariño  á  mí.  Me 
procuraba  libros  sin  criterio  alguno,  que  yo  devoraba 
y  aprendía  de  memoria:  un  tomo  del  Parnaso,  otro  de 
Gerardo  Lobo,  otro  del  padre  Sartorio,  y  á  rollo  come- 
dias de  Calderón  y  Lope,  y  entremeses  mexicanos,  co- 
mo los  Remendones  dedicado  á  la  Purísima,  la  Nina  en 
la  Retreta,  loas  de  indio*  con  verdaderos  cataclismos 
de  lógica  y  lenguaje,  el  T/o  Chamorro  y  no  sé  cuántas 
atrocidades  más. 

Como  comenzaba  á  decir,  no  sé  en  cuánto  tiempo. 


61 

porque  me  divagué  como  un  chico  siguiendo  el  vuelo 
de  una  mariposa,  conté  á  I).  Melesio  mi  noche  de  lágri- 
mas é  insomnio  y  mi  firme  resolución  de  no  vivir  de 
la  caridad  de  aquellas  santas  mujeres,  después  de  mos- 
trarme maternal  interés escogitando  medios  para 

mejorar  mi  suerte,  le  pregunté: 
— ¿Y  ahora  quién  manda  en  nuestra  tierra? 

—  ¡Toma!  el  General  Santa-Anna,  que  acaba  de  de- 
rrotar en  Guanajuato  á  los  religioneros. 

— ¿Y  para  llegar  al  General  Santa-Anna  con  quién 
sería  bueno  hablar? 

— Con  el «lueño  de  la  casa -en.que.  está  viviendo. 

— ¿Cómo  se  llama? 

— Se  llama  el  Sr.  Lie.  Don  Andrés  Quintana  Roo, 
Ministro  de  Justicia. 

— ¿Qué  clase  de  persona  es  ese  señor?   . . . 

— ¡Oh  amigo! ¡un  grande  hombre,  un  pozo  de 

ciencia! 

—  Píntemelo  Ud. 

— Figúrese  Ud.  que  á  los  19  años  ora  Secretario  del 
gran  Morelos,  y  á  poco  todo  un  excelentísimo  señor. 
Y  es  del  arma. 

— ¿Cómo  del  arma? 

— Lo  dicho,  poeta  como  Ud.  Figúrese  Ud.  un  hom- 
bre de  35  á  40  años,  morenp,  de  frente  pálida,  amplia, 
eminente,  como  hecha  adrede  para  trono;  de  un  gran 
entendimiento,  los  ojos  negros  y  húmedos  de  pasión,  el 
cabello  entrecano;  es  caído  de  hombros  y  lleva  la  ca- 
beza inclinada,  anda  expedito  y  empuña  su  bastón  por 


62 

el  medio  como  si  lo  llevase  de  encargo ....  lo  princi- 
pal se  me  olvidaba,  es  lampiño  y  sin  rastro  de  bigote  ni 
cosa  semejante  .... 

—  Voy  á  verme  con  él  y  le  impondré  de  mis  planes. 
— ¡Muchacho  del  demonio!  ¿cómo  andamos  ahí?  . .  • 

—  Como  Ud.  lo  oye.  Como  Dios  me  ayude,  le  dejo  con 
la  boca  abierta. 

Nada  dije  en  la  casa;  esperé  la  noche,  hice  mi  excur- 
sión al  despoblado,  al  primer  árbol  que  encontré  le  ha- 
bilité de  procer  y  le  conté  mis  cuitas. después  for- 
maba diálogos  más  ó  menos  afectuosos,  y  por  íin 

me  retiré  riendo  unas  veces,  llorando  otras;  hablando 
á  solas  en  mis  grandes  salones  que  fueron  siempre  las 
alborotadas  calles  de  San  Juan. 

Esperé  las  oraciones  de  la  noche  y  fui  á  estrechar  la 
mano  de  D.  Melesio  como  equivalontode  bendición  pa- 
ternal. 

Al  dejarlo,  no  pude  menos  que  echar  una  ojeada  al 
espejo  para  darme  cuenta  de  mi  facha ....  Estaba  es- 
tupendo: mi  sombrero  había  cobrado  la  forma  de  un  ar- 
mónico; mi  barragán  verde,  de  forro  encarnado,  era  una 
criba  y  un  mapa  según  su  diversidad  de  colores  y  lí- 
neas, y  mi  corbata,  en  riña  con  mi  camisa,  pugnaba  por 
invadir  mi  barba  dejando  al  descubierto  una  zona  de 
piel  blancaque  tenía  toda  la  novedad  de  lo  inesperado. 

Atravesé  plazuelas  y  calles  cada  vez  más  conmo- 
vido; crucé  por  la  Inquisición,  Sepulcros  de  Santo 
Domingo,  y  al  llegará  la  siguiente  esquina,  el  2  del  za- 
guán, la  puerta  de  par  en  par  abierta,  los  soldados  y 


63 

el  trajín  me  advirtieron  que  estaba  en  el  punto  que 
deseaba. 

Amplísimo  patio,  quinqués  y  reverberos  portodas  par- 
tes, barrí  les  con  naranjos,  macetas  espléndidas  en  las  al- 
turas, y  reverberando  como  sol,  en  una  columna  un  farol 
sostenido  por  una  S  de  fierro,  con  ráfagas  y  primores. 

En  el  patio  se  encontraban  las  corrientes  de  clérigos* 
oficiales,  proceres,  lacayos  y  servidumbre  bullanguera 
y  ladina .... 

Nadie  paró  mientes  en  mí,  pero  á  mí  todos  me  pare- 
cían proceres  y  gente  de  coturno,  y  como  los  veía  desai- 
rar á  los  unos,  dejar  á  los  otros  con  la  palabra  y  esti- 
rarse pedantescos,  volviendo  la  espalda  á  los  descono- 
cidos, atisbé  á  una  viejecilla  á  quien  pregunté  con  la 
mayor  compostura  y  cortesía  que  me  fueron  posibles, 
por  el  Lie.  I).  Andrés. 

La  anciana  me  designó  con  toda  precisión  el  depar- 
tamento destinado  al  señor  Presidente,  y  la  pieza  del 
corredor  casi  frente  al  zaguán,  en  donde  era  el  estudio 
y  asistía  el  potentado  objeto  de  mi  solicitud. 

Dirigíme  donde  se  me  señaló,  trémulo,  palpitante, 
casi  arrepentido  de  mi  temeridad,  como  temiendo  que 
cualquiera  de  aquellos  feroces  de  sable  curvo  y  de  bi- 
gotes me  aprehendiesen  como  á  malhechor. 

Avanzando  y  queriendo  retroceder,  embarrándome 
á  la  pared,  llegué  á  la  puerta  del  estudio  que  estaba 
medio  entornada. 

Toqué  casi  imperceptiblemente.  Nadie  respondió; 
me  aventuré  á  espiar. 


La  pieza,  que  era  amplísima,  optaba  casi  obscura,  por- 
que un  velador  verde,  de  campana,  cubría  la  luz  alum- 
brando el  escritorio,  y  mareando  un  gran  círculo  de 
claridad  en  el  cielo  raso. 

La  pieza  estaba  maqueada:  en  la  extensa  pared  del 
frente  de  la  mesa  había  colocados  estantes  de  madera 
lina,  y  cristales  coronados  de  colosales  bustos  de  Só- 
crates, Platón,  Aristóteles,  Homero,  Dante  y  otros  filó- 
sofos y  poetas. 

A  la  derecha  de  la  mesa  vi  un  amplio  sofá  de  caoba 
y  cerda  negra,  á  su  frente  una  mesita  pequeña  sobre- 
un  riquísimo  tapete. 

Me  fijé  en  la  mesa  central:  la  figura  que  en  ella  se 
destaeabaera realmente  augusta;  tenía  la  pluma  de  ave 
en  la  diestra  mano, la  cabeza  inclinada,  la  mano  sinies- 
tra como  en  actitud  de  accionar. 

La  misma  frente  pálida  y  severa,  tirando  á  cuadra- 
da, característica  del  yucateco,  los  propios  ojos.  Vestía 
una  chaqueta  blanca  como  nieve  y  tenía  en  el  hombro- 
*\\paliacate  que  por  manía  colgaba  de  un  hombro  sobre 
el  pecho;  los  cigarros  se  veían  cerca  y  el  indispensable 
braserillode  plata  con  brasas  enterradas  en  ceniza  para 
los  fumadores  de  categoría. 

Todo  aquello  me  parecía  fantástico;  temía  respirar, 
porque  se  me  figuraba  que  con  un  soplo  desparecía 
aquella  visión. 

Al  fin  me  resolví  ....  toqué  más  recio. 

— Pase. 

Yo  avancé  al  interior  de  la  pieza.  El  Sr.  Quintana 


65 

dejo  la  pluma,  colocó  su  mano  extendida  .sobre  las  ce- 
jas y  me  dijo Acércate . 

Yo  me  acerqué  hasta  su  asiento. 

— ¿Qué  quieres,  hijo?  Di  tu  negocio. 

Entonces  yo,  como  quien  dispara  una  ametralladora, 
balbuciente  y  tímido  al  principio,  después  animado,  al 
último  vehemente,  le  conté  la  muerte  del  señor  mi  pa- 
dre, las  ingratitudes  de  que  era  víctima  de  parte  de  sus 
relaciones  aristocráticas,  la  locura  de  la  señora  mi  ma- 
dre, mis  sueños,  mis  aspiraciones,  mi  miseria  y  mis  úl- 
timos desengaños;  pero  todo  esto  declamando,  sollo- 
zando, reclamando  piedad  mi  acento  dolorido  ó  hacien- 
do partícipe  á  mi  oyente  de  mis  quimeras  ambiciosas, 
llenas  de  fiereza  y  orgullo. 

Quiso  interrumpirme  el  Sr.  Quintana;  yo  no  le  per- 
mití, le  vi  conmovido,  lloró  con  mis  penas  y  se  levantó 
al  fin  con  precipitación  saliendo  de  la  pieza  y  dejándo- 
me .solo. 

Yo  no  sabía  lo  que  por  mí  pasaba;  se  me  figuró  que 
el  Sr.  Quintana  iba  á  llamar  á  la  guardia  para  que  me 
pusiese  preso. 

No  era  así :  el  caballero  penetró  en  la  habitación  de 
la  familia  y  pintó  sin  duda  mi  aparición  con  tal  colo- 
rido, que  la  señora  y  las  señoritas,  no  contentas  con  el 
dinero  que  iba  á  pedir  el  Sr.  Quintana,  reunieron  mo- 
nedas nuevas  y  no  recuerdo  si  algunas  joyas  para  ob- 
sequiar á  mi  señora  madre,  y  á  tal  punto  se  despertó 
en  ellas  la  curiosidad,  que  quisieron  espiar  lo  que  pa- 
saba entre  el  Sr.  Quintana  y  yo. 


j 


6fí 

Volvió  el  sabio  á  su  asiento,  y  sin  duda  para  que  me 
oyese  su  familia  me  habló  de  mi  señora  madre. 

Mi  alma  se  desbordó  con  tal  ternura;  aquel  senti- 
miento puro  que  tenía  la  santificación  del  dolor,  á  mí 
mismo  me  pareció  tan  bello  y  tan  conmovedor,  que  me 
parece  que  algún  espíritu  celeste  habló  por  mis  labios, 
y  jamás  he  podido  recordar  lo  que  expresé. . . . 

Dominando  su  emoción  el  Sr.  Quintana,  pero  vibran- 
do las  lágrimas  en  su  voz,  me  dijo,  dándome  un  puña- 
do de  monedas: 

— ¡Ea!  ¡muchacho!  toma,  llévale  á  tu  mamá,  socorre 
sus  necesidades,  y  cuando  necesites  vuelve 

No  sé  por  qué  me  hirió  hasta  enloquecerme  aquella 
dádiva;  el  frío  de  la  limosna  sin  afecto;  la  marea  de  la 
distancia  entre  el  mendigo  y  el  procer;  el  hasta  aquí 
del  favor; ...  la  fórmula. . .  la  vanidad  redimiéndose  de 
las  exigencias  de  la  miseria! .... 

Tomé  aquellas  monedas,  y  las  tiré  con  ira  al  suelo, 
sin  saber  lo  que  hacía. 

— Señor,  no  haga  Ud.  esto  conmigo.  Yo  buscaba  un 
padre;  yo  quería  un  amparo  que  me  guiase,  que  me 
indilgase,que  me  hiciera  apreciable,  sabio,  queridoco- 
mo  lo  es  Ud.  Y  me  trata  como  un  pordiosero.  ¿Es  Ud. 
un  mal  hombre? 

El  Sr.  Quintana  estaba  aturdido ...  De  pronto,  y  co- 
mo quien  toma  un  resolución,  me  dijo: 

— Cálmate  hijo,  sí,  porque  serás  mi  hijo;  cálmate, 
siéntate,  serénate ...  Ya  no  te  doy  dinero,  ¿quieres  to- 


67 

mar  chooolate  conmigo?  tómalo,  hablaremos Pi- 
dió su  chocolate. 

Colocaron  una  servilleta  albeando  en  la  mesita  del 
frente  del  sofá. 

— Tú  no  tomas  chocolate. .  .verás  te  traerán  dulce. 
Hizo  seña  al  criado  que  volvió  con  un  platón,  y  en  él 
un  magnífico  borrego  de  alfeñique  con  sus  lanas  sem- 
bradas de  oro  volador  y  listones,  y  sus  ojos  de  escudi- 
tos  de  oro. 

— Sírvete. 

Me  serví  contento  el  pie  entero  del  borrego. 

Había  á  mi  frente  una  montaña  de  puchas,  rodeos, 
soletas  y  mostachones. 

El  Sr.  Quintana  era  muy  naturalmente  gracioso;  yo 
estaba  contentísimo,  y  ni  reírme  podía,  porque  mi  boca 
estaba  ocupada  por  los  bizcochos. 

Yo  le  hablaba  con  el  mayor  desparpajo;  pero  recor- 
dando á  mi  mamá,  y  deseando  que  participase  de  mi 
convite,  emboscaba  mis  dedos  y  guardaba  una  soleta, 
un  mostachón.  El  Sr.  Quintana  lo  veía  con  el  rabo  del 
ojo  y  se  limpiaba  el  llanto  con  disimulo. 

— Muy  bien,  me  dijo  cuando  acabamos. 

— ¿Cuántos  años  tienes? 

— Quince  voy  á  cumplir. 

— ¿Y  tú  qué  sabes  hacer? 

— ¿Qué  sé  hacer?.  t  ..se  hacer  sonetos;. . . .  y  eso  sí 
en  menos  de  un  decir  Jesús. 

Soltó  la  carcajada  el  Sr.  Quintana. 

Y  para  desterrar  su  incredulidad,  tomé  la  pluma  é 


68 

improvisé  un  endiablado  soneto  del  que  apenas  he  po- 
dido retener  esta  cuarteta: 

"En  la  risueña  edad  de  los  amores, 
"Cuando  el  vendado  Dios  muestra  contento 
"Yo  sólo  acompañado  del  tormento. 
"Sufro  de  la  fortuna  los  rigores." 
Yo  no  sé  cómo  seguía  el  verso,  pero  sí  que  mi  suer- 
te estaba  en  un  tris  y  que  el  Sr.  Quintana  era  su  ar- 
bitrio. 

— Es  necesario  que  algo  sepas  por  ahora;  y  para  que 
socorras  á  tu  sieftora  madre  ocupándote,  te  daré  una 
carta  para  el  Sr.  Castaños,  administrador  de  la  Aduana; 
otra  te  daré  para  el  Sr.  Iturralde,  rector  de  San  Juan  de 
Letrán  para  que  algo  te  enseñen.  Yo  te  daré  algunos 
libros,  todos  mis  libros  . . .  porque  eres  mi  hijo. . . 

Salté  al  cuello  de  mi  bienhechor,  besé  su  frente  y 
la.  inundé  de  lágrimas. . .  .y  tuve  en  él  desde  entonces 
un  maestro,  un  bienhechor,  y  un  segundo  padre .... 

Llevé  triunfal  noticias  y  cartas  á  D.  Melesio;  parti- 
cipé á  mis  bienhechoras  mi  nueva  posición,  y  después 
de  trámites,  no  para  contados,  instalé  por  mí,  y  asu- 
miendo la  responsabilidad  de  mi  independencia  plena, 
á  la  señora  mi  madre  en  una  vivienda  interior,  calle 
de  la  Cerca  de  Santo  Domingo  número  11. 

En  la  aduana,  el  Sr.  Castaños,  que  era  un  chiquitín 
brioso,  fandanguero,  moreno,  de  ojos  negros  con  gran- 
des pestañas,  y  franconote,  me  hizo  meritorio  gratifi- 
cado con  diez  y  seis  pesos  mensuales. 
En  el  Colegio  entré  cuitado  á  la  cátedra  de  Grama- 


69 

tica,  y  no  contento  con  tanta  aspiración,  me  inscribí 
en  Minería  con  D.  Manuel  Castro  en  la  cátedra  de  Ma- 
temáticas y  en  la  de  Inglés  que  ya  servía  Juan  Pala- 
cios. 

Por  supuesto  que  mi  abolengo,  mi  amparo  y  mi  cen- 
tro, era  la  casa  del  Sr.  Quintana,  que  frecuentaba  día 
ñ  día.  El  Sr.  Quintana  me  señalaba  mis  lecciones  des- 
de Gramática,  porque  yo  apenas  y  malamente  conocía 
á  Herranz  y  Quiroz. 

En  el  estudio  del  Sr.  Quintana  conocí  á  Rodríguez 
Puebla,  fino  al  parecer:  mulato,  amanerado,  confesan-* 
do  con  lisura  su  humildísimo  origen  y  desconfiando  de 
cuanto  le  rodeaba.  Mandaba  por  un  coche,  y  en  la  puer- 
ta de  su  casa  le  decía  siempre  al  cochero:  á  la  plaza! .  .• 
para  extraviar  el  juicio  de  sus  oyentes,  y  en  la  plaza 
daba  su  dirección  al  auriga.  De  puro  cumplido,  era 
severo  y  hasta  cruel  con  los  muchachos. 

Allí  vi  y  escuché  muchas  veces  al  grande  Heredia: 
con  su  tez  morena,  su  frente  radiosa,  nariz  delgada,  bo- 
ca grande  con  largos  dientes,  su  risa  estridente  que  re- 
pelía, y  su  desigualdad  de  carácter.  Nació  en  la  Haba- 
na, tenía  pronunciación  sem  i -andaluza.  Me  llamaba  el 
escribiente. 

Muy  pocas  veces  vi  en  aquel  estudio  á  Zavala:  re- 
choncho-, moreno,  de  poblada  patilla,  ojos  pequeños 
muy  penetrantes,  de  hablar  difícil  y  precipitado;  no  le 
gustaba  dormir  en  alto,  y  decía  que  lo  mejor  que  había 
escrito  era  sin  saber  lo  que  decía  y  con  algunas  copas 
en  el  estómago. 


El  Sr.  Quintana  redactaba  entonces  el  Correo  de  la 
Federación,  en  que  se  admiran  sus  escritos  luminosí- 
simos sobre  política,  y  su  polémica  con  el  padre  Ochoa, 
autor  de  las  Poesías  de  un  Mexicano  que  le  valieron 
grandes  y  merecidos  elogios  de  D.  Alberto  Lista,  y  que 
despertaron  conocimientos  y  estudios  sobre  Prosodia, 
que  eran  de  todo  punto  desconocidos  en  México.  Al  Sr. 
Quintana  se  debió  el  conocimiento  y  estudio  de  la  Or- 
tología y  Prosodia  de  Sicilia  en  los  círculos  literarios. 

En  la  Aduana,  y  merced  á  mi  Musa  Callejera,  unos 
compañeros  me  relacionaron  con  los  toreros  y  vaque- 
ros de  más  fama,  porque  eran  gente  de  á  caballo;  otros 
músicos  con  Beristain,  Balderrama  y  los  Arsinas,  gui- 
tarristas sublimes;  otros  con  Domingo  Ibarra,  Alejo  In- 
fante y  otros  bailadores  que  extasiaban;  y  los  pulcros 
y  currutacos,  con  ninas  decentes,  sentimentales  y  eléc- 
tricas, que  se  desmorecían  con  la  recitación  de  mis  ver- 
sos, y  me  hacían  confidente  de  sus  pasiones  mal  co- 
rrespondidas, sin  darme  rédito  alguno  por  la  depositaría 
de  sus  secretos. 

Entre  esas  relaciones,  tres  fueron  tiernísimas  y  fra- 
ternales para  mí:  Manuel  Payno,  Casimiro  Collado  y 
José  Zozaya,  tipo  del  elegante  de  la  época. 

Manuel  Payno,  hijo  de  D.  Manuel  Payno  Bustaman- 
te,  antiguo,  laboriosísimo  y  honrado  empleada  en  Ha- 
cienda, servía  como  meritorio  de  la  Dirección  General 
de  Rentas,  cuyo  jefe  era  el  sabio  jurisconsulto  D.  José 
Ignacio  Pavón. 

Payno,  listo,  travieso,  buen  jinete  y  rendido  con  las 


71 

damas,  explotaba  el  nombre  y  las  buenas  relaciones  de 
su  padre,  y  era  el  dije,  el  contento  y  el  ensueño  dorado 
de  miles  de  polluelas  de  poca  fortuna  que  le  elogiaban 
su  sedoso  cabello  y  sus  grandes  ojos  negros. 

Para  todos  los  juegos  tenía  Payno  rara  aptitud;  en  el 
billar  se  lucía,  en  los  albures  de  ancianas  era  un  pri- 
mor, y  en  el  baile  una  verdadera  maravilla. 

Sus  aspiraciones  eran  de  gente  encopetada:  Juan  de 
Dios  Peza,  los  Mosos,  sobrinos  del  Emperador  Iturbi- 
de,  Nacho  Algara;  los  Suárez,  Antonio  y  Juan,  y  los  Pe- 
fias  eran  sus  ideales,  y  se  desvivía  por  acompañarlos  en 
saraos  y  días  de  campo,  bailes  y  correrías  de  ranchero. 

Habilísimo  pendolista,  se  hizo  lugardistinguido  en  la 
oficina,  y  sagaz  con  sus  jefes,  le  criaron  excelente  repu- 
tación. 

La  invectiva  era  el  fuerte  de  Payno;  transformaba  un 
traje,  sugería  un  peinado,  y  se  creaba  recursos,  porque 
los  de  su  buen  padre  eran  escasos  para  vestir  elegan- 
te y  codearse  con  la  alta  sociedad. 

Casimiro  Collado  tendría  de  doce  á  trece  años;  aca- 
baba de  llegar  de  España  (año  de  1838).  Era  realmente 
hermoso,  su  cabello  rubio,  sus  ojos  claros,  su  boca  per- 
fecta, una  blancura  alabastrina  como  transparentando 
los  tintes  de  la  aurora. 

Era  Casimiro  desembarazado  y  alegre.  No  obstante 
su  escasa  fortuna,  tenía  en  la  palma  de  la  mano  sus  di- 
neros á  la  disposición  de  sus  amigos,  y  cuando  hablaba, 
pero  especialmente  cuando  recitaba  versos,  su  voz  co- 
braba naturalmente  armonía  deliciosa  y  seductora. 


72 

Casimiro  recibía  mis  confidencias  poéticas,  yo  las  su- 
yas, lie  contaba  mis  cuitas.  Me  correspondía,  abrien- 
do ante  mí  su  relicario  de  recuerdos  con  la  pintura  de 
su  padre,  abogado,  sabio  y  austero,  de  voz  sentenciosa 
y  ceja  poblada;  pero  la  bondad  misma,  y  de  la  monta- 
ña, con  aquel  orgullo  y  aquel  retintín,  y  aquella  gran- 
deza que  sólo  saben  los  hijos  de  Santander. 

José  Zozaya  era  el  tipo  del  galán  joven  de  la  clase 
media:  bello  de  figura,  esmerado  en  el  traje,  melifluo 
cantor  que  se  acompañaba  en  la  guitarra  las  cancio- 
nes, tiernamente  mimado  por  una  tía  rica  de  quien  era 
adoración. 

Zozaya  era  la  deidad  de  las  viejas  á  quienes  com- 
placía, para  las  que  tenía  estampas,  escapularios  y  ob- 
sequios, con  quienes  discutía  de  guisos  y  fiestas  reli- 
giosas, y  de  quienes  tenía  encargos  de  todo  género. 

En  e;l  colegio,  nadie  como  Lacunza  era  mi  asombro 
por  su  carácter  y  por  su  temprana  sabiduría.  Delgado, 
de  cabeza  enorme,  recalcando  la  rr  al  hablar,  frío,  au- 
toritativo  y  con  supremo  desdén  por  lo  que  no  fuesen 
los  triunfos  de  la  sabiduría.  Lacunza  era  en  el  colegio 
una  potencia. 

Comenzaba  á  estudia^  leyes.  En  su  acto  de  Filosofía 
se  distinguió  tan  extraordinariamente,  que  el  Presiden- 
te Pedraza,  que  fué  padrino  de  su  acto,  le  concedió  de 
su  peculio  una  pensión  de  diez  y  seis  pesos  mensuales 
que  le  daba  D.  Juan  B.  Lisos. 

Lacunza  tenía  una  tía  que  le  había  servido  de  ma- 
dre. Señora  de  alta  alcurnia,  de  palabra  altisonante  y 


73 

compasada;  que  fumaba  purillos  delgados  y  se  embo- 
zaba como  en  una  capa  en  su  pañolón  de  lana  para 
recibir  visitas. 

A  la  señora  dedicaba  Lacunza  sus  atenciones  filiales 
con  tal  reverencia  y  cariño,  que  nos  admiraba:  la  vela- 
ba el  sueño,  la  curaba  en  sus  enfermedades,  erasu  apo- 
yo en  las  calles,  su  compañera  en  el  templo,  su  esclavo 
en  todas  partes. 

¡Qué  admirable  era  la  inteligencia  de  Lacunza!  Co- 
nocía el  latín  perfectamente,  hablaba  el  francés  con 
singular  corrección,  el  italiano  le  era  familiar,  y  si  no 
pronunciaba  bien  el  inglés,-  lo  traducía  con  elegancia 
suma  aun  cuando  se  tratase  de  Sheakpeare  ó  de  Sweft. 

Su  cuarto  estaba  desmantelado,  pero  con  muchos  y 
buenos  libros.  Pasaba  lioras  enteras  bocarriba  en  su  ca- 
tre, leyendo  ó  estudiando,  sin  acordarse  de  probar  bo- 
cado, y  era  para  él  contento  y  halago  que  se  le  consultase 
sobre  cualquiera  materia  y  darle  ocasión  de  participar 
de  sus  luces  á  sus  amigos  y  compañeros. 

Le  encantaba  el  sofisma;  en  la  discusión  era  su  pla- 
cer apoderarse  de  los  argumentos  del  contrario,  am- 
pliarlos, robustecerlos,  hacerlos  aparecer  unos  instantes 
como  triunfando. . .  .para  devastarlos  de  un  soplo,  ex- 
poniendo, entre  los  escombros  de  sus  raciocinios,  ano- 
nadado á  su  adversario  vencido ....  y  volviéndole  la 
espalda  con  indiferencia. 

Había  llamado  la  atención  su  cantó  á  Tampico,  he- 
cho con  motivo  de  la  invasión  de  Barradas,  y  aunque 
tales  antecedentes  habrían  podido  abrirle  la  carrera  y 


74 

relaciones  políticas,  se  negó  constantemente  á  toda  re- 
presentación fuera  de  su  colegio,  cultivando  conse- 
cuente la  amistad  de  Juan  Hierro,  Vicente  Gómez  Pa- 
rada, Manuel  Tossiat  Ferrer  y  yo. 

Con  los  elementos  descritos,  yase  sospechará  que  mi 
vida  impulsada  por  mi  movilidad  de  quince  años, 
mi  irritabilidad  de  coplero,  mi  vocación  por  las  chi- 
nas, mi  ambición  de  estudiante  y  mis  decepciones  de 
miopía,  era  una  barabúnda  febril. 

Recibía  día  á  día  lección  del  Sr.  Quintana,  y  des- 
pués de  cumplida  esa  obligación . . .  era  el  culto  á  lo 
contingente  y  lo  inesperado. 

Desertaba  de  mis  rudos  trabajos  de  oficina  para  ins- 
talarme en  un  zaguán  del  Portal  de  Santo  Domingo  á 
devorar  de  pie  enchiladas  y  fritangas  con  amigos,  de- 
pendientes de  tienda  de  abarrotes,  entre  los  que  sobre- 
salíaFélix  Cuevas,  mimado  y  generoso;  Pepe  Carrascosa, 
españolito  desalmado,  maniroto  y  claridoso  de  nación,, 
como  él  decía. 

Me  escapaba  á  casa  á  visitar  á  la  madre  enferma. 

Mal  y  por  mal  cabo  estrujaba  mi  Iriarte  en  el  cole- 
gio sin  aprender  palabra;  concurría  á  bailecitos  ves- 
pertinos, en  casas  en  que  una  guitarra  rengueaba  los 
compases  de  un  walso  ó  de  un  zoruero,  y  de  vez  en 
cuando,  toreros,  coleadores  y  antiguos  empleados  de 
casa  me  llevaban  en  triunfo  á  Santa  Anita,  donde,  bai- 
les hirvientes,  amores  rabiosos,  manjares  incendiarios 
y  riñas  tremebundas  eran  toques  eléctricos  que  vigo- 
rizaban mi  organismo. 


En  la  oficina,  en  la  calle,  en  el  colegio,  en  todas  par- 
tes iba  regando  imprecaciones  de  sonetos  y  décimas 
que  era  un  horror. 

Mi  observatorio  de  costumbres,  mi  lugar  predilecto 
de  estudio  era  mi  misma  casa  de  vecindad. 

Ocupaban  las  viviendas  principales  personajes  ele- 
vados por  la  reciente  revolución  que  traían  el  pelo  de 
la  dehesa,  invadían  con  las  sillas  de  sus  caballos  el 
tránsito,  hacían  en  el  corredor  cocina  de  humo,  traji- 
naban de  enaguas  y  zapatos  enchanclados  la  señora  y  las 
ninas,  dejaban  invadir  escaleras  y  patio  á  sus  pimpo- 
llos, los  asistentes  alborotaban  á  todas  las  gatas,  inter- 
ceptaban el  tránsito  con  sus  retozos,  escandalizaban 
con  sus  cantos  obscenos,  y  deslumhraba  de  vezen  cuan- 
do el  señor  de  la  casa  con  su  bota  fuerte,  su  casaca  ri- 
camente bordada  de  oro,  su  sable  curvo  de  vaina  de 
acero,  su  bastón  con  borlas  y  su  gran  sombrero  de  tres 
picos,  con  sus  carrilleras  doradas,  su  gran  escarapela 
y  sus  plumas  tricolores  que  cimbraban  airosas  en  la 
altura  de  su  cuerpo. 

En  las  viviendas  interiores  se  lucía  un  sacerdote 
ejemplar  con  numerosa  familia,  que  se  sabía  disfrazar 
como  el  actor  más  consumado. 

Un  músico  que  convocaba  á  sus  compañeros  y  nos 
armaban  zambras  filarmónicas  de  música  epiléptica. 

Una  anciana  partera  con  una  crónica  divina,  miste- 
riosa, accidentada  y  sembrada  de  secretos  increíbles. 

Un  sastre  embustero;  un  zapatero  fanfarrón  y  ebrio 
repugnante;  un  impresor  mártir  con  una  mujer  bachi- 


76 

llera  y  celosa;  unas  bailarinas  de  los  grandes  bailes  de 
la  Pautret  con  conexiones  de  currutacas  de  gran  tono, 
humos  de  reinas,  y  miserias  de  pordioseras;  y  una  bea- 
tita  jamona  de  voz  meliflua,  toda  enredos,  calumnias, 
ontrometimientos  y  chismes,  era  el  cuadro  que  tenía 
ante  los  ojos,  y  servía  como  de  tintas  á  mi  futura  pa- 
leta de  escritor  de  costumbres. 

El  Sr.  Payno,  padre,  que  me  había  cobrado  cariño 
paternal,  y  que  era  la  misma  bondad,  se  afanaba  por 
darnos  á  conocer  á  Flores  Estrada  y  á  Canga  Argue- 
lles; nos  hacía  copiar  luminosos  informes  de  D.  Ignacio 
Pavón,  Canseco  y  D.  José  de  la  Fuente,  y  puso  á  nues- 
tra disposición  su  librería  escasa,  pero  escogida,  y  en 
que  no  faltaban  obras  literarias  de  mérito. 

No  obstante  nuestras  inclinaciones  mundanas,  leía- 
mos de  continuo,  y  Payno  entró  al  Colegio  de  Jesús 
guiado  por  su  amor  al  estudio. 

Recuerdo  que  este  Colegio  de  Jesús,  á  cargo  del  Dr. 
José  María  Luis  Mora,  tenía  la  amplia,  generosa  y  efi- 
caz protección  del  Vicepresidente  en  ejercicio  del  Po- 
der Ejecutivo,  D.  Valentín  Gómez  Farías. 

Se  dotó  la  Dirección  con  cuantiosos  fondos;  el  Cole- 
gio de  Santos  y  la  Universidad  se  refundieron  en  los 
establecimientos  que  el  plan  de  estudios  prevenía,  y 
se  entró  de  lleno  á  obsequiar  las  exigencias  de  la  ci- 
vilización bajo  las  inspiraciones  del  patriotismo  y  del 
progreso. 

Yo  iba  con  frecuencia  al  Colegio  en  pos  de  Payno,  y 
recuerdo  perfectamente  al  Sr.  D.  Fernando  Batres,  jo- 


77 

ven  entonces  de  la  más  distinguida  sociedad,  catedrá- 
tico de  Economía  Política,  á  que  era  muy  afecto  y  en 
la  que  tenía  profundos  conocimientos  el  Dr.  Mora,  co- 
mo lo  había  demostrado  en  su  Semanario  Político. 

Alguna  vez  me  introducía  en  la  cátedra  de  Historia 
que  daba  el  Sr.  Lie.  D.  Francisco  M.  de  Olaguíbel,  jo- 
ven reeiéa  llegado  de  Pueblar.hijo  de  una  de  las  prin- 
cipales familias  de  aquel  Estado  y  la  rosa  de  oro  y  el 
clavel  de  púrpura  de  la  elegancia. 

Tenía  el  Sr.  Olaguíbel  27  afios  cuando  le  conocí;  al- 
to, rubio,  de  espléndida  frente,  ojos  claros  y  anteojos 
de  patillas  de  oro,  manos  aristocráticas  y  casi  femeni- 
les, se  erguía  en  la  tribuna,  su  ademán  era  correcto  y 
bello,  su  voz  dulcísima  y  su  decir  apasionado  y  elo- 
cuente. 

Muy  concurrida  era  la  cátedra,  sobresaliendo  entre 
sus  discípulos,  Eulalio  Ortega,  Payno,  y  sobre  todos,  Gui- 
llermo Valle,  favorito  del  maestro,  quien  me  relacionó 
con  él  y  por  el  que  cobré  y  aun  le  conservo  Memísimo 
cariño. 


II 


Guillermo  Valle. — La  protección  de  San  ta-Anna  y  sus  aventuras. — 
1833.  Cólera  Morbo. — Escenas  dolorosas. — El  Dr.  Barrientos. — Ex- 
pulsión de  españoles. — Mi  tío  D.. Domingo  Orliz. — Portal  de  Agus- 
tinos.—  Café  del  Sur.  —  Lanzagorta. —  El  Lie.  Borda.  —  Teatro. — 
Amador.  —  Iv*  Montenegro.  —  Cantantes. — Juana  la  Rabicorta. — 
Músicos. —  Elízaga.  —  Bailarines.  —  La  Gran  Sociedad. —  Café  de 
Viroly. — Bodegas  de  la  Madama. —  Pulquería. — Fonditas  al  aire 
libre. — Portal  de  las  Flores. — San  Juan  de  Letrán. — Ferrocarril. — 
Banco  Oriental. — Adolfo  Theodore. — Café  del  Águila  de  Oro. — Fer- 
nando Calderón.  —  El  Padre  Arrillaga.  —  Mi  María.  —  Pradito  de 
Belén. — Amores. — Casa  de  D.  Francisco  Ortega. — Martínez  de  Cas- 
tro.— Antonio  Larrafiaga. —  Ignacio  Rodríguez  Gal  van.— La  Adua- 
na.— Manuel  Payno. — Veranear. —  Pueblos  de  loe  alrededores. — 
Días  de  campo. — Las  cuadrillas. — Juan  Gamboa. — Bailes  y  tertu- 
lias.— Baile  á  lo  casero. — Modas. — Sayas  abiertas. — Baile  á  esco- 
te.— Compadrazgos  y  posadas. — Lucha  del  toro  y  el  tigre. 


Guillermo  Valle  nació  en  Oaxaca,  y  en  la  época  de 
mi  conocimiento  con  él  tendría  trece  años  á  lo  más. 

Su  cuerpo  chiquitín,  su  raza  indígena,  su.aspecto  so- 
carrón y  los  relámpagos  de  gracia  y  talento  que  se  es- 
capaban de  su  carácter  al  parecer  humilde,  y  de  su  as- 


80 

pecto  de  acólito  de  curato  foráneo,  me  lucieron  fijar  en 
él  mi  atención  y  quererlo  apasionadamente. 

Servicial  y  generoso,  astuto  como  zorra,  escurridizo 
como  anguila,  oportuno  como,  constipado  á  acreedor, 
serio  con  tretas,  y  con  industrias  mil  para  prevenir  los 
achaques  de  miopía;  con  drogas,  subterfugios  y  men- 
tiras para  embaucar  catedráticos,  disimulo  de  faltas  y 
remedios  á  la  desaplicación;  Vallecito  era  un  ideal,  un 
tesoro,  una  vara  mágica  para  estudiante  de  mi  ralea. 

La  tradición  inventó  ó  descubrió  una  leyenda  acerca 
de  Vallecito,  que  le  dio  para  mí  las  proporciones  de 
personaje  legendario. 

Contaba  la  leyenda,  que  en  1828  y  cuando  Santa-Anna 
invadió  Oaxaca,  se  posesionó  de  San  Francisco  y  ardía 
en  deseo  de  comunicarse  con  Santo  Dorningo  para  se- 
ducir la  fuerza,  sin  poderlo  conseguir. 

Paseábase  una  vez  meditabundo  fuera  de  la  fortifi- 
cación midiendo  el  suelo  y  arbitrando  medios  de  con- 
seguir su  designio  de  comunicación. 

Le  seguía,  sin  que  lo  advirtiese  Santa-Anna,  un  chi- 
cuelo  de  la  plebe,  quien  le  preguntó: 

— Señor,  ¿qué  busca? 

—  Busco  un  medio  de  que  llegue  un  papel  ó  cual- 
quiera cosa  de  aquí  á  Santo  Domingo. 

El  muchacho  guardó  silencio,  quedó  pensativo,  des- 
apareció y  volvió  á  poco  con  un  barquillo  de  papel  pe- 
gado á  una  tablilla  y  bien  equilibrado  y  dijo  al  Gene- 
ral: aquí  cabe  un  papel  chiquito,  lo  pone  en  el  caño  de 
la  agua  y  llega  á  Santo  Domingo. 


81 

A  Santa- Anna  cayó  muy  en  gracia  la  penetración  del 
muchacho. 

—¿Cómo  te  llamas? 

—Guillermo  Valle. 

— Oye  atento,  si  algún  día  sabes  que  el  General  San ta- 

Anna  manda  en  el  Palacio  de  México á  toda  costa 

ve  allá,  búscame,  preséntate  y  no  te  arrepentirás 

Yo  no  te  olvidaré. 

Varia  desde  entonces  la  suerte  del  General  Santa- 
Anna,  Vallecito  guardó  en  el  fondo  de  su  corazón  su 
aventura;  continuó  en  su  escuela  aplicándose  al  estu- 
dio en  medio  de  horribles  escaseces. 

Un  día,  el  menos  pensado,  entre  repiques,  salvas, 
músicas  y  cohetes,  se  anuncia  el  advenimiento  de  Santa- 
Anna  á  la  Presidencia  y  á  la  Vicepresidencia  D.  Valen- 
tín Gómez  Farías. 

Vallecito,  que  así  le  llamaba  todo  el  mundo,  hizo  ba- 
lance para  emprender  su  viaje,  y  no  tenía  en  su  equi- 
paje, realizable,  más  que  una  medalla  de  oro  de  la  Vir- 
gen de  Guadalupe,  cuyo  valor  sería  de  seis  á  ocho  pe- 
sos. 

Comenzó  por  desamortizar  el  amuleto  eclesiástico, 
se  escurrió  en  los  mesones  indagando  la  salida  de  re- 
cua para  México,  y  al  fin  se  puso  en  camino  haciéndose 
amigo  de  los  arrieros. 

Y  el  chico  erade  tal  modo  jovial,  tan  comedido  y  con- 
taba tan  graciosos  cuentos,  que  los  arrieros  le  miraban, 
le  mimaban,  le  alimentaban,  le  procuraban  cabalgadu- 
ra, y  llegó  á  México  como  dueño  de  la  recua,  asesorando 

6 


82 

á  los  arrieros,  dirigiéndoles  y  fungiendo  entre  ellos  co- 
mo entidad  de  primera  importancia. 

Los  primeros  momentos  fueron  de  placer,  comidas 
y  paseos  con  sus  amigos;  pero  al  regreso  de  estos,  sin- 
tió toda  la  amargura  de  su  situación,  y  sin  arredrarse 
le  buscó  un  remedio. 

Escurrióse  en  palacio,  se  informó  de  la  servidumbre 
del  Presidente,  y  la  fortuna  le  deparó  un  galopín  oaxa- 
quefio  de  la  cocina  del  potentado  con  quien  se  resol- 
vió á  trabar  relaciones. 

Hizóse  encontradizo  con  su  futuro  bienhechor,  y  á 
pocas  fojas  le  embebía  y  dominaba. 

Ya  hemos  indicado  que  la  inventiva  era  el  fuerte  de 
Vallecito.  Él  conocía  todos  los  pueblos,  él  ó  sus  ami- 
gos se  habían  encontrado  en  todas  las  catástrofes,  él 
habia  sido  pariente  ó  favorecido  ó  algo  de  todos  los 
deudos  de  las  personas  con  quienes  trataba,  sabía  re- 
medios para  todas  las  enfermedades,  les  atribuía  á  los 
santos  milagros  capaces  de  dejar  con  la  boca  abierta  al 
Demonio,  y  tenia  nociones  ó  suponía  tenerlas  de  cos- 
tura, guisos  y  un  diluvio  de  cosas  más. 

Todo  esto,  sin  una  indignidad,  sin  una  licencia,  sin 
una  estafa. 

El  galopín  benéfico  colocó  á  mi  amigo  con  el  coci- 
nero, éste  que  era  especialmente  querido  de  Santa-Anna 
ofreció  presentarlo  al  tío  en  un  día  que  despertase  suy 
buen  humor  el  artista  culinario,  con  un  buen  huauchi- 
nango  fresco,  con  un  pulpo  de  guiso  especial,  ó  con  una 
rica  ensalada  de  camarones. 


88 

Pero  á  todo  esto  Vallecito  participaba  de  los  banque- 
tes diarios  de  los  maritornes  y  los  sazonaba  con  sus 
chistes  inagotables. 

Llegóse  el  día  deseado  de  los  huauchinangos  y  ca- 
marones, y  le  dijeron  á  mi  amigo  que  se  preparara  para 
la  trascendental  entrevista. 

El  día  de  que  se  trata,  estaba  el  Presidente  de  exce- 
lente humor.  Aunque  iliterato  de  todo  punto  hasta  el 
extremo  de  empedrar  de  barbarismos  su  lenguaje  y  sin 
más  lectura  que  la  de  la  Casandra,  tenía  una  conver- 
sación chispeante,  animada  por  poderosísima  imagina- 
ción y  percepción  clara  como  luz  de  día.  Cuando  estaba 
de  broma  daba  cierto  acento  jarocho  á  su  palabra  que 
caía  en  gracia;  sus  grandes  y  penetrantes  ojos  negros 
persuadían  más  que  sus  palabras  y  sus  ademanes  pron- 
tos y  desembarazados  le  hacían  seductor  é  irresistible. 

No  era  gastrónomo,  ni  menos  glotón  San ta-Anna;  pero 
como  gran  parte  de  los  veracruzanos  afecto  á  la  buena 
mesa,  á  hablar  de  guisos  delicados,  á  encarecer  las  pre- 
paraciones del  ostión,  del  robalo  de  manteca,  del  pulpo 
y  del  cazón  á  la  yucateca. 

Hablaba  el  héroe  con  dos  ó  tres  amigos,  y  el  cocinero 
entró  con  un  plato  de  dedicación  especial  llevando  en 
su  pos  al  indito,  nuestro  conocido,  portador  de  dos  chi- 
rimoyas colosales  que  eran  delicia  de  Santa-Anna. 

— ¡Excelente!  muchachos,  ¡magnífico!,  merecen  la  ga- 
la, ¿y  quién  es  este  chico? 

— Es  un  criadito  de  S.  E.  que  quiere  conocerlo,  y  que 
tiene  la  pretensión  de  contarle  un  cuento. 


8* 

— Veamos  ese  cuento,  dijo  riendo,  y  comenzó  el  in- 
troito de  rutina.  Está  Ud.  para  bien  saber,  y  yo  para  mal 
contar,  que  el  pan  se  hizo  para  los  muchachos  y  el  vino 

para  los  borrachos Este  era  un  Rey ahora 

sigue  tú. 

— No  señor,  era  un  gran  general  que  venía  desde  muy 
lejanas  tierras  y  junto  de  la  mar  á  pelear  la  gran  ciu- 
dad de  Oaxaca,  que  es  donde  yo  nací. 

—  ¡Bravo!  muchacho,  no  le  interrumpan,  acércate. 

Entonces  Vallecito,  contó  la  historia  que  conocemos 
con  tales  chistes,  con  pormenores  tan  deliciosos  que 
Santa- Anna  se  levantaba  del  asiento,  pal  moteaba,  y 
cuando  terminó  de  hablar  el  chico  lo  levantó  en  sus 
brazos  con  emoción,  tocó  después  la  campana,  escribió 
en  un  papel  y  á  poco,  he  ahí,  á  Vallecito  instalado  con 
su  beca  en  el  colegio  de  San  Ildefonso  á  vueltas  t*on  el 
Musa  Mtísae  y  con  las  mismas  consideraciones  que  si 
fuera  el  hijo  del  Presidente  de  la  República. 

EISr.  Farías,  á  quien  quedó  encomendado  Vallecito, 
le  dispensó  paternal  protección,  procurándole  la  rela- 
ción del  Sr.  Olaguíbel  á  quien  se  adhirió  mi  amigo,  lle- 
gándose á  contar  como  persona  de  su  familia  y  adelan- 
tando mucho  en  sus  estudios  literarios,  porque  Olaguíbel 
poseía  una  librería  magnífica  y  era  muy  dado  á  las  be- 
llas letras. 

Después  de  muchos  años  quedaron  como  preciosas 
tradiciones  en  el  colegio,  las  aventuras,  chistes  y  ar- 
bitrios de  Vallecito,  por  que  la  administración  de  San- 
ta-Anna  cayó.  La  reacción  de  35  y  36  le  sepultó  en  lo 


85 

más  hondo  de  la  miseria  hasta  lo  hiperbólico  y  lo  in- 
creíble, y  Vallecito  ocurrió  entonces  á  su  privilegiado 
ingenio  para  empezar  su  lucha  por  la  vida. 

Referíanse  sus  amistades  con  los  legos  dominicos 
que  le  dieron  la  industria  de  los  sermones,  en  que  blas- 
femó de  lo  lindo  á  dúo  con  mi  respetable  persona. 

Se  contaba  su  compra  de  un  caballo  para  establecer 
un  consultorio  ambulante  de  los  indios,  cuyo  caballo 
perdió  el  juicio  de  hambre  y  le  encontró  Valle  paseán- 
dose en  la  caballeriza  como  hablando  sólo,  con  la  crin 
alborotada  de  la  frente,  y  Guillermo  le  dio  su  bendi- 
ción y  libertad. 

Referíame  sus  pactos  secretos  con  otros  chicos  para 
fingir  riñas,  porque  las  damas,  objeto  de  los  rendidos 

galanteos,  eran  belicosas y  como  lo  creían  veraz 

se  apaleaban  y  olvidaban  el  pacto,  saliendo  desporti- 
llado y  contuso. 

Contábase,  con  mil  circunstancias,  cómo  Valle,  de 
unos  trozos  de  azúcar  purificada,  persuadió  un  invento 
que  vendió  á  elevado  precio  desenlazándose  el  enga- 
ño á  gritos  y  á  sombrerazos. 

Cómo  solicitó  un  cómplice  para  cautivar  el  corazón 
de  una  estanquera  á  quien  electrizaba  en  prosa  y  verso, 
y  el  cómplice,  entusiasmado,  arremetía  con  puchas,  ro- 
deos y  conservas  que  hicieron  quebrar  la  negociación 
del  adorado  tormento. 

Todo  lo  dicho,  la  bondad,  la  gracia  y  el  saber  de  Va- 
llecito le  hacían  importante  personaje. 

A  Valle  debí  la  amistad  con  el  Sr.  Olaguíbel,  que  fué 


86 

mi  generoso  protector  en  todas  épocas  y  por  quien  con- 
servo recuerdos  de  ternura  filial  ¡Jamás  la  bondad  en- 
contró personificación  más  seductora  que  en  Olaguí- 
bel! 

Vallecito  conservó  siempre  su  gracia  y  su  gratitud  á 
Santa-Anna. 

Cuando  de  resultas  del  6  de  Diciembre  de  1845  se 
formó  causa  á  Santa-Anna  y  sus  Ministros,  Valle  era 
individuo  de  la  sección  del  Jurado  en  la  Cámara  de  Di- 
putados. 

Las  pasiones  ardían,  el  huracán  del  odio  á  la  dicta- 
dura todo  pretendía  arrollarlo,  y  se  instaba  á  la  Cáma- 
ra por  la  terminación  de  la  causa  para  apagar  la  sed 
de  reivindicación  que  agitaba  al  pueblo. 

Pero  la  causa  no  marchaba  y  se  repetían  las  sesio- 
nes secretas  para  echar  en  cara  al  Gran  Jurado  su  mo- 
rosidad. 

Entre  los  agitadores  de  la  conclusión.de  la  causa  ha- 
bía un  médico  distinguido  de  Michoacán:  tuerto,  de 
arrogante  palabra,  carnes  enjutas  y  actividad  inextin- 
guible; llamábase  González  Uruefta. 

Este  señor  diputado  pidió  una  sesión  secreta,  inculpó 
al  Gran  Jurado  por  sus  moratorias  en  términos  vehe- 
mentes, y  en  el  colmo  de  su  enojo  dijo  que  no  le  extra- 
ñaba lo  que  sucedía,  porque  Valle  era  hijo  de  Santa- 
Anna  y  que  había  hecho  mal  en  no  excusarse  de  cono- 
cer en  aquella  causa. 

Entonces  Valle  pidió  la  palabra 

La  Cámara  quedó  silenciosa  como  un  sepulcro,  Valle 


87 

se  levantó  grave guardó  silencio  unos  momen- 
tos en  medio  de  la  atención  universal  y  dijo: 

— "La  aseveración  del  Sr.  González  Uruefta  ya  la  ha- 
bía yo  oído;  pero  jamás  le  había  dado  crédito  por  mi 
origen,  por  la  fecha  de  mi  nacimiento,  por  miles  de  cir- 
cunstancias ....  pero  ahora  que  lo  afirma  el  Sr.  Gonzá- 
lez Uruefta,  dudo." ...  .¿y  quiere  saber  la  Cámara  por 

qué  dudo? ¿Lo  permite  la  Cámara? ¿Me 

atrevo  á  decirlo? 

Una  voz ¿por  qué? 

— Porque  el  Sr.  González  Uruefta  tiene  un  ojo  en  el 
mundo  y  otro  en  la  eternidad. 

Estalló  una  carcajada  universal  y  no  hubo  más  re- 
medio que  levantar  la  sesión. 

Tienen  mis  lectores  idea  de  mi  vida;  pero  les  ruego 
no  olviden  tres  fases:  mi  adoración  por  la  seftora  mi 
madre  y  mis  horas  de  lágrimas  y  miseria  á  su  lado; 
mis  paseos  en  barrios  y  calzadas,  delirando,  hablando 
sólo,  lanzándome  á  un  mundo  imaginario  lleno  de  tier- 
na poesía,  cobrando  cierta  vida  mis  ensueños,  cierto 
acento  las  voces  interiores  de  mi  alma,  cierta  realidad 
mis  aspiraciones  indeterminadas,  informes  pero  lumi- 
nosas y  puras  como  vuelo  de  estrella  fatua  en  una  no- 
che tibia  y  apasible  que  duerme  bajo  el  infinito. 

Por  último  mi  amor  inmenso  á  los  pobres,  porque 
mis  bienhechoras  eran  costureras;  porque  mi  Nana  me 
buscaba  con  afán  solícito  para  llevarme  dulces  y  biz- 
cochos; porque  mi  tata,  que  era  zapatero,  al  realizar  su 
calzado  llevaba  á  mi  madre  sus  pobres  obsequios;  por- 


88 

que  el  niño  del  Molino  era  mimado  y  reverenciado; 
porque  las  costurerillas  mis  amigas,  lloraban  con  mis 
penas,  aseaban  mi  casa,  cosían  y  curaban  á  mi  madre, 
y  cuando  en  un  fandango  me  presentaban,  era  yo  obje- 
te de  tiernas  atenciones  y  les  pagaba  en  alegría,  en  ver- 
sos y  expansiones  todo  lo  que  recibía  de  ellas  en  ter- 
nura y  cariño. 

Después  del  laberinto  de  divagaciones  porque  acabo 
de  atravesar,  necesito  fijar  la  atención  de  mis  lectores 
para  recordarles  que  están  reviviendo  mis  recuerdos 
de  1833. 

Era  el  año  horriblemente  memorable  del  Cólera  Mor- 
bo. 

Había  pasado  la  fugaz  presidencia  de  Pedraza,  de 
quien  se  dice  que  él  mismo  se  concedió  su  licencia  ab- 
soluta paradarejemploágenerales  quede  nada-servían. 

Había  visto  México  llenas  sus  prisiones  y  conducidos 
encuerda  los  hombres  más  notables  por  la  persecución 
política. 

Los  pronunciamientos  de  Escalada,  Duran  y  Arista 
todo  había  pasado  sin  preocuparme. 

Lo  que  dejó  imborrable  impresión  en  mi  espíritu  fué 
la  terrible  invasión  del  cólera#en  aquel  año. 

Las  calles  silenciosas  y  desiertas  en  que  resonaban 
á  distancia  los  pasos  precipitados  de  alguno  que  corría 
en  pos  de  auxilios;  las  banderolas  amarillas,  negras  y 
blancas  que  servían  de  aviso  de  la  enfermedad,  de  mé- 
dicos, sacerdotes  y  casas  de  caridad;  las  boticas  apreta- 
das de  gente;  los  templos  con  las  puertas  abiertas  de 


par  en  par  con  mil  luces  en  los  altares,  la  gente  arro- 
dillada con  los  brazos  en  cruz  y  derramando  lágri- 
mas ....  A  gran  distancia  el  chirrido  lúgubre  de  carros 

que  atravesaban  llenos  de  cadáveres todo  eso  se 

reproduce  hoy  en  mi  memoria  con  colores  vivísimos 
y  me  hace  estremecer. 

¡De  cuántas  escenas  desgarradoras  fui  testigo! 

Aun  recuerdo  haber  penetrado  en  una  casa,  por  el 
entonces  barrio  déla  Lagunilla,que  tendría  como  trein- 
ta cuartos,  todos  vacíos,  con  las  puertas  que  cerraba  y 

abría  el  viento,  abandonados  muebles  y  trastos 

espantosa  soledad  y  silencio  como  si  se  hubiese  enco- 
mendado su  custodia  al  terror  de  la  muerte. 

No  olvidaré  nunca  el  doloroso  espectáculo  que  ofre- 
ció á  mis  ojos  una  madrs  que  acababa  de  expirar  en 
un  gemido  postrero,  con  el  que  despertó  de  su  sueño 
en  la  cuna  á  una  niña  bella  como  arcángel,  que  riendo 
y  traviesa  jugaba  con  la  cabellera  profusa  de  la  madre 
muerta! 

De  tal  manera  dominaba  el  pánico,  que  se  anunció 
que  un  sabio,  que  vivía  en  el  Puente  de  San  Francisco 
número  4,  había  descubierto  un  parche  que  era  preser- 
vativo infalible  de  la  epidemia;  esta  medicina  se  atri- 
buía á  un  químico,  D.  Manuel  Herrera. 

La  gente  se  agolpó  de  un  modo  tan  ansioso  y  tumul- 
tuoso por  aquel  fiat  de  salvación  de  vida,  que  fué  for- 
zoso poner  guardias  numerosos  en  la  casa  del  Sr.  He- 
rrera para  evitar  un  desastre;  pero  caten  Uds.  ahí  que 
el  día  menos  pensado  derrama  en  son  de  chisme,  pu- 


^i 


90 

blica  avisos,  pega  en  las  esquinas  papeles  y  esparce 
alarmas  alguien  afirmando  que  los  parches  eran  segu- 
rísimos pasaportes  para  la  eternidad. 

Al  siguiente  día  de  este  pánico  las  calles  amanecie- 
ron blanqueando  como  una  terrible  nevada.  Eran  los 
parches  que  se  habían  arrancado  del  cuerpo  las  gentes. 

El  pánico  había  invadido  los  ánimos,  de  manera  que 
estaban  en  juego  las  medicinas  y  procedimientos  más 
contradictorios. 

A  una  mujer  del  pueblo  ordenó  el  Dr.  Alarcón  una 
sangría;  la  mujer  interpretó  la  medicina  tomándose  un 
vaso  de  sangría  y  el  resultado  fué  magnífico;  el  médico 
pedía  la  sangre  y  ella  le  decía  que  había  dejado  el  va- 
so vacío. 

El  Gobernador,  que  loerael£ir.Gral.Martínez  (a)  Ma- 
caco, fulminó  un  bando  con  tremendas  prohibiciones  á 
las  frutas,  los  figones  y  comestibles;  en  ese  bando  hay 
un  anatema  contra  los  chiles  rellenos  que  escalofría. 

Contaba  mi  maestro] Cardoso,  con  su  inagotable  chiste, 
que  atravesando  un  día  por  la  calle  del  Espíritu  San- 
to, vio  á  un  cochero  tendido  á  la  larga  en  el  pescante 
devorando  una  chirimoya  que  no  le  cabía  en  las  dos 
manos.  A  su  lado  y  parada  en  el  suelo  estaba  su  mujer- 
Mi  maestro,  ardiendo  en  santa  caridad,  dijo  al  co- 
chero: 

— ¡Bárbaro!  ¿No  vez  que  te  suicidas?  ¿No  conoces 
que  esa  fruta  te  abre  el  sepulcro  y  te  lleva  á  la  conde- 
nación eterna? 

Absorto  quedó  el  auriga  con  el  apostrofe;  á  medida 


91 

que  mi  maestro  hablaba,  bajaba  la  mano,  se  limpiaba 
los  labios  y  suspiraba  contrito. 

Cuando  mi  maestro  dejó  de  hablar,  exclamó  el  co- 
chero: es  cierto  señor  amo,  no  lo  vuelvo  á  hacer;  y  vol- 
viéndose á  su  mujer  continuó:  Tómatela,  tú,  mi  alma, 
dando  á  su  mujer  la  fruta  homicida. 

Los  panteones  de  Santiago  Tlatelolco,  San  Lázaro, 
el  Caballete  y  otros,  rebosaban  en  cadáveres:  de  los  ac- 
cesos de  terror,  de  los  alaridos  de  duelo  se  pasaba  en 
aquellos  lugares  á  las  alegrías  locas  y  á  las  escenas  de 
escandalosa  orgia  interrumpida  por  cantos  lúgubres  y 
por  ceremonias  religiosas. 

En  el  interior  de  las  casas  todo  eran  fumigaciones , 
riegos  de  vinagre  y  cloruro,  calabazas  con  vinagre  de- 
trás de  las  puertas,  la  cazuela  solitaria  del  arroz  y  la 
parrilla  en  el  brasero,  y  frente  á  los  santos,  velas  en- 
cendidas. 

Em  una  tarde  del  mes  de  Agosto.  Por  medida  higié- 
nica todo  el  equipo  de  la  casa  aun  estaba  en  el  corre- 
dor, cabalgando  en  sendos  mecates  ó  reclinado  en  in- 
seguras sillas.  Mi  hermano  y  yo  estábamos  ausentes.  Mi 
señora  madre  medio  paralítica  cuidaba  la  casa. 

Cuando  menos  se  pensaba  se  descolgó  un  aguacero 
estupendo,  corrían  las  canales,  se  inundaron  las  calles, 
y  en  breves  instantes  tomó  la  ciudad  el  aspecto  de  lago 
profundo. 

Colchones,  sábanas,  lienzos  de  todo  género  y  cober- 
tores de  todas  clases  se  empaparon  sin  que  se  pudiese 
remediar. 


92 

Cuando  penetré  en  la  casa  escurriendo  el  agua  y  con- 
vertidas en  lagos  y  canales  las  arrugas  de  mi  vestido, 
mi  señora  madre  estaba  á  obscuras  y  sin  darse  cuenta 
de  lo  grave  de  la  situación.  La  primera  de  las  necesi- 
dades era  tener  luz,  que  era  mucho  muy  ardua  tal  em- 
presa, que  suponía  lumbre,  pajuela,  buen  pulmón  y 
pulso  firme. 

Eso  de  cambiarme  ropa,  empresa  era  que  tocaba  el 
imposible y  ante  omnia  vela  ó  lámpara  que  en- 
cender. 

Entre  lamentos  y  discusiones  pasó  el  tiempo  y  des-' 
pues  de  la  queda,  hora  en  que  se  cerraban  al  toque  de 
la  campana  mayor  las  casas  de  vecindad  y  el  comercio 
todo, oímos  en  el  zaguán  unos  toques  ya  acelerados,  ya 
débiles  que  nos  sobresaltaron. 

Era  mi  hermano,  conducido  por  unas  personas  cari- 
tativas, gravemente  atacado  del  cólera. 

¿A  quién  clamar?  ¿A  quién  acudir  en  aquella  lóbre- 
ga noche  que  añadía  horror  á  los  horrores  de  la  muerte 
que  por  todas  partes  nos  cercaba?  Casi  sin  luz  por  lo 
muy  exigua  que  daba  la  enana  y  única  bujía,  sin  lum- 
bre en  el  brasero,  sin  ropa  con  que  cubrir  al  moribundo, 
ni  que  mudarnos  nosotros,  veíamos  aquellos  ojos  bri- 
llantes y  hundidos,  aquel  color  anheloso  que  pintaban 
las  facciones,  aquellos  gestos  espantosos  que  producían 
los  calambres  manifestados  en  contracciones  indescri- 
bibles. 

Tendimos  el  cuerpo  de  mi  hermano,  nos  Acurruca- 
mos contra  él  medio  desnudo,  y  nuestra  respiración  con- 


93 

gojosa  fué  su  abrigo  y  las  copiosas  lágrimas  de  mi  ma- 
dre su  sola  medicina.  Entre  aquel  sollozar  y  aquellas 
aclamaciones  á  la  Providencia  Divina  cuando  vibraba 
sobre  nosotros  la  amenaza  de  muerte,  el  enfermo  re- 
pentinamente se  rehace,  se  incorpora,  nos  separa  de  su 
lado,  se  arrodilla  y  con  acento  sonoro  y  triunfal  excla- 
ma: "Creo  en  Dios  Padre." 

Mi  madre  y  yo  seguimos  la  oración  fervorosa  que  en 
mi  espíritu  se  reproducía  como  un  cántico  de  resurrec- 
ción .... 
¿Y  que  haya  animales  que  me  supongan  incrédulo? 
Al  siguiente  día  esperaba  yo  á  la  entrada  de  Catedral 
al  Sr.  Dr.  Barrientos  con  un  disparatado  soneto  en  la 
mano,  alusivo  á  la  epidemia  que  nos  afligía. 

Era  el  Dr.  Barrientos  clérigo  de  grandes  polendas, 
chiquitín,  afable,  de  ojos  pequeños,  pero  dulces  y  pe- 
netrantes y  hombre  de  suma  bondad;  acerquéme  á  él, 
le  dije  que  quería  que  revisase  mi  verso,  y  se  entró  á 
la  oficina  del  Sagrario  con  mi  soneto  en  las  manos. 

Lo  veía  y  reveía,  me  /niraba  la  cara  con  duda  extre- 
ma, y  al  fin  me  dijo: 

— Ahí  tienes  papel  y  tinta,  haz  otro  para  el  Señor 
de  Sta.  Teresa  que  saldrá  mañana  en  procesión. 

Al  sordo  se  lo  dijeron,  y  en  menos  que  canta  un  ga- 
llo, zurcí  un  sonetaz^  de  chuparse  los  dedos. 

El  Sr.  Barrientos  mostró  gran  contento,  me  preguntó 
mi  nombre,  me  ofreció  su  casa  y  me  dio  para  dulces, 
quedándose  con  los  sonetos  y  siendo  en  lo  futuro  mi 
favorecedor. 


94 

Dos  días  después  en  todas  las  puertas  de  las  iglesias 
con  mi  nombre  al  calce  y  concesiones  de  gracias  é  in- 
dulgencias estaban  mis  sonetos  impresos,  levantándo- 
me ámí,  que  los  veía,  al  quinto  cielo  de  la  flicha  y  que- 
riendo decir  á  cuantos  pasaban  y  veían  los  versos:  "ese 
Sancho  Panza  gracioso  soy  yo." 

Aquella  fué  mi  primera  publicación. 

Respecto  á  la  cosa  pública,  que  era  por  entonces  lo 
menos  de  mi  cuidado,  oía  como  entrecortados  rumores 
los  nombres  de  Santa-Anna  y  de  Farías  que  ocupaban 
alternativamente  el  poder,  como  dos  empresarios  de 
compañías  teatrales,  el  uno  con  su  comitiva  de  solda- 
dos baladrones  é  ignorantes,  tahúres  y  agiotistas  des- 
aliñados, y  el  otro  con  algunos  eminentes  liberales;  pe- 
ro con  su  cauda  de  masones,  de  patrioteros  anárquicos 
y  de  gente  de  acción  que  era  un  hormiguero  de  demo- 
nios; pero  eso  sí,  cada  uno  con  su  Virgen  de  Guadalu- 
pe y  su  plan  de  regeneración  entre  cuero  y  carne. 

Las  escenas,  resultados  de  la  expulsión  de  españoles 
aun  se  sucedían,  desgarrando  el  corazón  de  las  fami- 
lias, mutilándolas,  sembrando  por  todas  partes  el  duelo 
y  la  consternación. 

En  mi  familia  y  bastante  allegados  había  varios  es- 
pañoles; uno  entre  todos,  noble  y  generoso  sobré  toda 
ponderación,  vino  al  país  oliendo  á  brea,  casi  sin  cal- 
zado y  con  la  guitarra  al  hombro  cantando  la  cachucha 
y  el  trágala;  se  enamoró  de  una  parienta  mía  de  opu- 
lenta fortuna,  formó  caudal  inmenso  á  fuerza  de  tra- 


95 

bajo  y  de  talento  y  su  casa  fué  un  manantial  de  cari- 
dad y  de  ternura  para  los  pobres. 

Español  de  pan,  pan;  vino,  vino,  con  su  estribillo  de 
taca  y  barraca,  solazándose  en  el  juego  de  pelota,  co- 
miendo bacalao  y  gazpacho,  bebiendo  Cascarrón  ó  de 
la  Rioja;  tenía  su  corazón  en  la  mano  y  nunca  un  in- 
fortunio que  llegara  á  su  conocimiento  dejaba  de  tener 
consuelo,  prodigándolo  con  las  lágrimas  en  los  ojos  y 
soltando  cada  mala  palabra  que  escarapelaba  el  cuerpo, 

A  la  noticia  de  su  partida  se  llenó  su  casa  de  gente 
menesterosa,  de  sus  dependientes  y  peones  del  campo 
y  de  indios,  que  eran  sus  compadres,  sus  amigos  y  fa- 
vorecidos. 

El,  lleno  de  angustia  se  despedía  de  todos;  los  niños 
se  abrazaban  de  sus  rodillas,  y  querían  besar  sus  ma- 
nos los  indios  que  le  amaban. 

Sólo  llevó  consigo  y  dejó  arreglado  lo  muy  preciso 
para  su  subsistencia,  dejando  su  caudal  á  estableci- 
mientos de  caridad  del  país,  con  excepción  de  tres  mil 
pesos  con  que  mandójiacer  y  transportar  una  campana 
colosal  para  su  pueblo,  campana  que  no  pudo  soportar 
la  raquítica  torre  de  su  aldea  de  la  montaña. 

La  expulsión  de  españoles  fué  una  medida  á  todas 
luces  bárbara  y  ruinosa  para  el  país. 

Estos  cuadros,  las  prisiones  llenas  de  personajes  emi- 
nentes como  Bustamante,  Molinos  del  Campo,  etc.  etc. 
la  prensa  haciendo  en  estilo  vehemente  sus  revelacio- 
nes sobre  la  conducta  del  clero,  el  despertar  al  análisis 
de  sus  intrigas  y  cabalas  traidoras,  y  el  cólera  cirnién- 


96 

dose  como  un  buitre  sobre  la  capital  llena  de  terror, 
formaban  un  conjunto  que  no  puede  traducir  en  pala- 
bras mi  imaginación. 

Los  pocos  momentos  de  desahogo  que  me  dejaban 
mis  aperreados  estudios,  la  oficina,  la  curación  de  mi 
madre  y  atenciones  de  mi  casa,  los  abandonaba  como 
al  acaso,  para  flotar  como  yo  mismo  decía,  entre  mis 
instintos  callejeros,  mi  amor  á  la  poesía,  el  cultivo  de 
las  graves  relaciones  de  mis  maestros  y  de  las  monjas 
amigas  de  mi  mamá  que  eran  mi  delicia,  por  su  mis- 
mo encogimiento  y  disonancia  en  el  resto  de  mis  rela- 
ciones. 

Había  entonces  en  el  Portal  de  Agustinos  un  cafeci- 
to  característico  que  se  llamaba  Café  del  Sur  y  aquel 
formaba  como  la  crema,  la  sinopsis  y  la  exposición  per- 
petua de  lo  que  había  de  mejor  y  más  granado  de  nues- 
tra%sociedad. 

Era  una  pieza  como  de  ocho  varas  en  cuadro  con  sus 
dos  puertas  al  portal,  su  gran  farol  entre  las  dos  puer- 
tas y  en  uno  de  los  vidrios  el  rubro  de  Café  del  Sur 
con  letras  encarnadas. 

Entre  el  humo  espeso  de  cigarros  y  puros  que  obscu- 
recía la  pieza,  se  distinguían  mesillas  pequeñas  de  pa- 
lo ordinario  pintadas  de  pardo  con  su  cubierta  de  hule 
con  tachuelas  de  latón,  y  sus  sillas  de  tule  al  rededor, 
de  las  llamadas  entonces  de  peras  y  manzanas. 

En  el  fondo  de  la  pieza  se  percibía  el  despacho  en 
un  desmantelado  armazón  y  su  mostrador  competen- 
temente provisto  de  vasos  y  copas,  charolas  de  hoja- 


97 

lata,  un  gran  tompeate  con  azúcar,  azucareras  á  gui- 
sa de  marmajeras,  y  en  hileras  simétricas,  roscas  y  biz- 
'  cochos  de  todas  clases,  sin  confundirse  con  tostadas  y 
molletes  que  eran  panes  de  más  privilegiado  consumo. 

La  concurrencia  era  consecuente  con  aquel  pobre 
aunque  pretensioso  mueblaje. 

Militares  retirados  y  en  servicio,  tahúres  en  asueto, 
vagos  consuetudinarios,  abogados  sin  bufete,  politique- 
ros sin  ocupación,  clérigos  mundanos  y  residuos  de 
covachuelas,  sacristías,  garitos  y  juzgados  civiles  y  cri- 
minales. 

No  faltaba  de  vez  en  cuando  su  fraile  silencioso  en 
una  mesa  retirada,  ni  su  grupo  de  payos,  con  el  señor 
de  calzoneras  y  botonadura  de  plata,  la  señora  con  su 
rebozo  de  Tulancingo  y  su  enagua  de  indiana  inglesa, 
seis  nenes  arrodillados  en  las  sillas,  la  criada  separada 
de  la  mesa  entre  canastos  y  envoltorios  y  dos  ó  tres 
canes  consentidos,  azorados  de  verse  en  tan  extraño 
lugar. 

Al  rededor  de  las  mesillas  centrales  se  veían  los  ter- 
tulianos más  perennes,  clasificándose  por  sí  los  con- 
currentes según  su  categoría,  relaciones  ó  gustos,  bien 
políticos,  bien  literarios,  bien  militares,  bien  de  pura 
crónica  escandalosa,  ó  ancianos  charladores  apologistas 
de  su  tiempo,  que  resfrescaban  sus  recuerdos  con  sen- 
dos tragos  de  catalán  puro. 

Ved  aquella  mesita:  En  ella  lleva  la  palabra  el  Sr. 
Palacios  Lanzagorta,  hijo  de  uno  de  los  ilustres  compa- 
ñeros del  Sr.  Cura  Hidalgo;  vedlo  con  su  sorbete  des- 


98 


lustrado,  pálido,  desdentado,  medio  torcido,  de  ideas 
avanzadísimas,  entusiasta  por  Farías  y  sus  disposicio- 
nes sobre  votos  monásticos,  diezmos  y  plan  de  instruc- 
ción publica. 

Secunda  sus  ideas  un  Lie.  Borja,  repugnante  y  mu- 
groso, con  un  labio  plegado  por  una  cicatriz  adquiri- 
da en  las  guerras  del  callejero  amor. 

Ese  licenciado  blasfema  y  arremete  contra  frailes, 
monjas,  mayordomos  y  cofradías,  ensalzando  á  Zavala? 
poniendo  por  los  cielos  á  Rocafuerte,  y  citando  á  cada 
instante  á  Voltaire,  á  Pigault-Lebrun  y  á  D'Alambert. 

Desamortización,  tolerancia  de  cultos,  milicia  cívi- 
ca, libertad  de  comercio,  todo  se  discutía  entre  contra- 
dicciones y  aplausos  exagerados,  oyendo  la  mayoría 
con  la  boca  abierta  á  los  cabezones,  como  se  llamaba 
á  los  hombres  de  talento. 

Otra  mesilla  era  de  literatos  en  que  solía  llevar  la 
voz  un  capitán  Antepana,  apuesto  y  fino,  sincero  admi- 
rador del  divino  Tagle,  de  Fray  Manuel  Navarrete,  de 
Couto,  y  Carpió. 

Mantenían  la  discusión  el  capitán  Amat  que  sabía  de 
memoria  las  poesías  del  Padre  Ochoa  y  de  Barquera, 
Sierra  y  Rosso  y  un  Sr.  Pérez  Rivas  que  era  un  alfolí 
de  chistes,-  anécdotas  y  particularidades  mil  de  impro- 
visadores estupendos,  desde  los  Villaseñores  hasta  Ven- 
timilla,  Rafael  Heredia  y  Guerra  Manzanares  Antonio. 

Aquella mesilladel  rincón  aloja  á  la  gente  de  trueno; 
se  habla  allí  de  valientes  y  calaveras;  toreros  y  gente 
de  teatro;  músicos,  cantantes  y  bailarinas;  jugadores  de 


99 

pelota  y  tahúres  arriesgados;  se  voceaba  en  son  de  gue- 
rra; se  daban  palmadas  en  la  mesa,  y  de  vez  en  cuando 
volaba  una  charola  ó  una  silla  sobre  la  cabeza  de  los 
interlocutores. 

¿Pero  cómo  no  embobarse  oyendo  las  hazañas  de  Pepe 
Miñón,  cuando  colgó  á  un  lego  importuno  de  su  balcón 
y  lo  subía  y  lo  bajaba  entre  las  risas  universales? 

¿Quién  dejaba  de«aplaudiráFélix  Merino, cuando  lle- 
vó la  máscara  de  monjas  y  frailes  á  la  misma  casa  del 
Provisor? 

¿Quién  no  describía  con  colores  brillantes  la  zambra 
de  Barberi  en  la  procesión  de  Tlatelolco? 

Cuando  se  hablaba  de  toros,  se  asistía  á  una  revista 
concienzuda  en  que  figuraba  en  primer  término,  coma 
picador,  el  atlético  Vicente  Avila,  del  chusco  compadri- 
to, no  obstante  faltarle  tres  dedos  de  una  mano;  de  Ma- 
riano (la  Monja)  largo  y  angosto  como  riel  moderno;  de 
Caparatas,  alborotador  y  valiente,  y  sobre  todo  de  Don 
Javier Heras,gachupincillo  rico,  aficionado  á  los  bichos, 
que  disponía  toros  de  once  y  jamaicas,  montes  parna- 
sos y  palos  ensebados,  y  que  acabó  por  hacerse  el  crea- 
dor y  el  empresario  de  la  Plaza  de  Necatitlán. 

Allí,  por  supuesto,  que  se  agotaba  ese  frasisismode- 
licioso  de  volapiés  y  trascuernos,  de  capa  larga  y  mu- 
letilla corta  y  de  todo  ese  riquísimo  vocabulario  del 
arte  de  Pepe-Hillo,  de  Blanco  y  de  Cuchares. 

Más  facultativo  tenía  que  ser  el  círculo  de  gente  de 
teatro,  no  sólo  por  precederle  una  tradición  magnífica 
en  que  figuraban  Luciano  Cortés,  Prieto  y  Garay,  sino 


100 

porque  Moratln  había  despertado  el  buen  gusto  de  la 
comedia,  porque  Prieto  era  consumado  actor  y  porque 
Amador  y  la  Agustina  Montenegro  poseían  dotes  emi- 
nentes que  ni  el  mismo  mal  gusto  que  las  desfiguraba 
podía  hacerlas  despreciables. 

Amador  era  persona  de  distinguida  familia,  de  pre- 
sencia gallardísima,  había  hecho  buenos  estudios  y  te- 
nia modales  finísimos,  recitaba  los  versos  con  dulzura 
encantadora:  yo  recuerdo  que  ciertas  décimas  de  la  Vi- 
da es  Sueño  de  Calderón  siempre  las  repetía  por  ins- 
tancias del  público  tres  y  cuatro  veces. 

Agustina  era  pequeña  de  cuerpo,  regorda  y  chata, 
con  los  ojos  más  divinos  que  puede  soñar  capense 
enamorado.  Representaba  «Ala  Vejez  Viruelas,»  deBre- 
tón,  á  las  mil  maravillas. 

Respecto  de  cantantes,  los  primeros  albores  de  la 
ópera  habían  destronado  totalmente  á  la  Chata  Mur- 
guía  y  á  Rocamora,  y  sólo  ciertos  apasionados  empe- 
dernidos seguían  ensalzando  La  Patera,  Los  Hidalgos 
de  Medellin  y  El  Trípoli. 

Todavía,  lamiéndose  los  bigotes,  repetían  los  viejos 

la  tonadilla  que  decía: 

«Los  muchachos  de  estos  tiempos 
Son  como  el  atole  frío .... 
Perdidos  de  enamorados 
Y  el  estómago  vacío.» 

0  la  otra  que  cantaba  Rocamora: 

«Las  muchachas  de  estos  tiempos 
Son  como  las  aceitunas: 
Las  que  parecen  más  verdes 
Suelen  ser  las  más  maduras.» 


101 

Aun  quedaban  defensores  de  los  coloquios  y  pasto- 
relas, y  sobre  todo  de  las  comedias  de  magia. 

Aquella  vista  de  teatro  en  Juana  la  Rabicortona  era 
primorosa;  todos  los  palcos  con  sus  muftequitos  de  mo- 
vimiento mu  y  apuestos  y  muy  al  natural,  y  cuando  el  caso 
lo  requería,  mil  figuritas  con  sus  sombreros,  abanicos 
y  pañuelos  se  ponían  de  pie,  agitaban  las  manos  y  sa- 
ludabaná  la  milagrosa  Juana  que  atravesaba  el  foro  ?n 
marcha  triunfal. 

Aquello  era  de  perecerse  de  júbilo  y  asombro;  los 
chicos  palmoteaban  y  se  salían  de  sus  asientos  hacien- 
do cabriolas,  y  la  concurrencia  aplaudía  enloquecida 
de  contento. 

De  otro  género,  pero  verdadero  y  profundo,  era  el 
asombro  producido  por  la  Pellegrini  y  por  Castillo,  por 
Murati,  canoro  y  melodioso  corrió  un  ruiseñor;  de  Ga- 
lli,  que,  aunque  en  su  decadencia,  era  aventajadísimo 
y  consumado  como  actor,  y  de  todos  los  precursores  de 
la  grande  Opera  que  vino  con  la  Albini  el  aflO  de  1836, 
que  importó  en  México  D.  Joaquín  Patino  y  organizó 
D.  Manuel  E.  Goroztiza. 

Los  filarmónicos  del  grupo  que  me  ocupa  no  dejaban 
de  citar,  cuando  el  caso  lo  requería,  á  Gómez  y  á  Elíza- 
ga,  organistas  y  pianistas  ilustres;  áSalot,  que  infundía  á 
la  trompa  acentos  angélicos;  á  Simeón  Vivían  que  con- 
vertía en  arrullo  la  charla  del  clarinete;  á  Hermosiíla, 
que  remedaba  en  la  flauta  el  cascajear  del  labriego  y 
el  requiebro  de  la  tórtola,  á  Goyo  y  Caballero,  violinis- 
tas,, que  fueron  admiración  de  los  maestros  europeos. 


102 

Los  bailarines  tenían  amplísimo  campo  para  sus  char- 
las, no  sólo  por  tratarse  de  maestros  de  gran  mérito, 
como  el  bicho  Morales,  Águila,  Isabel  Rendón  y  la  Gam- 
borini,  sino  porque  los  grandes  bailes  de  la  Pautret  pro- 
dujeron una  verdadera  revolución;  los  periódicos  re- 
volvieron diccionarios  y  archivos  para  estar  desde  el 
baile  de  David  frente  al  aria;  las  bandurrias  poéticas  se 
hicieron  rajas  y  el  vehemente  Heredia,  en  inspirado 
acento,  inmortalizó  las  gracias  de  la  María  Pautret,  re- 
vistiendo con  los  encantos  de  Frinea  á  la  Tersípcore 
Francesa. 

Tan  sabrosa  plática  que  tanto  se  presta  á  los  episo- 
dios de  la  crónica  escandalosa,  como  los  proceres  cor- 
tejos en  aquella  época  de  actrices  y  bailarinas  afama- 
das, paseos,  días  de  campo,  y  discípulas  de  los  grandes 
maestros  de  baile  que  se  lucían  en  el  bolero  y  en  el 
baile  inglés,  eran  sucedidas  por  las  relaciones  de  par- 
tidos de  pelota  de  chacual  y  guante  en  el  dilatado  jue- 
go de  San  Camilo,  en  que  brillaban  Peritas  y  el  tuerto 
Kchartea,  hombres  del  bajo  pueblo,  y  competían  con 
ellos  capitalistas  como  Rebul,  personajes  como  Iriza- 
rri  y  el  canónigo  Verdugo;  y  Reverendos  padres  como 
el  padre  Peralta  de  San  Agustín,  sin  olvidar  ni  al  ca- 
carizo Torres,  ni  á  mi  tío  D.  Manuel  Rodríguez,  opu- 
lento comerciante  de  ropa. 

De  todo  esto  y  mucho  más  se  hablaba  y  discutía  en 
el  Café  del  Sur,  sin  dejarse  de  sazonar  los  variados 
platillos  de  las  conversaciones  con  cuentos  picarescos 
y  llenos  de  sal  y  pimienta,  para  los  que  se  pintaban  Pé- 


103 

rez  Palacios  y  el  agudísimo  Diego  Correa,  el  padre  Or- 
cillez  y  Villavicencio,  que  escribía  con  el  nombre  de  El 
Payo  del  Rosario. 

No  cesaba,  entretanto,  el  trajín  de  los  criados  mu- 
grosos, desaseados,  con  enmarañados  cabellos,  mangas 
de  camisa  remangadas,  delantales  con  bolsones  en  que 
sonaban  las  cucharillas  del  café,  y  sus  útiles  en  las 
maños,  ni  cesaba  un  punto  el  ruido  huecoso  de  las  fi- 
chas del  dominó,  del  que  tenían  cuidado  de  apartarse 
los  grandes  jugadores  de  ajedrez  ó  de  damas,  entre  los 
que  sobresalían  Cariglón,  Rodríguez  y  algún  barbero  ó 
boticario. 

Los  periódicos  en  el  café  circulaban  en  corto  núme- 
ro, pero  tenían  gran  voga:  «El  Demócrata,»  «El  Fénix,» 
«El  Mono»  y  algún  otro.  Quedando  recuerdos  vivísi- 
mos de  «El  Toro,»  «El  Quebranta  Huesos»  y  los  folle- 
tos que  redactaba  D.  Francisco  Ibar,  que  escribía,  lo 
mismo  que  Dávila,  el  autor  del  «Toro,»  con  ponzoña  de 
alacranes  y  sangrientísimas  personalidades. 

Al  autor  de  «El  Toro»  lo  conocí:  llamábse  D.  Rafael 
Dávila,  y  tenia  por  sobrenombre  rata  parida.  Era  al- 
to de  cuerpo  y  enjuto  de  carnes,  pálido  al  extremo,  fren- 
tón, de  pobladas  cejas  y  ojos  negros  hundidos  provo- 
cativos y  brillantes;  era  escaso  en  palabras  y  parecía 
poseído  de  mal  humor  constante. 

Cuando  hablaba  era  incisivo  y  gracioso,  salpicando 
de  anécdotas  y  estaciones  de  crónica  escandalosa  su 
conversación. 

En  resumidas  cuentas,  el  cafecito  era  un  gran  libro 


10* 

y  el  primer  motivo  de  reflexiones  profundas  de  la  so- 
ciedad que  percibía  desconocido  y  como  entre  basti- 
dores. 

La  «Gran  Sociedad,»  que  se  encontraba  como  ahora, 
en  la  esquina  del  Espíritu  Santo,  extendiéndose  hasta 
la  calle  del  Coliseo,  era  de  D.  Diego  Ramón  Somera,  y 
el  que  llamaremos  hotel,  estaba  dividido  en  cuatro  sec- 
ciones, que  eran  café,  billares,  nevería  y  hospedaje;  es- 
te último  departamento  ofrecía  la  particularidad  de  te- 
ner colchones,  útil  desconocido  en  mesones  y  posadas 
comunes. 

«La  Gran  Sociedad»  era  lugar  de  cita  déla  gente  más 
acomodada,  como  comerciantes,  ricos,  empleados  de 
categoría,  jefes  del  ejército,  hacendados  ociosos,  tahú- 
res de  renombre,  que  se  mezclaban  sin  escrúpulo  con 
cómicos  y  danzantes;  caballeros  de  industria  y  niños 
de  casa  grande,  como  se  les  llamaba,  holgazanes  y  pros- 
tituidos. 

En  los  billares  los  campeones  invencibles  eran  Ga- 
llo y  Royuela. 

El  café  de  Veroli,  hoy  Café  Inglés,  hacía  competen- 
cia á  «La  Gran  Sociedad.» 

Había  otros  lugares  muy  concurridos,  y  eran  las  fon- 
das ó  figones  que  ofrecían  dos  grandes  divisiones:  uno 
como  externos  ó  plebeyos,  pero  en  los  que  se  mezcla- 
ban sin  distinción  toda  clase  de  personas;  otros  cen- 
trales en  que  se  solía  guardar  mayor  circunspección. 

Los  primeros  solían  estar  en  barrios  apartados,  al 
abrigo  de  una  pulquería  famosa,  como  «Las  Caftitas,» 


105 

«Los  Pelos,»  por  San  Pablo;  junto  al  «Diamante,»  fon- 
da situada  en  la  calle  de  Regina;  «Nana  Rosa,»  por  el 
paseo  de  la  Viga,  y  «Tío  Aguirre»  en  las  inmediacio- 
nes de  Santiago  Tlatelolco. 

Las  otras  eran  fondas  centrales,  como  la  del  calle- 
jón de  Bilbao;  «Las  Colas,»  en  la  calle  de  Cordobanes, 
y  el  famoso  «Arzobispado»  de  la  calle  de  las  Damas, 
que  era  nocturna  y  atraía  gran  concurrencia  por  sus 
sabrosísimos  peneques  y  sus  pulques  curados  ó  con- 
feccionados con  pifia,  tuna,  almendra,  apio  y  otros  bre- 
vajes.  Al  director  de  escena  de  esa  fonda  le  llamaban 
«Don  Frijoles.» 

Había  otra  fondita  puramente  nocturna,  con  aspecto 
de  excusado,  pero  característica;  era  la  fondita  de  la 
guardacasa  del  teatro;  piecesita  sucia  y  desmantela- 
da, con  su  brasero  casi  á  la  entrada,  su  candil  de  acei- 
te, sus  mesas  angostas  como  mostrador  y  sus  bancos 
de  palo  blanco. 

La  fondita  se  llamaba  de  «La  Madrina.»  que  era  una 
vieja  encorvada,  de  piel  de  nuez  y  enmarañado  pelo; 
pero  lista,  bullanguera  y  desvergonzada  como  ella  sola. 

En  aquella  fonda  sólo  se  servía  pollo  asado  con  en- 
salada, chiles  rellenos,  mole  y  unos  frijoles  refritos 
en  cazuelillas  pequeñas  y  como  con  dedicación  espe- 
cial. 

En  aquel  tugurio,  entre  humo  y  firme  olor  de  cocham- 
bre y  apreturas,  se  veían  gentes  de  trueno,  encopeta- 
dos personajes,  místers  y  proceres,  en  la  más  estupenda 
concordia,  y  de  allí  se  servían  cenas  á  algunas  señoras 


106 

de  los  palcos,  que  daban  bonitamente  la  espalda  al 
público  en  los  entreactos  y  engullían  de  lo  lindo,  pre- 
sentándose de  nuevo  en  sus  asientos,  como  si  dijéra- 
mos, lamiéndose  los  bigotes. 

El  populacho  vil  tenía  sus  fondas  ó  comedores  al 
aire  libreen  el  callejón  de  los  «Agachados,» en  el  trán- 
sito de  Portacoeli  y  Balvanera,  y  allí  gente  sucia  y  me- 
dio desnuda,  en  cuclillas  ó  de  plano,  hervía  al  rededor 
de  cazuelones  profundos,  con  piélagos  de  moles,  arve- 
jones,  habas,  frijoles  y  carnes  anónimas  é  indescripti- 
bles, no  para  recordadas  por  los  racionales. 

Pero  lo  característico  para  dar  conocimiento  del  po- 
pulacho de  México,  populacho  salpicado  de  frailes  y 
y  soldados,  toreros,  calaveras  y  niños  alegres  de  la  gen- 
te rica,  eran  las  pulquerías  situadas  en  los  suburbios, 
como  «La  Nana,»  «Los  Pelos,»  «Don  Toribio,»  «Cela- 
ya,»  etc. 

La  pulquería  era  realmente  un  extenso  jacalón  de 
tejamanil,  en  forma  de  caballete,  de  treinta  varas  de  lar- 
go por  catorce  de  ancho,  sostenido  por  vigones  que  te- 
nían base  ó  sustentáculo  de  piedra. 

Tres  de  los  lados  de  este  jacalón  daban  al  aire  libre, 
y  en  el  fondo  había  un  respaldón  triangular  donde  te- 
nía su  asiento  la  negociación. 

En  uno  de  los  lados  de  este  triángulo  estaba  forma- 
do un  gran  cuarto  de  gruesos  tablones,  con  mesas  co- 
rridas y  asientos,  y  cerca  de  la  puerta,  con  vista  al  gran 
salón,  el  puesto  de  la  enchiladera. 

Al  pie  del  triángulo  ó  gran  cabecera  que  hemos  des- 


•      107 

crito,  se  levantaban  tres  ó  cuatro  tinas  de  pulque,  pin- 
tarrajeadas en  su  exterior  y  condecoradas  con  nombres 
propios  como  «La  Madre  Venus,»  «El  denlos  Fuertes,» 
«Fierabrás,»  etc.,  etc.,  dominando  las  tinas;  tendidas 
repisas  en  que  había  vasos  verdes  y  de  pepita,  cubos 
de  palo,  cajetes  y  cántaros  porosos. 

El  suelo  del  salón,  de  pura  tierra,  se  hallaba  perfec- 
famente  pisoneado,  terraplenado  y  apto  para  jugar  ra- 
yuela,  con  los  macizos  tejos  de  bronce  que  se  usaban 
entonces  para  el  efecto,  y  para  jugar  tuta  y  la  pitrina, 
que  exige  el  riego  de  monedas  por  el  suelo. 

A  los  pilares  se  ataban  los  caballos  de  los  concu- 
•  rrentes  ecuestres  y  solían  á  los  mismos  sujetarse  ga- 
llos que  atronaban  con  sus  gritos  el  recinto. 

Hombres,  mujeres,  chicos,  matanceros,  toreros,  fra- 
zadas, esclavinas,  barraganes  y  chaquetas,  se  revolvían 
formando  remolino  inquieto,  en  que  el  grito,  la  inju- 
ria, la  desvergüenza,  la  carcajada  y  la  blasfemia,  bro- 
taban sin  cesar,  alimentando  el  fervor  cajetes,  vasos  y 
tinas  del  licor  embriagante  de  Xóchitl. 

Al  rededor  de  la  enchiladera  se  agolpaba  aun  más 
inquieta  la  abigarrada  concurrencia. 

Pero  lo  supremo,  lo  tormentoso,  lo  matizado  de  todos 
los  colores,  el  gran  mosaico  popular,  se  reservaba  para 
el  cuartito  de  tablas;  el  músico  y  el  capellán  de  tropa, 
el  fraile  copetón  y  decidor,  el  ranchero  ladino,  el  lépe- 
ro resabioso  y  tremendo,  el  puñal  y  la  daga,  la  bandola 
y  la  baraja;  en  una  palabra,  todos  los  útiles  para  el 
desempeño  fácil  y  entusiasta  de  los  pecados  capitales. 


108 

Se  cantaban  canciones  obscenas,  ise  jugaban  albures 
con  barajas  floreadas,  se  hacía  campo  á  las  bailadoras 
del  dormido  y  del  malcriado;  en  una  palabra,  se  daba 
gusto  Satanás  en  aquel  conjunto  privilegiado  por  su 
estimación  y  carifio. 

Lucían  entonces  para  el  militar  los  deslumbradores 
entorchados  y  las  pintorescas  charreteras;  el  fraile  lu- 
cía los  pañuelos  de  puntas  de  chaquira  hechos  por  las 
delicadas  manos  de  las  hijas  de  confesión;  el  juez  os- 
tentaba su  bastón  con  borlas;  los  catrines  sus  vuelos 
encarrujados  y  sus  dolmanes  con  alamares;  los  charros 
sus  cueros  ricamente  bordados,  y  las  chinas  sus  encar- 
nados castores  sembrados  de  lentejuelas  como  estre- 
llas, sus  puntas  enchiladas  y  sus  zapatitos  color  de  es- 
meralda, con  mancuernas  de  oro  y  palabaja  á  raíz  de 
la  piel  de  pifión. 

Había  también  sus  fondas  ó  bodegones  al  aire  libre 
en  el  Portal  de  las  Flores,  bajo  los  arcos  del  portal^ 
consistentes  en  una  mesilla  con  su  mantel,  de  dudosa 
pureza;  su  farolillo  de  papel,  platos  y  vasos,  y  los  man- 
jares y  sus  accesorios  en  golosa  exposición;  en  uno  de 
los  extremos  de  la  mesa  había  un  anafe  con  lumbre, 
coronado  de  una  cazuela  enorme  en  que  armaba  es- 
cándalo perenne  la  manteca. 

Al  lado  de  la  manteca  estaba  estacionado,  con  su  de- 
lantal de  brin,  su  sombrero  de  palma  y  las  mangas  de 
la  camisa  remangadas,  el  pregonero  despachador, socio 
ó  propietario  de  la  portátil  negociación,  clamando  en 
son  de  canto  continuamente:  «Chorizones,  pollo,  fiam- 


109 

bre:  pasen  á  merendar. . .  Un  vaso  de  pulque  de  pina.» 

Los  concurrentes  y  consumidores  se  sentaban  en  ei 
quicio  de  las  puertas,  ó  en  petates  tendidos  en  el  sue- 
lo; allí  engullían,  carcajeaban  y  tenían  solaces  de  ban- 
quete,, no  sólo  la  gente  humilde  y  de  baja  clase,  sino 
el  medio  pelo  presuntuoso,  los  payos  pudientes  y  los 
ricachos  no  envanecidos  con  una  caprichosa  fortuna. 

Solían  acaso  verse  en  algunas  esquinas,  colosales 
ollones  con  una  luminaria  al  costado,  despidiendo  chu- 
fas, sirviendo  la  cavidad  de  la  olla  de  horno  de  pasteles 
y  empanadas,  que  también  anunciaba  un  tiznado  y  en- 
marañado vendedor,  gritando  desaforadamente: 

«¡A  cenar! ....  ¡A  cenar!  Pastelitos  y  empanadas. 
¡Pasen,  pasen  á  cenar!! » 

Los  gustos  alternaban  á  veces,  y  servían  de  estribi- 
llos á  viejos  indecentes  que  eran  la  delicia  de  la  gen- 
te del  bronce. 

El  colegio,  en  mi  calidad  de  alegre  y  desplanado  ca- 
pense; la  aduana,  en  mi  categoría  de  meritorio  despa- 
vilado  y  ladino;  la  calle,  con  mi  investidura  de  trovador 
callejero,  eran  las  tres  faces  de  mi  aperreada  existen- 
cia, que  bien  podía  tacharse  de  pobre  y  aventurera; 
pero  de  ninguna  manera  de  monótona. 

El  rector  de  mi  colegio  (San  Juan  de  Letrán)  era  el 
Dr.  D.  José  María  Iturralde,  personaje  de  gran  repre- 
sentación política,  tenido  por  sabio  y  hombre  de  gran 
elasticidad  para  el  manejo  de  los  negocios  mundanos, 
no  obstante  estar  ordenado  de  evangelio,  es  decir,  gra- 
duado de  sacerdote. 


110 

En  esa  época  estaba  cuasi  ciego;  pero  eso  no  le  im- 
pedía fomentar  é  introducir  estudios  mucho  más  avan- 
zados que  los  de  los  otros  establecimientos. 

Atendíanse  las  ciencias  matemáticas,  la  lógica  de 
Condillac;  pero  como  texto,  el  derecho  natural  de  Ha- 
rens;  allí  sostuvo  sus  primeras  campañas  contra  la  sus- 
picacia clerical,  enseñado  por  D.  Juan  J.  de  la  Garza, 
en  1850,  cuando  aun  no  se  recibía  de  abogado. 

Desgraciadamente  la  parte  administrativa  del  cole- 
gio no  tenía  los  mismos  connatos  de  adelanto,  ya  por- 
que la  escasez  del  erario  arreciaba,  ya  porque  el  co- 
razón del  rector  era  combustible*  como  el  fósforo,  y 
hospitalario  como  héroe  de  cuento  árabe,  tratándose 
del  bello  sexo. 

Aquella  inclinación  y  la  falta  de  vista,  hacía  que  las 
ovejas  de  aquel  pastor  no  se  le  alejasen,  como  exigía 
la  gravedad  de  su  cargo  de  director  y  ejemplo  de  la 
juventud. 

El  ajuar  de  salones  y  cátedras  era  desastrado;  los 
útiles  para  la  enseñanza  eran  inenarrables;  no  se  co- 
nocía ni  una  esfera,  ni  una  máquina  eléctrica  ni  por 
un  ojo  de  la  cara;  y  por  supuesto  que  han  quedado  co- 
mo típicos  de  la  época,  aquellos  fideos  que  culebrea- 
ban aislados  en  lagos  de  grasa;  aquellas  carnes  que  re- 
botaban en  el  plato  como  hule;  aquellos  frijoles  que 
pedían  á  la  caoba  su  color  y  dureza. 

Y  no  obstante  lo  que  apunto,  y  en  materia  de  des- 
gobierno y  desbarato,  me  callo;  tenía  mi  colegio  cierto 
viso  de  civilización  adelantada,  cierta  propensión  al 


111 

cultivo  de  la  buena  literatura,  cierta  tendencia  á  las 
discusiones  políticas,  en  el  sentido  liberal,  y  sobre  to- 
do, ciertos  colegiales  notables  por  su  talento  y  erudi- 
ción que  lo  hacían  un  establecimiento  realmente  pro- 
gresista. 

Y  ahora  que  de  progreso  se  trata,  recuerdo  que  en 
uno  de  los  días  de  ese  año  de  1833,  y  pasando  por  la 
calle  de  Zuleta,  me  llamó  la  atención  un  grupo  de  gen- 
te que  se  apiñaba  curiosa  á  la  puerta  de  un  amplio  za- 
guán, y  mirando  para  un  gran  patio;  penetré  con  tra- 
bajo, y  quedé  sorprendido  á  la  vista  de  una  maquinita 
pequeña  con  figura  como  de  cilindro  con  ruedas  que 
recorría  sola,  y  como  por  milagro,  el  cuadrado  de  rie- 
les puestos  en  el  suelo  del  patio.  Era  el  ferrocarril 
acabado  de  descubrir  en  Inglaterra,  y  traído  á  Méxi- 
co en  miniatura,  no  recuerdo  por  quién.  ¿Quién  ha- 
bía de  presumir  siquiera  la  revolución  estupenda  que 
iba  á  operar  aquel  juguete  en  la  humanidad? 

El  perpetuo  deterioro  de  mi  equipo,  mi  exagerado 
orgullo,  ó  lo  que  me  atraían  y  entretenían  las  costum- 
bres del  bajo  pueblo,  me  llevaban  por  barrios  y  veri- 
cuetos, por  los  lugares  más  apartados  y  desconocidos 
de  la  sociedad. 

Muy  mal  parada  y  desatendida  está  la  pobrecilla 
Sultana  de  los  lagos,  como  llaman  los  poetas;  pero  en 
aquella  época  ofrecía  en  sus  barrios  espectáculos  bár- 
baros y  repugnantes. 

No  hay  colores  para  pintar  por  la  parte  Oriente  aquél 
Juil,  aquel  Puente  del  Pipis,  aquellos  alrededores 


112 

de  la  Candeiarita,  con  sus  ciénagas  inmundas,  sus  pra- 
dos de  verde  yerba,  con  sus  hombres  tendidos  en  ella 
y  reclinados  en  las  faldas  de  sus  mujeres,  entre  llu- 
vias de  harapos  ó  parodiando  insolentes  á  nuestros 
primeros  padres;  aquella  Espalda  déla  Soledad  de  San- 
ta Cruz  y  avenida  de  la  Santa  Escuela. 

Al  opuesto  lado,  la  lóbrega  plazuela  de  Mixcalco, 
con  su  triste  tradición  de  los  ahorcados. 

Zanjas  rebosando  inmundicia,  anchos  caños  sem- 
brados de  restos  de  comida,  ratas  despachurradas  y  al- 
gún can  sacando  los  dientes,  muerto,  reventado  por  la 

cabalonga;  muladares,  ruinas  de  adobe en  medio 

de  un  llano;  San  Lázaro  con  su  capilla  humilde  y  sus 
enfermos  carcomidos,  y  dejando  sus  huesos  al  descu- 
bierto con  sus  ojos  espantados  ribeteados  de  encar- 
nado. 

Siguiendo  al  Norte:  remolino  de  callejones,  casucas 
en  fuga,  puertas  enanas,  ventanas  maliciosas  con  ato- 
lerlas  obscuras  llenas  de  humo,  con  el  envigado  casi 
flotando  en  aguas  pútridas;  mujeres  medio  desnudas 
sobre  el  metate,  muchachos  en  cueros  vivos  gateando 
ó  arrastrándose,  jaurías  de  perros  sarnosos,  hambrien- 
tos, era  como  la  degradación  del  aduar. 

Avanzando,  estaban  los  alrededores  de  la  capilla  de 
Manzanares,  que  hizo  célebre  Garatuza,  y  la  encrucija- 
da de  «Pita  Azul,»  nidos  del  tifo,  escondite  de  los  hijos 
sacrilegos  y  confidente  de  los  amoríos  de  los  Reveren- 
dos padres  de  la  Merced;  todo  ceñido  ó  limitado  por 
las  acequias  con  sus  curtidurías  pestilentes,  sus  puen- 


118 

tes,  sus  depósitos  de  frutas  y  verduras,  sus  canoas  y 
chalupas,  sus  indias  enredadas,  sus  indios  desnudos 
y  su  idioma  musical  y  quejoso,  perdiéndose  entre  los 
gritos  y  desvergüenzas  de  regatones  y  cargadores. 

Solían  interrumpir  la  monotonía  asquerosa  de  esos 
vericuetos,  ya  un  pleito  de  gallos,  ya  un  juego  de  píti- 
ma ó  rayuela,  ya  un  pico  de  pilludos  desertores  de 
la  escuela,  ya  el  roncar  de  un  marrano  dichoso,  ya  el 
pastar  de  un  caballo  tísico  ó  de  una  vaca  escuálida  en 
una  rinconada. 

Apenas  recordaban,  en  aquellos  hacinamientos  de 
especie  humana,  las  existencias  del  trabajo,  algún  za- 
patero con  la  espalda  al  viento, gran  rosario  atravesado 
bajo  el  arca,  espeso  mechón  de  cabellos  colgando  so- 
bre la  frente,  su  banquillo  tripié,  su  mesa  mugrosa  con 
la  herramienta  y  el  trasto  del  engrudo,  su  perro  plei- 
tista y  su  jarro  de  pulque  al  lado. 

Ó  un  tejedor  echado  de  bruces  sobre  el  telar,  ó  un 
fabricante  de  sillas  de  tule,  sentado  en  el  suelo  con 
un  formón  apoyado  en  el  dedo  gordo  del  pie,  forman- 
do esas  sillas  cuya  grandeza  hemos  admirado  en  el 
Café  del  Sur. 

Había  en  esos  laberintos  casas  de  vecindad  con  sus 
amplios  patios,  distinguidos  ya  con  una  higuera,  ya  con 
un  granado  ó  varios  floripondios;  sus  arriates  con  mas- 
tuerzo, chícharo  y  albahaca;  en  los  aires,  flotando  en 
varios  tendederos,  calzones  y  camisas  desgarrados; 
en  los  suelos  petates  desbaratados  y . . . .  demás,  en  la 
puerta  un  gallo,  en  el  interior  perro  y  gato,  en  el  fon- 


114 

do  una  lamparilla  ardiendo  á  la  Virgen  de  la  Soledad, 
á  San  Juan  Nepomuceno  ó  á  San  Antonio,  divinidades 
que  la  brillaban  en  materia  de  milagros. 

Lo  que  descollaba  como  característico  en  este  ba- 
rrio, era  la  célebre  casa  de  las  inditas  en  sus  fronte- 
ras, y  cuando  dejando  á  un  lado  los  callejones  del  Ar- 
mado y  otros,  no  existía  la  amplia  calle  de  la  Veróni- 
ca, ni  la  fábrica  de  gas,  ni  tantas  otras  cosas  que  han 
cambiado  la  fisonomía  de  aquellos  rumbos.  La  casa  de 
las  inditas  merece  descripción  especial,  y  me  propu- 
se hacerla  después  cuando  la  visité  y  estuve  en  unión 
de  Ignacio  Ramírez,  mi  hermano  y  mi  querer,  en  la 
época  que  nos  propusimos  escribir  «Los  Misterios  de 
México,»  tarea  de  que  prescindimos  por  razones  que 
sabrá  el  lector. 

La  gente  de  esos  barrios,  que  no  se  puede  decir  que 
vestía,  porque  no  se  debe  calificar  el  harapo  de  vesti- 
do, hacía  gran  consumo  de  los  estampados  de  Barrón 
y  de  Iglesias,  de  los  rebozos  y  paliacates;  senos  descu- 
biertos en  toda  su  amplitud,  hombres  en  calzoncillo  y 
con  medio  cuerpo  desnudo. 

La  jerguetilla  para  el  trabajo,  el  castor  para  la  pro- 
vocación y  el  lujo,  el  sombrero  de  paja  grosera  para 
los  pobres,  el  de  "panza  de  burro"  para  marcar  el  pri- 
mer grado  de  civilización. 

Solían  atravesar  aquellas  calles  chinitas  de  zapato 
verde  de  raso  y  banda  de  burato,  camisa  descotada 
con  randas  y  chaquira:  pero  ya  era  la  querida  de  un 
cómico  ó  de  un  procer;  ya  persona  que  tenía  título  re- 


115 

ligioso,  como  la  Guardiana  ó  la  Priora;  ya  muchachas 
del  uganado  bravo,"  las  que  ahora,  con  el  progreso  in- 
telectual y  científico,  se  han  llamado  "hetairas  y  hori- 
zontales." 

Por  aquellos  tiempos  absorbió  la  atención  y  enlo- 
queció á  México  el  anuncio  de  la  ascensión  aereostá- 
tica  de  Adolfo  Teodore. 

Hiciéronse  lenguas  los  periódicos,  explicando  el  pro- 
digio; en  bandadas  corría  la  gente  á  procurarse  bole- 
tos. Madama  Adela,  modista  única  de  cierta  nombra- 
día,  reformó  su  taller,  y  zargas  y  encajes  raros  y  puntos 
riquísimos  engalanaban  los  mostradores,  ofreciendo 
con  las  joyas  todas  las  magnificencias  del  lujo. 

En  los  alrededores  de  la  Plaza  de  San  Pablo,  lugar 
en  que  debía  verificarse  la  ascensión,  se  improvisaban 
barracas  y  jacalones  para  fondas,  pulquerías  y  ven- 
dimias. 

En  los  edificios  vecinos  ú  la  gran  Plaza,  se  veían  am- 
plísimos toldos  de  brin  y  de  lona,  bajo  los  cuales  se 
distinguían  hileras  de  sillas,  bancas  y  gradas,  que  ocu- 
pó gentío  inmenso,  convirtiendo  en  salones  las  azoteas. 

El  día  señalado  ofrecía  un  conjunto  encantador. 

Gradas  y  lumbreras,  cuartones  y  tendidos  hormi- 
gueaban de  gente  que  parecía  precipitarse  en  catara- 
tas verdaderas  desde  las  alturas. 

La  función  estaba  citada  para  las  once  de  la  maña- 
na; en  el  centro  de  la  plaza,  y  en  un  cuadrado  de  vigas, 
estaba  el  aereonauta,  rubio,  delgado  y  de  mejillas  en- 
cendidas; había  en  el  suelo  un  hornillo  y  se  levantaba 


116 

más  alto  que  la  plaza  un  monstruoso  globo  encarnado 
que  tambaleaba  perezoso,  recibiendo  el  gas,  y  se  bam- 
boleaba preso  en  su  red  inmensa  á  impulso  del  viento. 

En  la  extensa  plaza  brillaban  las  hermosas  con  sus 
tocados  de  pluma,  sus  perlas  y  brillantes  en  el  cuello, 
sus  vestidos  de  punto  ó  de  tela  riquísimos. 

En  gradas  y  palcos  lucían  los  vistosos  uniformes  de 
militares,  los  fracs  áridos  color  de  pasa  y  vefdes  con 
botones  dorados,  de  los  paisanos;  hábitos  y  mantas,  tra- 
jes talares  de  colegiales  y  trajes  de  payos,  cortesanos 
con  sus  cueros  bordados  de  oro  y  plata,  sus  chalecos 
blancos  y  sus  calzoneras  de  paño  riquísimo. 

La  propagación  del  traje  negro,  la  ropa  hecha,  la 
uniformidad  de  las  importaciones,  han  robado  sus  pre- 
ciosos matices  á  esas  reuniones,  que  realzadas  por 
nuestra  luz  vivísima,  animadas  por  gritos  de  vendi- 
mias y  dándoles  alegría  las  músicas  marciales,  eran 
encantadoras. 

La  inflazón  del  globo  no  llegó  á  verificarse  por  más 
que  se  hicieron  prodigios.  Los  empresarios  dieron  or- 
den de  que  nadie  saliese,  lo  que  puso  en  familia  á  la 
concurrencia;  pero  después  asomó  su  cara  el  fastidio, 
se  hizo  sentir  el  hambre,  y  el  sitio  fué  "atroz.  El  con- 
trabando aprovechó  la  ocasión:  valía  una  naranja  un 
peso,  y  un  peso  un  cucurucho  de  almendras. 

Los  pollos  insolventes  como  yo,  pasaron  increíbles 
agonías. 

Por  fin,  el  globo  no  subió,  la  gente  se  retiró  mohína 
y  Adolfo  Teodore.  después  de  bien  silbado  y  de  arrojar 


117 

sobre  su  globo  cascaras  y  basuras,  tuvo  que  esconder- 
se para  no  ser  víctima  de  la  ira  del  pueblo  contra  el 
volador. 

El  café  de  «El  Águila  de  Oro,»  en  que  no  había  fija- 
do la  atención,  y  era  el  emporio,  el  palenque  y  el  re- 
ceptáculo de  los  escoceses,  ardía  con  las  noticias  del 
pronunciamiento  de  Cuernavaca,  la  venida  de  un  nue- 
vo congreso,  la  dictadura  de  Santa-Anna  y  poco  des- 
pués su  campaña  de  Zacatecas. 

Entonces  oí  hablar  por  primera  vez  de  D.  Fernando 
Calderón,  poeta  ya  afamado,  que,  como  coronel  de  guar- 
dia nacional,  se  había  portado  heroicamente  en  la  ac- 
ción de  Guadalupe,  de  la  que  salió  mortalmente  heri- 
do de  un  machetazo  en  el  cráneo  que  mucho  le  hizo 
padecer. 

Como  á  pesar  de  mis  inclinaciones  poderosas  de  dul- 
ce famiente  y  á  la  sociabilidad,  la  mano  helada  de 
la  pobreza  me  despertaba  de  mis  sueños,  no  solo  asistía 
puntual  á  mi  oficina,  sino  que  estudiaba  con  afán  y 
me  procuraba  pequeños  arbitrios,  porque  como  otra 
Belice  era  un  objeto  privilegiado  de  la  codicia  de  los 
ingleses. 

Estas  diligencias  para  cubrir  el  presupuesto,  me  lle- 
varon como  escribiente  al  estudio  del  padre  D.  Basilio 
Arrillaga,  personaje  prominente  del  partido  clerical 
y  verdadero  oráculo  para  las  decisiones  eclesiásticas. 

Era  el  padre  Arrillaga  hombre  de  más  de  cincuen- 
ta años  cuando  le  conocí;  alto,  blanco,  rosagante  y  de 
ojos  negros  y  mundanales. 


118 

Fungía,  entre  otros  encargos,  como  capellán  de  Santa 
Brígida;  poseía  una  riquísima  biblioteca;  era  su  pala- 
bra fácil,  apasionada  y  campanuda,  y  su  erudición 
realmente  asombrosa. 

Distinguíame  con  particular  afición,  me  hacía  leer 
la  Biblia  y  los  Santos  Padres  con  asiduidad  inverosí- 
mil, y  era  de  ver  mis  saltos  de  la  casa  del  sabio  jesuí- 
ta á  la  de  mi  bienhechor  Quintana  Roo,  donde  Here- 
dia,  Zavala.  Rodríguez  Puebla  y  otros,  olían  á  azufre  á 
legua  y  dejabansin  caraen  que  persignarse  á  San  Cons- 
tantino y  á  Gregorio  VII,  á  San  Ignacio  de  Loyola  y  á 
San  Pedro  Arbués. 

Algunos  versos  que  publiqué  en  «El  Sol»  y  «El  Cos- 
mopolita» con  motivo  de  la  frustrada  ascensión  de  Adol- 
fo Teodore,  renovaron  mis  relaciones  con  la  alta  sociedad 
que  me  había  favorecido  y  me  hacía  flotar  entre  las  ter- 
tulias de  Gofti,  Ángulo,  Lombardo,  Echeverría,  del  Lie. 
Pérez  Rivas,  Heredia,  Bonilla  y  los  Generales  Parres, 
Gutiérrez  y  otros,  y  los  bailecitos  caseros  de  vivienda 
interior  ó  de  barrios  lejanos  del  centro,  y  las  Profesio- 
nes y  Can  tamisas  á  que  me  indilgaba  el  Padre  Arrillaga. 

¡Oh,  cuan  lindo  es  el  despertar  del  sentimiento  en  el 
alba  de  la  vida!  ¡Oh,  cuan  hermoso  y  bello  es  el  campo 
de  luz  que  deja  caer  el  ángel  de  la  niñez  al  besar  pia- 
doso la  frente  del  joven  que  le  vuelve  la  espalda  des- 
lumhrado con  la  hermosura  de  la  mujer! 

En  ese  año  de  34  conocí  á  mi  María  idolatrada,  á  la 
María  de  mi  alma.  .  .  . 

Fué  para  mí  como  una  aparición;  la  vi  como  aque- 


119 

Ha  estrella  de  mar  que  deja  la  tempestad  sobre  una  ro- 
ca, de  que  habla  Víctor  Hugo. 

Todo  lo  que  sentía  en  mi  alma  de  luminoso,  de  tier- 
no, de  perfumado  y  santo,  encontró  forma  en  la  fiso- 
sonomia  de  aquella  niña . . . .  sobre  cuyo  nombre  caen 
ahora  después  de  cincuenta  años  mis  lágrimas,  mis 
bendiciones  y  mis  besos 

Voy  á  narrar  este  acontecimiento,  por  la  influencia 
decisiva  que  tuvo  en  mi  vida. 

Entre  los  paseos  populares  que  en  aquella  época  te- 
nían gran  boga  en  laPascua  de  EspírituSanto,erael  pa- 
seo de  Belén,  ó,  más  propiamente  hablando,  del  Pradito 
de  Belén» 

El  teatro  de  este  paseo  campestre  era  un  extenso 
potrero  vecino  de  Belén  de  las  Mochas  y  de  la  Santa 
Casa  de  Ejercicios,  rompiendo  la  continuidad  de  tan 
santos  lugares  una  cerca  de  jacales  miserables  que  pa- 
recía como  guareciéndose  de  la  intemperie  á  la  entrada 
de  la  llanura,  formando  calle. 

Las  vacas  y  las  cabras  y  borregos,  con  inesperada 
cortesía,  se  aislaban  al  extremo  del  potrero,  dejando  el 
campo  libre  á  los  paseantes,  que  eran  en  gran  número. 

Fecundos  matrimonios  con  numerosa  prole,  y  la  se- 
ñora diciendo  con  su  aspecto  suma  y  sigue;  los  chi- 
cos con  sus  papelotes  6 palomas.  Artesanos,  empleados 
de  poca  fortuna,  niñeras,  sacristanes  y  peladaje  arris- 
cado con  sus  guitarras  y  bandolones,  arpas  y  dulzaina 
para  armar  fandangos  al  aire  libre. 

Había  sus  catrines  cazadores,  disfrazados  con  sendos 


120 

jorongos  y  anchos  sombreros,  en  pos  del  amor  barato; 
colegiales  que  se  hacían  los  filósofos  con  sus  esclavi- 
nas de  bayeta,  calzado  bolsudo  y  su  descuadernado 
equipo,  reclinados  en  la  verde  yerba,  siendo  de  adver- 
tir, que  ni  un  árbol,  ni  una  planta,  ni  un  arroyo  inte- 
rrumpían la  tersura  del  verde  tapiz. 

Vendedoras  de  tamales  de  chile,  de  dulce  y  de  ca- 
pulín; tapabocas  y  bollitos  de  á  ocho,  cajones  con  pon- 
teduros, pinole  ó  garbanzos  tostados,  charamuscas  y 
muéganos,  hacían  invitar  al  apetito  y  al  gusto  de  la 
infancia;  maromeros  con  sus  pitas,  toros  do  cuero,  mo- 
nitos  de  vidrio  que  arrojaban  agua  ó  ciertos  pequeños 
cilindros  de  badana  con  una  abertura  chillona  y  coro- 
nados por  un  periquito  de  barro,  que  era  un  primor. 

En  bandadas  los  muchachos,  afectos  á  la  igualdad, 
invadían  los  praditos,  y  aquellas  eran  carreras  y  ma- 
chincuepas, juegos  y  riñas. 

De  modo  que  en  ciertos  momentos,  los  papelotes  vo- 
lando, los  músicos  alegrando  el  viento,  los  bailadores 
desporrondingándose  de  alegría,  los  vendedores  pre- 
gonando sus  vendimias  y  los  chicos  y  los  canes  saltan- 
do y  correteando,  daban  aspecto  animadísimo  al  cuadro 
decorado  en  lontananza  por  nuestras  inmensas  cordi- 
lleras del  Oriente  y  el  Sur,  nuestros  volcanes, nuestros 
lagos  y  nuestras  pintorescas  arboledas. 

Por  supuesto  que  yo  me  desmorecía  por  semejan- 
tes fiestas;  así  es  que,  dejar  la  aduana,  mal  comer  y  par- 
tir como  flecha  al  Pradito,  lo  hacía  en  menos  de  lo  que 
diera  un  estornudo. 


121 

Era  el  segundo  día  de  la  fiesta:  con  mi  inseparable 
capotillo,  leve  como  gasa  y  casi  transparente;  mi  Chan- 
treau  bajo  el  brazo,  descuadernándose;  ligero,  riente 
y  rico  de  bienestar  y  alegría,  atravesé  la  ciudad  y  me 
encontré  en  las  calles  de  San  Juan,  donde  se  percibía 
por  los  papelotes,  borregos  y  grupos  de  familia,  la 
afluencia  de  gente  animadora  del  Pradito. 

La  calledeSan  Juan,consus  recauderías  y  vendimias 
en  las  esquinas;  su  tránsito  de  lavanderas,  artesanos 
y  chicas  flotantes;  sus  carnicerías  y  boticas,  sus  pul- 
querías y  figones  en  gran  número,  siempre  fué  de  mi 
predilección. 

Caminaba  saludando  cariñoso  al  médico  Torices  en 
su  balcón;  á  los  chatos  Flores,  ricos  propietarios  del 
barrio;  á  D.Pablo  Córdova, circunspecto  mayordomo  de 
San  Juan;  á  D.  Mariano  Lis,  boticario  sin  segundo,  y  á  las 
chicas  y  amigos  para  quienes  era  un  terrón  de  amores. 

Había  llovido;  la  acera  oriental  de  la  calle,  con  sus 
puertecitas  como  cuevas,  sus  balcones  al  alcance  del 
brazo  y  sus  atolerías  sucias  y  desmanteladas,  estaba 
intransitable;  la  banqueta  llena  de  lodo,  angosta,  de  no 
cabercómoda  más  que  una  persona,  y  con  las  losas  flo- 
jas y  desequilibradas,  hacían  el  camino  intransitable. 

Aun  no  se  levantaba  airosa  la  casa  esquina  de  las 
Vizcaínas,  que  hoy  llama  la  plebe  seis  de  copas;  aun 
no  se  desplegaba  la  balconería  que  da  la  espalda  al  Ca- 
llejón de  San  Ignacio,  cuartel  general  de  pecados  mor- 
tales, ni  el  baño  de  Tumbaburros  abría  sus  amplias 
puertas  á  la  gente  de  piedra  y  tendedero. 


122 

Caminaba  bobeando  y  viendo  para  todos  lados,  cuan- 
do llamó  mi  atención  en  uno  de  los  balcones  de  sobre 
la  Panadería  de  San  Juan,  una  niña  de  doce  años  á  lo 
más,  que  daba  á  una  colosal  muñeca  que  tenía  en  el 
brazo,  cuenta  de  lo  que  se  veía  en  la  calle:  yo  me  fijé 
en  ella,  y  viéndola,  viéndola,  perdí  el  equilibrio,  trastra- 
villé,  abrí  los  brazos  y  caí,  regándose  como  chorro  las 
hojas  de  mi  Chantreau. 

Corrido  y  amostazado  alcé  la  vista,  y  la  chica  con 
su  muñeca  reía  tan  ingenuamente,  tan  de  buena  gana, 
que  desarmó  mi  cólera. 

Sin  vacilación,  y  por  un  movimiento  maquinal,  me 
senté  en  el  suelo,  y  con  el  mayor  desparpajo  reuní  las 
hojas  de  mi  libro,  las  ordené  y  apreté  la  pasta  infiel: 
pero  esto  en  medio  de  las  risas  de  la  chica,  correspon- 
didas por  mí  con  la  más  sincera  alegría. 

Era  la  niña  de  hermosas  facciones,  de  dentadura  que 
hacía  luz  cuando  desplegaba  los  labios,  y  de  unos  ojos 
negros  y  brillantes,  sobre  todo  lo  imaginable  en  pun- 
to á  expresión  de  ternura. 

Seguí  mi  camino;  pero  aquella  aparición,  aquella 
impresión,  fué  para  mí  profunda  é  imborrable. 

Indagué  curioso,  y  supe  que  se  trataba  de  una  niña 
de  opulentísima  fortuna  que  residía  frecuentemente 
en  una  de  las  haciendas  de  su  padre,  quien  retraído 
con  las  preocupaciones  de  la  riqueza,  el  apartamiento 
campestre  y  cierta  aspereza  intolerante  unida  á  la  tem- 
prana edad  de  la  niña,  recibiría  pésimamente  al  coplero 
desdichado,  quien  sembraría  de  espinas,  con  sus  galán- 


123 

teos,  la  senda  feliz  que  pisaba  la  señora  de  sus  pensa- 
mientos. 

Desde  entonces,  aunque  seguí  flotando  á  merced  del 
oleaje  de  mi  caprichosa  fortuna,  en  mis  horas  de  an- 
gustia y  amargura  me  parecía  ver  un  punto  luminoso 
que  brotaba  en  aquella  tiniebla  que  irradiaba  y  se"  ex- 
tendía vaporoso  y  celeste  y  que  me  descubría  aquel 
semblante  risueño,  como  una  esperanza  cierta  de  ven- 
turoso porvenir. 

Desde  entonces  aquel  recuerdo  era  para  mí  como  un 
oratorio  escondido  y  silencioso  al  que  me  retiraba  re- 
verente á  tener  mis  conferencias  con  una  divinidad  des- 
conocida y  piadosa,  á  poner  sobre  su  altar  cuanto  mi 
inteligencia  producía  de  más  aromático  y  divino:  era 
aquel  recuerdo  como  una  altura  desde  donde  abarca- 
ba horizontes  deliciosos  y  recreaba  mi  mente  con  el 
rnirage  de  otra  existencia,  aérea,  ideal,  fantástica  y  an- 
gélica! 

La  aparición  risueña,  yo  la  dictaba  de  lo  más  per- 
fecto que  podía  concebir  en  mi  espíritu,  y  sin  saberlo 
yo,  nacía  en  mí  ese  ideal  divino  sin  el  que  las  más  al- 
tas aspiraciones  del  hombre  son  rastreras  y  sin  el  que 
la  poesía  muere  en  su  tallo  sin  colorido  y  sin  aroma. 

Desde  entonces  un  elemento  puro  de  bien  y  de  gran- 
deza tuvo  forma  delicada  y  bella  á  mis  ojos,  que  se  me 
aparecía  en  las  sendas  peligrosísimas  que  recorría,  se- 
ñalándome bienhechora  el  buen  camino¿ 

Comenzaron  los  osos.  La  chica  se  cuidaba  bien  po- 
co de  mis  asiduas  centinelas;  los  vecinos  curioseaban, 


124 

las  muchachas  de  mi  conocimiento  reían,  y  como  la  ca- 
sa de  la  niña  era  casa  de  comercio  y  los  dependientes 
canes  celosos  que  guardaban  su  entrada,  no  era  fácil 
ocurrir  á  su  aguador  condescendiente,  ni  á  mercachifle 
codicioso,  ni  á  vieja  contemporizadora,  ni  á  vehículo 
alguno  para  comunicar  mis  ansias. 

Me  decidí  á  escribirla. 

Mis  lecturas  bíblicas,  mi  ingenua  admiración  por  los 
místicos,  mi  pasión  por  el  modo  de  decir  de  Heredia, 
hacían  del  mío  un  estilo  tan  parabólico,  tan  exagerado 
y  conspicuo,  que  me  da  vergüenza  acordarme  de  aque- 
lla primera  carta. 

En  fin,  la  escribí;  esperé  á  que  se  cerrara  la  nego- 
ciación, plíseme  resuelto  al  pie  del  balcón,  pedí  un  hi- 
lo conductor  de  mi  carta y  así  comenzaron  mis 

primeros  amores. 

Tan  luego  como  se  percibió  papá  suegro  de  mis  so- 
licitudes, después  de  llamarme  poetilla  y  trapiento,  de 
augurar  que  moriría  con  un  plato  en  la  barriga  en  un 
hospital,  etc.,  etc.,  el  día  menos  pensado  se  llevó  á  la  fa- 
milia á  la  hacienda,  como  para  saldar  cuentas  brusca- 
mente. 

He  ahí  que  yo  en  monos  que  canta  un  gallo  fingí  en 
mi  magín  un  castillo  feudal  con  su  señor  come  gente 
y  rabioso,  sus  vasallos  serviles,  y  yo  me  gradué  de  tro- 
vador sentimental  con  la  lira  entre  las  manos  al  pie 
del  alto  muro^  entonando  las  endechas  más  tiernas  y 
sentidas  al  resplandor  de  la  luna  y  al  murmurar  que- 
joso de  las  ondas  apacibles  del  lago. 


125 

Sea  como  fuere,  el  deseo  de  contraponer  á  la  bestial 
riqueza  de  mi  adorada,  algo  de  alguna  valía,  me  hizo 
estudiar  más  asiduamente  literatura  y  buscar  el  con- 
tacto de  los  periodistas,  con  la  esperanza  de  que  mi 
nombre  llegase  alguna  vez  á  los  oídos  de  María, 

La  fortuna  me  deparó  ambas  oportunidades. 

Luis  Martínez  áe  Castro  me  presentó  en  una  reu- 
nión de  literatos  y  poetas  en  ciernes,  y  no  recuerdo 
quién  en  el  mundo  periodístico. 

Vivía  entonces  en  la  calle  de  las  Escalerillas  núm.  2 
el  Sr.  D.  Francisco  Ortega,  distinguido  literato,  hábil 
periodista  y  versificador  fácil  y  correcto. 

Inmaculado  en  su  manejo  como  hombre  y  empleado 
público,  se  hacía  muy  respetable  como  ejemplar  pa- 
dre de  familia. 

Tenía  cinco  hijos:  Eulalio,  Francisco,  Aniceto,  Lá- 
zaro, Crescencio,  y  una  niña  Isidorita  que,  andando  el 
tiempo,  fué  digna  esposa  del  Dr. Lucio;  era  la  familia  un 
ramo  de  inteligencias  preciosas,  y  un  alhajero  de  joyas 
de  virtud. 

El  Sr.  Ortega  y  la  señora  su  esposa  se  habían  consa- 
grado con  religioso  empeño  á  la  educación  de  sus  hi- 
jos, y  para  crearles  atractivos  dentro  de  su  casa  mis- 
ma, les  había  procurado  una  mesita  de  billar  y  otras 
distracciones,  como  la  música.  Con  sagacidad  benéfica 
había  atraído  á  su  casa  jóvenes  que  cultivaban  con 
aprovechamiento  las  letras  y,  por  último,  había  esta- 
blecido una  imprenta  en  los  bajos  de  la  casa,  para  que 
sus  hijos  aprendieran  ese  arte:  de  suerte  que  deste- 


126 

irado  el  ocio,  con  encantos  el  trabajo,  la  amistad  con 
su  pureza,  la  música  con  sus  seducciones,  y  con  la 
amabilidad  y  sabiduría  la  señora  y  el  Sr.  Ortega,  con- 
currían con  el  mejor  éxito  al  perfeccionamiento  de  la 
educación  de  los  chicos. 

Formaban  la  amena  tertulia  de  la  casa  de  Ortega, 
Luis  Martínez  de  Castro,  que  murió  como  héroe  en 
Churubusco;  Antonio  Larrañaga,  que  entonces  á  los 
diez  y  seis  años  comentaba  á  Tácito,  asombrando  á 
los  mas  eruditos; un  joven  Silva,  elocuentísimo, que  fué 
después  sacerdote;  Ignacio  Rodríguez  Galván,  obscuro 
dependiente  de  su  tío  el  librero  I).  Mariano  Galván  y 
que,  advenedizo,  me  santificaba  y  corregía  para  hacer- 
me digno  de  mis  amigos. 

Martínez  de  Castro  era  hijo  de  un  probo  Magistra- 
do de  la  Corte  de  Justicia,  honra  de  nuestro  Foro  y 
hermano  de  Petrita  Martínez  de  Castro,  esposa  del  Ma- 
yorazgo Guerrero,  reputado  como  joya  de  la  alta  socie- 
dad mexicana. 

Martínez  de  Castro  tendría  entonces  diez  y  seis  años; 
era  bajo  de  cuerpo,  ancho  de  espalda,  de  ojos  saltones 
y  nariz  roma,  escaso  en  palabras,  reservado  y  discre- 
to, de  moral  severísima,  pulcro  en  su  vestido  y  sus 
palabras,  estudioso  y  lleno  de  bondad  para  cuantos  le 
trataban. 

Había  estado  en  la  escuela  conmigo;  aprendió  mate- 
máticas, con  aprovechamiento,  con  D.  Manuel  Castro,  y 
era  orgullo  de  su  maestro  D.  Juan  Palacios,  en  cuanto 
á  la  posesión  perfecta  del  inglés. 


127 

Y  aquel  carácter  que  parecía  concentrado  y  repe- 
lente, y  aquel  joven  delante  del  cual  no  nos  atrevía- 
mos á  dar  suelta  á  la  sin  hueso  con  las  desviaciones 
permitidas  á  la  edad,  era  no  obstante  sarcástico,  fes- 
tivo y  juguetón  con  la  pluma,  dándose  después  á  co- 
nocer por  los  artículos  humorísticos,  entre  los  cuales 
el  titulado  Don  Pomposo  Rimbomba  le  granjeó  una 
reputación  elevada,  y  caracterizó  á  I).  José  Ma  Tornel, 
ministro  de  Santa-Anna. 

Larraftaga  era  chiquitín,  cabezón,  pálido,  nariz  de 
pico  de  águila.  Tenía  un  barragancillo  verde  y  un  sor- 
bete desmesurado  como  para  corregir  y  aumentar  su 
exigua  humanidad. 

Leía  sin  descanso,  y  sabía  mucho  y  fundamental- 
mente. Su  familia,  de  tradiciones  muy  aristocráticas  y 
piadosas  (Flores  Alatorre),  bien  habría  querido  verlo 
un  Santo  Padre  de  la  Iglesia;  pero  aquel  carácter  era 
muy  independíente  y  muy  resuelto:  entró  al  Colegio 
de  Jesús,  se  apasionó  de  Olaguíbel,  de  Couto,  de  Mo- 
ra y  de  Farías,  devoró  á  los  enciclopedistas,  á  Voltai- 
re,  á  Rousseau  y  compañía,  remató  para  él  y  su  espíritu 
la  revolución  francesa  que  sabía  de  memoria,  se  iden- 
tificó con  sus  hombres  y  se  impuso  á  los  liberales  más 
avanzados  en  ideas,  cuando  apenas  tendría  quince  años. 

La  caída  de  Farías  lo  tenía  como  loco;  asistía  á  las 
discusiones  de  la  Cámara,  y  desde  la  galería  desmen- 
tía á  los  diputados  serviles,  lanzándole  del  recinto  los 
policías. 

Muchas  veces,  de  resultas  de  una  de  esas  discusio- 


128 

nes,  caía  en  cama  y  en  ella  pedía,  en  medio  de  sus  do- 
lores, papel  y  tinta  para  contestar  al  diputado  que  le 
había  producido  el  derrame  de  bilis. 

Formaban  contraste  en  aquella  naturaleza  raquíti- 
ca, sus  gigantescos  planes  políticos  y  sus  proyectos  de 
transformación  social,  como  él  decía. 

Larraüaga  murió  muy  joven,  murió  despedazado  por 
su  cerebro,  murió  como  caen  esos  muros  que  se  le- 
vantan sobre  las  raíces  de  árboles  gigantescos  que  los 
cuartean,  y  derriban  el  obstáculo  á  su  desarrollo  y 
engrandecimiento. 

Hagamos  que  dé  su  grito  de  presente,  en  esta  revis- 
ta, Ignacio  Rodríguez  Galván. 

Era  nativo  de  Tizayuca,  poblacho  del  rumbo  de  Pa- 
chuca,  dotado  de  tres  monumentos  que,  si  no  le  daban 
celebridad  alguna,  le  valieron  el  nombre  y  los  honores 
de  pueblo. 

Estos  tres  monumentos  eran  una  iglesia  que  servía 
á  las  mil  maravillas  para  esquilmar  y  embrutecer  á 
los  indios.  Tenía  tienda  en  que  el  chinguirito  hacía  el 
principal  papel  y  las  atarrias  y  aparejos  figuraban  en- 
tre los  comestibles;  y  una  pileta  con  agua  salobre  pa- 
ra gentes  y  bestias,  á  la  que  llegaban  ansiosas,  y  se  re- 
tiraban haciendo  gestos  los  consumidores. 

El  aspecto  de  Ignacio  era  de  indio  puro,  alto,  de  an- 
cho busto  y  piernas  delgadas  no  muy  rectas,  cabello 
negro  y  lacio  que  caía  sobre  una  frente  no  levantada 
pero  llena  y  saliente;  tosca  nariz,  pómulos  carnudos, 
boca  grande  y  unos  ojos  negros  un  tanto  parecidos  á 
los  de  los  chinos. 


129 

Era  Ignacio  retraído  y  encogido,  y  solía  interrum- 
pir su  silencio  meditabundo  con  arranques  bruscos  y 
risas  destempladas  y  estrepitosas. 

Entró  como  dependiente  á  la  casa  de  su  tío  D.  Ma- 
riano Galván,  en  su  librería  del  portal  de  Agustinos; 
aseaba  y  barría  la  librería,  hacía  mandados  y  cobran- 
zas, y  por  su  aspecto  y  pelaje  parecía  un  criado. 

El  tío  le  alojó  en  su  casa  en  su  observatorio  astro- 
nómico, de  suerte  que  sus  primeras  relaciones  fueron 
con  los  astros  y  con  el  infinito.  Acaso  alguna  idealidad 
de  las  obras  de  Rodríguez  refleja  estas  primeras  impre- 
siones. 

En  la  librería  había  tertulia  perpetua  de  literatos 
chancistas,  clérigos  de  polendas,  como  el  Dr.  Quinte- 
ro, Moreno  Jo  ve  y  otros,  y  poetas  como  Couto,  Carpió, 
Pesado  y  alguno  más. 

La  discusión  sobre  libros  y  asuntos  literarios  im- 
presionaron á  Rodríguez,  que  no  leía  sino  que  devo-. 
raba  los  libros,  sobre  que  llamaban  la  atención  los  pa- 
rroquianos de  Galván. 

Por  sí,  y  con  trabajo  asiduo  sobre  toda  ponderación 
emprendió  el  estudio  del  francés,  del  italiano  y  del  la- 
tín, y  se  proveyó  de  una  erudición  asombrosa  en  es- 
critores y  poetas  españoles. 

En  esa  época  dominaba  la  escuela  romántica.  Han 
de  Islandia  nos  hacía  dormir  con  los  ojos  abiertos,  y  la 
Torre  de  Nesle  nos  conducía  al  arrobamiento  de  la  ad- 
miración y  el  entusiasmo. 
Rodríguez  se  lanzó  de  bruces  á  la  escuela  románti- 


130 

ca,  y  su  vestido  y  su  larga  cabellera,  su  andar  trágico 
y  sus  paseos  solitarios,  lo  constituyeron  en  un  tipo  es- 
trambótico de  esa  escuela. 

Sus  gustos,  sus  modales,  su  conversación,  se  resen- 
tían de  su  pasión  romántica;  pasaba  de  las  lágrimas  á 
las  risas,  del  heroico  caballero  al  bufón,  del  trovador 
enamorado  al  rústico  intolerante. 

Lamentaba,  como  el  gemir  de  Satán,  las  roturas  de 
sus  zapatos;  se  quejaba,  como  Dido,  de  las  distraccio- 
nes de  la  lavandera,  y  las  escaceses  las  veía  como  obras 
de  su  mal  sino  y  como  predestinación  al  infortunio  y 
la  desesperación. 

Después  de  mucho  leer  y  estudiar  reservado  y  re- 
cóndito, escribió  varios  versos  que  remitió  á  un  perió- 
dico de  Veracruz  con  el  nombre  de  Isidoro  de  Alma- 
da, entre  los  cuales  había  unos  al  Buitre,q\ie  llamaron 
la  atención. 

Ensayó  también  un  drama  que  se  titulaba  el  Frecitoy 
en  que  ángeles  y  demonios,  monstruos  y  vestiglos, 
frailes  y  chinas,  reyes  y  mendigos  andaban  á  las  vuel- 
tas, y  en  que  los  trancos,  no  actos,  abarcaban  infier- 
no, cielo  y  tierra  en  desastrada  confusión. 

Pero  estos  ensayos  nadie  los  sabía  ni  sospechaba 
siquiera.  Rodríguez  asistía  á  la  casa  del  Sr.  Ortega  co- 
mo un  chico  estudioso  y  de  excelentes  cualidades,  no 
obstante  su  susceptibilidad  y  extravagancias. 

Al  ver  t^n  aventajada  concurrencia  en  su  casa,  el 
Sr.  D.  Francisco  nos  dio  algunas  lecciones  de  latín  y 
de  literatura,  llevando  á  nuestras  reuniones,  de  cuando 


181 

en  cuando, al  Sr.  D.  Manuel  Carpió,  que  era  visita  cons- 
tante de  la  casa. 

Nosotros,  para  nuestro  solaz  íntimo,  creamos  y  re- 
dactábamos un  periódico  manuscrito  titulado  Obsequio 
á  la  amistad,  en  que  había  artículos  llenos  de  verba 
de  Eulalio  Ortega,  versos  míos,  poesías  muy  bellas  de 
un  Sr.  Ximeno,  dependiente  de  la  imprenta,  y  que  ja- 
más quiso  figurar  como  literato;  artículos  satíricos  de 
Martínez  de  Castro  y  estudios  de  Orozco  y  Berra. 

Si  por  el  lado  literario  las  cosas  presentaban  risue- 
ño aspecto,  por  mi  oficina  las  cosas  se  pusieron  cas- 
taño obscuro. 

Eran  mis  jefes  D.  Joaquín  Lebrija,  Administrador; 
D.  Ignacio  de  la  Barrera,  Contador,  y  D.  Mariano  Do- 
mínguez, Tesorero,  con  licencia  para  desempeñar  una 
magistratura  en  la  Corte  de  Justicia,  supliendo  sus  ve- 
ces I).  José  Luis  Rojas. 

El  primero,  alto,  rosagante,  carundo,  de  risa  franca 
y  desenfado,  simpático,  humano  y  generoso. 

El  segundo,  delgado,  arrogante,  de  imaginación  vehe- 
mente, lleno  de  erudición,  burócrata  honrado  y  seve- 
rísimo,  y  el  tercero,  hombre  de  obscuros  antecedentes, 
pero  rimbombante  y  pretensioso,  pelo  levantado,  pecho 
saliente  y  de  gran  prosopopeya  en  las  acciones  y  pala- 
bras; los  causantes  le  pusieron  por  apodo  el  Moro  Ba- 
&ií,  que  correspondía  á  su  porte  y  á  su  importancia. 

La  oficina  era  un  extenso  y  amplísimo  salón  con  me- 
sas laterales,  sin  departamentos  para  los  jefes,  y  la 
tesorería  una  quiebra  para  mesas  separadas,  y  en  el 


132 

fondo  del  salón  una  virgen  de  Guadalupe  de  tamaño 
colosal,  con  sus  velas  ardiendo. 

Las  mesas  de  pases  y  la  del  viento  eran  tumultuosísi- 
mas: en  la  primera,  arrieros,  carreros,  tenderos  de  aba- 
rrotes, pelones  bruscos  y  desvergonzados,  corredores, 
etc.,  y  en  las  segundas,  introductores  de  semillas,  paja  y 
ladrillos,  indios  burreros,  etc.,  con  sus  familias,  sus 
chicos  llorones  y  sus  canes  retozando  como  en  su  casa. 

Tenían  aquellas  secciones  más  aspecto  de  panade- 
rías ó  carnicerías  que  de  oficina;  veíanse  en  un  bos- 
que de  brazos  los  documentos  aduanales:  había  sus 
gritos  y  sus  chanzas ....  y  la  mar! 

Aquellos  causantes,  después  de  detenidos,  registra- 
dos ó  magullados  en  la  garita,  después  de  dejar  allí  la 
prenda  muchas  veces  consistente  en  su  único  abrigo, 
de  pasar  la  noche  en  el  mesón  ó  al  raso  en  una  pla- 
zuela por  estar  cerrada  la  oficina,  iban  á  pasar  por  una 
carrera  de  baqueta  de  trámites  que  hacía  la  impacien- 
cia consiguiente. 

En  la  mesa  más  importante  del  Viento  me  encontra- 
ba yo  con  otros  compañeros. 

Y  ya  sea  mi  carácter  escurridizo,  ya  mi  velocidad 
en  escribir,  ó  ya  lo  que  se  quiera,  mis  dimes  y  diretes 
le  hacían  notable,  al  extremo  de  cambiarme  dándome 
la  encomienda  de  llevar  unos  libros  en  la  Contaduría. 

Entonces  se  puso  en  evidencia  mi  aptitud  para  los 
números;  mis  distracciones  entonces  eran  frecuentísi- 
mas; mis  excursiones  á  la  Confrontación,  situada  en  el 
entresuelo,  donde  solíamos  almorzar  de  lo  lindo,  dejan- 


183 

do  que  reventaran  los  paganos^  como  llamábamos  á 
los  causantes,  y  entonces  eran  sumas  erradas  y  parti- 
das suprimidas;  pero  sobre  todo,  mi  poca  aptitud  de  ha- 
cer asientos  monótonos  y  operaciones  maquinales,  me 
hicieron  pernicioso  como  tenedor  de  libros,  al  extremo 
de  consultarse  mi  separación  de  la  oficina,  lo  que  fué 
un  golpe  mortal  para  mí. 

El  Sr.  Lebrija  desempeñaba  por  entonces  el  Minis- 
terio de  Hacienda;  pero  en  esa  ocasión  guardaba  cama 
por  enfermedad. 

En  mi  tribulación  solicité  hablarle,  le  impuse  de  mis 
cuitas,  y,  después  de  quedar  un  tanto  pensativo,  me  di- 
jo:—He,  serénate,  no  correrá  la  consulta — Siéntate  en 
un  lado  de  mi  mesa,  recibe  los  papeles  que  vengan,  y 
te  espero  todos  los  días  para  que  me  des  cuenta.  Seré- 
nate, no  aflijas  á  tu  madre ya  veremos.  Pero  esto 

dicho  con  tono  tan  paternal  y  con  tanta  dulzura,  que 
yo  salí  de  la  entrevista  como  un  aleluya. 

El  Sr.  Barrera,  que  obraba  comprometido  por  mis  dia- 
bluras, pero  que  era  bueno  y  sin  hiél,  se  conformó  con 
lo  acordado,  y  yo  sin  grande  enmienda  me  preparé  á 
mis  nuevas  tareas. 

A  los  dos  días  de  mi  entrevista,  subí  cargado  de  pa- 
peles á  dar  cuenta,  y  logré  hacerlo  tan  á  gusto  do  mi 
jefe,  que  se  hizo  lenguas  en  mi  elogio.  Me  ordenó  que 
comiese  con  él — que  comía  muy  bien,  como  buen  ve- 
racruzano — y  que  me  pusieran  en  el  despacho  mesa 
separada. 

A  los  muy  pocos  días  estaba  encargado  de  su  co- 


134 

rrespondeneia  —  redactaba  informes;  se  me  concedió 
una  gratificación — y  hube  cierto  rango,  muy  rebajado 
por  mis  excursiones  á  la  calle,  mis  amistades  con  los 
otros  empleados  de  mi  jaez  y  mis  excursiones  á  los  co- 
rredores de  la  parte  alta  del  edificio,  que  eran  tránsito 
de  amas  de  llaves,  nodrizas  y  pilmamas,  costureras 
recamareras  y  visitas  de  las  familias  de  los  jefes. 

Era  mi  amistad  predilecta  por  ese  entonces  Don  Ma- 
nuel Payno,  hijo  del  inmaculado  empleado  Don  Manuel 
Payno,  eminentísimo  en  conocimientos  sobre  hacien- 
da, de  modestia  suma  y  dechado  de  altas  virtudes. 

El  Sr.  Don  Manuel  fungía  como  vista  en  la  aduana, 
aunque  por  su  saber  estaba  lleno  de  delicadísimas  co- 
misiones y  figuraba  muy  alto  entre  las  eminencias  fis- 
cales, como  Don  José  Ignacio  Pavón,  Don  José  déla 
Fuente,  Don  Agustín  Ruiz,  Alamán  y  Mangino. 

Manuel  Payno  era  meritorio  de  la  Dirección  Gene- 
ral de  Rentas;  su  buena  letra  y  su  expedición  para  los 
negocios,  así  como  su  finura  general  y  el  influjo  de  su 
ilustre  padre,  le  hacían  estimable  en  la  oficina,  y  su 
buen  decir,  su  amabilidad  y  talento  le  abrían  campo 
en  la  buena  sociedad. 

Era  Manuel  de  color  apiñonado,  de  cabello  negro  y 
sedoso,  de  ojos  hermosos  de  sombría  pestaña;  esmera- 
do en  el  vestir,  pulcro  en  sus  maneras  y  de  plática  sa- 
brosa y  entretenida. 

Pero  lo  que  llamaba  la  atención,  eran  ciertas  excen- 
tricidades que  le  hacían  singular  en  extremo. 

Jugaba  con  las  señoras  ancianas  á  la  baraja,  les  ha- 


135 

cía  suertes  á  los  chicos  y  era  la  admiración  y  el  encan- 
to de  las  polluelas. 

Leía  y  estudiaba  con  su  padre  y  sus  jefes;  disponía 
tertulias  y  frascas  con  jóvenes  de  buen  tono  de  su  tiem- 
po, como  Juan  Peza,  Nacho  Algara,  los  hermanos  Suá- 
rez,  los  Peñas  y  otros,  y  siempre  tendiendo  á  penetrar 
en  los  círculos  aristocráticos  y  negociantes  ricos.  Ma- 
nuelito  Payno  era  citado  como  el  adorno  de  las  reunio- 
nes selectas. 

En  la  casa  del  Sr.  Lie.  Domínguez,  que  era,  como  se 
ha  dicho,  Tesorero  de  la  Aduana,  había  frecuentes  y 
escogidas  tertulias;  allí  jugaban  malilla  ó  tresillo  los 
señores  formales;  y  las  polluelas,  ó  cantaban  y  bailaban 
ó  jugaban  á  juegos  de  prendas,  ó  disponían  un  día  de 
campo,  ó  preparaban  posadas,  rifas  de  compadres,  lote- 
ría ú  otras  diversiones  con  el  mayor  primor. 

Paynito,  ó  era  tallador  en  el  montecito,  ó  pregonaba 
los  cartones  en  la  lotería  con  toda  su  sal  y  pimienta, 
llamando  al  8  los  anteojos  de  Pilatos,  al  veintidós  las 
palomitas,  al  90  el  viejo,  etc.,  con  alusiones  á  la  con- 
currencia que  hacía  desternillar  de  risa  á  los  más  en- 
copetados y  circunspectos  caballeros. 

Cada  lunes  y  martes,  con  diferentes  objetos  de  su 
advocación,  recorría  desde  la  sonrisa  platónica  hasta 
los  preliminares  del  suicidio,  y  cuando  en  lo  íntimo 
narraba  sus  aventuras  con  desgaire  ingenuo  y  con  na- 
turalidad inimitable,  nos  tenía  lelos  de  admiración  por 
aquel  talento  que  preludiaba  al  narrador  inimitable. 

Payno  me  llevó  á  su  casa,  me  sentó  á  su  mesa,  me 


136 

participaba  de  sus  escasos  fondos,  y  me  presentó  á  su 
padre,  quien  me  acogió  con  tierno  cariño,  haciéndome 
leer  y  releer  á  Canga  Arguelles,  la  ordenanza  de  In- . 
tendentes,  Ripia  de  Rentas  reales,  los  muchos  y  bue- 
nos informes  de  D.  Ignacio  de  la  Barrera  sobre  alcaba- 
las, y,  por  fin,  me  recomendó  con  el  Sr.  Pavón,  quien 
tenía  real  importancia  como  sabio  y  como  digno  y  le- 
vantado en  el  cumplimiento  de  sus  deberes  de  Magis- 
trado y  de  Director  general  de  Rentas. 

Pero  no  obstante  mi  buena  expectativa  de  empleado, 
el  tipo  del  empleado  viejo  me  calosfriaba,  y  estaba  con 
una  soga  á  la  garganta  las  horas  de  oficina,  siendo  fes- 
tejosísima  mi  reunión  á  los  capenses,  mis  coplas  y  mis 
relaciones  de  compromisos  en  la  frente  y  tuniquillos 
de  carranclán,  así  como  mis  ensueños  con  las  de  pei- 
netas, de  pico  ó  de  gajos,  las  de  mangas  abultadas  y 
zapatitos  de  raso  chino  y  media  de  seda. 

El  tipo  del  empleado  viejo,  como  decía,  el  presenta* 
do  como  modelo,  el  digno  vastago  de  Unzueta  y  Bando- 
lan,  hasta  hoy  me  espeluzna. 

Pongámosle  por  nombre  Decomiso. 

Era  un  señor  de  piel  apergaminada,  cara  larga,  ojos 
hundidos  tras  largas  cejas,  cabello  ralo  que  dejaba  ver 
el  carril  de  la  calva  sujeto  con  una  peinetilla  de  carey 
y  un  simétrico  nudito  sobre  la  frente. 

En  la  parte  superior  de  la  mesa  estaba  la  gran  pape- 
lera coronada  con  tintero,  oblera  y  marmajero;  un  tra- 
pillo para  limpiar  las  plumas  y  una  ampolleta  de  vidrio 
verde  para  que  se  remojasen. 


137 

En  el  suelo  había  una  salea  para  los  pies,  una  baci- 
nilla y  hueco  separado  para  colocar  un  canasto  cuan- 
do el  caso  lo  requería. 

Después  de  bien  lavado  D.  Decomiso  con  agua  tibia 
y  su  poquito  de  aguardiente,  y  de  desayunarse  con  cho- 
colate de  Ambriz  y  rosca  de  manteca,  se  dirigía  á  la 
misa  de  8  al  altar  del  Perdón,  asistiendo  al  Santo  Sa- 
crificio hincado  sobre  su  extenso  paliacate. 

Dirigíase  á  su  oficina,  donde  se  presentaba  al  porte- 
ro para  que  le  apuntase  la  hora  de  entrada;  antes  de 
sentarse  coloca  su  sombrero  en  la  pared  en  lugar  á  pro- 
pósito, sobre  un  pliego  de  papel  pegado  al  muro  con 
obleas;  sacude  la  mesa  y  la  rueda  en  que  se  sienta,  abro 
la  papelera,  donde  campea  falsa,  regla  y  cortaplumas, 
lacre,  goma  en  polvo  para  las  raspadas  y  una  manga  de 
brin  para  resguardar  el  brazo  derecho  de  los  percan- 
ces del  trabajo. 

Nadie  como  D.  Decomiso  para  la  observancia  de  to- 
das las  formalidades,  el  cuarto  margen  del  oficio  con 
la  ceja  para  la  costura,  el  expediente  con  sus  fechas 
y  referencias,  sus  cuatro  puntadas,  gaza  y  ñudo.  La  in- 
serción con  sus  comillas  correspondiente,  la  antefir- 
ma, etc. 

No  olvidaba, ni  por  todas  las  nueve  cosas, á quién  co- 
rrespondía el  título  y  el  tratamiento  y  sobre  iodo  los 
conductos  para  no  salvarlos  y  ponerse  en  ridículo. 

Era  de  verlo  cuando  hacía  un  informe  de  empeño, 
poner  sobre  la  papelera  un  cuadro  de  madera  con  su 
tafetán  verde  para  interceptar  la  luz,  hundido  entre  los 


138 

tomos  de  Arrillaga  y  de  la  ordenanza  de  intendentes  ó 
Pinilla,  lince  para  descubrir  contrabandos. 

El  punto  de  partida  de  su  juicio,  era  que  todos  los 
comerciantes  son  ladrones,  y  que  el  mejor  empleado  es 
el  que  más  creces  procura  al  fisco,  aunque  sea  dejan- 
do en  cueros  vivos  á  los  causantes,  con  ó  sin  razón. 

La  pauta  de  comisos  era  su  idolatría;  le  llamaba 
su  ratonera,  porque  el  infeliz  que  caía  en  ella  por  la 
más  leve  omisión,  podía  contarse  con  los  muertos. 

Tenía  odio  contra  los  comerciantes;  se  le  figuraba 
que  traicionaba  á  la  patria  si  les  concedía  la  razón, 
aunque  la  tuvieran. 

Una  vez  que  se  le  consultó  sobre  los  derechos  de  unas 
sardinas  que  se  habían  corrompido,  opinó  con  sutilísi- 
mas razones  que  debía  pagar  el  aceite  que  contenían  las 
latas;  otra  vez  que  derritió  en  los  almacenes  de  la  ofi- 
cina el  azúcar  una  gotera,  opinó  que  se  cobrase  como 
melaza  la  azúcar  á  medio  derretir,  y  un  nombre,  una 
letra  confusa,  una  coma,  eran  bastantes  para  consultar 
la  pérdida  del  efecto  y  el  vehículo  que  lo  conducía. 

Aquel  cerebro  tenebroso,  en  que  como  en  bodega 
sucia  y  llena  de  estorbos  existían  los  recuerdos  del 
Virreinato,  las  doctrinas  de  la  inquisición  que  gradua- 
ba de  herejes  á  los  contrabandistas,  los  fallos  del  tri- 
bunal especial,  etc.,  era  yn  hervidero  de  acusaciones 
y  maldades  barnizadas,  con  el  amor  á  los  intereses  pú- 
blicos, el  celo  por  el  buen  servicio  y  las  creces  del  ex- 
hausto erario.  En  las  reformas  burocráticas  Decomiso 
era  un  astro  de  primera  magnitud. 


139 

A  cada  momento  interrumpía  sus  informes  para  en- 
comendarse á  San  Matías  ó  San  Juan  Nepomuceno,  es- 
tampas que  tenía  al  reverso  de  su  papelera  y  á  las  que 
profesaba  especial  cariño.  Se  me  olvidaba  decir  que  te- 
nía en  perpetuo  movimiento  sus  instrumentos  de  sacar 
lumbre:  piedra,  yesca  y  eslabón,  y  que  estaba  envuelto 
en  una  nube  de  humo,  porque  fumaba  sin  cesar. 

Daba  tregua  á  sus  tareas  con  la  llegada  del  almuer- 
zo; la  papelera  alzaba  su  tapa  y  en  su  fondo  lucían  los 
bocaditos  sabrosos,  los  frijoles  compuestos,  las  tosta- 
das y  otros  primores  inventados  ó  solicitados  por  la  gula. 

Se  deja  entender  que  no  faltaba  su  botellón  de  pul- 
que y  su  vaso  colosal. 

Repleto  el  anciano  y  medio  dormitando  siempre  en 
su  asiento,  recibía  la  visita  de  algún  subalterno  que  le 
hablaba  de  los  toros  ó  de  la  comedia;  que  le  entretenía 
con  alguna  relación  de  festividad  eclesiástica  ó  que  le 
proponía,  yaunacuentacomoenigma;  yaladescifración 
de  un  jeroglífico,  ya  un  letrero  que  se  leía  lo  mismo  al 
revés  que  al  derecho,  como  dáñale  arroz  á  la  zorra  el 
Abad,  ó  la  lectura  de  los  versos  á  la  Virgen  de  Guada- 
lupe hechos  con  figuras  Dedos  esferas  osa  grada  au- 
rora. La  grata  Trinidad  os  muestra  reina. 

En  estas  y  las  otras  daban  las  tres  y  se  retiraba  nues- 
tro héroe  á  comer  y  á  dormir  la  siesta,  cada  día  más 
perezoso,  más  feliz  y  más  bruto;  eso  sí,  con  su  concien- 
cia tranquila,  aunque  le  debían  la  ruina  muchos  des- 
graciados. 

Volviendo  á  Payno,  se  me  pasó  decir  que  su  primera 


140 

educación  de  niño  fino,  la  piedad  de  la  Sra.  Cruzado  su 
mamá,  y  otras  circunstancias,  lo  endilgaron  á  la  Iglesia 
y  figuró  como  pajecillo  del  Sr.  Obispo  Belaunzarán,  el 
mismo  heroico  padre  que  contuvo  enérgico  y  sublime 
el  degüello  de  Guanajuato,  enfrenando  con  su  palabra 
elocuente  y  su  actitud  resuelta  la  ira  brutal  del  san- 
griento Calleja. 

Aunque  el  temprano  siervo  de  Dios,  hablo  de  Payno, 
colgó  la  sotana  por  incompatible  con  su  sensibilidad 
para  con  el  sexo  hermoso, conservaba  cierta  compostu- 
ra, cierto  encogimiento  y  cierta  literatura  mística  que 
era  el  encanto  de  las  mamas;  de  suerte  que  Payno  no 
era  solicitante  sino  solicitado,  introducido  en  las  inti- 
midades, y  de  una  intimidad  y  de  una  boga  increíble 
con  las  polluelas.  Ya  volveré  á  ocuparme  de  Manuel 
Payno. 

Donde  se  gozaba  en  toda  su  sencillez  pulcra  de  la 
buena  sociedad  mexicana,  era  en  la  temporada  de  ve- 
rano en  que  se  transladaban  al  campo  familias  distin- 
guidas; recibían  numerosas  visitas,  se  ordenaban  al- 
muerzos y  cabalgatas,  paseos  en  burros  y  meriendas> 
se  jugaban  alegres  juegos  á  la  luz  de  la  luna,  y  tenía 
cien  mil  pretextos  el  niño  ciego  para  cosechar  ilusio- 
nes, ensueños,  contentos  y  goces  celestiales. 

San  Ángel  era  considerado  como  el  centro  de  place- 
res que  ofrecía  mayor  animación,  y,  en  efecto,  pudo  con- 
tar temporadas  deliciosas. 

San  Ángel,  como  se  sabe,  es  un  laberinto  de  verjeles, 


1*1 

de  huertas  de  aguas  cristalinas,  de  lomeríos  pintores- 
cos y  paisajes  deliciosos;  domina  el  Valle  de  México  y  se 
perciben  aéreas  arboledas,  las  torres  y  bóvedas  de  lá 
Parroquia  y  el  Carmen  y  sus  edificios  blancos  y  ale- 
gres en  medio  de  las  verdes  milpas,  y  los  visos  de  oro 
de  sus  riquísimos  trigales. 

Tenía  y  tiene  dos  grandes  plazas  el  pueblo:  una,  la 
de  San  Jacinto,  hoy  poblada  de  árboles;  otra,  de  los  W- 
ceneiados,  porque  cuatro  eminencias  del  foro  poseían 
las  principales  casas. 

Los  pueblecitos  que  rodean  San  Ángel,  son  ramos  de 
flores,  cestos  de  frutos,  tibores  de  perfumes,  nidos  de 
aves  canoras,  de  encantadas  mansiones  de  delicias. 

Tizapán,con  sus  bosques  sombríos  de  manzanos;  Chi- 
maliztaca,  con  sus  indios  comedidos  y  sus  jacalitos  en- 
tre flores;  el  Cabrío,  con  sus  árboles  gigantes  y  sus  cas- 
cadas saltando  espumosas  sobre  las  rocas  volcánicas, 
sus  chocitas  en  que  se  vendían  quesos  y  panochitas  de 
leche,  la  cañada  con  sus  altos  muros  de  enredaderas, 
mimosas  y  campánulas,  y  otros  mil  sitios  de  solaz  y  re- 
creo, atraían  año  por  año  concurrencia  escogida  y  nu- 
merosa. 

Desde  los  preliminares  de  la  temporada  tenían  en- 
cantos indescriptibles. 

Carros  en  que  caminaban  de  cabeza  las  sillas;  amon- 
tonados los  colchones  y  tambaleando  biombos  y  rope- 
ros; en  alto  los  plumeros;  acurrucados  los  baúles,  y  en- 
cubiertos los  útiles  no  destinados  á  la  luz  pública. 

Coches  ómnibus  con  sus  cuatro  muías,  su  cochero 


142 

insolente  y  su  sota  comunicativo,  encerrando  una  po- 
blación de  chicos,  de  ancianos,  de  perros,  trompetas  y 
tambores. 

Los  niños  en  gran  lance  campestre,  con  sus  sombre- 
ros jaranos  y  sus  calzoneritas  de  botonadura  de  plata; 
las  ninas  adoptando  el  rebozo  popular  sin  dejar  de  lu- 
cir sus  caracoles;  los  ancianos  con  gruesos  bastones  y 
sombreros  de  palma;  las  ancianas  con  sus  zorongos 
presuntuosos  y  sus  canastitas  con  sus  novenas,  su  li- 
nimento, su  álcali,  su  opodeldoc  y  su  agua  cefálica,  ar- 
ticular y  de  hormigas  para  los  lances  imprevistos;  los 
criados  atareados  en  sus  cocinas,  entre  cestos  y  male- 
tas, llevando  el  borrego  del  niño  boca  abajo  y  dando 
alaridos  en  la  cabeza  de  la  silla. 

Pero  toda  la  comitiva,  riendo  y  charlando,  enta- 
blando diálogos  con  los  apuestos  jinetes  que  hacían 
caracolear  sus  caballos,  escoltando  el  coche  y  circu- 
lando el  jerez,  los  mamones,  las  puchas  y  rodeos,  del 
coche  á  los  caballeros  y  de  ellos  á  los  criados  y  gen- 
te agrupada,  que  daban  tumbos  en  los  carros  pere- 
ciéndose de  risa. 

¿Quién  es  capaz  de  pintar  con  su  peculiar  colorido 
un  paseo  en  burros?  ¿quién  una  merienda  al  margen 
de  un  riachuelo  bajo  los  sauces?  ¿quién  un  almuerzo 
en  Tizapán  con  sus  mesas  tendidas  bajo  los  árboles, 
con  los  manteles  albeando,  los  cristales  reverberan- 
do con  el  sol,  las  damas  vestidas  de  blanco  y  corona- 
das de  rosas,  los  bailadores  como  revolando  entre  las 
flores  y  viéndose  por  los  claros  del  bosque  de  man2a- 


143 

nos,  ya  el  edificio  de  la  fábrica  de  papel,  que  .remeda- 
ba el  Castillo  feudal;  ya  la  cascada  precipitándose 
espumosa  y  radiante;  ya  las  llanuras,  arboledas  y  acue- 
ductos, y  en  el  fondo  realzándose  en  su  cielo  purísimo 
la  ciudad  inmensa  con  sus  torres  y  miradores,  las  bó- 
vedas de  sus  numerosísimas  iglesias,  sus  lagos  y  vol- 
canes magníficos. 

Pero  lo  más  notable  y  lo  de  más  poderosa  seducción 
para  mí,  era  que,  no  obstante  las  pretensiones  aristo- 
cráticas muy  vivas  en  la  época,  á  pesar  de  la  desigual- 
dad de  fortunas  y  ser  mucho  menos  comunicativaaquo- 
11a  sociedad,  era  fórmula,  axioma  y  precepto  decir: 
en  la  Garita  se  queda  la  etiqueta,  y  con  tal  salvaguar- 
dia y  sin  la  falta  más  leve  á  las  conveniencias  de  la 
más  fina  educación,  alternaba  la  gran  dama  con  la  ran- 
cherita  y  acogía  afable  á  la  indita  de  quien  se  hacía 
comadre;  los  personajes  platicaban  con  los  notables 
del  pueblo,  con  arrieros  y  jardineros,  y  tenían  su  lugar 
en  las  reuniones  el  hacendado  y  el  ministro,  el  barbe- 
ro y  el  sacristán,  el  rancherito  remilgado  y  el  reveren- 
do carmelita  que  solía  participar  de  su  sabroso  arroz 
de  leche  y  de  sus  empanadas  famosas  á  los  bienhe- 
chores de  su  santa  Comunidad. 

En  las  noches  eran  puntos  de  reuniones  animadísi- 
mas las  casas  de  la  Sra.  Vallejo,  de  Domínguez  y  de 
Cela,  de  D.  José  Rivera,  de  la  Sra.  Zozaya,  de  los  her- 
manos Suárez  y  más  tarde  de.  Valencia  y  Bocanegra. 

En  esa  casa  se  jugaba  malilla  y  tresillo,  se  ponían 
juegos  de  prendas,  se  cantaba  y  bailaba.  Sin  faltar  al- 


144 

giin  comedido  que  pusiera  un  montecito  para  los  se- 
ñores,,lo  que  era  trasportar,  sobre  todo,  á  las  ancianas, 
al  quinto  cielo  de  la  felicidad. 

Allí,  y  en  cierta  casa  que  no  quiero  recordar,  era 
donde  se  oía  invocar  á  los  ojos  de  Santa  Lucía  para 
hacer  propicio  al  dos  de  oros;  allí  se  apostaba  al  tres 
en  recuerdo  de  la  Santísima  Trinidad,  y  se  clamaba  á 
Santiago  para  que  no  retardase  el  caballo,  ó  á  los  do- 
lores y  gozos  para  el  siete,  ó  para  el  rey,  al  Santo  Rey 
David. 

Payno  en  esas  tertulias  era  divino,  y  como  le  ador- 
naba verdadera  gracia  y  sumo  desinterés  y  finura,  era 
Manuelito  por  aquí,  Manuelito  por  allá,  y  él:  mamita, 
peloncita,  esposa  y  otros  dictados  de  sabrosa  familia- 
ridad. 

En  Tacubaya,  Mixcoac,  Nonoalco,  Coyoacán,  San  Je- 
rónimo, etc.,  se  repetían  las  mismas  escenas,  sin  olvi- 
dar la  deliciosa  estancia  de  Goicoechea  consus  jardines 
encantados  y  su  matrona  llena  de  grandeza,  do  gracia 
y  talento. 

En  una  noche  de  luna  so  reunían  tres  ó  cuatro  chi- 
cos de  buen  humor;  se  procuraban  á  toda  costa  unos 
burros,  unos  músicos  y  mi  respetable  persona,  é  íba- 
mos de  puerta  en  puerta,  excitando,  con  mis  versos  im- 
provisados que  cantaban  los  músicos,  al  paseo,  á  las 
chicas,  á  la  condescendencia  á  los  papas,  y  al  regoci- 
jo á  la  turba  infantil. 

La  llegada  de  las  aguas  destruía  aquellas  encanta- 
doras temporadas,  y  los  amantes  del  placer  encontra- 


lio 

barí  coasuelo  en  bailes  y  tertulias  que  no  escaseaban 
por  cierto. 

Entonces  estaban  en  todo  su  auge  las  cuadrillas  en 
los  grandes  salones.  Ese  baile  hacía  uno  ó  dos  años  lo 
había  importado  de  Europa  Juan  Gamboa  y  lo  secundó 
para  su  propaganda  Salvador  Batres,  jóvenes  que  eran 
joyas  de  la  sociedad  de  México. 

Juan  Gamboa  descendía  de  la  distinguida  familia  del 
oidor  de  este  apellido:  era  muy  elegante  y  hermoso; 
personificaba  en  su  pureza  las  modas  parisienses.  La 
madre  de  Gamboa  era  un  tipo  de  lujo,  de  buen  trato  y 
de  despreocupación  en  cuanto  á  usos  y  trajes,  y  el  pa- 
dre muy  fino  y  comunicativo;  tenía  gran  fama  su  mesa, 
y  se  contaba,  entre  sus  títulos,  ser  autor  del  injerto  que 
produjo  la  pera  gamboa,  dando  realce  á  sus  cualidades 
personales  su  empleo  de  Director  del  Montepío.  Con  mo- 
tivo de  un  opúsculo  en  que  quiso  probar  que  todo  lo 
podía  el  dinero,  aludiendo  á  que  era  cojo,  le  compu- 
sieron la  siguiente  cuarteta: 

Si  tanto  puede  la  plata, 
si  es  tanta  su  suficiencia, 
Manuel,  haz  la  diligencia 
que  te  enderecen  la  pata. 

La  aparición  de  las  cuadrillas  fué  un  acontecimien- 
to trascendental;  sufrieron  derrota  completa  los  walses 
gravedosos  que  sucedieron  al  del  Amor  y  á  las  boleras 
que  como  el  Minuet,  el  ole  y  el  campestre  quedaron  re- 
legados al  teatro  y  desaparecieron  con  las  vistosas  con- 


3^ 

"*»  Y  guantes  po™¡  T  U"a  P^  ylH,!  k8h|- 
fdoñHida,*  ¿*"  ab«"  jambe,  , 

*»  baiJ      seP^  ^«t'vas.  Pero  e<°  d»  cuerpos  airosos 

tau?«I^ol;d¿^^oi;^ffl0,,,n,,'* 

anc'a«as  durmiendl  d'd°S  h^bresTf    a  *«  «** 
.   Us  c«adriJJas  "d°  Y  hs  acoras  ¡l S6ñ0r^  «o»  las 
a  Jo«  eoncuri!^;on  Popula**,  cLV    PU6rta- 
°tras  Pi.Uo.n7  ¿ZF""*»  C:irten  en  -toros 

J7>f'OS  bailes.     °  Par,dad««  que  d^*?**  F  <*„di- 
,  ,P',r  «**  ronera]  e,  des^bierto 

a  ,a  Pnmeni  0je,d  '     ?Ue  <fuiera  en  v  -  • 
Un°  d°  ^o  po,ó   fiUn  baÍJe  ^  ^      X,w  di^inguir 

('°"1(>  uñando  ó  «Sí!  Tm°  Por  tare,  *',adop  d*  <*«- 
rimi-»«.  arre,t:d;,eá«na¿0^;Saü|d;  y  se  afana 

)seajusta^gupa:upereunasa°adé- 

j  «Ala  ComnA. 


147 

ne  su  tocado,  ve  al  espejo  y  hace  inventario  de  los  tra- 
jes y  adornos  de  las  que  provocan  su  envidia. 

De  todos  modos,  las  cuadrillas  fueron  la  gran  revo- 
lución de  los  salones  y  llevaron  al  pináculo  del  re- 
nombre á  Gamboa,  Batres,  Dávila,  Cazarín,  Nacho  Pe- 
ña, Algara,  Arrangóiz,  los  Escandones  y  otros  jóvenes 
elegantes. 

Primero,  sólo  se  bailaban  Cuadrillas  francesas  y  lan- 
ceros, y  después  se  variaron  las  figuras  y  hubieron 
persas,  griegas,  mexicanas  y  no  sé  cuántas  más. 

Explicándolas  todas  perfectamente  con  su  parte  his- 
tórica y  sus  requisitos  esenciales,  publicó  un  cuaderno 
mi  amigo  I).  Domingo  Ibarra,  que  era  solicitado  con 
ahinco  por  todos  los  adoradores  de  Terpsícore. 

Había  en  abundancia  bailes  caseros,  y  los  de  escote 
comenzaban  á  hacerse  de  moda  entre  los  pepitos  de 
escasa  fortuna. 

El  baile  casero,  el  característico  de  la  clase  media, 
era  el  de  vivienda  principal  ó  interior  de  la  casa  de 
vecindad,  y  se  formaba  con  motivo  de  natalicio,  can- 
tamisa  ó  llegada  de  pariente  foráneo. 

Figurémonos  una  casita  con  su  pequeño  corredor, 
con  su  suelo  encarnado  y  sus  paredes  pintadas  al  fres- 
co con  arboledas,  lagos  con  sus  ánsares,  cazadores  y 
parejas  en  pláticas  sabrosas;  el  corredorcito  estaba  lle- 
no de  macetas  con  manto  de  la  Virgen,  chinos  y  ro* 
sas;  pendían  de  su  techo  jaulas  con  zenzontlis,  gorrio- 
nes y  canarios,  y  lo  adornaba  un  aro  con  vidrios  que 
sonaban  con  el  viento. 


148 

En  la  sala  pequeña  con  friso  vistoso  y  guardapol- 
vo, se  admiraba  en  la  pared  del  estrado  ya  una  Dolo- 
rosa,  ya  la  Virgen  de  Guadalupe,  ya  un  Eterno  Padre 
con  su  mundo  en  la  mano,  ya  un  San  Juan  Nepomu- 
ceno  con  la  lengua  en  ídem. 

Eran  de  rigor  por  lo  menos  dos  nichos  en  las  rinco- 
neras con  su  Divino  Pastor  y  sus  borreguitos  primoro- 
sos^ una  Purísima  con  su  resplandor  y  su  vestido  blan- 
co y  azul,  bordado  en  la  casa  con  especial  devoción. 

Completaban  el  adorno  camapés  con  guardapolvo, 
silloncitos  de  tule,  un  petatillo  con  ribetes  de  orillo  y 
escupideras  de  hojalata  ovaladas  y  hechas  criba  en 
la  tapa. 

Las  damas,  por  regla  general,  vestían  carranclán  ó 
muselina,  usaban  peinetas  de  olla  de  gafos  ó  de  teja, 
y  calzaban  mahón  ó  raso  con  restirada  media  de  seda 
ó  hilo. 

En  los  jóvenes  comenzaba  á  iniciarse  la  raya  abier- 
ta, el  pantalón  de  boca  de  clarín  y  fraquecito  con  botón 
dorado. 

La  concurrencia  era  por  demás  heterogénea  y  pecu- 
liar. La  parienta  cercana  de  la  condesa  y  el  hijo  sa- 
crilego del  comendador,  la  niña  beatita  con  vocación 
de  monja  y  el  vastago  de  los  héroes  de  la  Acordada, 
cuyo  padre,  curtidor,  se  hizo  rico  con  el  saqueo  y  se 
hombreaba  con  Pepe  del  Río  y  con  Farías.  El  fraile 
director  de  conciencia,  y  el  militar  retirado  que  con- 
taba con  sus  pelos  y  señales  la  acción  de  Arroyohon- 
do  y  la  batalla  de  Peotillos. 


149 

Era  no  sólo  permitido,  sino  que  amenizaban  mucho 
esas  funciones,  un  tocador  de  vihuela  como  Dueñas, 
Garduño  ó  Simón  Vivían,  un  chistoso  que  representa- 
ba con  dientes  de  cascara  de  naranja,  un  niño  que  re- 
medaba la  flauta,  enclavijando  las  manos,  ó  una  pollue- 
la  que  cantaba  El  susurro  del  viento  ó  la  pose  con 
exquisito  primor. 

La  gente  de  la  vecindad  acudía,  circulaban  platones 
con  puchas,  rodeos  y  queso,  pasaban  de  mano  en  ma- 
no copitas  con  rompope  y  con  licores;  los  papas  lleva- 
ban á  sus  chicos  en  los  brazos,  las  mamas  sanfasón 
daban  el  pecho  á  sus  rorros,  bailaban  sus  jarabes  los 
criados,  y  se  servía  en  lo  privado  al  sacerdote  su  ce- 
na con  su  pollo  asado,  su  mole  y  sus  frijoles  gordos 
para  no  interrumpir  su  método  y  dejar  sin  misa  á  los 
fieles. 

En  cuanto  el  baile  á  escote,  era  otra  co.sa. 

Se  promovía  por  lo  común  entre  gente  de  escaso 
presupuesto,  pero  alegre  y  de  temperatura  erótica;  su- 
balternos hasta  de  ochocientos  pesos,  hijos  de  Marte, 
hasta  tenientes;  colegiales  hasta  primer  año  de  leyes; 
alumnos  de  Esculapio,  hasta  practicantes  de  San  Juan 
de  Dios  ó  de  San  Pablo;  dependientes  de  cajón  de  ropa, 
hasta  diez  y  seis  ó  veinte;  y  tenderos  recién  venidos 
con  la  bendición  paternal  de  Marañón, Portillo  ó  D.Lu- 
cas de  la  Tijera. 

Escurríanse  en  estas  reuniones  con  facilidad  suma 
algún  hijo  de  casa  grande  atrasado  y  perdulario,  ó  un 
sobrino  de  cura,  votador  de  dinero  y  arriesgado,  ó  al- 


150 

guna  zurrapa  de  la  curia,  asesor  oficioso  de  drogueros, 
de  matrimonios  desastrados  y  de  jóvenes  seducidas. 

Este  enjambre  de  chicos  de  buen  humor  atisba,  y 
descubría  al  fin  una  anciana  de  media  vida,  con  hijas 
atrancadas  en  la  virginidad  de  puro  feas,  afecta  á  zurcir 
voluntades,  y  con  un  marido  dulce  y  alegrón  que  ha- 
bía resignado  en  manos  de  su  adorada  mitad  las  rien- 
das del  gobierno.  • 

Conseguidos  los  empresarios  y  el  salón  de  baile,  se 
fijaba  día,  se  señalaba  el  número  de  contribuyentes  y 
el  escote y  á  gozar. 

En  esas  tertulias  se  confeccionaban  compadrazgos  y 
Posadas,  excursiones  á  Santa -Anita  é  Ixtacalco,  paseos 
en  burro  y  meriendas  de  tamales  y  atole  de  leche.  En 
ellas  se  comprometían  las  rifas  de  camisas  con  des- 
hilados y  randas  preciosas,  y  se  ajustaban  matrimo- 
nios  y  demás  por  aquello  de  que  "la  mujer  y  la 

gata  es  de  quien  la  trata,"  y  que  ula  ocasión  hace  al  la- 
drón" ó  de  que  "al  arca  abierta  el  justo  peca." 

Estas  tertulias  periódicas  podían  llamarse  de  dos 
vistas,  de  un  lado  el  baile,  las  caravanas  y  los  ob- 
sequios de  sangría,  anicete,  punche  y  rodeos,  y  del 
otro,  celos  y  jaquecas,  nervios  y  cuchicheos,  reticencias 
de  papas,  y  crónica  y  chismes  de  viejas  santurronas,  de 
lenguas  que  acomodaban  malicias  y  delaciones  como 
granos  de  dinamita  en  las  profundidades  del  secreto  y 
de  los  escrúpulos  de  conciencia. 

Los  bailes  de  escote  que  se  disponían  en  las  Acade- 
mias de  baile  como  de  Espino,  de  Marchena,  etc.,  tenían 


151 

otro  carácter  y  no  aluden  á  ellas  las  descripciones  an- 
riores. 

Abro  en  este  lugar  un  largo  paréntesis  para  que  en 
él  quepa  y  macolle  un  recuerdo,  que  no  viene  al  ca- 
so, intempestivo  y  escurridizo  probablemente,  equivo- 
cado é  intruso;  pero  que  me  surge,  me  subyuga  y  al  que 
no  puedo  resistir. 

Ni  reconoce  encadenamiento  ni  le  encuentro  fecha 
cierta,  y  sin  embargo  ó  lo  pongo  aquí  ó  no  puedo  se- 
guir. Hace  el  efecto  en  mí  que  una  mosca  terca  en  la 
punta  de  mi  nariz,  ó  que  un  cabello  atravesado  en  los 
puntos  de  mi  pluma,  ó  que  el  desesperado  chillar  de  un 
rorro  cuando  busco  anheloso  un  consonante  que  no 
puedo  encontrar,  ó  cuando  da  en  chirriar  un  carro  cuan- 
do quiero  seguir  con  delicia  las  armonías  de  una  cajita 
de  música. 

Este  hecho,  que  no  puedo  recordar  con  exactitud  á 
qué  época  pertenece,  es  el  de  la  famosa  lucha  deun  To- 
rito mexicano  contra  un  tigre  africano. 

El  empresario  de  la  Plaza  de  Toros  de  San  Pablo,  hom- 
bre despabilado  y  de  recursos,  como  ahora  se  diría,  se 
halló,  cuando  menos  se  lo  pensaba,  un  tigre  de  deveras 
con  su  piel  pintada  y  sus  ojos  de  llama;  sus  afiladas  ga- 
rras y  su  rugir  feroz. 

Y  el  que  había  agotado  las  corridas  de  galgos  y  lie- 
bres, que  había  soltado  á  los  toros  buldogs  tremendos 
para  solaz  de  la  multitud,  que  era  sin  par  para  hu&- 
huenches  en  burro  y  á  pie,  palos  ensebados,  barriles  y 
suertes  mortales,  se  encontró  un  tesoro  con  poder  anun- 


152 

ciar  con  inaudito  escándalo  la  lucha  del  toro  y  el  tigrre. 

Como  un  reguero  de  pólvora  recorrió  la  noticia  los 
barrios  todos  de  la  ciudad,  y  lo  mismo  en  la  escuela 
que  en  el  taller,  lo  propio  en  las  oficinas  que  en  las  sa- 
cristías, se  altercaba,  comentaba  y  predecía  la  noticia  y 
el  éxito  probable  de  la  lucha. 

En  el  centro  de  la  plaza  de  toros  se  construía  con 
afán  desusado  una  jaula  circular  de  vigones  enormes 
enterrados  en  el  suelo  y  ligados  con  cables  y  cadenas:  la 
jaula  se  comunicaba  con  el  toril  por  un  pasadizo  cu- 
bierto y  que  ofrecía  toda  clase  de  seguridades. 

El  entusiasmo  de  la  gente  no  conocía  límites,  se  in- 
ventaban estampas  y  llovían  versos;  puestos  y  vendi- 
mias se  contruían  en  la  exterior  do  la  plaza  y  alcanza- 
ron precios  fabulosos  los  boletos  de  las  localidades  más 
incómodas  y  plebeyas. 

El  empresario  no  pudo  resistir  á  que  se  expusieran 
los  luchadores  á  las  miradas  del  público  ansioso  en  los 
departamentos  respectivos. 

Con  la  tropa  conveniente  y  el  orden  más  estricto,  re- 
cibieron los  personajes  del  duelo  forzoso  el  culto  pú- 
blico de  la  capital. 

Aquellas  entrevistas,  aquella  contemplación  de  las 
fieras  produjeron  efecto  singular. 

Crearon  partidos,  despertaron  simpatías  vivísimas  ya 
por  el  toro,  ya  por  el  tigre,  convirtiéndose,  sin  saberse 
cómo,  en  remedo  de  insurgentes  y  gachupines,  como  un 
duelo  entre  Callejay  Guerrero,  y  aquello  fué  una  gloria. 

Cada  fiera  tuvo  su  cohorte  que  daba  cuenta  de  supo- 


153 

sición,  del  estado  de  su  salud  y  de  su  tristeza  y  alegría. 
Al  toro  mexicano  los  léperos,  á  su  modo,  se  esforzaban 
por  hacerle  comprender  que  le  estaba  encomendada  la 
honra  nacional. 

Las  chinas  encomendaban  á  Dios  al  torito,  y  si  hubie- 
ran podido  le  habrían  llenado  de  estampas  y  escapu- 
larios. 

Los  altercados  entre  la  gente  del  bronce  terminaban 
en  riñas  feroces,  como  si  se  tratase  de  discípulos  de  los 
futuros  guerreadores. 

Llegóse  por  fin  el  gran  día:  en  las  gradas,  lumbreras 
y  tendidos,  se  presentaban  las  hileras  como  macizas; 
como  por  bloks  centelleaban  millares  de  ojos,  se  desta- 
caban figuras  en  todas  actitudes,  se  balanceaban  del 
tendido  bustos  y  piernas,  en  el  sol,  entre  toldos,  para- 
guas y  sarapes  colgados  para  modificar  sus  ardores. 

Y  en  la  sombra,  levitones  y  calzoneras  en  primer  tér- 
mino, y  ascendiendo,  plumas,  entorchados  y  encajes,  jo- 
yas y  sedas  hasta  rematar  con  mosaicos  de  tápalos  de 
riquísimos  colores. 

La  inquietud  era  febril  y  la  música  hacía  surgir  sus 
acentos  metálicos  de  entre  voces  que  como  que  los  so- 
focaban con  poder  tangible  y  material. 

Los  diez  mil  espectadores  parecía  que  se  habían  con- 
vertido en  estatuas  al  cesar  la  música. 

El  tigre,  sea  porque  no  tenía  conciencia  de  su  papol, 
sea  por  lo  bien  hallado  que  se  encontraba  en  aquel  es- 
pectáculo, sea  porque  con  imprudencia  se  le  condenó 
á  rigoroso  ayuno,  estaba  tristón  y  meditabundo. . . . 


164 

El  toril  se  abrió,  y  atravesó  rápido  el  pasadizo  descri- 
to el  toro  más  listo,  más  hermoso  y  simpático  de  cuan- 
tos había  producido  la  famosísima  hacienda  de  Ateneo. 

A  la  entrada  á  la  jaula  se  admiró  al  bicho  en  su  so- 
berbia belleza:  cuernos  pequeños  y  relucientes,  orejas 
inquietas,  ojos  de  fuego,  ancho  y  chino  morrillo,  flexi- 
ble lomo,  cola  azotadora.  Lamultitud,¡al  verlo,  prorrum- 
pió en  tempestuosos  aplausos. 

El  tigre  vio  con  desprecio  la  llegada  de  su  adversa- 
rio; pérfido  y  como  dormitando  dejó  pasar  al  toro;  pero 
de  reponte  un  rugido  espantoso  y  un  salto  tremendo 
anunciaron  al  terror  de  los  bosques  de  Oriente;  el  tigre 
cayó  sobre  un  lado  del  toro  trepado  sobre  él  enterrán- 
dole sus  garras,  haciendo  brotar  sobre  su  negra  piel 
chorros  de  sangre. . . . 

Rengueaba  moribundo  el  noble  toro,  mientras  los  ojos 
del  tigre  despedían  llamas  y  embarraba  su  hocico  con 
siniestro  gruñido  con  la  sangre  de  su  víctima. 

La  música  clamoreaba  no  se  qué  de  feroz  alegría. 
La  multitud  abandonó  sus  puestos  sin  que  se  le  pudie- 
ra contener,  cercó  la  jaula  y  alentaba  al  toro  con  gri- 
tos, con  suplicas  y  con  ardientes  lágrimas. 

El  toro  parece  que  comprendió y  por  un  esfuer- 
zo terrible,  inexplicable,  súbito  y acaso  pudiera 

decir  sublime,  se  sacudió  impetuosísimo,  desencajó  al 

tigre  de  sobre  sus  lomos,  lo  derribó,  y  rapidísimo 

más  rápido  que  el  más  veloz  relámpago,  hundió  una,  y 
diez,  y  mil  veces  sus  aceradas  astas  en  el  vientre  del 
tigre,  regando  sus  entrañas  por  el  suelo  y  levantando 


155 

después  su  frente  que  aparecía  radiosa  con  aquella 
inconcebible  victoria. 

La  erupción  del  entusiasmo  entonces  causaba  terror: 
era  el  derrumbamiento  de  un  mundo,  era  la  mar  en 
su  furor  más  pronunciado  y  terrible:  lloros,  gemidos, 
aullidos,  alaridos  espantosos  hacían  temblar  la  pla- 
za  las  cabezas  formaban  oleajes,  el  estampido  de 

millares  de  voces  no  se  semejaba  á  nada  humano  y  co- 
nocido. 

Sin  saber  cómo  ni  de  dónde  aparecieron  flores  y  lis- 
tones que  caían  como  ráfagas  de  lluvia  sobre  el  toro, 
al  que  le  decían  piropos,  le  tiraban  besos,  lo  querían 
retratar; y  el  toro  sangrándose parecía  un  mo- 
narca, no  por  otra  cosa,  sino  por  la  silenciosa  majes- 
tad con  que  recibía  los  homenajes  de  su  pueblo. . . . 

Una  reunión  considerable  de  personas  se  acercó  al 
empresario  pidiendo  le  permitiese  pasear  en  triunfo 
al  toro  que  había  elevado  tan  alto  el  nombre  mexicano. 
Se  accedió,  y  entonces  un  paseo  triunfal  que  no  habrían 
desdeñado  los  Emperadores  Romanos/se  verificó,  exhi- 
biendo al  toro  entre  vivas,  músicas  y  cohetes  por  el 
espacioso  barrio  de  San  Pablo,  mansión,  palenque  y  tea- 
tro de  glorias  de  la  flor  y  la  nata  de  la  gente  de  bronce. 

Algún  tiempo  después  de  este  suceso,  se  veían  en 
muchas  pulquerías,  cuadros  al  fresco  representando 
la  lucha  descomunal  del  Torito  Mexicano  y  el  Tigre 
Africano. 


III 

Colegio  de  Letrán. — Callejón  de  López. — Lacunza. —  Su  cuarto. — 
Conversaciones  y  confidencias. — Lecturas. —La  Academia  de 
Letrán. — Juan  Lacunza. — Ferrer. — Joaquín  Navarro. — Quinta- 
na Roo. —  Carpió. —  Don  Manuel  y  Don  Alejandro. —  Pesado. — 
Rodríguez  Gal  van. —  Ignacio  Ramírez. —  Aguí  lar  y  Marocho. — 
Munguía. —  Fernando  Calderón. — Juan  N.  Navarro. — Alcaraz. 
— Tornel. —  Gorostiza.— Collado.— Taller  de  Villanueva. — Mis 
relaciones  con  Fernando  Calderón. —  Reflexiones  sobre  la  Acá. 
demia. — Costumbres  y  obras  originales — Aduana. —  Un  ladrón 
que  se  denuncia  —  Descripción  de  la  Aduana. —  Sus  labores. — 
Edificio. — Dolores  y  gozos. — El  empleado  viejo. — Vida  alegre. — 
Café  de  Véroly.— Ribot.— Requena.— Tola.—  Cela.—  Cartuche- 
ras al  cañón. — Calaveradas. — Vinatero  ó  Gregorito. — Los  frai-  . 
les. — La  Iglesia  y  sus  bienes. — Fiestas  mundano-religiosas  — 
Especulaciones,  intrigas,  educación. — El  Tata  Padre. — Monjas 
y  milagros. — Literatura  mística.— Los  conventos. 

El  Colegio  de  San  Juan  de  Letrán,  de  que  tantas  ve- 
ces he  hablado,  era  un  edificio  tosco  y  chaparro,  con 
una  puerta  cochera  por  fachada,  un  connato  de  templo 
de  arquitectura  equívoca  y  sin  techo  ni  bóvedas,  que 
pudiera  pasar  por  corral  inmundo  sin  su  careta  ecle- 
siástica y  unas  cuantas  accesorias  interrumpidas  con 
una  casa  de  vecindad,  casucas  como  pecadoras  con 


158 

buenos  propósitos,  que  parecían  esperar  la  conclusión 
del  templo  para  arrepentirse  de  sus  pecados. 

La. espalda  del  edificio,  era  como  hoy  el  Callejón  de 
López  en suparte  más  amplia  porque  teníaentrada  obs- 
cura y  sucia  de  embudo  y  se  dilataba  bajo  las  inteli- 
gentes miradas  de  la  ventanería  de  las  celdas  ó  depar- 
tamentos del  Colegio. 

Ya  ontonces  el  Callejón  tenía  la  boga  escandalosa 
que  hoy  le  da  fama  y  le  acreditaban  hetairas  de  gran 
renombre,  sin  irrupciones  bruscas  del  extranjero  á  esa 
socorrida  industria  nacional. 

Había  la  gran  diferencia,  de  que  en  vez  de  retretes 
con  techos  de  seda  y  cortinajes;  en  vez  de  consolas, 
burós,  espejos,  lámparas,  mesas  de  nogal  y  sillones, 
había  paredes  descascaradas.  Un  santo  con  su  lampari- 
lla ardiendo;  el  brasero  á  la  puerta,  la  cama  escondi- 
da; estampas  do  colores  chillantes  representando  esce- 
nas de  Átala  y  de  Guillermo  Tell;  soldados  recortados 
á  tijera,  pegados  á  la  pared  con  engrudo,  alternando  con 
avisos  de  toros;  sillería  de  tule  y  mesilla  de  palo  blan- 
co con  manchas  de  grasa,  tinta  y  cicatrices  de  corta- 
pluma, con  jarros  ahumados  y  botellas.  Solía  alguna 
maltratada  guitarra  protestar  contra  tanta  miseria  y 
abandono, ó  algún  tocador  ó  renovado  tinajero  dar  idea 
remotísima  de  los  encantos  del  hogar.  Con  vigas  po- 
dridas, húmedas,  sin  luz,  con  furias  desmechadas  por 
sirvientas,  y  mujeres  dosvergozadas  por  matronas,  ta- 
les eran  aquellos  antros  de  degradación. 

El  colegio,  en  el  interior,  estaba  dividido  en  dos  ex- 


159 

tensísimos  patios  de  todo  punto  desguarnecidos, ruino- 
sos y  sombríos. 

En  el  centro  del  primero  había  una  gran  fuente;  li- 
mitaba uno  de  sus  lados  la  alta  pared  del  templo,  so- 
berbia para  jugará  la  pelota;  al  opuesto  lado,  una  galera, 
con  estrechas  ventanas  como  de  macheros,  con  angos- 
tas bancas  de  palo  blanco  y  toscas  mesas  con  chorro- 
nes  de  tinta,  sus  pautas  y  plomos,  su  cántaro  con  tinta 
y  su  olla  con  agua  negruzca,  con  su  jarro  dehojalata, 
estaba  la  escuela  primaria. 

El  segundo  patio  era  propiamente  un  corral  con  sus 
caballerizas  inmundas  y  un  antro  negro,  pestilente,  don- 
de en  medio  del  humo  se  percibía  una  harpía  jorabada 
y  harapienta  que  ora  la  cocinera;  cocina  que  de  sólo 
imaginada  habría  producido  un  ataque  nervioso  á  Bri- 
llat  de  Savary.  En  un  costado  de  ese  patio  había  una 
higuera  en  la  que  tuvieron  mis  colegas  sus  primeras 
nociones  de  gimnasio. 

En  los  corredores  de  la  parte  superior  del  primer 
patio  había  salones  para  las  cátedras,  y  el  cuarto  del 
Rector  que  era  un  pandemónium  de  libros  y  sillas  de 
caballo,  trastos  y  santos,  la  capita  azul  para  las  aven- 
turas amorosas  y  la  caja  de  hojalata  que  encerraba  la 
gran  borla  dé  doctor  y  la  beca  que  lucía  con  garbo  en 
toda  clase  de  solemnidades. 

En  el  pasillo  para  el  segundo  patio  estaba  la  biblio- 
teca, materialmente  enterrada  en  el  polvo,  con  los  es- 
tantes desbaratados  y  cortinajes  de  telarañas  sobre 
sucios  vidrios  de  las  ventanas;  había  sus  cátedras  y 


160 

dormitorios,  y  en  uno  de  los  ángulos  un  callejoncito 
como  vaina,  obscuro  y  puntiagudo  que  remataba  con 
tres  cuartos.  En  uno  de  ellos  vivía  el  Sr.  Lie.  D.  José 
María  Lacunza. 

Frente  levantada,  hermosos  ojos  negros,  grueso  y 
patilludo,  cuello  apenas  saliente  de  su  ancho  pecho 
y  robustos  hombros,  actitud  reflexiva,  hablar  sonoro, 
redoblando  la  erre  de  un  modo  particular.  Su  traje  des- 
cuidado, pero  sin  poderse  tildar  de  soso  ni  de  sucio. 

Su  cuarto,  que  propiamente  podría  llamarse  celda, 
con  sus  altas  ventanas,  sus  desnudos  ladrillos  y  su 
cancel  en  la  puerta,  estaba  totalmente  tapizado  de  li- 
bros, sin  más  claros  que  el  que  ocupaba  una  angosta 
mesa  que  sería  calumnioso  llamar  bu  fete,  y  en  un  extre- 
mo de  la  pieza  y  en  el  opuesto  un  catre  aislado  y  como 
llevado  con  carácter  provisional  á  aquel  lugar.  Com- 
pletaba el  ajuar  una  mesilla  de  palo  blanco,  y  en  ella, 
ó  provocando,  ó  atestiguando  el  apetito  del  dueño,  una 
portavianda  de  hojalata  y  un  cántaro  poroso  con  agua 
pura.  En  esa  mesilla  solían  hacer  sus  sacrificios  á  la 
gula  los  retoños  de  las  siete  partidas  y  del  Conde  de 
la  Cañada,  tertulianos  de  Lacunza. 

Lacunza  era  hijo  de  un  próbido  y  distinguido  ma- 
gistrado, conocido  por  algunos  opúsculos  y  poesías 
subscriptas  con  el  anagrama  de  Can-Azul.  Huérfano, 
lo  mismo  que  su  hermano  Juan,  en  edad  muy  tempra- 
na, quedó  bajo  el  amparo  de  su  tía  Doña  Guadalupe 
Blengio,  que  era  el  tipo  más  acabado  de  la  matrona 
colonial. 


161 

Era  pequeña  de  cuerpo,  de  hundidos  labios  y  ojos 
vivísimos;  su  zorongo  con  su  punta,  su  tosco  pañuelón 
de  abrigo  cruzado  en  el  pecho,  su  purillo  delgado  en 
la  boca  y  su  andar  expedito  y  desembarazado. 

Esta  venerable  señora  fué  la  madre  de  los  Lacunza; 
los  cuidaba  y  mantenía,  los  doctrinaba  y  mimaba  con 
inagotable  ternura. 

José  María  Lacunza  fué  ejemplar  en  su  gratitud  pa- 
ra su  bienhechora.  No  obstante  hacer  vida  de  anaco- 
reta en  el  Colegio,  no  pasaba  día  que  no  fuese  á  besar 
la  mano  de  su  tía,  y  cuando  ésta  se  enfermaba,  Lacun- 
za la  curaba,  le  daba  sus  baños  de  pies  y  la  mimaba,. 
y  este  tratamiento  lo  mismo  fué  cuando  era  un  sim- 
ple colegial  que  cuando  ocupó  las  más  altas  dignidades 
del  Estado. 

En  el  Colegio  se  distinguió  Lacunza  desde  sus  pri- 
meros estudios,  y  su  acto  de  filosofía  fué  un  verdade- 
ro acontecimiento.  Fué  padrino  del  acto  el  Sr.  Pedra- 
za,  quien  quedó  tan  complacido  de  los  talentos  y  de 
la  sabiduría  del  joven  actuante,  que  cuando  termina 
el  acto  le  dio  como  gala,  en  una  tira  de  papel  que  arran- 
có á  un  periódico,  una  orden  para  que  D.  J.  B.  Sisos,. 
encargado  de  la  casa  de  Adone  Hermanos,  le  suminis- 
trase una  mesada  de  diez  y  seis  pesos  hasta  que  con- 
cluyese su  carrera. 

Siguió  Lacunza  sus  estudios,  se  dedicó  á  las  cien- 
cias naturales  por  sí  mismo,  supliendo  con  mil  traba- 
jos sus  instrumentos  de  física  y  su  laboratorio  quími- 
co; aprendió  sin  maestro  varios  idiomas,  entre  ellos  el 


162 

inglés  que  poseía  con  rara  perfección,  y  se  dio  á  co- 
nocer en  literatura  con  una  oda  sobre  la  invasión  de 
Barradas,  que  le  valió  justísimos  aplausos. 

Una  memoria  prodigiosa,  una  palabra  fácil  y  elo- 
cuente, una  perseverancia  en  el  estudio  que  rayaba 
en  tenaz  y  viciosa:  tales  eran  las  dotes  de  Lacunza. 

Daba  ó  suplía  las  cátedras  todas  del  Colegio  con 
sorprendente  aptitud,  citando  páginas  y  renglones  en 
cualquiera  de  ellas  para  sus  réplicas  ó  controversias. 

Afeaban  este  hermoso  talento  dos  defectos  capita- 
les. El  primero,  cierto  amor  al  sofisma  que  todo  lo  em- 
brollaba; cierta  sutileza,  cierto  tornasol  de  argumen- 
tación que,  fomentado  por  el  amor  propio  y  el  hábito 
autoritativo,  le  valieron  el  título  de  «Cubiletes,»  por- 
que en  las  discusiones  tal  parecía  entregarse  á  juegos 
de  prestidigitación. 

El  otro  de  sus  defectos  era  la  frialdad:  ni  el  amor 
levantó  jamás  tempestades  en  su  corazón,  ni  la  ambi- 
ción le  arrebató  un  minuto  de  sueño.  Contento  con 
su  vida  monjil  y  sus  pocas  necesidades,  la  codicia  pa- 
ra nada  le  preocupaba,  y  su  tía  y  su  hermano  sabían 
más  que  él  lo  que  necesitaba  y  lo  que  ganaba. 

En  las  grandes  cuestiones  hacía  de  su  cerebro  un 
pizarrón,  en  el  que  planteaba  un  problema  que  seguía 
inflexible  é  invariable  sin  que  le  envanecieran  los  triun- 
fos ni  le  arredrasen  las  derrotas. 

En  la  discusión  se  complacía  en  robustecer,  levan- 
tar y  dar  apariencias  indestructibles  á  los  argumentos 
de  su  adversario  y  luego  los  deshacía  fácilmente,  los 


163 

volvía  espuma  y  humo,  sin  efectarse,  sin  jactarse,  co- 
mo desbarata  un  niño  un  palacio  de  naipes. 

Resultado  de  uno  de  esos  problemas  fué  su  activí- 
sima participación  en  la  paz  de  los  Estados  Unidos,  lo 
mismo,  estamos  ciertos,  fué  en  la  cuestión  del  Imperio. 
Problemas  matemáticos  equivocados,  sin  odio  y  sin 
amor,  sin  tener  en  nada  su  individualidad  en  los  re- 
sultados de  esas  operaciones. 

No  creía  en  nada;  la  consecuencia  era  cuestión  de 
método:  hacía  el  bien  porque  le  parecía  lógico,  el  mal 
lo  explicaba  por  las  leyes  de  la  gravedad. 

Su  gran  pasión  fué  la  lectura;  devoraba  libros  que 
daba  miedo,  pasaba  tres  y  cuatro  horas  boca  arriba  con 
un  libro  en  las  manos,  como  de  piedra,  sin  dar  señal 
de  vida,  más  que  al  voltear  las  hojas. 

Tenía  poquísimos  amigos,  entre  ellos  Iturbe  y  Vi- 
cente Gómez  Parada;  no  obstante  su  retraimiento,  su 
trato  en  público  era  agradable;  guardaba,  como  Lerdo, 
todas  las  fórmulas  de  la  buena  sociedad,  y  cuando  sus 
discípulos  ó  conocidos  le  consultaban  sus  dudas,  se 
complacía  sinceramente  en  estudiar  con  ellos  y  resol- 
verles sus  dificultades.  En  cuanto  á  lo  que  se  llama 
mundo,  Lacunza  era  un  niño.  .  .  . 

Delgado  como  una  caña,  pálido,  de  ojos  de  relámpa- 
go y  movimientos  rápidos  y  nerviosos,  boca  bien  he- 
cha pero  con  dentadura  trunca  y  podrida,  voz  meliflua, 
risa  franca,  Juan  N.  Lacunza  formaba,  en  jnucho,  con- 
traste con  su  hermano. 

Gran  jugador  de  pelota  y  billar,  compartiendo  su 


164 

tiempo  entre  el  estudio,  los  juegos  y  el  teatro,  tan  pron- 
to asombraba  en  un  informe  de  la  Corte,  como  llevan- 
do la  bolea  en  la  pelota  ó  deleitando  con  sus  versos, 
sus  chistes  y  sus  simpáticas  maneras  en  el  teatro  de 
los  Gallos  á  Cayetana  la  «Manitos»  y  las  aprovecha- 
das discípulas  de  Isabel  Rendón  y  Joaquina  Pautret, 
que  estaban  entonces  pintando  en  el  ocho. 

Juan  Lacunza  era  á  José  María  en  las  reducidas  pro- 
porciones de  este  cuadro,  algo  parecido  á  lo  que  Juan 
de  Molendino  y  al  Arcediano,  en  la  célebre  novela  de 
«Los  Misterios  de  París.» 

Otro  concurrente  asiduo  al  cuarto  de  Lacunza  era 
Manuel  Toniat  Ferrer,de  veintidós  á  veinticuatro  años, 
rubio,  de  ojos  azules,  silencioso,  sentimental  y  melan- 
cólico. Como  los  Lacunzas  era  abogado,  contempori- 
zaba con  Juan  y  amaba  con  adhesión  apasionada  á  Jo* 
sé  María. 

Su  padre  fué  el  ilustre  Lie.  Ferrer,  sacrificado  im- 
píamente por  Venegas  en  odio  á  su  gran  talento  y  á  las 
ideas  liberales  que  profesaba. 

De  educación  femenil  delicada  y  piadosa,  al  lado  de- 
personas  caritativas,  de  quienes  era  ídolo,  su  carácter 
era  dulcísimo  y  sus  inspiraciones  poéticas,  no  son  hi- 
jas de  la  inspiración  y  del  pensar  profundo,  eran  co- 
mo emanaciones  delicadas  que  se  exhalaban  espon- 
táneas del  cáliz  de  su  corazón. 

Era  Manuel  tímido  como  una  paloma  y  modesto  co- 
mo la  violeta;  sonreía  como  declarando  su  poca  valía, 
su  habla  tenía  un  sonido  casi  quejoso,  y  se  hacía  notar 


165 

por  cierta  manía  de  golpear  de  la  respiración  en  la 
nariz. 

El  último  de  los  cuatro  tertulianos  era  yo,  á  quien 
de  sobra  van  conociendo  los  lectores  como  si  les  hu- 
biera nacido  en  la  palma  de  la  mano. 

Los  cuatro  personajes  (vamos,  ¿y  por  qué  no  les  he 
•de  llamar  personajes?)  fueron  los  cuatro  fundadores  de 
la  famosa  Academia  de  Letrán.* 

Ahora  vamos  á  decir  cómo  se  formó  la  dichosa  Aca- 
demia. 

Concurrían  á  hora  determinada  los  nombrados,  al 
•cuarto  de  Lacunza,  y  tan  de  su  gusto  era  la  tertulia, 
que  éste  se  daba  traza  para  que  no  lo  distrajese  ocu- 
pación chica  ni  grande. 

Arrellanábase  en  su  sillón,  con  su  levita  café  de  tra- 
bajo, en  que  reía  insolente  uno  que  otro  chirlo  con  li- 
cencia absoluta;  ni  había  gorrito,  ni  pantufla,  ni  nada 
del  uniforme  de  bufete,  como  hoy  se  estila. 

Juan  con  su  saquito  gris,  Ferrer  y  yo  con  nuestros 
sendos  barraganes.  Todos  con  nuestros  rollos  de  ver- 
sos en  los  bolsillos;  Lacunza  J.  M.  se  contoneaba;  leía 
gravedoso  y  pausado,  leía  v.  g.  su  composición  A  las 
Estrellas. 

"Como  se  precipitan  piedra  á  piedra 
"los  muros  de  los  viejos  monumentos, 
"tal  de  mi  corazón  los  sentimientos 
"van  falleciendo  va. 


*  José  María  y  Juan  N.  Lacunza,  Manuel  Tonat  Ferrer  y  Gui- 
llermo Prieto. 


166 

Después  de  leer  el  autor  la  composición,  pedíamos 
la  palabra  para  hacer  notar  sus  defectos,  y  á  veces  aque- 
lla era  una  zambra  tremebunda. 
•  Por  estricta  mayoría  se  aprobaba  ó  se  corregía  la 
composición.  Tenían  ostensiblemente  aquellos  ejerci- 
cios literarios  el  aspecto  de  un  juego;  pero  en  el  fondo, 
y  merced  al  saber  de  Lacunza,  los  nuestros  eran  ver- 
daderos estudios  dirigidos  por  él  las  más  veces.  Con 
efl  pretexto  de  una  imitación  de  Herrera  ó  de  Fray  Luis 
de  León,  disertaba  sobre  la  literatura  española;  otras, 
presentando  alguna  traducción  de  Ossián  ó  de  Byron, 
hablaba  sobre  la  literatura  inglesa,  y  nosotros,  para  na 
quedar  desairados,  con  varios  motivos  la  brillábamos 
dando  nuestros  saludos  á  Goethe  y  Schiller,  ó  vendó- 
nos á  las  barbas  á  Horacio  y  á  Virgilio.    ' 

Más  de  dos  años  duraron  los  ejercicios,  encerrados 
en  las  cuatros  paredes  del  cuartito  de  Lacunza;  pera 
algo  se  trasporaba  de  nuestras  tertulias,  y  un  tanto  nos 
aguijoneaba  el  deseo  de  procurarnos  otros  amigos  in- 
ficionados de  la  propia  maletia  de  las  copias. 

Una  tarde  de  Junio  de  1836,  este  deseo  no  se  por  qué 
tiivo  mayores  creces,  y  resolvimos  valientemente  esta- 
blecernos en  Academia  que  tuviera  el  nombre  do  nues- 
tro Colegio,  instalándonos  al  momento  y  convidando  á 
nuestros  amigos,  siempre  que  tuvieran  nuestra  unáni- 
me aprobación. 

Y  diciendo  y  haciendo,  nos  pusimos  en  tren  de  inau- 
guración, pronunciando  el  discurso  de  apertura  Lacun- 
za J.  M. 


167 

No  sé  cómo  pasaron  las  cosas,  que  estando  los  mis- 
mos comensales,  sin  cambiar  de_ sitio  y  sin  incidente 
nuevo,  cobró  el  auditorio  cierta  compostura  y  el  ora- 
dor tales  ínfulas,  que  aquel  fué  un  discurso  grandilo- 
cuente, conmovedor,  magnífico. 

Terminado  el  discurso,  entre  abrazos  y  palmoteos, 
parecía  dirigirnos  el  jarro  de  la  agua  de  la  mesita  ve- 
cina miradas  de  frío  desengaño 

— Falta  el  banquete,  dijo  Juan;  hagamos  una  requi- 
sición de  bolsillos 

La  colecta  produjo  real  y  medio. 

Era  necesario  desechar  el  licor  y  los  bizcochos. 

Convenimos  en  la  compra  de  una  pina  y  en  aprove- 
char algunos  terrones  de  azúcar  que  esperaban  envuel- 
tos en  un  papel  el  advenimiento  del  café. 

Rebanóse  la  pina,  se  espolvoreó  sobre  ella  el  polvo 
de  azúcar  y el  banquete  fué  espléndido,  ameni- 
zado con  ruidosas  improvisaciones. 

A  la  sesión  siguiente  de  la  Academia  ya  figuraron  en 
el  cuarto  de  Lacunza,  Eulalio  M.  Ortega,  Joaquín  Na- 
varro y  Antonio  Larrañaga.  De  estos  chicos  sólo  á  Nava- 
rro no  he  dado  á  conocer 

Los  fundadores  nos  habíamos  pronunciado  contra  to- 
do reglamento:  se  dictó  como  ley  fundamental,  no  es- 
crita que  el  que  aspirase  á  socio  presentara  una  com- 
posición en  prosa  ó  verso  y  que  echa  la  aprobación  de 
la  candidatura  fuera  lo  bastante  para  la  admisión. 

Leída  la  composición,  su  autor  le  nombraba  defensor 
y  se  entregaba  al  debate. 


168 

El  presidente  debía  ser  el  que  hubiese  tenido  mejor 
calificación  en  sus  composiciones  presentadas  con  un 
mesdeanterioridad,ydebíadurarlaPresidenciaunmes, 
llamando  para  su  Secretario  al  primero  que  le  ocu- 
rriese. 

Entre  los  primeros  que  presentaron  composiciones 
aspirando  á  pertenecer  á  la  Academia,  descolló  Joaquín 
Navarro,  colegial  de  Letrán  que  concluía  sus  estudios 
y  se  disponía  á  abrazar  la  carrera  de  médico. 

Era  Joaquín  Navarro  un  chiquitín  cabezón,  rubio,  de 
piernas  cortas  y  desmesurado  busto,  facciones  toscas, 
boca  grande  y  piel  salpicada  de  barros. 

Sus  movimientos  inquietos,  su  andar  precipitado, su 
palabra  atropellada  y  autoritativa,  y  la  animación  que 
daba  su  talento  á  sus  discursos  y  facciones,  le  hacían 
muy  notable. 

Su  lógica  era  poderosa,  y  la  corrección  con  que  ha- 
blaba, tan  notable,  que  mil  veces  los  taquígrafos  en- 
viaron á  la  imprenta  sus  discursos  sin  una  sola  enmen- 
datura. 

Joaquín  hacía  versos  por  condescendencia  ó  vanidad, 
sin  cuidarse  del  asunto  ni  del  éxito;  era  un  talento  prác- 
tico, como  ahora  se  diría,  muy  capaz  de  honrar  la  es- 
cuela de  Spencer  ó  de  Mili,  sin  que  tales  genios  le  hu- 
biesen pasado  por  las  mientes. 

Navarro  era  consumado  ideólogo,  y  nos  sorprendían 
«us  estudios  filológicos  por  lo  profundos  y  trascenden- 
tales. 

En  las  discusiones  nos  obligó  al  estudio  de  esas  ma- 


169 

terias  desconocidas  cuasi  por  los  literatos:  extendía  sus 
excursiones  á  la  prosodia,  de  que  se  había  ocupado 
Quintana  Roo  por  primera  vez  en  su  célebre  polémica 
con  el  padre  Ochoa, l  haciendo  mención  de  esa  polé- 
mica D.  Alberto  Lista,  con  honra  para  Quintana;  y  en 
psicología  apenas  tuvo  competidores  después,  en  Quin- 
tana, Cardoso  y  Carpió. 

Navarro  era  liberal  exaltado;  después  de  su  recep- 
ción de  médico,  que  fué  brillantísima,  sus  estrechas 
relaciones  con  Cardoso  y  Farías,  le  llevaron  á  la  Cá- 
mara y  á  la  oficialía  mayor  del  Ministerio  de  Hacienda, 
que  desempeñó  con  rara  aptitud  y  probidad.  Navarro 
es  el  verdadero  autor  de  la  ley  de  30  de  Noviembre, 
notable  por  sus  ideas  sobre  crédito  público. 

Fogosísimo  Joaquín,  parece  que  reñía  al  discutir;  in- 
trépido se  abalanzaba  á  sus  adversarios  como  diestro 
batallador,  y  cuando  se  serenaban  las  tempestades  de 
su  naturaleza  sanguínea,  era  dulce,  amante,  juguetón 
servicial  y  excelente  amigo.  La  muerte  prematura  de 
Navarro,  víctima  de  una  erisipela  fulminante,  hundió  en 
la  consternación  á  sus  amigos  y  numerosos  partidarios. 

En  una  de  las  tardes,  tristona  y  lluviosa  por  cierto, 
llamó  á  la  puerta  de  la  Academia  un  viejecito  con  su 
barragán  encarnado  á  cuadros,  con  su  vestido  negro, 
nuevo  y  correcto,  y  su  corbata  blanca,  mal  anudada, 
y  un  sombrero  maltratado  con  la  falda  levantada  por 
detrás. 

1  No  habrá  aquí  un  error?  creo  se  trata  de  Lloreda.  Véase  el 
■< Registro  Yucateco.»  N.  L 


170 

Era  penoso  el  andar  del  anciano;  su  cuerpo  notable- 
mente inclinado.  Tez  morena,  ojos  negros  muy  expre- 
sivos y  brillantes,  y  una  frente  verdaderamente  olím- 
pica y  llena  de  majestad. 

El  viejecito  tocó  la  puerta,  y  sin  más  espera  se  entró 
de  rondón  en  el  cuarto  y  se  sentó  con  el  mayor  des- 
enfado entre  nosotros,  diciendo: 

— Vengo  á  ver  qué  hacen  mis  muchachos. 

La  Academia  se  puso  en  pie  y  prorrumpió  en  estre- 
pitosos aplausos  que  conmovieron  visiblemente  al  an- 
ciano     El  nombre  de  Quintana  Roo,  que  tal  era 

nuestro  visitante,  fué  pronunciado  por  todos  los  labios 
y  por  aclamación  irresistible  fué  elegido  nuestro  pre- 
sidente perpetuo. 

El  júbilo  por  este  nombramiento  fué  tan  ardiente 
como  sincero; nos  parecía  la  visita cariíiosade  la  Patria. 

Quintana  á  los  diez  y  nueve  años  fué  el  consejo  y  el 
espíritu  levantado  del  gran  Morelos;  rico  con  los  sen- 
timientos más  puros  y  benéficos;  astro  de  la  pléyade 
en  que  brillaban  espléndidos  los  nombres  de  Zavala, 
de  Cos,  de  Justo  Sierra  y  de  otros  esclarecidos  políti- 
cos; escritor  elocuentísimo  que  dio  á  conocer  en  el  ex- 
tranjero los  principios  de  la  guerra  de  independencia, 
haciendo  decir  á  Blanco  White  que  donde  había  pensa- 
dores como  Quintana  era  imposible  la  esclavitud;  con 
una  aureola  novelesca  por  sus  amores  con  Leona  Vi- 
cario, heroína  encantadora  de  la  guerra  insurgente; 
honrado,  sabio,  modesto,  y  con  una  llaneza  que  transpa- 
rentaba la  bondad  y  la  finura:  tal  era  nuestro  presiden- 


171 

te,  que  con  voz  trémula  de  emoción,  aceptó  su  mereci- 
do puesto. 

Era  Quintana  distinguidísimo  latinista,  y  su  conver- 
sación estaba  matizada  con  citaciones  de  Cicerón,  de 
Horacio  y  de  Virgilio. 

Él  mismo  había  pulsado  la  lira  con  brío  desusado, 
Celebrando  las  glorias  de  la  Patria;  él  había  prorrum- 
pido en  entonación  épica  al  fin  de  la  guerra : 

«Renueva,  oh  musa,  el  victorioso  aliento 
«con  que  fiel  de  la  patria  al  amor  santo, 
«el  fin  glorioso  de  su  acerbo  llanto 
«audaz  predije  en  inspirado  acento.» 

En  sus  escritos  sobre  minería,  en  s  u  polémica  sobre  las 
formasdegobierno,ensu  correspondencia  con  Benjamín 
Constant  con  motivo  de  las  libertades  de  la  prensa,  el 
Sr.  Quintanafué  un  monumento  de  gíoria  patria  y  unas- 
trode  primera  magnitud  en  nuestra  literatura  naciente. 

En  los  labios  de  Quintana,  las  narraciones  de  nues- 
tra independencia  eran  encantadoras;  desentrañaba 
con  naturalidad  suma  los  móviles  de  nuestra  emanci- 
pación, señalando  los  talentos  guiadores,  las  inconve- 
niencias de  opinión  de  los  instruidos  á  medias,  el  poder 
mágico  de  los  instintos  sobreponiéndose  á  todas  las 
teorías,  el  fondo  de  bondad,  de  amor  y  redención  entre 
patriotas  de  distintas  posiciones,  de  diversos  grados 
de  instrucción  y  de  categorías  que  descendían  de  lo 
más  alto  de  la  civilización  para  confundirse  con  la  bar- 
barie en  medio  del  desorden. 

Fascinaba  Quintana  cuando  hablaba  de  patria. 


172 

Me  refería  en  su  casa  una  noche,  las  vísperas  de  la 
instalación  del  Congreso  de  Chilpancingo. 

— Morelos,  me  decía,  era  un  clérigo  fornido,  carian- 
cho, moreno,  de  grande  empuje  en  el  andar  y  movi- 
mientos, de  voz  sonora  y  dulce. 

La  estancia  en  que  estábamos  era  reducida  y  con  un 
solo  asiento;  en  una  mesilla  de  palo,  blanca,  ardía  un  ve- 
lón de  sebo  que  daba  una  luz  palpitante  y  cárdena. 

Morelos  me  dijo:        , 

«Siéntese  usted,  y  óigame,  señor  Licenciado,  porque 
de  hablar  tengo  mañana,  y  temo  decir  un  despropósito; 
yo  soy  ignorante  y  qurero  decir  lo  que  está  en  mi  co- 
razón: ponga  cuidado,  déjeme  decirle,  y  cuando  acabe, 
me  corrige  para  que  sólo  diga  cosas  en  razón.» 

Yo  me  senté,  proseguía  Quintana:  el  Sr.  Morelos  se 
paseabacon  su  chaqueta  blanca  y  su  pañuelo  en  la  cabe- 
za; de  repente  se  paró  frenteá  mí  y  me  dijo  sudiscurso. 

Entonces,  á  su  modo,  incorrecto  y  sembrado  de  mo- 
dismos y  aun  de  faltas  de  lenguaje,  desenvolvió  á  mis 
ojos  sus  creencias  sobre  derechos  del  hombre,  división 
de  poderes,  separación  de  la  Iglesia  y  del  Estado,  li- 
bertad de  comercio,  y  todos  esos  admirables  concep- 
tos que  se  reflejan  en  la  Constitución  de  Chilpancingo 
y  que  apenas  entreveía  la  Europa  misma  á  la  luz  que 
hicieron  los  relámpagos  de  la  revolución  francesa. 

Yo  le  oía  atónito,  anegado  en  aquella  elocuencia  sen- 
cilla y  grandiosa  como  vista  de  volcán;  él  seguía,  yo 

me  puse  de  pie estaba  arrobado Concluyó 

magnífico  y  me  dijo:  Ahora  ¿qué  dica  usted? 


173 

—Digo,  señor. . .  que  Dios  bendiga  á  usted  (echán- 
dome en  sus  brazos  enternecido),  que  no  me  haga  caso 
ni  quite  una  sola  palabra  de  lo  que  ha  dicho,  que  es 
admirable. . .. 

— Vaya  un  Licenciado  disparatero,  dijo  Morelos;  y 
yo  quedé  asombrado  de  lo  que  le  habían  inspirado  su 
talento  y  su  gran  corazón  «(porque  realmente  era  poco 
instruido)  á  ese  inmortal  caudillo  de  nuestra  indepen- 
dencia. 

El  mismo  efecto  que  en  mí,  produjo  al  siguiente  día 
el  discurso  de  Morelos,  en  el  seno  del  Congreso,  aña- 
dió Quintana. 

En  su  trato  familiar  era  Quintana  llano  y  chancero. 
Le  decía  en  su  casa  á  uno. . .  — ¿Usted  gusta  de  tomar 
algo?  por  ejemplo:  resuello. 

— Presento  á  usted  alSr.  Dr.  Licéaga,  que  curó  á  una 
gran  parte  de  los  que  murieron  del  cólera. 

Cuando  obligó  Santa-Anna  á  los  Magistrados  de  la 
Corte  de  Justicia  á  que  usaran  bandas  moradas. . .  un 
soldado  le  saludó  en  la  puerta  de  Palacio:  — Adiós  mi 
general. 

— Sí,  del  Papa,  contestó  sonriendo  Quintana. 


Carpió  y  Pesado  entraron  por  nuestras  puertas  como 
dignos  representantes  de  la  literatura  clásica. 

Estatura  regular  (plagio  de  filiación  de  soldado),  fren- 
te alemana  y  calva  con  un  rosquete  de  cabello  sobre 
la  región  frontal,  ojos  azules,  apacibles  y  melancólicos, 
ropa  holgadísima:  frac,  pantalón  azul  y  chaleco  blanco; 


174 

continente  grave,  el  cuello  como  embutido  en  su  an- 
cha corbata  blanca.  El  habla  clara  y  sentenciosa,  con 
un  acento  especial.  Tenía  la  manía  de  alzarse  de  la 
pretina  los  pantalones  constantemente,  cuando  estaba 
de  pie Tal  era  el  Dr.  D.  Manuel  Carpió. 

Sapientísimo  médico,  tenía  conquistada  su  gloria 
científica;  pero  ni  de  ella  ni  de  su  gran  mérito  litera- 
rio se  envanecía. 

Creyente  ilustrado  y  sincero,  trascendía  su  inspira- 
ción al  perfumo  divino  de  la  fe  cristiana,  y  en  su  trato 
formaban  sus  virtudes  como  aureola  á  su  bondad  ín- 
tima. 

En  su  trato  era  cortés,  pero  callado  y  poco  expansi- 
vo, formando  contraste  con  su  reserva  y  con  su  imper- 
turbable seriedad,  los  dichos  agudos  y  los  epigramas 
saladísimos,  que  como  á  su  pesar  é  inconscientemente 
se  escapaban  de  sus  labios. 

«Todo  lo  sabe  Don  Luis. . . . 
¡Como  que  estuvo  en  París! 

Tres  ejércitos  cabales 
de  soldados  y  oficiales 
á  formar  la  Europa  va. 
Que  no  piense  en  generales, 
porque  esos  irán  de  acá. 

Con  h  el  arte  de  herrar 
tiene  Galván  Don  Mariano: 
sin  ella  digno  seria 
del  Congreso  Mexicano.» 


175 

Estos  epigramas  que  constan  en  sus  obras,  los  dis- 
paraba sin  esfuerzo  en  la  conversación. 

Un  día  le  consulté  sobre  no  sé  qué  asunto  impor- 
tante. 

Ya  le  diré  á  usted  . . .  Guillermo,  ahora  tengo  una 
federaciónde  ideas  en  la  cabeza,  que  no  me  deja  pensar. 

Un  médico  pedante  me  veía  un  día  la  garganta  en 
unión  del  Sr.  Carpió 

— Ni  duda,  dijo  el  médico,  es laringitis. 

— Vea  usted  bien,  señor  Doctor,  es  adentritis,  re- 
plicó Carpió. 

La  poesía  sublime  y  grandilocuente  le  arrebataba: 
á  Homero  profesaba  amor  especial;  Píndaro  le  enaje- 
naba, y  los  líricos  españoles  eran  objeto  especial  de 
su  culto,  con  especialidad  Rioja  y  Fr.  Luis  de  León. 

Todos  estos  conocimientos  estaban  como  bordados 
y  realzados  en  su  cerebro,  sobre  un  fondo  de  esplendor 
religioso  y  tintes  de  caballerosidad  de  la  edad  media. 

Pero  Carpió  aspiraba  á  producir  por  sí,  se  transpor- 
taba á  su  ideal  propio,  y  entonces,  en  vuelo  atrevido 
recorría  las  civilizaciones  antiguas,  y  las  revivía  al  so- 
plo de  su  maravillosa  erudición. 

La  Cena  de  Baltasar,  las  Ruinas  de  Babilonia,  pue- 
den dar  testimonio  de  mi  dicho.  Con  qué  grandilocuen- 
cia exclama  en  esta  última  composición: 

«Asi  acabó  la  reina  de  las  gentes, 
«harta  de  orgullo  y  de  placeres  harta, 
«como  acabó  la  espléndida  Palmira, 
«la  sabia  Atenas  y  la  dura  Esparta 
«cuyas  bellezas  el  viajero  admira. 


176 

«Tal  vez,  tal  vez  en  tiempos  venideros 
«los  sabios  de  los  siglos  más  lejanos 
«irán  á  ver  de  Londres  opulenta 
«los  restos  entre  inmóviles  pantanos; 
«y  en  sus  inmensas  plazas  y  en  sus  calles 
«pastarán  las  ovejas  y  los  bueyes, 
«y  anidarán  las  aves  solitarias 
«en  los  grandes  palacios  de  sus  reyes.» 

Su  misma  pulcritud  y  su  corrección  misma,  perju- 
dicaban la  espontaneidad  de  Carpió;  su  buen  juicio  era 
un  gendarme  que  no  dejaba  movimiento  libre  á  sus 
aptitudes  poéticas. 

Escribía  generalmente  sus  versos  en  las  noches  llu- 
viosas y  para  matar  el  fastidio,  en  una  piececita  larga 
y  angosta  que  se  halla  en  la  cabecera  de  su  sala  (calle 
2a  de  Mesones.). 

Se  proponía  consonantes  inencontrables,  se  detenía 
horas  y  días  hasta  hallar  un  epíteto  adecuado,  dejando 
el  claro  de  la  palabra  ó  del  versD  entero,  hasta  ajus- 
tado á  su  gusto. 

Había  composiciones  que  dejaba  pendientes,  del 
tiempo  de  aguas  de  un  año  para  el  tiempo  de  aguas  de 
otro,  en  que  no  salía  de  casa.  Parece  que  sus  musas 
esperaban  el  ruido  de  las  canales  para  visitarlo,  como 
solíamos  decirle  de  broma. 

D.  Mariano  Gaiván  era  el  único  que  tenía  el  secreta 
de  despertar  su  perezosa  musa,  obligándolo  á  que  le 
hiciera  cada  año  una  composición  para  su  calendario. 

Carpió  era  generoso  y  consecuente  con  sus  amigos, 
y  tierno,  ternísimo  con  su  familia;  el  desinterés  lo  lle- 
vaba hasta  la  imprudencia,  y  se  contrariaba  de  que  la 


177 

supieran  los  muchos  rasgos  de  caridad  que  hacían  pre- 
ciosos sus  cuidados  para  los  infelices. 

Las  ciencias  médicas  le  debieron  mucho,  y  fué  de 
los  que  con  Duran,  Escobedo  y  otros,  pusieron  los  fun- 
damentos de  la  Escuela  que  tanto  honra  á  México  en 
el  presente. 

A  Carpió  le  cupo  la  gloria  de  iniciar  la  revolución 
médica  moderna,  con  pretexto  de  combatir  el  sistema 
de  Brousais. 

Couto  Don  Bernardo,  Pesado  y  Don  Francisco  Orte- 
ga, eran  sus  amigos  predilectos. 

Con  Ortega  quiso  establecer  en  Puebla,  en  1821,  una 
Academia,  auxiliado  por  su  hermano  D.  Alejandro,  que 
era  filósofo  y  literato  eminente. 
Y.  .  . .  aquí  una  divagación. 

Don  Alejandro  era  el  tipo  más  original  que  puede 
imaginarse.  Digo  original  conforme  al  criterio  de  hoy; 
pero  comunísimo  en  su  tiempo. 

De  aquellos  colegiales  chanceros  y  abandonados  que 
señalaban  su  libro  con  una  tortilla  ó.'quitándole  la  correa 
á  un  zapato;  que  llevaban  á  su  dama  de  regalo  una  torta 
compuesta  en  la  bolsa  del  levitón  acabado  de  estrenar- 
que  para  estudiar  buscaban  un  rincón  apartado  para 
sentarse  en  el  suelo  y  que  nadie  les  importunase;  que 
se  zurcían  un  pantalón  con  trapo  de  color  dudoso  y 
que  hacían  fungir  un  cordel  de  atadero  á  la  mejor  de 
espadas. 

D.  Alejandro  pasaba  todos  sus  ratos  de  ocio  en  una 
barbería  de  frente  á  su  colegio,  tendido  á  la  bartola, 


178 

teniendo  sobre  el  pecho  un  guitarrón  soberbio,  que  pul- 
saba divinamente. 

Pero  D.  Alejandro  era  teólogo  eximio,  jurisconsulto 
profundo,  matemático  eminentísimo,  y  no  tenía  rival 
en  ciencias  naturales;  conocía  como  muy  pocos,  el 
griego,  el  hebreo  y  el  latín,  y,  entre  bromas  y  chanzas, 
era  maestro  de  niños,  consultor  de  sabios,  y  asombro 
de  los  hombres  de  letras. 

D.  Alejandro  influyó  muy  poderosamente  en  la  edu- 
cación de  D.  Manuel,  á  quien  mucho  amaba. 

Su  carácter  festivo  ha  dejado  en  la  tradición  nume- 
rosas anécdotas. 

Le  preguntaba  una  vez  en  los  corredores  altísimos 
del  Colegio,  un  colegial  muy  tonto:  — Si  cayera  yo  de 
aquí  al  patio,  ¿qué  me  sucedería,  D.  Alejandro? 

— Según,  hijo;  si  fuese  de  cabeza nada. 

Porfiaban  unos  colegiales  hacia  dónde  quedaba  la 
Capilla  del  Señor  de  los  Trabajos,  situada  al  Poniente 
de  Puebla. 

— Allí,  allí,  decía  señalando  al  Oriente  el  más  lerdo, 
doblando  el  brazo. 

—  ¡Bárbaro!  dijeron  todos 

D.  Alejandro  dijo:  Tiene  razón.  Este  siempre  apun- 
ta con  el  codo. 

Carpió,  porsu  natuleza,  era  aristócrata;  pero  un  aris- 
tócrata ideal,  es  decir,  los  grandes  señores  con  su  es- 
plendor, sus  hazañas,  su  magnanimidad  y  sus  vicios, 
le  entusiasmaban;  pero,  al  tocar  la  realidad  en  sus  re- 


179 

laciones  con  nuestros  ricos,  se  aislaba,  y  se  encerraba 
en  su  aislamiento. 

Hablaba  mal  y  difícilmente,  impacientándose  de  su 
tarda  expresión.  Pocas  veces,  aun  en  los  cuerpos  de- 
liberantes, usó  de  la  palabra,  aunque  era  muy  solici- 
tado su  consejo  en  los  más  importantes  negocios. 

Carpió  D.  Manuel  nació  én  Cosamaloapan  en  1790. 

Aquel  apuesto  caballero  de  ojos  azules,  cabello  le- 
vantado sobre  una  hermosa  frente,  nariz  afilada,  un 
tanto  curva,  boca  preciosa  con  dentadura  blanquísima, 

y  porte  ligero,  franco  y  simpático ,  ese  es  D.  José 

Joaquín  Pesado. 

Su  voz  era  musical  y  dulcísima,  aunque  cierto  dejo 
nasal  la  acentuaba. — ¿Cómo  va,  Príncipe? — Era  el  sa- 
ludo á  sus  amigos. 

A  primera  vista  parecía  el  político  y  el  hombre  en- 
tregado á  los  negocios,  como  entendido  cosechero  de 
tabaco. 

Algunos  políticos  le  juzgaban  liberal  exaltado,  por 
sus  escritos  en  la  Oposición  que  redactó  en  unión  de 
Olaguíbel,  de  Couto  y  de  Ortega,  y  por  sus  relaciones 
con  Farías,  Mora  y  otros  prohombres  de  la  Adminis- 
tración de  1833.  Otros  le  juzgaban  veleidoso  y  poco  fijo 
en  sus  ideas,  sobre  todo  cuando  fué  Ministro  de  Don 
Anastasio  Bustamante.  Pero  aquí  me  estoy  ocupando 
preferentemente  del  poeta. 

Sea  su  natural  timidez,  sea  su  espíritu  contempori- 
zador, sea  su  vastísima  lectura  y  su  admiración  por  los 
clásicos,  Pesado  era  realmente  esclavo  de  la  forma.  Su 


180 

refinada  pulcritud  le  encadenaba,  y  cierta  desconfian- 
za de  sí  mismo  le  inclinaba  más  á  imitar  y  traducir  que 
á  exponer  frutos  de  sus  huertos. 

La  lectura  incesante  de  los  Santos  Padres  y  de  los 
místicos,  hacía  que  en  sus  conversaciones  mismas  se 
noiasen  giros  que  despertaban  recuerdos  de  David,  de 
Santa  Teresa  y  de  San  Juan  de  la  Cruz. 

Pero  lo  que  sin  duda  le  impresionó  profundamente 
en  sus  primeros  años,  hasta  amoldar  á  ello  sus  compo- 
siciones y  su  vida  intelectual,  fué  la  historia  del  pue- 
blo judío.  La  sabía  de  memoria  y  la  comentaba  iden- 
tificándose con  sus  glorias,  engrandeciéndose  con  sus 
profetas,  tronando  con  Isaías,  gimiendo  con  Job,  balan- 
ceándose voluptuoso  en  el  Cántico  de  los  Cánticos,  y 
entonando  himnos  bélicos  en  las  luchas  de  los  Maca- 
beos. 

Había  descubierto  bellezas  en  los  libros  de  Ruth  y 
Débora,  que  nos  dejaban  atónitos. 

Entre  Pesado  y  Carpió  habían  construido  una  Jeru- 
salén  de  cartón  y  corcho,  en  las  piezas  interiores  de 
la  casa  de  Pesado  (calle  del  Ángel),  con  sus  calles,  sus 
templos,  sus  piscinas,  sus  huertos,  y  cuantas  particu- 
laridades pueden  imaginarse;  y  cuando  Pesado  hacia 
explicaciones,  asombraba  su  elocuencia,  su  erudición 
y  la  naturalización  de  aquellos  santos  lugares. 

Palpaba  uno  que  él  estaba  en  la  convicción  de  haber 
visto  el  templo  de  Salomón,,  de  haber  sentido  sobre  su 
piel  las  auras  del  huerto  de  los  Olivos,  y  de  haberse 
sentado  solitario  y  silencioso  á  las  orillas  del  Mar 


181 

Muerto,  dejando  correr  sus  lágrimas  por  el  aniquila- 
miento de  Sión. 

La  verdad  de  estos  sentimientos  se  ve  en  sus  tra- 
ducciones de  Isaías  y  los  Salmos,  y  tanto  se  dio  á  estos 
ejercicios,  que  la  invectiva  en  Pesado,  es  hija  las  más 
veces  de  la  condescendencia  con  la  costumbre  y  no  de 
la  inspiración. 

Antes  de  estos  dos  poetas,  con  excepción  de  Nava- 
rrete  y  Tagle,  ni  entre  los  copleros  del  virreinato,  ni  en 
la  Arcadia,  ni  en  otra  parte  alguna,  se  encuentran  ins- 
pirados vates,  porque  el  grande  Heredia  que  tanto  me- 
rece es  una  gloria  cubana,  y  Couto,  Barquera,  Ximeno, 
y  algunos  otros,  apenas  pasaron  como  estrellas  filantes 
por  el  cielo  de  las  concepciones  poéticas. 

Y  sea  porque  aun  los  ingenios  se  contaminaban  en 
las  aulas  con  el  mal  gusto  de  los  siglos  XVII  y  XVIII, 
sea  porque  encontraban  estrechos  horizontes  en  la  imi- 
tación de  los  poetas  españoles  en  las  fatales  épocas  las 
del  gongorismo  ó  por  lo  que  se  quiera,  Carpió  mismo> 
Pesado,  Tagle  y  Navarrete,  cometían  faltas  garrafales 
de  prosodia  y  de  métrica,  de  que  se  corrigieren  en  la 
Academia  de  Letrán,  á  la  que  se  debe  sin  duda,  la  re- 
generación literaria  de  México,  ó,  mejor  dicho,  los  pri- 
meros vagidos  de  su  emancipación. 

Pesado  elegía  los  asuntos  de  sus  composiciones,  los 
estudiaba  y  los  maduraba  con  toda  conciencia. 

Se  sentaba  á  escribir  en  un  bufete  limpio  y  ordenado. 
con  sin  igual  compostura  y  limpieza,  tenía  gallarda  le- 


182 

tra  y  sus  manuscritos  podían  pasar  de  s,us  manos  á  la 
imprenta  sin  corrección  alguna. 

Escribía  y  consultaba  á  sus  amigos,  adoptando  sus 
correcciones. 

De  esta  suerte,  Couto  en  su  célebre  Salmo:  «En  un 
sauce  ludibrio  del  viento,»  substituyó  la  octava  de  Pe- 
sado, con  la  que  dice: 

«Los  levitas  oyeron  de  noche 
Dentro  el  Sancta  Sanctorum  augusto, 
De  terror  penetrados  y  susto, 
Pasos  varios  huyendo  en  tropel. 

Y  una  voz  que  lea  dice: —Salgamos 
Presto,  presto  del  techo  inseguro. 
¡Ay  del  pueblo,  del  templo,  del  muro, 
Ay  de  tí.  desdichada  Salem!» 

Pesado  la  adoptó,  embelleciendo  con  ella  su  magní- 
fica traducción. 

La  prosa  de  Pesado,  es  fluida,  armoniosa  y  castiza, 
y  en  su  novelita  intitulada  El  Inquisidor  de  México, 
hay  descripciones  tan  encantadoras  como  la  siguiente. 
Se  habla  de  la  feria  de  Jalapa  con  motivo  de  la  llegada 
de  la  flota: 

«La  diversidad  de  concurrentes  daba  mayor  anima- 
ción al  cuadro  y  entre  la  variedad  de  trajes  y  figuras, 
eran  de  ver  los  indios  de  ambos  sexos  cuyas  formas 
bien  compartidas,  tez  bronceada  y  cabellos  lacios  y  ne- 
gros, resaltaban  notablemente,  con  sus  blancos  vesti- 
dos de  algodón.  Y  para  que  ningún  matiz  faltase  á  esta 
reunión  de  castas  y  figuras,  se  hacían  notar  no  pocos 


183 

•esclavos  negros  como  azabache,  galanamente  vestidos 
y  con  collares  de  plata,  en  que  según  la  costumbre  de 
aquel  tiempo  estaban  grabados  el  precio  del  esclavo  y 
el  nombre  de  su  dueño.» 

«Por  último,  las  varias  diversiones  que  allí  había, 
daban  no  poco  que  atender  al  que  quisiera  observarlas. 
En  una  parte,  mantenía  la  pelea  de  gallos  en  un  silen- 
cio maravilloso  á  la  multitud;  ni  una  palabra,  ni  una 
respiración  fuerte  se  escuchaba,  mientras  los  bravos 
combatientes  se  disputaban  el  triunfo;  mas  apenas  la 
voz  del  pregonero  declamaba  la  victoria  de  uno,  con 
las  palabras  de  estilo  de:  se  hizo  grande  ó  se  hizo  chica 
lapelea,  cuando  resonaban  los  acentos  de  la  música  y 
comenzaban  con  más  ó  menos  animación,  mil  contro- 
versias acerca  del  lance  que  acababa  de  acontecer.  En 
otra,  apostaban  no  pocas  personas,  gruesas  sumas  en 
los  juegos  de  azar.  Quiénes  pescaban  en  el  río,  quié- 
nes paseaban  en  los  bosquecillos  vecinos.  Y  en  tanto 
el  indio  mesurado  al  son  del  harpa,  del  tamboril  y  el 
teponaxlle,  bailaba  adornado  de  plumas  y  con  sonajas 
en  la  mano,  la  grave  danza  de  Moctezuma,  ó  armado  de 
espadas  y  toscos  broqueles  de  madera,  remedaban  con 
grosera  pantomima  en  otro  baile  marcial,  las  batallas 
más  notables  de  la  Conquista.» 

La  influencia  benéfica  de  Pesado  y  Carpió  en  la  Aca- 
demia consistió  en  el  ejemplo  que  nos  supieron  dar  de 
modestia,  de  decoro  y  de  admiración  del  ajeno  mérito. 

Laureados  por  la  estimación  pública,  distinguidos 
«ntre  las  más  notables  eminencias,  llenos  de  honores 


184 

y  en  elevada  posición  social,  no  sólo  se  mezclaban  y 
confundían  con  nosotros,  sino  que  escuchaban  nues- 
tras observaciones  y  adoptaban  muchas  enmiendas  con 
sincera  humildad. 

Yo  de  mí,  sé  decir,  que  cuando  comparaba  mi  in- 
significancia con  la  valía  de  aquellos  grandes  maestrosT 
cuando  oía  á  Pesado  decir  á  Joaquín  Navarro:  dicte 
usted  Príncipe,  dicte  usted  para  poner  este  mejorcito, 
ó  cuando  Carpió  le  decía  una  vez  á  Fernando  Calde- 
rón: «No  mintamos, yo  en  mi  vida  tendré  la  ad- 
mirable facilidad  de  usted . . . .  »  cuando  yo  presencia- 
ba esos  actos  de  modestia,  digo,  sentía  que  la  vanidad 
es  una  excrecencia  que  nace  y  se  desarrolla  en  las  na- 
turalezas débiles  y  dañadas. 

La  concurrencia  á  las  sesiones  de  la  Academia  era 
cada  vez  mayor,  presentándose  sucesivamente  Eulalia 
Ortega  con  su  Netzula;  Larraftaga  con  su  Lucero  de 
la  Tarde;  D.  Francisco  Modesto  de  Olaguíbel,  á  quien 
conocemos;  D.  Joaquín  Cardoso  con  un  discurso  mag- 
nífico sobre  la  insurrección;  Munguía,  y  Aguilar  y  Ma- 
rocho,  el  uno  con  su  estudio  sobre  Abelardo,  el  otro, 
con  una  disertación  sobre  Bossuet. 

Hablaré  especialmente  de  la  recepción  de  estos  tres, 
de  la  de  Rodríguez  Galván  y  de  la  de  Ignacio  Ramírez, 
indicando  muy  someramente  los  ingresos  de  Fernando 
Calderón,  Ramón  Alcaraz,  Juan  Navarro,  Casimiro  del 
Collado,  Tornel,  el  P.  Guevara,  Gorostiza  y  otros  que 
dieron  justo  renombre  á  las  letras  mexicanas. 

Enjuto  de  carnes,  y  de  color  amarillo  de  cera  el  cu- 


186 

tis,  pecoso,  escurrido,  casi  vulgar  era  Munguía.  Tenía 
aspecto  como  de  enfermo  recién  salido  del  hospital. 

Los  que  le  conocían  nos  contaron  que  era  hijo  de  un 
pueblecillo  humilde  de  Michoacán;  que  había  ido  á 
Puruándiro  en  calidad  de  dependiente  de  una  tienda 
mestiza;  que  en  ésta  le  conoció  casualmente  el  gran 
Obispo  D.  Juan  Cayetano  Portugal,  quien  le  impartió 
su  protección  poderosa,  llevándole  al  Colegio  de  San 
Nicolás,  donde  hizo  progresos  asombrosos,  y  puso  el 
pie  en  el  sendero  que  debía  llevarlo  á  los  triunfos  que 
obtuvo  después. 

Enriquecido  con  brillantes  y  sólidos  estudios,  dado 
á  conocer  en  literatura  por  sermones  elocuentísimos  y 
estudios  gramaticales  de  gran  valía,  se  creía  que  venía 
á  México  con  el  objeto  de  seguir  la  carrera  del  foro. 

Ignacio  Aguilar,  enteco,  todo  arrugas,  con  una  nariz 
puntiaguda  que  danzaba  sobre  una  boca  ancha  é  in- 
solente, cuello  plegado  que  parecía  quebrarse,  y  ojos 
pequeños,  observativos  y  burlones,  revelaba  en  sus 
palabras  más  insignificantes  untalentode  primer  orden, 
tan  claro  como  bien  cultivado. 

Munguía  gustaba  de  las  relaciones  íntimas,  en  cuyo 
seno  era  expansivo  y  amable, notándose  desde  luego  en 
su  trato,  como  dos  personas  diferentes:  una  de  antes  y 
otra  de  después  de  las  comidas.  Esto  dependía  de  su 
penosísima  enfermedad  de  estómago.  Digería  muy  difí- 
cilmente, y  en  ese  período  estaba  flatoso  y  de  mal  hu- 
mor; se  desabrochaba  el  vestido,  le  agobiaba  la  modo- 
rra, buscaba  la  soledad  y  le  irritaba  la  contradicción. 


186 

En  las  manarías,  ¡cómo  nos  encantaba  con  su  erudi- 
ción y  con  su  verba!  ¡cómo  nos  parecía  increíble  que 
en  todos  los  ramos  del  saber  humano  hubiese  acumu- 
lado tan  caudaloso  saber! 

Su  constante  encierro,  su  perpetuo  estudio,  y  sus  há- 
bitos de  catedrático,  le  hacían  un  hombre  sin  mundo 
y  de  marcada  insuficiencia  para  los  negocios.  Era  dis- 
putador y  susceptible  como  un  colegial  malcriado. 

Aguilar  era  más  de  rumbo  y  trueno;  se  filió  entre 
los  liberales,  y  Cardoso  y  Otero  fueron  sus  amigos  pre- 
dilectos. Cultivaba  la  sátira  Aguilarcon  mucho  éxito, 
y  era  naturalmente  gracioso.  Sus  versos  son  fáciles  y 
sonoros;  y  los  hechos  á  Juan  José  Baz  con  motivo  de 
los  sucesos  del  Jueves  y  del  Viernes  Santo  de  1857, 
son  acabado  modelo  de  chiste  intencionado  y  de  gala- 
nura poética. 

La  entrada  de  estos  caballeros  á  la  Academia,  au- 
mento el  depósito  de  erudición  religiosa,  ya  muy  rico 
con  los  conocimientos  especiales  de  Carpió,  Guevara, 
Ortega,  Pesado  y  otros  que  podrían  llamarse,  sin  exa- 
geración, lumbreras  del  Cristianismo. 

Sin  anuncio,  sin  ruido,  y  como  caído  de  las  viga?, 
apareció  una  tarde  de  sesión  un  pliego  dirigido  al  Se- 
cretario de  la  Academia,  es  decir,  al  primer  chico  que 
había  á  las  manos  el  Sr.  Quintana,  y  á  quien  hacía  fun- 
gir de  tal. 

Abrióse  el  pliego  en  medio  de  la  más  grande  curio- 
sidad, y  Lacunza  José  María  leyó  su  contenido. 

Era  una  oda,  en  la  que  se  figuraba  el  autor  hundido 


187 

•en  un  calabozo  obscuro,  y  que  tendía  los  brazos  á  unos 
que  llevaban  antorchas  en  las  manos;  pero,  impotente 
para  hacerse  escuchar,  é  inmovilizado  por  sus  grillos, 
se  restituía  á  la  obscuridad,  que  en  su  despecho,  creía 
merecida. 

La  versificación  era  trabajosa  y  brusca,  el  sentimien- 
to ternísimo,  las  imágenes  vivas  y  aspirando  á  una  no- 
vedad muy  cercana  á  la  extravagancia.  Trascendía  la 
oda  á  la  escuela  romántica,  pero  indudablemente  re- 
velaba un  ingenio  superior. 

Después  de  un  reñidísimo  debate,  en  el  que  por  pri- 
mera vez  se  pronunciaron  los  nombres  de  Dumas  y 
Víctor  Hugo,  y  vimos  relucir  los  aceros  de  clásicos 
y  románticos,  nos  comisionaron  á  Lacunza  y  á  mí  para 
contestar  al  poeta  anónimo,  y  ambos  en  un  abrir  y  ce- 
rrar de  ojos,  presentamos  la  siguiente  cuarteta,  que  fué 
aprobada: 

«A  la  voz  de  los  cantos  y  dolores 
nuestra  alma  en  tierna  comunión  responde: 
si  hoy  el  mérito  tímido  se  esconde,  • 
la  gloria  un  día  le  ornará  de  flores.» 

A  la  sesión  siguiente  se  presentó  Ignacio  Rodríguez 
Galván,  con  su  gran  capa  azul,  su  sombrero  en  la  ma- 
no, su  raya  abierta  en  el  negro  cabello,  sus  dientes  sa- 
rrosos, su  mirada  melancólica  y  tierna,  sus  piernas  no 
muy  rectas,  y  su  conjunto  desgarbado  y  encogido. 

Entró  deshaciéndose  en  caravanas;  le  abrazamos,  y 
tomó  asiento,  escupiendo  sin  cesar,  y  con  unas  manos 


188 

grandes,  gruesas  y  mal  hechas,  que  no  tenía  quietas 
un  momento. 

Leyó  Rodríguez  una  composición  fantástica,  al  través 
de  cuya  bruma  se  percibió  la  llama  de  un  amor  deli- 
cadísimo y  apasionado,  á  una  actriz  modelo  de  virtu- 
des, que  era  la  rosa  de  oro  del  Teatro  Principal. 

Ramírez  tuvo  un  debut,  como  ahora  se  dice,  mucho- 
más  interesante. 

Pero  yo,  para  hablar  de  Ramírez,  necesito  purificar 
mis  labios,  sacudir  de  mi  sandalia  el  polvo  de  la  Musa 
Callejera,  y  levantar  mi  espíritu  á  las  alturas  en  que 
conservan  vivos  los  esplendores  de  Dios,  los  astros  y 
los  genios. 

Una  tarde  de  Academia,  después  de  obscurecer,  per- 
cibimos, al  reflejo  verdoso  que  comunicaba  á  la  luz, 
el  velador  de  la  bujía  que  nos  alumbraba,  en  el  hueca 
de  una  puerta  un  bulto  inmóvil  y  silencioso,  que  pa- 
recía comoque  esperaba  una  voz  para  penetraren  nues- 
tro recinto. 

Lo  vio  el  Sr.  Quintana,  y  dijo:  adelante! 

Entonces  avanzó  el  bulto,  y  con  una  claridad  muy 
indecisa  vimos  acercarse  tímido  á  la  mesa  del  Presi- 
dente, un  personaje  envuelto  en  un  capotón  ó  barra- 
gán desgarrado,  con  un  bosque  de  cabellos  erizos  y  co- 
pados por  remate. 

— ¿Qué  mandaba  usted? 

— Deseo  leer  una  composición  para  que  ustedes  de- 
cidan si  puedo  pertenecer  á  esta  Academia. 

— Siéntese  usted. 


189 

Sentóse  Ramírez  junto  al  Sr.  Quintana,  y  entonces, 
dándole  de  lleno  la  luz  en  el  semblante,  le  pudimos 
examinar  con  detención. 

Representaba  el  aparecido  18  ó  20  años.  Su  tez  era 
obscura,  pero  con  el  .obscuro  de  la  sombra;  sus  ojos 
negros  parecían  envueltos  en  una  luz  amarilla  tristí- 
sima; parpadeaba  seguido  y  de  un  jnodo  nervioso;  na- 
riz afilada,  boca  sarcástica.  Pero  sobre  aquella  fisono- 
mía imperaba  la  frente  con  rara  grandeza  y  majestad, 
y  como  iluminada  por  algo  extraordinario. 

El  vestido  era  un  proceso  de  abandono  y  descuido: 
abundaba  en  rasgones  y  chirlos,  en  huelgas  y  desca- 
rríos. 

En  el  auditorio  reinaba  un  silencio  profundo. 

Ramírez  sacó  del  bolsillo  del  costado,  un  puño  de 
papeles  de  todos  tamaños  y  colores;  algunos,  impresos 
por  un  lado,  otros  en  tiras  como  recortes  de  molde  de 
vestido,  y  avisos  de  toros  ó  de  teatro.  Arregló  aquella 
baraja,  y  leyó  con  voz  segura  é  insolente  el  título,  que 
decía:  No  hay  Dios. 

El  estallido  inesperado  de  una  bomba,  la  aparición 
de  un  monstruo,  el  derrumbe  estrepitoso  del  techo,  no 
hubieran  producido  mayor  conmoción. 

Se  levantó  un  clamor  rabioso  que  se  disolvió  en  al- 
tercados y  disputas. 

Ramírez  veía  todo  aquello  con  despreciativa  inmo- 
vilidad. 

El  Sr.  Iturralde,  Rector  del  Colegio,  dijo: 


190 

— Yo  no  puedo  permitir  que  aquí  se  lea  eso;  este  es 
un  establecimiento  de  educación. 

Y  el  Sr.  Tornel,  Ministro: 

— Este  es  un  cuarto  en  que  todos  somos  mayores  de 
edad. 

— Que  se  ponga  á  votación  si  se  lee  ó  nó,  dijo  Mun- 
gufa. 

— Yo  no  presido  donde  hay  mordaza,  dijo  Quintana, 
levantándose  de  su  asiento. 

Iturralde: 

— No  se  hará  aquí  esa  lectura. 

Tornel: 

-—Se  hará  aquí  ó  en  la  Universidad. 

— Ó  en  mi  casa,  dijo  D.  Fernando  Agreda,  que  asis- 
tía como  aficionado. 

Cardóso : 

— Señor  Doctor:  no  le  ha  de  costar  á  Dios  la  silla 
presidencial  esa  lectura 

— Uso  será  un  viborero  de  blasfemias. 

— ¡Triste  reunión  de  literatos,  exclamó  el  P.  Gue- 
vara, la  que  se  convierte  en  reunión  de  aduaneros, 
que  declaran  contrabando  el  pensamiento;  y  triste  Dios 
y  triste  religión,  los  que  tiemblan  delante  de  ese  mon- 
tón de  papeles,  bien  ó  mal  escritos! 

— Que  hable  Ramírez. 

— Que  sí. . . .  que  no; . . .  que  hable!  que  hable! 

Se  hizo  el  silencio,  y  después  de  un  exordio  arreba- 
tador, y  como  calculada  divagación,  pasó  en  revista  el 
autor  los  conocimientos  humanos;  pero  revestidos  de 


191 

tal  seducción,  pero  radiantes  de  tal  novedad,  pero  en- 
galanados con  lenguaje  tan  lógico,  tan  levantado,  tan 
realzado  con  vivo  colorido,  que  marchábamos  de  sor- 
presa en  sorpresa,  como  si  estuviéramos  haciendo  una 
excursión  al  infinito  por  senderos  sembrados  de  soles. 

Astronomía,  matemáticas,  zoología,  el  jeroglífico  y 
la  letra,  y  el  dios 

Y  todo  esto  sin  esfuerzo,  resonando  la  trompa  épica 
de  lo  sublime  y  el  tamboril  de  los  pastores  de  Virgilio; 
empleando  el  decir  fluido  de  Herodoto,  ó  la  risa  íranr 
ca  y  picaresca  de  Rabelais. 

A  las  exclamacianes  de  horror  y  de  escándalo  se 
mezclaban  palmadas,  gritos  de  admiración  y  vivas  en- 
tusiastas. 

El  Sr.  Quintana,  muy  conmovido,  ponía  9u  mano  so- 
bre la  cabeza  de  Ramírez,  como  para  administrarle  el 
bautismo  de  la  gloria. 

La  discusión  se  abrió,  y  si  se  hubiera  dado  á  la  pren- 
sa formaría  época  en  la  historia  del  progreso  intelec- 
tual de  México. 

¡Qué  erudición  de  Carpió  y  Pesado!  ¡qué  tersura  de 
dicción,  qué  lógica,  qué  poderosa  palabra  la  del  Doc- 
tor Guevara!  ¡qué  destreza,  qué  irradiación,  qué  flexi- 
bilidad admirable  en  el  decir  de  Lacunza!  ¡Cuánto  ta- 
lento de  Eulalio  Ortega! 

Ramírez  á  todos  replicaba:  unas  veces  sabio,  las  más 
insolente  y  cínico. 

Iturralde  le  argüía  que  la  belleza  de  Dios  se  veía  en 
sus  obras. 


102 

—  De  suerte,  replicaba  Ramírez,  que  Ud.  no  puede 
figurarse  un  buen  relojero  jorobado  y  feo 

Sabía  de  memoria  los  griegos  y  latinos;  Vol taire  y 
los  enciclopedistas  le  eran  familiares,  especialmente 
D'Alambert,  á  quien  profesaba  veneración. 

Exagerábale  Guevara  el  amor  á  la  patria. 

— Sí,  señor,  de  ese  amor  nos  han  dado  ejemplo  los 
gatos 

— ¿Qué  le  gusta  á  Ud.  más  de  México?  le  pregunta- 
ba Tornel  con  énfasis. 

— Veracruz,  respondió;  porque  por  Veracruz  se  sa- 
le de  él. 

La  composición  de  Ramírez  era  visiblemente  un  pre- 
texto para  hacer  patentes  sus  estudios  de  muchos  años, 
y  como  á  su  pesar,  se  traslucía  su  jactancia  de  malas 
cualidades  que  no  tenía,  fué  aceptado  con  entusias- 
mo y  cariño,  aun  por  los  que  se  presentaron  con  el  ca- 
rácter de  enemigos. 

D.  Fernando  Agreda  ofreció  á  Ramírez  su  amistad, 
y  puso  recursos  á  su  disposición. 

Cardoso,  que  tenía  la  cualidad  preciosa  de  admirar 
y  ensalzar  el  ajeno  mérito,  se  convirtió  en  el  panegi- 
rista de  Ignacio,  y  fué  de  sus  amigos  más  constantes 
y  consecuentes,  y  Olaguíbel  expedito  su  recepción  de 
abogado,  y  le  nombró  su  secretario  en  el  momento 
de  tomar  posesión  del  Gobierno  del  Estado  de  México. 

En  cuanto  á  mí,  le  quise  con  entrañable  ternura  y 
admiración  sincera,  uniéndonos  desde  el  primer  día, 
haciéndonos  inseparables,  participando  en  común  de 


193 

nuestras  penas,  triunfos  y  miserias,  y  bebiendo  yo, 
— tan  insaciable  como  desaprovechado, — los  raudales 
<jue  brotaban  de  su  inteligencia  privilegiada. 

A  Ramírez  se  le  ha  juzgado  con  justicia  como  gran 
poeta  y  como  gran  filósofo,  como  sabio  profundo  y  co- 
mo orador  elocuente,  y  Ramírez  era  en  el  fondo  la  pro- 
testa más  genuina  contra  los  dolores,  los  ultrajes  y  las 
iniquidades  que  sufría  el  pueblo. 

En  política,  en  literatura,  en  religión,  en  todo  era 
una  entidad  revolucionaria  y  demoledora;  era  la  per- 
sonificación del  buen  sentido,  que,  no  pudiendo  lanzar 
sobre  los  farsantes  y  los  malvados  el  rayo  de  Júpiter, 
los  flagelaba  con  el  látigo  de  Juvenal  y  hacía  del  ri- 
dículo la  picota  en  que  á  su  manera  les  castigaba.  Pero 
para  esto  necesitaba  un  gran  talento,  un  corazón  lleno 
de  bondad  y  una  independencia  brusca  y  salvaje  sobre 
toda  ponderación. 

Ramírez  nació  el  23  de  Junio  de  1818,  en  el  pueblo 
de  San  Miguel  de  Allende. 

En  los  antecedentes  de  su  padre,  insurgente,  y  en 
las  lágrimas  de  su  madre,  virtuosísima  señora,  apren- 
dió Ramírez  el  amor  á  la  libertad  y  el  odio  á  la  tiranía. 

Las  avanzadas  ideas  y  la  honradez  inmaculada  del 
padre  de  Ramírez  le  llevaron  al  Gobierno  de  Queréta- 
ro,  que  desempeñó  con  habilidad  y  pureza,  y,  á  la  caí- 
da de  Farías,  su  familia  fué  envuelta  en  una  cruel  per- 
secución. 

No  sé  por  qué  trabacuentas  fué  á  ocultarse  Ramírez 
en  el  convento  de  San  Francisco,  donde  conoció  ínti- 


194 

mámente  la  vida  de  los  frailes,  en  todos  los  pormeno- 
res de  sus  especulaciones  místicas  y  su  prostitución, 
y  al  mismo  tiempo,  encerrado  en  las  librerías,  adqui- 
rió desde  entonces  asombrosa  erudición. 

Prefería  entre  sus  estudios  serios  los  de  historia  na- 
tural, y  se  empeñaba  en  ensayar  su  aprendizaje  en  la 
pintura,  en  la  que  nunca  hizo  letra;  pero  en  la  que  ad- 
quirió un  gusto  exquisito. 

Esta  clase  de  estudios  hizo  que  le  declarase  al  se- 
ñor su  padre  su  decisión  de  seguir  la  carrera  de  mé- 
dico. 

Colegial  obscurísimo  de  San  Gregorio,  con  relacio- 
nes do  colegiales  muy  pobres,  de  pintores  desconoci- 
dos y  de  frailes  alegres,  Ramírez  se  dio  á  conocer  en 
San  Gregorio  por  sus  talentos,  sus  blasfemias  y  sus 
sangrientos  epigramas  contra  los  doctores,  los  grandes 
políticos  y  los  colegas  que  le  chocaban. 

Para  fomentar  su  pasión  por  el  estudio,  se  convir- 
tió en  concurrente  asiduo  de  la  Biblioteca  de  Catedral, 
donde  un  padre  Cortina  le  cobró  especial  cariño,  fun- 
giendo como  dependiente  gratuito  del  establecimiento, 
y  devorando  el  departamento  de  libros  prohibidos,  los 
cuales  aprendía  y  comentaba  con  singular  acopio  de 
erudición. 

En  el  taller  de  D.  Santiago  Villanueva,  pintor  calle- 
jero, pasaba  las  horas  enteras  Ramírez. 

Villanueva  era  un  viejecito  chiquitín,  coloradito,  de 
molas  blancas  que  no  cabellos,  en  los  carrillos  y  en  el 
occiput,  de  ojos  retozones  y  penetrantes,  largo  chaqué- 


19.3 

ton,  pantalones  en  menguante,  y  zapatones  de  vaqueta 
grosera. 

Pero  el  viejecito  tenía  un  genio  admirable;  traducía 
con  suma  destreza  las  ideas  de  Ramírez,  y  se  empapó 
en  el  espíritu  de  la  buena  caricatura,  como  lo  prueban 
muchos  de  sus  preciosos  bocetos. 

Villanueva  fué  quien  pintó  los  lienzos  de  San  Fran-. 
cisco  que  representan  la  pasión  del  Señor,  lienzos  erv 
que  se  notaban  rasgos  de  verdadero  genio. 

El  taller  era  un  cuarto  destartalado  y  mugroso,  con 
un  caballete  acuñado  con  ladrillos;  veíanse  por  todas 
partes  Cristos  y  Madonas,  estudios  varios  pegados  á  la 
pared  y  varias  mesitas  en  las  que  había  regados  carbon- 
cillos y  esfuminos,  entre  tortas  de  pan,  jarros,  canastas 
y  preciosas  estampas  romanas. 

Al  taller  de  Villanueva  concurrían  músicos  como  Sa- 
lot  y  el  negro  Be.ristain,  los  escultores  Rosetes;  el  P.  Ró- 
sete, gran  pulsador  de  harpa,  algunos  curiales  y  políti- 
cos como  Pepe  del  Río,  Zerecero,  D.  Hipólito  Rodríguez 
y  otros*  porque  D.  Hipólito  era  como  la  retostada  en 
materia  de  libertad  y  herejía. 

Versos  picarezcos,  anécdotas  color  de  hormiga,  cró- 
mica escandalosa,  mordelona  y  con  puntas,  ensueños  de 
arte,  quites  á  la  pobreza,  y  cuanto  se  bulle,  tenía  lugar 
en  aquel  taller,  menos  lo  tonto  y  lo  dañado  de  corazón. 

Allí  asistía  Ignacio,  siempre  serio,  reservado,  triste, 
como  abstraído  de  la  conversación,  rompiendo  la  nube 
de  su  retraimiento  relámpagos  de  saber,  de  gracia;  ó  de 
sátira,  que  dejaban  absortos  á  los  circunstantes. 


196 

Pero  Ramíre?  no  era  comunicativo,  y  «por  eso — de- 
cía él  —  por  feo  y  pobre,  me  echaron  de  la  casa  de  mis 
primeros  amores.» 

Esos  amigos  dieron  á  Ramírez  conocimientos  espe- 
ciales en  todos  los  figones  de  la  capital,  obsequiándole 
frecuentemente  con  almuerzos  y  comidas. 

Como  la  mayor  parte  de  los  que  cultivaban  la  sátira, 
era  Ramírez  susceptible  en  extremo,  y  en  lo  íntimo  pa- 
saba de  la  chanza  al  reproche  con  suma  frecuencia. 

De  sensibilidad  exquisita  y  exagerada,  conociendo  su 
propia  susceptibilidad,  no  sólo  ocultaba  en  lo  más  inti- 
mo de  su  alma  sus  afectos,  sino  que  aparentaba  lo  con- 
trario de  lo  que  sentía,  como  temiendo  exponer  al  sar- 
casmo á  los  objetos  de  su  culto  reverente. 

Jamás  hablaba  de  sus  padres,  de  su  esposa,  de  sus  her- 
hermanos  y  parientes.  Pero  los  que  estábamos  á  su  in- 
mediación nos  cercioramos  de  su  ternura  inmensa  para 
sus  deudos. 

Sin  embargo,  tenía  máximas  como  ésta: 

«Cuando  se  habla  mal  de  todas  las  mujeres,  exceptúo 
á  mi  madre  para  justificar  mi  procedencia.» 

Adoraba  á  su  esposa,  y  decía: 

'La  sonrisa  de  la  mujer  que  nos  ama  es  una  flor  en 
la  punta  de  una  daga.» 

Era  la  honradez  misma  y  escribía: 

«La  conciencia  es  el  resultado  del  humor  con  que 
uno  amanece.» 

Y  esa  fanfarronería  de  perversidad,  ese  artificio  que 
nadie  pudo  explicar  satisfactoriamente  y  que  le  gran- 


197 

jearon  mortales  enemigos,  descarrilan  la  crítica  cuan- 
do se  ocupan  de  él  sus  biógrafos,  y  falsean- los  puntos 
de  partida  del  buen  juicio  para  poner  en  su  luz  verda- 
dera su  talento,  su  carácter  y  sus  virtudes  eminentes. 

Porque  Ramírez  no  era  un  juglar  que  hacía  de  sus 
palabras  un  juego  para  fomentar  el  libertinaje;  no  era 
el  chistoso  de  cantina  que  expende  sus  chistes  para  que 
se  le  aplauda  copa  en  mano. ...  no  señor:  Ramírez  era 
serio  y  reservado,  conceptuoso  y  poco  expansivo;  en  so- 
ciedad parecía  como  la  caja  que  encerraba  otro  ser  den- 
tro del  que  todos  veían.  Sus  chistes  eran  rápidos,  ines- 
perados, como  la  chispa  que  salta  de  una  máquina  eléc- 
trica por  un  choque  casual. 

No  obstante,  sus  salidas  eran  tantas,  tan  incisivas, 
y  se  vulgarizaban  con  tal  rapidez,  que  ofuscando  hoy 
mismo  todo  criterio  se  cree  que  la  facción  dominante 
de  su  fisonomía  moral,  era  el  sarcasmo  ó  el  chiste. 

Así  sucedió  á  Quevedo,  á  quien  nadie  recuerda  co- 
mo teólogo  insigne  ni  como  orientalista  eminente,  á  la 
vez  que  sus  chistes  agudos,  sus  anécdotas  picarescas  y 
sus  letrillas  retozonas  y  punzantes  están  en  la  boca  de 
todos. 

Los  cuentos  y  las  salidas  de  Cardoso  absorben  su  fa- 
ma, y  de  muy  reducido  círculo  es  conocido  el  distingui- 
dísimo latino,  el  literato  insigne,  el  escritor  correctísimo 
y  elocuente  y  el  sabio  político  que  instruyó  en  las  más 
nuevas  doctrinas  del  derecho  constitucional  á  los  polí- 
ticos eminentes  precursores  y  autores  de  la  Constitu- 
ción de  57. 


198 

Volviendo  á  Ramírez,  se  entregó  á  los  estudios  medi- 
óos cor  ardor,  y  la  botánica  formaba  sus  delicias. 

Sus  estudios  médicos  le  hicieron  concurrente  perpe- 
tuo al  panteón  de  Santa  Paula,  abierto  por  entonces  al 
público,  y  que  el  cuidado  de  D.  Vicente  García  lo  tenía 
convertido  en  un  verjel  encantador. 

Una  tarde  paseábamos  en  el  panteón,  observamos  en 
uno  de  los  ángulos  más  retirados  á  un  hombre  sentado 
frente  é  una  mesita  de  palo  blanco,  descubierto,  y  con 
un  cráneo  y  varios  huesos  sobre  la  mesa.  Tenía  una 
botella  al  lado  y  un  vaso. 

Examinaba  con  mucha  atención  los  huesos  cuando 
nosotros  nos  acercamos  ansiosos  á  reconocerle. 

Era  un  hombre  rubio  y  pelón,  fornido  y  ancho  de  es- 
paldas, de  ojos  azules  y  de  unas  manos  blancas  como  la 
nieve  y  muy  cuidadas. 

Nos  acercamos,  y  el  hombre  con  mucha  cortesía  nos 
invitó  á  tomar  vino. 

Ignacio  emprendió  conversación  con  aquel  caballero, 
quien  se  mostró  tan  complacido  de  escucharle  que  no 
obstante  que  era  brusco  y  de  pocas  palabras  le  invitó  á 
tomar  asiento,  le  ofreció  su  amistad,  y  quedaron  á  par- 
tir un  piñón.  El  caballero  de  quien  acabo  de  ocuparme 
era  el  celebérrimo  Doctor  Jecker,  hermano  del  banque- 
ro que  tanto  figuró  después  en  la  historia  de  la  Inter- 
vención. 

Á  este  Doctor  puede  llamarse  sin  exageración  el  pa- 
dre de  la  cirugía  en  México.  Escobedo  siguió  sus  hue- 
llas, promovió  el  establecimiento  de  cátedras,  etc.,  y  co- 


199 

focó  la  ciencia  en  esa  vía  en  que  han  recogido  sazonados 
frutos,  cirujanos  de  inmortal  renombre. 

La  amistad  de  Jecker  empeñó  á  Ramírez  en  estudios 
anatómicos  y  osteológicos  realmente  admirables. 

Dejemos  á  Ramírez  en  marcha  para  Toluca  con  01a- 
guíbel,  y  no  olvidemos  que  hemos  hecho  tan  solo  una 
incursión  fuera  de  la  Academia  de  Letrán,  del  brazo  de 
Ramírez. 

Ven  acá,  Fernando  muy  amado  de  mi  corazón,  que 
ahora  sigues  tú. 

Ahí  le  tienen  Uds.,  grueso,  ancho,  chaparro,  desgar- 
bado, casi  vulgar,  con  aspecto  de  vendedor  de  sarapes 
ó  de  cueros  de  chivo. 

Entrecano,  con  una  patilla  de  columpio  que  alargaba 
y  encallejonaba  su  rostro  picado  de  viruelas,  nariz  ro- 
ma y  labios  gruesos  que  dejaban  al  descubierto  unos 
dientes  grandes  y  renuentes  á  una  arreglada  conforma- 
ción, Fernando  habría  pasado  por  feo  en  grado  heroico, 
sin  la  mirada  de  sus  ojos  garzos  que  iluminaba  y  em- 
bellecía su  fisonomía,  haciéndola  dulce  y  simpática  por 
extremo. 

Un  sombrerillo  blanco,  tendido,  una  polvosa  levita 
verde,  unos  zapatos  bajos  excéntricos  y  un  bastoncillo  de 
Pepito:  he  ahí  pintiparado  á  Fernando,  á  la  luz  de  vein- 
tisiete primaveras  que  entonces  le  iluminaban  (1837.) 

Nació  Fernando  en  Guadalajara,  según  hoy  se  ha  de- 
mostrado plenamente,  y  no  en  Zacatecas,  como  hasta 
¿íhora  han  dicho  sus  biógrafos;  pasó  en  aquella  ciudad 
sus  primeros  años,  yendo  en  seguida  á  Zacatecas;  á  pesar 


200 

de  los  cambios  de  su  vida  conservaba  en  su  voz  el  dejo 
tapa  tío,  y  en  sus  aficciones  la  predilección  por  aquella 
tierra  del  canto  y  de  las  flores,  uniéndola  á  la  franque- 
za y  á  la  sinceridad  de  la  gente  minera. 

Aunque  de  noble  prosapia,  Calderón, — puesto  que  fué 
heredero  del  título  de  Conde  de  Santa  Rosa, — amaba 
con  pasión  á  la  plebe  estudiantil,  y,  con  su  Nebrija  bajo 
el  brazo,  andaba  en  bureos,  siendo  objeto  de  sus  sola- 
ces los  ensayos  teatrales,  compartiendo  sus  afectos  la 
parte  literaria  del  teatro,  y,  ainda  mais,  las  actrices  y 
bailarinas  de  suyo  afectuosas  y  codiciadas,  no  sólo  de 
los  jóvenes  estudiantes,  sino  de  los  señorones  más  en- 
copetados  y  circunspectos. 

La  condición  pecuniaria  de  Calderón  era  bonancible; 
así  es  que  sus  relaciones  con  el  mundo  de  las  bailari- 
nas se  estrechaban,  y  no  era  extraño  verle  capitanean- 
do la  claque  de  una  actriz  buena  moza,  ni  andar  de 
seca  en  meca  en  pos  de  una  espada  ó  de  un  casacón  bor- 
dado, para  un  actor  favorito.     . 

De  esta  manera  Al  fieri  ó  Wattel  andaban  á  las  vueltas 
con  Moratín,  y  el  futuro  letrado  abría  paréntesis  á  las  Sie- 
te Partidas  para  declamar  con  énfasis  un  trozo  apasiona- 
do del  Duque  de  Rivas,  con  admiración  de  los  cómicos. 

Porque  es  de  saber  que  Fernando  era  turrón  de- amo- 
res en  el  teatro,  franco,  condescendiente,  compasivo, 
servicial,  y  de  una  alegría  comunicativa  y  discreta,  que 
se  propagaba,  seducía,  y  desterraba  las  sombras  del  mal 
humor  con  su  chiste  y  sus  gracias.  Favorecía  los  en- 
sueños de  las  pollas,  atizaba  la  gula  de  los  viejos,  deja- 


201 

ba  caer  su  sal  y  su  pimienta  en  los  chismes  y  devocio- 
nes de  las  viejas,  y  tenía  su  bolsillo  abierto  para  aliviar 
las  penas  que  llegaban  á  su  conocimiento. 

Su  familia  tuvo  que  residir  por  algún  tiempo  en  una 
de  sus  haciendas  (La  Quemada),  propiedad  de  su  padre, 
y  Fernando  la  acompañó. 

La  soledad  del  campo,  sus  aficiones  y  la  tentación  de 
formar  una  compañía  dramática  con  sus  primos  y  los 
dependientes  de  la  hacienda,  le  hicieron  pensar  seria- 
mente en  escribir  un  drama  ó  comedia. 

En  la  sala  de  la  finca,  después  del  rosario  y  de  la  ce- 
na, se  sentaba  el  padre  de  Calderón,  y  á  su  lado  la  se- 
ñora su  madre. 

A  Fernando  le  llamaban  frecuente  á  que  les  leyera 
alguna  cosa,  para  matar  el  tiempo,  y  si  la  lectura  era 
divertida,  primos  y  primas  rodeaban  la  mesita  en  que 
Calderón  leía. 

Calderón  ya  tenía  escrita  su  comedia  de  «Reinaldo 
y  Elena»  y  esperaba  una  ocasión  de  darla  á  conocer. 

Sin  anuncio  previo,  y  como  si  se  tratara  de  un  libro 
indiferente,  una  noche  llevó  Calderón  su  comedia 

El  fuego  con  que  leía,  su  declamación  esmerada,  y  el 
entusiasmo  del  auditorio  dieron  realce  á  aquella  pro- 
ducción. 

Fernando  no  se  pudo  contener,  y  dijo  que  aquella  co- 
media era  suya. 

E)  papá  se  levantó  mohino  diciendo  que  aquélla  era 
la  causa  del  atraso  del  autor,  quien  turbado  y  lleno  de 
vergüenza  recogía  su  manuscrito,  cuando  las  primas 


202 

rogaron,  la  mamá  se  interpuso,  y  el  viejo,  refunfuñan- 
do, tomó  asiento  para  seguir  oyendo. 

Entonces  Calderón  leyó  con  más  ó  menos  esmero; 
llegó  un  pasaje  de  tiernos  sentimientos  filiales,  la  voz 
del  autor  temblaba;  la  mamá  llena  de  orgullo  sollozaba, 
y  el  padre,  vencido  y  subyugado,  se  echó  en  brazos  de 
su  hijo,  previniéndole  severo  que  no  volviese  á  distraer- 
se de  sus  estudios  con  aquellas  futilezas. 

Esta  fue  la  gran  confirmación  de  la  vocación  dramá- 
tica de  Fernando. 

Después  de  algunos  años  pasó  Calderón  de  Guadala- 
jara  á  Zacateoas,  donde  fijó  su  residencia,  figuró  en  el 
partido  exaltado,  singularmente  favorecido  por  el  Sr. 
García  y  las  personas  más  eminentes  de  aquel  rico  Es- 
tado, y.  fué  herido  en  la  acción  de  Guadalupe  por  las 
fuerzas  de  Santa-Anna  que  lo  invadieron,  desatando  so- 
bre él  terribles  venganzas. 

En  esas  circunstancias,  y  por  esos  motivos  vino  Cal- 
derón á  México  á  mediados  de  1836. 

Le  precedía  la  reputación  de  algunas  obras  dramáti- 
cas de  mediano  mérito  y  una  colección  de  poesías  líri- 
cas, dada  á  conocer  por  D.  José  María  Heredia  en  un 
periódico  literario  que  publicaba,  y  en  el  cual  había  cen- 
surado algunos  defectos  de  Calderón;  pero  hacía  justi- 
cia á  su  ingenio  y  le  presentaba  como  joven  de  grandes 
esperanzas. 

Por  aquel  entonces  había,  como  ahora,  una  alacena 
en  el  ángulo  de  los  portales  de  Mercaderes  y  Agustinos, 
— hoy,  en  la  alacena,  se  expenden  puros  y  cigarros, — 


203 

en  la  que,  en  calculado  desorden,  había  catecismos  y 
pizarrines,  Gramáticas  de  Herranz  y  Quiroz,  tablas  de 
multiplicar,  estampas  de  santos,  cuentos  y  Romances, 
Lavalles  y  Ordinarios  de  la  misa,  en  la  mejor  compañía 
de  periódicos  acabados  de  imprimir  y  folletos  de  ruido- 
sa actualidad. 

El  propietario  de  la  alacena  era  un  señor  amable  y 
caballeroso,  con  su  sorbete  de  á  media  vara,  su  chaque- 
tón de  indiana  amarilla,  su  chaleco  blanco,  y  sus  ma- 
nos limpias,  y  que  atendía  ligero  y  complaciente  á  los 
marchantes. 

Nariz  prominente  y  corva,  ojos  hundidos  y  discretos, 
boca  recatada  y  sonriente,  tez  morena  clara,  y  algo  de 
clerical  en  su  aspecto. 

Las  muchas  relaciones  de  Don  Antonio,  y  la  puntua- 
lidad y  el  agrado  con  los  que  á  todo  el  mundo  servía, 
hacían  de  la  alacena  depósito  de  encargos,  oficina  de 
negocios,  arca  de  secretos,  estuche  de  crónicas,  apara- 
dor de  encomiendas,  recurso  de  tahúres,  y  Lonja,  hasta 
de  corretajes  para  conseguir  la  salvación  eterna;  pero 
el  rasgo  más  característico  de  aquella  alacena,  era  el 
de  expendio  de  noticias  de  todo  género;  y  así  como  en- 
tre los  aztecas  solía  haber  un  lugar  á  propósito  para 
charla,  que  se  llamaba  Mentidero,  así  en  aquel  tiempo 
«1  mentidero  era  la  alacena  de  Don  Antonio,  que  veía 
agrupados  á  un  lado  del  mostradorcillo,  sombreros  aca- 
balados y  charreteras,  sorbetes  y  birretes. 

Los  elegantes  llamaban  á  la  alacena  La  Puerta  del 
Sol,  para  recordar  á  Madrid. 


204 

Don  Antofno,  en  constante  movimiento,  vendía  gises 
y  rectificaba  noticias,  contaba  pliegos  de  papel  ó  con- 
taba dinero  a  la  vez  que  daba  su  voto  sobre  los  párolis 
de  un  jugador  ó  la  paliza  ruidosa  de  un  periodista,  ó  el 
efecto  producido  por  un  elocuente  sermón  del  Dr.  Or- 
ín achea. 

Entre  esas  gentes  y  en  aquel  sitio,  percibí  al  paleto 
de  levita  verde,  á  quien  los  cien  trompetas  de  la  fama 
llamaban  el  poeta  Calderón. 

Hablaba  sabroso,  reía  con  desgaire,  y  por  angas  ó  por 
mangas  dirigíase  su  conversación  al  teatro,  que  era  su 
pasión  dominante. 

Frecuentemente  concurría  á  la  casa  de  su  tía  la  se- 
ñora María  de  los  Angeles  de  Zozaya,  hermosa  matro- 
na, cuya  tertulia  se  componía  de  notabilidades  artísti- 
cas y  literarias,  lumbreras  del  foro  y  personajes  emi- 
nentes en  la  política. 

El  Sr.  Zozaya  ocupaba  rica  posición  y  tenía  bastan- 
te influencia  como  letrado.  Su  esposa  era  su  idolatría, 
y  su  esposa,  alegre,  expansiva,  accesible  á  los  más  tier- 
nos afectos,  voluble  y  caritativa,  con  recursos  de  ma- 
gia irresistible  para  los  hombres,  y  seducciones  para 
las  jóvenes  y  las  amigas,  Mariquita  Zozaya  se  revela- 
ba siempre  entre  los  rayos  purísimos  de  sus  acciones 
misericordiosas. 

La  maledicencia  misma  sucumbía  y  callaba  cuando 
se  hablaba  del  excelente  corazón  de  aquella  mujer  ado- 
rable. 

Como  decía,  su  tertulia  la  formaban  el  inteligente 


205 

juez  Pouchet,  el  más  hábil  y  conocedor  de  los  letrados 
en  materia  criminal;  Barrera,  poeta  de  salón,  entonces 
muy  en  voga;  y  entre  los  jóvenes  sobresalían:  por  su 
gentileza,  Gamboa;  por  su  chiste,  Algara;  por  sus  cuen- 
tos salados,  Diego  Correa;  por  su  elegancia,  Juan  Roo, 
D.  José  More,  y  los  hermanos  Peña  y  Barragán,  mani- 
rotos,  valientes  y  cumplidos  caballeros  con  damas  y 
galanes. 

Constantemente  se  proyectaban  en  aquella  casa  bai- 
les, paseos,  excursiones  al  campo,  banquetes  y  canta- 
misas;  porque  es  de  advertir  que  no  faltaban  Reveren- 
dos y  Canónigos  en  la  tertulia,  y  que  aquella  seño- 
ra, como  las  grandes  damas  de  la  época,  era  tan  bien 
aceptada  en  los  conciertos  y  saraos  como  en  unos  san- 
tos ejercicios,  ó  cumpliendo  promesas  edificantes  en 
Guadalupe  ó  en  la  Soledad  de  Santa  Cruz. 

Calderón  era  el  encanto  de  aquella  tertulia,  ya  por 
sus  talentos,  ya  por  su  carácter  dulce  y  condescendien- 
te, ya  por  sus  aptitudes  sobresalientes  para  los  juegos 
de  prendas,  bailes  y  suertes  de  prestidigitación,  á  que 
era  afectísimo. 

Mi  presentación  á  Fernando  en  la  alacena  de  D.  An- 
tonio fué  fría,  porque  algo  le  preocupaba  en  aquel  mo- 
mento. 

Por  esos  días  me  había  refugiado  con  la  señora  mi 
madre,  moribunda,  en  una  vivienda  interior  de  la  ca- 
lle de  los  Gallos,  de  patio  empedrado  y  caño  descu- 
bierto, escalera  torcida  y  falla  de  peldaños,  chicos 
desnudos,  mujeres  en  cinta,  vecinos  lisiados,  canes 


206 


roíiosos,  farolillo  de  buche  de  pescado,  en  las  nochesT 
remendón  aguardentoso  y  desvergonzado  en  el  zaguán, 
durante  el  día. 

Mi  sueldo  eran  diez  y  seis  pesos;  mi  amparo  un  es- 
tudiante de  medicina  tan  en  la  chilla  como  yo,  y  mi 
esperanza ....  la  grandeza  de  mi  fe. 

El  insomnio  me  procuró  relaciones  intimas  con  la 
miseria  y  la  tiniebla. 

En  una  noche  de  congoja  infinita,  se  me  presentaron 
unas  señoras  muy  respetables,  señoras  de  la  vecindad 
cá  quienes  debía  favores",  mostrándome  á  un  rico,  pre- 
cisamente á  las  doce  de  la  noche,  en  las  puertas  de 
las  Capuchinas. 

Decían  las  señoras,  y  era  cierto,  que  al  sonar  la  es- 
quila del  convento,  cuando  entraban  las  monjas  á  co- 
ro, si  se  daban  tres  golpes  en  la  puerta  de  la  iglesia, 
las  santas  monjas  consagraban  á  Dios  sus  oraciones 
por  el  remedio  de  la  necesidad  que  representaban  los 
hermanos  afligidos. 

Lleno  de  gratitud  acepté  la  invitación. 

Por  el  camino,  con  una  señora  de  confianza  hablaba 
de  mis  penas,  de  mis  congojas,  y  de  la  imposibilidad 
completa  en  que  me  hallaba  de  transladar  á  la  señora 
mi  madre  á  Tacubaya,  como  lo  tenía  ordenado  el  mé- 
dico. 

Describiendo  mis  tormentos  á  mi  acompañante;  le 
pintaba  las  horas  en  que,  en  medio  de  un  ataque  es- 
pantoso en  que  el  dolor  parecía  despedazar  á  mi  bue- 
na madre,  cuando  con  el  aliento,  con  el  llanto,  y  con 


207 

los  gestos  de  la  desesperación  la  llamaba  á  la  vida, 
volvía  en  sí  delirando,  risueña,  llamando  á  mi  padre 
como  en  sus  días  felices,  ó  cantando  con  voz  dulcísi- 
ma alegres  canciones  cuando  tenía  empapadas  en  lá- 
grimas las  mejillas. . . . 

Alguien  nos  escuchó:  yo  quise  volverme;  pero  la 
calle  estaba  solitaria  y  no  se  percibía  sino  la  masa  de 
sombra  de  los  que  íbamos  para  la  iglesia. 

Pocos  días  después  de  esta  escena,  atravesaba  la  ca- 
lle de  Capuchinas,  y  me  pareció  que  me  veía  con  fijeza 
un  hombre  chaparro,  moreno,  bien  peinado  y  bien  ves- 
tido, medio  abierto  de  piernas  y  con  un  enorme  pura 
entre  los  labios,  que  arrojaba  plumeros  de  humo. 

Fíjeme  en  aquella  figura  un  tanto  pretensiosa  y  su- 
ficiente, y  el  hombre  me  llamó. 

— ¿Ud.  es  D.  Guillermo  Prieto? 

— Sí,  señor. . . . 

— ¿Un  joven  que  hace  versos? 

— Servidor  de  Ud. 

—Pase  Ud. 

Entró,  se  coló  tras  del  mostrador,  sacó  una  talega,  y 
á  mi  vista  deslumbrada  contó  doscientos  pesos,  que 
yo  vi  como  una  columnata  fantástica  de  plata. 

— Tome  Ud.  eso;  es  de  Ud. 

Yo  no  sé  lo  que  fué  de  mí,  ni  cuántas  cosas  pensé. 
Corrí  á  las  tiendas,  hice  arreglos,  alquilé  coche,  tomé 
casa  en  Tacubaya,  y  en  la  tarde  volví  triunfal  á  la  mía 
á  transladar  á  mi  madre  al  pueblo  mencionado,  segu- 
ro de  que  se  había  salvado  su  vida. 


208 

Repuesto  de  mi  sorpresa  y  reprochándome  mi  atur- 
dimiento, procuré  indagar  el  origen  de  aquella  lluvia 
de  pesos  bajada  de  lo  alto,  que  había  hecho  mi  fe- 
licidad. 

Después  de  muchas  indagaciones  supe  que  la  per- 
sona que  me  había  llamado  era  D.  Ildefonso  del  Cas- 
tillo, dependiente  principal  de  una  gran  casa  de  co- 
mercio, guatemalteco  recién  llegado  y  de  muy  pocas 
relaciones. 

Era  cierto  que  mi  padre  había  manejado  un  caudal 
opulento,  y  que  entonces  no  eran  raras  las  restitucio- 
nes sigilosas;  pero  por  mil  circunstancias  llegué  á  per- 
suadirme de  que  se  trataba  del  auxilio  de  una  perso- 
na generosa  que  deseaba  ocultar  su  nombre. 

Un  segundo  y  un  tercer  auxilio,  recibidos  con  suma 
oportunidad  y  las  mayores  atenciones,  porque  el  se- 
ñor Castillo  me  había  cobrado  especial  cariño,  hicie- 
ron que  mi  curiosidad  se  despertara  de  un  modo  in- 
contenible, y  un  día  que  recibí  dinero,  me  acomodé  á 
buena  distancia  del  tenedor  de  libros,  y  vi:  «Al  señor 
Lie.  D.  Fernando  Calderón,  para  D.  Guillermo  Prie- 
to.»  

Mi  conmoción  fué  indescriptible Yo,  que  habla 

visto  con  indiferencia  á  Calderón;  yo,  que  en  mi  interior 
le  había  calificado  de  frivolo;  yo,  que  por  pedantería  y 
suficiencia  (no  por  envidia,  que  jamás  la  he  conocido), 
no  había  ensalzado  suficientemente  el  mérito  del  poe- 
ta y  las  acciones  heroicas  del  patriota yo,  debía 

á  Calderón  la  vida  de  mi  madre! 


209 

En  ese  intervalo  Calderón  se  había  presentado  en  la 
Academia,  leyendo,  corregida,  su  Rosa  marchita,  qua 
ya  conocíamos. 

Al  siguiente  día  de  mi  descubrimiento,  me  dirigí  á 
la  casa  de  Fernando,  para  manifestarle  mi  reconoci- 
miento profundo  y  tratar  de  hacerle  el  pago  de  sus  di- 
neros. 

Vivía  Fernando  en  la  calle  de  San  Andrés,  en  una 
casita  de  plato  y  taza  que  tenía  en  la  puerta  el  rótulo 
de  Amoladuria,  rótulo  que  glosó  Calderón  con  inago- 
tables chistes. 

Ei  plato  y  taza  quería  decir  una  accesoria  para  la 
challe  y  dos  cuartitos  en  alto,  á  los  que  se  subía  por  un 
caracol  incomodísimo. 

En  la  accesoria  vivían  en  holgura  dos  criados  ves- 
tidos de  cuero,  con  sus  sombrerotes,  y  su  ajuar  eran 
sillas  de  montar. 

Pregunté  por  Calderón;  le  dieron  aviso,  y  me  dije- 
ron que  subiera. 

La  primera  de  las  piezas  estaba  con  luz,  y  sólo  vi 
en  ella  una  mesa  grande  con  papeles  y  vestidos. 

La  segunda  pieza  estaba  casi  á  obscuras,  recibiendo 
Ja  luz  por  un  mezquinísimo  postigo  del  balconcito. 

Yo  le  conté  mis  relaciones  con  Castillo,  mis  amar- 
guras; le  aclamé  con  sincera  ternura  mi  bienhechor,  y 
le  hable  de  los  términos  en  que  había  de  pagarle. 

Oyó  Calderón,  con  fisonomía  entre  dulce  y  socarro- 
na, mi  relación,  y  me  dijo: 

—  ¿Cuánto  tiene  Ud.  de  sueldo? 


210 


— Diez  y  seis  posos  mensuales,  como  meritorio  gra- 
tificado de  la  Aduana. 

— ¡Valiente  sueldo!  ¿Y  cuánto  me  abonará  Ud? 

— Ocho  pesos. . . . 

— Va  estaremos  grandccitos  cuando  acabe  el  pago. 

Cierto  acento  de  frialdad;  aquel  lenguaje  que  se  pa- 
recía al  de  los  usureros  con  quienes  yo  trataba,  no  sé 
en  fin  qué  me  hirió,  me  acobardó,  despedazó  mis  ilu- 
siones. . . .  Tenía  un  nudo  en  la  garganta,  contenía 
raudales  de  lágrimas. . .  . 

No  comprendía  yo  que  aquello  lo  hacía  Fernando 
por  oirme  hablar. 

— ¿En  qué  términos  hago  la  obligación? 

— En  los  que  Ud.  guste;  —  dijo  Calderón  vistiéndo- 
se,— todo  depende  de  las  garantías. 

— ¿Quiere  lid.  pagarés  de  otros  empleados? 

— No,  Sr.  Prieto,  porque  estarán  á  la  misma  altura. 

— ¿Del  Tesorero? 

— Tampoco;  Ud.  no  goza  de  sueldo:  gratificación. 

Nos  acercamos  á  la  mesa,  y  se  sentó  Calderón. 

— Acabemos,  pues  . . .  .  —  dijo — tomó  la  pluma  y  es- 
cribió unas  cuantos  palabras. 

— Vea  Ud. — me  dijo  con  un  tono  de  voz  que  nunca 
olvidaré; — vea  si  le  convienen  mis  condiciones. 

Yo  leí. . . .  releí  y  me  eché  en  sus  brazos,  llamándo- 
le: hermano  mío,  hermano  de  mi  corazón,  y  anegado 
en  lágrimas. 

El  papel  decía: 


211 

«Si  me  das  el  dulce  nombre  de  hermano,  habrás  sa- 
tisfecho con  usura  el  corto  servicio  que  me  debes. 

«¿Aceptarás  esta  condición  de  tu  hermano  Fernan- 
do?» 

El  soldado  de  la  libertad,  imitación  del  Pirata  de 
Espronceda,  fué  la  primera  poesía  que  leyó  Calderón 
en  la  Academia  con  el  carácter  de  nueva  producción 
de  su  ingenio.  Poco  después  leyó  El  sueño  del  tirano. 

Ambas  poesías,  fluidas,  sonoras,  y  de  versificación 
correcta  y  castiza,  tuvieron  gran  resonancia  y  celebri- 
dad por  las  circunstancias. 

Santa-Anna  se  había  apoderado  de  la  presidencia 
de  la  República,  y  desde  sus  primeros  pasos  se  había 
vuelto  cruel,  desordenado  y  vengativo,  encendiendo 
poderoso  descontento. 

Las  dos  composiciones  de  que  hablamos  se  convir- 
tieron en  obras  de  circunstancias:  la  una  se  traducía 
como  un  grito  de  guerra  contra  la  tiranía;  la  otra  co- 
mo su  merecido  suplicio. 

De  la  aceptación  de  esas  dos  composiciones  nació  la 
idea  de  que  Calderón  no  debía  dedicarse  sino  á  la  poe- 
sía lírica,  cuando  él  calentaba  en  su  cerebro  las  crea- 
ciones del  Torneo,  de  la  Vuelta  del  Cruzado,  de  Ana 
Bolena,  etc. 

Calderón  de  nada  de  eso  se  cuidaba;  hacía  versos 
como  hacía  resuello,  sin  darse  cuenta  ni  fijarse  regla. 
en  la  conversación,  hablando  á  solas,  escribiendo,  in- 
terrumpiendo una  carta  con  una  cuarteta  ó  con  un  so- 


212 

neto.  De  ahí  nace  su  fluidez  incomparable,  su  natura- 
lidad inverosímil. 

Calderón  no  tenía  mesa  ni  escritorio  adrede;  en  su 
casa  ó  en  la  del  Lie.  Beltrán,  tenía  sus  manuscritos,  y 
cuando  más  animada  estaba  la  tertulia  con  gritos  de 
muchachos,  risas  de  muchachas  y  carreras  de  perros, 
se  quitaba  en  un  rincón  chinelas  y  calcetines,  metía 
los  pies  en  agua  fría,  mandaba  traer  sus  manuscritos, 
y  escribía,  escribía  abstraído  del  bullicio,  sin  borrar 
ni  una  sola  letra. 

El  manuscrito  de  Ana  Bolena,  que  fué  de  mi  pro- 
piedad, tenía  sólo  dos  versos  tachados,  y  eran  como 
veinte  plieguitos  de  papel  azul,  de  los  que  se  usaban 
para  cartas. 

También  se  le  encarecía  el  cultivo  de  la  poesía  líri- 
ca, por  sus  dramas.  Pero  es  de  advertir,  que  su  lirismo 
es  el  lirismo  de  Calderón  y  de  Lope;  lirismo  del  que 
no  estuvieron  exentos  ni  Tirso  de  Molina  tan  cuida- 
doso, ni  el  mismo  Moreto,  modelo  de  corrección  dramá- 
tica; y  Calderón  era  hijo  neto  de  esa  escuela,  aunque 
carecía  de  las  dotes  dramáticas  de  los  anteriores,  con 
cuyas  obras  se  educó. 

Calderón  era  muy  medianamente  instruido,  y  poco 
estudioso;  los  asuntos  de  sus  dramas  los  sacaba  de  la 
primera  novela  que  caía  en  sus  manos. 

De  A  ninguna  de  las  tres  tomó  el  canevá  para  bor- 
darlo á  su  manera  con  los  caracteres  de  la  sociedad  en 
que  vivía,  porque  era  singularísima  en  él  la  sutileza 
de  observación,  la  rectitud  de  juicio  y  la  penetración  de 


213 

resortes  del  gran  mundo,  en  su  carácter  bondadoso, 
alegre  y  aparentemente  insubstancial. 

Y  este  es  el  lugar  á  propósito  para  marcar  las  dife- 
rencias entre  la  poesía  de  Calderón  y  la  de  Rodríguez 
Calvan. 

El  primero  todo  lo  debía  á  la  naturaleza  y  la  fortu- 
na; la  alegría  á  su  bienestar;  lo  caballeroso  á  sus  tra- 
diciones; sus  rasgos  de  gran  sefior  á  los  personajes  que 
le  rodeaban;  la  inspiración  y  la  bondad  á  Dios. 

Calderón  era  expansivo,  alegre,  maniroto,  sin  hiél. 

Rodríguez  era  hijo  del  dolor  y  del  estudio;  había  de- 
jado su  tierra  en  la  pobreza,  y  se  había  dedicado  á 
trabajos  de  sirviente  de  librería,  habiendo  hallado  mo- 
tivos de  consuelo  en  aquéllos  que  como  muebles  re- 
clamaban su  ocupación. 

Aislado,  triste,  con  sus  confidencias  con  los  astros, 
con  grandes  escaceses  hasta  para  comprar  calzado,  in- 
dio excéntrico;  todo  era  en  él  adquirido:  educación, 
modales,  manera  de  decir. 

Reir,  para  Rodríguez,  era  un  esfuerzo  como  el  que 
hacemos  para  toser. 

Tales  circunstancias  hicieron  que  Rodríguez  simpa- 
tizara con  la  escuela  que  se  decía  de  los  desheredados 
y  de  los  infelices;  la  escuela  creadora  de  Quasimodo  y 
del  poeta  Gringoire. 

Rodríguez  se  ocultaba  para  hacer  sus  versos,  porque 
le  habría  perjudicado  su  reputación  de  poeta. 

Para  Calderón  esa  reputación  era  un  título  que  le 
mantenía  con  brillo  en  la  alta  sociedad. 


214 

Por  eso  Calderón  es  más  ruidoso;  Rodríguez  más 
profundo:  el  uno  más  popular,  el  otro  más  apasionada 
y  más  tierno:  en  el  uno  se  perciben  acentos  heroico?; 
en  el  otro,  á  veces,  rugidos  salvajes. 

En  un  baile,  Calderón  era  una  delicia;  Rodríguez  un 
contrasentido.  El  uno  era  capaz  de  marchar  con  la 
frente  radiante  al  sacrificio. ...  el  otro  era  capaz  de  su- 
frirlo con  la  impasibilidad  sublime  de  Cuauhtéraoc. 

Reflexionóse  detenidamente  en  esos  dos  caracteres, 
y  se  harán  juicios  acertados  sobre  sus  composiciones. 

A  su  vez,  y  conforme  me  lo  hayan  dictado  mis  re- 
cuerdos, haré  mención  de  los  demás  miembros  de  la 
Academia,  que  aunque  muy  ilustres  é  influentes,  se 
señalaron  más  bien  y  pusieron  en  relieve  su  persona- 
lidad en  los  movimientos  políticos.  Por  ahora  me  per- 
mitiré hacer  algunas  ligeras  reflexiones  sobre  la  Aca- 
demia de  Letrán,  para  que  se  vea  que  no  exagero  en 
manera  alguna  su  importancia,  considerándola  como 
una  de  las  fuentes — acaso  la  más  notable — de  la  lite- 
ratura mexicana. 

Es  cierto  que  no  pueden  citarse  genios  de  primer 
orden  como  Shakspeare,  Calderón,  Cervantes,  Byron, 
Goethe  y  otros  astros  de  primera  magnitud,  de  otras 
naciones.  Pero  mucho  fué  que  por  la  primera  vez,  de 
un  modo  científico  y  concienzudo  se  abrieran  discu- 
siones, se  expusieran  doctrinas  y  se  fijaran  principios, 
ó  ignorados  completamente,  ó  como  sepultados  en  las 
librerías  de  algunos  sabios. 

La  pintura  tristísima  que  hace  el  Sr.  Pimentel  en  su 


215 

precioso  libro  intitulado  «Historia  crítica  de  las  cien- 
cias y  de  las  letras  en  México,»  es  exactísima:  sermo- 
nes de  obscuridad  incomprensible,  versos  místicos  en 
los  que  hay,  á  veces,  verdaderas  blasfemias;  saluta- 
ciones á  los  monarcas  que  se  sucedieron  en  España; 
frías  imitaciones  de  los  poetas  latinos  ó  españoles;  tal 
era  el  vasallaje  de  las  letras,  hasta  que,  á  principios 
del  siglo  actual,  Navarrete  y  Tagle  aparecieron  como 
circuidos  de  una  aureola  feliz  para  las  letras. 

Cierto  es  que  el  Pensador,  Mora  D.  José  M.  Luis, 
Quintana  y  otros,  marcan  un  período  notable;  pero 
más  bien  en  lo  político,  y  de  ello  me  ocuparé  á  su 
tiempo,  aunque  tengo  hechas  indicaciones,  á  mi  juicio 
importantes,  al  hablar  de  la  revolución  de  1833  y  de 
I).  Valentín  Gómez  Farías. 

Carpió, Pesado,  Calderón  mismo,  incurrían  en  grose- 
ras faltas  de  prosodia,  y  como  nuestro  modo  de  hablar 
no  correspondía  á  las  reglas,  teníamos  trabajo  para 
dividir  la  pronunciación  en  vocales  que  no  formaban 
diptongos,  incurriendo  en  faltas  aun  más  graves. 

El  descuido  de  la  instrucción  primaria  era  grande, 
el  estudio  del  latín  muy  preferido  y  acreditado;  resul- 
tando de  todo,  que  hombres  públicos  de  altísima  talla 
y  doctores  con  borlas  de  todos  colores,  escribía  abra- 
zo con  fe,  como  el  tipo  de  la  Gallina  Ciega. 

Las  discusiones  de  la  Academia  nos  obligaron  á  es- 
tudiar á  Sicilia,  á  Salva  y  á  otros  gramáticos,  y  tuvie- 
ron otra  corrección  las  producciones  poéticas  y  lite- 
rarias. 


216 

El  Zurriago,  periódico  que  redactaba  el  erudito 
•conde  de  la  Cortina,  de  la  escuela  de  Hermosilla,  aun- 
que escrito  sin  elevación,  sin  gusto,  y  sin  filosofías 
buena  educación,  nos  dio  provechosísimas  lecciones 
-que,  aunque  nos  irritaban,  rebajaban  las  pretensiones 
■del  amor  propio  y  nos  abrían  los  ojos  para  seguir  los 
buenos  modelos. 

Antes,  la  crítica,  con  raras  excepciones,  degeneraba 
en  polémicas  de  desahogos  y  groseras  personalidades 
de  que  quedan  lamentables  recuerdos. 

La  Academia  tuvo  aún  más  alta  significación,  demo- 
cratizando los  estudios  literarios  y  asignando  las  dis- 
tinciones al  mérito,  sin  distinguir  ni  edad,  ni  posición 
social,  ni  bienes  de  fortuna,  ni  nada  que  no  fuera  lo 
justo  y  elevado. 

Y  era  natural.  Nacida  la  Academia  de  cuatro  estu- 
diantes sin  fortuna,  y  entrando  indistintamente  en  ella 
proceres  y  sabios  que  cedían  su  puesto  á  meritorios 
■de  oficina,  dependientes  de  librería  y  vagabundos  co- 
mo Ramírez,  se  verificaba  espontánea  una  evolución 
•en  la  que  el  saber,  la  luz,  la  inspiración,  y  el  genio, 
alcanzaban  noble  y  generosa  supremacía. 

Tampoco  reunión  de  esta  clase  había  tenido  ante- 
dente en  México. 

Pero,  para  mí,  lo  grande  y  trascendental  de  la  Aca- 
demia, fué  su  tendencia  decidida  á  mexicanizar  la  li- 
teratura, emancipándola  de  toda  otra  y  dándole  carác- 
ter peculiar. 

Los  folletos  políticos  y  los  poemas  patrióticos  die- 


217 

ron  el  primer  impulso  á  aquella  tendencia  que  apare- 
cía como  intermitente  desahogo  de  la  manera  de  ser. 
Alguna  oda  de  Tagle,  los  cantos  de  Ortega  D.  Francis- 
co, y  de  Lacunza,  ó  La  batalla  de  Tampico,  ya  tuvieron 
más  formales  aspiraciones;  pero  realmente  no  pueden 
mencionarse  como  características. 

No  así  en  Letrán;  qué  aunque  había  sus  imitadores, 
sin  plan  y  sin  premeditación,  se  procuraba  exponer  flo- 
res de  nuestros  verjeles  y  frutas  de  nuestros  huertos 
deliciosos. 

Pesado  en  su  novelita  intitulada  El  Inquisidor  de 
México,  Pacheco  en  su  Criollo,  Ortega  en  Netzula, 
Rodríguez  Galván  en  su  Moza,  en  su  Manolito  él  Pi- 
saverde, en  su  Privado  del  virrey,  Calderón  en  su 
Adela,  y  yo  en  mi  Insurgente,  en  varias  odas  y  en 
romances,  nos  referíamos:  Pesado  á  los  horrores  de  la 
Inquisición,  Pacheco  á  la  condición  degradante  de  los 
criollos  en  México,  Ortega  á  los  aztecas,  Rodríguez, 
Calderón  y  yo,  á  nuestras  costumbres,  cuyos  cuadros 
me  había  yo  atrevido  á  exponer  al  público  en  el  Do- 
mingo, periódico  que  redactábamos  Camilo  Bros  y  yo, 
pronunciándonos  contra  los  vicios  de  la  educación 
clerical  y  de  los  sistemas  de  estudio. 

Como  se  ve,  esta  faz,  hasta  cierto  punto  autoritati- 
va,  que  presenta  la  literatura,  merece  detenido  es- 
tudio. 

La  Academia,  ó  más  propiamente  dicho,  Rodríguez 
Galván,  publicó  tres  tomitos  con  el  título  de  Año  nue- 
vo, en  1837,  1838  y  1839,  que  quedaron  como  recuer- 


218 

do  de  los  trabajos  literarios  que  he  recorrido,  y  que 
tendrán  su  importancia  el  día  que  se  quiera  emprender 
fundamentalmente  el  estudio  de  la  literatura  nacional. 


Después  de  recorrer  los  encumbrados  ideales  que 
he  procurado  describir,  caía  como  despeñado  á  mista- 
reas  aduanales,  mis  jefes  y  mis  compañeros  de  oficina. 
— No  queda  más  remedio  que  zabullirse  con  resolu- 
ción en  aquel  mar  de  prosa  porque  al  fin  ocupa  un 
lugar  en  mis  recuerdos. 

La  aduana  era  naturalmente  plebeya,  pero  plebeya 
como  la  viruela,  como  el  cardo,  como  el  mosquito  que 
espanta  el  sueño;  yo  le  encuentro  cierta  semejanza  con 
la  red  y  la  ratonera,  con  la  trampa  y  con  la  Inquisición. 
Pero  la  aduana  podía  decir  como  el  Don  Donato  de 
Bretón:  «tengo  dinero.» 

Así  es  que  en  las  prerrogativas  oficiales,  en  las  as- 
piraciones de  altos  personajes  á  las  jefaturas  en  sus 
conexiones  con  el  rico  comercio,  la  aduana  rayaba  á 
grande  eminencia  y  era  de  muchísima  importancia  su 
intervención  en  los  negocios.  El  gran  movimiento  de 
muías  y  carros,  entrando  y  saliendo  por  las  puertas  de 
entrada  y  salida;  los  montones  de  tercios  que  se  abrían 
y  cerraban  en  los  patios  amplísimos  al  ruido  atur- 
didor de  cuñas  y  martillos;  el  tumulto  de  cargadores 
rodando  barriles  y  transportándolos;  los  vistas  con  sus 
guías  en  las  manos  confrontando  facturas,  examinan- 
do efectos  y  disputando  con  amos  y  dependientes,  y  la 


/ 


219 

multitud  que  á  la  oficina  penetraba  de  indios,  indias, 
arrieros,  dependientes  de  tiendas  y  cajones,  portado- 
res de  dinero,  etc.,  todo  hacía  de  aquellas  oficinas  la 
mansión  del  ruido,  la  estancia  del  trajín,  la  guarida 
de  la  fatiga  y  el  remedo  del  tumulto,  de  la  inundación 
y  del  incendio. 

La  grande  oficina  tenía  á  la  entrada  un  gigantesco 
cancel  que  daba  paso  á  un  ancho  salón  de  40  varas 
de  largo,  con  barandillas  y  mesas  con  sus  papeleras  á 
los  lados,  y  en  el  fondo  una  imagen  colosal  de  la  Vir- 
gen de  Guadalupe,  á  la  que  ardían  constantemente  dos 
ó  cuatro  velas. 

En  la  pared  izquierda  del  salón  se  destacaban  tres 
grandes  puertas  de  los  tres  departamentos  más  im- 
portantes de  la  oficina:  la  Administración,  la  Conta- 
duría y  la  Tesorería.  Cada  uno  de  estos  departamen- 
tos tenía  su  fisonomía  particular:  lujoso  y  con  sillones 
el  primero,  silencioso  y  como  substraído  á  todo  trajín 
el  segundo,  y  el  tercero  tumultuoso,  con  el  ruido  de  los 
pesos,  los  atropellos  de  los  causantes,  los  contadores 
de  dinero  con  sus  mandiles  en  el  mostrador  y  sus  car- 
gadores y  criados  de  confianza  ladinos  é  insolentes. 

Las  mesas  que  decoraban  el  salón  marcaban  los  dis- 
tintos ramos  y  operaciones  del  despacho:  «Mesa  de 
Pases,»  «Mesa  del  viento,»  «Mesa  de  Abonados,»  «Me- 
sa de  efectos  del  país, »  de  «  Liquidaciones, »  de  «  Li- 
bros,» etc.,  etc. 

Las  mesas  de  Pases  y  del  Viento  eran  escándalo  é 
insurrección  perpetua:  á  la  primera  acudían  en  tropel 


220 

los  viajeros,  quo,  listos  para  marchar,  desde  las  cua- 
tro de  la  mañana  esperaban  en  todo  tiempo  hasta  las 
nueve  á  que  se  abriera  la  oficina.  A  la  segunda  los  in- 
troductores que  dejaban  prenda  en  la  garita  y  que 
acaso  habían  pernoctado  en  México  con  gravámenes 
inmensos  porque  la  oficina  se  cerraba  á  las  dos  de  la 
tarde.  ¡Ay  del  infeliz  que  mostraba  impaciencia!  ¡Ay 
del  distraído  que  olvidaba  quitarse  el  sombrero  reve- 
rente! 

Mientras  los  causantes  bramaban,  los  empleadillos 
de  tres  al  cuarto  se  engolfaban  en  una  disputa  sobre 
el  mérito  de  Chucha  Moctezuma  ó  Palomera,  bailarina 
una,  gracioso  el  otro,  ó  en  recitar  unas  coplas,  ó  en  re- 
coger un  escote  para  unas  chalupas,  ó  remedar  á  los 
jefes  é  imitar  sus  firmas. 

Á  menudo  desaparecían  dos  ó  tres  empleados  que 
iban  á  almorzar  y  entonces  armaban  plaza  los  indios 
pacientes  hasta  el  regreso  de  sus  servidores. 

Á  la  mesa  del  Viento  se  agolpaban  queseros,  mai- 
ceros, intruductores  de  piedras,  vigas,  ganados,  etc.; 
la  tarifa  era  voluminosa,  las  cuotas  variadísimas,  la 
urgencia  del  causante  la  misma,  y  la  holgura  y  cachaza 
de  los  empleados  la  propia.  Solía  haber  sus  alterca- 
dos provocativos;  no  faltaban  rancheritas  de  dentadura 
blanca,  pecho  saliente  que  humanizaran  á  los  canes  del 
fisco;  pero  tratándose  del  tesorero,  era  forzoso  esquil- 
mar y  exprimir  al  contribuyente  so  pena  de  los  anate 
mas  de  la  superioridad,  manía  que  aun  subsiste. 

Una  borrada  ligera,  un  rasgo  de  pluma  acusado  de 


22 1 

sospechoso,  una  entrerrenglonadura,  eran  pretexto 
de  una  demora,  ó  un  proceso,  ó  motivo  de  ruina  para 
un  infeliz.  Invento  de  maldición  y  tortura  puede  lla- 
marse á  la  alcabala;  pero  los  que  se  interioricen  en 
sus  trámites,  los  que  puedan  valuar  sus  extorsiones,  su 
ineficacia,  sus  delatores  y  verdugos,  tienen  que  contar- 
la como  una  de  las  mayores  calamidades  de  un  pueblo. 

En  la  Contaduría  residían  los  doctores  de  la  ley,  los 
encumbrados  oficiales  que  dictaminaban  en  los  nego- 
cios de  contrabando.  Parece  que  los  veo:  calvos,  con 
sus  anteojos  de  plata  á  la  punta  de  la  nariz,  las  plu- 
mas de  ave  junto  al  hondo  tintero  de  plomo,  su  escu- 
pidera al  lado,  su  zalea  en  los  pies.  ¡Qué  talentazos 
aquéllos!  Tenían  en  las  puntas  dé  los  dedos  á  Baudo- 
lon  y  á  Unzueta,  á  Ripia  y  á  Pinilla,  la  Ordenanza  de 
Intendentes,  y,  sobre  todo,  la  Pauta  de  Comisos,  obra 
magna  en  que  dieron  sus  pinceladas  D.  Ignacio  de  la 
Barrera,  D.  Manuel  Payno  y  Bustamante  y  D.  Manuel 
María  Canseco,  y  como  el  busilis  de  aquella  sabiduría 
era  el  reparto  del  contrabando,  los  doctores  eran  per- 
sonas de  mucha  sindéresis  y  mucha  letra  menuda, 
concluyendo  siempre  sus  pareceres  con  decir:  «V.  S. 
decidirá  con  sus  superiores  luces  ó  su  conocida  justi- 
ficación.» 

Por  supuesto  que  el  punto  de  partida  de  los  docto- 
res para  emitir  sus  pareceres,  era  que  todos  los  comer- 
ciantes son  ladrones,  y  con  esta  conclusión  suben- 
tendida no  hay  juicio  imparcial  posible,  equívocos  y 
retruécanos,  susceptibilidades  y  acechanzas,  esgrima 


222 

de  covachuelistas  cavilosos,  llenos  de  crueldad  y  mala 
fe;  mezclas  de  tejidos  de  lana  y  seda  en  que  se  valua- 
ba todo  como  seda;  un  aguamanil  con  un  relojillo  de 
pipiripau  que  se  graduaba  de  reloj  de  lujo;  una  estera 
con  un  florón  que  se  cuotizaba  como  alfombra;  un  lien- 
zo con  un  frunzón  caracterizado  de  ropa  hecha,  y  lo 
que  es  más,  declaradas  maleadas  unas  sardinas,  pero 
sujeto  el  aceite  en  que  venían  al  impuesto,  y  duplicar 
ó  triplicar  la  cuota  del  papel  porque  pesaba  más  por 
causa  de  la  aduana. 

Las  represalias  eran  las  consecuentes  con  la  extor- 
sión, y  he  ahí  una  lucha  de  robos,  de  estafas,  de  men- 
tiras ó  indignidades  sin  cuento. 

No  puedo  darme  á  derechas  razón  de  dos  aconteci- 
mientos que  se  conservan  en  toda  su  integridad  en  mi 
memoria,  de  tal  manera  que  reaparecen  con  todos  sus 
perfiles  y  accidentes  al  menor  soplo  de  mis  recuerdos. 
Helos  aquí: 

Los  oficiales  de  categoría  de  mi  oficina  eran  inte- 
gérrimos,  no  obstante  la  escasez  de  sueldos,  lo  tardío 
de  la  escala  y  el  tanteo  á  que  se  prestan  disimulos, 
aforos  y  liquidaciones. 

Pero  como  donde  menos  se  piensa  salta  la  liebre,  y 
nadie  diga  zape  hasta  que  no  escape,  cierto  empleado 
de  antecedentes  purísimos,  pero  hundido  en  la  deses- 
peración por  la  enfermedad  mortal  de  un  hijo,  se  con- 
fabuló con  cierto  poderoso  comerciante  para  un  fraude, 
y  marchó  viento  en  popa  el  negocio,  corriendo  por  to- 
dos los  trámites  oficiales  hasta  el  momento  de  la  veri- 


223 

firación  del  pago  y  expedición  de  las  tornaguías.  Sólo 
faltaba  la  firma  del  Administrador  que  casi  sin  ver  la 
ponía  en  esos  documentos  que  habían  pasado  por  va- 
rias comprobaciones. 

El  causante  confabulado  estaba  en  la  Administra- 
ción, la  guía  en  la  mesa,  el  Jefe  pronto  á  firmar,  cuan- 
do derribando"  silla  y  mesa  con  estrépito,  derramando 
el  tintero,  regando  papeles,  se  precipitó  como  un  loco  el 
empleado  á  quien  he  aludido  y  con  la  fisonomía  des- 
compuesta y  voz  penetrante  y  destemplado  grito. . . . 
¡No  firme  Ud.,  señor,  no  firme  Ud.!  Va  Ud.  á  autorizar 
un  robo Yo  soy  el  ladrón! 

El  empleado  cayó  gravemente  enfermo,  y  descubier- 
to el  fraude  quedó  arruinado  el  comerciante.  Aun  vi- 
ven dos  ó  tres  testigos  de  esta  horrible  escena. 

El  otro  de  los  recuerdos  que  he  señalado  me  atañe 
muy  personalmente,  y  en  toda  regla  debía  omitirlo  en 
cualquiera  otro  escrito  que  no  tuviera  el  carácter  de 
éste.  ¡Es  tan  estorbosa  la  propia  personalidad!  Pero 
las  memorias  ¿qué  son  si  no  almacenes  de  estorbos? 

La  parte  superior,  los  entresuelos  y  patios  interio- 
ras de  la  Aduana  eran  habitados  por  familias  y  sirvien- 
tes de  todas  categorías,  y  así  como  los  ratones  de  des- 
pensa esperan  la  cesación  del  tránsito  y  el  ruido  para 
entregarse  á  sus  solaces  y  apetitos,  lo  mismo  brotaban 
las  gatas  por  corredores,  escaleras,  tránsitos  y  veri- 
cuetos del  vastísimo  edificio  de  la  Aduana. 

La  costurerilla  que  iba  á  cotejar  una  muestra  ó  á 
traerse  un  carrete  para  su  tarea,  la  pilmama  pastorean- 


224 

do  chicos  saltantes  y  rejegos,  llorones,  pleitistas,  la  ga- 
ta que  pedía  licencia  para  comprar  zapatos,  la  coci- 
nera, que  terminado  su  trabajo,  llevaba  á  su  casa  el 
sobrante  no  escaso  de  la  comida,  las  visitas  de  seño- 
ras formales,  que  en  son  de  rosario,  de  tejido  ó  de  he- 
bra pendiente,  iban  en  pos  del  chocolate  de  las  casas 
de  los  jefes;  todo  este  concurso  tenía  su  tfhiste  para  me- 
ritorios y  empleadillos  de  baja  ralea,  presos  en  la  ofi- 
cina de  Pases  hasta  las  cinco  de  la  tarde.  Yo  era  de  esa 
falange,  y  mi  natural  propensión  á  mis  estudios  de  cos- 
tumbres, me  hizo  buscar  el  contacto  de  resabrosas  gar- 
banceras, retobadas  pilmamas  y  suculentas  cocineras, 
habitadoras  de  aquellas  regiones.  Mi  propensión  for- 
mó escuela,  tuve  discípulos,  prosélitos  y  cómplices,  y 
á  poco  andar,  aquella  Aduana  era  una  maravilla  en  es- 
to de  cuchicheos,  trompadas  y  alegrías. . . .  Los  jefes- 
estaban  fritos  con  aquel  desorden;  los  gatos  celosos,  los 
maridos  hoscos  y  amenazantes,  y  las  quejas  brotaban 
en  todos  los  tonos  imaginables. 

Con  tan  atendibles  antecedentes  ordenaron  los  Je- 
fes, para  ponerme  en  quietud,  que  me  transladase  á  la 
mesa  de  los  Tenedores  de  Libros,  haciendo  aparecer 
mi  castigo  como  honrosa  distinción. 

Los  primeros  días  los  superiores  me  traían  en  las  pal- 
mas de  las  manos,  y  estaban  conmigo  al  partir  un  pi- 
ñón. Pero  á^muy  poco  tiempo  mis  amigos,  espantados 
de  pronto  con  la  gravedad  de  mis  funciones  y  las  fiso- 
nomías de  ahuyenta  pájaros  de  mis  superiores,  fueron 
acercándose  poco  á  poco  á  mi  bufete  de  versista,  fo- 


225 

mentando  mi  decidida  vocación  de  terciar  en  amores 
y  zurcir  y  remendar  voluntades. 

Componía  un  epitafio  para  un  niño  que  se  tragó  un 
soldadito  de  plomo  con  todo  y  fusil.— Hermano:  amán- 
same á  esa  ingrata  que  está  que  se  pirria  por  el  so- 
brino del  cura. — Para  Conchita  en  sus  días. — El  hurto 
de  una  liga; — y  por  aquí  disparo  una  cuarteta,  por  allá 
suelto  una  décima,  más  allá  perjeño  un  soneto  ó  tejo 
y  urdo  una  carta  que  arrojaba  chispas.  Entretanto 
descuidaba  el  Diario,  las  cuentas  corrientes  bailaban 
la  zandunga  con  Varios  á  Varios,  y  el  Haber  y  Debe  va- 
gaban como  unos  desesperados  entre  endechas,  quejas 
y  sátiras  derramadas  á  troche  moche. 

En  un  día  de  Corte  de  Caja  se  hicieron  sensibles  mis 
atrocidades,  las  cuentas  no  se  podían  desembrollar,  hu- 
bieron inculpaciones  y  dicterios;  tomaron  las  cosas  has- 
ta proporciones  alarmantes  sobre  la  conducta  de  los 
Cajeros,  y  la  Contaduría,  implacable,  consultó  mi  sepa- 
ración de  la  oficina. 

Es  de  advertir  que  mis  hojas  de  servicio  eran  exce- 
lentes en  cuanto  á  el  romaneaje,  de  mi  probidad  y  ta- 
lentos; pero  en  la  parte  reservada  había  una  nota  trai- 
dora que  me  acusaba  de  poeta,  calificación  que  se  oía 
en  las  alturas  burocráticas  como  enfermedad  vergonzo- 
sa ó  vicio  incorregible. 

Mientras  duraba  la  resolución  de  la  consulta  de  la 
Contaduría,  quedaba  en  suspenso  y  realmente  hundido 
en  amarguras. 

Por  fortuna  mía  era  Administrador  de  la  Aduana 


226 

Don  Joaquín  Lebrija,  veracruzano,  de  clarísimo  talen- 
to y  excelente  corazón,  frente  calva,  carrillos  carno- 
sos, un  sí  es  no  es  colgantes,  ojos  pequeños,  dentadura 
blanquísima,  rolliza  papada  y  un  conjunto  franco,  abier- 
to y  bondadoso.  Me  propuse  acudir  á  61  para  implorar 
su  protección;  estaba  enfermo  aunque  sin  guardar  ca- 
ma, y  no  había  tenido  participio  en  mi  desventura. 

Me  acogió  piadosamente  mi  jefe,  por  supuesto  que 
no  eran  comunes  sus  ideas  con  los  otros  pedazos  de 
prosa  vil  contra  los  poetas. 

—Mala,  malísima  partida  te  han  jugado  las  musa*, 
güero  ¿qué  haré  yo  contigo? 

— Usted  sabe  señor  mi  situación;  sabe  usted  que  soy 
elsostén  único  déla  señorami  madre  y  que  ya  tengo  un 
castigo  terrible  con  verla  sufrir. 

Inclinó  la  cabeza  el  jefe,  yo  esperé  mi  sentencia  co- 
mo un  reo. 

Alzó  los  ojos  y  me  dijo: — Mira,  encárgate  por  ahora 
de  mi  correspondencia  y  de  darme  cuenta  para  acor- 
dar. ...  ya  veremos;  que  te  pongan  una  mesa  en  lasala. 

La  enfermedad  de  mi  bienhechor  era  la  gota,  porque 
como  buen  veracruzano,  era  no  sólo  gastrónomo,  sino 
perito  en  la  confección  de  pulpos  y  camarones,  robalo 
y  huachinango,  salsas  y  potajes  que  daban  hambre 
cuando  él,  en  sus  lecciones  orales,  los  saboreaba. 

Aquella  fisonomía  paternal,  aquella  risa  franca, aque- 
lla verba  juvenil  me  alentaba  y  me  dediqué  á  mis  nue- 
vos trabajos  con  ahinco. 

A  pocos  días,  no  sólo  llevaba  la  correspondencia  con 


227 

expedición  y  soltura,  sino  que  aventuré  algunos  infor- 
mes, puse  acuerdos  y  redacté  minutas,  llenándome  de 
aplausos  mi  favorecedor. 

¡Oh!  y  con  cuánta  delicia  sabía  yo  que  mi  jefe  muy 
frecuentemente  exclamaba: 

— «Eso  de  medir  talentos  y  valuar  aptitudes  como  lo 
hacen  las  hojas  de  servicio,  es  una  barbaridad;  vean 
ustedes  á  ese  muchacho,  lo  han  despedido  de  la  Con- 
taduría por  inepto  y  es  hoy  mi  desempeño;  se  puede 
decir  que  es  el  Administrador.» 

Cuando  sin  saberlo  yo,  ni  sospecharlo  siquiera  reci- 
bí un  oficio  con  su  aguilota  correspondiente  y  la  firma 
del  Ministro  de  Hacienda,  en  quese  me  ascendía,  y  se  me 
asignaban  funciones  de  secretario  del  administrador, 
con  una  gratificación,  mi  júbilo  fué  inmenso,  sin  que 
la  más  leve  sombra  le  obscureciera,  porque  yo,  cerca 
del  Sr.  Lebrija,  era  el  abogado  y  valedor  de  mis  com- 
pañeros. Respecto  á  garbanceras  y  regocijos,  puse  res- 
petuosa distancia,  no  por  arrepentido,  sino  por  acobar- 
dado por  mis  infortunios. 

Este  fué  mi  primer  percance  poético,  repetido  des- 
pués en  todas  las  faces  de  mi  vida. 

No  quiero  pasar  adelante  sin  hacer  notar,  que  en  los 
informes  sobre  mi  injustificable  conducta,  se  pasaba  y 
se  me  disculpaba,  por  la  edad,  todas  mis  diabluras;  pe- 
ro en  llegando  á  lo  poeta  se  enturbiaba  el  agua  y  no 
había  conmiseración. 

Los  empleados  viejos,  los  covachuelistas  de  tomo  y 
lomo  me  ponían  por  modelo  á  un  V.  M.  G.,  cuya  foto- 


228 

grafía  quiero  escribir,  para  dar  idea  del  empleado  de 
mis  tiempos. 

D.  M.  pisaba  los  talones  á  las  sesenta  navidades:  era 
entrecano  con  prominente  furia,  cutis  de  pergamino 
amarillento,  ojos  grandes  y  abotagados,  boca  contraída 
en  el  centro,  cuello  largo,  anguloso,  con  ciertas  preten- 
siones de  arrogancia  y  ciertos  toques  de  barba  de  me- 
lodrama. 

Levantábase  mi  modelo  entre  siete  y  ocho  de  la  maña- 
na, con  su  bota  reluciente  de  pico  trozado,  su  pantalón 
de  tapabalazo  y  su  corbata  de  collarín  de  terciopelo 
que  agarrotaba  y  mantenía  erguido  su  cuello. 

Había  tomado,  al  levantarse,  unos  tragos  decocimien- 
to de  ruibarbo  para  apaciguar  la  bilis. 

Para  desayunarse  se  ponía  holgado  chaquetón  de 
indiana,  mientras  cepillaban  el  alto  sorbete  y  el  imper- 
donable fraque  negro  oliendo  al  chinguirito  y  ai  agua 
de  romero  que  servían  diariamente  para  su  purifica- 
ción. 

Sentado  á  la  mesa,  con  el  gato  sobre  ella  y  su  perri- 
llo al  pie,  tomaba  el  de  caracas  con  huesitos  de  man- 
tecada la  Santa  Fe  ó  casa  de  Ambrís  (calle  deTacuba), 
su  pequeño  vasito  de  leche  y  su  agua  purísima  dejada 
al  sereno  para  regalo  del  consumidor. 

Sólo  interrumpía  D.  M.  acto  tan  importante,  para  en- 
viar atento  una  sopa  de  su  chocolate  al  loro  querido, 
que  desde  su  estaca  atronaba  los  vientos  chillando  el 
Santo  Dios  y  tocando  la  trompeta. 

Terminado  el  desayuno,  llamaban  á  DaDuvige, digna 


229 

consorte  de  M.,  quien  le  hablaba  de  usted,  para  que  le 
abriese  la  raya  y  le  batiese  la  furia. 

Cepillados  escrupulosamente  frac  y  sombrero,  dobla- 
do con  esmero  el  paliacate  en  la  bolsa  del  costado,  ti- 
rante y  bastón  en  mano  se  dirigía  D.  M.  al  altar  del  Per- 
dón á  la  misa  de  ocho  y  media,  que  no  tardaba  ni  más 
ni  menos  de  los  veinte  minutos  que  reza  el  ritual. 

A  sa  entrada  en  la  oficina,  con  el  sombrero  puesto, 
veía  con  el  rabo  del  ojo  que  le  apuntase  el  portero  en 
la  lista  de  horas  de  asistencia,  y  se  dirigía  á  su  mesa. 

Era  esta  un  mueble  tosco  y  macizo  con  su  carpeta 
verde,  engalanada  con  una  águila  amarilla  hecha  con 
no  se  qué  mixtura  y  ondas  y  pajaritos  de  pésimo  gus- 
to en  las  orillas:  al  frente  de  la  mesa,  esperaba  ancho 
sillón  con  su  cojín  de  gamuza  y  en  el  asiento  sobre- 
puesta una  piel  de  tejón,  muy  recomendada  por  la  hi- 
giene de  la  vida  sedentaria. 

Ala  derecha  del  sillón, á conveniente  altura, se  veían 
unos  pliegos  de  papel  pegados  con  oblea,  y  un  clavo  en 
el  centro,  aparato  que  servía  de  percha. 

Arrellanado  D.  M.  en  su  sillón,  abría  la  enorme  pa- 
pelera que  ocupaba  el  centro  de  la  que  era  almacén  do 
todos  los  útiles,  y  relicario  precioso  de  todos  los  pri- 
mores burocráticos  de  D.  M. 

Veía  la  luz  primero  una  especie  de  tabique  pequeño 
de  tafetán  verde  para  interceptar  la  vista  y  modificar 
la  luz.  En  seguida  un  enorme  tintero  de  plomo  de  for- 
ma circular,  un  poco  de  tinta  con  su  palillo  sucio  y 
sus  algodones  para  que  se  conservara  negra  la  tinta; 


230 

una  ampolleta  de  barbero,  con  agua,  depósito  de  las 
plumas  de  ave  tajadas  de  distintos  gruesos  para  cará- 
tulas, letras  mayúsculas  y  escritura  corriente;  una  ban- 
dejillade  hojalata  llena  de  maripaja,  su  oblera  de  la- 
tón con  su  tapa;  en  una  palabra,  el  recado  de  escri- 
bir descansando  en  un  tapete  de  hule,  inseparable  del 
trapo  con  que  se  limpiaban  las  plumas.  En  el  opuesto 
lado  tenían  asignados  sus  lugares  el  cortaplumas,  las 
reglas  anchas  y  las  cuadradas,  la  falsarregla,  barrillas 
de  lacre,  un  cuadrito  de  hule  para  borrar  líneas  de  lá- 
pices, una  botellita  con  polvos  de  goma  para  las  ras- 
paduras, y  en  un  papelillo  clavada  una  aguja  gorda  ro- 
deada de  hebras  de  pita  para  coser  los  expedientes. 

El  reverso  de  la  papelera  lo  coronaban  dos  estam- 
pas enormes.  Una  de  la  Virgen  de  los  Dolores,  otra  de 
S.JuanNepomuceno  con  su  lengua  en  la  mano,  abogado 
de  la  honra. 

Para  comprender  el  interior  de  la  papelera,  serían 
necesarios  un  plano,  un  inventario,  una  guía,  una  brú- 
jula y  un  Cicerone.  Allí  se  encontraban  remedios  pa- 
ra los  callos  y  botiquín  para  los  ataques  repentinos: 
allí  tarifas  para  abreviar  las  operaciones  del  despacho, 
compases  y  tijeras,  bizcochitos  y  dulces  de  monjas,  una 
redomita  con  jerez  superior  y  una  cajita  con  polvo  co- 
lorado para  descargar  la  cabeza;  por  supuesto  que  no 
faltaba  en  aquella  abreviatura  de  almoneda,  ni  un  so- 
neto á  la  Virgen,  ni  un  convite  de  toros  ó  teatro,  ni 
una  invitación  para  una  cantamisa. 

Arreglado  el  escritorio,  se  arrellanaba  fatigado  en  su 


231 

sillón  y  cercenaba  la  curiosa  bolsita  de  terciopelo  con 
la  piedra,  la  yesca  y  eslabón  para  saborear  su  purito 
de  á  ocho,  que  era  su  delicia. 

Acudían  á  ese  tiempo  varios  compañeros,  y  se  po- 
nía á  discusión  el  sermón,  ó  la  comedia,  la  corrida  del 
domingo  próximo,  etc.,  con  su  sazón  de  crónica  escan- 
dalosa y  sus  cuentecillos  colorados. 

Al  lado  de  la  mesa  solía  verse  instalado  un  merito- 
rio con  su  cartera  de  papel  al  frente,  toda  borrajea- 
da, mechudo  y  encogido,  de  chaqueta  de  indiana  y 
pantalón  de  piel  de  tusa,  de  zapatón  ladeado  y  espini- 
Jla  al  aire  libre. 

Este  muchacho  santurrón  y  taimado,  paloma  con  el 
jefe,  tigre  con  los  causantes,  era  la  víctima  de  Don  MM 
pero  la  víctima  se  vengaba  haciendo  su  caricatura  y 
publicahdo  sus  poridades. 

Durante  los  preliminares  de  instalación  y  la  charla 
•de  saludo,  los  interesados  bufaban,  el  chico  hacía  ca- 
retas ó  copiaba  versos,  y  no  había  más  remedio  que 
esperar. 

A  las  once  de  la  maftana,  y  cuando  apenas  acababa 
de  tajar  su  pluma  Don  M.,  llegaba  la  criada  con  la 
-canasta  y  la  portavianda  del  almuerzo. 

Alzábase  la  tapa  de  la  papelera,  se  tendía  la  servi- 
lleta, se  aprestaban  el  salero,  la  botella  de  pulque  y 
-el  vaso,  el  pocilio  con  la  salsa  de  jitomate,  la  tacita 
con  dulce  de  tejocote,  y  se  almorzaba  sirviendo  la  gar- 
bancera tiznada  y  ladina,  que  tenía  muy  avanzadas 
sus  relaciones  con  el  meritorio. 


232 

Terminaba  el  almuerzo,  que  solía  durar  más  de  una 
hora,  con  la  tostada  de  ordenanza  ó  con  un  taco  de  pan 
con  sal. 

A  las  dos  de  la  tarde  cesaba  el  despacho  para  el  arre- 
glo de  las  mesas  de  contabilidad;  á  las  dos  y  media  co- 
menzaba Don  M.  á  limpiar  ó  recoger  los  útiles,  y  á  las 
tres  en  punto,  jadeando  y  de  mal  humor,  volvía  á  su 
casa  después  de  haber  dado  cumplido  lleno  á  sus  de- 
beres. 

Don  M.  había  sido  pésimo  estudiante  en  sus  prime- 
ros años;  pero  había  echado  toda  gramática,  y  era  el 
verdadero  secreto  do  su  elevación  unida  aquella  cir- 
cunstancia á  su  intransigencia  en  aquello  del  cuarto 
margen,  gaza  y  tres  puntudas  para  expedientes  y  dis- 
tinciones exactas  de  registros,  minutas  y  tocas. 

En  su  conversación  sembraba  orgulloso  aquellos  la- 
tinos de  amictis  árnica  veritas,  inteligencia  pática, 
timebunt  gentes,  qui  polis  capeat,prisves  es  esse,  finís 
coronal  opus  y  otras  lindezas  que  son  para  algunos 
como  el  floreo  del  talento  y  que  tanto  alucinan  y  delei- 
tan á  los  que  menos  las  entienden. 

Las  lecturas  de  Don  M.  le  hacían  citar  al  país  de 
las  Monas  y  los  viajes  do  Gulliber,  algo  de  los  viajes 
de  Anquetil, avanzándose  hasta á  ensalzar  las  cartas  del 
Filósofo  Rancio  y  los  sermones  del  padre  Avila.  Para 
con  la  gente  de  respeto  y  con  sus  íntimos,  no  era  extra- 
ño á  las  zanganadas  de  Pigault  Lebrun  ni  desconoci- 
das las  aventuras  del  Baroncito  de  Faublas.  Con  este 
capitalito  de  erudición,  sus  relaciones  con  sacerdotes 


233 

notables  por  su  saber  y  santidad  y  su  carácter  de  Co- 
chero de  Nuestro  Amo,  no  le  faltaba  ya  el  albaceaz- 
go,  ya  la  administración  de  las  casitas  de  una  viuda 
rica;  ya  la  liquidación  de  una  testamentaría. 

Había  sido  iturbidista  hasta  la  médula  de  los  huesos, 
y  en  cuanto  á  sus  creencias  políticas,  decía  que  era 
mueble  de  traspaso,  que  él  servía  á  quien  le  mandaba 
y  que  el  empleado  no  debía  tener  opinión. 

Pero  ya  es  tiempo  que  dejemos  á  D.  M.  que  juegue 
su  malilla  con  el  Padre  Vicario  de  la  Parroquia  veci- 
na y  su  barbero,  y  que  salgamos  de  esa  maquinaria  de 
extorsión  y  retroceso  que  se  Mamaba  y  se  llama  Renta 
de  Alcabalas. 

No  obstante  el  hábito  y  mis  pocos  años,  me  impre- 
sionaban hondamente  los  indios  infelices  que  dormían 
á  la  intemperie  y  casi  desnudos  porque  no  podían  sa- 
car la  prenda;  los  comisos  en  que  eran  jueces  y  parte 
los  empleados;  los  robos  con  el  nombre  de  extravío 
de  ruta  con  oficial  destino;  la  mancha,  el  descuido  cas- 
tigados con  la  confiscación;  la  lucha  entre  la  codicia  y 
la  astucia,  la  fuerza  y  la  mala  fe  y  lá  competencia  de 
las  infamias  de  los  unos  con  la  ley  en  las  manos  y  el 
pillaje  de  los  que  sabían  emplear  con  habilidad  el  so- 
borno. 

Por  mi  dicha  pasaba  como  por  entre  espinas  por  es- 
tas desabridas  y  aun  amargas  ocupaciones,  y  al  reasu- 
mir mi  soberanía,  me  encontraba  ágil,  alegre,  listo  pa- 
ra todo  género  de  diabluras. 

Es  hoy,  y  sinceramente  no  puedo  explicarme  el  ar- 


234 

dor,  igualmente  febril,  con  que  corría  tras  de  los  place- 
res, la  bulla  y  el  escándalo,  y  la  pasión  al  estudio  á 
que  consagraba  mis  vigilias,  y  me  hacía  solicitar  se- 
diento y  apasionado  las  lecciones  de  humanidades  de 
Quintana  Roo,  las  de  derecho  de  Iglesias  y  las  cientí- 
ficas de  Ramírez. 

Entre  breñales  y  flores  se  abría  como  aislada  la  re- 
ligión de  mis  primeros  amores;  se  alzaba  con  majes- 
tad mi  culto  á  la  patria  y  se  escuchaban,  como  arrullos 
aves  lejanas  al  caer  de  la  tarde,  mis  recuerdos  de  niño 
y  el  amor  de  mi  madre;  y  no  le  pongo  aquí  el  señora, 
como  debía,  porque  me  parece  que  con  esa  reverencia 
la  alejo  de  mi  corazón. 

El  Café  de  Voroly  era  por  entonces  el  punto  do  cita 
de  la  moda;  militares  briosos,  abogados  parlanchines, 
tahúres  manirrotos,  cómicos,  niños  finos,  galanes  amar- 
telados y  periodistas  «que  podían, — como  decía  San- 
cho,—llevar  un  pulpito  en  cada  dedo.» 

La  parte  superior  del  edificio  era  casa  de  huéspedes 
como  hoy,  con  angostos  corredores  que  daban  al  pa- 
tio. Éste  era,  y  es,  cuadrado;  el  conjunto  estaba  cubier- 
to por  un  techo  de  cristales. 

En  el  patio,  bajo  los  corredores  y  rincones  había  dis- 
tribuidas mesillas  redondas  descansando  en  tripiés  de 
fierro  y  calculadas  como  para  cuatro  personas  y  sobre 
ellas,  á  trechos  largos,  se  veían  grandes  depósitos  de 
ceniza  con  brasas  ó  braseros  de  lumbre  para  encender 
cigarros  y  puros. 

En  el  fondo  del  salón  se  encontraba  el  despacho  con 


235 

el  mostrador  lleno  de  bizcochos,  y  charolas  para  servir, 
con  tostadas  y  molletes,  el  café  y  el  chocolate,  y  no 
escaseaban  copas  y  botellas  para  servir  á  los  mar- 
chantes pasajeros  catalán  y  licores. 

Había  mesas  de  ocupación  permanente, de  jugadores 
<ie  dominó  y  de  ajedrez.  Entre  estos  últimos  figuraban 
Carugthon,  D.  Manuel  Rodríguez,  y  sobre  todos,  Lean- 
dro Mosso,  destrísimo  también  para  el  billar  y  para 
los  juegos  de  cartas. 

A  las  mesas  de  dominó  se  agolpaba  gran  número  de 
cócoras,  cruzándose  anécdotas  picarescas,  crónicas. 

En  una  mesa  imperaba  Pancho  Rebot,  llamado  fami- 
liarmente el  Manco  Rebot,  marino  simpático,  calavera 
seductor,  moreno,  mofletudo,  altivo,  limpia  dentadura, 
con  una  conversación  sembrada  de  anécdotas,  salpica- 
da de  malas  palabras  y  sazonada  de  chistes  divertidos. 
A  su  alrededor  brillaban  los  calaveras  de  su  jaez  y 
militares  de  cierta  instrucción  y  nombradía,  de  la  es- 
cuela de  Requena,  de  Tola,  de  Cela  y  de  Iniestra.  Ha- 
bía, como  suele  en  estos  grupos,  Nenes:  así  se  llama- 
ban á  los  pollos  aprendices  de  hombres  de  mundo,  pe- 
dantes, desgarbados  y  ridículos. 

Uno  se  hacía  admirar,  porque  teniendo  cinco  que- 
ridas, á  todas  dio  cita  para  determinado  lugar,  previ- 
niéndolas antes  vistiesen  del  mismo  color  y  se  presen- 
tasen de  la  misma  manera. 

Otro  provocaba  la  hilaridad  relatando  su  fuga  de 
una  dulcería  en  que  un  airado  marido  le  quiso  matar 
y  que  al  huir  tropezó  con  un  caldero  de  miel,  que  le 


236 

bañó  completamente,  sin  saber  por  dónde  ir  ni  dónde 
esconder  su  pegajosa  desventura. 

Aquel,  para  encarecer  su  ingenio,  refería  que  estan- 
do pobrísimo  y  con  una  querida  exigente,  la  invitó  en 
las  vísperas  del  día  de  su  santo  á  que  se  reclinase 
en  su  pecho  donde  la  dama  se  durmió;  entonces  la 
echó  de  sí,  la  injurió,  la  inculpó  de  haber  dicho  terne- 
zas á  un  rival,  y  verificó  el  más  económico  y  triunfal 
de  los  rompimientos. 

Un  militar  explicaba  el  origen  del  dicho  cartuche- 
ras al  cañón,  del  modo  siguiente: 

El  coronel  D.  Juan  José  Andrade  era  el  tipo  del  mi- 
litar antiguo,  moreno,  negro  bigote  retorcido  sin  pre- 
tensión, pecho  saliente,  andar  desembarazado,  poco 
comunicativo  y  rigidísimo  hasta  la  exageración  en  ma- 
teria de  disciplina.  La  familia  toda  tenía  el  propio  tipo 
y  D.  Juan  contaba  que  el  general  su  padre,  habiendo 
dado  orden  para  que  no  llegasen  coches  á  la  entrada 
de  un  teatro,  el  cochero  se  creyó  facultado  para  que- 
brantar la  orden:  el  centinela,  que  tenía  la  consigna, 
marcó  el  alto;  el  cochero  insistió,  alegando  el  nombre 
del  general;  el  centinela,  atento  á  la  orden,  repitió  la 
prohibición;  el  cochero  se  dispone  á  atropellado:  el 
centinela  atraviesa  con  su  bayoneta  una  de  las  muías, 
y  paró  el  coche:  entonces  el  general  salta  del  coche, 
gratifica  y  manda  se  ascienda  al  soldado,  castigando 
severamente  al  cochero. 

Pasaba  un  día  revista  D.  Juan  José,  y  para  probar 
el  estado  de  instrucción  de  sus  soldados,  les  mandó  el 


2¿7 

ejercicio  dp  once  voces;  una  de  ellas  era  «cartuchos  al 
cañón.»  pero  equivocándose  D.Juan,  gritó:  ¡cartuclieras 
al  cañón!  Unos  no  hicieron  caso  y  vaciaron  sus  cartu- 
cheras; pero  otros  se  quedaron  con  la  cartuchera  en  la 
boca  de  los  fusiles. . . .  D.  Juan  los  vio  severo.  Uno  de 
ellos,  señalando  la  cartuchera  y  la  boca  del  fusil,  le  dijo: 

— Mi  coronel,  no  cabe. 

— ¡Quepa  ó  no  quepa!  el  que  manda  no  se  equivoca. 

Y  esto  ha  pasado  como  tipo  de  la  infalibilidad  mi- 
litar. 

En  un  corrillo  de  viejos  verdes,  se  referían,  ya  los 
ingeniosísimos  robos  de  Garatuza,  ya  las  chispeantes 
coplas  del  Negrito  poeta,  ya  las  rarezas  del  actor  Lu- 
ciano Cortés  que  pasaba  horas  enteras  en  el  Mercado, 
estudiando  actitudes,  costumbres  y  lenguaje  de  los 
léperos;  ya  los  agudísimos  dichos  de  la  güera  Rodrí- 
guez; yaexplicando  el  Vinatero,  invención  de  Garmen- 
dia,  que  después  tomó  el  nombre  de  gregorito,  y  que 
me  viene  en  gana  contar  á  mis  lectores. 

Se  elegía  un  payo  bilioso  y  atrabancado  de  escaso 
chirumen,  de  quien  con  anterioridad  se  indagaba  vida 
y  milagros.  Se  le  convidaba  á  tertulia  ó  paseo  noctur- 
no, y  al  retirarse  los  concurrentes,  alguno  proponía 
echar  un  trago  de  despedida. 

Se  había  señalado  de  antemano  el  local  á  propósito  pa- 
ra el  vinatero,quedebíaser  en  esquina,  no  habitado  en 
las  noches,  como  pulquería,  carnicería  ú  otro  comercio 
cualquiera.  Invitado  el  payo  para  la  supuesta  vinatería 
á  tomar  un  vasito  de  catalán  ó  de  rompope,  se  colocaba  la 


238 

concurrencia  en  una  parte  del  ángulodelaesquinamien- 
tras  en  el  otro  se  colocaba  muy  cautamente  el  có- 
cora encargado  del  «Vinatero»  y  que  se  suponía  en  el 
interior  de  la  tienda. 

(Se  acerca  el  grupo  y  uno  toca  la  puerta). 

— El  fingido  vinatero  tose  repetidas  veces,  y  hacién- 
dose gachupín  terco: 

— ¿Quién  va?  ¿qué  se  ofrece? 

— Una  botella  de  catalán,  unos  vasos,  una  botella  de 
rompope — levántese  usted. 

— Pues  sabe  usted  que  no  me  pega  la  gana — vayan 
alante. 

— Hombre,  sea  usted  buen  amigo. . . .  Vea  usted  que 
vengo  con  personas  de  respeto. 

— ¿Y  qué  me  dan  respeto  cuatro  borrachínes  desve- 
lados? 

— ¿Cómo  borrachínes?  ¡insolente!  aquí  está  D.  Ma- 
nuel de  la  P.  de  la  Hacienda  del  Grillo. 

—Bonito  picaro  .". . .  ¡Serenao  bruto! 

— ¿Cómo  andamos  hay?  clamabaelpayo.  Usted  no  me 
conoce. 

— Como  si  lo  acabara  de  desensillar — La  madre  fué 
así,  el  padre  asado,  él  un  redomado  pillo,  ladrón,  que 
vive  de  su  mujer 

El  diálogo  se  enciende,  llueven  las  desvergüenzas, 
puños  y  piedras  retumban  en  la  puerta,  el  payo  está 
fuera  de  sí  y  sin  sentido,  deserta  la  concurrencia  has- 
ta quedar  solo  el  ranchero,  en  espera  de  su  ofensor  pa- 
ra boberle  la  sangre. 


239 

Amanece  Dios,  llega  el  carnicero  ó  pulquero  con  las 
llaves ...  .el  ranchero  queda  estupefacto  al  encontrar 

la  accesoria  vacía y  saber  que  le  han  jugado  un 

«Vinatero.»  

Sin  segunda  mira  política,  ni  religiosa,  extraño  aquí 
á  toda  tendencia,  sin  pizca  de  interés  de  filosofar  ni 
de  meterme  en  camisa  de  once  varas,  diré  que  dejan- 
do en  su  buena  opinión  y  fama  á  las  lumbreras  de  la 
Iglesia,  no  había  tesoro  de  placeres,  ni  mina  de  deli- 
cias; ni  océano  de  encantos  y  satisfacciones  compara- 
bles á  los  manantiales  de  contento  que  encerraban  las 
buenas  relaciones  con  los  frailes,  y  más  particularmen- 
te con  ciertos  frailes. 

Y  esto  no  lo  digo  sólo  por  los  capítulos,  tomas  dé 
hábitos,  bendiciones  de  casas  y  haciendas,  que  eran  al- 
folíes de  fandangos,  motivos  de  suculentos  comelito- 
nes,  etc.,  todo  en  ejercicio  del  Santo  Ministerio,  sino 
por  las  condiciones  peculiares  de  cada  sacerdote  y  el 
oficio  que  desempeñaba. 

Y  si  bienios  frailes  mendicantes,  pastoreaban  las  al- 
mas sin  grandes  emolumentos,  eran  en  cambio  más  va- 
riados, ya  en  plata,  en  spn  de  mandas  y  misas,  triduos, 
novenarios,  desagravios,  retiros,  panegíricos  y  otros 
sermones;  ya  en  especie,  como  chocolate  riquísimo  pa- 
ra el  consumo  diario,  ya  jaleas  y  cajetas  para  regalo 
de  la  mesa,  ya  la  cecina  ó  el  borreguito  de  aguinaldo; 
ya,  por  último,  la  caja  de  oro  para  rapé  al  predicador,  la 
purera  riquísima  ó  la  cigarrera  de  plata,  oro  y  chaqui- 


240 

ra,  el  pañuelo  bordado,  las  medias  y  monteras.  En 
cuanto  á  los  frailes  ricos  era  otra  cosa:  eran  imposicio- 
nes ó  hipotecas,  administradores  y  mayordomos,  eran 
las  más  grandes,  más  pingües  y  más  opulentas  posi- 
ciones del  país,  veneros  de  fortunas  mundanas,  resor- 
te positivo  de  poderosísimas  influencias,  secreto  del 
fervor  religioso  de  las  potestades  del  Estado  y  palanca 
con  que  movía  á  su  antojo  la  máquina  social  el  clero 
venerable  que  tenía  en  sus  manos  las  llaves  del  cielo 
y  del  infierno. 

Pero  en  lo  pedestre,  y  desde  el  punto  de  vista  de 
desenfadado  escribiente  de  oficina,  volviendo  á  mi  te- 
ma, los  frailes  oran  mi  gran  tesoro  de  distracción  y 
gustos. 

Y  era  natural,  las  relaciones  que  se  emprendían  á 
la  sombra  de  un  fraile  mendicante,  llevaban  apareja- 
da la  advertencia  del  voto  de  pobreza,  y  como  los  ti- 
pos más  prestigiados  solían  tener  el  hábito  roto  y  las 
manos  sucias,  el  cabello  descuidado  y  el  rostro  sin 
afeitar,  circunstancias  que  solían  alegarse  como  indi- 
cios de  santidad  y  de  sabiduría,  un  mozalbete  mal  ves- 
tido y  peor  perjeñado,  era  casi  motivo  de  simpatía  pa- 
ra las  ovejas  hambrientas  del  rebaño  de  San  Francisco 
ó  de  Nuestro  Padre  San  Agustín. 

Por  otra  parte,  y  con  independencia  de  las  cualida- 
des religiosas,  aunque  siempre  realzadas  por  ellas  mis- 
mas, había  frailes  que  eran  verdaderas  notabilidades 
de  todos  géneros,  y  podían  acreditarlo,  ya  un  reverendo 
tocador  de  harpa,  Que  era  una  maravilla,  ya  un  agus- 


241 

tino  que  lloraba  canciones,  capaces  de  ablandar  pe- 
ñas: ya  valientes  como  los  franciscanos  SS.,  ya  bus- 
ca pleitos  y  endiablados  como  cierto  Mercedario  de 
calzoneras  y  estoque,  sombrero  á  la  maldito  y  pistola 
de  arzón,  reata  y  caballo  que  ponía  las  patas  delante- 
ras sobre  cualquier  mostrador  de  pulquería  en  que  su 
Paternidad  quería  apagar  la  sed. 

Entre  las  familias  de  muchos  Reverendos  se  notaba 
bienestar  y  repetición  de  frasqnitas  caseras;  todas 
por  supuesto  con  su  barniz  de  devoción,  y  sin  aban- 
donar el  Santo  temor  de  Dios. 

En  Enero,  rifas  de  Santos:  en  la  urna  se  depositaban 
los  nombres  de  todos  los  del  Calendario,  y  si  sacaba 
la  cédula,  se  tenía  por  patrono  todo  el  afto. 

Febrero. — Carnestolendas:  retozos  de  cascarones  y 
disposiciones  de  penitencia. 

Marzo. — Suntuosos  altares  de  Viernes  de  Dolores, 
paseo  de  las  flores,  comuniones. 

Abril.— SemanaSanta;  y  ya  los  novenarios  y  maitines, 
las  fiestas  de  los  Angeles  y  Santiago,  y  Santa  Ana,  las 
<Ie  la  Candelaria  en  Tacubaya,  el  Señor  del  Claustro  en 
Tacuba,  las  muchas  de  Guadalupe,  la  Romería  de  Chal- 
ina, la  de  Ameca,  del  Señor  del  Sacromonte,  etc.,  etc. 

Todo,  sin  contar  fiestas  particulares  de  capillas,  igle- 
sias y  conventos. 

En  esas  casas  de  familias  eclesiásticas  se  adornaban 
albas,  se  lavaban  y  encarrujaban  corporales,  se  em- 
prendían obras  magnas  de  bordado  de  paños  de  cáli- 
ces, velos  y  vestidos  de  las  imágenes. 

16 


2i2 

De  contado  que  el  amor  trascendía  á  incienso,  y  ha- 
bía sus  comercios,  sus  cambios  de  afectos,  así  como 
sus  rencillas  y  celos  entre  guardianas  y  predicadoras, 
confesoras  y  miseros  que  no  había  más  que  pedir. 

Lo  íntimo  de  esta  sociedad  era  corrupto  é  insopor- 
table. 

Sin  pretender  aplicaciones  para  evitar  los  escollo*, 
ya  del  cinismo,  ya  de  la  hipocresía,  consagrado  mi  co- 
razón y  hecha  motivo  de  mis  ensueños  de  ternura 
María,  creía  no  sólo  compatibles  sino  naturales  é  ino- 
centes mis  frecuentes  divagaciones  con  el  amor  do- 
tante, y  puedo  asegurar  que  esos  amoríos  de  temporal 
y  oterno,  de  entrevistas  de  cielo  y  de  infierno  que  per- 
miten arrobamientos  y  retractaciones,  éxtasis,  místi- 
cos y  tempestades  de  culpa  y  arrepentimiento,  son  de- 
liciosos. Un  rizo  guardado  en  una  bolsita  de  reliquias 
objeto  de  la  veneración  de  una  suegra  en  ciernes,  re- 
calcitrante; un  ora  pro  nobis  intencional,  con  los  ojos 
lanzando  llamas ....  Un  arrepiéntase  usted  y  perdó- 
neme el  mal  ejemplo;  pero  provocativa  y  revolucio- 
naria. . .  Una  cesación  de  toda  manifestación  munda- 
na, toda  la  Cuaresma,  para  obtener  generosa  revancha 
el  Sábado  de  Gloria,  goces  son  estos  casi  celestiales. 

En  estos  amores  lo  verdaderamente  incitante  y  sub- 
yugador, es  el  tránsito  inesperado,  repentino  y  explo- 
sivo de  la  atmósfera  polar  del  sosiego  místico  á  la  can- 
dente de  la  pasión  erótica.  La  transformación  de  la 
beata  pudibunda  y  escrupulosa  con  un  corazón  bor- 
dado y  su  cinta  de  hija  de  María,  en  la  joven  resuelta 


243 

que  no  temo  arrostrar  peligros,  ni  quebrantar  volun- 
tades, ni  sacudir  todo  yugo,  y  en  un  momento  dado, 
baja  los  ojos,  acorta  los  pasos  y  se  inclina  hasta  besar 
la  tierra,  ante  la  imagen  de  la  Virgen,  con  edificación 
de  toda  la  parentela  que  exclama:  «Es  una  Santa.» 

Las  personas  formales  hablaban  frecuentemente  y 
con  desastrado  criterio  de  los  predicadores,  y  más  es- 
pecialmente de  sus  .manías,  de  los  confesores  más  ó 
menos  escrupulosos,  pues  los  había  tenderos  que  sólo 
sabían  decir  ¿qué  otra  cosa ?,  rispidos  que  prohibían 
novelas  y  caracoles,  y  de  manga  ancha  para  quienes 
eran  puñados  de  anises  los  más  graves  pecados  mor- 
tales .... 

Penetrando  bajo  ese  bosque  de  arbustos  de  santidad 
con  perfumes  de  infantil  inocencia,  ¡qué  zarzales  de 
intrigas  y  vilezas!  ¡qué  víboras  de  delación  y  de  es- 
pionaje! ;  qué  complots  tenebrosos  cubiertos  con  el 
sigilo  de  la  confesión! 

La  sistemática  conducta  para  crear  en  la  niña  de  la 
casa  una  vocación  por  el  estado  perfecto,  fomentán- 
dolo con  las  muñecas,  monjas,  las  visitas  á  las  madres 
y  más  tarde  aprovechando  la  fealdad,  la  madrastra  im- 
prudente, el  amor  traicionado  ó  los  bureos  del  papá 
viudo. 

El  acecho  á  la  vieja  acaudalada  para  estrecharla  á 
su  confesor,  regalarle  rosarios  de  Jerusalén,  medidas 
del  Señor  de  Chalma  ó  medallas  de  la  Virgen,  ceras  de 
Agnus  y  Santo  Ligmis;  rezos  con  indulgencias  y  es- 
tampas milagrosas,  la  perspicacia  de  espiar  y  dar  avi- 


2U 


so  del  peligro  de  muerte  para  el  hacendado,  noticias 
de  su  testamento,  con  herencias,  misas  y  limosnas,  todo 
esto  se  urdía  con  rara  habilidad  en  las  casas  fraileras. 

No  se  alentaban  odios,  pero  se  rezaba  á  San  Judas 
Tadeo  para  que  no  volviese  á  la  casa  un  importuno, 
ó  se  desterrase  á  quien  servía  de  estorbo;  no  se  desea- 
ba mal  á  nadie,  pero  había  sus  rezos  á  propósito  para 
que  Dios  acortase  los  pasos  del  novio  antipático,  del 
marido  obstáculo  y  del  hijo  exigente;  no  se  difamaba 
á  ninguna  persona;  pero  s?  pedía  á  Dios  por  la  conver- 
sión de  una  alma  en  peligro,  y  con  ese  carácter,  la  ma- 
ledicencia y  la  calumnia  hacían  su  agosto,  se  envene- 
naba el  reposo  de  una  familia  con  una  delación  en  el 
confesionario  y  se  esquivaba  cualquiera  responsabili- 
dad con  el  dictado  de  la  conciencia. 

«Lo  primero  es  Dios  y  luego  el  alma»  y  con  esa  mu- 
letilla se  rompían  vínculos,  se  atropellaban  los  fueros 
de  la  naturaleza,  se  autorizaban  verdaderos  crímenes. 

Enmuchísimas  familias  dominaba  el  director  de  con- 
ciencia, y  como  era  comitente,  donde  había  director, 
quedaba  suprimida  toda  autoridad,  excepto  la  suya. 
La  casa,  la  comida,  el  sueño,  los  paseos,  la  educación 
de  los  hijos,  los  pedidos  do  novia,  todo  obedecía  ala 
influencia  del  encargado  del  bien  de  las  almas. 

La  familia  entera  se  esforzaba,  sin  desmayar  un  ins- 
tante, en  agasajar  á  Tata  padre  con  encargos  pecunia- 
rios de  misas  y  limosnas;  camisas,  pañuelos,  calzado, 
libros,  caballos  y  colocaciones  á  hijos  sacrilegos,  pa- 
rientes de  baja  ralea  y  personas  de  estimación,  entre 


245 

los  que  se  solían  contar  tahúres,  galleros  y  pillastres 
de  marca  mayor. 

Con  estos  elementos  bastardos,  con  esos  factores  in- 
trusos, con  esos  vicios  internos,  con  ese  conjunto  falso, 
vicioso  y  corrosivo,  el  alma  entera  de  la  sociedad  es- 
taba matada,  sin  apercibir  nadie  el  horrendo  crimen 
de  los  falsificadores  y  traficantes  con  lo  más  sagrado  de 
la  creencia  y  lo  más  puro  de  la  virtud. 

Pero  la  mezcla  de  místico  y  de  ridículo,  en  ninguna 
parte  aparecía,  con  más  vivos  colores,  que  enire  las 
monjitas. 

Prescindo  de  describir  las  relaciones  oficiales  de  las 
altas  dignidades  de  la  Iglesia  con  las  altas  dignidades 
del  Convento:  sus  ceremonias,  sus  falsías,  sus  favori- 
tismos para  colocaciones  de  capitales,  obras  de  caridad, 
etcétera.  Desisto  resueltamente  á  describir  al  mayor- 
domo, ejemplar  edificante  en  el  templo,  flexible,  escu- 
rridizo, diplomático  y  picaro  especulador;  con  sus  es- 
curpones  por  la  política,  sus  intimidades  con  la  usura 
y  sus  ardides  para  las  vocaciones  santas  y  las  confiden- 
cias de  las  madres  de  Dios. 

No  dirigiré  la  luz  de  mi  linterna  á  las  categorías  de 
Madres  graves  y  Reverendas,  plebe  de  monjas,  niñas 
y  criadas. . .  nada  de  eso,  más  superficial  y  breve  será 
mi  tarea. .  .  y  es  mucho  decir,  porque  la  pluma  se  me 
salta  de  los  dedos,  para  pintar  con  vivo  colorido,  el 
tomo  y  la  puerta,  la  sacristía  y  el  coro  bajo,  á  la  ma- 
dre escucha  silenciosa  como  una  sombra  y  á  la  Maes- 
tra de  Novicias,  de  labios  hundidos,  bigote  cerdoso> 


246 


biliosa,  felina  é  implacable  con  la  menor  falla  desús 
subordinadas. 

No  es  posible,  detallando  este  bosquejo,  descenderá 
traducir  el  lenguaje  peculiar  de  aquellas  jaulas  de  se- 
res humanos,  endilgados  á  una  bienaventuranza  con- 
vencional, con  sus  milagros,  sus  lecturas  y  sermone?, 
sus  leyendas  edificantes  ó  terríficas,  su  lenguaje  con- 
ventual y  sus  relaciones  con  el  mundo  secular  y  frai- 
lesco ó  sus  íntimas  ludias  con  el  enemigo  malo. 

En  punto  á  milagros,  los  propalaban  de  modo  de  ha- 
oorles  competencia  á  los  más  maravillosos  de  las  Mil 
y  Una  Noches  ó  los  cuentos  azules  de  Laboulay. 

Ya  era  la  estatua  de  San  Roque,  olvidada  en  el  Va- 
ticano, quitándose  el  sombrero  para  que  se  recordase 
su  canonización;  ya  el  ángel  vengador  de  Santa  Rosa 
de  Lima,  haciendo  que  á  su  calumniador  del  robo  de 
una  gallina,  le  brotasen  las  plumas  de  la  gallina  en  los 
carrillos,  como  una  poblada  patilla,  trayendo  sobre  él 
el  enojo  y  el  ridículo.  Ya  se  mostraba  en  Balvanera 
una  mano  negra  como  impresa  con  hierro  candente, co- 
mo tarjeta  de  un  condenado  que  daba  cuenta  á  un  ami- 
go de  su  mala  fortuna.  Ya  era  el  Santo  Niño  de  San 
Juan  desnudándose  de  un  catle  de  plata  para  socorro 
•de  un  devoto;  ya  un  burro  que  se  arrodillaba  al  pasar 
Nuestro  Amo,  ya  un  siete  de  oros  que  se  convertía  en 
la  prisión  del  Aposentillo  para  espantar  á  unos  tahú- 
res que  se  atrevían  á  jugar  en  Viernes  Santo. 

Las  leyendas  místicas  que  hacían  competencia  á  los 
milagros,  eran  divertidas  sobre  toda  ponderación.  Figu- 


247 

raba  en  ella  el  Señor  del  Rebozo,  llamado  así  por  el 
abrigo  que  le  procuró  la  monja  á  quien  visitaba  para 
que  no  se  acatarrase;  no  le  iba  en  zaga  la  frustración 
de  la  prueba  de  adulterio  con  virtiendo  Señor  San  José 
en  flores  para  su  altar  los  manjares  y  trastos  en  que  le 
llevaban  el  almuerzo  á  un  querido,  y  lances  dramáticos 
como  el  que  sigue,  con  el  que  pondré  término  á  este 
edificante  registro  de  maravillas  místicas. 

Es  el  caso  que  una  linda  morena  de  ojos  negros,  pes- 
taña remangada  y  corazón  de  Dios  te  ampare,  se  entre- 
gó al  amor  por  partida  doble,  porque  para  todo  babía 
en  aquel  cuerpecito  salado.  Debió  sentir  el  marido  el 
tulillo  del  agravio  y  saltó  como  demonio,  armándose  de 
puñal  vengador  y  jurando  que  no  le  babía  de  dejar 
echar  sobrecostura  á  su  pañuelo.  Pero  el  irritado  y  sa- 
gaz marido  no  contaba  con  la  huéspeda,  es  decir,  no 
contaba  con  que  su  Pepitilla  era  devota  rematada  de 
Señor  San  José,  cuya  Santa  Imagen  tenía  á  la  entrada 
de  la  casa,  y  cada  vez  que  recibía  visita  extra-oficial, 

decía  al  Santo  Patriarca,  llena  de  Santo  Patriarca • 

«Cuídame;  en  tí  confío,  divino  Patriarca.» 

No  obstante  esta  recomendación,  el  marido  tenaz  y 
obstinado  en  su  acecho  de  los  adúlteros,  vio  al  que- 
rido penetrar  en  su  casa,  y  verlo,  desenvainar  la  tre- 
menda daga,  recorrer  á  saltos  la  escalera  y  penetrar  á 
la  sala,  fué  obra  de  un  instante Penetró  frené- 
tico  en  el  medio  de  la  sala,  de  pie,  inmóvil,  con 

su  túnica  verde,  su  capa  amarilla,  sus  ojos  dulces  y 
apacibles  le  dijo  con  voz  sosegada  y  cortés 


218 

— ¿Qué  se  ofrece  caballero? 

— Cómo  qué!  ¿quién  es  usted? 

— Soy  Señor  San  José  que  vine  á  visitar  á  la  señora 
(por  supuesto  el  amante  había  desaparecido). 

Cayó  de  rodillas  el  marido llamó  á  la  esposa» 

ofreció  asiento  á  la  visita y  prometió  al  Santo 

entraren  ejercicios  para  arrepentirse  de  sus  sospechas. 

Ya  se  ve  todo  lo  que  tiene  de  monstruosa  la  terce- 
ría de  los  Bienaventurados  en  aventuras  semejantes  á 
esta. 

En  cuanto  á  lecturas,  ¿quién  no  conoce  á  la  Madre 
Agreda  y  al  padre  Parra,  al  Flox  Sancionan  y  Sole- 
dades de  la  Vida?  Respecto  de  oraciones  recordare- 
mos la  admirable  lógica  del  trisagio  cuando  dice: 

Y  como  el  demonio  ufano 

Huye  de  terror  y  espanto. 
Ángeles  y  Serafines  dicen  Santo,  Santo,  Santo. 

Pues  en  los  riesgos  del  mundo 

Nos  cubrís  con  vuestro  manto. 
Ángeles  y  Serafines  dicen  Santo,  Santo,  Santo. 

De  los  sermones  podrían  escribirse  tomos  enteros, 
conteniendo  verdaderas  blasfemias  en  el  pésimo  gus- 
to  del  siglo  diez  y  siete  y  en  lo  más  imponderable  do 
cuanto  tuvo  presente  el  padre  Isla  para  su  inmortal 
Fray  Gerundio. 

Aunque  siento  que  se  espesa  mi  tinta  y  se  hace  pe- 
sada esta  parte  de  mis  memorias,  no  quiero  dejar  de 
hacer  reminiscencia  de  dos  ó  tres  piezas  de  oratoria 


2id 

sagrada,  á  pesar  de  haber  hecho  sabio  y  profundo  aná- 
lisis de  esta  literatura,  mi  amigo  venerable  y  erudito, 
el  Sr.  Dr.  D.  Agustín  Rivera  en  su  obra  preciosa  titu- 
lada: Filosofía  en  la  Nueva  España. 

Un  celebérrimo  padre  dieguino  decía  en  un  sermón 
de  Cuaresma,  como  dirigiéndose  á  su  auditorio:  «Tu- 
nantes, despejen  ustedes  la  puerta;  quítense  de  esas 
puertas  donde  os  conduce  una  curiosidad  diabólica; 
canalla! . . . . »  Así  debería  haberse  dicho  á  la  chusma 
judaica  que  se  agolpaba  á  las  puertas  de  Pilatos,  se- 
dienta de  la  sangre  del  Justo  en  expectativa  de  la  sen- 
tencia de  aquel  maldito! 

Otro  fraile  en  un  Viernes  Santo: 

«  En  el  nombre  del  Padre  y  del  Espíritu  Santo  Amén . . » 
Señores  ¿qué  es  esto?  ¿he  olvidado  el  modo  de  signar- 
se del  Cristiano?  ¡Sacerdote  infeliz!  En  el  nombre  del 
Padre  y  del  Espíritu  Santo  ¿y  el  Hijo?  ¡Ay  de  mí;  el 
hijo  ha  muerto  y  de  los  muertos  no  hay  quien  se  acuer- 
de     Yo  sí,  mi  Dios!  yo  sí,  y  vengo  á  inclinarme 

ante  el  sagrado  misterio  de  tu  muerte. 

¡Esto  es  delicioso! 

La  correspondencia  de  confesores  y  monjas,  los  ver- 
sos y  regalos,  las  conversaciones  de  puerta  y  reja,  to- 
do estaba  saturado  de  un  líquido  de  hipocresía  que  se 
filtraba  en  lo  más  íntimo. 

Las  aplicaciones  de  los  libros  místicos  á  las  relacio- 
nes mundanas,  eran  de  espantar.  Respecto  á  confian- 
zas y  musa  festiva,  las' suciedades  fungían  como  des- 
vergüenzas picarescas,  y  si  fuera  mi  escuela  positivista, 


250 


yo  relataría  versos  nauseabundos,  que  pasaban  por 
chistes  y  se  conservan  aún  en  obras  impresas  de  hom- 
bres eminentes  como  el  padre  Sartorio  y  el  esclareci- 
do vate  fray  Manuel  Navarrete;  y  en  este  punto  la  de- 
generación y  el  mal  gusto  llegaban  al  punto  que  se 
cambiaban  estatuitas  en  actitudes  inconvenientes,  he- 
chas de  plata,  y  en  vez  de  platones  se  elegían  trastos, 
aunque  nuevos,  fabricados  para  usos  viles. 

Pero  eso  sí,  para  dar  un  barniz  pulcro  á  la  conver- 
sación y  á  las  relaciones  con  criadas,  mandaderos,  etc., 
era  usual  una  especie  de  argot  particular  en  que  se 
encerraban  bienhechores,  amigos  y  gentes  relaciona- 
das con  el  Convento. 

A  los  huevos  se  les  llamaba  blanquillos,  á  los  cho- 
rizos unos  Irás  otros,  A  los  pechos  pantallas,  á  la  ba- 
cinica arete,  á  la  morcilla  amor  en  su  silla,  y  así  por 
el  estilo. 

Algunos  conventos  se  distinguían  por  alguna  parti- 
cularidad, y  ésta  era  fuente  de  renombre  y  motivo  de 
atracción  particular. 

Regina,  tostadas;  San  Jerónimo,  calabazates:  Santa 
Clara,  suero;  San  Lorenzo,  alfeñiques:  San  Bernardo, 
pastas  y  jaleas;  la  Concepción,  empanadas;  etc.,  etc. 

Había  en  el  interior  de  los  conventos,  remedos  de 
las  fiestas  religiosas  como  posadas,  pastorelas,  paseos, 
etcétera,  y  de  estos  holgorios  sacaba  pingües  gajes  el 
Mayordomo,  y  los  padrecitos  buscas  muy  legales  y  lu- 
crativas. 

Pero  estos  y  otros  muchos  gastos,  se  justificaban 


251 

con  la  bienaventuranza  de  las  madres,  los  éxtasis  de 
la  madre  Alanís,  las  prohibiciones  para  milagros,  las 
tundas  del  demonio  á  las  santas,  los  chascarrillos  de 
los  duendes  y  las  finezas  de  los  divinos  esposos,  que 
eran  unas  imágenes  del  Nifto  Dios,  objeto  de  verdade- 
ras atenciones  y  cuidados  como  persona  viva  y  dotada 
de  todas  las  cualidades  que  el  común  de  los  mortales. 
No  quiero  terminar  sin  aludir  á  la  más  imponente 
■de  las  ceremonias  monjiles  ó  sea  su  despedirse  del  m  un- 
do  real  y  entrada  en  ese  mundo  de  superstición,  falsía 
y  embrutecimiento,  bello  ideal  del  bello  sexo  de  mi 
patria,  durante  trescientos  años. 

Tengo  manifestado  que  para  los  creyentes  sinceros, 
para  aquellos  que  dominando  los  sentimientos  natu- 
rales ó  exaltada  la  imaginación  ó  exaltada  la  creencia 
le  creían  dentro  un  mundo  espiritual  de  luz  y  amor 
de  música  y  ventura,  los  goces  debían  ser  inefables,  la 
edificación  completa  y  el  ejemplo  al  mundo  edificante. 
Creer  y  creer  sinceramente  en  la  comunicación  con 
lo  divino  y  lo  eterno,  en  que  la  sublimidad  del  Eterno 
nos  inunda  y  perfecciona,  en  que  para  llegar  á  esa  per- 
fección el  dolor  es  auxiliar,  la  pobreza  escala,  mérito 
•el  llanto  y  victoria  espléndida  la  muerte,  que  perdía  su 
nombre  para  llamarse  tránsito,  todo  esto,  repito,  aun- 
que la  filosofía  lo  pudiera  llamar  locura  y  la  razón  ex- 
travío, tenía  verdaderos  encantos  celestiales  en  lo  que 
pudiera  llamarse  el  alma  de  aquella  sociedad.  Tiem- 
po es  de  ocuparme  de  la  Profesión. 


IV 


Profesión  de  Monjas. — Patino. — Gorostiza  y  la  Opera. — Operis- 
tas. —  La  Pautret.  —  Bailes.  —  Recuerdo  antiguos.  — Tonadi- 
llas. —  Canciones  y  Tiranas. — Cantantes  y  actrices  célebres. 
— Chata  Mein  guía.— Teatro  de  los  Gallos.— Montegrinos  y  Capu- 
lofos. — La  Castelani. — Carnaval. — Máscaras  obscenas. — D.  Qui- 
jote y  Sancho  Panza. —Rodríguez  y  Calderón. — Guerra  del 
francés. — Muestras  extranjeras.— Guardia  Nacional. — Villamil. 
— Gnona.— Rincón. — Labastida. — Godínez. — Títeres  del  Puente 
Quebrado. — Vivienda  de  la  clase  media.— Comedias. — Trajes. — 
Madame  Adela. — Modistas. — Vestidos  de  hombre  y  mujer. — Gé 
ñeros. — La  China. — Jacales. — Miseria. — Lo  lépero. — El  lépero. 
— Ojeada  política.  — Corro  D.  Justo. — Muerte  y  funerales  de 
Barragán. — Escuela  de  medicina.— Dr.  Liceaga. — Escobedo. — 
Jecker. — Becerril.— Guapillo. — D.  Miguel  Muñoz. 


Concluido  el  rigoroso  período  del  noviciado,  y  des- 
pués de  prácticas  y  ritualidades  íntimas  que  no  conocí 
lo  bastante  para  puntualizarlas;  vistos  cohetero,  repos- 
tero, etc.,  todo  con  la  asesoría  del  padre  confesor  y  bajo 
la  dirección  de  las  madres  graves,  se  anunciaba  y  dis- 
ponían los  tres  días  de  la  Libertad. 

Engalanábase  á  la  novicia  con  traje  mundano  que 


2ói 

reverberaba  de  lujo  y  donaire,  compitiendo  en  joyas  y 
composturas  padrinos  y  madrinas.  Se  procuraban  ca- 
rruajes elegantísimos  con  muías  de  gran  precio,  y  co- 
cheros y  lacayos  vestidos  con  lujo  peculiar. 

El  gran  tren,  la  monja  paseante,  los  padrinos,  que 
eran  regularmente  personajes  de  categoría,  y  los  cu- 
riosos que  corrían  en  pos  de  los  coches,  hacían  de  es- 
tos monjíos  acontecimientos  de  sensación. 

En  las  casas  visitadas  recibían  á  la  monja  futura  con 
llores  y  agasajos,  y  al  retirarse,  en  el  peto  ó  corpino  del 
vestido  se  le  colocaba  simétricamente  una  ílorecillade 
listón  con  escuditos  de  oro,  de  suerte  que  cuando  eran 
muchas  las  visitas,  hacía  visos  y  resplandores  el  pecho, 
que  no  había  más  que  pedir. 

Paseos,  teatros,  conciertos,  comidas,  todo  se  brinda- 
ba á  la  monjita,  y  en  todas  partes  se  celebraba  la  par- 
tida del  mundo  pecador  por  el  camino  real  de  la  bien- 
aventuranza, que  era  el  convento,  sin  pico  más  ni  pico 
menos. 

Llegaba  por  fin  el  día  de  la  profesión;  el  templo  res- 
plandecía como  con  un  incendio. producido  por  cirios, 
bujías,  lámparas,  blandones  y  candelabros,  brillantes 
candiles  de  cristal  que  reproducían  el  iris,  alegres  jau- 
las con  pájaros  cantores,  lloros  y  arbustos  deliciosos. 

Las  bancas  de  la  iglesia,  sólo  para  señores  muy  de- 
centes, se  forraban  de  terciopelo  carmesí  con  galones 
de  oro  y  el  escudo  del  convento  ó  cofradía  propietaria 
del  adorno. 

El  pavimento  de  la  iglesia  tenía  alfombra  en  más  de 


2ó5 

una  mitad,  y  allí  se  colocaban  las  seíloras  de  saya  y 
mantilla,  guantes  y  abanicos, sentadas  en  el  suelo,  y  en 
la  viga  desnuda  y  plebeya,  mujeres  del  pueblo  con  su 
descoco  característico  y  su  prole  indómita  y  llorona. 

Pero  al  tocar  el  fondo  de  la  Iglesia,  tras  de  las  espe- 
sas rejas  de  fierro  del  coro  bajo,  se  obscurecía  visible- 
mente en  la  tiniebia  y  á  la  luz  do  cuatro  ó  seis  cirios 
de  llama  cárdena  y  amarillenta  de  chisporreteo  lúgu- 
bre, se  levantaba  negro  é  imponente  el  sarcófago  con  el 
ataúd,  representación  tremenda  de  la  muerte.  Al  rede- 
dor del  túmulo,  como  evocaciones  de  la  tumba,  como 
sombras,  se  percibían  bultos  negros  en  formación  se- 
vera* y  la  mente  suponía  cadáveres  á  los  que  se  con- 
cedía momentos  de  vida  para  enseñar  á  aquella  alma 
destinada  al  aprendizaje  del  aniquilamiento  y  el  sui- 
cidio. 

Cuando  el  ritual  lo  requería,  se  iba  verificando,  en- 
medio  de  horripilantes  ceremonias  y  de  oraciones  ca- 
paz de  hacer  estremecer  el  bronce,  el  despojo  de  las 
galas  mundanas,  siendo  para  las  damas,  la  más  impo- 
nente, la  cortada  del  cabello,  pues  al  caer  las  trenzas 
profusas  al  suelo  corrían  lágrimas,  y  la  víctima  pálida 
y  transfigurada  tenia  algo  de  terrible  y  de  cadavérico 
que  ponía  espanto  en  el  alma.  Después  se  le  colocaba 
en  un  ataúd  y  se  cantaba  el  responso  en  medio  de  un 
silencio  que  helaba  de  espanto. 

Repito  que  prescindo  de  todo  comentario. 
De  escenas  por  el  estilo  de  las  descritas,  'lleno  de 
contrición  y  conciliando  á  la  manera  de  los  beatos,  lo 


256 

temporal  y  lo  eterno,  me  escurría  á  un  ensayo  de  teatro 
donde  los  chistes  de  la  Duorevillo,  el  desenfado  de  la 
Platero,  el  garbo  de  Chucha  Moctezuma,  la  modestia 
pudibunda  de  Soledad  Cordero,  la  tirantez  de  Salgado 
y  la  caballerosidad  y  finura  de  Valleto,  me  reconciliaban 
con  el  mundo. 

Pero  entonces,  como  he  dicho  en  otra  parte,  ocupa- 
ba la  atención  pública,  y  llevaba  hasta  el  frenesí  á  los 
dilletanti,  laplanteación  formal  de  laópera  con  la  com- 
pañía traída  á  México  por  D.  Joaquín  Patino,  á  expen- 
sas y  bajo  la  dirección  de  nuestro  Ministro  en  In- 
glaterra. Bélgica  y  Alemania,  D.  Manuel  Eduardo  Go- 
rostiza. 

A  este  eminente  personaje  lo  ha  dado  á  conocer 
suficientemente  lahistoria:  liberal  decidido  en  España  y 
actor  de  los  acontecimientos  de  1812  y  20  en  España, 
como  hábil  diplomático;  la  literatura,  como  rival  de 
Moratín,  y  la  gratitud  nacional  como  héroe  de  Churu- 
busco;  pero  de  lo  que  no  sepa  yo  que  se  haya  mencio- 
nado detalladamente,  es  de  la  pasión  frenética,  tenaz, 
incontenible  que  tenía  Gorostiza  por  el  teatro,  no  sólo 
en  la  parte  literaria  sino  en  la  vida  de  bastidores,  con 
sus  chísmese  intrigas,  sus  chistes  y  sus  tempestades  de 
celos,  sus  contrastes,  sus  artificios  y  peripecias  mil. 

En  medio  de  las  más  complicadas  atenciones  del 
hombre  de  Estado,  saltando  sobre  los  guarismos  de  la 
finanza  ó  sobre  los  peligros  de  la  guerra,  I).  Manuel 
á  cierta  hora  se  embozaba  en  su  capa,  se  hacía  tres 
dobleces  en  su  coche  v  al  teatro. 


257 

Era  Don  Manuel  medio  corcovado  de  resultas  de  un 
bayonetazo  que  recibió  en  el  pecho  en  la  guerra  de  Es- 
paña; su  frente  hermosa  llena  de  arrugas  bajo  su  riza- 
da melena  abultada  y  cana,  ojos  penetrantes  y  de  apa- 
cible mirar,  dentadura  desmesurada,  al  extremo  de 
doblar  su  labio  superior  y  hacer  imperfecta  la  pronun- 
ciación de  su  palabra. 

Pues  bien,  esta  persona  que  tenía  bien  poco  de  agra- 
dable y  de  simpática  á  primera  vista,  luego  que  habla- 
ba se  operaba  en  él  una  transformación  sorprenden- 
te: si  en  el  consejo  era  sabio  y  en  el  disertar  elocuente; 
si  flexible  y  sagaz  en  una  negociación  diplomática;  si 
enérgico  y  resuelto  en  la  defensa  de  la  patria  y  sus 
fueros,  como  lo  mostró  cuando  fué  Ministro  en  los  Es- 
tados Unidos,  su  conversación  familiar  era  un  manan- 
tial de  chistes,  de  cuentos,  de  epigramas  picarescos, 
-de  anécdotas  preciosas,  de  suerte  que  los  chicos  le  se- 
guían, los  viejos  se  deleitaban  con  su  conversación  y 
las  mujeres  ambicionaban  su  trato  con  mucha  prefe- 
rencia á  los  más  elevados  proceres  y  á  los  jóvenes 
más  distinguidos  de  la  alta  sociedad. 

Las  tretas  de  teatro,  lluvias  y  truenos,  las  tramoyas 
y  disfraces  que  ilustraba,  las  lecciones  sobre  declama- 
ción y  acción  eran  codiciadísimas,  era  maestro  de  las 
Aro  y  Castañeda,  bienhechor  de  Pautret  y  familia, 
-compadre  de  unos,  padrino  de  otros,  amigo  de  Hoja 
<Je  hita  el  apuntador,  y  amparo  de  los  hijos  de  los  au- 
tores difuntos,  consu  bolsay  su  corazón  siempre  abier- 
tos para  los  desgraciados. 


258 

Don  Manuel  trajo  á  México  la  Compañía  que  se  lia- 
modo  laAlbini,y  do  las  conversaciones  délos  cronistas 
de  bastidores  pude  sacar  en  limpio  lo  siguiente: 

Antes  de  1821,  en  el  caos  de  los  recuerdos  de  los 
viejos,  atravesaban  como  luces  fosfóricas,  follas,  sai- 
notes  y  tonadillas,  estas  últimas  como  fin  de  fiesta. con- 
certándose parejas  do  canto  y  de  baile. 

En  cierto  momento  dado  se  alzaba  el  telón,  apare- 
cían regadas  y  barridas  las  tablas  del  escenario,  deco- 
rábase la  escena  con  vista  de  sala,  y  en  su  fondo,  en  si- 
llas de  plebeyo  tule,  músicos  de  bandolón  y  bajo  con 
sus  chaquetas  de  indiana,  sus  pantalones  de  cotona  y 
su  zapatón  vaquetado. 

Entre  osas  tonadillas  se  conservaron  por  muchotiem- 
po  «  La  Tirana,  »  que  tenía  por  estribillo  los  versos  de 

Tiranilíi 

Del  mundo,  primor. 

Que  ores  un  potaje  nuevo 

De  chorizo  y  macarrón. 

0  La  Cazadora.  Tirana  también  con  estas  coplas: 

Me  incomoda  que  usted  venjra 
A  quererme  cortejar; 
Relojes  de  sol  no  quiero 
Porque  apuntan  y  no  dan. 

La  graciosa  actriz  Josefa  de  la  Torre  cantaba  la  to- 
nadilla del  mal  modo  de  pensar,  que  es  fama  dejaba 
con  un  palmo  de  nariz  á  Oidores  y  Virreyes. 

En  la  tonadilla  de  los  Petrimetres  se  encuentra  la 
siguiente  pintura  de  los  lagartijos  de  la  época: 


259 

«Los  petrimetres  y  usías. 
Por  lo  regular  despiertan: 
A  las  once  los  que  ayunan 

Y  a  las  nueve  los  que  almuerzan. 

Se  levantan  de  la  rama 
(Ion  la  ropa  blanca  ó  negra, 
linos  de  eolia  ó  de  «jorro, 

Y  otros  con  muchas  melenas. 

Dan  unos  cuantos  paseos 
Por  la  sala  ó  por  las  piezas, 

Y  á  un  espejo  grande  ó  chico 
A  perfilarse  comienzan. 

Se  lavan  las  manos, 
Se  estiran  las  inedias, 
Se  rizan  y  empolvan 
Muy  bien  la  cabeza. 

Kl  corbatín  ancho. 
Todo  se  lo  aprietan 
Por  sacar  colores 

Y  tapar  las  brevas. 

Se  visten  del  todo, 
Se  sacan  las  vueltas, 

Y  muy  resoplados 
Luego  salen  fuera; 

Y  van  por  las  calles 
Muy  de  fachendas. 

Paran  luego  en  las  tienda 
De  Mari-Blanca, 
Donde  enlran  reales  mozas 
Con  reales  caras; 

Y  de  este  modo, 
Clavan  allí  las  niñas 
A  muchos  tonto?. 


260 

Terminaremos  estas  citas  con  una  copla  del  Minmt 
de  los  Deseos:  (Suena  la  música). 

Por  donde  el  pájaro  vuela, 
Quiere  el  cangrejo  correr, 

Y  la  carga  de  un  camello 
Pretende  el  burro  también. 

Las  valentías  del  león, 
Quiere  el  gusquillo  tener; 
El  macho  quiere  ser  hembra 

Y  la  hembra  macho  ser. 

Y  hay  algunos  que  lo  logran, 
Porque  suele  acontecer 
Que  á  unos  sobra  y  á  otros  falta 
Yo  no  sé  qué ....  no  sé  qué .... 

Posteriores á  estas  tonadillas  fueron  el  «Trípili.»  los 
«Hidalgosde  Medellín,»la«PateTa»y  otras  canciones  y 
tonadillas  que  hicieron  la  reputación  de  la  Altada  pla- 
ta, la  Chata  Munguía,  Rocamora,  Maldonado  y  otros. 
Así  como  en  el  baile  esclavizaban  voluntades  y  produ- 
cían incendios  de  deseos,  el  Bicho,  la  Gamborino,  la 
Isabel  Rendón,  y  por  los  anos  que  recorren  estas  me- 
morias, la  Torre-blanca,  la  Chucha  Moctezuma,  Alejo 
Infante  y  Castañeda,  después  actor  muy  celebrado. 

Aquí  se  hace  para  mí  irresistible  la  tentación  de 
enjaretar  la  historia  de  la  ópera;  pero  son  de  tal  ma- 
nera truncos  mis  datos  y  de  tal  modo  confusos  mis  re- 
cuerdos, que  sólo  á  saltos,  por  intermitencias  y  como 
quien  dice,  jugando  á  la  gallina  ciega,  aventuraré  mis 


261 

recuerdos  por  si  quedare  un  grano  de  acierto  entre  la 
mucha  paja  que  han  dejado  los  tiempos  en  mi  majín. 


Ya  hemos  llevado  de  la  mano  á  la  infancia  del  arte, 
hemos  asistido  á  esas  escenas  inocentes  casi  serenas 
de  familias  en  que  quedaba,  como  última  vela  del  te- 
nebrario,  la  Santa  Marta. 

Aun  se  llevaban  en  esa  época  meriendas  á  los  palcos, 
aun  entraban  los  caballeros  al  patio,  doblaban  sus  anchas 
capas  y  se  sentaban  sobre  ellas  en  las  butacas,  repar- 
tiéndose aparte  los  cojines  que  eran  gajes  de  los  aco- 
modadores; aun  se  hacía  descender  del  techo,  antes 
de  comenzarse  la  comedia,  un  inmenso  haro  de  hoja- 
lata con  lámparas  de  aceite",  macilentas  y  cárdenas, 
y  aun  veían  de  pie,  en  el  mosquete,  alborotadores  del 
bajo  pueblo,  objeto  predilecto  de  los  cómicos  que  as- 
piraban al  aura  popular. 

De  una  manera  desapercibida  y,  como  si  se  tratase  de 
una  improvisación,  se  transformó  el  antiguo  Palenque 
de  Gallos  de  la  calle  de  las  Moras  en  teatro,  en  que 
muy  en  breve  tuvieron  grande  auge  pastorelas  y  colo- 
quios, vuelos  y  tramoyas,  dándole  popularidad  extrema 
Castelli,  prestidigitador  milagroso  que  hacía  una  tor- 
tilla de  huevos  en  un  sombrero  y  sembraba  lechugas 
que  crecían  y  se  convertían  en  ensalada*  á  la  vista  de 
los  espectadores. 

En  ese  teatro;  en  1827,  apareció  García,  padre  de  la 


262 

Malibrán  y  do  la  Usardot:  de  su  garganta  brotó  el  bal- 
butir  de  la  música  moderna.  ' 

En  1831,  anunciando  Primavera,  gorgeó,  cortándolos 
aires,  bellas  y  alegres  las  primeras  bandadas  doave?  ca- 
noras, y  vimos,  como  en  embrión,  realizarse  los  sueños 
de  los  dilettanti  al  pronunciar  con  entusiasta  encare- 
cimiento los  nombres  de  la  Pellegrini,  ligera,  delgada, 
airosa  y  de  ojos  lindísimos;  cá  llalli,  anciano  á  quien 
al  parecer  sostenían  en  la  juventud  las  alas  poderosas 
de  su  talento  artístico:  á  Sirleti,  elegante  y  simpático, 
á  la  Masini  y  otros  que  formaban  un  proyecto  de  ope- 
ra en  forma.  Con  efecto,  esos  actores  pudieron  orga- 
nizar la  representación  de  Dona  Inús  de  Castro:  Ri- 
cardo, Corazón  de  León  y  alguna  otra  ópera  que  no 
recuerdo,  del  repertorio  de  Rossini. 

¡Oh!  pero  el  año  de  3o, 'desde  los  anuncios  tuvieron 
tal  pompa,  se  revistieron  de  tantos  encantos  las  bio- 
grafías de  los  principales  artistas,  que  la  expectativa 
fué  llena  de  ansiedad  y  como  el  presagio  de  goces  ce- 
lestiales. 

Como  indicamos,  la  Compañía  aparecía  formada  por 
Gorostiza,  fungiendo  de  su  segundo  ó  alter  ecjo  I).  Joa- 
quín Patino,  de  grande  inteligencia  y  de  privilegiada 
aptitud  para  el  negocio  que  manejaba. 

Las  lujosas  casas  que  se  alquilaron  para  los  actores, 
los  riquísimos  equipajes  que  remitieron,  las  lámpara?, 
muebles,  trajes  de  coristas  y  la  renovación  del  teatro 
y  el  escenario,  todo  hacía  esperar,  como  un  aconteci- 
miento extraordinario,  el  estreno  de  la  nueva  ópera. 


263 

Figuraban  en  esa  Compañía  como  actrices  y  acto- 
res principales,  Marcela  Albini,  la  Cesari,  la  Pasi,  Mou- 
treror,  Tomassi,  Murati,  Spontini  y  varios  otros  de  me- 
nor renombre. 

Era  la  Albini  poco  airosa  y  de  fisonomía  beatífica  y 
monjil,  obesa,  carnuda,  de  ojos  pequeños  y  restirados 
hacia  las  sienes,  nariz  pequeña,  dientes  blanquísimos 
y  boca  grande  y  expresiva. 

El  talento  de  la  Albini  ora  clarísimo,  su  voz  admi- 
rable, su  tacto  artístico,  su  conocimiento  de  la  escena 
y  sus  recursos  dramáticos  sin  igual. 

Representando,  su  transformación  era  completa,  sus 
actitudes  esculturales,  su  gesto  elocuentísimo,  su  in- 
terpretación de  las  grandes  pasiones,  perfecto. 

Murati  era  la  ternura  melodiosa;  la  Cesari  la  gracia 
cantante,  la  Passy  la  tórtola  hecha  mujer. 

Con  estos  elementos,  con  una  escena  perfectamente 
servida  por  hombres  bien  aleccionados,  con  útiles  pa- 
ra la  representación  flamantes  y  adecuados,  y,  por  últi- 
mo, con  una  orquesta  á  cuyo  frente  se  hallaba  como 
primer  violín  Pepe  Cha  vez,  que  sorprendió  por  su 
habilidad  y  desembarazo  al  mismo  Rossi  que  vino  á 
dirigirla,  el  éxito  fué  completo,  las  ganancias  de  los 
empresarios  pingües  y  la  posición  do  los  actores  exce- 
lente, pues  nuestra  más  culta  sociedad  les  abrió  sus 
puertas  y  era  codiciada  la  amistad  de  actrices  y  acto- 
res por  las  personas  de  mayor  categoría. 

La  casa  del  Sr.  Gorostiza,  calle  del  Hospicio  de  San 
Nicolás,  era  el  punto  de  reunión  de  la  flor  y  la  nata 


261 

del  mundo  artístico,  y  allí  recibían  el  talento  y  las 
gracias  un  culto  verdaderamente  cordial  y  generoso. 

La  Norma  hizo  furor;  la  Albini  se  posesionó  del  trá- 
gico sublime  para  encadenar  la  admiración  y  hacerse 
dueña  de  todos  los  corazones.  Lágrimas,  flores,  víto- 
res, coronas,  todo  cayó  como  lluvia  de  oro  á  los  pies 
de  la  privilegiada  actriz. 

Mi  lira  prorrumpió  en  unos  versos  que  repitieron, 
por  las  circunstancias,  los  lagartijos  como  fórmula  de* 
su  entusiasmo  por  Mariella. 

«Tu  dulce,  tu  grato,  tu  mágico  canto 
«Enciende  mi  encanto,  mi  tierna  emoción: 
«Rival  de  las  gracias,  de  amor  precursora, 
«Ya  se  oye  sonora  tu  angélica  voz . . . . » 

Aunque  la  tal  composición  á  la  Albini  no  valía  una 
higa,  ellos  me  sirvieron  de  pasaporte  para  entraren  in- 
timidades teatrales,  y  entré  como  apasionado  atíaché 
del  mundo  dilettanti, tomando  parteen  las  confidencias 
de  las  prima  donas,  caprichos  nerviosos  de  los  tenores, 
bravatas  de  los  bajos,  y  rejuego,  despergenio,  amor,  vi* 
no  y  vida  borrascosa  de  figurantas  y  coristas. 

Montedescos  y  Capuletos  fué  por  entonces  la  manza- 
na de  la  discordia  del  teatro. 

Esos  viejos  ricachos  y  lujuriosos  de  las  primeras  bu- 
tacas que  se  declaran  familia  de  las  actrices,  con  sus 
grandes  anteojos  para  no  perder  gesto  ni  facción;  esos 
cabaliere  servente  de  las  matronas,  husmeadores  de  lasr 
bailarinas,  protectores  de  las  ratas  de  bastidores,  arma- 
ron la  campaíia  contraponiendo  la  Cesari,  moza  guapí- 


265 

sima  de  ojos  verdes,  nariz  roma,  esbelta  y  fornida,  á  la 
Albini  en  el  reparto  de  la  ópera. 

Encendiéronse  las  pasiones,  se  desataron  tempesta- 
des de  chismes,  cundió  la  claque  y  se  convirtieron  las 
tablas  en  Campo  de  Agramante. 

Encarnizados  partidarios  se  alistaron  en  uno  y  otro 
bando:  la  flor  y  nata  del  foro,  de  la  gloriosa  carrera  y 
de  la  Iglesia,  y  aparecían  entre  los  caudillos  diputa- 
dos y  ministros,  llevando  en  alto  la  bandera  soberbia 
de  la  Cesari,  D.  José  Gómez  de  la  Cortina,  Gobernador 
del  Distrito. 

Dentro  y  fuera  del  teatro  llovían  disputas  y  palizas, 
serenatas  yicencerradas,  siendo  un  extra  precioso  de  la 
ópera  esta  sucesión  de  saínetes  humorísticos. 

D.  José  Gómez  de  la  Cortina,  después  Conde  de  la 
Cortina  y  de  Castro,  noble  calavera  educado  en  Espa- 
ña y  literato  distinguido  como  crítico  y  erudito,  acau- 
dillaba, como  hemos  dicho,  el  bando  de  la  Cesari,  y 
embrolló  las  cosas  de  tal  modo,  que  tomaron  las  pro- 
porciones de  cuestión  política,  habiendo  cada  noche 
en  el  teatro  escándalos  de  padre  y  señor  mío. 

Algunos  actores  de  «reconocido  mérito  refaccionaron 
en  esta  época  la  boga  de  la  ópera,  cobrando  todo  su 
esplendor  con  la  llegada  de  la  C^stelani  Giampietro, 
Boceti,  tenor  muy  distinguido,  y  Tomasi,  bajo  profun- 
do que  alcanzó  señalado  favor  del  público. 

LaCastelani  puso  en  boga  el  Teatro  de  los  Gallos,  lla- 
mado así  por  haber  servido  el  local  de  plaza  de  gallos, 
formada  por  cuenta  de  la  Real  Hacienda  en  1798,  des- 


266 


pues  de  liab3r  habido  plazas  en  la  calle  del  Bautisterio 
de  Santa  Catarina  y  callojón  de  la  Ia  calle  de  Mesones. 

En  cuanto  al  verso,  puede  decirse  que  fué  la  época 
de  1836  á  -i()  del  dominio  pleno.de  Bretón;  se  anima- 
ron por  comparación  sus  tipos  cómicos:  se  recitaban 
sus  lindos  versos  de  memoria  y  se  convirtieron  sus 
chistes  en  frases  familiares. 

Salgado,  Valleto,  la  Duvreville,  la  Platero,  fueron 
los  intérpretes  felices  del  autor  español,  y  aunque  de- 
ficientes decoraciones  y  vestuarios,  aunque  al  arte  es- 
cénico no  había  llegado  la  regeneración  que  se  opera- 
ba en  Esparta  en  esta  época,  puede  decirse  quo  tuvo 
muy  marcados  adelantes  el  teatro. 

La  Fautret,  que  había  encantado  cOn  sus  bailes,  que 
arrancó  aplausos  entusiastas  á  la  lira  de  Heredia, 
que  convirtió  en  recuerdos  voluptuosos  Tcrbaldo  y 
Dorlesoa,  Napoleón  en  Egipto  y  otros  bailes,  cedió  co- 
ronada de  lauros,  su  puesto  á  sus  hijas  Joaquina  y  Au- 
rora que  salieron  á  la  escena  protegidas  por  el  nombre 
y  la  estimación  que  dispensaba  el  público  á  Gorostiza. 


Alborotando  conciencias,  escandalizando  ancianas 
y  sembrando  inquietudes  en  el  corazón  de  las  fami- 
lias, por  aquellos  tiempos  aparecía  como  triunfante  el 
carnaval,  hasta  pono  antes  sumido  entre  los  anatemas 
de  la  Iglesia  y  el  desprecio. 

Como  en  toda  sociedad  hipócrita  y  oprimida,  el  car- 
naval fué  un  fíat  de  licencias,  un  motivo  de  solaces  de 


267 

gente  circunspecta  y  de  sacristía,  y  un  salvo-conduc- 
to de  diabluras  de  todo  vicho  que  aspiraba  á  los  {roces 
mundanos,  conservando  reputación  inmaculada. 

Pero  por  lo  mismo  que  las  restricciones  habían  si- 
do tiránicas  y  que  aun  el  libertinaje  aspiraba  á  los  tí- 
tulos de  rumbo  y  de  trueno,  hubo  máscaras  que  re- 
presentaban monjas  descarriadas,  frailes  prostituidos 
y  santos  en  orgía:  se  atribuían,  acaso  sin  motivo,  estos 
desmanes  á  oficiales  del  Ejercito  como  Mantea,  Miñón, 
ttarberi,  Garmendia,  Téllez  y  otros  que  daban  el  tono 
á  la  alta  sociedad  do  entonces.  El  populacho  seguía 
estas  huellas,  y  charros  decutis  de  sombra  parda,  taco- 
nes torcidos,  pantalones  con  valenciana  de  hilachos, 
parodiaban  entre  gritos  y  contorsiones  aquellos  cuadros. 
Irritado  el  deseo  con  los  atractivos  de  la  careta  y 
deseosos  de  evitar  los  peligros  do  una  irreflexiva  pu- 
blicidad, se  formaron  grupos  ó  reuniones  de  máscaras, 
se  vestían  caprichosamente,  contrataban  su  música  de 
bandolones,  bajo  y  flauta,  y  llevaban  la  comparsa  á  una 
casa  particular  (previo  discretísimo  aviso  al  dueño)  ca- 
sa que  se  iluminaba,  en  la  que  se  servía  cena  ó  re- 
fresco y  en  que  se  bailaba  con  la  desazón  de  los  lan- 
ces y  chascarrillos  de  los  máscaras. 

Corrieron  los  tiempos;  las  comparsas  se  organizaron; 
ya  no  eran  vestidos  de  papel  ni  de  cucharas,  ya  no  pa- 
naderos y  léperos,  eran  parejas  con  ricos  vestidos  de 
fantasía,  descendiendo  los  trajes  de  moros,  de  chinos  y 
las  caretas  de  monos,  perros  y  figurones  á  la  ínfima 
plebe. 


268 

Los  dandys  adoptaban  traje  de  marineros  ó  de  ja- 
rochos, ó  de  caballeros  de  la  edad  media,  ó  de  trova- 
dores y  templarios,  derramando  chistes  y  donaires, 
vertiendo  polvo  de  oro  y  perfumes  sobre  las  damas  y 
excitando  la  curiosidad  dentro  de  los  límites  de  la  de- 
cencia. 

Entre  estos  jugadores  de  careta  se  distinguían  Pepe 
Calderón,  Fernando  Urriza,  Diego  Correa,  Juan  Pezay 
otros  jóvenes  llenos  de  gracia  y  de  talento. 

El  dominó  no  había  aparecido  aún;  su  tiesura  mo- 
nacal, su  inanimada  y  casi  funesta  inmovilidad,  era,  6 
desconocida  ó  desechada  en  la  buena  sociedad. 

Máscaras  y  comparsas,  como  hemos  dicho,  se  sola- 
zaban en  las  casas  particulares,  conservándose  por 
mucho  tiempo  memoria  de  las  recepciones  en  los  gran- 
des salones  de  las  Casas  de  Moneda,  habitada  por  el 
Sr.  Lie.  D.  Bernardo  González  Ángulo;  las  del  General 
Barrera,  contratista  de  vestuario,  esquina  del  Reloj 
y  Cordobanes,  donde  hoy  se  encuentra  la  Lotería  Na- 
cional. Barrera,  en  uno  de  esos  años,  dispuso  unacom- 
parsa  de  Reyes,  formada  con  los  hombres  más  nota- 
bles de  la  época,  y  las  del  Sr.  General  Valencia  en  el 
Mirador  de  la  Alameda,  que  tenían  un  carácter  más 
popular,  aunque  la  elevada  posición  del  General  las 
hacía  lujosas  y  distinguidas. 

Las  fiestas  callejeras  del  Carnaval  se  reducían  á  re- 
tozos más  ó  menos  groseros,  con  el  pretexto  de  que- 
brarse cascarones  de  tizar,  de  salvado,  de  miel  y  aguas 
pestilentes;  y  entre  la  gente  bien  educada,  lanzar  fio- 


269       • 

res,  aguas  de  olor  y  agasajos,  consistentes  en  fraccio- 
nes pequeñas  de  papel  de  colores,  mezcladas  con  par- 
tículas de  oro  volador. 

Había  entre  el  populacho  desfiguros  horribles,  cue- 
llos pelados  de  sombra  parda,  zapatones  á  raíz  de  la 
piel  y  modales  zurdos  y  ordinarios. 

En  el  paseo,  á  que  era  de  rigor  que  concurriese  la 
ciudad  entera,  alegre  y  vestida  de  gala,  había  sus  ca- 
rretelas vistosas  con  sus  damas  coronadas  de  plumas 
y  llenas  de  encajes,  caballeros  fantásticos  con  visto- 
sos arreos,  y  comparsas  que  bromeaban  en  su  tiple 
característico  y  con  su  algazara  estrepitosa. 

De  esas  comparsas  particulares  y  representaciones 
callejeras,  conservo  dos  recuerdos. 

Veamos  el  primero: 

El  General  D.  Manuel  Andrade,  en  su  hermosa  casa, 
calle  del  Puente  de  Monzón,  recibió  una  suntuosa  com- 
parsa. Luz,  flores,  mujeres,  engalanaban  á  porfía  el  sa- 
lón en  que  cascos  y  plumas,  cucuruchos  de  polichine- 
las, chambergos  y  gorros,  como  que  se  mecían  en  el 
oleaje  compasado  de  las  damas. 

Multitud  de  máscaras  discurrían  aquí  y  acullá,  dan- 
do sus  cargas,  excitando  la  hilaridad  ó  perseguidos 
por  curiosos.  Numerosos  criados  circulaban  con  gran- 
des charolas  repartiendo  bizcochos,  helados  y  licores, 
y  todo  era  animación  y  contento,  cuando  atropellando 
gente,  imponiéndose  con  sus  modales,  aturdiendo  con 
sus  gritos  y  llamando  vivamente  la  atención  su  traje 
bordado  de  oro  y  sus  cascabeles,  apareció  un  más- 


•       270 

c:ira  que  sabía  la  vida  y  milagros  de  todos,  los  dispa- 
raba sátiras  picantes  á  muchos,  y  excitó  de  tal  modo, 
que  en  cierto  momento  reinó  el  silencio,  y  todos  esta- 
ban pendientes  del  máscara  grotesco. 

Y  no  obstante  la  osadía  de  este  personaje,  sus  mo- 
dales eran  mirados  y  decentes;  en  las  bromas  so  con- 
tenía en  ciertos  límites,  y  como  que  observaba  mayor 
recato  al  acercase  á  los  hombres. 

Algún  calavera,  excitado  por  las  bromas  del  máscara, 
le  cercó  con  sus  brazos  y  quiso  forzarlo  á  que  se  des- 
cubriese; pero  éste,  ligerísimo  como  un  relámpago  se 
encogió,  se  sesgó,  se  escabulló,  y  de  un  salto,  abriendo 
resueltamente  el  piano,  tocó,  y  tocó  admirablemente, 
de  arrebatar,  de  enloquecer,  de  avasallar  y  endiosar  á 
la  concurrencia. 

Sentado  al  piano  el  máscara,  su  compostura,  sus 
manos  de  marfil,  su  señorío,  inducían  á  creerlo  una  se- 
ñorita distinguida,  y  cuando  dejó  de  tocar,  los  aplau- 
sos, las  atenciones  y  las  delicadezas  le  formaron  una 
verdadera  ovación. 

En  varios  concurrentes  fué  poderosísima  la  impre- 
sión que  produjo  el  máscara,  aumentándose  desde  que 
so  comenzó  á  dudar  de  si  era  hombre  ó  mujer,  por  las 
contradictorias  manifestaciones  que  hacía. 

Espiando  sin  duda  algún  momento  que  le  pareció 
oportuno,  el  más  cara  abandonó  el  salón,  seguido  alo 
lejos  por  una  jauría  de  adoradores.  Atravesó  calles  y 
plazuelas;  apareció  y  desapareció  en  el  laberinto  de 
callejones  de  Camarones,  Chiquihuiteras,  San  Antonio 


271 

y  Delicias;  penetró  por  el  Puente  del  Santísimo  y,  al  íin, 
rendido,  se  introdujo,  siempre  seguido  de  sus  aman- 
tes, en  la  peluquería  de  D.  Gabino  Medina,  calle  del 
Coliseo.  Sus  perseguidores  quedaron  á  la  puerta.  En- 
tró el  máscara,  se  bajó  la  capucha  descubriendo  el  más 
perfecto  cuello  y  el  pecho  y  la  espalda  alabastrina.  Los 

admiradores  lanzaron  una  exclamación  de  asombro 

después  hizo  caer  sus  bucles  y  sus  rizos,  y  se  descu- 
brió risueña  la  cara  barbuda  del  pianista  Centroni.... 
Llovieron  sobre  él  los  improperios  y  cayó  el  telón. 

El  otro  episodio  á  que  me  refiero,  lo  forma  una  ocu- 
rrencia de  Fernando  Calderón  y  de  Ignacio  Rodríguez 
Galván. 

Los  amigos  de  que  voy  á  ocuparme  son  harto  cono- 
cidos en  México  por  sus  talentos  poéticos,  por  su  eru- 
dición y  vasta  literatura. 

Jóvenes  ambos:  alegre  y  abierto  de  carácter  el  uno; 
el  otro,  aunque  taciturno  y  encogido,  condescendente 
y  amartelado,  se  querían  entrañablemente  y  eran  in- 
separables. 

Ocurrióse  á  Fernando  la  idea  de  vestirse  de  másca- 
ra y  de  que  lo  acompañase  Ignacio;  pero  no  era  para 
ellos  hacer  unos  máscaras  insulsos  y  pazguatos  comto 
todos  los  máscaras  de  munición. 

Determinó  Fernando  vestirse  de  Sancho  Panza,  con 
toda  la  propiedad  posible,  y  caracterizar  á  Ignacio  de 
Don  Quijote,  aprovechando  su  estatura,  sus  piernas 
largas  y  delgadas  y  su  busto  levantado  y  bien  hecho. 

El  famoso  yelmo  de  membrino,  la  grande  lanza,  el 


272 

color  cetrino,  los  ojos  negros  y  penetrantes,  el  cuello 

largo  y  acanutado,  el  Rocinante  flaco  y  rejerego y 

en  cuanto  á  Sancho,  su  frente  angosta,  su  nariz  roma, 
su  boca  grande  y  abierta,  su  prominente  abdomen,  sus 
piernas  cortas  y  su  conjunto  casi  cuadrado,  animado 
todo  por  su  mirada  taimada  con  sus  ribetes  de  mali- 
ciosa ....  El  conjunto  era  perfecto  y  podían  llamarse 
el  rocinante  y  el  pollino,  Don  Quijote  y  Sancho,  cua- 
tro personajes  de  una  comparsa  interesante. 

Al  principio  pasaron  corno  inadvertidos  entre  la 
multitud  de  gente,  de  carruajes,  caballos  y  máscaras 
que  se  dirigían  al  paseo,  seguía  el  populacho  á  la  pa- 
reja persiguiéndola  con  cascarones  y  chanzas  groseras. 
Algunos  conocedores  del  libro  inmortal  de  Cervantes, 
se  dirigieron  á  Don  Quijote  y  le  oyeron  parlar  en  un 
castellano  antiguo,  tan  atildado,  fluido  y  correcto  que 
no  pudieron  contener  su  admiración.  Dirigiéronse  á 
Sancho  y  fueron  tan  abundantes  y  oportunos  sus  re- 
franes, tan  agudos  sus  chistes  y  llenas  de  tanta  sal  y 
gracia  sus  respuestas,  que  llovían  aplausos;  se  propa- 
gaba el  interés  por  los  máscaras;  se  «hizo  escogido  y 
pulcro  el  círculo  de  admiradores,  y  vivas  sin  cuento 
y  aplausos  sin  medida  llovieron  sobre  el  ilustre  Man- 
chego,  simpático  amante  de  Dulcinea  del  Toboso. 

Rodríguez  conocía  el  castellano  antiguo  como  nadie 
en  aquella  época,  y  Calderón  se  sabía  de  memoria  el 
Quijote,  de  ahí  es  que  caracterizaron  sus  personajes, 
al  punto  de  suspenderse  la  circulación  de  coches  y  ca- 
ballos, cesar  el  ruido,  enmudecer  la  música  y  formar 


273    . 

un  espectáculo  lleno  de  interés  con  los  dos  personajes 
<le  que  nos  ocupamos. 

La  autoridad  que  estaba  en  el  paseo,  mandó  algunos 
policías  para  que  custodiasen  á  los  actores  de  aquella 
escena  y  cuidasen  el  orden.  Tal  disposición  aumentó 
la  curiosidad,  y  el  buen  orden  atrajo  á  las  señoras. 

Entonces  fué  de  ver  la  exquisita  galantería  de  Don 
Quijote,  su  reverencia  religiosa  á  la  hermosura  y  su 
rendimiento  y  cortesía  con  las  damas.  No  le  fué  en  za- 
ga Sancho,  quien  parecía  estar  departiendo  en  la  casa 
de  los  Duques  con  los  más  cumplidos  caballeros  ó  na- 
turalote  ;pero  tierno  con  Aldonsa  Lorenzo! 

Ni  agasajos,  ni  súplicas,  ni  amagos,  fueron  bastan- 
tes para  descubrirá  los  queridos  personajes,  quienes 
por  mucho  tiempo  guardaron  rigoroso  incógnito,  de- 
jando una  impresión  imborrable  entre  la  gente  de  la 
época. 

El  auge  en  que  por  entonces  disfrutaron  las  másca- 
ras, se  explayó  en  el  teatro,  donde  el  lujo,  el  talento  y 
las  gracias  se  dieron  cita  para  los  bailes  de  «Vieja,» 
-de  «Piñata»  y  «Fantasía.» 

El  más  notable  de  éstos  fué  sin  duda  el  preparado 
y  dispuesto  por  los  hermanos  Miguel  y  Leandro  Moso, 
ornamentos  do  la  juventud  dorada,  con  el  prestigio  de 
<?u  parentesco  con  el  Emperador  Iturbide. 

El  teatro  reverberaba  como  una  ascua  de  oro;  en  los 
palcos,  cubiertos  de  ramos  y  de  flores,  se  ostentaban 
Hadas,  Sultanas,  Odaliscas,  Reinas  y  damas  de  her- 
mosura histórica,  avasallando  la  seda  y  los  encajes,  os- 

18 


271 

tentando  guirnaldas  y  plumas,  vulgarizando  las  pie- 
dras y  formando  el  conjunto  una  grandeza  olímpica 
que  se  perdía  en  lo  ideal  y  lo  maravilloso. 

Entre  las  primeras  damas  figuraban,  por  su  belleza, 
las  Sritas.  Villanueva,  las  Escandón,  las  Osio,  Lola  y 
Trinidad,  las  Cubas,  las  Echeverría,  la  Obrejíón,  la 
lindísima  Luz  Zozaya,  y  en  promesas  de  amor  y  de  en- 
sueño, Javiera  y  Rosario  Echeverría,  Marianita  y  Vic- 
toria Tornel,  Conchita  Lizardi,  Fanchita  Agüero,  espo- 
sa después  del  General  Prim.  Formaban  cortejo  á  eso 
Olimpo  do  deidades,  jóvenes  apuestos  con  vestidos 
bordados,  espadas,  gorros,  cascos  y  plumas. 

Peña  y  Barragán  y  Peza,  Juan  Roo  y  López,  Escandón, 
Jáuregui.  Gamboa,  Badillo,  Icaza,  lucían  sus  trajes  de 
Templarios,  de  Sultanes,  de  Peregrinos,  Trovadores  y 
de  todo  lo  más  poético  y  seductor  de  la  historia. 

Las  invasiones  de  ebrios  y  gente  ordinaria  al  teatro, 
alejaron  á  la  buena  sociedad  de  él,  y  comenzó  muy 
lentamente  la  marcada  decadencia  de  las  máscara?. 


Preocupando  vivamente  los  ánimos,  se  anuncióla 
guerra  de  Francia  (1837  y  38)  conocida  vulgarmente 
en  el  público  con  el  nombre  de  la  Guerra  de  los  pas- 
teles. 

En  muy  corto  intervalo  de  tiempo  se  había  cambia- 
do la  forma  de  Gobierno  y  ejercido  el  poder  Supremo 
Santa-Anna,  Corro  Don  Justo,  y  Don  Anastasio  Busta- 
man  te. 


275 

Lo  menos  de  mi  cuidado  eran  los  estudios  políticos 
y  los  cambios  de  decoraciones  palaciegas. 

Se  sabia  que  la  causa  de  la  guerra  fueron  reclama- 
ciones injustas  y  exorbitantes,  á  tal  punto,  que  figu- 
raban miles  de  pasteles,  y  tan  poco  justificadas,  que 
después  de  satisfacerse,  según  los  tratados  de  paz,  has- 
ta el  último  reclamo,  sobraron  doscientos  mil  francos 
que  no  había  aplicación  que  dárseles. 

Pero  en  aquellos  felices  tiempos  era  sabido  que  un 
ministro  extranjero  venia  al  país  como  á  tierra  de  sal- 
vajes; le  rodeaban  especuladores,  ávidos  y  desvergon- 
zados, generalmente  hacían  contante  y  sonante  su  afec- 
to, y  le  obligaban  á  que  reclamase  al  Gobierno;  el 
Gobierno  resistía. .  .y  entonces  el  Ministro,  furibundo, 
amagaba  con  una  escuadra. . .  Entonces  era  la  tribu- 
lación de  los  diplomáticos  y  de  las  casas  fuertes. . .  y 
se  acababa  por  ponernos  en  bien  con  la  Nación  ami- 
ga. .  .porque  al  fin,  como  que  pagábamos,  éramos  muy 
civilizados...  El  Sr.  Juárez  fué  quien  primero  tuvo 
la  gloria  de  acabar  con  esta  humillante  corruptela. 

Mientras  én  lo  diplomático  se  adoptaba  un  lenguaje 
templado  y  melifluo  en  lo  ostensible,  se  creaban  cuer- 
pos de  guardia  nacional.  Se  habilitaban  de  cuarteles 
claustros,  en  el  convento  de  la  Merced,  San  Francisco, 
etc.,  y  se  entronizaba  «La  Ponchada»  con  todo  su  des- 
pergenio y  con  todos  sus  accidentes  cómicqs. 

Yo,  que  no  tenía  cara  en  que  persignarme,  y  que, 
como  coplero  pedestre,  eran  mi  ajuar  mi  Chantreau  y 
mi  barragán,  me  alisté  en  un  regimiento  de  caballería, 


276 

de  que  era  coronel  D.  Joaquín  Eseandón  y  en  el  que 
se  había  alistado  todo  lo  más  rico  y  elegante  de  nues- 
tra sociedad. 

Sirvióme  de  pasaporte  para  la  admisión  en  aquel 
cuerpo,  una  marcha  que  hice  contra  los  franceses,  pla- 
gada de  disparates,  pero  respirando  odio  contra  el  pro- 
ceder inicuo  del  gobierno  francos. 

Además,  en  la  distribución  de  premios  de  San  Juan 
•  de  Letrán,  había  pronunciado  el  afío  anterior  una  oda 
que  se  dignó  elogiar  el  sabio  D.  Bernardo  Couto,  con 
notable  benevolencia. 

¡Oh,  qué  vida  tan  deliciosa  la  del  militar  de  chanza! 
Diarios  y  suculentos  almuerzos,  expediciones  y  cabal- 
gatas, músicas  en  la  puerta  del  cuartel,  visitas  de  las 
personas  más  distinguidas  á  los  compañeros  de  armas. 

Por  supuesto  que  en  lo  substancial  del  servicio  aque- 
llo no  tenía  pies  ni  cabeza;  pocos  dragones  tenían  ca- 
ballos, y  los  raneheritos  dandíes  no  se  avenían  á  mal- 
tratar sus  caballos;  las  fatigas  las  hacían  gentes  á  quie- 
nes pagábamos  las  guardias,  reservándonos  el  arrastrar 
el  sable,  la  patrulla  por  las  calles  centrales  y  la  guar- 
dia en  paseos  y  lugares  concurridos.  Á  cierta  hora,  el 
capitán  estaba  en  visita  y  el  cabo  cuarto  en  el  billar: 
el  abanderado  bufaba  porque  había  recibido  tremen- 
das calabazas  y  no  había  relevo  porque  se  había  mar- 
chado con  .fusiles  y  todo,  media  compañía  al  paseo  de 
Iztacalco. 

Á  pesar  de  todo  lo  dicho,  en  esa  época  y  en  ese  cuer- 
po tuve  mi  bautismo  de  fuego,  y  voy  á  referir  las  cir- 


277 

cunstancias  para  que  se  mida  la  importancia  de  mis 
aptitudes. bélicas. 

Los  franceses  ocupaban  nuestras  aguas;  las  contes- 
taciones diplomáticas  se  convertían  en  más  agrias, 
aunque  por  desgracia  tuvieron  desenlace  fatal  por  las 
concesiones  indignas  del  gobierno  de  Bustamante. 
Todo  hacia  presagiar  un  rompimiento  próximo  y  te- 
rrible. Se  sucedieron  los  ejercicios  y  los  acuartela- 
mientos, y  á  su  sombra  los  banquetes  y  placeres  de 
los  jóvenes. 

El  coronel  anunció,  por  fin,  el  primer  ejercicio  do 
fuego,  después  de  adiestrar  á  los  soldados  en  la  carga 
de  once  voces,  á  toque  de  caja  y  por  carretilla,  como 
se  decía  en  el  argot  de  cuartel. 

Yo  en  todos  los  ejercicios  dejaba  pasar  las  voces  sin 
hacer  caso;  me  mordía  las  manos  la  cazoleta,  dejaba 
olvidada  la  baqueta  en  el  cañón  y  me  sumía  á  la  hora 
de  las  maniobras  comprometidas.  Pero  no  había  reme- 
dio: el  ejercicio  de  fuego  iba  a  verificarse  y  yo  no  había 
soltado  un  tirito  en  mi  vida,  no  siendo  el  menor  do  mis 
temores  formar  en  primera  fila,  por  el  concepto  que  me 
merecían  mis  companeros  de  armas.  Preocupado  coa 
tal  idea,  me  ingenié  y  dispuse  las  cosas  de  modo  que 
marchase  en  primera  fila  un  venerable  boticario,  de 
andar  majestuoso  y  continente  marcial  que  se  la  daba 
de  soldado  viejo  y  fogueado. 

Llegamos  al  Ejido:  el  ejercicio  era  pie  á  tierra;  la 
concurrencia  de  caballos  y  coches  era  numerosísima. 
Nos  formamos  en  batalla,  se  abrieron  las  filas,  sonaron 


278 

los  toques  de  atención. . . .  tan,  tan,  ¡muerdan  cariu- 
chos! ¡Ceben!  ¡Cierren!  etc.,  ¡al  hombro!. . . .  ¡presen- 
ten!. . .     (aquí  el  corazón  me  saltaba  de  sobresalto) 

¡apunten! Cerré  los  ojos. ...  y  dije  dentro  de  mí 

viendo  al  boticario:  ¡Jesús  te  ampare!....  Cuando 
abrí  los  ojos,  el  boticario  se  levantaba  del  suelo  mal 
parado  y  contuso:  le  había  quemado  sus  bucles  abul- 
tados y  quería  comerme  ....  Al  volver  al  cuartel  es- 
perando un  arresto  ó  cosa  semejante,  me  encontré  con 
que  me  habían  hecho  sargento. . .  para  que  no  vol- 
viera á  tirar  más Ya  se  verá  que  fui  un  bruto  en 

no  haber  seguido  la  gloriosa  carrera  de  las  arma*, 
on  que  logré  tan  fácil  como  inesperado  ascenso. 

El  desembarco  de  los  franceses,  la  prisión  de  Aris- 
ta, el  combate,  la  pérdida  de  la  pierna  de  Santa-Anna 
y  su  brillante  manifiesto  á  la  Nación,  preocuparon  vi- 
vamente los  ánimos. 

El  manifiesto  era  obra  del  Sr.  Lie.  Villamil;  estaba 
muy  hábilmente  escrito,  rebosaba  en  sentimientos  no- 
bles y  generosos  y  hería  profundamente  la  sensibili- 
dad del  pueblo,  envaneciéndose  de  haber  derramado 
su  sangre  por  una  patria  tan  tiernamente  amada  de  su 
corazón. 

En  los  salones,  en  los  cafés,  en  las  plazas;  en  medio 
de  la  gente  que  se  agolpaba,  se  leía  el  manifiesto  en. 
medio  de  las  lágrimas  que  borraban  los  recuerdos  de 
San  Jacinto  y  hacían  renacer  el  entusiasmo  por  el  hé- 
roe de  Tampico. 

Los  nombres  de  Rincón,  de  Gaona,  de  Labastida,'de 


270 

«Godines  y  de-otros,  se  pronunciaban  con  admiración  y 
reconocimiento,  refiriéndose  que  á  Gaona  los  mismos 
oficiales  franceses  le  condujeron,  cargando  su  camilla, 
ai  hospital,  en  testimonio  de  estimación;  y  Godines, 
que  mutilado  de  un  brazo  y  una  pierna,  entre  las  rui- 
nas del  Caballero  Alto  de  Veracruz,  rehusaba  rendir- 
se, se  le  tributaron  espléndidos  honores. 

El  populacho  tradujo  á  su  modo  la  guerra,  y  voy  á 
dar  idea  de  cómo  se  interpretó  en  una  representación 
de  títeres  en  el  teatrito  del  Puente  Quebrado,  de  que 
era  director  D.  Vicente  Aduna: 

Era  un  galerón  obscuro  y  desmantelado,  con  sus  ras- 
gones en  el  adobe  y  sus  desperfectos  en  las  negras  vi- 
gas, sin  pavimento  ni  pintura,  con  bancas  desnudas, 
cajones  colosales  de  madera,  llamados  palcos,  y  un  ten- 
dido, á  que  formaban  fleco  hileras  de  pantorrillas  des- 
nudas, los  días  ó  mejor  dicho,  las  noches  de  función. 

Un  solo  candil  de  hojalata  chinguiñoso  y  mal  ali- 
mentado, cuatro  albortantes  con  velas  de  sebo,  una 
música  que  remedaba  á  las  mil  maravillas  el  chillido, 
el  aullido,  el  alarido,  el  rechinar  y  el  golpeo  del  ba- 
tán, eran  el  ornato  del  espectáculo,  y  su  complemento 
la  concurrencia  más  heterogénea,  más  inconcusa,  des- 
igual y  abigarrada  del  mundo. 

La  escena  nos  es  conocida. 

Representa  el  teatro  un  espeso  bosque  que  parece 
-desierto;  cruzan  de  vez  en  cuando  chillones  con  ca- 
chuchas, y  gesticulando  horriblemente,  y  nos 'monos  re- 
pelentes de  interminables  colas.  Sale  el  Negrito,  per- 


280 


sonificación  do  la  Patria,  con  sus  calzoneras,  espada  y 
sombrero  con  toquilla  tricolor. . .  los  monos  se  agru- 
pan, uno  se  adelanta. . . 

El  Negrito,  creyéndole  el  demonio,  exclama:— «De 
parte  de  Dios  te  digo  que  me  digas  qué  quieres.  > 

— Que  me  pagues  mis  pasteles,  dice  el  mono. 

— Ven  por  la  paga . . .  Alza  entonces  la  bandera  tri- 
color que  ha  estado  oculta,  y  cambia  instantáneamen- 
te la  escena;  es  el  Castillo  de  San  Juan  de  I 'lúa,  son 
nuestros  soldados,  y  os  el  mar  con  la  escuadra  france- 
sa.. .  Se  agitan  las  banderas,  suenan  tambores  y  cla- 
rines, y  se  empefia  un  tiroteo  de  cohetes  escupidores, 
cámaras,  etc.,  que  convierten  en  un  caos  la  galera.  E! 
pueblo  toma  parte  en  el  combate  con  una  gritería  de 
los  demonios,  palmadas,  patadas  y  golpeo  en  bancos 
y  palcos.  . . 

Los  franceses  avanzan,  ya  se  acercan,  ya  apagan 
nuestros  fuegos,  ya  cantan  victoria.  El  Negrito,  que  ha 
estado  infatigable,  embiste,  mata,  empuña  la  bandera 
y  se  abre  paso  hasta  lo  más  alto  de  la  fortaleza  — 
Allí  se  arrodilla. . .  hace  la  señal  de  la  cruz  y  grita. . . 
¡Ah!  María  Santísima  de  Guadalupe! ...  El  foro  se  ilu- 
mina entonces  de  luz  de  bengala,  y  entre  una  lluvia 
de  oro  y  estrellas,  en  medio  do  las  lágrimas  del  entu- 
siasmo, rodeado  do  arcángeles,  desciende  la  Virgen. 
Los  monos  corren,  se  embarran  en  el  suelo,  tiran  los 
fusiles  en  medio  de  la  rechifla';' las  dianas,  los  vítores 
y  las  palmadas. . . .   Canta  la  música. 


281 

¡Ay  Veracruz,  Veracruz! 
¡Ay  Veracruz  infeliz, 
Qué  susto  le  dio  Santa-Anna 
Al  almirante  Baudín! 


Antójaseme  en  este  momento  hacer  una  descripción, 
lo  más  detallada  posible,  de  una  habitación  de  perso- 
na de  la  clase  media  de  mis  tiempos. 

Habían  pasado  los  tiempos  de  los  canapés  de  tripe 
y  las  pantallas,  los  baldoquines  y  tibores.  Ahora  se 
inauguraba  otra  época,  y  mientras  las  importaciones 
europeas  se  instalaban  poco  á  poco  en  los  grandes  sa- 
lones y  en  las  alcobas  protegidas  por  Com paflón  v 
otros  negociantes,  la  clase  infeliz  permanecía  adherida 
al  petate  y  al  üeciütl,  y  en  la  clase  media  se  verifi- 
caban renovaciones  parciales,  conservándose  mucho 
de  lo  colonial  y  de  lo  indígena. 

Supongo  una  vivienda  principal  de  casa  de  vecindad 
con  su  empinada  escalera,  su  corredor  á  la  entrada,  su 
sala,  recámara,  comedor  y  cocina,  con  su  heregía  de 
azotehuela  y  su  excusado  como  posdata  minúscula 
de  la  habitación. 

Kn  el  corredor,  no  faltaban,  colgando,  jaulas  de  cana- 
rio?, zenzontles  ó  gorriones,  aros  de  hojalata  con  tiras 
de  vidrio  que  sonaban  con  el  aire,  y  no  eran  raros  los 
pájaros  disecados  ó  las  ardillas. 

En  un  rincón  del  corredor,  veíanse  limpias  y  bien 
plantadas  colosales  tinajas  con  barniz  encarnado,  y  la 
destiladera  fresca,  porosa  y  brindando  refrigerios. 


El  suelo  era  de  solera,  pero  pintado  de  encarnado 
con  un  compuesto  de  azarcón,  tierra  roja,  y  no  sé  qué 
más;  pero  le  daba  al  piso  cierta  frescura  y  alegría  muy 
agradables. 

No  era  raro  hallar  en  el  corredor  pinturas  al  fresco, 
que  representaban,  ya  el  bosque  y  el  Castillo  de  Cha- 
pultepec,  ya  el  paseo  de  la  Viga  con  su  canal  y  sus 
canoas  con  músicos  y  cantadores,  ya  un  coleadero  con 
sus  toros  ligeros  y  sus  rancheros  balanceándose  para 
coger  la  cola Unas  veces  disparatadas  estas  pin- 
turas, otras  pasables,  siempre  eran  muy  del  agrado  de 
propietarios  y  visitas. 

El  ajuar  de  la  sala,  en  lo  general,  era  de  sillas  y  ca- 
napés de  tule,  pintados  de  verde  ó  color  de  café,  lla- 
mados de  pera  y  manzana,  por  tener  esas  frutas  do- 
radas en  el  respaldo.  Al  pie  de  los  canapés  se  veían 
escupideras  de  hojalata  de  figura  oval  con  sus  tapas 
do  simétricos  agujeros,  y  fungiendo  de  alfombra,  ó  más 
bien  dicho,  margen  ó  tapete,  un  petate  pequeño  ribe- 
teado con  orillo. 

En  el  medio  de  las  paredes  de  la  sala,  en  rinconeras 
y  mesillas  adecuadas,  eran  de  rigor  altos  nichos  de 
cristal  con  imágenes  de  la  Divina  Pastora,  la  Divina 
Infantita,  de  Nuestra  Señora  de  los  Dolores,  á  la  que 
ardía  constantemente  una  lamparita  de  aceite;  de  la 
Virgen  de  la  Concepción,  sin  faltar,  por  supuesto,  un 
Santo  Cristo  de  Guatemala,  rodeado  de  milagros  de 
plata  con  su  auténtica  respectiva  y  sus  doscientos  días 


283 

<le  indulgencia  concedidos  por  los  Sres.  Madrid  ó  Be- 
launzarán. 

En  lo  alto  de  las  paredes  lucían  cuadros  de  la  San- 
tísima Trinidad,  San  Juan  Nepomuceno,  abogado  de 
la  honra:  Sefior  San  José  con  su  Niño  en  los  brazos  y  el 
beato  San  Sebastián  de  Aparicio,  con  los  bueyes  arro- 
dillados á  su  frente. 

Era  de  rigor  en  una  de  las  rinconeras  el  braserillo 
con  ascuas  cubiertas  de  ceniza  para  encender  los  ci- 
garros. 

En  la  recámara  eran  características  las  cortinas,  for- 
mando cuadro  varillas  de  fierro,  la  cama  de  madera 
fina,  la  pileta  de  agua  bendita,  un  sillón  para  uso  exclu- 
sivo de  las  personas  graves,  y  sillas  pequeñas  de  tule. 
Las  cómodas  y  baúles  para  la  ropa  hacían  un  papel 
importante,  siendo  el  perchero  sólo  para  el  señor  de 
la  casa. 

A  la  entrada  del  comedor,  servía  á  la  concurrencia 
un  aparato  fijo  en  la  pared,  constante,  de  un  depósito 
de  agua  y  un  receptáculo  más  abajo,  con  su  llave  el 
primero,  la  toalla  al  lado  y  una  jicara  con  el  jabón  de 
la  Puebla,  el  zacate  fino  ó  estropajo,  y  un  tezontle  pe- 
queño para  que  los  interesados  se  rasparan  los  dedos 
del  humo  del  cigarro. 

La  cocina,  por  pobre  que  fuera,  tenía  en  sus  paredes 
labores,  rúbricas  y  caprichos  formados  con  ollas,  ca- 
zuelas, comales,  flores  hechas  con  aventadores  y  cu- 
charas y  juguetes,  todo  guarnecido  con  cenefas  y  la- 
brados de  colorines  que  le  daban  aspecto  vistoso. 


281 


El  gran  barril  para  el  agua  era  mueble  importantí- 
simo, tan  importante,  como  el  aguador  en  su  línea  que 
no  es  poco  decir;  y  la  arandela  que  era  para  el  alum- 
brado nocturno. 

El  lujo  de  curiosidades  y  chucherías,  y  se  me  olvidó 
pintarlo  á  tiempo,  se  ostentaba  con  suma  curiosidad 
en  el  tinajero  que  debimos  haber  colocado  al  lado  de^ 
las  destiladeras  del  corredor. 

El  tinajero  ostentaba  Jos  vasos  de  Pepita,  y  las  dul- 
ceras de  cristal,  la  lindísima  loza  de  Snjonia  y  de  Chi- 
na, los  trastecitos  de  Tzintzuntzan,  los  perritos  y  vena- 
dos, muñecos  de  Ton  ala,  los  jarros  llamados  de  Guada 
lajara,  las  chucherías  de  yesca  y  carbón,  las  figurita* 
de  camelote  de  Oaxaca,  jicaras  y  guajes  de  Michoacán 
y  Tepalcingo  y  otros  j uguetes  en  las  paredes  que  deseen- 
dían  desde  el  techo,  formando  fajas,  circuios,  ondas  y 
márgenes  al  tinajero. 

Sólo  las  familias  de  cierta  posición  tenían  tinas  de 
baño,  aunque  solían  usarse  ya  de  hojalata,  ya  de  pa- 
lo forradas  de  plomo,  teniendo  por  complemento  laca- 
lentadera  con  sus  tres  tubos  con  sus  tapas,  siendo  el 
mueble  esencial  y  á  veces  el  motivo  de  que  el  baño 
fuera  un  verdadero  escándalo  en  la  familia,  por  el  aca- 
rreo del  agua,  el  transporte  de  la  lumbre,  las  quema- 
das y  la  humareda  no  pocas  veces  causa  de  peligrosos 
encajonamientos. 

En  una  casa  como  la  descrita,  era  común  que  figu- 
rase el  buen  chocolate  de  tres  tantos  (uno  de  canela, 
uno  de  azúcar  y  uno  de  cacao)  sin  bizcocho  duro  ni 


283 

yema  de  huevo;  el  champurrado  para  los  niños  y,  de  voz 
en  cuando,  café  con  leche  con  tostada  ó  mollete.  Ha- 
cían compañía  á  los  líquidos  los  bizcochos  de  Ambriz, 
los  panes  y  huesitos  de  manteca  del  Espíritu  Santo 
presentándose  de  vez  en  cuando  á  lisonjear  la  gula  las 
hojuelas,  los tamalitos cernidos  y  los  bizcochos  de  maíz 
cacahuatzintle.  El  final  del  desayuno  eran  sendos  vasos 
de  agua  destilada. 

Cuando  acudían  visitas  á  las  once  do  la  mañana  era 
forzoso  obsequiarlas:  si  eran  señoras,  con  vinos  dulces 
como  Málaga,  Pajarete  ó  Pedro  Ximénez,  sin  faltar  en 
una  charolita  puchas,rodeos,  mostachones,  soletas,  etc., 
y  sus  tiritas  curiosas  de  queso  frescal.  El  sexo  feo  se 
las  componía  con  rispido  catalán,  llamado  judío,  por- 
que no  conocía  las  aguas  del  bautismo. 

En  las  comidas  resaltantes  para  las  festividades  de 
un  congreso  de  familia,  compuestas  de  las  matronas 
más  expertas  en  el  arte  culinario,  se  ostentaban: 

Las  sopas  de  ravioles  y  la  de  arroz  con  chícharos, 
meditas  de  huevo  cocido  y  sesos  fritos. 

La*  olla  podrida,  era  la  insurrección  del  comestible, 
el  fandango  y  el  cataclismo  gastronómico,  la  cita  den- 
tro de  una  olla  de  las  producciones  todas  do  la  natu- 
raleza.   . 

•  Encerrábanse  en  conjunto  carnes  de  carnero,  terne- 
ra, cerdo,  liebre,  pollo,  espaldillas  y  lenguas,  mollejas 
y  patas:  en  este  campo  do  agramante  se  embutían  co- 
les y  nabos,  se  introducían  garbanzos,  se  escurrían  ha- 
bichuelas, se  imponían  las  zanahorias,  campeaba  el 


286 


jamón  y  verificaban  invasiones  tremendas,  chayóles  y 
peras,  plátanos  y  manzanas  en  tumultuosa  confusión; 
hasta  creíase  percibir  entre  el  hervor  y  el  humo,  ro- 
dajas de  espuela,  relojes  y  ramas  de  árbol,  facciones 
humanas  truncasy  gesticulacionesfantásticasdemons- 
truos  abortados  por  la  locura. 

La  olla  podrida  se  apartaba  en  dos  grandes  platones 
para  servirse;  uno  de  los  platones  contenía  carnes,  ja- 
mones y  espaldillas,  patitas  y  sesos,  en  el  otro  la  ver- 
dura con  todos  sus  accidentes,  y  entre  los  platones, 
enormes  y  profundas  salseras  de  jitomate  con  toma- 
chiles,  cebollas  y  aguacates  y  salsas  de  chile  solo  ó 
con  queso  y  aceite  de  comer  de  Tacubaya  ó  los  Mo- 
rales. 

El  plato  de  olla  podrida  podía  constituir  por  sí  solo 
un  banquete,  y  un  gastrónomo  no  experto  habría  ne- 
cesitado un  manual  ó  guía  para  penetrar  en  aquel  la- 
berinto sorprendente. 

La  llenura,  el  hartazgo,  la  beatitud  del  boa,  se  en- 
contraba en  primera  en  ese  plato  privilegiado. 

En  los  guisados  había  predilecciones  caprichosas: 
como  pollo  en  almendrado,  con  pasas,  trocitos  de  aci- 
trón y  alcaparras;  pichones  en  vino  y  liebre,  ó  conejo 
en  pebre  ó  con  salsas. 

El  turco,  la  torta  cuajada,  la  torta  de  cielo,  los  pa- 
tos en  cuñete,  tenían  sus  lugares  de  honor,  lo  mismo 
que  los  guajolotes  rellenos  y  los  deshuesados,  obra 
maestra  de  las  cocineras  de  la  alta  escuela. 

En  los  festines  de  familia  ó  de  alguna  confianza,  ha- 


287 

cían  con  aplauso  sus  apariciones  el  mole  poblano.de 
tres  chiles,  el  de  pepita  ó  Verde  y  los  famosos  man- 
chamanteles  con  sus  rebanadas  de  plátano  y  sus  ga- 
jitos  de  manzana. 

Lo  espléndido,  lo  musical  y  poético,  eran  los  pos- 
tres: los  encoletados  voluptuosos,  la  cocada  avasa- 
lladora, los  cubiletes  y  huevos  reales,  los  zoconoxtles 
rellenos  de  coco ....  la  mar! el  éxtasis! . . . .  la  fe- 
licidad suprema. . . .  Frutas,  zapote  batido  con  canela 
y  vino,  garapiña,  etc.,  etc. 

Después  de  dar  gracias  y  de  levantar  los  manteles, 
fumaban  los  señores  mayores  (que  me  reventaban)  y 
se  les  servía  salvia,  muitle,  cedrón  ó  agua  de  yerba 
buena  para  asentar  el  estómago. 

Ksto  era,  por  decirlo  así,  la  realización  del  ideal. 
La  vil  prosa  de  la  alimentación  diaria  era  el  chocolate 
de  oreja  y  el  atole,  el  anísete  á  las  11,  y  en  la  comida 
una  sopa  de  pan, arroz  ó  tortilla,  un  lomo  de  carne  ané-  ' 
mira  escoltada  por  unos  cuantos  garbanzos,  salsa  de 
mostaza,  perejil  ó  chile,  y  principios  en  que  fungían 
con  aplauso  el  rabo  de  mestiza,  los  huevos  en  chile, 
los  chilaquiles,las  calabacitas  en  todos  sus  apetitos  va- 
riantes, los  quelites,  verdolagas  y  huauzontles;  nopa- 
les, las  tortas  de  papas,  de  coliflor,  pantallas  y  las  car- 
mías  de  cerdo.  Alegraba  la  comida  la  miel  perfumada 
con  cascara  de  naranja,  y  servía  como  de  digestivo  una 
tortilla  tostada  que  se  hacía  astillas  entre  los  dientes. 
El  frijol  popular,  el  frijol,  amigo  de  los  desheredados, 
el  frijol,  refrigerio  del  hambriento,  el  frijol  patrio,  ocu- 


288 


palm  el  puesto  de  honor  y  se  le  solía  adornar  con  ce- 
bolla picada,  con  queso,  coii  ahuacate  y  salsa  para  que 
sonriera  la  gula  en  la  mesa  más  humilde.  El  oficio  de 
limpiadientes  lo  desempeñaban  en  general  los  popo- 
tes, con  excepción  de  uno  que  otro  personaje  que  usa- 
ba el  oro  con  un  rascaoídos  en  el  opuesto  lado. 

El  mole  de  pecho,  un  lomo  frito  prófugo  del  puche- 
ro, si  acaso  con  dos  ó  tres  hojas  de  lechuda  y  el  parra- 
lefio  amable,  componían  las  cenas  de  los  mártires  nu- 
merosos de  la  clase  media. 

En  la:  clase  má.s  infeliz  los  tres  amigos  del  pobre 
(maíz,  frijol  y  chile)  hacían  el  gasto,  lisonjeando  el 
apetito  el  nenepile.  el  menudo,  tripa  gorda  y  otros  as- 
cos y  espantos  de  cualquier  estómago  racional. 

Se  hace  un  verdadero  salón  de  carnaval  mi  cerebro 
cuando  pretendo  coordinar,  cronológicamente  hablan- 
do, modas  y  trajes  de  las  épocas  á  que  me  estoy  refi- 
riendo, ya  porque  muchos  permanecieron  estaciona- 
rios, ya  porque  los  cambios  se  hacían  muy  lentamente, 
y  ya  porque  un  accidente  cualquiera  convertía  en  efí- 
meras ó  arraigaba  los  usos  do  la  manera  más  capri- 
chosa. 

En  esta  confusión  sólo  puedo  decir  que  pasaron  pa- 
ra el  gran  tono  las  épocas  de  los  encajes,  de  las  mace- 
donias,  de  los  tápalos  chinos  valiosísimos;  de  la  manga 
corta  ó  guante  do  brazo,  para  dar  lugar  á  capotas  y 
chales  y  tocados  con  perlas,  tembleques  de  piedras  pre- 
ciosas y  plumas,  quedando  en  pie,  dominando  las  rui- 
nas, como  diría  Horacio,  la  saya  y  la  mantilla  de  riquí- 


289 

simo  trapeo  y  la  mantilla  blanca  para  espectáculos  y 
paseos. 

En  el  calzado  siguióse  ostentando  el  proverbial  lu- 
jo de  las  mexicanas;  el  exclusivo  era  el  bajo,  sin  que 
se  presintiera  ni  de  lejos  este  botín  masculino,  recuer- 
do del  soldado  y  del  colegial  de  poca  fortuna. 

El  zapatito  bajo  de  raso  negro  era  el  zapato  aristo- 
crático y  el  de  rnahón  negro  lo  adoptaba  gustosa  la  po- 
llita recatada. 

Las  pollas  y  damas  afectas  á  las  transgresiones  cons- 
titucionales, gastaban  zapatos  de  raso  verde  ó  café;  pe- 
ro el  zapato  bajo  era  como  engaste  ó  marco  de  la  rica 
media  calada  de  la  patente,  de  la  media  lisa  y  en  me- 
nor escala  de  la  limpísima  media  de  hilo  de  Escocia, 
algodón .... 

Duplicándolos  consumos,  alarmando  cortadoras,  por- 
que eran  muy  contadas  las  modistas  (Mad.  Adela  y  des- 
pués Virginia  Gourgues),  apareció  triunfal  el  túnico 
ampón  que  debía  su  ser  á  las  enaguas  de  armar,  las 
mangas  de  farol  y  la  peineta  de  olla,  que  fué  seguida 
de  la  de  uña,  gajos,  tres  potencias,  etc. 

Aquello  fué  un  horror.  La  indiana,  el  carranclán,  la 
musolina,  la  seda  misma,  sucumbieron  á  la  moda  y  era 
el  ideal  lo  esférico,  el  mundo,  no  sé  quede  bombástico 
y  estupendo.  Entre  la  reunión  monumental  de  tres  es- 
feras, bajo  un  semicírculo  altísimo  aparecía  una  fiso- 
nomía náufraga,  perdida  entre  los  llecos  ó  los  tirabu- 
zones, porque  no  quedaba  sino  uno  que  otro  recuerdo 
de  los  caracoles. 


290 

Las  entusiastas  secuaces  de  \a  moda  solían  llevar 
colgadas  al  cinto  seis  ó  siete  enaguas  de  armar,  todas 
bien  tirantes  y  almidonadas,  de  suerte  que  al  andar 
formaban  un  ruido  como  de  ramazón  sacudida  por  el 
viento,  y  los  faroles  se  agitaban  sobre  el  pecho  y  el  ros- 
tro de  modo  que  en  el  baile  sufrían  verdaderas  car-he- 
tinas  los  danzantes. 

Los  señores  graves,  aferrados  en  sus  recuerdo?,  ves- 
tían luengos  levitones,  altos  sorbetes,  y  sus  capas  re- 
dondas, adicionadas  las  de  lujo  con  un  enorme  cuello 
de  nutria  que  servía  de  abrigo,  respaldo  y  almoha- 
dón de  la  cabeza. 

Grande  consumo  tenía  el  paño,  pero  el  pantalón  de 
casimir  era  el  preferido;  así  como  jmra  los  pollos  el 
frac  verde  ó  azul  de  botón  dorado  y  en  el  pollo  vulgar 
la  piel  de  lusa,  reemplazo  ventajoso  de  la  coletilla  y 
de  la  cotona. 

El  calzado  era  por  regla  general  la  bota  entera  ó  el 
borceguí,  surtiéndose  los  pollos  mal  comidos,  del  bra- 
zo fuerte  ó  sea  de  los  zapateros  ambulantes  que  vaca- 
ban por  las  calles  llevando  cabalgando  en  el  brazo  fu 
mercancía. 

En  los  abrigos  masculinos  se  habían  hecho  más  sen- 
sibles los  cambios:  al  capote  y  la  esclavina  los  había 
de  sterrado  de  clrrtopelo  el  camele  aristocrático,  color 
de  haba,  con  sus  respectivas  degradaciones  entre  los  po- 
bres, y  al  carricle  lo  había  condenado  al  lacayo,  el  ba- 
rragán que  se  hizo  popular  y  aprohijó  y  reconoció  co- 
mo de  su  propia  familia  á  la  talina  y  al  capote  dragón. 


291 

Alebrando  las  almas,  sosteniendo  la  bandera  de  la 
tradición  apasionada  y  bella  como  en  un  centro  lumi- 
noso de  amor  y  poesía,  se  destacaba  la  china  con  su 
salero  y  su  zandunga,  con  su  curruc-A  de  ternezas  y 
con  su  desenfado  de  real  persona. 

Hela  ahí. . . .  Vedla  con  su  color  de  piñón  que  re- 
meda al  celaje  de  la  tarde  al  morir  el  sol;  con  sus  ojos 
muy  negros  medio  cerrados  por  el  ensueño,  mientras 
sonríQ  en  sus  labios  la  promesa  y  vuela  incontenible 
el  beso. . . .  vedla  con  su  camisa  descotada  y  llena  de 
randas,  como  jaula  mal  segura  que  impide  el  vuelo  de 
dos  tortolitas.  ...  y  no  véais  más.  ...  si  tenéis  en  al- 
jro  vuestra  salvación. 

Finísimo  lienzo,  como  indicamos,  cubre  su  pecho  y  re- 
dondea con  bordados  preciosos  de  chaquira  el  nacimien- 
todesu  torneado  brazo;  ciñesueinturaancha  faja  de  bu- 
rato con  largos  flecos  que  se  abren  y  derraman  sobre  sus 
cuadriles; comienza lagarbosa enagua  conelcortede  se- 
da verde  lustrosísima,  y  corona  y  sostiene  el  castor  encar- 
nado y  negro  cuajado  de  lentejuelas  con  sus  golpes  de 
listón  sencillo  cayendo  sobre  una  bambalina  deondas, 
de  encajes,  repulgos  y  primores  de  la  enagua  interior, 
blanca  romo  los  ampos  de  la  nieve;  tletiénese  respe- 
tuoso el  encaje  al  principiar  la  soberana  pantorrilla, 
como   gritando  atrás  á  la  curiosidad  impertinente  y 
abandonando  á  la  admiración  mundana  un  piececito 
de  crema  de  carne  humana,  breve  como  el  suspiro,  sen- 
sual corno  el  contacto  de  la  boja  de  rosa  en  los  labios, 
engastado  en  un  zapatito  color  bronceado  de  raso  ó  ta- 


292 

filete,  con  tres  mancuernas,  para  señalar  el  empeine  y 
su  enfranje  para  poner  en  relieve  la  perfección  de 
aquellas  faldones  efe  la  China. 

Pero  todo  esto  es  nada  si  se  compara  con  la  morfi- 
za  de  retrechería  y  de  endivida  que  se  traspora,  tras- 
ciende y  encanta  del  carácter,  del  amor  y  de  la  sal  y 
pimienta  de  la  criatura. 

El  bajo  pueblo,  que  vivía  en  los  alrededores  y  en  al- 
gunos puntos  centrales  de  la  ciudad,  guardaba  condi- 
ciones de  miseria  que  por  fortuna  boy  nos  parecen  de 
todo  punto  increíbles. 

Veíanse  jacales  de  indios  en  Tarasqui lio  y  lo?  al- 
rededores de  Santiago  Taltelolco,  Tepito  y  Santa  Cla- 
rita,  la  Viga,  San  Antonio  Abad,  etc.,  etc. 

El  muro  de  caña  y  adobe,  á  veces  el  techo  de  paja  ó 
tejamanil,  el  tlecuill,  una  olla  con  agua.  En  el  jacal  do 
lujo  un  petate. .  . 

Lps  muros  desnudos,  los  perros  sarnosos,  la  lla£a, 
la  momia  ambulante  y  seres  deformes,  como  jorobado?, 
rostrituertos,  patizambos  y  epilépticos.. . . 

El  hombre  era  como  una  ficha  de  dominó  de  seis  y 
blanco,  piel  en  la  parte  superior  y  calzón  de  manta;  la 
mujer  con  un  lienzo  de  lana  corto  flotando  sobre  pe- 
cho y  espalda enredada  en  un  lienzo  que  al  re- 
cogerlo podía  hacerse  bailar  á  la  interesada  como  un 
trompo. 

El  lépero,  generalmente  hablando,  como  para  carac- 
terizarse de  pura  sangre,  ha  dje  ser  mestizo,  bastardo, 
adulterino,  sacrílegoy  travieso,  entendiéndose  quemas 


29a 

que  picardía  debe  haber  chispa  ó  ingenio  en  el  magín 
y  más  que  tendencia  al  crimen,  inclinación  á  lo  villa- 
no; pero  estos  caracteres  llagando  el  ingenio  despeja- 
do, la  aptitud  para  acciones  generosas,  el  valor  teme- 
rario y  rasgos  de  gratitud  realmente  notables,  todo 
sobre  un  fondo  de  amor  á  la  holganza,  de  fanatismo  y 
de  simpatías  poderosas  por  el  robo,  la  embriaguez  y  el 
amor. 

Laleperita  es  limpia  y  hacendosa,  heroica  en  el  amor; 
feroz  en  el  celo;  sufrida  en  la  miseria;  sublime  en  la 
abnegación  y  en  el  peligro  fanática,  madre  tierna  y 
con  volubilidad  increíble  hasta  lanzarse  á  la  locura  si 
la  acompañan  la  pasión  y  la  alegría,  ó  al  martirio  si  se 
lo  exigen  la  ingratitud  de  la  persona  amada  ó  el  capri- 
cho nacido  del  deseo  de  venganza  ó  la  soberbia.  El 
desinterés  de  la  china  es  sobre  toda  ponderación. 

Lo  lépero,  para  mejor  darme  á  comprender,  lo  cons- 
tituye el  carácter  moral,  siendo  un  verdadero  acciden- 
te el  ejercicio,  el  oficio,  la  posición  y  las  circunstan- 
cias en  que  se  encuentre. 

Lo  lépero  es  como  lo  cancanesco,  que  consiste  en  la 
intención  picaresca,  en  el  movimiento  lascivo,  en  el 
gesto  intencional  ó  desvergonzado;  es  ladino  el  lépero 
y  se  adapta  á  las  maneras  de  la  gente  abatida;  cuanto 
más  mal  intencionado  y  rencoroso  se  muestre,  mas  su- 
miso, propendeá  la  incredulidad  y  á  la  mofa  de  lo  reli- 
gioso, y  los  legos,  los  sacristanes  y  la  gente  do  iglesia 
son  su  delicia;  odia  al  gendarme  y  al  soldado,  al  cria- 
do doméstico  ó  gato  ó  mantenido,  es  hábil  artesa- 


29i 


no,  pero  flojo,  estafador  y  amigo  de  la  vagancia  y  el 
juego. 

El  amor,  el  pulque  y  la  riña  absorben  su  existencia; 
para  el  primero  necesita  de  la  mujer  legal  y  la  queri- 
da; para  lo  segundo,  los  amigos;  para  lo  tercero  cual- 
quier rato  es  bueno,  y  la  cárcel  no  le  impone  aunque 
ve  de  reojo  y  con  dolo  á  los  soplones,  los  escribas  y 
los  plumarios  de  los  juzgados. 

En  el  asalto,  en  el  asesinato  tenebroso,  en  la  cons- 
piración meditada  y  sombría  no  entra  el  lépero  jamás. 

Mi  maestro  me  decía  con  razón:  al  lépero  no  se  de- 
fine ni  se  explica;  se  le  sorprende  enunacto  cualquiera 
que  le  caracteriza:  un  ladrón,  acaso  puñal  en  mano,  le 
despoja  á  uno  de  su  reloj:  el  lépero  le  pisa  un  callo 
como  inadvertidamente,  y  mientras  uno  se  lamentaél 
desaparece  con  la  prenda. 

\j\\  ladrón  empeña  una  prenda  robada  ó  la  rifa  en 
el  juego;  un  lépero  llama  á  uno  aparte  y  con  misterio 
le  ofrece  un  anillo, haciendo  creer  que  es  robado,  vro- 
sulta  falso  el  anillo. 

En  el  lépero  hay  mucho  de  rastrero:  pero  le  enamo- 
ra el  ingenio,  le  subyugan  los  hombres  de  cacumen  y 
de  indinidad. 

— ¿Como  ha  podido  usted  robarse  esas  cucharas  del 
café?  le  preguntaba  un  juez  á  un  lépero. 

— Como  me  dijeron  los  de  la  casa  que  allí  tomaba 
uno  lo  que  quería.  . .  tomé  las  cucharas  sin  agravio 
de  naide. 

En  los  versos  populares,  en  la  canción  callejera  es 


295 

donde  más  especialmente  se  acentúa  esta  faz  de  la  in- 
teligencia del  lépero. 

La  mujer  es  una  pera 
Que  en  el  árbol  está  dura: 
Cuando  se  cae  de  madura. 
La  coge  el  que  no  la  espera 
Y  goza  de  su  hermosura. 

Querer  á  una,  no  es  ninguna; 
Querer  á  dos  es  bondá: 
Queror  á  cuatro  y  á  cinco 
Es  gracia  y  habilidá. 

Soy  de  calida  de  gallo 
Que  en  llegando  á  lo  macizo, 

Me  vuelvo  sanio  postizo 

Después,  que  la  parta  un  rayo 
Por  los  favores  que  mihzo. 

Qué  bien  dijieron  los  sabios 
Al  voltear  la  hoja  tercera: 
¡Oh  qué  tontos  son  los  diablos 
Que  esperan  que  uno  se  muera 
Para  vengar  los  agravios! 

¡Adiós!  me  despido,  ingratas: 
Me  alejo  de  vuestro  trato. 
¡Ay  qué  indinas  son  las  ratas 
Que  quieran  comerse  al  gato! 

Y  en  medio  de  las  contradicciones  de  este  carácter, 
que  con  tan  confusas  líneas  hemos  querido  bosquejar, 
el  lépero  es  valiente:  odia  la  ingratitud  y  la  perfidia 


296 

con  sus  aparceros^  precia  de  desinteresado  yes  muy 
raro  que  delate  al  cómplice  y  que  abandone  al  amigo 
en  la  desgracia. 

En  su  mente  se  agita  el  caos.  Supersticiones  bes- 
tiales, torcidas  máximas  morales,  ideas  obtusas  de  li- 
bertad y  derechos,  confabulaciones  para  el  robo  con 
los  santos  y  santas ....  la  mar!  Pero  lo  típico  de  e?ta 
confusión  lo  vamos  á  ver  patente,  andando  los  tiempos 
en  la  época  de  la  Reforma. 

Con  frecuencia  he  visto  establecer  paralelos  y  com- 
paraciones entre  el  curro  andaluz  y  el  lépero  mexica- 
no, y  aunque  se  insiste  en  encontrar  rasgos  parecidos 
yo  creo  que  en  mucho  se  ha  modificado  el  tipo  español 
debido  á  los  muy  diferentes  medios  de  desarrollo  de 
los  dos  originales; 

El  manólo  es,  según  lo  que  he  leído,  alegre,  fanfa- 
rrón, enamorado  y  manirroto,  supersticioso  y  burlón, 
de  imaginación  ardiente  y  apasionado  de  la  hipérbole 
y  el  epigrama;  le  carga  el  señorito,  pero  acata  las  cla- 
ses; odia  á  los  extranjeros  y  no  so  mete  en  la  política 
platónica  sino  cuando  algún  personaje  le  hace  el  ene- 
migo de  su  gente. 

El  lépero  mexicano,  mestizo  casi  siempre,  es  afecto 
á  los  placeres  ruidosos;  pero  se  retrae,  atiza  el  júbilo 
y  tiende  su  red  interesado;  se  finge  sumiso  y  hasta  vil 
con  su  enemigo  mientras  no  se  le  puede  emparejar 
entonces,  repentinamente  se  vuelve  insolente  y  le  ma- 
ta; adora  en  las  mujeres,  pero  pocas  veces  se  acuar- 
tela con  una.  Se  aviene  perfectamente  con  la  manee- 


297 

bta  y  si  se  casa  tiene  su  aquella  y  la  otra  sin  amar  la 
vida  de  familia,  y  siendo  su  encanto  la  calle  y  los  va- 
ledores. 

Valiente  con  inteligencia  clara,  con  aspiraciones  á 
la  riqueza;  á  poco  que  se  civiliza,  entra  á  la  política  y 
se  codea  con  las  personas  distinguidas.  Así  se  opera 
la  metamorfosis  del  lépero.  Repugna  la  traición,  ama 
á  la  madre,  respeta  á  la  mujer  legal  y  tiene  rasgos 
de  gratitud  nobilísimos. 

El  manólo  es  más  ingenioso  y  más  inofensivo;  el  lé- 
pero más  concentrado  y  más  peligroso.  De  un  lépero 
puede  brotar  un  héroe.  De  un  manólo  ó  curro  se  for- 
ma un  tipo  inmortal,  como  Manolito  Gázquez. 


De  37  á  40. 


Tomemos  resuello,  cambiemos  equipo  y  tendamos 
la  mano  á  nuestra  memoria  para  que  nos  conduzca  á 
los  palacios  y  academias,  á  las  mansiones  de  los  pro- 
ceres, á  los  modestos  gabinetes  do  los  sabios  y  á  las 
tertulias  en  que  todas  estas  entidades  se  mezclaban 
delineando  las  facciones  de  nuestra  sociedad. 

Como  acaso  me  dificultara  el  benévolo  lector,  aun- 
que no  era  de  todo  extraño  á  la  epidemia  política  que 
nos  ha  invadido  hace  tantos  aflos,  no  obstante  que  en 
México  se  ha  modificado  cierto  refrán  que  dice:  «de 
médico,  poeta  y  politiquero,  quien  no  sabe  vale  cero,» 
y  á  pesar  del  roce  académico  con  gente  de  espada  y 
con  proceres  del  gran  teatro  del  mundo,  me  importa- 


298 

ban  una  higa  los  cambios  políticos  y  las  peripecias 
palaciegas,  conforme  con  mi  importancia  de  escribien- 
te y  mi  vida  airada  de  capense.  Así  es  que  veía  pasar 
á  lo  lejos  y  como  figuras  de  sombra  chinesca  á  D.  Jus- 
to Corro  con  su  beatífico  semblanto  y  su  comitiva  de 
santurrones  graves  y  circunspectos,  y  á  D.  Miguel  Ba- 
rragán, elegante,  fino,  caballeroso,  que  había  figurado 
honrosamente  en  la  capitulación  de  Ulúa,  que  había 
refinado  en  sus  viajes  por  Europa  sus  conocimientos 
y  modales,  y  cuya  muerte  fué  umversalmente  sentida. 

La  enfermedad  del  Presidente  Barragán  puso  en  ac- 
ción los  adelantos  médicos,  y  la  gente  ensalzaba  la  sa- 
biduría y  las  nuevas  curaciones  que  se  planteaban. 

Apenas  murió  el  Sr.  Barragán  y  anunció  el  cañón 
tan  funesto  acontecimiento,  se  transformó  el  hoy  Sa- 
lón de  Embajadores  de  Palacio  en  capilla  ardiente, 
tapizada  de  negro  paño  y  cubiertos  balcones  y  puer- 
tas, de  modo  que  la  luz  rompía  un  muro  de  tinieblas. 

De  trecho  en  trecho  se  colocaron  magníficos  altares 
vestidos  de  negro  y  oro  y  altos  blandones  con  robustos 
cirios  en  cada  uno  de  ellos.  En  esos  altares  por  tres 
días  se  estuvieron  diciendo  misas  constantemente  y 
en  el  del  fondo  se  oían  cantos  mortuorios. 

En  el  centro  de  la  pieza  y  en  medio  del  piélago  de 
luz  se  veía  el  ataúd  del  cadáver. 

El  difunto  Presidente  vestía  riguroso  uniforme;  á  su 
semblante  le  había  comunicado  animación  el  artificio, 
y  parecía  que  sus  ojos  de  esmalte  imponían  silencio  y 
ordenaban  recogimiente  religioso  á  la  concurrencia. 


299 

Sus  ayudantes,  con  sus  espadas  desnud-as,  le  custodia- 
ban como  estatuas  de  sombrero  de  tres  picos,  charrete- 
ras y  bota  fuerte. 

Aquel  era  el  primer  espectáculo  de  su  género  que 
veía  México  independiente. 

La  facultad  médica  de  México  venía  reluchando  y 
dando  tumbos  por  establecerse  desde  1833.  Bajo  la 
presidencia  del  Dr.  Gral.  D.  Casimiro  Licéaga,  patriota 
eminente  y  grande  amigo  de  los  liberales  más  ameri- 
tados. 

Sin  hogar  ni  asiento  pasaron  los  hijos  de  Esculapio 
del  convento  de  Betlemitas  al  del  Espíritu  Santo;  de 
allí  á  San  Ildefonso,  donde  tuvo  nombre  de  Escuela 
de  Medicina;  en  menos  de  un  periquete  dio  un  salto  á 
San  Juan  de  Letrán,  donde  parece  que  perdía  el  fuero  y 
se  refugió  en  San  Hipólito,  donde  por  íin  se  organizó. 

Los  grandes  fundadores  que  al  íin  realizaron  los  pro- 
yectos de  Licéaga,  Escobedo,  Carpió  y  Benítez,  fueron 
D.  José  Ignacio  Duran,  D.  Ladislao  de  la  Pascua,  D.  Leo- 
poldo Río  de  la  Loza,  D.  Francisco  Ortega,  D.  Miguel 
Jiménez  y  no  recuerdo  quiénes  otros  más. 

En  ese  padrón  científico  y  patriótico  señalaba  la  gra- 
titud pública  verdaderas  eminencias,  hombres  de  sa- 
ber y  de  virtudes  que  dieron  sólido  cimiento  á  los  ade- 
lantos que  ha  hecho  la  medicina  en  México. 

Escobedo,  por  ejemplo,  era  un  hombre  al  parecer 
brusco  y  adusto,  de  color  moreno,  sienes  deprimidas, 
ojos  hundidos  y  pómulos  salientes,  hablaba  escuchán- 
dose y  tenia  actitudes  gravedosas  y  teatrales. 


300 

Aquel  hombro,  repelente  á  primera  vista,  era  un  ma- 
nantial de  ternura  inagotable.  Apenas  se  reservaba  lo 
preciso  para  una  decente  subsistencia  y  todo  lo  demás 
lo  distribuía  entre  los  pobres,  pero  tan  en  silencio,  tan 
sin  ostentación,  tan  ignorado  de  los  propios  beneficia- 
dos, que  era  realmente  una  delicia  seguir  sus  pasos 
Alentaba  á  los  estudiantes  y  les  daba  lecciones  y  li- 
bros; siempre  serio,  siempre  monosilábico  y  áspero. 
Cuando  vino  Jecker,  eminentísimo  cirujano,  asistió 
1  Escobedo  á  una  de  sus  operaciones,  sondeó  su  saber  y 

l  solicitó  ser  su  discípulo,  desnudándose  de  todo  amor 

¡  propio,  haciendo  que  diese  una  cátedra  en  la  Escuela 

y  fundando  bajo  bases  sólidas  y  fructuosas  el  estudio 
de  la  Cirugía. 

Espíritu  levantadísimo,  hombre  lleno  de  fe  en  el  por- 
nir,  reservado  á  la  ciencia,  alma  enérgica  para  ver  en 
cualquier  obstáculo  un  motivo  para  templar  el  espíri- 
tu y  renovar  su  esfuerzo,  y  sobre  todo  personificación 
del  sentimiento  de  amor  á  los  que  sufren,  Escobedo 
es  un  lucero  que  reverbera  en  primer  término  en  el 
firmamento  de  los  bienhechores  de  México. 

A  su  casa  no  sólo  asistían  estudiantes  aventajadísi- 
mos como  Lucio,  Pascua- y  otros,  sino  amigos  de  su  per- 
sona y  estudian tuchos  como  yo,  quien  veía  en  el  señor 
Escobedo  un  verdadero  benefactor  por  los  favores  que 
hacía  á  mi  desamparada  familia. 

Rio  do  la  Loza  era  otro  de  estos  obreros  estimables 
de  la  ciencia:  alto,  delgado  hasta  extralimitarse  de  fla- 
co, piel  amarilla,  ojos  hundidos,  actitud  doliente;  le 


301 

veo  ron  su  capa  con  cuello  de  nutria,  disertando  en  la 
cátedra  de  química  con  especial  estimación. 

También  veo  á  Jeeker  con  su  pelo  rubio,  con  sus 
manazas  rechonchas  y  acolchonadas,  sus  ojos  azules, 
su  cuerpo  obeso  poro  listo,  y  cierto  desparpajo  de  ten- 
dero que  era  una  admiración. 

Pero  en  las  operaciones  se  transformaba,  su  mano 
era  levísima,  su  bisturí  parecía  con  inteligencia  pro- 
pia; para  él  era  como  de  cristal  el  cuerpo  humano  y 
sus- triunfo»  era  el  último  que  los  apreciaba  sin  orgu- 
llo ni  jactancia.  Francote,  un  sí  es  no  es  desvergonza- 
do entre  amigos  y  santo  en  su  caridad,  en  su  paciencia 
y  su  amor  á  los  pobres. 

Era  buen  bebedor  sin  que  su  cerebro  padeciese,  y 
cuando  se  le  obstinaban  las  irritaciones  que  padecía, 
se  daba  baños  de  uno  y  dos  días,  diciendo:  esta  sí  es 
la  mayor  frescura  del  mundo. 

Habían  pasado  los  tiempos  del  protomedicato  y  del 
Dr.  Febles,  de  Cancino  y  Setina.  de  Becerril  y  de  Gua- 
pillo;  estos  dos  últimos  tipos  realmente  populares  con 
sus  igualas  en  los  principales  conventos  de  monjas 
y  sus  entradas  á  las  prisiones. 

Ya  se  había  abolido  la  muía  tradicional  y  el  anillo 
indispensable.  No  obstante,  Becerril  en  el  barrio  de 
Mesones,  y  Guapillo  en  el  de  la  Pila  Seca,  eran  como 
dos  puertos  en  que  se  salvaban  los  enfermos  pobres. 

Becerril  era  médico  ecuestre,  de  montura  y  escude- 
ro: cabalgaba  con  su  frac  azul  de  botón  dorado*  su  gran 
sorbete  y  su  chicote  para  arrear  al  paciente  jamelgo. 


302 


Sus  visitas  duraban  tres  horas;  le  decían  tata  los  ni- 
ños, y  él  soltaba  cada  latín,  que  dejaba  tirrios  á  sus 
pacientes. . . . 

«¡Cuando,  cuando  se  deshabite  ese  vientre,  cantare- 
mos la  victoria,  decía  á  las  casadas  jóvenes,  y  con  es- 
to quedaban  hechas  aleluyas!» 

Guapillo  era  un  hombrecillo  de  poco  más  de  vara 
de  alto,  pero  tan  ancho  de  pecho  y  tan  deforme,  que 
parecía  un  sapo,  erguido  en  dos  pies. 

Frente  que  pudiera  llamarse  tira,  ojos  que  podían 
cubrirse  con  dos  monedas  de  á  cinco  centavos,  una 
nariz  que  le  obligaba  á  tender  el  brazo  para  sonarla 
y  un  lleco  de  barba  de  pasamanería;  he  ahí  al  doctor. 
Al  hacer  cualquiera  exclamación,  los  músculos  de  su 
rostro  se  contraían,  y  eran  un  verdadero  fandango  sus 
facciones. 

Por  supuesto,  la  espalda  toda  era  una  joroba  feno- 
menal, un  Popocatepetl  de  carne  y  hueso. 

Al  mirar  aquel  conjunto,  apenas  se  podía  concebir 
que  fuera  un  alhajero  de  ciencias,  una  arca  de  bon- 
dades y  un  relicario,  ó  más  bien  dicho,  un  manantial 
de  chistes,  de  donaires,  de  anécdotas  y  de  antídoto? 
poderosos  contra  el  fastidio. 

Era  buen  gastrónomo;  su  bolsa  estaba  abierta  para 
todo  el  mundo. 

Una  vez  asaltaron  su  casa  los  ladrones,  y  despecha- 
dos de  no  encontrar  el  botín  que  codiciaban,  en  vez 
de  dar  tortura  á  Guapillo,  descolgaron  de  la  pared  un 
bandolón,  y  le  dijeron  que  si  no  bailaba  el  Jorobante* 


303 

(sonocho  que  se  bailaba  con  jorobas  postizas)  le  ma- 
tarían. 

Hicieron  círculo  los  ladrones. 

Pespunteó  el  bandolón  y  vino  el  canto: 

«Kn  la  esquina  de  Palacio 
Mataron  un  jorobado, 
Y  en  la  joroba  tenía 
Un  zopilote  parado. 

Meramente 
Jorobante 
Tipi tipi tipi tanto.  > 

Este  último  verso  se  acompañaba  de  lisuras  grotes- 
cas, chistes  y  cabriolas. 

El  doctor  desplegó  en  esto  tanta  gracia  y  tan  buen 
humor,  dijo  tantos  chistes,  y  se  captó  con  su  talento 
el  ánimo  de  los  ladrones.  . .  que  le  dejaron  en  paz. . . 
y  á  pocos  días  le  plagiaron  para  darle  un  banquete, 
pedirle  perdón  de  las  ofensas,  y  ofrecerle  sus  personas 
y  servicios. 

Pero  en  esa  galería  médica,  ningún  personaje  llama 
mi  atención  como  Don  Miguel  Muñoz,  padre  del  ilus- 
tre I)r.  I).  Luis  Muñoz,  fundador  también  de  la  Escue- 
la de  Medicina. 

No  salgo  garante  de  la  exactitud  verídica  de  lo  que 
voy  á  referir;  transmito  solamente  la  tradición  tal  como 
corría  y  propagaba  en  los  labios  del  vulgo. 

Por  los  años  de  ocho  ó  nueve  vino  á  nuestra  leal 
ciudad  de  México  Don  Francisco  Javier  Balmis.  iri- 


30i 

sigao  propagador  de  la  vacuna,  y  persona  do  alta  y  me- 
recida categoría. 

Para  cumplir  el  Sr.  Bal  mis  su  cometido,  trató  de  uie 
prender  relaciones  con  la  gente  del  pueblo,  los  curas 
y  las- personas  influyentes  en  los  barrios,  y  se  fuéá 
vivir  á  la  calle  del  Rastro,  muy  adecuada  para  su  ob- 
jeto. 

En  estas  cavilaciones  llegó  el  domingo,  y  mando  lla- 
mar al  barbero  más  inmediato  para  que  le  afeitase, 
arreglase  el  pelo  y  lo  pusiese  como  nuevo. 

Atinaron  á  llamar  al  Fígaro  más  afamado  de  las  in- 
mediaciones, personaje  con  establecimiento  rumboso 
en  que  no  faltaba  ni  el  yelmo  de  mambrino,  ni  el  es- 
calfador, ni  la  piedra  de  amolar,  ni  el  gallo  atado  á  la 
calza  y  con  el  maíz  al  frente. 

El  Fígaro  era  listo  y  desembarazado,  de  nariz  pun- 
tiaguda, como  lesna,  ojos  pequeños,  desmedrado  y  en- 
juto de  carnes,  boca  pequeña  y  como  recogida  con 
esfuerzo  en  sus  extremos,  y  mano  suave,  ligera  y  ex- 
pedita. 

El  Fígaro  entabló  conversación  con  el  Sr.  Balmes. 
quien  le  halló  tan  sesudo,  tan  instruido  en  cuanto  po- 
día convenirle  y  tan  adecuado  para  su  objeto,  que  le 
hizo  su  secretario,  su  confidente,  y  al  fin  su  amigo  pre- 
dilecto, y  no  podía  por  menos:  Don  Miguelito  era  ami- 
go del  cura,  compadre  del  Notario,  padrino  del  tendero, 
consultor  de  la  chimolera,  depositario  de  los  secretos 
del  señor  Conde,  y  ministro  sin  cartera  de  todos  los 
círculos  de  gente  de  valía  en  el  barrio. 


305 

El  barbero  en  aquella  época  no  sólo  tenía  la  inves- 
tidura que  su  nombre  indica,  sino  que  era  el  precursor 
del  dentista,  el  que  ponía  ventosas,  levantaba  cáusticos 
y  daba  las  unciones  de  Mercurio,  todo  con  carácter 
oficial;  pero  en  lo  extraoficial  recibía  consultas  de  jó- 
venes maltratados  por  el  amor,  vírgenes  desahuciadas 
por  la  fortuna,  ancianos  en  liquidación  de  achaques 
viejos,  hijos  de  familia  en  conflicto  y  sacerdotes  celo- 
sos de  disfrazar  sus  resbalones  mundanos. 

Cada  día  cobraba  el  Sr.  Balmis  más  alto  concepto 
de  su  confidente;  le'facilitó  libros,  le  dio  lecciones,  y 
en  menos  que  se  los  cuento,  elevó  al  rango  de  ciru- 
jano romancista  á  el  hábil  barberillo  de  la  calle  del 
Rastro. 

Muñoz,  con  superficialísimos  estudios,  guiado  por  su 
talento  clarísimo,  se  dedicó  á  observaciones  propias 
y  aplicaciones,  á  nuestros  hábitos,  á  nuestras  costum- 
bres, elementos  de  vida,  etc.,  no  obstante  ser  su  título 
de  puro  cirujano  romancista. 

Las  más  costosas  medicinas  las  simplificaba  ó  las  su- 
plía, desnudándolas  de  la  tecnología  científica;  los  pre- 
ceptos higiénicos  los  difundía  entre  los  indios  más  ig- 
norantes, y  desterraba  con  su  ejemplo  y  con  sus  prác- 
ticas la  multitud  de  errores  y  procedimientos  bárbaros 
para  los  partos  y  curación  de  enfermedades. 

Sus  estudios  sobre  la  alimentación  del  pueblo,  torti- 
tilla,  frijol,  pulque,  chile,  era  preciosísimo,  así  como  el 
aprovechamiento  de  yerbas,  aguas  termales,  etc.,  diri- 
giéndose por  la  tradición  azteca. 


306 

El  desdén  con  que  veían  al  antiguo  sacamuelas  los 
grandes  doctores,  la  timidez  natural  que  tenía  el  Sr. 
Muñoz,  desligado  de  toda  relación,  hicieron  que  no 
escribiese  lo  mucho  y  muy  bueno  que  hubiera  podido. 

No  obstante,  en  las  grandes  juntas  á  que  solía  con- 
currir el  Sr.  Muñoz,  había  un  momento  que  impulsado 
por  la  energía  de  sus  conocimientos,  hablaba,  triunfaba 
do  sus  rivales  y  aparecía  muy  superior  á  sus  émulos. 

Rompiendo  con  la  rutina,  guiado  por  su  instinto, 
iluminado  con  la  adivinación  del  genio,  introdujo  en 
la  curación  del  tifo,  de  las  heridas  y  de  la  tuberculo- 
sis, innovaciones  que  después  ha  confirmado  la  cien- 
cia como  verdaderos  aciertos. 

El  espíritu  de  caridad  hacía  de  Muñoz  no  sólo  el 
médico,  sino  el  sacerdote,  el  amigo  y  amparo  de  los 
pobres,  resignándose  con  su  mala  educación,  su  mu- 
gre, sus  ingratitudes  y  sus  hábitos  salvajes. 

Su  fama  se  extendía.  Aplicósoá  lascuracionesde  los 
ojos,  y  el  día  menos  pensado  apareció  inventando  un 
aparato  con  el  que  abatía  las  cataratas,  invento  que 
produjo  efectos  que  se  vieron  como  maravillosos. 

Poco  tiempo  después  de  esto,  perdió  Santa-Anna  la 
pierna,  defendiendo  á  Veracruz  (1838).  Se  encerró  ei\ 
su  estudio  Muñoz,  y  por  sí  y  sin  libros,  sin  modelo, 
construyó  una  pierna,  tan  perfecta,  con  tan  finos  resor- 
tes, con  muelles  tan  flexibles  adecuados  y  dóciles,  tan 
ligera,  al  mismo  tiempo  que  fuerte,  que  excitó  la  admira- 
ción de  los  sabios  y  de  los  mecánicos  y  el  obsequiado, 
con  que  era  entonces  Presidente  de  la  República,  la 


307 

usó  con  preferencia  á  las  piernas  mejores  que  le  remi- 
tieron de  Europa. 

Realmente  el  Sr.  Muñoz  era  un  genio;  pero  la  igno- 
rancia y  la  envidia  dejaron  sin  vigor  las  alas  con  que 
elevándose  hubiera  conquistado  renombre  inmortal. 

Muñoz  tenía  la  conciencia  pero  la  convicción  de  su 
ignorancia.  Así  es  que  dedicó  toda  su  atención  á  la 
educación  científica  de  su  hijo  Luis,  honra  por  su  sa- 
biduría y  virtudes  de  la  Escuela  de  Medicina. 


Médicos. — Boticarios.— Botica. — Estudiantes  de  medicina.— Boti- 
ca de  Peñúñuri.— Confusión  de  recuerdos.— El  Corpus.— Sas- 
tres militares. — Zapateros. — Tertulia  de  ancianas.  —  Revista 
social. — Educación  de  hombres  y  mujeres. — Costumbres.— Casa 
grande. — Mesa  de  malilla. — Fr.  Pingajo. — Burrifacio.— Hipócri- 
ta.— Barrera. —Abelardo. — Biabís.— Magdalen  o  Contingencia. — 
Academia. — Años  nuevos  de  38  y  39. — Amores  de  Rodríguez. 
D.  Bernardo  Couto.— Caldera  en  el  Teatro.— Temblor  de  Sta. 
Cecilia. — Translación  de  los  restos  de  Iturbide. — Virgen"  de  los 
Remedios. — Las  luces. — Cantos  populares. — El  jarabe. — El  Dor- 
mido.— Sonecitos.— La  Petenera. — La  manta. — El  gato.— Perico. 
— Zorcico. —  Baile  inglés. — Valse  del  amor.  —  Contradanza. — 
Canciones. — La  Poo. — El  ámbar. — El  susurro. — Los  enanos. — 
El  astillero.— El  atole.— El  Guajito.— El  Borrachito.<-El  Palo- 
mo.— Severiana. — El  Durazno. — Las  Balmas. — El  Bulaquito. — 
El  Aforrado.— La  Tuza.— El  Muñeco.— El  Telele.— El  Tapatío.— 
Los  patos. — El  palito. — La  cachucha. — La  maroma. — El  hacha. 
— Chistosos  de  estrados. — El  cuándo.— El  ciego  de  los  palitos. — 
Pastorelas  y  coloquios. — La  Política.— Explicación  de  José  Va- 
lente  Baz. — Los  periódicos.— Lima  de  Vulcano. — Civilización. 
— Academia  de  Letrán;  decadencia.— Basadre. — Zelaeta.—  Car- 
doso.  —  Mañero.  —  Alpuche.  —  El  Coronel  Yáñez.  —Castro. — 
Muerte  de  D.  Ramón  Rayón. — Posadas. — Recuerdos. 


Muy  curioso  y  muy  rico  de  enseñanza  serla  un  cua- 
dro completo  que  abrazase  la  reseña  científica  de  la 


I 

Í  310 


medicina  en  aquellos  tiempos  y  su  práctica  en  el  vul- 
go, cuando  la  vieja,  el  curandero  y  el  santo  milagroso 
entraban  en  serias  competencias  en  que  solían  salir 
tan  magulladas  y  llenas  de  averías,  las  ciencias,  la  mo- 
ral, las  buenas  costumbres  y  la  religión  misma. 

Yo  recuerdo  sólo  los  famosos  componedores  de  hue- 
sos que  á  tirones  curaban  torceduras  y  luxaciones,  los 
medicamentos  subrepticios  contra  las  enfermedades 
ocultas,  las  habas  de  San  Ignacio,  atole  del  Padre  Ver- 
dugo, pepitas  para  la  solitaria  y  yerbas  exquisitas  para 
orina,  entuertos,  cáncer  y  mal  de  corazón. 

Recuerdo  á  la  estupenda  partera  entrometida,  igno- 
rante y  audaz,  tal  como  la  describe  Periquillo,  con  su 
tenedor  bausán  y  su  silla  semicircular,  y  recuerdo  la 
pompa,  la  alegría  y  el  manantial  de  recursos  para  el 
médicoeldíadelapurga,  medicina, aviso  de  que  queda- 
ba terminada  la  curación,  y  era  día  de  chiqueos  al  en- 
fermo y  galas  al  médico,  consistentes  en  escuditos  de 
oro  en  las  casas  ricas,  en  grande  abundancia. 

El  médico  de  mi  barrio  era  un  tahúr  incorregible,  y 
el  día  queBirján  le  volvía  laespalda,  purgaba  á  sus  en- 
fermos á  troche  y  á  moche,  así  podía  tener  los  Cami- 
los á  la  cabecera  en  artículo  de  muerte. 

A  los  enfermos  se  los  enfloraba  la  mesa  y  se  les  ser- 
vían anisitos  y  panal  de  rosa  para  acompañar  el  agua. 

Por  lo  demás,  la  propina  del  matasanos  era  el  peso 
tirante  dado  á  una  criada  do  confianza  para  que  al  des- 
pedirse el  médico,  como  á  excusas,  y  en  el  portón  déla 
casa  lo  pusiese  en  manos  del  doctor. 


311 

Contaban,  con  este  motivo,  que  la  criada  de  una  ca- 
sa grande  cambiaba  por  menudo  el  peso,  mermándole 
medio  real,  un  día  faltó  la  criada  y  dieron  al  médico 
el  peso  duro,  él  devolvió  medio — ¿qué  quiere  decir 
esto,  le  preguntaron? — Que  esto  es  lo  que  recibo  dia- 
riamente, y  estoy  conforme   . . . 

En  el  cuadro  á  que  acabo  de  aludir,  debería  figurar 
concierto  realce  la  botica  yel  boticariodemis  tiempos. 
Ya  no  como  indicante  científico  ni  mucho  menos,  ya 
no  como  giro  mercantil  sino  como  vivac  de  estudian- 
tes veleidosos  y  diablinos,  como  punto  de  reunión  de 
médicos  populares  y  desocupados,  y  como  suplencias 
pedestres  de  la  medicina  en  consultas  íntimas,  casos 
fortuitos  y  necesidades  repentinas.  Hablaré  de  la  bo- 
tica de  que  era  yo  tertuliano. 

Aquel  estudiante  de  medicina  que  se  familiarizaba 
con  los  muertos,  y  se  valía  de  ellos  para  chascarrillos 
y  travesuras  que  asombraba  y  espantaba  ásu  familia  y 
relaciones  con  llevar  en  el  bolsillo  un  gargüero  des- 
hebrado,un  ojo  reventado  ó  una  oreja  en  conservación 
perfecta,  que  mostraba  á  las  veteranas  del  sexo  estam- 
pas tremebundas  del  mundo  interior  del  cuerpo  humano. 
Este  estudiante,  á  quien  ya  en  el  tercer  año  se  le  hacían 
consultas  y  recetaba  audaz  en  los  barrios  escondidos  y 
en  el  pueblo  de  indios  cercano;  este  chico,  siempre  sin  un 
centavo,  pero  consultor  de  seductores,  ídolo  de  las  vie- 
jas y  arca  de  los  secretos  pecaminosos  de  sus  amigos, 
era  un  diamante  precioso  para  la  crónica  y  para  la  charla- 
Por  supuesto,  el  boticario  llevaba  la  batuta  de  lachar- 


312 

la  y  solía  aclarar  paradas  con  una  sola  alusión  á  su 
ejercicio. 

— ¡Excelente  persona. ...  yo  no  le  quise  despachar 
sin  recetadnos  polvos  que  la  comprometían. 

— ¿Ve  Ud.  ese  santurrón  intolerante?. . . .  pues  con- 
sume más  azogue  que  el  que  da  el  almacén. 

— Yo  se  lo  que  le  digo  W. . . .  si  vieran  la  receta  de 
esta  mañana  para  la  respetable  señora  Marquesa 

Y  cada  medicina  era  una  delación,  una  intensidad, 
un  desengaño,  que  ponía  en  duda  virtudes  eminentes, 
alumbraba  trarnones  y  podía  citarse  como  cuerpo  de 
delito  ó  como  indicio  vehemente  de  las  poridades  me- 
nos sospechadas  por  el  común  de  los  mortales. 

En  esto  de  suplencias  y  quid  pro  quos,  era  nuestro 
amigo  un  lince  aunque  dieran  por  resultado  que  en- 
gordasen los  perros  con  la  cabalonga  que  expendía  y 
resultaran  cómicos  y  grotescos  los  suicidios  en  que  se 
complicaba  con  sus  drogas. 

En  un  extremo  del  mostrador  despachaba  sus  con- 
sultas; le  llevaban  niños  tísicos,  granos  obstinados,  de- 
dos incurables  y  chicas  de  dudoso  diagnóstico  y 

aquello  era  una  gloria! 

Mientras  nosotros,  los  tertulianos,  si  "hacía  calor,  to- 
mábamos alipur  con  nitro;  si  frío,  un  fajo  alcohólico,  y 
si  soplaba  viento  de  broma  y  expansión,  elíxir  de  ga- 
ruz  ó  cosa  semejante. 

Por  lo  demás,  el  negocio  era  magno;  había  un  puña- 
do de  yerbas  que  daba  un  quinientos  por  ciento,  y  era 
tal  la  excelencia  del  capital,  que  contaban  que  en  una 


313 

diversión  anunciaron  á  un  boticario  que  su  casa  se 
quemaba  y  que  el  propietario  dijo  muy  fresco:  como 
no  se  queme  el  pozo  poco  se  pierde. 

Por  lo  demás,  las  boticas  eran,  generalmente  ha- 
blando, sucias  y  fétidas,  no  faltaba  su  almirez  enorme 
ni  su  amoldador  de  pildoras;  pero  en  punto  á  labora- 
torios químicos,  apenas  se  contaba  el  del  profesor  Var- 
gas, á  quien  los  chicos  le  decían  Varguncio,  el  de  Don 
Leopoldo  Río  de  la  Loza  y  algún  otro. 

El  botamen  y  los  útiles  eran  de  mala  clase  y  no  se 
tuvo  idea  de  verdaderas  mejoras  sino  hasta  después  de 
1840  en  Dionisio,  Frizac,  Gumesindo  Mendoza;  y  últi- 
mamente Kaska,  Tinoco,  Patino  y  otros  han  dado  nue- 
vo ser  á  los  establecimientos  de  farmacia. 

Había  en  las  boticas  de  mis  tiempos  la  piadosa  cos- 
tumbre de  dar  medicinas  gratis  á  los  pobres,  mientras 
duraba  el  toque  de  ánimas  á  las  ocho  de  la  noche.  En- 
tonces eran  los  pedidos  de  ungüento  amarillo  para  un 
grano,  agua  cefálica  para  las  muelas,  tripa  de  judas, 
aquilón  gomado,  cuernecillo  para  alumbramientos, 
cuerno  de  ciervo,  flor  de  granado;  sin  que  dejara  de 
obsequiar  el  galante  farmacéutico  á  las  muchachas  bo- 
nitas y  los  niños  con  trocitos  de  azúcar  cande  ó  con 
codiciados  tamarindos  con  un  puftito  de  alhucemapara 
zahumar  la  ropa  ó  unos  trocitos  de  muitle,  salvia  pa- 
ra evitar  el  insulto  á  un  abuelo. 

Por  último,  el  boticario  era  al  médico  lo  que  el  de- 
pendiente de  juzgado  ó  tinterillo  al  licenciado. 

Recibía  consultas,  enderezaba  entuertos,  se  inicia- 


314 

ba  en  secretos,  disfrazaba  deslices,  y  el  niño  chico  y 
la  niña  con  sueño  y  desgano,  la  esposa  estéril,  el  frai- 
le destanteado  y  el  tenebroso  beato,  tenían  su  tesoro 
en  las  confidencias  y  drogas  del  boticario. 

De  la  botica  al  colegio,  del  colegio  al  fandango,  de 
allí  á  los  libros  graves  y  á  las  discusiones  de  los  sa- 
bios, de  un  salto  á  la  charla  de  bastidores,  de  otro  á  la 
academia  ó  á  los  salones  aristocráticos,  para  despenar- 
se en  el  figón  de  barrio  ó  en  el  velorio  del  populacho 
soez.  Esta  era  mi  vida. 

De  ahí  es,  que  cuando  quiero  fijar  mis  recuerdos,  pa- 
san á  mis  ojos  como  en  baile  carnavalesco  y  fantásti- 
co, arrebatados  en  carrera  vertiginosa  por  compases 
eléctricos,  grandes  damas,  guerreros,  chinas,  frailes, 
toreros,  cómicos,  músicos  y  danzantes,  y  todos  ellos 
como  que  corren  en  los  aires  y  se  borran  en  una  Ion* 
tananza  lejana  y  llena  de  tinieblas. 

Lo  que  lucho  por  caracterizar  y  no  acierto  cómo,  es 
la  fisonomía  de  aquella  sociedad  heterogénea,  formada 
de  secciones  completas,  pero  sin  relacionarse  con  las 
demás  que  formaba  conjunto  á  lo  lejos  y  de  cerca  se 
componía  de  lo  más  discímbolo,  por  ejemplo:  el  espa- 
ñol con  caudal  ó  empleo  y  protección  de  España  y  el 
español  antiguo  en  México,  postergado,  aunque  rico, 
con  sus  ínfulas  de  conquistador.  El  hijo  de  español 
aborreciendo  al  advedenizo  que  le  quitaba  posición  so- 
cial y  porvenir;  las  castas,  residuos  de  todas  las  mise- 
rias y  todas  las  impurezas  en  las  que  tenia  abrigo  el 
hijo  sacrilego  y  el  adulterino,  el  morisco  y  el  judaizante 


315 

y  los  indios  explotados  por  todos,  embrutecidos,  de- 
gradados, objeto  de  explotación  del  fraile  y  del  rico. 
De  esto  depende,  que  así  como  las  cuentas  sueltas  de 
vidrio  forman  imprevistas  y  preciosas  figuras  en  un  ca- 
leidoscopio, así  las  forman  estos  elementos  enumera, 
dos,  con  la  diferencia  de  que  en  este  caleidoscopio  que 
yo  finjo,  las  figuras  que  aparecen  son  monstruosas,  de? 
formes  y  rebeldes  á  toda  descripción  lógica  y  racional. 

Por  esta  causa,  y  muy  independientemente  del  espí- 
ritu de  partido,  se  trata  de  estudiar  la  influencia  del 
sentimiento  religioso  en  México,  porque  las  raices  de 
la  sociedad,  su  desarrollo,  sus  anomalías,  están  empa- 
padas en  sus  aguas,  crecen  y  se  desarrollan  en  su  at- 
mósfera, influyen  en  su  vida  y  constituyen  en  lo  inte- 
lectual y  en  lo  físico  un  modo  de  ser  inconsciente  y 
anárquico. 

La  gran  función  de  Nuestra  Santa  Madre  Iglesia  era 
el  Corpus. 

Con  mucha  anticipación  al  solemne  día  se  aumen- 
taba el  tráfico  en  cajones  de  ropa  y  talleres,  mesones 
y  casas  con  huéspedes. 

Tendíase  por  todo  el  gran  trayecto  por  donde  debía 
marchar  la  procesión,  un  ancho  toldo  de  lona  que  som- 
breaba el  centro  de  las  calles  y  corría  desde  el  costa- 
do occidental  de  Catedral  por  las  calles  de  Tacuba  y 
Santa  Clara,  daba  vuelta  por  las  calles  de  Vergara  y 
se  dirigía  por  la  Profesa  y  calles  de  Plateros  á  la  puer- 
ta principal  de  la  Basílica. 

Las  calles  todas  que  recorría  la  solemne  procesión 


316 

se  adornaban  lujosamente;  de  las  canales,  que  enton- 
ces eran  exteriores,  pendían  gallardetes  y  bandillas;en 
los  balcones  se  colgaban  profusas  cortinas  blancas,  ce- 
ñidas de  listones  blancos,  azules  y  escarlata;  de  acera 
á  acera  y  á  cortos  trechos  se  suspendían  cordeles  de 
que  pendían  lienzos,  tápalos,  pañuelos,  frutas  y  palo- 
mas y  regaban  el  suelo  flores  y  hojas  color  de  oro  de 
Cempoaxochitl  que  formaba  tapiz  verdoso  y  alegraba 
la  vista. 

En  la  calle  de  Tacuba,  en  la  de  Santa  Clara,  Verga- 
ra  y  Plateros,  se  levantaban  grandes  posas  en  que  ha-       ¡ 
cía  parada  la  procesión  para  los  cánticos  eclesiásticos. 

Lasjposas  eran  suntuosos  altares  improvisados  al  aire 
libre  con  sus  ornamentos  de  oro  y  sus  brocados  riquí- 
simos, grandes  blandones  de  plata,  colosales  cirios  y 
un  espejo  para  que  sirviese  de  respaldo  á  la  custodia, 
llenándose  las  gradas  del  altar  con  macetas  exquisitas 
y  naranjos  sobre  la  alfombra  próxima  al  altar. 

Al  llegar  la  procesión  á  cada  posa  tocaban  alto  los      l 
clarines;  el  sacerdote,  portador  de  la  custodia,  la  depo- 
sitaba en  el  altar,  acudían  músicos  y  cantores  y  se  en- 
tonaban himnos  en  medio  del  entusiasmo  religioso. 

Pegadas  á  las  paredes  se  colocaban  sillas,  y  en  los 
zaguanes  amplios  se  armaban  gradas  para  la  concu- 
rrencia, en  la  parte  exterior  de  los  balcones  también 
se  colocaban  asientos,  entre  macetas,  floreros  y  espe- 
jos. El  conjunto  era  de  lo  más  animado  y  pintoresco, 
constituyendo  antes  y  después  de  la  procesión  un  paseo 
delicioso  en  que  circulaban  millares  de  vendimias,  ju- 


317 

guetes  y  refrescos,  proclamadas  en  todos  los  tonos  y 
encarecidas  en  todas  las  instancias. 

La  multitud  de  gente,  la  variedad  de  trajes,  la  diver- 
sidad de  tipos  y  el  aire  de  fiesta  de  contento  y  zandun- 
gá  que  á  todo  comunicaba  vida,  hacían  de'  la  solemni- 
dad de  Corpus  uno  de  los  espectáculos  de  mayor  gran- 
diosidad y  atractivo. 

El  repique  atronador  de  las  campanas,  el  ronco  es- 
tampido de  los  cañones  y  el  vibrar  de  los  clarines 
anunciaban  la  salida  de  la  procesión. 

Rompían  la  marcha  soberbios  batidores  en  los  arro- 
gantes caballos  con  jinetes,  con  sus  morriones  y  espa- 
das, sus  carabinas  terciadas  á  la  espalda  y  sus  barbas 
postizas  que  los  ahogaban;  pero  que  según  los  sabios 
en  cosas  de  guerra,  les  daban  gallardía  y  severidad. 

Las  escuelas  municipales  y  gratuitas,  las  parroquias 
con  sus  cruces  altas  y  ciriales,  las  cofradías  con  sus 
atributos,  recuerdos  de  los  antiguos  gremios,  los  hos- 
picianos con  sus  uniformes  desgobernados  y  ridículos, 
los  Trinitarios  vestidos  de  escarlata,  los  Padres  Francis- 
canos con  sus  hábitos  azules,  los  Dominicos  de  blanco 
y  negro,  los  padres  Mercedarios,  blancos  como  .nieve, 
los  siervos  Carmelitas  con  el  color  de  su  nombre,  los 
Agustinos  copetudos  y  listos  ....  todos  bajo  sus  estan- 
dartes, con  sus  velas  de  arandela  encendidas,  sus  mos- 
queteros los  más  y  algunos  sus  flores. 

Era  de  verse  aquel  claustro  de  doctores  con  sus  ca- 
pas de  seda  con  mangas  y  sus  grandes  bonetes  en  que 
estaban  las  bortas,  de  un  color  los  médicos,  de  otro 


318 

los  teólogos,  de  otro  los  jurisperitos  y  los  filósofo?. 
Los  utroquejuris  tenían, una  distinción  especial. 

Cerraban  la  prolongada  y  numerosa  comitiva  hile- 
ras de  caballeros  de  la  mas  distinguida  sociedad,  con 
sus  fracs  negros  ó  de  color  y  botón  dorado,  diamantes 
en  las  pecheras  de  las  camisas,  borceguíes  de  punta 
trozada  y  bastones  con  puño  de  oro  y  borlas,  si  el  per- 
sonaj  e  representaba  autoridad.  En  último  término,  enhi- 
leras  simétricas  y  llenas  de  compostura  se  veían  multitud 
desacerdotes  revestidosconsus albas  deanchos  encajes 
y  sus  casullas  blancas  con  galones  y  bordados  de  oro. 

Como  la  gran  comitiva  iba  en  hileras,  veíase  despe- 
jado el  centro  de  la  calle  ocupándolo  multitud  de  ni- 
ños vestidos  de  ángeles  con  sus  alas  blancas  y  sus  pe- 
nachos de  riquísimas  plumas,  almas  gloriosas  con 
profusos  velos  de  punto  blanco,  indios  con  sus  huaca- 
les preciosos  y  su  imitación  perfecta  del  natural  é  in- 
ditas con  sus  huípiles  y  malacas,  y  niños  vestidos  de 
frailes  muy  monos  remedando  graves,  acaso,  á  los  au- 
tores. .  .de  su  disfraz;  todos  estos  niños  llevaban  ca- 
nastillosó  charolas  llenas  de  flores  queiban  derraman- 
do alegres  por  toda  la  carrera  de  la  procesión  y  la 
Tarasca  ejecutando  farsas  indecentes. 

El  centro  lo  ocupaba  bajo  tendido  palio  con  varas 
de  plata  que  sostenían  proceres  eminentes,  el  sacerdo- 
te conductor  de  la  custodia  que  era  un  sol  en  su  rever- 
beración de  piedras  preciosísimas,  regalo  de  un  mine- 
ro Borda,  de  Tasco,  dueño  de  la  casa  esquina  de  San 
Francisco  y  calle  del  Coliseo. 


*19 

Detrás  del  Divinísmo  marchaba  la  comitiva  civil,  y 
en  primer  término  descollaba  el  Presidente  de  la  Re- 
pública entre  plumas  tricolores,  sombreros  de  tres  pi- 
cos, entorchados,  espadas  y  banderas.  Esta  segunda 
sección  la  cerraban  los  coches  de  Nuestro  Amo,  con 
sus  cocheros  que  eran  condes,  duques  y  altas  dignida- 
des, vistiendo  ese  día  con  extraordinario  lujo  y  llevan- 
do sus  sirvientes  al  estribo. 

Las  músicas  militares,  los  cuerpos  de  artillería,  in- 
fantería y  caballería  y  la  multitud  que  se  agolpaba  ó 
se  retiraba  en  oleaje,  completaban  el  cuadro  que  co- 
braba animación  inexplicable  con  los  repiques,  las  mú- 
sicas, el  sonido  de  los  clarines,  los  gritos  de  las  ven- 
dimias, el  flotar  de  gallardetes,  cortinas  y  banderas,  y 
el  gentío  que  revestía  la  calle,  se  derramaba  en  bal- 
cones y  ventanas  y  coronaba  las  azoteas  bajo  inmen- 
sos paraguas  azules,  colorados  y  verdes. 

La  afluencia  de  foráneos,  las  confecciones  de  trajes 
para  las  fiestas,  las  compras  de  objetos  varios  para  las 
cuelgas,  las  invitaciones  para  ver  las  procesiones  que 
querían  decir  refrescos,  banquetes,  conciertos  y  bai- 
les, etc.,  activaban  el  comercio  de  una  manera  bené- 
fica, difundiendo  el  bienestar  y  el  contento  en  todas 
las  clases  sociales. 

Los  sastres  militares  hacían  sus  cosechas  en  unión 
de  tiradores  de  oro  que  les  suministraban  galones,  en- 
torchados, charreteras. 

Estaban  al  sepultarse  en  el  olvido  los  Cienfuegos  y 
los  Gómez;  acababa  de  pasar  la  preponderancia  de  Ti- 


320 

jera  de  Burguichani,  célebre  por  sus  carrieles  y  sus 
pantalones  aclarinados;  italiano  alegre  y  simpático, 
que  mezclando  malamente  palabras  de  su  idioma  na- 
tal, de  francés  y  de  español  desfigurado,  se  formó  un 
idioma  especial  que  cobró  el  nombre  de  lengua  de  Bur- 
guichani.  Había  ya  enaltecido  el  oficio  Lucas  Balde- 
ras,  sastre  patriota,  honradísimo  y  hábil,  que  hecho 
inspector  de  milicia  cívica,  descansaba  de  sus  fatigas 
militares  con  la  medida  y  la  tijera,  complaciendo  fino 
y  alegre  á  sus  numerosos  parroquianos. 

Ahora  las  sastrerías  de  buen  tono  estaban  instaladas 
en  la  calle  del  Refugio,  y  una  que  otra  en  la  del  Espí- 
ritu Santo  y  Plateros. 

En  la  primera  se  veía  al  portugués  Acuña  con  su 
clientela  de  oficiales  y  gente  de  trueno;  á  Lorcini,  cu- 
ya esposa  traía  con  los  cascos  trastornados  á  los  fo- 
garlijos  de  la  época;  á  Nevramont,  liberal  para  el  cré- 
dito á  los  necesitados;  á  Campardon,  instalado  ya  en 
el  Portal,  conservando  su  preponderancia  en  trajes  y 
arreos  militares,  y  á  Togno,  cuya  esposa  era  la  modis- 
ta sin  rival  y  una  especie  de  sacerdotisa  de  la  elegan- 
cia y  el  buen  tono. 

La  moda,  aunque  menos  voluble  y  exigente  que  hoy, 
que  la  frecuencia  de  las  comunicaciones,  los  periódi- 
cos ad  hoc  y  el  aumento  de  sus  secuaces  la  hace  más 
escrupulosa,  era  notable. 

Usaban  los  catrines  una  especie  de  frac  redondo, 
con  el  pecho  abultado  y  duro,  como  con  armazón  de 
fierro;  las  mangas  tan  estrechas,  que  en  la  parte  inte- 


321 

rior,  se  abrían  y  se  sujetaban  á  la  sangradera  con  bo- 
lones pequeños  de  metal;  los  botones  dorados  del  frac 
Qran  poco  más  grandes  que  un  peso. 
.  El  pantalón  era  estrechísimo,  y  tenía  adherida  la  po- 
laina con  botones  á  la  orilla  del  pie;  por  supuesto,  que 
los  tirantes  no  faltaban  bajo  el  chaleco,  que  apenas 
llegaba  á  la  mitad  del  pecho,  completando  el  figurín 
ancha  corbata  de  terciopelo,  atada  con  hebilla,  y  un 
peinado,  que  sin  destronar  la  furia,  anunciaba  la  raya 
partida. 

Los  hermanos  Legorreta,  llamados  los  Vizcaínos,  eran 
los  zapateros  de  más  renombre. 

Rinconeli,  es  decir,  el  sastre  acomodaticio  y  condes- 
cenderé, existía.  Estaba  en  todo  su  auge  Leoncito, 
como  sastre  de  calzoneras  y  trajes  de  charro,  y  aun 
no  había  invadido  la  ropa  hecha  los  dominios  de  San 
Homobono  con  escándalo  del  oficio  y  vergüenza  y  ho- 
rror de  los  recuerdos  de  los  gremios. 


Suele  acontecer,  atravesando  las  inmensas  llanuras 
del  Norte  de  nuestro  país,  que  repentinamente  se  dis- 
paran en  encontradas  direcciones  caudalosos  remoli- 
nos de  polvo,  que  barriéndose,  retorciéndose,  levantán- 
dose y  derramándose,  borran  las  distancias,  confunden 
los  objetos,  dislocan  los  paisajes,  y  hay  un  momento 
que  parecen  flotar  y  revolverse  en  el  espacio,  árboles 
y  sembrados,  chozas  y  montañas,  que  contemplamos 
como  acometidos  de  un  vértigo;  así  me  invaden  al  ha- 


322 

cer  este  alto  en  mis  recuerdos,  tradiciones  y  memorias, 
cosas  de  vidas  sabidas  ó  con  insubstancialidad  pasa- 
das, historias  y  consejas,  milagros  y  encantamientos. 

Tal  por  ejemplo:  de  una  tertulia  de  ancianas  devo- 
tas, favorita  de  la  señora  mi  madre,  en  que  se  lucía  un 
enamorado  jubilado  y  unBun  Bun  de  la  época  de  la  in- 
surgencia;  una  solterona  nerviosa  y  de  mal  genio,  de  ojo 
de  pájaro,  cuello  de  canuto  y  color  de  hoja  seca  de  no- 
gal, en  que  galleaba  una  mercadela,  que  podía  borlarse 
enachaques  de  crónica  escandalosa  con  su  válgame 
Dios  y  su  vara  de  lástima,  y  en  que  con  sus  gestos  y  su 
elocuente  silencio  todo  lo  reprobaba;  una  viejecita  ayu- 
nadora y  escrupulosa  con  sus  sospechas  de  silicio,  y 
sus  arranques  de  éxtasis  en  la  oración  mental,  aunque 
golosa  y  entrometida;  de  esas  tertulias,  digo,  sobrena- 
dan en  mi  mente  los  cuadros  de  la  aurora  boreal  y  de 
las  muertes  de  Dongo  en  la  calle  de  Cordobanes,  el  co- 
che de  lumbre  que  recorría  desde  la  Viña  hasta  las 
calles  del  Estanco  Viejo;  la  llorona  que  atravesaba  gi-  I 
miendo  desde  la  calle  de  la  Buena  Muerte  hasta  el  Ca-  ! 
nal  de  la  Viga,  y  los  espantos  del  callejón  del  Muerto,  ! 
y  la  casa  de  Aldasoro,  cerca  del  Paseo  de  Bucareli.  j 

Los  duendes  y  las  brujas  hacían  su  papel  interesan- 
tísimo en  las  tertulias  que  describo;  algunos  de  los 
primeros,  escurridizos  y  traviesos;  las  segundas  impla- 
cables, cabalgando  por  los  aires  en  sus  escobas,  y  des-       j 
cendiendo  á  chupar  la  sangre  de  los  niños. 

No  es  para  valuada  la  riqueza  inmensa  de  milagros,       I 
ni  la  supuesta  intervención  de  ángeles,  muertos  y  de-       ( 


32H 

monios-en  to&actos  todos  de  la  vida,  porque  aquello 
era  un  mar  de  cuentos»  ua  infinito  de  profanaciones, 
de  chismes  y  de  embustes. 

Respecto  al  primer  punto  era  para  llena»  tamos  en- 
teros las  travesuras  de  la  Virgen  de  los  Remedios  y 
los  chascos  que  les  pegaba  á  Juan  Bernardino  y  fami- 
lia; ellos  por  aprisionar  la  imagen,  y  la  Virgen  por  es- 
caparse y  encaramarse  en  el  maguey  prodigioso,  que 
fué  como  el  corazón  de  su  famoso  templo. 

Aquella  mano  negra  que  dejó  cierto  condenado  en 
Balvanera,  á  aguisa  de  tarjeta  para  escarmiento  de  pi- 
caros; aquel  San  Roque  de  palo  quitándose  el  sombre- 
ro al  pasar  el  Papa,  pidiéndole  su  canonización;  aque- 
lla Virgen  de  la  Candelaria  atrapando  al  caco  de  una 
oreja  mientras  éste  quería  despojar  á  la  imagen  de  sus 
aretes  de  diamantes;  aquel  Señor  de  Regina,  resistente 
á  la  curación  de  las  heridas  que  le  hicieron  unos  judíos 
en  un  día  que  les  pedía  el  cuerpo  bronca;  aquel  San  Vi- 
cente Ferrer  con  dolores  de  alumbramiento;  aquel  San 
Juan  Nepomuceno  con  la  lengua  entre  el  pulgar  y  el 
índice,  predicando  el  secreto;  un  San  Antonio  que  de- 
rramaba lluvias  de  milagros,  y  en  las  pinturas,  un  bu- 
rro arrodillado  ante  la  custodia;  un  pecador  arrojando 
sapos  y  culebras  por  la  boca  en  castigo  de  los  pecados 
que  se  habían  ocultado  al  confesor. ...  y  en  esa  atmós- 
fera y  con  esas  sombras  se  creía  alimentar  el  espíritu 
cristiano  y  hacerse  las  almas  dignas  de  la  bienaventu- 
ranza. 

Como  es  de  suponerse,  lo  más  preponderante  y  pres- 


324 

tigiado  en  esa  tertulia  era  la  crónica  de  los  sacerdo- 
tes y  sus  familias,  chismes  de  sacristía  y  de  conventos, 
pulpito  y  confesionario,  y  mandas  piadosas,  peniten- 
cias, expiaciones,  etc. 

Había  entre  las  familias  clericales  verdaderas  coad- 
jutoras  de  curas  y  capellanes,  que  sabían  prepararlos 
paramentos,  según  lo  prevenido,  para  santos  mártires; 
misas  de  panegírico,  de  difuntos,  etc.,  etc.,  y  era  un  en- 
canto ver  á  esa  entidad  femenina  abreviar  trámites, 
cuidar  del  acetre,  graduar  el  incienso  y  tener  á  raya 
á  acólitos  y  cantores. 

El  sacristán,  dulce  y  expansivo,  sabía  las  horas  que 
cada  padre  se  sentaba  á  confesar  ó  decía  misa,  sus  re- 
laciones, sus  hábitos,  los  regalitos  que  eran  más  de  su 
agrado  y  el  altar  que  prefería  para  celebrar.  Ese  per- 
sonaje era  quien  procuraba  los  mejores  lugares  en  las 
funciones,  quien  regalaba  medallas  prodigiosas,  y  quien, 
dándose  sus  escapadas  en  lo  mundano,  advertía  á  la 
niña  de  la  aparición  del  novio  ó  de  la  inesperada  pre- 
sencia del  marido,  todo  con  un  tercerillo  en  las  manos 
ó  unas  vinajeras  por  llenar,  ó  unos  amitos  para  darlos 
a-encarrujar  á  una  china  tan  fervorosa  en  lo  temporal 
como  en  lo  eterno.         ' 

Por  más  que  apurara  mi  caletre  y  poseyera  á  la  vez 
las  gracias  de  la  musa  infantil  y  los  donaires  de  la  plá- 
tica sabrosa  de  la  mujer  de  talento,  no  daría  ni  remo- 
ta idea  de  las  confidencias  de  las  señoras  doctas  sobre 
exámenes  de  conciencia  y  pecados  que  los  niños  con- 
sultaban, levantando  cada  falso  testimonio  á  la  doctri- 


325 

na  que  temblaba  el  mundo,  tanto  más  si  era  la  guía  el 
Padre* Jaén  ú  otros  por  el  estilo,  que  son  como  manua- 
les para  aprender  todo  lo  indecente  y  lo  debido  ignorar. 
c     — Mamá,  ¿he  cometido  yo  esto  del  abigeato? 

— Según,  hijo:  si  has  estado  fuera  de  la  iglesia,  no. 
Borque  la  mamá  estaba  en  la  inteligencia  que  el  abi»- 
geato  (que  es  el  robo  de  bestias)  era  una  cosa  como 
sacrilegio . . . 

Y  era  lo  de  los  padres  de  mal  genio  y  los  que  ha- 
blaban de  modo  que  los  que  rodeaban  el  confesiona- 
rio se  impusieran  de  los  secretos  más  íntimos. 

Entre  los  oradores,  figuraban,  como  ya  hemos  dicho, 
Ormaechea  y  Moreno,  Rincón  y  Fray  Ángel,  así  como 
el  Padre  Hernández  y  el  señor  Obispo  Madrid  que  te- 
nía gran  grupo  de  admiradores. 

Se  remedaban  en  el  círculo  á  los  padres  Tali  y  Abo- 
lafia  que,  en  la  cátedra  del  Espíritu  Santo,  cantaban  y 
dialogaban  como  los  amantes  ó  hacían  las  contorcio- 
nes délas  coquetas,  sin  olvidar  al  candido  padre  Pérez, 
alma  de  Dios,  que  pronunciaba  la  r  por  l  y  decía  llenó 
de  santo  fervor: 

— ¿Qué  cleían  Uds.que  hacía  la  Vilgen  cuando  la 
Anunciación  del  ángel?  ¿qué  tendlía  en  la  mano?  ¿un 
abaniquito  como  Uds?  ¿una  novelita  culiosa?  ¿un  dije 
de  estos  que  codician  las  jóvenes?. . , ,  Nada  de  eso, 
tenía  una  calabelita,  glandísimas  blutas,  pala  pensal 
en  la  muelte. ...  y  por  el  estilo,  se  formulaban  críti- 
cas sobre  oratoria  Sagrada,  y  pasaban,  con  el  disfraz 
de  santidad,  verdaderas  blasfemias.- 


326 

Si  tomaba  la  palabra  la  anciana  ex-bella,  la  ex-rica, 
la  de  noble  estirpe  en  su  florida  juventud,  cortejada 
por  nobles  y  acaudalados  mayorazgos,  y  oidores  sesu- 
dos, mimada  por  lumbreras  y  potestades  de  la  Iglesia, 
rosa  de  oro  de  los  festines,  ornato  y  gala  de  los  bailes, 
edificación  de  templos,  y  encanto  de  espectáculos  y 
paseos,  conservado  aún  el  caracol  vergonzante  y  la  te- 
nacilla de  oro  para  fumar  cigarros  de  á  once  finos,  era 
como  asomarse  á  las  intimidades  de  la  gente  de  sangre 
azul  é  iniciarse  en  sus  más  imperceptibles  poridades. 

Ella  pintaba  al  varón  titulado  entre  frailes  y  tahú- 
res chalanes  y  mujerzuelas  perdidas,  derrengándose 
en  un  coleadero,  apadrinando  al  hijo  del  torero,  del 
cómico,  etc.,  ó  contrayendo  relaciones  extraoficiales  tan 
llenas  de  peligros  como  dispendiosas. 

Pintaba  con  admirable  verdad  de  coloridos  la  doble 
faz  de  estos  tipos  ceremoniosos  y  afiligranados  en  su 
trato,  con  los  grandes  sus  iguales,  é  ignorante,  obsceno, 
soberbio  y  caprichoso  con  sus  inferiores;  ella,  por  úl- 
timo, juntaba  la  transformación  de  joven  libertinaje  y 
viejo  rezandero,  con  sus  camándulas,  sus  hijos  bastar- 
dos y  su  sumisión  á  los  frailes. 

En  cuanto  á  la  niñez  y  su  comercio  con  las  monjas, 
descubría  curiosas  poridades;  tenía  su  muñeca  vestida 
de  monja,  su  perrito  faldero  y  su  bastidor  para  bordar. 
A  pocas  se  permitía  la  escritura,  y  el  maestro  de  baile 
y  la  maestra  de  piano  forte,  que  las  más  veces  era  ron- 
co monacordio,  que  eran  como  preparativos  para  entrar 
en  el  gran  mundo.. 


327 

El  ocio  más  completo,  el  desdén  más  absoluto  á  la 
gente  baja,  la  idea  más  arraigada  de  que  la  mujer,  al 
casarse,  era  la  víctima,  perdía  su  libertad  y  renuncia- 
ba al  estado  perfecto  de  virgen  que  la  llevaba  al  cielo; 
y  una  ignorancia  tal,  que  en  tertulias,  y  en  rezos  y  via- 
crucis  se  elegía  una  entre  cien  para  que  leyera,  porque 
á  las  demás  se  les  avergonzaba. 

La  casa  era  un  primor:  casa  con  cadena  para  la  ho- 
ra de  comer.  En  el  salón  imágenes  de  Guatemala  y 
cuadros  con  marcos  de  plata,  tibores  de  China  opulen- 
tísimos, sillas  de  alto  respaldo  con  asiento  escarlata 
de  Macedonia,  espejos  de  Venecia  y  un  gran  candil 
con  ondas  de  almendras,  flecos  de  canelones  y  cande- 
leros  de  cristal. 

Se  alumbraba  la  sala  con  esperma;  había  sus  tape- 
tes frente  al  estrado,  y  era  el  pavimento  un  maque  re- 
luciente de  púrpura  con  su  cenefa  de  flores  sobre  fondo 
color  de  tierra. 

En  muchas  casas  el  respaldo  de  la  sala  era  un  altar 
magnifico,  y  cuando  no  había  altar,  el  baldoquín  y  las 
pantallas  eran  el  principal  adorno. 

Cambiaron  mucho  esas  decoraciones  con  la  inde- 
pendencia; el  sofá  y  los  sillones  tomaron  posesión  de 
las  salas,  cobraron  grandes  proporciones  los  espejos, 
los  floreros  en  grandes  capelos  y  los  relojes  de  mesa 
anunciaron  el  lujo,  y  los  hermosos  cuadros  constituye- 
ron un  adorno  de  buen  gusto  y  riqueza. 

Entonces  comenzaron  á  superponerse  capas  sobre  el 


328 

terreno  antiguo  y  nacieron  contrastes  de  que  quedan 
rastros  inequívocos. 

Y  no  obstante  tanta  grandeza,  en  el  trato  común,  en 
la  comida,  por  ejemplo,  se  notaba  atraso  lamentable. 
Los  ricos  hacendados  daban  solaz  á  sus  estómagos  é 
interrumpían  la  rutina  de  la  sopa  austera,  del  puchero 
tradicional  y  el  principio  pretensioso,  con  los  guaya- 
bates de  Morelia,  los  acitrones  de  Guadalajara,  la  rica 
cecina,  los  quesos  de  la  Barca,  la  cajeta  de  Celaya;  la 
salvia,  el  muitle,  la  manzanilla,  eran,  y  con  muy  seña- 
ladas distinciones,  le  gato  del  dessert,  contando,  por 
supuesto,  con  el  catalán  judío,  el  cascarrón  refrigeran- 
te y  las  copitas  de  anisete  de  Mayorca. 

Trajes  y  muebles  correspondían  á  este  teatro. 

Los  chicos  con  sus  mamelucos  de  una  sola  pieza 
abrochados  por  detrás,  lo  que  los  mantenía  en  secues- 
tro rigurosísimo;  los  jóvenes  con  sus  esclavinas  y  ca- 
pas; los  señores  con  levitones  largos  y  holgados,  y  las 
pollitas  con  su  zapato  de  seda,  su  túnico  de  alto  talle 
y  su  manga  corta,  hasta  que  un  soplo  vivificador  tra- 
jo la  ancha  enagua,  la  manga  de  farol,  la  crinolina  y 
las  peinetas  de  olla,  de  gajos,  de  picos  y  de  teja,  bo- 
rrando por  completo  aros  y  armadores,  túnicos  de  me- 
dio paso  y  lágrimas  de  Fernando,  dejando  en  pie  y 
triunfante  á  la  mantilla,  los  caracoles  y  los  tirabuzones. 

Si  el  que  tomaba  la  palabra  era  el  cesante  hijo  de 
Marte,  entonces  se  escuchaban  Iéis  hazañas  de  Balde- 
rrama  y  del  tonde  de  la  Cadena;  se  imponía  uno  de 
la  habilidad  del  Marqués  de  Vi  vaneo,  la  severidad  deD. 


829 

Juan  José  Andrade,  el  arrojo  temerario  de  Miñón,  la 
serenidad  de  Bustamante,  la  conversación  monosilá- 
bica de  Parrodi,  la  tirantez  de  Cela  y  la  hidalguía  y 
finura  de  Requena. 

En  la  pieza  contigua  á.  la  tertulia  jugaban  malilla 
en  una  pequeña  mesita  rodeada  de  circunstantes  si- 
lenciosos, é  invadida  de  vez  en  cuando  por  las  damas  de 
la  vecina  estancia,  el  reverendo  padre  gerente  de  la  casa, 
con  su  gran  copete  y  su  papada  de  columpio;  el  ma- 
yordomo de  las  monjas  Floridas,  chaparro,  hablantín 
y  cuentista,  con  su  reloj  de  repetición  y  su  cadena  col- 
gante sobre  el  lado  derecho  del  vientre;  un  enjuto  cu- 
rial de  dedos  largos  y  ojo  penetrante,  y  un  gachupín 
cerrado  con  sus  manazas  de  belludos  dedos,  medio 
tumbado  sobre  la  espalda,  diciendo  dichajosá  las  cria- 
das y  cayendo  en  gracia  por  ser  muy  dadivoso  y  muy 
campechano  y  muy  sufrido  con  sus  deudores.  Carteá- 
base la  malilla,  se  llevaba  la  cuenta  con  fichas  de  mar- 
fil, el  alcalde  guardaba  el  plato  y  de  cuando  en  cuando 
se.  interrumpía  la  malilla  para  echar  unchilito,  es 
decir  un  albur,  convocándose  á  las  ancianas,  los  pollos 
y  las  pollas  que  se  apuntaban  y  hacían  sus  cálculos  y 
labores  como  los  más  aguerridos  soldados  de  Birján. 

En  esa  mesa  solía  hablarse  de  la  política,  celebran- 
do el  mayordomo  las  ejecuciones  sangrientas  de  Bus- 
tamante, la  derrota  de  Moctezuma  en  el  Gallinero  y 
las  prisiones  á  los  herejes  yorkinos:  hablaban  con  ad- 
miración del  gran  Alamán,  como  que  era  su  casa  un 
convento  con  su  oratorio  y  su  padre  Director  Rodrí- 


330 

guez  Puebla;  llamaba  la  atención  el  gran  Molinos  del 
Campo,  entre  los  jurisconsultos;  el  Dr.  Arrillaga  entre 
los  eruditos,  por  su  sutileza,  y  sus  amores  el  Lie.  Co- 
nejo, por  sus  tretas  Barrera,  por  su  mundo  Puchet,  por 
su  desembarazo  y  prosopopeya  Tornel  y  otros  políticos 
de  vista  disolvente  que  formaron  después  variados  é 
inconsecuentes  cuadros  en  nuestra  vida  histórica. 

Solía  descolgarse  en  la  amena  tertulia  Fr.  Pingajo, 
fraile  alegre  y  despreocupado,  glotón  y  fresconote  que 
reúne  todas  las  voluntades,  avasallaba  y  destrozaba 
desde  la  vieja  cocinera  y  la  maritornes  de  seno  levan- 
tado y  pierna  redondeada  y  maciza;  pulsaba  diestra- 
mente la  vihuela  de  siete  órdenes,  y  cantaba  las  boleras 
del  Pajarito  y  las  del  negro  Charamusquero,  interca- 
lando en  las  primeras  el  silbar  del  saltapared,  y  en  las 
segundas,  con  el  grito  ronco  y  destemplado  del  negro 
vendedor  de  charamuscas.  Tenía  las  bolsas  ó  subte- 
rráneos del  hábito  atestados  de  reliquias,  medidas,  me- 
dallas, panecillos  de  San  Nicolás,  y  primores  para  sus 
obsequios.  Si  penetraba  en  la  cocina,  dejaba  consejos 
para  la  res,  el  pato  en  pesadumbre  ó  la  chacualole,  ó 
dulce  de  calabaza,  ó  guacamole  con  todas  sus  cosas  de 
la  despensa;  salía  con  la  boca  llena  de  queso  ó  acei- 
tunas, ó  jamón,  ó  lo  primero  que  encontraba;  dabaá  los 
chicos  lecciones  de  crotalogía  ó  arte  de  tocar  las  cas- 
tañuelas y,  sobre  todo,  su  literatura  de  perversión  de 
verdaderas  sociedades,  alusiones  á  las  flaquezas  del 
cuerpo  humano,  y  chistes  que  no  podían  escucharse 
sin  llevarse  el  pañuelo  á  la  nariz,  eran  el  fuerte  del 


331 

padrecito,  quien  asi,  así,  tenía  la  confianza  de  las  an- 
cianas, las  intimidades  de  las  pollas,  las  comisiones 
pingües  para  funciones  y  misas,  y  encuendad uras  de 
matrimonios  que  á  otros  hubieran  parecido  imposibles. 
Blanco,  copetón,  chato,  de  color  encendido  y  carri- 
llos abiertos;  boca  de  labios  gruesos,  y  dentadura  blan- 
ca, reir  alborotador  y  ruidoso,  voz  meliflua;  he  ahí  un 
tipo  que  pudiera  pasar  no  sólo  por  ideal  de  las  beatas, 
sino  de  toda  la  gente  de  buen  gusto. 

Entre  hombres  solos  y  calaverones  de  confianza,  el 
padre  contaba  la  leyenda  de  la  madre  Valdés,  de  Re- 
gina, y  el  rapto  de  la  monja  de  la  Concepción,  el  salto 
mortal  de  otra  madrecita  de  la  torre  de  Santa  Isabel, 
y  las  intrigas,  riñas,  cuchilladas  y  asesinatos,  prove- 
nidos de  algunos  capítulos  de  los  frailes. 

Con  los  rancheros  era  buen  jinete  y  comedor  de  bar- 
bacoa, y  con  la  baraja  en  la  mano  la  corría  desde  el  al- 
bur, el  gallo  y  el  entres,  hasta  las  palomitas,  que  era 
como  quien  dice  el  Omega  de  la  ciencia  de  Birján. 

En  esta  especie  de  aparador  social  y  muestrero  que 
describo,  no  pueden  dejar  de  hacer  su  papel  los  catri- 
nes de  la  moda  de  la  época,  ni  de  figuras,  esclavinas 
y  barraganes,  taimas  y  levitones;  forzosamente  tienen 
que  aparecer  pantalones  de  piel  de  tuza  y  colonia,  cha- 
quetas largas  y  chalecos  cortísimos,  huácaros  y  fracs 
de  pico  de  gorrión,  relegándose  á  la  clase  más  de  aba- 
jo la  pana  y  la  coletilla,  la  banda  de  burato,  la  cami- 
sa al  descubierto  y  el  ancho  sombrero  de  panza  de 
burro. 


332 

En  ese  aparador  podía  estudiarse  al  joven  Burrifa- 
cio,  mal  tallado  y  bolsudo,  silencioso,  servil  con  su 
vieja  protectora,  á  quien  achacaban  intimidades  bien 
.disimuladas,  y  que  en  un  día  de  trueno  resultaba  se- 
ductor de  la  niña,  hija  de  su  bienhechora,  y  con  dere- 
chos paternales  con  un  viajero  próximo  á  llegar  á  la 
playa  mundanal. 

Podrá  fotografiarse  á  Toribio  Barrena,  plagio  de  Abe- 
lardo; de  ojo  verde,  nariz  de  águila,  color  cetrino  y 
mirar  fijo,  y  embutidor  apasionado  de  la  sobrina  del 
reverendo  (permitiéndose  sus  paréntesis  con  las  cria- 
das y  las  figoneras  de  la  esquina). 
.    Descollaba  en  el  grupo  con  universal  prestigio  Bis- 
bis,  el  hombre  de  la  ubicuidad,  que  servía  á  todos  y 
para  todos.  Ayudaba  la  misa  al  capellán  de  San  Juan,  y 
era  el  trait  d* unión  entre  la  madre  contadora  y  su  con- 
fesor, Fr.  Lesmes;  á  las  ancianas  les  hacía  sus  encar- 
gos de  géneros,  pagos  y  cobranzas;  en  una  enfermedad 
era  el  primero  que  corría  por  el  médico,  y  volvía  triun- 
fal con  las  cucharadas  y  la  cazuela  con  la  cataplasma: 
para  las  veladas  de  un  enfermo  no  tenía  rival,  ni  de- 
jaba á  nadie  pegar  los  ojos  con  sus  cuentos  y  chistes; 
en  la  mesa  trinchaba,  cosa  bien  singular  entonces;  dis- 
ponía el  orden  del  menú,  y  corría  de  la  mesa  á  la  co- 
cina, vigilando  sobre  el  buen  servicio;  en  los  bailes  se 
le  autorizaba  para  que  ajustase  los  músicos,  se  pro- 
veyese de  esperma,  y  dispusiera  la  mesa  y  los  plato- 
nes circulantes  de  puchas,  rodeos,*  queso,  ravioles,  y 
aguardientes;  comisionado  para  un  entierro,  se.  arre- 


333 

glaba  con  pobres  del  Hospicio  y  trinitarios,  coches  de 
duelos,  cantores,  sepulcro  y  epitafio.  Aparecía  Bis-bis 
en  todas  partes,  oportuno,  risueño,  comedido;  sabía 
medicinas  y  recetas  de  guisos;  oraciones  para  maravi- 
llar, y  versos  para  todas  las  situaciones  de  la  vida. 

Las  gatas  de  entonces  se  reían  maliciosas  á  su  pa- 
so: las  damas  circunspectas  veían  en  él  al  dueño  de 
sus  secretos;  las  viejas  le  citaban  con  misterio  para  sus 
encargos,  y  ciertas  polluelas  en  sazón  de  amor  bajaban 
los  ojos,  ruborizadas  cuando  les  dirigía  miradas  de  ín- 
timo recuerdo. 

Para  charadas,  adivinanzas,  cuentos  y  juegos  de 
prendas,  no  tenía  gallo;  y  eso  de  adivinar  el  alfiler,  re- 
medar personajes  notables,  relacionar  una  procesión  ó 
un  coloquio,  cuando  él  lo  ejecutaba,  tenía  mil  encantos. 

Pero  para  mi,  entra  esta  curiosa  colección,  quien  me 
seducía  y  subyugaba,  era  un  Magdaleho  Contingen- 
cia, joven  con  ley  de  viejo;  todo  contradicciones  y  vi- 
ceversas. Enamorado  como  Cupido  y  feo  como  Picio, 
que  dicen  era  el  ideal  de  lo  feo.  Cobarde  como  una 
liebre,  y .  arriesgado  como  un  yankee  en  el  trapecio, 
pobre  como  Aznar,  y  con  ínfulas  y  pretensiones  de  mi- 
llonario, desdichado  qomo  Corula,  ronco,  y  amigo  de 
saraos  y  aventuras  como  el  más  pintiparado  condeci- 
ta.  Maleno  Contingencia  podía  apostárselas  con  laza- 
rillo de  Tormes  ó  Guzmán  de  Alfarache,  con  Gil  Blas 
ó  Periquillo  en  materia  de  aventuras. 

•Niño,  se  hizo  célebre  por  el  asalto  á  un  caso  de  miel, 
suspendido  en  la  despensa  sobre  una  tabla  colgante; 


384 

sus  cómplices  no  le  sujetaron  la  tabla,  y  desviándose 
el  caso  produjo  una  catarata  de  almíbar,  que  le  bañó 
del  pelo  al  pie,  quedando  en  conserva,  haciendo  estu- 
pendo ridículo. 

En  el  colegio  de  Letra n  no  se  supo  una  cátedra  ja- 
más; pero  escribía  como  amanuense  el  Burro,  perió- 
dico satírico,  que  redactaba  Rodríguez  de  San  Miguel, 
y  su  recompensa  era  reconvenciones  y  palizas.  Se 
unía  á  Pepe  Carrasco,  el  mismo  general  Carrasco  de  la 
Frontera,  para  insultar  á  seminaristas  y  albiniacos,  y 
salía  descalabrado  ó  perniquebrado. 

Convidólo  á  tomar  chocolate  y  chongos  el  doctor 
Barrientos;  acudió  á  la  cita,  pusieron  una  mesa  es- 
pléndida: chocolate,  mostachones,  tostadas  de  mante- 
quilla, y  el  gran  platón  de  chongos  con  sus  rajas  de 
queso,  que  no  había  más  que  ver. 

El  chico  sorbió  el  chocolate  y  devoró  medio  platón 
de  bizcochos.  Al  servirle  los  chongos  le  sirvieron  po- 
cos y  no  hallaba  cómo  pedir  más.  La  casualidad  vino 
en  su  auxilio:  el  criado,  al  despavilar,  apagó  la  vela, 
dejando  á  obscuras  á  Madaleno  y  al  Rector. . . .  Mada- 
leno,  sin  miramiento  alguno,  dio  á  sus  dedos  el  giro 
del  platón  y  engulló  chongos  y  queso  á  su  sabor. . . . 
Al  aparecer  el  criado  con  la  luz,  vieron  cruzado  el 
mantel  por  hebras  de  queso  que  partían  del  platón  al 
asiento  de  Madaleno,  y  aquello  fué  un  horror. 

Era  jugadorsísimo  y  concurría  á  un  garito  secreto  y 
disimulado  en  la  calle  de  la  Pila  Seea,  donde  pretex- 
taban unas  señoras  tertulias  y  loterías. 


335 

Una  noche,  en  lo  más  fervoroso  del  juego,  anuncia- 
ron á  la  policía:  unos  corrieron,  salvando  azoteas;  los 
otros  se  escurrieron  entre  los  mismos  esbirros;  Ma- 
leno  había  quedado  en  medio  de  la  pieza  como  tonto 
en  vísperas.  Entonces  la  señora  de  la  casa  lo  dobló  y 
colocó  bajo  un  sofá,  haciendo  se  sentase  sobre  él,  para 
cubrirlo,  una  matrona  rolliza  de  amplio  vestido  y  de 
gravedosa  catadura. 

Al  penetrar  á  la  sala  la  policía,  todo  estaba  en  or- 
den: unas  señoras  cosían,  y  otras,  en  una  mesita,  ju- 
gaban brisca.  Pero  entretanto,  el  tapado  se  ahogaba; 
hacia  por  contener  la  tos  y  no  podía;  por  último,  llevó 
su  mano  respetuosa  á  las  piernas  de  la  señora  para 
que  las  desviara  y  lo  dejase  respirar. ...  la  señora  se 
hacía  disimulada;  él,  asfixiándose,  fué  más  exigente: 
entonces- la  señora,  dando  una  torcida  interpretación  á 
las  insinuaciones  de  Madaleno,  no  pudo  resistir,  y  se 
levantó  diciendo: — ¡Ah  picaro!  que  se  lo  Itere  á  Ud.  la 
policía,  que  primero  es  mi  honra.  Por  último,  y  para 
cortar  esta  relación  que  haría  interminable,  me  referi- 
ré á  una  de  sus  aventuras  más  características. 

Enamoróse  como  un  tuerto,  como  un  burro  prieto, 
de  una  chica  adoradora  de  los  valientes,  una  militara 
en  toda  regla,  que  traía  en  la  punta  del  dedo  las  cala- 
veradas de  Miñón  y  Lascurain,  Barbery  y  Pepe  Miñ 
Quería  un  novio  que  fuese  una  tempestad  y  ha- 
bía emplazado  el  sí  de  Madaleno  para  cuando  se  por- 
tase complaciente  á  su  gusto. 

Ya  hemos  dicho  que  Madaleno  era  un  mandria  de 


336 

primo  cartelo,  y  así  es  que  se  pasaba  de  turbio  en  tur- 
bio los  días  ideando  planes  y  compaginando  lances  que, 
sin  comprometerlo,  le  diesen  reputación  de  valiente. 
Ocurrióse  ver  á  un  amigo,  de  torva  facha  y  modales 
bruscos,  ranchero  de  uno  de  los  pueblos  de  Guanajua- 
to,  á  quien  le  dijo: — Yo  tengo  necesidad  de  fingir  fren- 
te á  una  casa  pleito  contigo:  te  reconvengo;  me  contes- 
tas mal;  te  acometo,  haces  la  farsa  de  abalanzarte,  te 
dejas  dar  dos  ó  tres  trompadas,  y  te  ganas  dos  pesillos 
como  soles.  El  ranchero,  que  mordía  de  hambre  las  pa- 
redes, cerró  trato  y  acudió  á  la  cita. 

— ¿Qué  hace  Ud.  aquí? — le  dijo  Maleno. 

— Una  friolera. ...  lo  que  me  pega  la  gana. 

— Es  que  no  lo  permito. 

— ¿Es  Ud.  policía? 

— La  calle  es  de  todo  el  mundo. 

— Lo  echaré  á  Ud. 

— Veamos  cómo. 

Y  empezó  la  frasca,  empujones,  sopapos  de  muertos, 
gritos ...  y  la  Dulcinea  en  el  alto  balcón  gozando  con 
los  bríos  del  amante.  Alentado  éste  con  la  impunidad, 
menudeó  los  golpes. . . .  pero  sea  lo  que  fuere,  derre- 
pente,  enojado  el  ranchero  después  de  un  golpe  que  le 
dolió, — ¡Hola! — le  dijo — ¿con  que  va  de  veras?  Y  en- 
tonces aquello  fué  una  granizada  de  cachetadas  y  trom- 
pones: rodó  al  suelo  Madaleno,  se  alzó,  y  huyó  despa- 
vorido, dejando  tirado  el  sombrero  y  el  amor  en  medio 
de  las  risas  y  la  burla  de  la  señora  de  sus  pensamientos. 

Cuando  estaban  en  acción  todos  estos  personajes, 


337 


se  puede  decir  que  se  iluminaba  un  cuadro  caracterís- 
tico de  la  época. 


La  Academia  de  Letrán  continuaba  sus  trabajos.  Ro- 
dríguez Galván  publicó  en  los  Años  Nuevos  de  1838  y 
1839  composiciones  realmente  notables  por  su  belle- 
za y  corrección;  había  intentado  no  recuerdo  qué  ab- 
surdo dramático  Manuel  Payno,  en  que  sin  motivo  y 
por  la  naturaleza  del  círculo  estrecho  de  nuestra  socie- 
dad, le  sonaron  alusiones  y  sátiras  y  el  nombre  de  un 
criado  Loperena,  omónimo  de  un  guatemalteco  favore- 
cido en  negocios  de  agio  por  la  fortuna;  hubo  una  zam- 
bra de  chismes  y  disgustos  de  la  que  hasta  ahora  no 
me  explico  cómo  salió  ileso. 

Con  motivo  do  los  ensayos  de  alguna  de  las  obras 
de  Rodríguez,  creo  que  Muñoz  ó  el  privado  del  Virrey, 
le  sorprendió  ó  transparentó  la  pasión  intensa  de  Ro- 
dríguez por  Soledad  Cordero,  dama  joven,  discípula  de 
Salgado,  de  escaso  mérito  dramático,  pero  muy  queri- 
da del  público  por  su  conducta  inmaculada  y  sus  vir- 
tudes privadas. 

Rodríguez,  concentrado  y  taciturno,  tímido  como  un 
niño  para  con  la  señora  de  sus  pensamientos,  vehe- 
mentísimo al  sentir  á  sus  solas  aquella  pasión  tan  com- 
batida por  la  posición  de  Soledad  y  la  mala  fortuna  de 
Ignacio,  acaso  fué  lo  que  más  poderosamente  influyó 
en  determinar  su  salida  dolorosa  del  país  que  le  arran- 
có los  desgarradores  gemidos  de 


3H8 

Adiós  ¡oh  patria  mía! 
Adiós,  tierra  de  amor. 

que  dejó  regados  en  nuestra  mente  como  indicantes  de 
su  tumba  en  la  Habana,  donde  falleció  pobre,  aislado 
y  casi  desconocido,  en  25  de  Julio  de  1842. 

Yo  había  recitado  mi  oda  en  la  distribución  de  pre- 
mios de  1837,  y  el  Sr.  D.  Bernardo  Couto,  con  ese  moti- 
vo, me  había  hecho  entusiastas  alabanzas,  que  como  es 
natural,  escuchaba  un  si  es  noes  satisfecho  y  pedan tuelo. 

Fernando  Calderón  había  dado  con  éxito  extraordi- 
nario sus  obras  ala  escena,  él  mismo  las  ensayaba,  por- 
que representaba  muy  bien,  y  con  ese  motivo  se  hizo 
el  consultor,  el  amigo  íntimo,  el  todo,  no  sólo  de  ac- 
tores y  actrices  sino  de  los  criados  más  obscuros  del 
teatro  y  hasta  del  apuntador  que  llevaba  con  garbo  el 
apodo  de  «Hoja  de  lata»  y  que  era  una  notabilidad  en 
su  género. 

Así,  como  á  la  caída  de  la  tarde,  al  retirarnos  de  un 
jardín  delicioso  en  que  el  día  nos  ha  brindado  conten- 
tos y  nos  ha  embriagado  de  placeres,  al  volver  la  cara 
vemos  flores  y  arbustos,  escuchamos  los  acentos  leja- 
nos de  la  música  y  los  gritos  y  palmadas  de  los  que 
quedaron  en  el  festín,  rodeándonos  las  sombras,  medio 
borrándose  y  ahogándose  en  ella  los  objetos  y  dejando 
sobresalir  en  ellos  el  árbol  corpulento  y  el  mirador, 
la  torrecilla  y  el  asta  con  la  veleta  tornadiza,  así  per- 
cibo el  crepúsculo  de  esta  época  sobresaliendo  aisla- 
dos recuerdos  que  tienen  casi  integridad  de  forma  y 
colorido. 


339 

Entre  estos  recuerdos  aparece  el  año  de  1837,  el  22 
de  Noviembre,  el  gran  temblor  de  Santa  Cecilia.  V¡n 
abuelito  lo  describía  diciendo:  «La  tierra  se  hacía  como 
un  hombre  ebrio;  las  piedras  se  chocaban;  las  fuentes 
derramaban  sus  aguas;  las  campanas  sonaban  solas; 
las  gentes  aullaban  pidiendo  de  rodillas  misericordia; 
los  sacerdotes  se  postraban  besando  la  tierra,  y  los  cua- 
drúpedos, temblando,  espantados,  abrían  sus  patas  para 
apoyarse  mejor.» 

Muchas  casas  se  desplomaron:  la  gran  bóveda  de 
Catedral  se  rajó,  y  se  dijo,  premeditadamente,  que  ame- 
nazaba ruina,  para  quitar  de  ella,  y  fundirla,  la  lámpara 
colosal  de  plata  que  se  veía  como  sorprendente  tra- 
bajo artístico  y  era  objeto  de  universal  admiración. 

En  el  tazón  ó  fondo  de  la  lámpara  cabían  cómoda- 
mente diez  y  ocho  hombres  sentados,  quedando  hueco 
para  colocar  la  escalera  en  que  se  ascendía  á  ilumi- 
nar el  remate  ó  corona  de  la  lámpara  monstruosa. 

Entre  los  recuerdos  de  que  hablo,  que  se  refieren  al 
año  de  37,  brilla  el  de  la  translación  de  los  restos  del 
Sr.  Iturbide. 

Sea  porque  el  Presidente  Bustamante  adoraba  en  la 
memoria  del  Jefe  de  las  tres  garantías,  sea  porque  vi- 
vían militares  influyentes  y  colocados  en  los  destinos 
más  pingües  y  respetables,  la  solemnidad  fué  magní- 
fica, y  no  por  el  lujo  espléndido  de  carruajes,  de  cirios, 
de  cortinas,  flámulas  y  gallardetes,  sino  por  lo  espon- 
táneo, por  lo  sincero  y  por  lo  unánime  del  sentimiento 
universal.  El  silencio,  lo  fijo  de  los  semblantes,  lo  in- 


3Í0 

móviles  de  los  cuerpos,  lo  pausado  y  grave  de  la  gran 
procesión,  daba  al  conjunto  el  aspecto  de  un  panteón 
inmenso,  en  que  los  cadáveres  á  millares  so  habían 
puesto  de  pie  para  tributar  homenaje  eterno  al  ser  ex- 
traordinario cuya  memoria  se  honraba. 

El  cortejo  fúnebre  se  dirigió  á  San  Francisco,  donde 
se  dispuso  una  capilla  ardiente,  mientras  se  disponía 
lo  necesario  para  colocar  los  restos  venerados  en  la 
capilla  de  los  Reyes  de  Catedral. 

El  año  de  37,  fué  délos  de  aquel  en  que  alcanzó  más 
solemnidad  la  venida  de  la  Virgen  de  los  Remedios  á 
México,  y  su  visita  en  las  noches  á  los  conventos  de 
monjas. 

Los  antecedentes  milagrosos  de  la  Virgen;  las  peri- 
pecias de  su  estancia  bajóla  tutela  deJuanBernardino, 
la  investidura  que  se  dieron  las  monjas  de  Jesús  Ma- 
ría y  las  numerosas  y  novelescas  diferencias  entre  el 
Cabildo  y  el  Ayuntamiento,  hacían  que  el  Regidor  de 
Fiestas  echara  el  resto',  como  se  dice  vulgarmente, 
en  esas  diversiones  religiosas. 

La  Virgen  recorríalos  conventos,  y  cada  uno  de  ellos 
se  esmeraba  en  obsequios  espirituales  para  la  imagen, 
y  suculentos  y  positivos  para  los  devotos. 

Poníanse  en  las  bocacalles  gigantescos  arcos  triun- 
fales, tapizábanse  las  paredes  con  espejos  y  pantalla?, 
en  los  balcones  resplandecían  faroles  y  candelabros;  y 
dinteles,  molduras,  mecheros  y  bordes  de  azoteas,  eran 
fajas  reverberantes  de  candilejas,  trastos  con  brea,  ha- 
chones, sin  contar  los  numerosos  candiles  y  las  visto- 


341 


sísimas  lámparas  que  se  balanceaban  con  el  viento  y 
recibían  los  diluvios  de  flores  que  regaban  el  suelo  al 
tránsito  de  la  arbitra  poderosa  de  las  aguas. 


Templos  y  teatros,  grandes  tertulias,  cantamisas  y 
procesiones,  toros  y  entierros  de  grandes  de  la  tierra, 
lides  literarias  y  vagidos  de  escritores  y  poetas,  todo 
esto  pertenecía  para  mí  á  la  superficie  social. 


He  hecho  mención  especial  de  las  visitas  de  Nues- 
tra Señora  de  los  Remedios,  porque  desde  1840  deca- 
yeron mucho,  y  porque  se  trata  de  una  imagen  legen- 
daria, contrapuesta  por  la  gente  piadosa  á  la  Virgen 
de  Guadalupe,  que,  como  es  sabido,  era  y  es  mirada  por 
muchos  como  especial  favorecedora  de  los  Insurgen- 
tes. Pero  no  se  crea  por  esto  que  apocamos  las  luces, 
y  mucho  menos  los  ritos  y  las  loas  con  que  en  los  pue- 
blos de  los  alrededores  se  celebraban  á  los  santos  pa- 
tronos. 

Imperdonable  omisión  sería  callar  la  narración  de 
las  luces  de  San  Agustín,  de  la  Merced,  de  Portacceli, 
de  Regina,  de  la  Virgen  del  Pilar  y  otras  convocacio- 
nes á  los  placeres,  pábulo  del  pequeño  comercio  y  de 
las  industrias  de  poca  fortuna  é  irresistible  atractivo 
para  los  solaces  furtivos  de  la  concupiscencia  callejera. 

Luego  que  estaba  en  sazón  el  tiempo  para  el  santo 
festejable,  recorrían  el  circuito  comprometido  en  la 


342 

fiesta,  padres  y  sacristanes  limosneros,  recogiendo  dá- 
divas y  repartiendo  invitaciones  en  verso,  en  que  se 
encarecía  el  riego  y. compostura  de  las  calles;  faro- 
les y  cortinas;  cámaras  y  cohetes  los  días  de  la  no- 
vena. 

La  iglesia,  con  ayuda  de  los  vecinos,  se  convertía 
en  una  taza  de  oro  y  en  un  verjel;  colgaban  de  las  bó- 
vedas bandas  y  gallardetes,  lámparas  y  candiles;  los 
santos  de  los  altares  aparecían  en  gran  feni*,  con  sus 
rostros  lavados  y  sus  vestidos  nuevos,  y  el  presbisterio 
se  convertía  en  un  verjel,  con  barriles  de  naranjas, 
floripondios  y  granados,  macetas  con  rosas  y  geranios, 
claveles  y  azucenas,  y  á  la  vez  que  los  candiles  con 
luces  espléndidas,  oscilaban  sobre  ramas  y  flores  jau- 
las con  aves  canoras,  que  mezclaban  dulcísimos  trinos 
á  los  sonoros  cánticos  que  acompañaba  el  órgano. 

Las  calles  de  los  alrededores  del  templo  se  terraple- 
naban y  componían  las  paredes  y  fachadas,  so  pinta- 
ban, restaurándose  rubros,  anuncios  y  muñecos,  y  todo  { 
cobraba  aspecto  fandanguero  y  seductor.  i 

En  las  orillas  de  las  banquetas  se  instalaban  los 
puestos  de  naranjas  y  cañas,  perones  y  plátanos,  ca-  ¡ 

cahuates  y  mezcal  ó  penca  de  maguey  de  mezcal.  ¡ 

Ladeábanse  esos  puestos  con  cajones  de  tapabocas 
y  pasteles  ó  mesillas  con  tepache  y  algunas  aguas  lo-  j 

jas;  la  enchiladera  tenía  su  lugar  aparte,  próximo,  por 
supuesto,  á  la  pulquería,  y  allí  gritaban:  «¡cómeme!, 
¡cómeme!»  los  envueltos  y  chalupas,  las  quesadillas  y 
las  tortillas  en  su  hojalata  con  manteca  chillante,  sus 


343 

ollas  con  salsas  picantes,  sus  montones  de  cebolla  pi- 
cada, y  su  sal  y  pimienta,  según  lo  requerían  los  po- 
tajes. 

La  enchiladera  era  mujer  experimentada;  trenza 
grande  y  cuello  laboreado  de  gargantillas  y  relicarios, 
anillos  de  plata  en  las  manos  y  aretes  de  calabacillas 
de  corales. 

Ojo  listo,  nariz  chata,  lengua  retozona  y  fácil,  y  la 
palabra  que  interrumpía,  la  carcajada  escandalosa,  ó 
cortaba  la  injuria  precursora  del  araño,  la  mordida  y  la 
desmechadura. 

En  la  parte  alta  de  los  balcones  flotaban  cortinas 
blancas  con  listones  y  marcos  de  santos,  y  en  el  cen- 
tro se  veían  arcos  de  tule,  sembrados  de  flores  ó  de 
tápalos,  pañuelos,  fajas  y  colgajos  que  se  mecían  ale- 
gres con  el  viento. 
Pero  lo  constituto  de  la  fiesta  eran  las  luces. 
El  cuadro  que  acabo  de  describir  se  animaba  con 
inmenso  gentío,  y  se  iluminaba  como  produciendo  un 
día  de  llama  con  faroles,  hachones,  candiles,  candile- 
jas, luminarias.  En  las  puertas  de  las  accesorias  y  ca- 
sas de  comercio  donde  no  había  faroles,  era  porque  la 
linterna  mágica  convocaba  á  la  gente  ó  porque  se  ad- 
miraba curioso  altar. 

En  el  concurso  compacto  que  aparecía  como  espa- 
ciosa caja  de  pinturas  con  los  panecillos  revueltos,  se 
distinguía  compacto,  completándose  ó  degenerando,  el 
rebozo  y  el  tápalo  de  china,  el  morrión  del  soldado  y 
el  sombrerote  del  lép3ro,  la  calzonera  y  la  sotana,  la 


Mi 

«nagua  de  castor  de  la  china  y  la  lana  deficiente  de 
la  india  enredada. 

De  pronto  cruzaban  los  aires  con  estrépito  los  cohe- 
tes corredizos  con  su  cabellera  de  llamas;  las  músicas 
de  los  templetes  aturdían;  los  vendedores  se  esforza- 
ban en  proclamar  sus  mercancías;  los  chicos  saltaban 
entre  las  llamas  de  las  luminarias  y  no  faltaba  una 
riña  ó  un  fandango  que  comunicase  interés  dramático 
á  la  vistosa  y  animada  escena. 

Con  motivo  de  estas  festividades  religiosas,  todas 
las  vecindades  del  templo,  fuente  á  la  voz  del  entu- 
siasmo religioso  y  d.el  alboroto  profano,  cada  casa  se 
aseaba  y  predisponía  á  la  recepción  de  visitas;  las  fon- 
das endomingaban  á  sus  maritornes;  las  casas  de  co- 
mercio, tendejones,  pulquerías  y  vinaterías,  eran  acti- 
vas fábricas  de  contento,  retozo,  riñas  y  algazara,  sa- 
zonándolo todo,  tertulias  y  bailes,  de  escaleras  arriba 
y  al  ras  de  la  calle,  fandangos  y  canudos  de  quebran- 
ta huesos,  como  se  llamaba  el  desenfrenado  placer 
del  pópulo  bárbaro.  En  todo  esto,  lo  indescriptible  era 
y  es  ese  espíritu  que  todo  lo  anima,  ese  gozo  íntimo, 
esa  palpitación  general  que  como  que  verifica  y  de- 
rrama fragancia  en  el  alma,  y  centuplica  por  todas 
partes  el  poder  del  sentimiento,  así  como  llamarían 
los  místicos  comunión  de  las  almas,  que  es  como  luz 
intelectual  que  ilumina  y  embellece  cuanto  alumbra. 

Mi  decidida  afición  por  las  leyendas  y  cuentos  del 
pasado,  me  llevaba  al  centro  de  archivos  vivientes,  de 
tradiciones  y  consejas,  y  de  ellos  saqué,  entre  diluvios 


345 

de  anacronismos,  contradiciones  y  mentiras,  lo  siguien- 
te, que  adolece  de  los  mismos  tropiezos  é  inconsecuen- 
cias de  narración  que  tuvo  al  nacer  mi  relación. 

Poco  antes  de  la  independencia  conservaban  cierto 
verdor  los  minués,  aunque  aparecían  disputándole  el 
terreno  el  repicar  de  las  castañuelas,  el  ole  y  el  cam- 
pestre para  la  gente  encopetada,  y  para  la  peluca  el 
Pan  de  Jarabe,  no  sabemos  por  qué  llamado  así. 

Los  cantos  insurgentes  fueron  varios,  y  se  distingue 
la  Indita,  que  era  como  el  canto  de  las  tropas  de  Mo- 
relos. 

Esparciendo  luz,  abriendo  divinos  horizontes  á  las 
almas,  tronó  por  todos  los  ángulos  del  país: 

¡Viva  la  Independencia! 
¡Viva  la  Libertad! 
¡Viva  México  libre, 
Y  viva  la  igualdad! 

Y  esto  tan  árido,  y  al  parecer  tan  frío  como  apenas 
existente  en  el  recuerdo,  enloquecía  de  entusiasmo, 
porque  era  un  pretexto  cualquiera  para  desahogar  en 
el  alma  la  explosión  de  ese  sentimiento  que  es  la  vi- 
da y  el  ser  del  hombre,  y  que  se  llama  la  libertad. 

El  jarabe,  al  que  muchos  eruditos  asignan  genealo- 
gía morisca,  por  poco  que  se  observe,  tiene  que  tra- 
ducirse en  ese  albor  de  amor,  flor  de  la  Primavera,  del 
corazón  inmortal  en  su  esencia,  seductor  y  tierno  has- 
ta no  más. 

Es  la  invitación  y  el  requiebro,  el  canto  del  ave  y  el 
piafar  y  el  caracoleo  del  caballo  salvaje. 


346 


Vedlos:  se  reconocen,  se  espían,  se  acercan  y  sue- 
na la  copla: 

Oigasté,  güerita  santa, 
La  de  la  mascada  negra: 
Dígale  usté  á  su  mamá 
Que  si  quiere  ser  mi  suegra. 

Mientras  dura  el  canto  accionan  los  bailadores  y  se 
establece  una  corriente  inmaterial  de  miradas,  de  ca- 
ricias y  besos  capaz  de  incendiar  un  poste  de  cantería. 

Durante  el  verso  se  subentiende  la  correspodencia 
y  sigue  el  zapateo,  que  es  como  el  acuerdo,  la  rabia  y 
la  convulsión  del  placer,  se  repican  los  pies,  se  desco- 
yunta el  cuerpo;  el  retembaleo  es  como  la  desarticu- 
lación del  individuo  que  al  fin,  rendido,  descansa  en 
el  éxtasis  al  murmurio  de  una  música  apagada  y  dis- 
creta. 

El  drama  de  amor  termina  con  un  estribillo  epigra- 
mático y  cancanesco  que  sirve  como  de  caricatura  al 
himno  erótico: 

Eftaba  una  vieja 
En  su  balconcito 
Gritándole  al  gato: 
Bichito,  bichito 

para  que  hiciera  aplicaciones  y  comentarios  la  mali- 
cia de  los  concurrentes. 

La  gran  prueba  de  los  buenos  bailadores  de  jarabe, 
es  que  la  parte  superior  del  cuerpo  se  conserve  rígida, 
agarrotada  y  sin  inflexión,  mientras  los  pies  se  desmo- 
recen y  desporrondingan  en  posturas  increíbles,  en 


347 

pespuntes  y  rasgueos,  en  el  escobeteo  y  la  cuchillada. 
Y  para  hacer  visibles  las  condiciones  mencionadas,  ha- 
bía bailadores  que  llevaban  un  vaso  de  agua  en  la  ca- 
beza que  sostenían  sin  derramar  una  gota,  teniendo 
atados  á  los  pies  puñales  y  cuchillos  que  esgrimían 
con  rara  habilidad. 

Por  los  años  que  estos  recuerdos  comenzaron,  se  bai- 
laba el  dormido,  ó  sean  variantes  del  jarabe  con  su 
música,  y  representado  así  como  otros  sonedlos  del 
país  (Trompito,  Perico,  etc.).  Para  la  gente  de  alto 
quirio  ya  eran  conocidos,  como  hemos  visto,  los  bailes 
de  Pautret,  y  en  los  grandes  salones  aun  dominaban 
las  boleras,  el  wals  del  amor  y  complicadas  contra- 
danzas. 

Con  cierta  chunga  andaluza  llegaron  á  México  «La 
Petenera>  y  «La  Manta.» 

La  Petenera/señores, 
Nadie  la  sabe  cantar; 
Sólo  los  inarineritos 
Que  la  cantan  en  el  mar. 


¡Ay!  remonona  mía: 
Si  paradevertir 
Tú  llevaras  la  manta, 
Yo  á  la  manta  y  á  ti. 

La  Cachuda  atravesó  por  los  años  de  30  oliendo  á 
brea  y  el  Gato  picaresco  que  parecía  saltar  entre  la 
gente  de  trueno: 


348 

Mamá  mía,  su  gato  me  araña, 
Con  su  cola  peluda  me  asusta: 
Digasté  si  será  cosa  justa 
Que  se  vaya  atrevido  á  mi  cama. 

En  las  canciones  de  estrado  tomó  asiento  gravedoso 
el  físico  que  la  pedantería  y  la  ignorancia  estropeaban 
á  porfía: 

Soy  físico,  retórico  y  poético, 
Astrónomo,  geógrafo,  hidráulico; 
Y  soy,  sin  duda,  el  hombre  más  científico 
Si  llego  á  enamorar. 

Ya  verán  los  maestros  de  la  escuela  moderna  que 
esas  grandes  aspiraciones  á  lo  científico  vienen  de 
tiempos  muy  atrás. 

Arrebatando  lauros,  proclamando  su  dominio  las  po- 
llas y  los  pollos,  seguido  de  bandolones,  jaranitas  y 
flautas,  apareció  el  Periquito  adueñándose  de  corazo- 
nes y  pantorrillas: 

Señora,  su  periquito 
Me  quiere  llevar  al  mar, 
Y  yo  le  digo  que  no 
Porque  yo  no  sé  nadar. 

Pica,  pica,  perico: 
Pica,  pica  la  rama,  etc. 

En  vano  quiso  sostenerse  el  Trompito  para  disputar 
al  Perico  su  primacía;  el  Trompito,  como  otros  sones, 
era  bailado  y  representado.  En  el  Trompito,  cuando 
lo  pedía  la  copla,  se  enredaba  el  trompo,  se  le  cogía 
en  la  mano  y  se  hacía  ó  figuraba  que  dormía  con  ges- 
tos y  ademanes,  á  sigún  la  concurrencia: 


349 

Anda  muchacho, 
Vete  á  la  escuela 
Porque  se  enoja 
"  Tu  tía  Manuela. 

Él  lo  tiraba, 
Él  lo  cogía 
Y  en  la  manila. 
Se  le  dormía  .... 

En  la  parte  alta  se  lucían  el  «Zorcico»  y  el  baile  in- 
glés, y  se  cantaban  «La  Posesora,»  «El  Ámbar»  y  «El 
Susurro,»  canciones  hechas  adrede  para  almas  román- 
ticas de  precios  cómodos,  como  diría  un  comerciantue- 
lo  de  la  época. 

«La  Posesora»  se  cantaba  con  los  conocidos  versos 
de  Arriaza,  entonces  muy  en  boga  entre  nuestras  da- 
mas; uno  de  los  versos  del  «Susurro,  según  recuerdo, 
decía  así: 

En  la  noche,  al  susurro  del  viento, 
Viendo  opaca  la  faz  de  la  luna, 
Lamenté  mi  contraria  fortuna 
Con  suspiros  de  amarga  aflicción. 

Formaba  contraste  esta  queja  de  trovador  melancó- 
lico con  el  «Malcriado,»  que  aún  vivía,  y  se  bailaba 
con  sombreros  anchos,  mangas  embrocadas,  calzone- 
ras y  sables  de  vaina  de  acero  que  se  arrastraban  du- 
rante el  baile,  se  sacaban  y  esgrimían  en  un  momento 
dado,  calentándose  los  combatientes  y  dando  lugar  á 
escenas  grotescas. 

Alborotando  los  barrios  y  salpicando  accesorias  y 


360 


casas  de  vecindad,  de  palmadas,  risas  y  contento,  gui- 
tarra en  mano,  hacían  sus  excursiones  el  Artillero] 
los  Enanos,  cantando: 

Ay!  qué  bonitos 
Son  los  enanos 
Cuando  los  hailan 
Los  mexicanos. 


El  Atole: 


El  Guajito: 


El  Palomo: 


Yo  quiero  beber  atole 
De  enfrente  de  San  Fernando: 
£1  atole  es  de  lo  bueno, 
La  atolera  se  está  agriando. 

Guajito.    ..  ¿á  mí  qué? 
Agua  del  pozo  no  beberé 
Con  una  de  la  Mercé .... 
Guajito  too— á  mí  no 
Agua  del  pozo  no  bebo  yo. . . . 


Una  paloma  me  dijo 
En  la  tapia  de  un  convento: 
¿Dónde  estas,  palomo  mió? 
¿Dónde  estás,  que  no  te  tiento? . 

Seña  Severina: 

¡Qué  Ña  Se  verían  a 
Tan  linda  y  tan  bella! 
.  Se  puede  sacar 
Un  retrato  de  ella. 

Qué  Ña  Severiana! 
La  quiero  tan  tilo 
Porque  en  ella  tengo 
Un  Severianito. 


851 

El  Durazno: 

Me  he  de  comer  un  durazno 

Desde  la  raíz  hasta  el  hueso 

Me  muero  por  las  casadas 
Será  mi  gusto  y  por  eso  .... 

Aque  no  la  lleva  el  riyo 
Por  mucha  fuerza  que  traiga: 
Y  á  que  yo  si  me  la  llevo 
Con  media  seña  que  le  haga. . . . 

Ay!  dile  que  no. . .  . 
Dile  que  cuando  se  baña. . . . 
Que  se  corte  las  uñitas, 
{Cuidado  cómo  me  araña! .... 

Todas  estas  canciones  y  sonecitos  que  no  puedo  re- 
cordar, parece  que  traían  en  su  reflujo  la  marea  de 
San  Juan  de  los  Lagos,  lugar  de  cita  de  todos  los  pue- 
blos de  la  República,  mercado  animadísimo  que  lle- 
vaba la  circulación  vivificante  del  tráfico  á  los  puntos 
más  lejanos  de  la  República  y  foco  de  civilización, 
de  confraternidad  y  de  enseñanza  que  refaccionaba  el 
aliento  y  la  vida  del  trabajo  á  todos  los  ángulos  de  la 
República. 

Lo  que  en  todos  estos  sones  que  forman  parte  de  la 
fisonomía  de  un  pueblo  no  puede  marcarse,  es  la  in- 
tensión íntima,  la  inflexión  del  canto  correspondiente 
á  determinados  afectos;  la  palabra  de  doble  sentido,  la 
alusión  por  el  gesto  á  la  costumbre,  á  la  manera  pe- 
culiar de  sentir  de  la  persona  ó  personas  de  que  quie- 
re ser  comprendido  el  cantador. 


352 

La  Balona,  como  procuraré  explicar  á  su  tiempo,  tiene 
algo  de  la  rapsodia  griega;  generalmente  es  el  canto 
dolorido,  la  reminiscencia  lacrimosa  de  un  héroe,  de 
un  personaje  popular  ó  de  un  suceso  lastimero. 

Es  la  lamentación  que  gime  en  la  sabana  solitaria, 
en  círculo  silencioso  de  arrieros  ó  de  gente  de  traba- 
jo ó  vida  aventurera,  al  amor  de  una  fogata  que  se  ex- 
tingue y  chisporrotea  moribunda  entre  cenizas  al  aire 
libre  en  noche  obscura  ó  de  luna,  al  murmurar  de  la 
fuente  cercana,  al  arrimo  de  unos  paredones  arrui- 
nados. 

Aunque  caiga  en  un  anacronismo,  que  es  lómenos 
de  mi  cuidado,  copiaré  la  balona  de  Arias,  personaje  que 
calumniaron  los  serviles.  (Aquí  la  Balona.) í 

Antes  de  la  Independencia  y  poco  después,  eran  co- 
munes los  hábiles  ó  chistosos  que  representaban  en  los 
estrados,  y  remedaban,  ya  las  canturrias  de  un  entie- 
rro, ya  una  riña  en  una  casa  de  vecindad,  ya  comedias 
infantiles  como  esta: 

— ¿Ya  tomaste  chocolate? 
— Sí  señor,  y  con  canela. 

OTRO  ACTOR. 

— Esta  es  jornada  primera. 

M tísica. 

— Ya  trajiste  la  escopeta? 
— Sí  señor,  y  con  la  funda. 

OTRO  ACTOR. 

— Esta  es  jornada  segunda. 
1  Falta  en  el  original  N.  L. 


35H 

— Cuando  fuiste  por  el  vino  quebraste  el  botellón. 
— Pero  aquí  traigo  el  tapón. 

VARIOS. 

— Salió  con  una  embajada. 
—¿Qué  haremos  en  este  caso? 

VARIOS. 

— Matarlo  con  una  espada. 

UN  ACTOR. 

— Esta  es  tercera  jornada. 
M  tísica. 

Y  aquellos  eran  aplausos  y  mimos  á  los  niños, y  mo- 
tivos de  estrepitoso  placer. 

Esos  chistosos  representaban,  disfrazándose,  el  en- 
fermo y  el  médico,  la  petición  de  novia,  etc. 

Algún  chico  despejado  recitaba  el  cuándo  ó  el  uni- 
personal de  Ótelo,  con  universales  aplausos. 

Señalábase  como  notabilidades  sueltas  entre  la 
gente  de  buen  gusto,  el  Ciego  de  lospalifos.  Ciego  ha- 
bilísimo que  había  labrado  pequeñísimos  trozos  de  di- 
versas maderas  y  diferentes  pesos,  productores  de  va- 
rios sonidos,  y  con  ellos  formó  un  teclado  sonoro  que, 
tendido  sobre  una  losa,  sonaba  como  un  piano.  El  cie- 
go manejaba  con  dos  palillos  las  teclas  y  tocaba  que 
era  un  primor.  Un  Sr.  Duarte,  enclavijando  las  manos, 
producía  sonidos  de  flauta  melodiosa,  y  alguien  con 
una  hoja  de  naranjo  ó  una  baraja  en  el  labio  inferior, 
remedaba  el  clarinete  á  las  mil  maravillas. 


354f 

Pero  lo  que  por  entonces  lograba  muchísima  boga, 
eran  las  representaciones  caseras  de  pastorelas  y  co- 
loquios, comedias  y  saínetes,  que  no  había  más  que  ver. 

Era  por  lo  regular  un  calavera  cesante,  achacoso  y 
condescendiente,  casado  en  segundas  nupcias  con  una 
chica  despejada  y  de  ojo  grande,  espeso  bozo  y  denta- 
dura blanca,  de  hablar  estrepitoso  y  lista  de  movimien- 
tos, protectora  espontánea  de  amores  y  usurpadora  do 
las  ínfulas  del  marido  filósofo. 

Ninguno  de  los  pollos,  sus  amigos,  le  llamaba  por 
su  nombre  de  Jesusita,  neta,  nacida  en  el  día  de  los 
Dulces  Nombres.  Un  pollo  le  decía  Cuca,  como  en  re- 
cuerdo de  su  traviesa  soltería;  otro,  mamita,  aludien- 
do á  su  afinidad  con  sus  hijastras;  aquél,  madrina,  por- 
que le  puso  un  escapulario;  el  de  acullá,  comadre,  porque 
partieron  juntos  el  piñón;  y  todos  la  camelaban,  la 
atraían,  se  la  asimilaban  de  cuantas  maneras  podían. 

Persuadido  Don  Polinario  de  la  necesidad  de  que  las 
ñiflas  tuvieran  una  distracción,  y  de  no  ser  unos  liro- 
nes, nacidos  de  la  yerba,  se  abría  la  discusión  sobre 
el  local,  pintores,  trajes;  todo  con  la  mayor  economía. 
y  poníase  en  tela  de  elección  la  pieza  representaba, 
fijándose  al  fin  en  un  coloquio,  por  la  razón  convenien- 
te de  que  había  modo  de  dar  papel  á  varios  diablos, 
además  de  Lucifer,  como  el  Pecado,  la  Astucia,  Asmo- 
deo,  etc.,  y  ser  de  mucho  efecto  los  vuelos,  el  infier- 
no, la  cena  de  pastores,  etc. 

Designábanse  los  aficionados  de  pintura,  que  hacían 
unos  árboles  como  lechugas  y  unas  perspectivas  que 


855 

se  confundían  con  armazones  de  tienda;  con  sus  mon- 
tañas como  pilones  de  azúcar;  unas  llamaradas  que 
chorreaban  sangre,  y  unas  aguas  que  nadie  habría  des- 
deñado para  lana  de  colchón. 

Por  supuesto,  que  el  pollo  de  más  prestigio  era  Luz- 
bel, y  la  muchacha  más  bonita,  la  Virgen;  de  donde 
resultaba  que  al  freir  de  los  huevos,  Luzbel  se  empe- 
ñaba en  hacer  de  María  Santísima  una  chica  de  rom- 
pe y  rasga,  dando  con  esto  lugar  á  escenas  reales,  de 
todo  punto  imprevistas. 

Con  rara  atingencia  se  señalaba  el  papel  de  Señor 
San  José  al  amo  Don  Polinario;  al  muchacho  más  in- 
subordinado y  audaz,  el  de  San  Miguel,  y  el  de  San 
Gabriel  al  del  pacato  chiquitín,  adoración  del  señor  de 
la  casa. 

El  de  mayores  dotes  de  glotón  y  chistoso,  era  Bato; 
Gila  la  más  batallera  y  parlanchína,  y  Cardenio,  pas- 
tor prudente,  algún  gazmoño,  mátalas  á  tientas,  que 
era  el  Néstor  pastoril. 

Un  tenor  grave,  literato  inédito,  que  lee  con  mucha 
puntuación  y  sindéresis,  es  á  la  vez  apuntador  y  direc- 
tor de  escena. 

Los  ensayos  que  hierven  en  chanzas,  chicoleos  y  pe- 
ripecias, los  celos  entre  pastores,  diablos  y  pastoras, 
las  agencias  para  el  servicio  de  la  escena,  las  empe- 
ñadísimas discusiones  sobre  vestidos,  alas  de  los  án- 
geles, bordados  de  lentejuela,  caireles  de  los  diablos, 
«te,  forman  un  modo  de  ser  en  aquel  gran  círculo  de 
actores  que  escapa  al  pincel  más  ejercitado  y  sagaz. . . 


356 


El  día  dé  la  función  es  la  mar,  y  los  comentarios 
de  tan  gran  suceso,  pueden  aún  registrarse  en  los  re- 
cuerdos indelebles  de  los  que  vieron  ó  fueron  parte  de 
aquellos  solaces  de  familia. 

Entretanto,  volaban  mis  blancas  ilusiones  como  par- 
vadas de  palomas  que  atraviesan  el  espacio,  se  remon- 
tan y  se  pierden  entre  pardas  nubes. 

Mi  pobreza,  mis  trabajos  constantes  para  la  manu- 
tención de  mi  señora  madre  y  de  mi  hermano  hacían 
enojosas  mis  horas;  pero  la  juventud  es  un  festín  ín- 
timo del  alma  que  interrumpe  alegre,  y  cuando  me- 
nos se  piensa,  duelos  y  quebrantos,  y  á  mí  me  arreba- 
taba, riendo,  de  las  garras  del  dolor,  para  pasearme, 
ya  entre  muchachas  de  poca  fortuna,  ya  entre  damas 
opulentas,  ya  empujándome  al  cafecillo  lleno  de  hu- 
mo de  tabaco  de  los  hojalateros  políticos;  ya  entre  los 
holgazanes  obreros,  de  bailes  caseros,  meriendas  á  es- 
cote; y  ya  entre  literatos  encerrados  en  su  vanidad, 
que  ostentaban  polendas  adquiridas,  desmenuzando  las 
odas  de  Horacio,  y  recitando  de  memoria  los  trozos 
más  brillantes  de  las  Geórgicas  ó  del  Facistol  de  Hoi- 
leau. 

Esta  serie  de  linternas  mágicas  en  que  figuraba  yo, 
como  Tenorio  en  unas,  como  protegido  en  otras  y  co- 
mo versista  decidor  en  todas,  ampliaba  el  círculo  de 
mis  conocimientos  y  convertía  en  infinitamente  varia- 
bles mis  estudios  sociales. 

De  aquí  nace  la  confusión  inevitable  de  estos  recuer- 
dos que  no  he  querido  sujetar  al  orden  cronológico  ri- 


357 

-garoso  ni  al  cartabón  de  las  fechas,  porque  entonces 
sería  estudio,  historia,  reseña,  anales,  pero  no  memo- 
rias mías  para  imprimirlas;  con  la  advertencia  de  que 
son  una  ensalada  de  Noche  Buena,  en  que  hay  lechu- 
gas, cacahuates  y  confites,  con  aceite  y  vinagre,  frutas 
de  la  estación  y  sus  labores  de  confites,  canelones,  rá- 
banos y  jicama,  lavados  industriales. 

Recuerdo,  pues,  que  por  aquellos  tiempos,  pared  de 
por  medio  del  año  de  40,  me  impresionó  hondamente 
-el  temblor  de  SantaCecilia,ocurridoálasdoce  de  la  no- 
che: las  gentes  dejaban  el  lecho  medio  desnudas  y  con- 
fesaban á  gritos  sus  pecados  en  medio  de  la  calle;  los 
sacerdotes  pegaban  la  faz  contra  la  tierra  ó  alzaban 
las  manos  al  cielo;  bamboleaban  las  torres,  sonaban  las 
campanas  como  articulaciones  doloridas,  y  las  fuentes 
deponían  sus  aguas  causando  terror. 

Aunque  ese  año  de  183Í)  fué  fecundo  en  aconteci- 
mientos políticos,  ni  esos  acontecimientos  ni  sus  co- 
mentarios eran  obsequios  serios  de  estudio  ni  siquie- 
ra atención  detenida. 

Los  extranjeros  veían  los  negocios  por  el  lado  de  sus 
intereses,  los  sacerdotes,  y  en  general  los  creyentes,  se 
-aferraban  en  sus  creencias  ó  supuestas  tradiciones,  de- 
fendiendo la  explotación  del  purgatorio  y,  rolaba  el  tra- 
jín  y  el  movimiento  político  entre  abogados  sin  clien- 
tela, gente  ociosa  y  mal  entretenida  y  canalla  perdu- 
laria y  viciosa  por  demás  que  se  empeñaban  con  más 
ó  menos  fortuna  en  disputarse  el  botín  de  los  empleos, 
negocios  de  agiotaje  y  otras  vedadas  industrias,  hasta 


858 

justificar  el  «quítate  tú  para  ponerme  yo. . . .  Ustedes 
ya  comieron,  vayanse  que  tenemos  hambre.» 

Así,  cuando  á  J.  Valente  Baz  se  le  hablaba  de  polí- 
tica, solía  decir:  ¡qué  política  ni  qué  ojo  de  hacha!  Es- 
te es  un  mal  figón  invadido  por  unos  audaces  marchan- 
tes que  agobian  á  la  repartidora  con  pedidos  y  con 
impertinencias.  Á  la  puerta  del  estrecho  figón  hay  una 
multitud  hambrienta  que  primero  ve  comer  con  silen- 
ciosaenvidia,  después  se  irrita  y  alborota;  al  últimoarro- 
ja  á  los  que  comían  y  se  instala  á  satisfacer  el  apetito; 
pero  no  cuenta  con  que  los  que  comieron,  después  de 
algún  tiempo  vuelven,  y  se  repiten  por  las  mismas  cau- 
sas las  propias  escenas. 

Por  supuesto  que  en  estos  cambios  de  escena  hay 
su  variación  de  decoraciones:  por  una  parte  aparecen 
cruces  y  ciriales,  sombreros  de  tres  picos,  condes  y 
marqueses  con  sus  comparsas  de  monjas,  beatos, cofra- 
días, hermandades,  etc.,  etc.;  y  por  el  otro,  personajes 
de  la  Ponchada  ó  sean  guardias  nacionales;  herejes  im- 
provisados, y  cada  patriotero  con  su  plan  y  cada  sanseu- 
lote  con  su  proyecto  de  destripar  frailes,  aniquilar  mon- 
jas, sacudir  telarañas  de  milagros  y  convertir  el  mismo 
cielo,  después  del  destierro  de  santos,  ángeles  y  sera- 
fines en  un  lugar  de  fandangos,  borracheras  y  desórde- 
nes después  de  haberlo  declarado  propiedad  nacional. 

La  generalidad  así  se  cuidaba  de  la  política  como 
del  mal  humor  de  los  habitantes  de  la  luna;  las  seno- 
ras  y  los  hombres  de  negocios  creían  que  se  recomen- 
daban diciendo  que  no  entendían  de  política  y,  los  em- 


359 

pleados  y  militares,  con  el  mayor  cinismo,  cacareaban 
el  «soy  de  quien  me  paga,»  haciendo  á  un  lado  la  con- 
ciencia y  la  vergüenza. 

Los  periódicos  mismos,  como  la  Lima  de  Vulcano 
de  los  Escoceses,  escrito  por  D.  Luis  Espino  (Espes  in 
Livo);  El  Mexicano,  por  D.  Pablo  Sánchez,  militar 
empleado  en  el  Ministerio  de  la  Guerra,  etc.;  pero  con 
decir  que  cuando  un  periódico,  de  los  muy  contados, 
tenía  doscientos  subscriptores,  veíase  el  hecho  como 
un  prodigio,  se  dará  idea  del  empuje  de  la  opinión  y 
de  la  alta  atención  que  merecían  los  acontecimientos 
políticos. 

Mucho  muy  frecuente  era,  aun  entre  personas  que 
no  se  podían  contar  personas  de  la  ínfima  clase,  oir 
preguntar:  ¿y  en  qué  pararon  aquellas  guerras  de  los 
insurgentes? Sin  contar  con  las  referencias  al  Vi- 
rrey y  la  extrafteza  por  que  no  llegaban  las  Bulas  de 
los  laticinios. 

Dominaba  sobre  el  fondo  obscuro  de  la  sociedad  el 
fanatismo  en  alianza  estrecha  con  el  soldado  y  con 
el  antiguo  encomendero  hecho  soldado. 

Las  nociones  científicas  y  de  ciencias  sociales  alum- 
braban como  por  intermitencias  en  grupos  aislados,  ó 
mejor  dicho,  en  individualidades  separadas  sin  distin- 
ción y  como  tesoros  enterrados,  ó  semillas  encerradas 
en  arcas  infecundas.  El  saber  se  semejaba  á  una  ri- 
queza en  barras  de  oro  y  plata  que  poseían  varios  par- 
ticulares que  puedan  llamarse  poderosos,  cuando  lo 
que   se   necesitaba  era  moneda  circulante,  no  unos 


360 


«cuantos  rico?,  sino  una  generalidad  que  tuviera  para 
los  cambios  y  sus  necesidades  precisas  ....  divulgar 
el  saber,  volver  la  riqueza  moneda  menuda. 


La  Academia  de  San  Juan  de  Letrán  había  decaído 
lastimosamente:  la  política  había  surtido  en  su  seno 
efectos  de  envenenamiento.  Tornel  se  había  separado 
del  Ministerio.  Pesado,  al  subir  al  Ministerio  de  Justi- 
cia, había  tenido  un  rompimiento  con  sus  amigos  Or- 
tega, I).  Francisco  Olaguíbel  y  Couto,  antiguos  compa- 
neros en  el  periódico  La  Oposición,  de  ideas  muy 
exaltadas.  Payno  había  marchado  á  Matamoros  y  esta- 
ba bajo  las  órdenes  de  I).  Manuel  Pina  y  Cuevas,  Ad- 
ministrador de  aquella  aduana  marítima.  Munguía  to- 
maba el  camino,  del  cielo,  como  decía  con  gracia,  por- 
que en  los  de  la  tierra  se  lucra  poco  y  se  tropieza  uno 
mucho. 

Aguí  lar  y  Marocho  ingresaba  con  aplauso  con  los 
«moderados»  y  estrechaba  sus  relaciones  con  Útero, 
con  Cardoso  y  conmigo,  haciéndose  admirar  por  su  ta- 
lento, por  su  erudición  y  por  su  chiste  natural. 

Rodríguez  Galván  estaba  á  punto  de  partir  para  la 
Habana,  donde' le  atajó  los  pasos  la  muerte 

Alpuche  emigraba,  Iglesias  se  hacía  notable  en  el 
turbulento  estudio  de  Perdigón  Garay,  en  que  también 
estaba  Julián  Montiel  y  Duarte,  por  su  retraimiento, 
por  su  estudio  asiduo  y  por  su  memoria  prodigiosa. 


361 

Pero  la  infancia  inocente  y  florida  había  pasado;  el 
amor  platónico  de  la  gloria  so  desvanecía,  sonriendo 
en  los  horizontes  en  que  dominaban  la  ambición  y  el 
interés. . . . 

Entre  esos  recuerdos,  ni  yo  mismo  me  doy  cuenta 
de  por  qué  aparecen  de  mejor  realce  y  mayor  relieve 
la  prisión  de  los  Sres.  D.  Francisco  M.  de  Olaguíbel, 
D.  Ignacio  Basadre,  D.  Juan  Zelaeta,  D.  Joaquín  Car- 
doso,  D.  Vicente  Mañero  Envides,  el  Padre  Alpuche 
y  D.  Valentín  Gómez  Parías:  pasaron  frente  de  mi  se- 
renos y  graves;  la  gente  les  seguía  con  vivas  muestras 
de  simpatía,  pero  en  silencio.  Acusábase  á  estos  se- 
ñores de  que  conspiraban  por  el  restablecimiento  de 
la  federación  y  de  que  todos  ellos  eran  masones  de  los 
que  no  oían  misa,  ni  usaban  rosario,  ni  se  confesaban. 

Basadre  sobresalía  en  el  grupo  por  su  aire  marcial, 
sus  grandes  y  expresivos  ojos  negros,  por  su  conti- 
nente majestuoso  y  cierta  aureola  novelesca  que  le 
tenía  formada  su  fama  de  aventurero,  por  el  estilo  del 
Baroncito  de  Faublás,  de  político  travieso  y  elástico  y 
de  conversador  fecundo  y  ameno. 

Zelaeta  era  uno  de  esos  letrados,  .adoración  de  las 
viejas,  encargados  de  reconocimientos  de  hijos  bastar- 
dos, soldador  de  matrimonios  descompuestos,  resuci- 
tador  de  litigios  viejos  promovidos  por  gente  rabiosa 
<le  hambre,  é  ídolo  de  las  muchachas  á  quienes  favo- 
recía en  su  «Baño  de  las  Delicias,»  de  que  era  funda- 
<l  or  propietario. 

Envides  era  un  viejecillo  semicontrahecho,  medio 


362 

torcido  y  corcobado,  lleno  de  chistes,  regadera  de  cuen- 
tos y  epigramas,  orgullo  de  los  oaxaqueños  sus  paisa- 
nos, admiradores  de  su  gran  talento  y  lector  asiduo, 
como  todos  los  liberales  exaltados,  de  su  Enciclopedia 
de  los  Sansculotes,  periódico  resalao  y  pendenciero. 

El  Padre  Alpuche,  yucateco,  era  alto  y  enjuto,  de 
cara  avinagrada  y  biliosa,  mordaz  y  áspero  de  carác- 
ter; era  solicitado  el  sacerdote  por  su  indulgencia  y 
bondad  como  eclesiástico  y  como  hombre  de  mundo 
y  buena  sociedad. 

Al  Sr.  Faifas  me  parece  que  ya  le  conocemos. 

Otro  de  los  acontecimientos  que  conserva  cierta 
frescura  en  mi  mente,  es  el  del  suicidio  del  coronel 
Yáñez,  persona  de  cierta  distinción,  perfectamente  re- 
cibido entre  la  gente  de  buena  sociedad,  y  ayudante 
del  Presidente  de  la  República. 

Alto,  fornido,  blanco  y  de  fisonomía  abierta  y  lumi- 
nosa: se  hizo  notar  por  su  lujo  excesivo  y  sus  amista- 
des sospechosas;  hombreábase  con  los  proceres  y  aven- 
turaba gruesas  cantidades  en  los  garitos;  se  le  creía 
haber  percibido  en  algún  asalto  de  bandidos  y  ofrecer 
su  fianza  á  algún  reo  famoso,  como  si  se  tratase  de  per- 
sona de  su  intimidad. 

Su  familia  era  irreprochable  de  virtud  y  compos- 
tura. 

Era  Prefecto  de  la  Ciudad  un  Sr.  Castro,  valiente 
como  un  Cid  y  astuto  como  una  zorra,  que  se  escu- 
rría por  la  hendedura  de  una  tabla  y  á  un  chisme  le 
arrancaba  al  vuelo  una  pluma  de  la  que  formaba  el 


363 

hilo  de  Ariadna  para  penetrar  en  el  más  intricado  la- 
berinto de  la  más  complicada  intriga  de  delitos  ó  crí- 
menes. Era  Castro  terror  de  los  malhechores,  quienes 
á  su  vez  le  asediaban  preparándole  asechanzas  peli- 
grosas y  enviándole,  como  obsequios,  calaveras  y  pu- 
ñales, símbolos  de  amenazas  y  venganzas. 

Ocurrió  un  robo  escandaloso  que  conmovió  por  sus 
circunstancias  ala  sociedad;  sin  sospecha  ni  anteceden- 
te apareció  Yáñez  como  director  y  capitán  de  una  nu- 
merosa cuadrilla  de  ladrones  derramada  por  varios 
puntos  de  la  República,  en  donde  ejecutaban  toda  cla- 
se de  horrores. 

Formalizóse  la  causa,  se  acumularon  pruebas,  ago- 
taron su  elocuencia  y  sus  relaciones  los  defensores  de 
Yáñez;  éste  parecía  impasible;  fulminóse  al  fin  la  sen- 
tencia de  muerte Yáñez,  según  dicen,  se  concertó 

con  su  médico,  y  la  mañana  misma  de  su  ejecución, 
al  entrar  en  su  prisión,  hallaron  su  cadáver. 

La  justicia  dispuso  que  se  expusiera  el  cuerpo  de 
Yáñez  en  el  patíbulo  para  ejemplar  escarmiento. 

En  ese  propio  año  de  1839,  recuerdo  que  me  impre- 
sionó la  muerte  del  Sr.  Gral.  D.  Ramón  Rayón,  por  la 
profunda  pesadumbre  que  mostraron  sus  numerosos 
amigos. 

Sabía  vagamente  que  Rayón  había  sido,  en  compa- 
ñía de  su  hermano,  el  Lie.  D.  Ignacio,  do  los  primeros 
años  de  la  Independencia.  Muchas  veces  me  habían 
entretenido  las  narraciones  de  sus  ardides  en  la  gue- 
rra, de  su  habilidad  para  fundir  cañones  y  de  su  saber 


364 

en  materia  de  fortificación  que  aprendió  por  sí  mismo. 

Yo  sólo  conocí  al  Sr.  Rayón  de  lejos,  y  era,  á  pesar 
de  su  mucha  edad,  un  homhre  atlético  y  de  andar  fir- 
me, tuerto  y  de  alzado  copete;  de  nariz  larga  y  boca 
grande,  con  la  dentadura  blanca  y  con  escasos  claros. 

Se  le  atribuía  ó  tenia  fuerza  extraordinaria,  como 
era  detener  un  coche  en  su  marcha,  agarrando  el  eje, 
y  cosas  por  el  estilo. 

En  la  función  solemne  de  la  coronación  de  Iturbi- 
de,  en  Catedral,  Rayón  iba  en  la  comitiva  del  Liber- 
tador: un  lépero  se  aficionó  del  pañuelo  que  llevaba 
en  el  bolsillo  de  la  casaca,  y  lo  persiguió  tenaz  en  me- 
dio de  la  muchedumbre.  Rayón  lo  sintió,  y  sin  darse 
por  entendido,  dejó  obrar  al  lépero.  Éste  introdujo  al 
fin  su  mano  en  el  bolsillo,  cogió  el  pañuelo;  pero  no 
pudo  sacar  la  mano  porque  Rayón  se  la  tenía  afianza- 
da y  aprensada  dentro  la  misma  bolsa.  A  cada  esfuer- 
zo del  lépero,  Rayón  apretaba  con  el  mayor  disimulo 
hasta  que  dejó  de  moverse  la  mano.  Al  salir  de  la  igle- 
sia, sintiendo  aún  Rayón  la  mano  del  lépero  en  su 
bolsa,  se  volvió  para  dejarlo  libre;  pero  el  lépero  no 

podía:  llevaba  completamente  triturada  su  mano 

Rayón  le  socorrió  con  la  mayor  generosidad. 

En  toda  su  plenitud  disfruté  ese  año  de  las  nueve 
noches  de  Posadas,  con  sus  farolillos  y  sus  cohete?, 
su  música  y  sus  cantores  y  cantoras,  sus  rezos,  su  bai- 
les y  sus  piñatas  retozonas  y  ruidosas. 

Verificáronse  estas  posadas  en  una  casa  de  esas  que 
se  llamaban  industríalas,  de  bailecitos  á  escote  y  li- 


365 

bertad  de  uniones  ya  legítimas. yavlandcstinas,  con  un 
cabeza  de  casa  amigo  y  comodín  de  los  frailes,  y  uña 
y  carne  de  soldados  calaverones.  Con  una  esposa  que 
la  giraba  en  su  tanto,  ya  haciendo  aguas  lojas  por  cua- 
resma y  Semana  Santa,  ya  fabricando  tumbas  de  car- 
tón y  entierritos  de  garbanzo  los  días  de  Muertos,  ya 
poniendo  su  mesa  de  alfeñiques  por  Noche  Buena  en 
que  parientas  y  amigas  golpeaban  ol  almíbar,  amolda- 
ban los  borregos  con  sus  lanas,  que  no  habia  más  que 
ver,  y  preparaban  fuentes  de  caramelo  como  cristal,  lo 
mismo,  mismísimo  que  las  monjas  de  San  Lorenzo. 

Si  las  niñas  hacían  primores  de  manos  que  ostenta- 
ban en  fallitas,  pecheras  y  pañuelos,  había  una  Doña 
Moniquita  que  era  una  maravilla  para  velar  enfermos, 
aplicar  con  pulso  firme  medicinas  difíciles,  encender 
las  velas  de  reglamento  á  parturientas  y  agonizantes, 
encomendar  el  alma,  vestir  al  muerto  y  llevar  la  ba- 
tuta en  los  rezos  á  las  ánimas  y  en  la  colecta  de  rifas 
de  oraciones  para  conseguir  indulgencias  y  gracias  de 
la  Iglesia. 

Con  el  designio  de  ocupar  á  los  loctores  lo  menos 
posible  de  mi  insignificante  personalidad,  puse  á  estos 
recuerdos  por  título  «Memorias  de  mis  tiempos,»  re- 
latando más  bien  mis  impresiones  de  las  cosas  que 
ocurrían  á  mi  alrededor;  pero  tal  propósito  no  podía 
llevarse  á  cabo  en  todo  lo  que  muy  de  cerca  me  ata- 
ñe. Así,  pues,  para  no  rendir  homenaje  á  la  hipocre- 
sía, diré  un  algo  de  mis  aventuras  de  juventud  en  la 
alegre  mañana  de  mi  vida.  Allá  vov. 


366 

La  casa  de  respeto  en  que  en  unos  perseguidos  amo- 
res solía  ver  á  la  señora  de  mis  pensamientos  y  que 
yo  frecuentaba,  era  una  casa  amplia  y  decente,  con  dos 
patios.  El  primero  habitado  por  la  familia  de  mi  co- 
nocimiento y  el  segundo  por  una  numerosa  vecindad 
de  viviendas  interiores  y  cuartos  bajos,  con  sus  admi- 
nículos de  ollas  y  macetas,  muchachos,  gallos,  cañe?, 
tendederos  con  ropa,  casera  entrometida  y  regañona  y 
estorbos  sin  clasificación  sembrados  por  todas  partes. 

Al  terminar  la  subida  de  la  escalera,  en  el  patio 
principal,  y  torciendo  el  paso,  se  elevaba  una  escalera 
de  palo  que  conducía  á  un  cuarto  aislado,  muy  pro- 
piamente llamado  de  los  embarazos,  casi  olvidado  y 
en  que  era  como  osario  de  muebles  viejos,  tinas  de 
hojalata,  zahumadores,  sillas  desbarajustadas,  trastos 
inválidos,  gorros  y  vestidos  antidiluvianos,  cortinas, 
camas  con  y  sin  cabeceras,  un  guitarrón  rajado  y  cuan- 
to trebejo  puede  mencionar  un  baratillero  aguerrido  y 
experimentado. 

La  familia  de  que  me  estoy  refiriendo  se  componía 
de  un  militar  de  alta  graduación,  feroz  en  su  facha  y 
con  una  tradición  de  tragábalas  que  horripilaba.  El 
militar  era  viudo  y  casi  nunca  asistía  á  la  casa:  tenia 
encomendadas  dos  de  sus  hijas  y  una  huérfana  á  su 
anciana  madre,  sorda  como  una  calavera  de  muerto. 
y  simple  (raro  en  sorda)  como  nadie  se  puede  ima- 
ginar. 

Las  chicas  eran  avispas  y  las  criadas  elegidas  por 
ellas,  botinas,  ladinas  y  corriosas,  como  si  hubieran 


367 

sido  educadas  en  bodegón  de  barrio  ó  haciendo  corre- 
tajes de  voluntades  toda  su  vida. 

La  concurrencia  masculina  la  formaban  antiguas  re- 
laciones de  familia  que  eran  recibidas  antes  y  después 
de  medio  día  y  á  prima  noche,  con  toda  finura  y  cir- 
cunspección. 

Pero  fuera  de  esas  horas  y  con  los  brevísimos  pa- 
réntesis que  abría  el  furibundo  hijo  de  Marte  que  he- 
mos dado  á  conocer,  los  tertulianos  podían  formar  un 
racimo  de  frutas  de  horca  sin  el  menor  inconveniente. 

Unos  diputados  en  desenvuelta  soltería,  unos  cole- 
giales en  vísperas  de  destripar,  un  lego  glotón  y  peca- 
minoso, dos  tenientes  mugrosos,  de  nariz  colorada  y 
tacón  torcido,  un  músico  apasionado,  un  bailarín  que 
sabía  freír  frijoles  y  preparar  tortas  alegres,  formaban 
la  corte  de  las  chicas:  nerviosa  la  una,  francota  y  con- 
fianzuda la  otra,  glotona  ésta,  parlachina  y  obsequiosa 
la  de  más  allá,  pero  todas  alegres,  juguetonas  y  com- 
placientes, sin  excluir  la  costurera  y  la  recamarera  in- 
trusa, risueña  y  comunicativa  como  alambre  telegrá- 
fico. 

Las  distracciones  eran  variadísimas:  se  jugaban  pren- 
das y  se  merendaba;  por  una  parte  se  regaban  piropos 
y  por  otra  se  sembraban  sollozos;  cruzaban  casi  á  la 
vez  relámpagos  de  celo  y  perfumadas  brisas  de  alegría, 
y  no  faltaba  momento  en  que  imperase  una  confrater- 
nidad inverosímil,  y  entonces  carcajadas  y  carreras, 
bailes  y  retozos  mesurados  hacían  temblar  el  suelo  ai 
punto  que  la  anciana  sorda,  encerrada  en  la  pieza  con- 


368 

tigua,  gritaba  despavorida  arrodillándose:  ¡que  tiem- 
bla! ¡que  tiembla!   Kyrie  leyson!  ¡Kyrie  leyson! 

Entre  las  jóvenes  de  que  me  ocupo,  había  una  pro- 
fundamente enamorada  de  un  tenientillo  de  caballería 
que  padecía  sus  intermitencias  de  desdén,  lo  que  sa- 
caba de  quicio  á  Cuca  (era  el  nombre  de  la  chica),  que 
recurría  á  toda  clase  de  arbitrios  para  volverlo  al  redil. 

El  teniente  vivía  en  el  segundo  patio  en  compañía 
de  un  díscolo  que  era  el  Tenorio  de  todas  las  perras  y 
un  permanente  en  sesión  perpetua  de  embriaguez,  pe- 
ro servido^  incondicional  de  su  adorado  teniente. 

Á  la  intrépida  Cuca  se  le  ocurrió  volver  al  redil  por 
mi  medio  á  su  belicoso  amante,  y  para  ello,  y  advir- 
tiéndome su  inocente  ardid,  me  dio  una  cita  á  excusas 
y  á  la  hora  de  la  modorra  de  la  siesta  al  «cuarto  de  los 
embarazos,»  de  que  tengo  dado  conocimiento.  Yo  con- 
descendí porque  es  imperdonable  desatención  un  des- 
aire á  una  dama  y  porque  esos  ensayos  de  aventura 
no  se  desperdician  en  la  primera  edad. 

El  concierto  de  la  cita  no  sé  cómo  lo  olfateó  el  asis- 
tente, quien  por  no  exponer  a  su  jefe,  lo  puso  en  co- 
nocimiento del  señor  de  la  casa,  ofreciéndose  á  estar 
en  perpetua  vigilancia  de  mi  persona. 

Llega  por  fin  el  día,  corro  á  la  casa;  todo  se  presen- 
ta propicio:  subo  de  puntillas  la  escalera  del  cuarto 
consabido ;  Cuca,  radiante  de  felicidad,  me  echa  los 
brazos  al  cuello. . . .  sobresalto,  risas,  palabras  entre- 
cortadas, todo  se  representaba  frente  á  la  ventana  del 
reliado  amante. 


369 

Creímos  oir  un  ruido  metálico  en  el  patio;  Cuca  es- 
pía por  el  agujero  de  la  llave.  María  vuelve  rápida  y 
espantada,  gritando:  ¡papá!  Corre  y  me  deja  encerrado 
á  muerte  en  el  diabólico  «cuarto  de  los  embarazos.» 

Quedo  como  ratón  en  ratonera:  quiero  escalar  las 
paredes,  me  asomo  á  la  ventana  como  al  borde  de  un 
precipicio;  la  altura  es  inmensa.  Piedras  sueltas,  pa- 
los, Fopa  blanca  tendida  en  el  suelo. ...  En  todas  los 
cuartos  gente. 

Entretanto  los  pasos  se  acercaban,  el  acero  de  la  vai- 
na de  la  espada  gruñía y  mientras  yo  forcejeaba 

con  la  puerta,  fuera  de  mí,  la  puerta  no  cedía;  la  chapa 
comenzaba  á  sonar  floja,  pero  papá  estaba  á  diez  pa- 
sos . . .  Desesperado  me  ocurrió  la  idea  de  una  barri- 
cada, amontonando  muebles,  trastos  y  cuanto  encontra- 
ra á  mi  alcance  contra  la  puerta,  para  que  al  abrirla  el 
hijo  de  Marte  hacer  una  avalancha  de  trastos,  hojalatas, 
faroles  y  envoltorios,  y  bajar  rodando  las  escaleras  y 
así  escabullirme.  Pero  á  nada  daba  tiempo  el  crujir  de 
la  puerta,  el  sonar  al  desprenderse  la  chapa,  y  al  albo- 
roto exterior  y  al  estado  de  mi  espíritu,  por  fin  cedió  la 
puerta,  y  yo,  rápido  como  el  pensamiento  me  lancé  por 
la  ventana  al  techo  del  común  cercano;  pero  me  faltó  la 
fuerza  y  quedé  colgado  de  la  canal  siendo  el  espanto  del 
segundo. . . .  Ladridos,  gritos,  exclamaciones  de  «¡Je- 
sús lo  ampare!»  «¡Jesús  te  acompañe!»  se  oían  por  to- 
das partes. ...  yo  veía  un  abismo  á  mis  pies  y  mis 
brazos  cedían,  cedían  hasta  no  poder  soportarme;  en- 
tonces hice  un  esfuerzo  supremo,  me  estiré  como  la 


370 

cuerda  de  un  arco. ...  y,  ¡zas!  á  la  azotea  más  muerto 
que  vivo.  Pero  al  tocar  en  tierra,  vi  en  la  azotea  al  for- 
midable teniente  de  Cuca;  con  un  fusil  su  asistente  y 

no  sé  quiénes  más Verlos,  incorporarme,  correr 

y  saltar  entre  jaulas  y  enredaderas  á  un  corredor  ve- 
cino, fué  obra  de  un  instante. 

— Muy  buenos  días, — dije  á  los  habitantes  pacíficos 
de  la  casa  que  salieron  al  ruido  y  me  vieron  estupefac- 
tos.— Ustedes  perdonen,  señores,  esta  manera  de  visi- 
tar; pero  probando  un  maldecido  papelote,  di  un  res- 
balón . . . 

—  Fatales  resbalones  son  esos....  venga  Ud.  por 
acá, — me  dijo  el  señor  de  la  casa  que  era  mi  amijro;— 
me  metió  á  su  recámara,  me  tranquilizó,  me  limpió, me 
dio  agua  con  magnesia  y  me  detuvo  hasta  que  desapa- 
reció todo  peligro.  Ocupémonos  ahora  de  la  otra  aven- 
tura. 

El  otro  suceso  á  que  me  referí,  tiene  mucho  de  gro- 
tesco y  guardaría  sobre  él  prudente  silencio  si  no  fue- 
ra porque  en  mi  sentir  tiene  algo  del  colorido  de  la 
época. 

In  illo  témpora  nuestros  viceversas  y  contradiccio- 
nes sociales,  nacidos  de  nuestro  origen  y  de  los  capri- 
chos de  la  fortuna,  eran  más  acentuados;  los  progresos 
de  la  educación,  el  contacto  con  los  extranjeros,  la  ba- 
ratura de  muebles  y  de  géneros,  etc.,  pero  sobre  todo 
los  pronunciamientos,  establecían  encontradas  corrien- 
tes, abatían  eminencias  coloniales,  levantaban  entida- 


371 

des  inesperadas  y  como  aparecidas  y  daban  al  conjun- 
to un  aspecto  de  mesa  revuelta  ó  globo  de  lotería  en 
que  todas  las  bolas  tuviesen  distintos  números  y  co- 
lores. 

En  una  misma  familia  se  podía  marcar  al  tío,  arrie- 
roó carpintero, hecho  general  de  bote  y  zumbido,  de  bi- 
gote y  guantes,  de  cohorte  y  de  influencia,  y  al  herma- 
no, labriego,  de  calzón  de  cuero  y  con  unos  trujes  y 
unos  caibas  de  desbaratarle  la  cara  á  la  damita  almi- 
barada y  bailadora  de  cuadrillas,  y  la  mamá  comien- 
do con  los  dedos,  el  túnico  bajado  del  corpino,  sin  me- 
dias y  con  la  chancla  sonante. 

Otra  lección  social:  se  encerraba  en  sus  hábitos 
antiguos,  con  las  viejas  criadas  de  armador,  las  niñas 
de  lleco  liso  y  de  zorongo,  comiendo  su  puchero,  re- 
zando su  rosario  y  sujetas  en  un  todo  á  las  leyes  su- 
premas de  las  directoras. 

Pero  en  el  alto  quirio,  si  bien  deslumhraban  aún  los 
astros  de  la  Iglesia  y  los  luminares  del  foro  de  la  me- 
dianía, y  la  milicia  que  habían  quedado  vivientes  en 
en  el  nuevo  régimen,  estaban  interceptados  y  confun- 
didos por  los  advenedizos  de  la  revolución. 

Las  prácticas  monásticas  observadas  por  muchas 
familias,  la  rigidez  de  la  confesión  en  cortos  períodos, 
el  internado  para  los  que  seguían  la  carrera  monásti- 
ca y  de  las  letras  y  otras  causas,  hacían  que  los  chi- 
cosen  lo  externo,  pacatos  y  ceremoniosos, buscasen  sus 
solaces  clandestinos  con  las  parientas  y  criadas,  y  en 
lo  externo  con  cómicos  y  bailarinas,  toreros,  picado- 


372 

res  de  á  caballo  y  gente  alegre,  alejada  de  la  tirantez 
cortesana. 

Feliz  el  jovenzuelo  de  cierta  ralea  que  lograba  hos- 
pitalidad entre  bailadores  ó  era  recibido  en  el  cuarta 
de  una  actriz. 

Feliz  el  petimetre  á  quien  dedicaban  en  un  redondel 
un  par  de  banderillas  ó  una  flor,  y  sobre  todos  feliz  el 
que  salía  de  una  corrida  do  toros  ostentando  unas  ban- 
derillas, regalo  del  afamado  capitán  de  la  cuadrilla. 

Estas  relaciones  se  estrechaban  en  figones  y  colea- 
deros, bodorrios  y  fandangos,  en  que  se  verificaban  enla- 
ces fugaces  que  salpicaban  en  retoños  aparecidos,  con 
nombres  retumbantes,  la  masa  revueltadel  pópulo  bár- 
baro. 

En  el  oleaje  de  ese  conjunto  desplegaba  sus  velas 
mi  juventud.  Así  es  que  me  consideré  dichoso  cierto 
día,  que  nada  menos  que  el  primer  picador  de  la  plaza 
de  San  Pablo  me  convidó  para  un  bailecito  casero,  por 
el  Tornito  de  Regina. 

La  espalda  de  la  casa  del  baile  daba  á  un  callejón 
do  vara  y  media  de  ancho  que  comunicaba  ln  entonces 
extensísima  plazuela  de  las  Vizcaínas, hoy  limitada  por 
una  manzana  de  casas,  con  la  calle  de  Don  Toribio. 

Daban  á  eso  callejón  altas  ventanas  de  la  casa  en 
que  se  verificaba  el  baile,  ventanas  por  la  estrechez 
del  callejón,  como  asomadas  á  un  gran  corral,  que  ser- 
vía de  paraje  de  arrieros,  mansión  de  burros,  caballos 
y  recuas,  lleno  de  estorbos,  aparejos,  carros  despeda- 
zados, pesebreras,  etc. 


373 

La  salita  en  que  se  verificaba  el  baile  tenía  sus  ven- 
tanas para  el  callejón,  con  sus  vidrieras  completadas 
con  papel  aceitado  para  no  interceptar  del  todo  la  luz, 
cuando  era  necesario. 

Paredes  blancas  sin  friso  ni  adornos,  unas  cuantas 
sillas  en  el  estrado,  y  á  los  lados,  la  silla  de  montar 
en  su  caballete,  á  su  lado  una  mesa  con  varios  platos 
con  puchas,  rodeos  y  tiras  de  queso,  entre  botellas  de 
Rosolis,  catalán  judío  y  vasos  con  sangría  y  chía,  que 
reconocían  por  fuentes  abundantes  dos  ollones  colo- 
cados tras  de  la  puerta,  bajo  la  custodia  de  una  vieja 
claridosa  y  de  toda  confianza. 

En  el  fondo  estaba  la  música,  compuesta  de  dos  ban- 
dolones, un  bajo  y  una  flauta. 

La  concurrencia  era  de  lo  más  heterogénea:  se  com- 
ponía de  los  parientes  y  amigos  íntimos  del  picador, 
de  los  niños  invitados  que  lo  favorecían,  algunos  hi- 
jos de  Marte,  y  unos  sacerdotes  de  la  Merced  ó  San 
Francisco,  que  eran  como  de  la  casa  por  el  favor  de  la 
señora  y  las  niñas. 

Entre  las  damas,  formaban  caprichoso  mosaico  los 
túnicos  de  muselina  y  carranclán,  las  mascadas  de  la 
India  y  pañoletas,  los  caracoles  y  peinados  de  caraco- 
les, y  peinetas  de  olla,  de  teja  y  de  las  tres  potencias, 
zapato  de  raso  chino  y  media  calada,  con  el  rumboso 
castor,  la  enagua  de  mascadas,  el  desgote  con  retozo 
de  fraile,  la  matacolas,  gargantillas  y  aretes  ó  arraca- 
das de  oro. 

Entre  los  galanes  alternaban  el  vestido  de  charro  del 


374 

niño,  fino  todo,  bordados  y  galones;  y  el  escurrido  pan- 
talón del  escribiente,  el  frac  de  botón  dorado  y  la  cha- 
queta de  indiana  del  artesano,  la  frazada,  la  esclavina 
y  la  capa  en  deliciosa  confraternidad. 

Ardía  el  fandango,  el  entusiasmo  erótico  invadía  las 
fronteras  del  delirio,  el  polvo  colorado  de  los  ladrillos 
que  levantaban  los  bailadores  hacía  aparecer  las  luces 
como  al  través  de  las  nieblas. 

Yo  no  sé  cómo  ni  dónde  estalló  una  disputa:  de  las 
insultantes  palabras  pasaron  á  las  manos;  los  catrines 
formaron  falanje  al  peladaje  lépero;  las  mujeres  se  con- 
virtieron en  furias,  y  aquellas  fueron  granizadas  de 
puñetazos,  aguaceros  de  palos,  tempestades  de  blasfe- 
mias y  desvergüenzas;  volaban  en  todas  direcciones 
platos,  botellas  y  vasos  entre  nubes  de  puchas,  rodeos 
y  tiras  de  queso.  Las  luehas  se  habían  empezado  de 
de  cuerpo  á  cuerpo,  á  mí  me  tocó  de  contendiente  un 
barbaján  de  cantería,  con  unos  puños  como  de  fierro. 
Yo  me  defendía  luchando  con  todas  las  reglas;  pero  im- 
paciente el  jayán  de  no  poder  derribarme,  me  asió  de- 
bajo de  las  arcas  y  me  lanzó  por  la  ventanilla  descri- 
ta que  daba  al  corral  de  las  Vizcaínas. 

Aquel  estupendo  é  inesperado  vuelo  fué  un  vértigo 
para  mí.  Afortunadamente,  después  de  mi  escapada 
aérea  caí  en  un  montón  de  estiércol,  pero  desapare- 
ciendo como  en  un  lago.  Me  ahogaba,  salí  á  flor  de  es- 
tiércol, pero  entre  las  risotadas  de  burla,  escupiendo, 
asqueado  y  molestísimo,  al  extremo  que  un  mes  des- 


375 

pues  no  podía  comer  á  mi  gusto  por  el  sabor  maldecido 
que  me  dejó  mi  aventura. 

No  quiero  concluir  esta  nota  sin  dar  idea  de  otra 
clase  de  bailecitos  de  mediopelo,  á  los  que  era  yo  efec- 
tísimo. 

Érase  el  año  de  1840,  y  publicaba  yo  con  el  seudó- 
nimo de  Don  Benedetto,  en  el  Museo  Popular,  los  ver- 
sos siguientes,  tomados  de  mi  comedia  titulada  « El 
Alférez.» 


«No  hace  mucho  concurrí 
Con  mi  querida  Matilde, 
A  un  baile  de  gente  humilde, 

Y  escuche  usted  lo  que  vi: 
Pieza  á  medio  blanquear 

Era,  dondo  una  cortina, 
Dividía  la  cocina 
Del  espacio  de  bailar. 

Sentados  los  circunstantes: 
Los  más  decentes  en  sillas, 
Los  de  chaqueta  en  cuclillas 

Y  de  plano  los  restantes. 
En  mesas  de  cien  abriles, 

Sostenidas  con  esmero 
Por  un  oculto  madero, 
Estaban  dos  luces  viles. 

Pérfidos  las  resguardaban 
•Dos  candeleros  raquíticos 
Que  al  sentir  gente,  impolíticos, 
Las  bujías  ladeaban. 

Junto  al  lecho  hubo  una  luz 
De  una  lamparilla  escuálida, 
Alumbrando  la  faz  pálida 
Del  Redentor  en  la  Cruz. 

Haciendo  papel  decente 
Por  su  petulante  empaque 
Un  cantan  le  badulaque, 
Un  fraile  y  un  subteniente. 


376 

Escuchándose  á  la  vez 
Un  perrillo  que  ladraba, 
Algún  chico  que  lloraba 
Ó  risotada  soez. 

Después  de  instancias  y  esperas 
Un  músico  calvo  y  tuerto 
Tocó,  no  con  mucho  acierto, 
Unas  alegres  boleras. 

Y  de  un  obscuro  rincón, 
Con  el  frac  corto  de  sisa, 
Largo  el  cuello  de  camisa, 
Más  que  corto  el  pantalón, 

Corbata  de  esas  pueriles   * 
Llena  de  pliegues  y  lazos, 

Y  distantes  los  dos  brazos 
De  sus  agudos  cuadriles, 

Salió,  con  garbo  gentil, 
Haciendo  mil  contorsiones, 

Y  abriéndose  los  faldones 
De  su  casaca  ¿quién?— Gil. 

Extiende  la  Haca  pierna, 
Suelta  el  palillo  con  curia, 

Y  habla,  alzándose  la  furia 
Con  su  compañera  tierna. 

Mil  pies  llevan  el  compás, 
Ya  se  escucha  poco  ruido: 
Pero,  gritan:  jel  marido! 
La  niña  no  baila  más: 

Hay  gritos  ¡oh  suerte  impía? 
Todos  huyen  por  la  ronda, 

Y  es  preciso  que  me  esconda 
Hasta  que  asoma  otro  día. 


FIN. 


ÍNDICE 

CAPÍTULO  I. 


Impresiones  de  infancia.  —  Molino  del  Rey. — Un  describir 
ó  sea  sólo  mención. — Barbacoa. — Coleadero.—  Herrade- 
ro.—  Rifa  de  compadres. —  Posadas. —  Compadrazgos. — 
Rifas  de  san  tos. — Gral.  Victoria. — Pr¡  mer  ensayo  oratorio. 
— Viernes  de  Dolores. — Coloquio. — Hazañas  infantiles. — 
La  Loba  de  Chapultepec  — Mi*  padres.—  Escuela  de  D.Ma- 
nuel Calderón. —  Vida  íntima. —  Comidas. —  Costumbres 
religiosas  del  hogar  — Cuaresma.— Semana  Mayor. — Pro- 
cesiones.—  Ejercicios. —  Desagravios. —  Romerías. —  Po- 
sadas.— Fiesta  de  Indios.— Señor  de  Cuaima.— Los  Reme- 
dios.— Toma  de  hábito  — Can  tamisa. —  Mi  tía  Juanita. — 
Recuerdo  de  Cardoso. —  San  Judas.— Milagros. — Educa- 
ción.— Mi  tía  Doloritas. — Su  muerte. — Mi  miedo. — Cam- 
bio de  vida. — Juegos  de  niños. — Mi  «buelo. — Toatro. — 
Toros. — I).  Javier  Heras. — Toreros  célebres.— Juego  de 
pelota. — Grandes  jugadores. —  Los  títeres. —  Mi  aventura 
con  los  titiriteros.— Grito  de  la  Acordada, — Victoria  y  Pe- 
draza. — Guerrero. — Saqueo  del  Parián. — Emigración. — 
Descripción  del  Parián.— Anécdota  de  Obregón. — Rendi- 
ción de  Barradas. — Bustaman te.— Rasgos  biográficos  de 
Guerrero. — Muerte  de  mi  padre. — Cambios  de  suerte. — 
Orfandad. — Examen  de  mi  saber  y  esperanzas. — La  se- 
ñora mi  madre. —  Descubrimiento  poético. —  Ensayos. — 
D.  Joaquín  Heredia  y  Doña  Anita  Zúlela. — Tertulias. — 
Improvisadores. — Ejercicios  de  improvisación  en  la  Ala- 
meda.—  El  barbero  D.  Melesio.— Fama  de  poeta.— Mise- 
ria.— Confidencia  de  dolor.— Ojeada  á  la  prensa. —  Pensa- 
dor.— Bodegones. —  Quintana  Roo  — Entrevista. — Adua- 
na.—  Castaños. — Colegio.— Iturralde.—  Casa  deQuintana. 


PAg*. 


378 

Fá?s- 

— Heredia. — Zavala.— Músicos. — Beristain. — Baldovinos. 
— Ibarra. —  Alejo  Infante. — Paync. —  Zozaya. —  D.  Car- 
los Medina  Picazo. — D.  Ignacio  Pavón. — Lagartijos  déla 
época. — Suárez. — Algara  era  la  elegancia. —  Lacunza.— 
Collado. — Casa  de  vecindad. —  Colegio  de  Jesús.— Ula- 
guíbel,  págs.  1  á /' 


CAPITULO  II. 

Guillermo  Valle. — La  protección  de  Santa-Anna  y  sus  aven- 
turas.—  1833.  Cólera  Morbo. —  Escenas  dolorosas. —  El 
Dr.  Barrientos. — Expulsión  de  españoles. — Mi  tío  D.  Do- 
mingo Ortiz. — Portal  de  Agustinos. — Café  del  Sur.— Lan- 
zagorta. — El  Lie.  Borda. — Teatro. — Amador. — La  Monte- 
negro.—  Cantantes. —  Juana  la  Rabicorta. —  Músicos  — 
Elízaga. — Bailarines. — La  Gran  Sociedad. —  Café  de  Ve- 
roly. — Bodegas  de  la  Madama. — Pulquería. — Fonditas  al 
aire  libre. — Portal  de  las  Flores. — San  Juan  de  Letrán. 
— Ferrocarril. — Banco  Oriental. — Adolfo  Theodoro. — Ca- 
fé del  Águila  de  Oro.— Fernando  Calderón. —  El  Padre 
Arrillaga. —  Mi  María. —  Pradito  de  Belén. —  Amores. — 
Casa  de  D.  Francisco  Ortega. — Martínez  de  Castro. — An- 
tonio Larrañaga. — Ignacio  Rodríguez  Galván. — La  Adua- 
na.— Manuel  Payno. — Veranear.— Pueblos  de  los  alre- 
dedores.— Días  do  campo. — Las  cuadrillas. — Juan  Gam- 
boa.— Bailes  y  tertulias. — Baile  á  lo  casero. — Modas. — 
Sayas  abiertas.— Btiile  á  escote. — Compadrazgos  y  posa- 
das.—Lucha  del  toro  y  el  tigre,  págs.  79  á 155 


CAPITULO  III. 

Colegio  de  Letrán.  —  Callejón  de  López.— Lacuñza.  —  Su 
cuarto.— Conversaciones  y  confidencias. — Lecturas. — La 
Academia  de  Letrán. — Juan  Lacunza. — Ferrer. — Joaquín 
Navarro.— Quintana  Roo. — Carpió. — Don  Manuel  y  Don 
Alejandro. — Pesado. — Rodríguez  Galván.  —  Ignacio  Ra- 
mírez.— Aguilar  y  Marocho. — Munguía. — Fernando  Cal- 
derón.—Juan  N.  Navarro. — Alcaraz — Tornel. — Gorosti- 
za. — Collado. — Taller  de  Villanueva  —  Mis  relaciones  con 
Fernando  Calderón. — Reflexiones  sobre  la  Academia. — 


879 

Págs. 

Costumbres  y  obras  originales. — Aduana.—- Un  ladrón 
que  se  denuncia. — Descripción  de  la  Aduana. — Sus  labo- 
res.— Edificio. — Dolores  y  gozos. — El  empleado  viejo.— 
Vida  alegre.— Café  del  Véroly. — Ribot.— Requena.— Tola. 
— Cela. — Cartucheras  al  cañón. — Calaveradas. — Vinatero 
ó  Gregorito. — Los  frailes. — La  Iglesia  y  sus  bienes. — 
Fiestas  mundano-religiosas. — Especulaciones,  intrigas, 
educación. — El  Tata  Padre. — Monjas  y  milagros  — Lite- 
ratura mística. — Los  conventos,  págs.  157  á 251 


CAPITULO  IV. 

Profesión  de  Monjas.— Patino.  —  Gorostiza  y  la  Opera. — 
Operistas— La  Pautret. — Bailes.— Recuerdos  antiguos. — 
Tonadillas.— Canciones  y  Tiranas.— Cantantes  y  actrices 
célebres. — Chata  Munguía. — Teatro  de  los  Gallos. — Morí- 
tegrinos  y  Capuletos, — La  Cnstelani. — Carnaval. — Más- 
caras obscenas. — D.  Quijote  y  Sancho  Panza. — Rodríguez 
y  Calderón. — Guerra  del  francés. — Muestras  extranjeras. 
— Guardia  Nacional. — Villamil. — Gaona. — Rincón. — La- 
bastida.— Godínez. — Títeres  del  Puente  Quebrado. — Vi- 
vienda de  laclase  media.— Comedias. — Trajes. — Madame 
Adela. — Modistas. — Vestidos  de  hombre  y  mujer. — Gé- 
neros.— La  China.  —  Jacales. — Miseria.  —  Lo  lépero.— El 
lépero. — Ojeada  política. — Corro  D.  Justo. —Muerte  y  fu- 
nerales de  Barragán.— Escuela  de  Medicina. — Dr.  Licéa- 
ga.— Escobedo.— Jecker. — Becorril.  —  Guapillo. — D.  Mi- 
guel Muñoz,  págs.  253  á 307 


CAPÍTULO  V. 

Médicos. — Boticarios. — Botica. — Estudiantes  de  Medicina. 
—Botica  de  Peñúñuri.  —  Confusión  de  recuerdos — El 
Corpus.  —  Sastres  militares.  —  Zapateros.  —  Tertu lia  de 
ancianas.  —  Revista  social.  —  Educación  de  hombres  y 
mujeres. — Costumbres. — Casa  grande.  —  Mesa  de  mali- 
lla.— Fr.  Pingajo. — Burrifacio.  —  Hipócrita. — Barrera. — 
Abelardo.  —  Bisbfs. — Magdaleno  Contingencia.  —  Acade- 
demia, — Años  nuevos  de  38  y  39. — Amores  de  Rodrí- 
guez.— D.  Bernardo   Couto.  —  Caldera  en  el  Teatro. — 


880 

Pan. 

Temblor  de  Santa  Cecilia. — Translación  de  los  restos  de 
Iturbide  — Virgen  de  los  Kemedios. — Las  luces.— Cantos 
popnlare3.— El  jimba — El  Dormido. — Sonedlos.  —  La 
Petenera. — Li  manta.  —  El  gito. — Perico. — Zorcico. — 
Baile  inglés. — Valso  del  amor. — Contradanza. — Cancio- 
nes —La  Poo. — El  ámbar. — El  susurro — Los  enanos. — 
El  artillero.— El  atole.— El  Guajito.—  El  borracheo.— El 
Palomo.  —  Sevoriana.  —  El  Durazno.  —  Las  Balma¿. —  El 
Bulaqnito.  —  El  Aforrado.  —  La  Tu/.a. —  El  Muñeco. — 
El  Telele.— El  Tapatío. — Los  pitos.— El  palilo. — La  ca- 
chucha.— La  maroma. — El  bicha  —Chistosos  do  estra- 
dos.—  El  cuándo  — El  ciego  de  los  palitos.— Pastorelas  y 
coloquios— La  Política. — Explicación  de  José  Valente 
Baz. — Los  periódicos. — Lima  de  Yule» no. — Civilización. 
— Acadomia  de  Letrán;  decadencia.  -  Basad  re.  — Zelaeta. 
— Cirdoso. — Mañero. — Alpurhe. — El  Coronel  Yáñez. — 
Castro. — Muerte  de  D.  Mamón  Mayón.— Posadas.— Re- 
cuerdos, pág.  309  á 376 


i 


ñ 


GUILLERMO  PRIETO 

(FIDEL) 


DE 

MIS  TIEMPOS 

1 840  A  1853 


UKUKKiA   i)K    LA   V^.  \)K   C.   líOl-KKT 
parís.               i  mbxico. 

23,  Rué  Viscoim,  23.  I  14,  Cinco  de  Mayo,  14. 

1906 


L 


MEMORIAS  DE  MIS  TIEMPOS 


GUILLERMO  PRIETO 

(FIDEL) 


MEMORIAS 

DE 

MIS  TIEMPOS 


1 840  A  1853 


LIBRERIA  DE  LA  V°*.  DE  C.  BOURET 

PARÍS.  ;¡  MÉXICO. 

28,  Rus  Viscobti,  23.  '¡  íi,  Cinco  de  Mayo,  14. 

1906 


*J  /  C2 


>'• 


<J.  '^-  ^  ■  , 


'  '  "%     ^,    ^,- 


.->  "/ 


Propiedad  asegurada  conforme  á  la  Ley. 


Tipografía  de  la  Viuda  de  Francisco  Díaz  de  León. 

Esquina  5  de  Mayo  y  Callejón  de  Santa  Clara. 


D.  Ramón  Pacheco. — Su  carácter. — Su  casa,  familia  y  tertulia. — 
Semana  Santa  en  Tacubaya. — Nombramiento  de  Sayones. — 
Descripciones  y  pormenores. — Prisión  rieN. S.Jesucristo. — Jue- 
ves Santo. — Lavatorio. — Viernes  Santo. — Sentencia. — Sábado 
de  Gloria. — 15  de  Julio. — Premios  de  San  Juan  de  Letrán. — 28 
de  Agosto. — Mi  oración  de  premios. — Referencias  a!  año  de 
1837. — La  Policía. — Mi  entrevista  con  el  Sr.  Rustamante. — Su 
descripción. — Diálogo. — Generosidad  y  colocación  á  su  lado. — 
Sus  costumbres. — Oseguera. — Secretario  íntimo  y  redactor  del 
Diario. — Gondra  D.  Rafael. — Su  casa. — Rasgos  biográficos. — 
D.  Juan  de  Dios  Cañedo. — D.  Javier  Echeverría. — Rasgos  bio- 
gráficos, familia,  etc. — Almonte,  rasgos  biográficos. — Matrimo- 
nio.— Servicios  militares. — Ministro  de  Guerra. — General  Ba- 
rrera.— Su  esposa  Alejita. — Juicio  sobre  la  administración  de 
Hustamante. — Mis  amores. — Intimación  á  mi  padre  político. — 
Paseo  al  frente  de  su  casa. — Persecuciones  amorosas.— Aven- 
turas.— Matrimonio. — Nueva  vida.  —  Malilla.  —  Periodismo. — 
Interior  del  gabinete  de  Rustamante. — Visita  áSan  Juan  de  Le- 
trán.— Café  de  Veroly. — Ribot. — Miñón. — Leandro  Mozo. — Ro- 
dríguez.—Barrera. — Diego  Correa.  —  D.  Manuel  Canseco. — D. 
Manuel  Payno. — Valencia. — Pronunciamiento  de  la  Ciudadela. 


— Quintana  Roo. — Zavala. — Olaguíbel. — Couto. — D.  Hipólito 
Rodríguez. — Ralderas. — J.  J.  Raz. — Rasgos  biográfico^.—  Ac- 
ción del  Puente  de  Jamaica. — Guadalupe  Hidalgo. — Convenid 
de  la  Estanzuela. 


Años  de  1840  á  1845. 

Saltando  vallados,  removiendo  obstáculos,  apartan- 
do estorbos  de  mi  camino  y  barriendo  basuras,  toco 
los  linderos  del  ano  do  1840  bajo  el  despótico  dominio 
de  los  ingleses,  como  la  India:  con  macho  amor  á  laglo- 
ria  y  dos  camisas;  popular  como  el  frijol  bayo  y  alejie 
como  repique  de  Noche  Buena. 

Alboreaban  en  mi  mente  el  interés  de  la  política  y 
eran  objeto  de  mi  admiración  sus  hombres  prominen- 
tes; pero  aunque  mis  inclinaciones  mundanas  se  dispu- 
taban el  terreno  de  mis  aspiraciones,  caían,  comocapas 
de  hielo  sobre  esos  campos  de  ilusión,  mi  vida  monó- 
tona de  oficina,  mi  obstinada  pobreza  y  los  crueles  do- 
lores que  me  causaba  la  enfermedad  implacable  de  mi 
santa  madre. 

Aislada,  flotante,  como  consuelo  único,  brillaba  ea 
mi  nublado  horizonte  la  Poesía  como  la  aparición  de 
una  Hada  seductora  que  á  las  nubes  daba  formas  fan- 
tásticas de  palacios,  carros  de  fuego,  guerreros  y  mons- 
truos, que  hacían  modular  á  los  vientos  cantos  de  es- 
peranza y  comunicaban  mayor  valía  á  las  penas  de 
Cervantes  y  el  Tasso  que  á  las  grandezas  de  los  pro- 
ceres más  favorecidos  de  la  fortuna. 

Una  de  mis  tertulias  favoritas,  ó  mejor  dicho,  una  de 


las  personas  que  me  dispensaron  más  generosa  acogi- 
da, fué  Don  José  Ramón  Pacheco,  persona  de  presen- 
cia y  maneras  distinguidas, notable  estudiante,  nuestro 
Ministro  en  Francia,  y  cuya  traviesa  y  chispeante  con- 
versación atraía  en  su  torno  una  brillante  sociedad. 

El  Lie.  D.  J.  Ramón  Pacheco  era  en  aquel  tiempo  or- 
namento de  la  buena  sociedad  de  México. 

De  estatura  regular,  airoso  de  cuerpo,  cabello  rubio 
y  ojos  chispeantes  de  malicia  y  de  chiste.  Vestía  co- 
rrectísimo^ sus  modales  eran  de  apuesta  cortesía,  an- 
daba ligero,  reía  oportuno  y  su  conversación  era  aro- 
mática como  un  ramo  de  llores  y  deslumbradora  y  va- 
liosa como  un  aderezo  de  diamantes. 

El  Sr.  Pacheco  era  nativo  de  Guadalajara  enlazado 
con  distinguidas  familias  y  mimado  por  el  aprecio  des- 
de sus  más  tempranos  años. 

Dio  á  conocer  su  vivaz  ingenio  desde  el  colegio.  En 
una  visita  que  hizo  al  establecimiento  el  Obispo  de 
Guadalajara,  con  la  pompa  y  honores  de  la  época,  se 
le  presentaron  á  saludarlo  muchos  colegiales  de  todas 
edades.  En  el  grupo  en  que  estaba  Pacheco  preguntó 
el  sefior  Obispo  uno  á  uno: 

— ¿Tu,  qué  quieres  ser? 

— Yo,  padre,  Ilustrísimo  señor 

—Y  tú? 

— Yo,  sacerdote,  con  ayuda  de  Su  Divina  Majestad. 

Llegó  á  Pacheco  y  le  preguntó — ¿Tú  qué  quieres  ser? 

— Yo,  casado,  Ilustrísimo  Señor,  porque  con  todos 
esos,  se  acaba  el  mundo. 


Pacheco  fué  el  primeroque,  trastornando  las  pregun- 
tas y  respuestas  del  Padre  Ripalda,  compuso  su  Cate- 
cismo, espanto  de  los  beatos  y  pretexto  para  zaherir  á 
los  fanáticos;  pero  en  el  que  se  convenía  que  había 
rasgos  do  ingenio  despejado. 

Cuando  vino  por  la  primera  vez  á  México,  viendoque 
nadie  se  ocupaba  de  él,  puso  á  su  levita  solapa  y  vuel- 
tas encarnadas  y  así  salió  á  la  calle. — Pregunta  la  gen- 
te ¿quien  es  ese? — El  Lie.  Pacheco— y  así  se  anunció. 

En  París  se  distinguió  por  la  destreza  con  que  ma- 
nejaba el  idioma,  sus  epigramas  finísimos  y  su  con- 
versación chispeante.  Tuvo  entrada  en  la  Corte  y  en 
los  más  distinguidos  salones,  publicando  folletos  sobre 
diferentes  materias  que  acogió  el  público  con  aprecio. 

Su  casa  en  México  (Santa  Clara  6)  era  punto  de  ci- 
ta de  la  gente  de  mejor  sociedad,  distinguida  por  su 
talento,  por  su  posición  social,  etc.  Dispensaba  espe- 
cial cariño  á  los  jóvenes  que  comenzaban  su  carrera, 
procurándoles  libros,  relaciones  y  cuanto  podía  favo- 
recerlos^ haciendo  que  en  su  casa  gozaran  de  toda  es- 
pecie do  estímulos  y  atenciones.  Pacheco  tenía  para 
el  infortunio,  socorros  y  consuelos;  para  el  talento, 
admiración;  para  la  amistad,  finezas:  para  la  hermosu- 
ra, donaire;  para  los  niños,  dulces,  alegrías  y  compli- 
cidad en  sus  travesuras. 

Su  mesa  era  motivo  diario  de  contento:  allí  se  orga- 
nizaban paseos  y  conciertos,  tamaladas  y  expediciones 
alegres. 

Distinguíanse  en  la  constante  concurrencia  del  Sr. 


Pacheco,  mujeres  hermosas,  letrados  ilustres  y  jóve- 
nes de  la  mejor  sociedad. 

Allí  disertaba  á  su  sabor,  sobre  política,  Larrañaga, 
siempre  al  corriente  de  los  sucesos  del  día;  enemigo 
irreconciliable  de  Santa- Anna  y  los  soldados;  admira- 
dor de  Farías,  secuaz  de  Alpuche  y  amigo  íntimo  dé 
Zerecero. 

Rodríguez,  que  allí  improvisó  casi  los  lindos  versos 
á  la  hijita  de  Pacheco  y  que  se  desmorecía  por  el  la- 
tín que  perfeccionaba  en  la  tertulia  de  su  tío  D.  Ma- 
riano Galván  (Portal  de  Agustinos),  adonde  concurrían 
el  Dr.  Quintero,  Couto,  Pesado,  Gaztañeta  y  otros  lite- 
ratos dé  la  época,  y  señoras  y  señoritas  de  las  familias 
-de  Jáuregui,  Duran,  Llerenas,  Peña  y  Barragán,  Casti- 
llos, Boscero,  etc. 

Pero  lo  característico  de  aquellas  reuniones,  lo  que 
las  convertía  en  típicas  y  excepcionales,  era  el  esprit. 
el  chiste,  el  buen  decir,  lo  interesante  de  las  narracio- 
nes, lo  agudo  de  los  epigramas,  lo  inesperado  de  las 
salidas  y  la  animación,  galanura  y  sazón  de  las  más 
insignificantes  conversaciones. 

Era  muy  dado  Pacheco  á  la  frenología,  que  no  sabe- 
mos hasta  qué  punto  perfeccionaría  en  su  parte  cien- 
tífica; pero  me  consta  que  para  él  era  una  mina  do  agu- 
dezas, de  chanzas,  de  adivinaciones  que  habrían  vuelto 
loco  al  mismo  Gall  si  las  hubiese  escuchado. 

La  afición  de  Pacheco  á  la  música  le  hacía  amigo  do 
las  notabilidades  de  la  época,  como  Gómez,  Fernanda 
Andrade  ó  Ruelas,  esposa  de  Rodríguez  de  San  Miguel; 


de  Chucha  Coria  y  de  Balderas,  Camilo  Bros,  Escalante 
y  otros  que,  bajo  la  presidencia  de  D.  Basilio  Guerra, 
desempeñaban  la  ruidosa  Kalenda  de  Navidad  que  co- 
bró tan  grande  y  merecida  fama.  D.  Basilio  Guerra, 
andando  los  tiempos,  fué  en  Europa  activo  agitador  de 

la  monarquía Era  un  bendito  señor,  según  las 

personas^que  lo  trataron. 

Como  literato  escribía  con  chiste  y  desenfao  públi- 
co, por  aquel  tiempo,  su  célebre  «Testamento  del  Di- 
funto,» sátira  llena  de  gracia,  de  observaciones  y  re- 
formas oportunas. 

El  «Testamento»  era  la  ficción  de  que  el  año  se  mo- 
ría y  dejaba  encomiendas  y  legados  á  su  hijo'  el  aña 
venidero.  Tuvo  ruidosa  acogida  el  «Testamento,»  así 
como  su  comedia  «Andarse  á  las  Escondidas,»  refun- 
dición de  una  pieza  francesa.  Entre  sus  escritos  diplo- 
máticos, hay.  algunos  de  verdadera  importancia,  como 
es  su  Carta  publicada  con  motivo  de  la  invasión  fran- 
cesa, de  que  nos  ocuparemos  á  su  tiempo.  No  obstan- 
te el  difícil  y  peligroso  papel  de  chancista  constante 
y  los  comentarios  sobre  su  conducta  pública  y  priva- 
da, le  acarrearon  no  pocos  enemigos. 

Pasé  la  Semana  Santa  en  Tacubaya,  pueblo  en  que 
á  pesar  de  los  avances  de  la  impiedad,  se  conserva- 
ba la  tradición  y  las  prácticas  de  los  rancios  y  verda- 
deros cristianos. 

Desde  los  primeros  días  de  la  Cuaresma  el  agudo  so- 
nido de  un  pito  y  el  redoble  de  un  tambor  convocaban 
por  todos  los  ángulos  del  pueblo  á  los  sayones,  fari- 


seos,  nazarenos.  Judas  y  demás  actores  que  debían  re- 
presentar el  drama  del  Calvario. 

En  una  casa  apartada  del  pueblo  verificábanse  las 
juntas  de  carpinteros,  herreros,  carretoneros  de  los 
molinos,  campesinos  y  gente  fervorosa  y  beata  para 
las  fiestas  cristianas.  En  estas  juntas,  aunque  invisi- 
ble, estaba  competentemente  representado  el  señor 
cura,  sobre  todo  para  la  cuestión  financiera. 

Renovábase  el  programa  de  las  funciones  en  la  pri- 
mera junta: 

Domingo  de  Ramos. — Cantores  y  palmas. 

Miércoles. — Prendimiento  y  aposentillo. 

Jueves. — Lavatorio  y  monumentos. 

Viernes. — Tros  horas.  Tres  Caídas,  Encuentro,  Pro- 
cesión de  Pésame,  Sermón  de  ídem. 

Sábado. — Gloria,  Judas,  etc. 

Seguíase  á  esta  tumultuosa  junta  la  distribución  de 
papeles,  entre  risas,  reyertas  y  gritos  atizados  con  sen- 
dos tecomates  de  tlachique  espumoso. 

Los  papeles  principales  eran: 

Nuestro  Padre  Jesfu. — El  Centurión  que  pronuncia- 
ba la  sentencia. — San  Dimas  y  el  mal  Ladrón. — Judas. 
— La  Virgen. — La  Magdalena. —  Espías. — Sayones. — 
Trompeteros. — flautas,  etc. — velas,  etc. 

Las  discusiones  sobre  cada  una  de  las  candidaturas 
eran  escandalosísimas,  anunciando  victorias  y  derro- 
tas, semblantes  alegres  ó  iracundos,  exclamaciones  es- 
trepitosas, lluvias  de  puñetes  y  picardías:  todo  con 
muy  cristianos  fines.  Elegidos  los  actores  y  hechos  los 


nombramientos,  cada  personaje  principal  con  su  sé- 
quito, se  entregaba  al  desempeño  de  su  papel. 

Vestían  en  carácter  á  nuestro  Padre  Jesús  para  que 
le  llevasen  preso  á  una  casa  particular,  donde  so  pre- 
paraba con  tiempo  altar,  aguas  lojas,  rezos,  ele. 

El  Centurión  convocaba  á  sus  soldados,  preparába- 
les equipo  y  armas  y  se  dirigía  á  un  tinterillo  desal- 
mado que  le  hiciera  la  sentencia,  libelo  incendiario 
en  que  campeaban  blasfemias  de  todo  género  y  disla- 
tes capaces  de  escandalizar  al  mismo  Satanás. 

Procurábanse  calzones  verdes,  como  de  baño,  de  ra- 
so para  San  Dimas  y  el  mal  Ladrón,  y  hacíase  una  leva 
rigurosa  de  beatas,  viejas,  niñas  entumidas  y  gazmo- 
ñas, etc.,  etc.,  para  la  famosa  procesión  del  duelo. 

Por  su  parte,  el  cura  con  unos  monaguillos  y  senda* 
charolas,  hacían  colecta  de  pingües  limosnas  para  los 
gastos  de  Semana  Santa,  y  excitaba  á  las  devotas  pa- 
ra que  llevaran  piano  y  tocasen  en  la  iglesia,  compro- 
metiéndolas para  el  envío  de  pebeteros,  macetas  con 
llores,  sembrados  de  trigo,  chía,  lenteja  y  alegría,  y  jau- 
las con  pájaros  cantores,  que  exhalaran  sus  trinos  en- 
tre el  ramaje;  las  velas  encendidas,  las  naranjas  con 
oro  volador  y  las  flotantes  bandillas  que  caían  de  la  bó- 
veda, engalanando  el  monumento. 

El  lunes,  y  martes  santo,  unos  embozados  con  deter- 
minadas precauciones,  se  acercaban  al  templo,  y  á  una 
señal  convenida  sacaban  á  excusas,  y  como  con  dis- 
fraz, á  nuestro  Padre  Jesús,  que  es  una  imagen  colo- 
sal, de  goznes  y  de  rostro  bellísimo. 


Esperando  aquí,  corriendo  acullá,  avanzando,  y  co- 
mo temerosos  de'un  asalto,  llegaban  los  de  la  comiti- 
va á  la  casa  de  la  ocultación,  donde  se  recibía  á  Su 
Majestad  con  música  y  festejos....  llevándose  á  la 
vez  con  menos  miramientos,  y  como  á  valedor  del  mis- 
mo pelo,  á  Simón  Cirineo,  á  una  casa  particular,  don- 
de se  le  vestía  de  calzón  corto,  casaquín  y  gorrilla  con 
pluma  airosísima.  Por  supuesto,  que  el  vestido  y  la 
gorra  eran  verdes  como  lechugas. 

El  Nazareno  tiene  en  el  escondite  culto  reverente, 
devotos  asiduos,  quienes  le  agasajan  con  letanías,  co- 
hetes, incienso  y  llores,  recibiendo  en  compensación 
sendas  jicaras  de  chía  y  orchata.  Además  del  culto, 
Nuestro  Señor  tenía  una  guardia  constante  para  evi- 
tar un  asalto  de  los  judíos;  pero  llega  el  miércoles,  gen- 
te sospechosa  aparece  á  las  inmediaciones  de  la  mo- 
rada de  Jesús,  sus  defensores  se  aprestan  al  combate,  la 
gente  se  agrupa,  y  al  fin  aparece  Judas  con  su  faroli- 
llo y  su  silbato.  Dase  la  señal,  principia  el  asalto  á 
Éla  casa.  Los  amigos  de  Jesús  resisten,  la  lid  se  empe- 
ña, llueven  los  palos,  enfervorízanse  los  cristianos  y 
hay  una  zambra  de  los  demonios. 

Al  fin,  sale  el  Cristo  para  la  iglesia,  donde  está  la 
prisión,  y  velan  los  judíos  en  la  iglesia,  profanándola 
hasta  donde  les  es  posible  como  buenos  judíos.  Por 
supuesto,  que  el  Aposentillo  era  motivo  de  rezos  y  fer- 
vorosas demostraciones  de  devoción. 

Las  tinieblas,  con  toda  su  pompa  imponente,  eran  po- 
-co  concurridas,  y  se  reservaban  las  ostentaciones  pia- 


10 

dosas.  El  lujo  y  el  bateo  eran  para  el  Jueves  Santo,  en 
que  la  ruidosa  matraca,  al  salir  la  luz,  despertaba  los 
bríos  religiosos  y  mundanos,  con  todo  fervor. 

Concluidas  las  ceremonias,  en  un  rincón  apartado  de 
la  iglesia  quedábase  el  piano  suspirando  sentidas  ar- 
monías mientras  la  servidumbre  de  la  iglesia  dispo- 
nía sembrados  y  flores,  pájaros,  candiles,  velas  y  pe- 
beteros para  el  Monumento. 

Las  calles,  entre  tanto,  se  llenaban  de  gente,  toda 
vestida  de  nuevo,  .distinguiéndose  las  amas  de  las  ha- 
ciendas por  sus  sayas  y  mantillas;  las  familias  de  de- 
pendientes por  sus  túnicos  lujosos;  las  de  los  peones 
por  las  enaguas  rumbosas;  y  los  hombres  por  sus  calzo- 
neras de  botonadura  de  plata,  sus  toquillas  de  oro  y  do 
plata,  y  sus  mangas  dragoneadas  de  terciopelo  y  oro. 

Los  peones,  los  indios,  los  muchachos  medio  des- 
nudos y  los  perros,  eran  como  las  sombras  de  ese  cua- 
dro de  vivísimos  colores,  kaleidoscopio  viviente  y  rui- 
doso que  aturdía  y  embriagaba. 

Cruzaban  este  mar,  en  que  á  distancia  se  veían  fresi 
eos  y  verdes  puestos  de  chía  y  figones  de  olorosos 
guisos,  toda  clase  de  vendimias  que  se  voceaban  en  to- 
dos los  tonos.  ¡A  dos  rosquillas  y  un  mamón!  Un 
pan  de  alegría  una  cuartillita,  distinguiéndose  en  al- 
to, palos  con  matracas  de  todas  hechuras  y  racimos  de 
judas  con  la  mecha  terciada  sobre  el  pecho,  y  una  es- 
tupenda bomba  en  el  cuadril. 

Entre  una  y  dos  de  la  tarde  se  verificaba  el  «Lava- 
torio» ó  recuerdo  de  la  última  Cena. 


11 

Elegíanse  doce  pobres  de  solemnidad;  se  les  senta- 
ba en  una  mesa  en  el  presbiterio,  y  los  sacerdotes  les 
lavaban  los  pies,  dándoles  después  limosnas.  Los  Após- 
toles iban  á  celebrar  su  dicha,  generalmente,  con  una 
zorra  de  primer  orden. 

El  programa  para  el  Viernes  Santo  era  altamente 
seductor.  Rezos  del  Víacrucis,  dentro  y  fuera  de  la  igle- 
sia, en  grupos,  dominados  por  un  oficiante  que  se  trans- 
ladaba  con  su  cauda  inmensa  de  gente,  de  uno  á  otro 
punto. 

La  Asomada  al  balcón,  las  Tres  Caídas,  el  Encuen- 
tro, la  Gran  procesión,  el  Descendimiento,  el  Pésame,  la 
procesión  de  la  Soledad. 

Cruzaban  el  pueblo  en  todas  direcciones  judíos  á  ca- 
ballo y  judíos  infantes,  dando  alaridos.  Cada  paso  de 
la  Pasión  contaba  con  su  sermón  tremebundo  para  los 
que  eran  invitados,  frailes  de  renombre,  que  supieran 
ponerse  á  la  altura  de  la  situación. 

En  el  sermón  de  sentencia  era  indispensable  que  el 
Centurión  fuera  de  voz  robusta,  buen  jinete,  y  que  mon- 
tase un  soberbio  cuaco,  diestro  en  arremeter,  parar- 
se de  manos  y  respingar  furioso  cuando  el  caso  lo  re- 
quería. 

Proclamábase  la  sentencia,  corriendo  el  Centurión 
de  na  lado  á  otro,  desaforado,  y  entre  los  atropellos  y 
tumulto  y  retozos  de  la  gente. 

La  sentencia  era  generalmente  una  obra  maestra  de 
un  fraile,  en  colaboración  del  Centurión. 

«Esta  es  la  sentencia  que  manda  hacer  el  Rey  Pon- 


12 

ció  Pilato  contra  Jesucristo,  Rey  de  los  Judíos,  por  fe- 
lónico, por  escandaloso,  por  jurtón  de  lo  ajeno,  por  de 
altiro  malo  y  sin  concencia,»  etc.,  etc.,  hasta  llegará 
desvergüenzas  de  arte  mayor,  que  no  nie  os  dado  es- 
tampar en  el  papel.  El  padre  del  sermón  estaba  en 
el  pulpito  y  empeñaba  diálogo;  los  ánimos  se  irrita- 
ban; el  caballo  del  Centurión  se  alzaba  de  manos,  y 
entre  lloros,  golpes  de  pecho,  empellones,  cantos  de 
vendimias  y  riñas  tremendas,  se  entregaba  la  senten- 
cia, que  el  padre  rompía,  estrujaba  y  regaba  por  el  sue- 
lo, en  medio  del  aplauso  universal. 

En  la  gran  procesión  de  Tres  Caídas,  la  imagen  de 
nuestro  Padre  Jesús  estaba  sobre  soberbias  andas, que 
lo  soportaban  con  la  Cruz  á  cuestas,  y  Simón  Cirineo 
de  apéndice,  quien  sin  saber  cuándo  ni  cómo,  había 
recobrado  su  puesto. 

En  la  procesión  de  las  Tres  Caídas  salían  á  lucir  San 
Dimas  y  el  mal  Ladrón,  caminando  con  grandes  cabe- 
lleras que  les  cubrían  totalmente  el  rostro,  y  las  es- 
paldas desnudas  al  sol  reverberante,  durando  este  mar- 
tirio dos  y  tres  horas. 

El  sábado,  los  judíos  se  paseaban  inquietos  y  aco- 
bardados alrededor  del  templo  y  en  medio  de  la  gente 
ansiosa. ...  De  repente  se  enciende  la  gran  llama  del 
cirio  Pascual;  rásganse  los  velos  de  los  altares;  resue- 
nan el  órgano  y  los  cánticos  de  gloria:  retumban  las  cá- 
maras ó  cañones;  repican  las  campanas;  truenan  los 
Judas  entre  ruidos  de  curiosos  que  se  disputan,  revol- 
cándose, los  panes,  dulces,  chorizos,  etc.,  que  arrojan 


la 

los  Judas;  corren  despavoridos  los  perros;  arman  gres- 
ca los  muchachos;  los  sayones  corren,  despechados,  á 
las  afueras  del  pueblo  entre  silbidos,  y  á  las  puertas 
de  las  pulquerías  y  vinaterías,  y  en  las  esquinas,  se 
dan  sendas  golpizas  cristianos  y  judíos,  de  puro  gusto 
de  ver  que  ha  resucitado  el  Salvador  del  mundo. 


El  15  de  Julio  de  ese  año  amaneció  profundamente 
conmovido  México;  corría  de  boca  en  boca  la  noticia 
de  que  el  Presidente  de  la  República  había  sido  asal- 
tado por  una  fuerza  de  los  pronunciados,  mandada  por 
Urrea;  que  Bustamante  aislado,  pero  intrépido  y  dig- 
no, resistió  y  echó  en  cara  á  Urrea  su  comportamien- 
to. ..  .  que  uno  de  los  oficiales,  señalando  á  Bustaman- 
te, grito:  ¡Mátenlo!;  que  otro  se  opuso,  gritando:  «No; 
es  el  amigo  y  compañero  de  lturbide.» 

Quedó  preso  el  Presidente;  las  balas  llovían  sobre 
el  costado  Sur  de  Palacio,  rompiendo  un  balcón,  que- 
dando colgando  como  el  girón  de  una  cortina.  Corría  la 
sarijrre  dentro  de  los  salones  de  Palacio;  fué  herido  uno 
de  los  custodios  del  Presidente,  y  éste  le  curó  y  ven- 
dó, recordando  los  estudios  médicos. 

Pero  para  el  público,  un  pronunciamiento  era  un 
jubileo  y  un  motivo  de  holgorio.  Cerrábase  el  comercio; 
quedaban  desiertas  las  oficinas;  las  calles  solitarias 
resonaban  coii  el  galopar  de  los  caballos;  la  gente  se 
agolpaba  á  las  esquinas  para  atravesar  de  un  punto  á 
otro,   según  los  disparos  de  la  artillería.  De  vez  en 


u 

cuando  atravesaban  camillas  con  heridos  que  se  con- 
ducían al  hospital. 

A  los  barrios  lejanos  se  transladaba  el  movimiento, 
las  tiendas  tenían  mayor  tráfico,  las  pollas  daban  á  luz 
sus  vestidos  domingueros,  y  los  vecinos  entablaban  diá- 
logos de  balcón  á  balcón  inquiriendo  noticias. 

Las  calzadas  que  conducen  á  los  pueblos  de  l«»s  al- 
rededores, se  llenaban  de  emigrantes  á  pie,  á  caballo, 
en  carros,  en  coches,  en  burros;  transportando  colcho- 
nes y  jaulas,  falderos  y  cuadros  de  santos;  pero  todo 
con  aire  de  fiesta,  entre  carreras  y  cantos,  comiendo 
y  bebiendo  . . . .  é  interrumpiéndose  con  aves  de  dolor 
al  oir  lejano  el  estampido  del  cañón.  Por  supuesto  que 
en  los  pueblos,  el  solaz  era  más  expansivo  y  casi  se 
temía  el  restablecimiento  de  la  paz.  Ésta  en  aquella 
vez  se  recobró,  yéndose  el  Presidente  triunfante  al  con- 
vento de  San  Agustín,  mientras  se  reparaban  los  de- 
sastres causados  por  la  revuelta  en  el  Palacio  Nacional. 


Mis  penas  se  multiplicaban,  la  enfermadad  de  lase- 
ñora  mi  madre  se  habíaagravadoáunextremo  horrible, 
y  sobre  mis  perseguidos  amores  soplaba  huracán  es- 
pantoso. 

No  obstante,  el  28  de  Agosto  se  acercaba,  y  era  el 
gran  día,  el  día  de  la  distribución  de  premios  del  co- 
legio, las  candidaturas  de  oradores  volaban  en  todas 
direcciones,  formando  partidos  y  provocando  reyertas; 
los  poetas  templaban  sus  liras  y  prorrumpían  en  can- 


15 

tos,  con  la  esperanza  de  obtener  permiso  de  leer  en 
los  pueblos,  sacudíanse  mantos  y  bonetes,  y  penetra- 
ban al  interior  del  colegio  los  criados  para  llevar  los 
equipajes  de  los  chicos,  porque  terminados  los  exáme- 
nes comenzaban  las  vacaciones. 

Los  muchachos  designados  para  premio,  se  pavo- 
neaban dándose  importancia;  los  no  premiados,  censu- 
raban á  catedráticos  y  réplicas;  achacaban  á  favores 
y  serviles  ocultos  las  preferencias,  y  los  más  sabo- 
reaban con  anticipación  los  placeres  de  las  vacacio- 
nes, mascando  papel,  haciendo  con  su  masa  muñecos 
que  lanzaban  y  pegaban  á  las  vigas,  quedando  danzan- 
do en  el  aire,  y  de  cuya  costumbre  jamás  pude  alcan- 
zar la  significación. 

Los  premios  se  verificaban  en  el  General  de  la  Uni- 
versidad, que  era  un  espacioso  salón  ancho  y  con 
ventanas  altas  que  derramaban  bastante  luz. 

En  el  fondo  del  salón  se  extendía  amplísima  plata- 
forma con  gran  dosel,  severos  sillones  de  terciopelo  y 
vaqueta,  y  en  el  centro  una  gran  mesa  con  su  crucifi- 
jo y  un  gran  tintero  de  plata  en  el  centro,  compuesto 
de  tres  piezas  en  forma  de  parrillas  (tintero,  marmaja 
y  obleas)  y  coronado  con  una  campanilla  de  plata.  En 
la  solemnidad  que  describo,  la  mesa  la  ocupa  el  Presi- 
dente de  la  República,  y  á  su  lado  se  veía  al  Rector  del 
Colegio,  al  Secretario,  y  una  mesa  con  libros,  estuches 
y  dibujos  que  era  en  lo  que  consistían  los  premios. 

En  los  lados  del  salón,  y  en  el  centro,  corría  tras  ele- 
gante barandilla  una  sillería  rica,  sobre  la  cual  se  os- 


16 


tentaban  enormes  cuadros  de  doctores  y  sabios  pálidos, 
mal  encarados  y  de  trajes  variados  de  dignidades  ecle- 
siástias  forenses  y  médicas. 

El  centro  lo  ocupaban  hileras  de  asientos  dispuestas 
como  las  butacas  de  un  teatro. 

Pegado  al  muro,  al  frente  de  las  puertas,  dominante 
y  majestuosa  se  alzaba  la  cátedra,  que  era  como  un 
enorme  pulpito  cuadrado,  teniendo  por  techo  un  cua- 
dro do  madera  con  el  símbolo  del  Espíritu  Santo,  en- 
tre ráfagas  de  oro. 

En  el  fondo  del  salón,  y  alzada  como  cuatro  Yaras 
sobre  el  piso,  veíase  la  tribuna  ó  jaula  cuadrilonga 
con  sus  celosías  y  cortinas,  preparadas  para  las  perso- 
nas de  la  más  alta  distinción. 

Aquel  día  reverberaba  el  salón  con  grandes  unifor- 
mes, plumas  y  espadas,  borlas  de  doctores,  hábitos  azu- 
les, blancos,  carmelitas  y  negros  con  cruces  rojas,  y 
en  el  centro  padres  de  familia,  señoras  de  saya  y  man- 
tilla y  un  hervidero  de  cabezas  de  niños  de  cabello  pei- 
nado, vestidos  con  listones  y  bordados,  y  ojos  curiosos 
on  espora  del  espectáculo. 

En  las  tribunas,  los  ojos  lindos,  los  cuellos  de  ala- 
bastro, los  rostros  de  ángel  entre  perlas,  diamantes, 
plumas  y  gasas,  embelesaban. 

Al  conjuhto  de  lujo  animadísimo  é  interesante,  le 
daban  realce  las  bancas  de  los  premiados,  situadas  ba- 
jo las  tribunas,  al  frente  del  sendero  que  corría  hasta 
la  mesa  en  que  estaba  el  Magistrado  Supremo,  distri- 
buidor de  los  premios.  Dos  músicas  militares  coloca- 


17 

das  fuera  del  salón,  completaban  esta  función  tierna  é 
inolvidable  para  los  que  la  disfrutamos  en  lajuventud. 

Como  decía  poco  antes,  mi  situación  era  desespera- 
da, y  yo  deseaba  á  tuertas  ó  derechas  salir  de  ella.  Ade- 
más de  la  Memoria  sobre  el  estado  del  colegio,  se  de- 
signaban personas  para  discursos  y  versos;  y  una  de 
estas  personas  fué  Manuel  Tossat  Ferrer,  buen  chicor 
condescendiente  y  tímido,  enemigo  de  darse  á  luz.  Yo 
tenía  hecho  mi  cálculo  y  me  decía:  á  la  primera  quo 
me  toque,  suelto  una  arenga  de  diez  mil  demonios 
contra  el  primero  que  me  ocurra  y,  ó  me  persiguen, 
y  esto  me  quita  de  acreedores,  compromisos  y  empe- 
ños que  me  ahogan,  ó  me  procura  protección  de  algu- 
no, y  cátese  Ud.  á  Periquito  hecho  fraile,  como  dice* 
el  refrán. 

¡La  persecución!  ¡El  odio  del  tirano!  ¡El  canto  al 
son  de  la  cadena  y  al  través  de  las  rejas  de  la  cár- 
cel!. . .  ¡Aquello  era  divino!  Las  viejas  y  viejos:  «no 
te  expongas,  ¡no  des  una  pesadumbre  átu  madre !;>  Los 
pollos:  «¿quién  fuera  tú?»  Los  compañeros,  con  admi- 
ración y  sorpresa  de  tener  lado  á  lado  un  remedo  de 
Pedraza  y  Rejón.  ¡Sueños  encantadores!  Aspiraciones 
con  mucho  de  disparatado  y  audaz;  pero  iluminadas 
por  la  gloria,  por  la  sed  del  renombre,  embelesado  con 
el  miraje  de  una  mansión  de  amor  y  en  contacto  con 
aquellas  inteligencias  gloriticadas  por  mi  sincera  ad*- 
miración. 

Con  estas  ideas  abordé  á  Ferria,  que  así  llamábamos 
á  Ferrer  por  cariño,  y  le  propuse  me  cediese  su  pues1- 


18 

to  para  hablar  en  su  lugar,  dándole  la  mitad  de  las  ga- 
las y  gajes.  Accedió  Ferria  gustoso,  ya  por  su  carácter, 
ya  porque,  cómplice  venéreo  de  Juan  Lacunza,  no  de- 
jaba poner  pie  en  postura  á  las  actrices,  bailarinas  y 
coristas  del  teatro  de  los  Gallos,  en  que  imperaba  Ro- 
mana Manito,  sin  rival  para  las  Magdalenas  y  manólas. 

Ocúpeme  con  ardor  de  la  reparación  de  mi  equipa- 
jo  averiado  y  en  situación  decadente  y  ruinosa. 

Me  lavé,  me  empomadé,  me  convertí  en  el  manequí 
de  mis  amigos,  de  los  cuales,  uno  yergue  mi  corbata 
con  un  periódico,  el  otro  restrega  mis  borceguíes  hasta 
que  quedan  como  espejos;  aquel  quiere  peinarme  coa 
agua  de  linaza  para  amansar  la  rebeldía  de  mi  cabe- 
llo, mientras  otro,  con  polvos  de  tortilla  me  invita  á 
que  restituya  á  mis  dientes  su  blancura. 

Yo  era  feliz  con  la  pedantería  consiguiente  á  mi  es- 
caso chirumen  y  pocos  años:  con  un  falso  testimonio 
levantado  á  Aristóteles  ó  á  Séneca,  con  tres  versos  ro- 
jos de  Quevedo,  una  cita  de  Homero,  otra  de  Virgilio, 
y  poner  de  oro  y  azul  al  primero  que  caía  en  mis  ma- 
nos, fuera  Shakespeare  ó  Corneille,  el  Dante  ó  Niceto 
de  Zamacois,  creía  que  no  me  daban  al  tobillo  ni  los 
siete  sabios  de  la  Grecia. 

Compaginé  mi  discurso  diciendo  que  el  Gobierno, 
sin  saber  de  la  misa  á  la  media,  ni  conocer  la  tenden- 
cia progresista,  ni  terapéutica,  arquitectónico  y  funám- 
bulo del  siglo,  nos  estaba  perdiendo,  y  era  fuerza  cla- 
mar muy  alto  contra  el  cetro  del  centralismo,  y  no  sé 
cuántas  blasfemias  más. 


19 

La  declamación,  gesticulación  y  acción  teatrales,  las 
había  dirigido  Juan  Lacunza,  habituado  á  ensayar  los 
coloquios  de  los  diablos  en  el  teatro  de  los  Gallos. 

Sonó  la  hora  deseada;  después  de  un  golpe  de  mú- 
sica que  dejó  electrizados  á  los  circunstantes  ...  y 
lie  ahí  que  me  toca  mi  turno.  Desde  el  principio  me 
disparé  como  un  energúmeno  y  embestí  contra  tirios 
y  troyanos  atropellando  en  mi  furia  armas  y  letras; 
<Jobierno,  Administración,  Clero  y  cuanto  á  mis  mien- 
tes se  vino,  con  un  gesticular,  un  manoteo  y  un  ir  y 
venir  en  la  cátedra  como  un  endemoniado. 

El  público  comenzó  curioso,  siguió  espantado,  y,  al 
último  me  tocaron  al  orden,  y  bajé  entre  miradas  ira- 
cundas, risas  reprimidas  y  estupefacción  de  mis  cate- 
dráticos y  compañeros;  y  no  era  murmullo  confuso  el 
«que  me  seguía,  eran  exclamaciones,  reproches  é  inju- 
rias, que  al  ser  pedradas,  me  hubieran  lapidado  como 
á  un  San  Esteban. 

Ai  descender,  muy  bonitamente  se  me  acercó  el  Jefe 
de  la  Policía  ordenándome  que  al  siguiente  díame  pre- 
sentara, al  obscurecer,  al  señor  Presidente  en  su  resi- 
dencia de  San  Agustín. 

Aquello  fué  el  colmo  de  la  felicidad.  ¡Qué  emoción 
para  mi  futuro  suegro!  ¡Qué  chasco  para  mis  ingleses! 
¡Qué  posición  tan  dramática  para  mi  adorada  y  para 

mí! 

cNo  temas,  mi  adorada, 
Te  cantaré  en  mis  penas 
Al  son  de  las  cadenas 
Del  bárbaro  opresor.» 


20 

Era  el  Sr.  Gral.  Bustamante  de  mediana  estatura, 
grueso  pero  esbelto,  carirredondo,  de  ojos  pequeños, 
frente  ancha  y  cuadrada  y  los  labios  un  tanto  contraídos 
hacia  adentro.  Al  andar  ponía  las  puntas  de  los  pies. 
hacia  afuera,  comunicándole  movimientos  de  garbo  y 
zarandeo. 

Hablaba  como  prolongando  las  palabras,  y  tenía  la 
manía  de  darse  con  la  palma  do  la  mano  golpeeitosen 
el  vientre. 

Presénteme  con  cierto  encogimiento  á  S.  E. 

— ¿Qué  hay,  hombre? — me  dijo — ¿Qué  so  ofrece? 

-7- Vengo  al  llamado  de  V.  E. 

— Vamos,  amigo....  (después  de  examinarme  un 
rato)  ¿Realmente  me  croe  Ud.  eso  gobernante  cruel  y 
descuidado  de  la  instrucción  pública? 

Yo  guardé  silencio;  pero  no  las  tenía  todas  conmi- 
go... . 

Como  recordará  el  lector,  el  señor  Presidente  había 
transladado  su  habitación  al  Convento  de  San  Agustín 
y  ocupaba  la  celda  del  Padre  Provincial.  En  aquellos 
momentos  de  silencio  oía  de  un  modo  extraño  el  rodar 
de  los  coches,  los  gritos  de  las  vendimias  de  la  calle, 
poro  como  quien  está  dolante  de  un  toro. 

Al  ver  mi  silencio,  me  dijo  el  Sr.  Bustamante  con 
suma  dulzura:  —  Quiero  que  esto  de  Ud.  sea  como  ?i 
hablase  solo  para  oir  toda  la  verdad:  nada  tema  Td. 

Aleytado  entonces,  le  hablé  todo  lo  que  había  rete- 
nido de  mejor  en  las  conversaciones  de  mi  maestro: 
muy  respetuoso,  pero  sin  encogimiento;  muy  enérgico 


21 

pero  sin  insolencia.  La  sorpresa,  la  ira  contenida,  la 
sonrisa  de  benevolencia  aparecían  en  su  semblante. . . 

Cuando  descendí  á  mi  personalidad,  no  sé  por  qué  se 
me  vino  á  las  mientes  la  musa  jovial,  y  le  pinté  mis 
cuitas,  mis  suegros  y  amoríos:  dé  modo  que  reíamos 
como  dos  colegiales  y  como  si  se  tratara  de  confiden- 
cias picantes. 

— Conque  Ud. — me  dijo — Ud.  me  cree  ese  Minotau- 
ro  de  que  hablan  los  periódicos,  y  sin  esperar  respues- 
ta gritó:  ¡López!  ¡López!  (vino  López.) 

Esto  López  era  un  negrazo  alto,  seco  y  pasudo,  su 
asistente  íntimo. 

— Pone  Ud.  una  cama  en  mi  cuarto  para  el  «eíior, 
Ud.  le  obedece  y  hace  saber  que  se  le  obedece  porque 
es  como  mi  hijo  (yo  escuchaba  asombrado)  llame  Ud. 
al  Sr.  Yari. 

El  Sr.  Yari  (griego  de  nacimiento)  hombre  muy  se- 
_rio,  trigueño  y  semicalvo,  era  el  secretario. — Presen- 
tóse.— Este  joven  (señalándome)  queda  aquí  en  la  Se- 
cretaría á  mis  inmediatas  órdenes  y  le  da  Ud.  de  lo 
mío  cien  pesos  mensuales  (como  es  natural,  abrí  ta- 
maños ojos);  además,  pone  Ud.  un  acuerdo  para  que  el 
Sr.  Jiménez  le  nombre  redactor  del  Diario.  Oficial,  con 

la  dotación  asignada  (ciento  cincuenta  pesos) 

Bueno!  bueno,  hombre,  y  me  tendió  la  mano.  >..  Yo  es- 
taba anonadado  queriendo  llorar  y  hacer  no  sé  cuan- 
tas barbaridades. 

— ¡López!  López. .  Vamos  á  almorzar,  caballerito. . 

Yo  estaba  como  soñando;  salimos  de  la  celda  Pre- 


22 

sidencial  y  entramos  á  otra,  fría,  enlosada,  desnuda, 
con  una  raquítica  mesita  de  palo  blanco  con  su  man- 
tel albeando  y  lujoso  y  el  servicio  de  cristal  y  loza  del 
Paraíso  que  era  tan  elegante  como  propia. 

Cuando  entramos  al  comedor,  esperaban  de  pie  D. 
Valente  Mejía,  Jefe  de  su  Estado  Mayor,  moreno,  cari- 
redondo,  chiquitín,  alegre  y  franco;  Fernando  Urrea. 
ayudante,  alto,  seco,  simpático,  de  acento  veracruza- 
no,  tartamudo  y  gracioso;  S.  Yari  y  Dn.  J.  Tejada,  ayu- 
dante de  guardia  muy  pulcro,  con  sus  charreteras  y 
cordones,  su  gola  reluciente  y  su  sable  marino  de  vai- 
na de  acero. 

El  Sr.  Bustamante  era  callado  pero  afable,  gustaba 
de  promover  conversaciones  alegres  de  buena  sociedad 
que  interrumpía  con  algún  chiste;  hablaba  con  suma 
reserva  de  sus  viajes,  adoraba  en  el  Sr.  Iturbide  y  re- 
fería con  naturalidad  las  hazañas  de  sus  compañeros. 

Comía  poco; era, como  se  decía,muy  afecto  á  los  hue- 
vos tibios  que  saboreaba  y  revolvía  con  paciente  cu- 
riosidad; no  imponía  su  opinión  jamáe,  se  confesaba 
ignorante  y  tenía  un  ideal  militar,  según  el  Marqués  de 
San  Miguel,  y  le  enamoraban  los  hombres  de  energía 
y  resolución.  Dudaba  de  sí,  y  si  le  persuadía  el  ajena 
consejo,  le  exageraba  con  ardor  convirtiendo  muchas 
voces  en  crueles  sus  resoluciones. 

Su  probidad  en  materia  de  dinero  llegaba  al  quijo- 
tismo. 

Hablábase  de  que  no  era  insensible  á  los  atractivos 
de  la  beldad,  y  se  decía  que  en  la  frontera  quedaban 


23 


ejemplares  vivos  de  su  culto  al  amor,  así  como  en 
París  otro  ejemplar  al  cuidado  de  Andrés  Oceguera,  su 
pariente,  que  era  un  tipo  de  que  me  ocuparé  más  tarde. 

Terminado  el  almuerzo,  me  volví  con  el  Presidente 
á  nuestra  habitación. 

Lo  mismo  á  la  siesta  que  en  la  noche,  el  Sr.  Busta- 
mante  dormía  por  intermitencias  de  cortísimos  inter- 
valos y  seguía  una  conversación  con  el  mejor  humor 
del  mundo. 

— No  sería  malo,  me  dijo,  hiciese  Ud.  una  visita  al 
Sr.  Gondra,  de  quien  tiene  Ud.  mucho  que  aprender 
y  va  á  ser  amigo  y  compañero. . .  ¡Vamos,  hombre!  to- 
me Ud.  do  allí  dos  ó  tres  pesos  para  la  bolsita. . .  (se- 
ñalando en  uq,  ropero).  Entre  cuatro  y  cinco  viene  Ud. 
á  comer. 

Salí  á  la  calle  como  quien  despierta  de  un  sueño, 
sin  darme  cuenta  de  mis  impresiones,  y  pasaban  como 
en  remolino  mis  amores,  mis  esperanzas,  mi  vanidad. 
Ya  me  venían  ímpetus  de  gritar  á  todo  el  mundo:  «Aquí 
va  el  favorito  del  Presidente,»  y  me  veía  con  mi  cohorte 
de  chicos  alegres,  de  chinas  zalameras  y  de  viejas  la- 
dinas y  curiosas;  ya  pensaba  en  mi  María  y  mi  madre 
contentas;  pero  con  la  adivinación  de  la  ternura  te- 
miendo que  entraran  en  una  vida  azarosa  y  llena  do 
peligros. 

Busqué  al  Sr.  D.  Isidro  Rafael  Gondra,  y  me  dijeron 
que  entre  dos  y  tres  de  la  tardo  que  comía  en  su  casa 
(calle  de  Montealegre,  hoy  casa  del  Sr.  Dublán),  era  la 
hora  cierta  de  hallarlo. 


21 

Fui  á  la  casa,  anuncíeme,  estaba  comiendo  con  su 
familia;  dije  que  esperaría  y  un  criado  salió  á  instarme 
para  que  entrase. 

A  la  cabecera  de  la  mesa  estaba  el  Sr.  Gondra  con 
un  alto  de  periódicos  á  la  izquierda  que  parecía  des- 
tinados á  leer  á  la  vez  que  comía. 

Era  entonces  el  Sr.  Gondra  un  hombre  de  unos  cin- 
cuenta y  cinco  á  sesenta  años,  enjuto  de  carnes,  pe- 
queño de  cuerpo  como  exprimido  y  encallejonado,  con 
una  levita  negra  que  denunciaba  cierto  abandono. 

Los  ojos  pequeños,  la  nariz  abultada,  los  labios  sin 
arte  ai  saludarle  cariñosos;  su  voz  era  dulcísima,  y  sus 
*T! añeras  apacibles.  En  el  fondo  de  su  aspecto,  se  dis- 
tinguía tristeza  profunda,  que  al  mismo  tiempo  que  le 
conquistaba  simpatía,  le  alejaba  de  toda  confianza. 

En  el  curso  de  la  comida  pude  notar  al  hombre  fino 
y  caballeroso,  de  mansedumbre  grande  y  de  aspiracio- 
nes bondadosas  y  llenas  de  cariño.  Pero  esas  prendas 
estaban  como  realzadas  en  un  hastío,  en  una  indife- 
rencia por  todo,  que  helaba  la  sangre. 

— Ud.  perdonará,  me  dijo,  que  me  haya  tomado  la 
licencia  de  llamarlo  aquí;  pero  se  me  ha  retardado  el 
trabajo  y  ya  Ud.  lo  ve,  tengo  que  revisar,  comiendo,  los 
periódicos  para  que  no  se  escape  lo  del  día. 

— Si  Ud.  gusta,  yo  leeré,  para  que  coma  Ud.  con  más 
libertad. 

— Acepto  el  favor  de  Ud. 

Tomé  el  primer  periódico  que  encontré,  y  entre  otras 
cosas,  leí:— El  clérigo  apóstata;  iba  á  pasar  adelante, 


25 

y  me  dijo:  no^  lea  Ud.,  eso  es  pafa  mí.  En  efecto,  era 
una  tempestad  de  dicterios  contra  "el  redactor  en  jefe 
del  fíiario,  con  alusiones  á  su  vjda  privada,  con  pin- 
turas grotescas  de  su  físico yo  tragaba  saliva  y  me 

detenía.  Siga  Ud.,  me  decía  impasible,  y  yo  sudaba  y 
me  quería  morir  de  vergüenza. 

Un  masón  de  bonete. — Eso  es  para  mí  también;  y 
f-omia,  comía  aquel  buen  señor  con  inverosímil  ape- 
tencia. 

Yo  tenía  las  lágrimas  en  los  ojos,  conocía  que  iba  á 
entrar  en  ese  martirio,  y  tal  decepción  caía  sobre  la 
carne  viva  de  mis  ilusiones. 

Monigote  griego . . .  .  También  contra  Gondra:  aque- 
llo era  horrible,  y  horrible  porque  en  muchas  ocasio- 
nes, fuera  de  la  injuria,  había  razón.  Gondra  era  un 
sabio,  era  un  liberal  eminente,  de  ideas  luminosas  y 
avanzadas,  que  la  fatalidad,  la  falta  de  energía  ó  lo  que 
se  quiera  le  hacía  defender  lo  que  estaba  acaso  contra 
su  conciencia,  entregando  á  discreción  su  talento  á 
personas  que  tenían  menos  instrucción  y  valía  que  él: 
pero  comprendidas  en  los  fueros  de  la  ciencia  infusa 
de  los  favorecidos  de  la  fortuna  y  del  poder. 

Nada  más  llano  para  mí  que  el  que  pida  remunera- 
ción un  hombre  por  trabajar  en  apoyo  de  ideas  acor- 
des con  la  suya,  esencialmente  tratándose  de  política; 
pero  alquilarse,  venderse  á  los  intereses  contrarios  á 
los  dictados  de  nuestra  conciencia,  arguye  desgracia 
.«ama  ó  perversidad  punible.  . 

Decíase  que  el  Sr.  Gondra  había  hecho  brillantísi- 


26 

mos  estudios  encaminados  á  la  carrera  eclesiástica, 
hasta  ordenarse  de  Evangelio.  Circunstancias  quena 
quise  nunca  profundizar,  hicieron  que  pugnase  pomo 
seguir  la  carrera,  é  hizo  esfuerzos  por  desligarse  de 
sus  votos;  pero  el  poder  inmenso  del  clero  dio  á  sus 
gestiones  carácter  de  apostasía  y  fué  perseguido  cruel- 
mente, sufriendo  prisiones,  embarazando  sus  afanes 
para  vivir  independiente,  escudrinando  los  más  recón- 
ditos secretos  de  su  vida  íntima  y  envenenando  estu- 
dio?, afectos  y  hasta  el  aire  que  respiraba.  Para  escu- 
darse contra  Jas  persecuciones,  üondra  se  hizo  masón, 
se  atilió  en  el  partido  exaltado  y,  al  lin,  buscando  el 
arrimo  del  Gobierno,  fuese  el  que  fuese,  fungía  como 
redactor  en  jefe  del  Diario,  cuando  me  le  presenté. 

La  pasión  dominante  del  Sr.  Gondra  era  la  instruc- 
ción pública,  á  la  que  prestó  muy  importantes  servi- 
cios; tenía  conocimientos  variados  en  ciencias  y  lite- 
ratura; pero,  sobro  todo,  como  encargado  del  Museo, 
recogió  importantes  manuscritos,  hizo  estudios  arqueo- 
lógicos preciosísimos  y  preparó  materiales  que  han 
aprovechado  después  los  dedicados  al  estudio  de  las 
antigüedades  mexicanas. 

En  sus  tareas  sobre  instrucción  pública,  colaboraba 
á  los  importantísimos  trabajos  do  Espinosa  de  los  Mon- 
teros, de  Farías  y  de  Buenrostro,  siendo  una  verda- 
dera calumnia  el  desdén  con  que,  se  dice,  es  visto  este 
ramo  por  nuestros  gobiernos. 

La  ninguna  ó  escasísima  dotación  de  nuestros  mu- 
nicipios y  la  centralización  administrativa,  son,  en  mi 


27 

juicio,  las  principales  causas  que  producen  ose  atraso 
por  mil  títulos  lamentable. 

Despertaba  en  un  mundo  nuevo;  mis  recuerdos  do 
hombres  do  campo  y  labradores  ricos;  mis  relaciones 
do  empleados  y  gente  de  poca  fortuna;  mi  iniciación 
en  el  argot;  las  costumbres  y  las  ceremonias  públi- 
cas me  hacían  ver,  como  en  sueños  olímpicos,  á  esos 
hombres  que  pasaban  del  campo  de  batalla  al  Gabi- 
nete, y  como  quien  adquiere  por  intuición,  talentos, 
elocuencia,  infalibilidad,  disponían  de  la  suerte  do 
los  pueblos  y  hacían  de  ellos  cera  y  pábilos  á  su  an- 
tojo. 

Gomo  era  de  rigor,  me  presentó  al  Sr.  Lie.  D.  Juan 
de  Dios  Cañedo,  D.  Javier  Echeverría,  General  Almon- 
te  y  D.  José  María  Jiménez. 

El  Sr.  Cañedo,  aunque  de  menos  que  mediana  esta- 
tura, era  bien  cortado  y  enhiesto,  la  piel  blanca  y  fina, 
el  hablar  sabroso  é  insinuante,  la  mirada  indagadora  y 
persuasiva,  nariz  larga  y  barba  hundida,  dándole  tono 
su  rostro  lampiño  y  su  gesto  de  anciana  despejada  y 
parlanchína. 

En  la  tribuna,  más  que  orador  era  un  conversador 
fácil,  luminoso  y  lleno  de  gracia;  su  inteligencia  pers- 
picaz y  su  mundo,  así  como  sus  trajes,  le  daban  gran- 
de superioridad,  y  era  de  esos  hombros  que  los  cono- 
cimientos que  poseen  los  amplían,  acomodan  y  gastan 
con  tan  raro  tino,  que  parecen  caudales  abundantes 
Jos  recursos  do  que  echa  mano  su  inteligencia. 

Em  con  los  amigos,  franco  y  festivo;  con  las  damas, 


28 

de  urbanidad  exquisita,  aunque  se  conocía  el  imperio 
que  ejercía  el  sexo  hernioso  sobre  su  organización. 

Pero  lo  que  caracterizaba  al  Sr.  Cañedo  era  lo  tino 
de  su  crítica,  lo  delicado  de  su  sátira,  las  salidas  de  su 
ingenio  peregrino.  En  un  día  de  Corpus  en  que  era  Mi- 
nistro del  General  Victoria,  le  invitaron  para  comul- 
gar dentro  de  la  iglesia,  y  él  dijo: . . .  .No,  no  lo  acos- 
tumbro, con  algún  epigrama  que  le  sacó  del  paso  y  le 
hizo  célebre.  Cuando  se  discutió  la  erección  de  un 
Panteón  para  los  extranjeros,  contestando  á  la  oposi- 
ción decía:  ó  los  exportamos,  ó  los  enterramos,  ó  no« 
los  comemos.  Y  en  cada  una  de  estas  suposiciones, 
llovían  anécdotas,  los  chistes  y  agudezas,  al  extremo 
que  no  los  votos,  sino  las  carcajadas  del  público  de- 
rrotaban á  los  adversarios  del  pensamiento. 

En  los  teatros,  en  las  cámaras,  en  las  tertulias  pri- 
vadas había  siempre  un  círculo  alrededor  del  Sr.  Ca- 
ñedo, gozando,  como  de  un  agradable  espectáculo,  la 
conversación  de  aquel  hombre  notable. 

La  libertad  y  la  democracia  le  debieron  importantí- 
simos servicios,  y  la  probidad,  unida  al  patriotismo,  se 
han  encargado  de  honrar  su  recuerdo. . .  .Cañedo  me- 
reció varias  veces  el  honor  de  los  encomios  del  parti- 
do clerical,  al  que  conocía  y  del  que  se  burlaba. 

Contraste  del  Sr.  Cañedo  era  D.Javier  Echeverría.  Al- 
to, cargado  de  hombros,  anguloso,  rubio,  de  pelo  lacio 
y  tirante  como  el  tallo  del  trigo;  frente  ancha  y  rostro 
encallejonado,  mirada  triste  y  recóndita,  ropa  holgada, 
las  manos  largas  y  huesosas,  las  piernas  delgadas  y 


29 

flojas  de  resorte.  Su  palabra  breve  y  cortísima;  pero 
aquel  hombre  era  la  bondad  misma,  próbido  hasta  rea- 
lizarel  ideal;  generoso  y  recto,  y  de  gran  firmeza,  cuan- 
do creía  en  su  conciencia  que  defendía  la  justicia. 

Sus  conocimientos  hacendarlos  eran  escasos,  pero 
aplicados  con  rectitud;  era  la  educación  del  español 
económico  y  honrado,  con  el  ojo  al  balance  y  la  mira 
en  el  buen  porte  de  los  dependientes. 

No  obstante  su  educación  en  Veracruz  y  las  tradicio- 
nes de  aquel  comercio,  le  procuraban  aciertos  en  las 
cuestiones  de  comercio  exterior  y  en  el  interior,  comu- 
nicaban cierta  purezaen  las  transacciones  y  cierta  pie- 
dad con  los  pobres  acreedores  del  Erario,  que  fueron 
muy  benéficas  al  Gobierno  del  Sr.  Bustamante. 

La  familia  del  Sr.  Echeverría  era  distinguidísima,  y 
de  esa  distinción  que  tiene  por  bases  la  probidad,  la 
fina  educación  y  el  amor  á  lo  bueno  y  lo  bello. 

Decíase  que  las  señoras  y  señoritas  le  habían  cria- 
do y  educado  en  Jalapa,  empapándose  en  aquella  per- 
fumada atmósfera  de  luz,  de  alegría  y  franqueza. 

Tanto  en  la  familia  de  Don  Javier,  como  en  la  do  Don 
Pedro  su  hermano,  había  estrellas  de  belleza  de  pri- 
mera magnitud,  y  Rosarito  Echeverría  y  su  prima  Ja- 
viera  cintilan  aún  entre  los  recuerdos  de  galanes  y  tro- 
vadores de  aquellos  tiempos. 

Cuerpo  bajo  y  robusto,  cabeza  redonda  y  abultada, 
color  moreno,  ojos  saltones,  negros  y  penetrantes,  tal 
era  ol  aspecto  del  Sr.  Lie.  Don  José  Ma  Jiménez,  nati- 
vo de  Puebla. 


30 

Lo  que  impresionaba  al  tratarlo,  era  una  voz  dulcí- 
sima, que  sabía  modular  de  un  modo  simpático  y  per- 
suasivo. 

Las  personas  que  le  trataban  íntimamente  hacían 
grandes  elogios  de  sus  conocimientos  en  Jurispruden- 
cia á  la  manera  de  Esteva,  García  y  García,  Conejo  y 
Bocanegra;  pero  así  como  el  soldado,  por  ilustrado  que 
se  le  creyese,  todo  lo  quería  avenir  al  cartabón  mili- 
tar, y  en  todo  remedar  la  ordenanza,  así  el  jurisperito 
todo  lo  cortaba  por  el  sistema  forense,  haciendo  de  los 
negocios  litis,  alegatos  de  las  teorías  políticas  y  plei- 
tos en  forma  de  las  cuestiones  económicas  y  sociales. 

En  lo  interior  de  la  familia  era  el  Sr.  Jiménez  pró- 
bido,  fino,  obsequioso,  inclinado  á  la  charla  punzante 
del  colegial  festivo  y  de  sutil  ingenio,  leal  en  su  pro- 
ceder y  firme  en  sus  conocimientos. 


Al  monte,  desnudo,  hubiera  pasado  por  una  broma 
perfecta  y  acabada:  el  cuello  erguido,  los  músculos  ro- 
bustos, los  pómulos  salientes,  los  ojos  negros  y  la  mi- 
rada dulce  y  triste.  Acentuaba  su  palabra  una* boca 
llena  de  expresión  y  una  dentadura  que  era  el  marfil 
luciente,  engastado  en  púrpura. 

El  aseo  y  la  corrección  en  el  traje  le  distinguían,  y 
no  había  movimiento  ni  actitud  que  no  fuera  como 
consultado  por  el  buen  parecer  y  la  gracia.  Hablaba 
Almonte  mesurado  y  breve,  sin  entregarse  jamás  al 
entusiasmo  loco,  ni  al  encogimiento  antipático.  Cuan- 


31 

do  tomaba  una  resolución,  vibraba.su  voz  con  rar.i 
energía,  percibiéndose  resolución  inquebrantable. 

Frío,  generalmente  hablando,  de  una  calma  invero- 
símil en  los  más  grandes  conflictos,  siempre  sobre  .«i, 
y  sin  faltar  á  ninguna  conveniencia,  hasta  en  lo  más 
recóndito,  no  faltaba  nunca  al  papel  que  parecía  ha- 
berse impuesto,  ni  á  las  reglas  de  conducta  .que  tenía 
resolución  de  observar. 

Exactísimo  oñ  sus  tareas,  tenía  horas  precisas  para 
todo;  era  afectísimo  á  servirse  por  sí  mismo,  y  en  el 
despacho,  en  visita  y  en  la  mesa,  tenía  una  pulcritud 
que  habría  parecido  afectada  si  no  la  ejerciese  con  el 
mayor  desembarazo  y  naturalidad. 

Su  talento  era  clarísimo;  pero  no  de  percepción  pron- 
ta ni  confiada;  su  estudio  favorito  eran  la  historia  y  la 
geografía,  y  su  pasión,  la  instrucción  de  la  juventud, 
para  la  que  escribió  libros  elementales  de  bastante 
mérito  para  su  época. 

Como  se  sabe,  después  del  famoso  sitio  de  Cuautla, 
<m  que  Almonte,  de  edad  de  trece  años  combatió  con- 
tra las  fuerzas  de  Calleja,  fué  conducido  á  los  Estados 
Unidos,  donde  hizo  su  primera  educación,  poseyendo 
perfectamente  las  matemáticas,  el  francés,  y  sobre  to- 
do el  inglés,  que  hablaba  con  toda  perfección,  según 
Jos  inteligentes. 

Hecha  la  Independencia,  vino  á  figurar,  en  primer  tér- 
mino, en  el  partido  yorkino,  y  constituyó  familia  con 
su  hermana  Doña  Guadalupe  y  su  hermano  Antonio, 
que  realmente  muy  poco  se  le  parecían. 


32 

El  año  de  1839  casó  el  Sr.  Almonte  con  la  Srita.  Do- 
lores Quesada,  joven  sentimental  y  bella,  de  un  color 
apiñonado  delicioso  y  dechado  de  virtudes  doméstica*. 

A  la  vez  que  me  entregaba  con  ardor  á  mis  nuevas 
ocupaciones,  no  dejaba  de  asistirá  las  horas  de  comer  á 
la  mesa  del  señor  Presidente,  relacionándome  con  sus 
amigos  íntimos  los  Coroneles  Duran  y  Stávoli.  Arista 
y  Barrera,  persona  de  su  intimidad,  contratista  de  ves- 
tuario, con  empresas  de  teatros  y  toros;  centro  su  ca- 
sa de  diversiones  espléndidas  y  punto  de  cita  de  los 
personajes  más  á  la  moda  de  la  época. 

Habitaba  el  Sr.  Barrera  la  gran  casa  que  hoy  ocupa 
la  Lotería  Nacional,  esquina  del  Reloj  y  Cordobanes, 
y  en  sus  grandes  salones  reverberando  de  lujo  y  ele- 
gancia, se  verificaron  las  máscaras,  los  banquetes  y  los 
bailes  más  notables  de  la  época. 

Daba  vida,  comunicaba  alegría,  y  llenaba  de  encan- 
to la  casa  la  Sra.  Barrera,  Alejita,  á  quien  llamaban 
todos,  quien  á  fuerza  do  talento  y  atenciones  con  las 
personas  que  la  favorecían,  adquirió  títulos  que.  ad- 
versa la  fortuna,  le  negó  en  su  origen,  objeto  de  los 
tiros  de  la  envidia  y  la  maledicencia. 

En  las  conversaciones  con  el  Sr.  Bustamante  en  in- 
timidades, de  que  realmente  no  era  digno  un  mucha- 
cho de  veintidós  años,  admiraba  su  fondo  de  lealtad  y 
honradez  inmaculada,  así  como  su  ausencia  completa 
de  convicciones  políticas  y  su  ignorancia. 

Era  cumplido  caballero,  según  el  ritual  de  la  edad 
media:  Dios  y  su  dama,  la  mano  en  la  espada  y  el  buen 


33 

decir  en  los  labios;  la  cortesía  en  las  maneras  y  la  am- 
bición de  ser  el  primero  en  los  peligros. 

Estaba  muy  distante  del  fanatismo;  pero  se  mostra- 
ba reverente  con  las  dignidades  de  la  Iglesia,  los  obis- 
pos y  doctores,  de  quienes,  en  casos  dados,  seguía  el 
consejo,  heredando  en  mucho  las  relaciones  de  Itur- 
bide. 

Como  el  Jefe  de  las  tres  garantías,  odiaba  el  Sr.  Bus- 
tamante  á  los  insurgentes  y  creía  acto  meritorio  tener- 
los á  la  sombra  y  exterminarlos,  dividiéndolos  en  dos 
clases:  injpíos  y  bandidos. 

Admiraba  el  s¿plo  sistema  español,  y  lo  que  se  en- 
tiende por  tiranía  feroz,  se  representaba  á  sus  ojos  co- 
mo energía  y  severidad  necesaria  al  bien. 

Con  estas  ideas,  en  los  negocios  revolucionarios  va- 
cilaba, se  desentendía  de  toda  cuestión  moral  y  seguía 
el  dictado  de  las  gentes  que  le  rodeaban,  pasando  por 
verdaderas  atrocidades  con  la  mira  de  conquistar  la 
paz  y  el  imperio  de  la  ley. 

De  esto  dependía  que  la  administración  de  Busta- 
mante  fuese  sangrienta  y  justamente  odiada,  y  que  exa- 
minando al  hombre  privado  se  le  encuentre  tratable, 
sencillo,  sin  odios  ni  aspiraciones  bastardas,  sin  instin- 
tos carniceros  y  sin  deseo  de  dañar  personalmente  á 
nadie. 

Escrupuloso  hasta  el  quijotismo  en  materia  de  di- 
nero, cauto  y  decente  en  sus  relaciones  íntimas,  leal 
con  sus  amigos;  creo  que  á  su  ignorancia  y  su  ambi- 
ción deben  atribuirse  sus  errores,  y  á  su  servilismo  pa-. 


u 

ra  con  los  hombres  que  le  dirigieron,  las  graves  faltas 
de  su  vida  pública. 

En  una  de  mis  conversaciones  con  el  Sr.  Bustaman- 
te,  en  que  reía  y  se  reverdecían  sus  años,  con  la  rela- 
ción de  mis  aventuras  de  colegio,  mis  campañas  en  el 
Ejido  con  los  hermanos  Robles  y  otros  colegiales  de 
Minería,  mis  industrias  para  conseguir  dinero  hacién- 
dome confidente  y  secretario  de  los  enamorados  de  mi 
ralea,  á  instancias  del  Presidente  le  conté  mis  amo- 
res en  prosa  y  verso,  con  mis  embestidas  contra  papá 
suegro,  mis  apuros  para  emolumentos  de  correos  clan- 
destinos, los  reclamos  de  mi  equijí^  deficiente  y  los 
encantos  divinos  y  los  ensueños  de  oro  de  mi  primer 
amor,  repitiendo  con  el  poeta  antiguo: 

«Aquellas  señas  que  espera, 
«Que  le  señala  la  dama; 
«Aquel  ce  con  que  le  llama, 
«Aquel  decir  que  le  quiere, 
«Es  cosa  que  poco  vale: 
«En  los  amores  no  tiene 
«Contento  que  se  le  iguale.» 

Reía  el  Sr.  Bustamante  de  buena  gana,  repitiendo: 
¡hombre!  ¡hombre!  y  dándose  golpecitos  en  el  vientre 
como  de  costumbre. 

— Ya  ha  hecho  Ud.  más  de  lo  que  yo  podía  esperar- 
me siquiera;  ya  me  puedo  unir  (por  supuesto,  después 
de  poner  á  flote  mi  crédito)  á  la  persona  en  quien  ci- 
fro mi  felicidad;  y  ya,  á  la  futura  parentela  política  la 
puedo  domesticar  sin  grande  esfuerzo,  aunque  por  el 


35 

pronto  quisiera  hacerle  patente  mi  cambio  de  situa- 
ción. 
— Vamos,  hombre,  francamente  ¿qué  querría  Ud? 
— Querría,  que  después  de  haber  arado  el  frente  de  la 
casa  sufriendo  chubascos  y  soportando  burlas  de  ten- 
deros, recauderas  y  vecinos  curiosos  é  inciviles;  adu- 
lando criados,  seduciendo  aguadores  y  pagando  mez- 
quinos corretajes,  me  vieran  pasar  un  día  en  el  coche 
de  la  Presidencia,  muy  echado  atrás,  con  mucho  aplo- 
mo y  donaire,  y  cuando  unos  salieran  á  las  puertas  y 
otros  á  los  balcones,  mandar  pasar  el  coche  y  enviar 
frente  á  frente  una  misiva  á  papá  suegro,  diciéndole: 
ó  me  la  das  por  esposa  ó  te  mato  á  cóleras  .... 

El  general  se  levantó  de  su  asiento  riendo  contentí- 
simo de  tan  extravagante  puerilidad,  y  me  dijo  que  á 
primera  hora  del  día  siguiente  estaría  el  coche  á  mi 
disposición. 

Como  era  de  cajón,  la  noticia  de  mi  cambio  de  for- 
tuna atravesó  como  centella  la  casa  de  vecindad  y  el 
barrio;  cayó  como  bomba  en  mi  oficina,  saltó  plazuelas 
y  callejones  y  retozó  en  los  lugares  en  que  galleaba 
mi  persona  y  se  cernían  mis  bríos  poéticos. 

Éste  me  veía  torbo,  como  quien  ve  con  el  debido  des- 
precio la  elevación  de  un  mequetrefe;  aquél  me  sonreía, 
y  corno  que  simpatizaba  con  mi  buena  fortuna;  quien, 
que  en  antes  no  me  saludaba,  roe  abordaba  con  desu- 
sada llanura;  alguien  me  recordaba  favores  nunca  re- 
cibidos; algunos  me  deletreaban  con  cierto  respeto  y 
admiración  que  me  embarazaban,  y  chicas  y  chicos 


36 

allegados  hacían  experiencias  de  sus  confianzas  para 
conceptuar  si  se  me  había  subido  y  retirarme  su  ca- 
riño y  favores. 

.  Y  yo,  lo  confieso,  conocía  que  me  era  forzosa  cierta 
circunspección,  cierta  compostura  y  cierto  alejamien- 
to de  mis  relaciones  predilectas;  pero  á  lo  mejor  sal- 
taban en  mi  pecho  los  instintos  callejeros,  respiraba 
mi  ser  el  aire  de  la  jarana  y  el  regocijo  plebeyo;  vibra- 
ban jarabes  y  sonecitos  en  mis  oídos,  los  ensueños  poé- 
ticos cobraban  formas,  y  como  nubes  despedazadas  y 
atropellándose  revueltas  por  el  torbellino  pasaban  por 
mi  mente  castores  y  gorritos,  músicos  y  beatas,  sabios 
profundos  y  pelados  analfabéticos,  matronas,  frailes  y 
todos  los  personajes  de  un  incandescente  prodigio  dra- 
mático. 

Al  siguiente  día  de  la  conversación  que  he  referido, 
con  el  Sr.  Bustamante,  la  estufa  presidencial  me  espe- 
raba resplandeciente  de  lujo  y  elegancia. 

El  alto  pescante  forrado  de  pana  blanca  con  su  lleco 
y  sus  borlones  soberbios,  los  lacayos  con  sus  escara- 
pelas tricolores,  y  los  altísimos  frisones  con  sus  cha- 
petas y  hebillas  de  metal  blanco  reluciente. 

— ¡A  la  Alameda,  poco  antes  de  llegar  al  frente  de 
Corpus  Ghristi! — dije  al  lacayo  al  penetrar  en  el  ca- 
rruaje y  hundiéndome  en  los  mullidos  cojines  de  la 
testera. —  Partió  volando  el  coche. . . . 

La  vista  del  carruaje,  lo  conocido  para  mi  suegro 
del  personaje  que  lo  ocupaba,  le  dejaron  realmente  pa- 
titieso y  con  un  palmo  de  nariz ....  La  señora  de  mis 


37 

pensamientos  me  sonreía  á  su  espalda,  asombrada  pe- 
ro triunfal  y  divina. 

Yo  llevaba  prevenido  un  lápiz  como  ima  astabande- 
ra, y  como  había  antecedentes  muy  hostiles  de  parte 
«de  papá,  yo,  de  la  manera  más  descortés,  le  escribí  en 
una  tira  de  papel: 

«Sr.  Caso:  deseo  casarme  cuanto  antes  con  su  hija 
■de  Ud.  Avíseme  si  sigue  ó  no  en  su  oposición  para  to- 
mar mis  providencias.» 

Llamé  al  lacayo,  le  señalé  la  casa,  y  éste,  finchado 
y  con  largos  pasos,  se  dirigió  á  mi  suegro,  el  que  por 
un  tris  no  lo  echó  á  rodar  las  escaleras. 

Aquí  se  sucedieron  escenas  como  la  de  la  Pata  de 
Cabra:  el  confesor  y  los  amigos  de  respeto,  las  ami- 
gas oficiosas  y  las  viejas  compasivas.  Llovían  las  pe- 
ripecias; se  hablaba  de  convento  y  de  destierro,  de  en- 
trada á  ejercicios,  y  se  entabló  la  lucha  entre  las  par- 
tidarias de  San  Francisco  Javier  y  las  de  San  Judas 
Tadeo,  según  las  gentes  adversas  ó  propicias  á  mi  ma- 
trimonio, hasta  obtener  como  desenlace  mi  admisión 
-en  la  casa  como  novio  oficial  una  vez  por  semana. 

Entré,  pues,  en  un  mundo  nuevo;  pues  mi  suegro  y 
la  familia  ofrecían  los  tipos  de  los  ricos  hacendados 
•de  la  época  colonial. 

Largo  chaquetón  de  lienzo  blanco,  pantalón  de  bra- 
gueta de  cuadril  á  cuadril,  sombrero  de  jipijapa  de  an- 
chas alas;  al  través  de  la  camisa  se  veían  sobre  su 
pecho  medallas  y  rosarios,  y  colgando  de  la  pretina,  la 


38 

cadena  del  reloj,  teniendo  en  su  extremo  dijes  y  chu- 
cherías de  oro. 

La  frente  ancha  y  abovedada,  los  ojos  pequeños  y 
de  agudo  mirar,  la  nariz  aguileña  y  la  boca  recogida 
y  como  contraída  por  la  impaciencia  de  ser  pronta- 
mente obedecido.  Era  n\i  padre  político  de  talento  na- 
tural, clarísimo  é  inculto,  valiente,  puntual  y  sincero 
en  sus  tratos,  inteligente  labrador  y  diostrísimo  ji- 
nete. 

Por  la  primera  vez,  de  mi  vida  y  con  motivo  de  mi 
visita  oficial,  dirigí  una  mirada  retrospectiva  á  mi  tra- 
je y  á  mis  recursos  de  tocador. ...  y  aquello  fué  de 
romperse  el  corazón. 

«Hombre  pobre  todo  es  trazas» — dice  Calderón— y 
yo,  á  falta  de  inspiración  propia,  recurrí  á  los  lagarti- 
jos de  mi  intimidad  para  remedar  la  moda  reciente  y 
flamante  como  cualquier  tenorito,  y  acopié  pomadas 
y  polvos,  aguas  de  olor  de  la  industria  del  país,  barniz 
de  tinta  de  oficina  y  no  sé  cuántas  cosas  más.  Un  pri- 
mo de  elegancia  de  imitación  me  sugirió  la  camisola, 
es  decir,  una  pechera  con  su  cuello  y  su  jareta  en  la 
base,  que  se  quitaba  y  ponía  con  la  mayor  facilidad  y 
era  á  propósito  para  reservarse  para  los  golpes  de  tea- 
tro. Pero  para  mí  todo  lo  falso,  todo  lo  postizo,  todo  lo 
afectado  y  pretensioso  ha  sido  no  sólo  repelente,  sino 
imposible,  llevándome  tal  condición  al  extremo  opues- 
to, conceptuándome  de  zafio  y  abandonado  y  faltando 
á  las  debidas  conveniencias  sociales  que  son  como  el 
perfume  de  nuestras  acciones. 


39 

Tales  ideas  han  exagerado  en  mí  siempre  el  contras- 
te entre  mis  hábitos  internos,  mis  costumbres  domés- 
ticas y  mi  modo  de  vivir  aristocrático  con  mi  familia, 
guardando  las  tradiciones  de  mis  padres,  y  mi  amor 
al  pueblo,  mi  deseo  de  estudiarlo  y  mi  contacto  con 
él  á  pesar  de  su  falta  de  civilización,  sus  inconsecuen- 
cias y  sus  vicios. 

La  casita  que  mi  suegro  tenía  en  México  no  rayaba 
en  la  opulencia,  era  más  bien  de  humildes  muebles  y 
cierta  llaneza  de  la  mediana  fortuna;  pero  dejaba  en- 
trever la  riqueza  de  los  dueños  el  servicio  de  plata> 
la  excelente  comida  y  el  número  de  sirvientes  ladinos 
peripuestos. 

El  señor  de  la  casa  había  tenido  una  viudez  tempes- 
tuosa, y  semejantes  hombres  cuando  se  convierten  son 
rígidos  y  exageradamente  celosos. 

Así  es  que,  la  primera  educación,  inclusive  el  pia- 
no, la  hicieron  las  niñas  con  maestras  que  costaban  un 
dineral,  y  nada  enseñaban  á  derechas. 

Mi  suegro  madrugaba  y  se  dirigía  á  la  casa  de  sus 
abogados  Olaguíbel  ó  Elguero,  porque  era  forzoso  tener 
encarnizados  pleitos  con  colindantes  y  parientes  que 
se  enardecían,  que  se  empeñaban  y  que  daban  á  los 
clientes  cierta  instrucción  macarrónica  en  que  figura- 
ba una  nomenclatura  forense,  capaz  de  desequilibrar 
el  cerebro  mejor  organizado. 

Las  señoras  entendían  en  las  graves  tareas  de  rie- 
go de  macetas,  policía  de  jaulas,  arreglo  de  casa;  sen- 
tándose las  niñas  al  piano,  que  era,  á  pesar  de  la  fortu- 


40 

na  de  millonarios  del  hacendado,  un  monacordio  que 
remedaba  las  gárgaras  con  exquisito  primor. 

La  señora,  entretanto,  bordaba,  ya  un  paño  de  cáliz 
para  la  iglesia,  ya  una  toquilla  de  chaquira  ó  unos  ata- 
deros para  la  cuelga  del  marido;  ya  unos  pañuelos  pa- 
ra su  padre  confesor. 

Al  sonar  la  hora  de  comer,  todo  el  mundo  estaba  lis- 
to, no  faltando  las  dos  sopas  de  ordenanza,  el  puchero 
con  sus  sabrosos  y  variados  adminículos,  el  pavo  asa- 
do, los  chiles  rellenos  ó  manchamanteles,  ni  el  arroz 
de  leche,  ni  la  conserva  de  zarzamora  ó  durazno,  re- 
gado todo  con  buen  vino  cascarrón  y  con  pulque  ex- 
quisito del  embotellado  que  expendía  la  Sra.  Adalid. 

En  la  mesa  poco  se  conversaba:  un  criado  estaba 
constantemente  á  la  espalda  del  amo;  le  servía,  y  al 
levantárselos  mantales,  se  arrodillaba,  besaba  un  trozo 
de  pan  y  rezaba  el  Pan  Nuestro  y  el  Bendito,  besando 
después  la  mano  á  los  circunstantes.' 

Terminada  la  comida,  cada  quien  se  encerraba  en 
su  pieza;  obscurecía  la  casa,  y  á  poco  se  oía  el  respi- 
rar sosegado  de  la  media  noche,  y  lejanos  los  alterca- 
dos y  carcajadas  de  la  gente  que  comía  en  la  cocina. 

Soñolientas  y  amodorradas  las  personas  de  la  casa, 
se  peinaban  y  componían,  esperando  el  espumoso  cho- 
colate con  huesitos  ó  ricos  bizcochos  de  la  casa  de  Am- 
brís  ó  de  Santa  Fe,  esquina  de  Tiburcio  y  las  Damas, 
y  el  Santo  Rosario  con  las  tres  Ave  Marías  compues- 
tas; siendo  en  tiempo  de  lluvias  indispensable  el  Tri- 
sagio,  quemando  palma  bendita;  cuando  lo  requería  el 


41 

tiempo;  para  los  santos  de  rumbo  las  novenas  corres- 
pondientes. 

A  las  oraciones  de  la  noche  entraba  la  criada  con 
las  velas  encendidas,  diciendo:  ¡Ave  María  Purísima! 
Santas  y  buenas  noches,  disponiéndose  en  seguida  la 
mesita  de  la  malilla,  y  preparándose  las  niñas  para  re- 
cibir las  visitas  que  se  retiraban  al  sonar  la  queda. 

En  medio  de  esa  sociedad  pacífica  y  apacible  caí  co- 
mo llovido  con  mi  algarabía  literaria,  mi  pedantería 
política,  mi- índole  insurrecta  y  mis  ocultas  inclinacio- 
nes al  bureo  y  á  la  frasca;  con  mi  motín  de  descarri- 
lamientos callejeros,  mis  cómicos,  mis  museos,  mis 
estudiantes  perdularios  y  mi  modo  de  ser  voluntarioso 
y  desgobernado. 

Pero  acaso  esa  misma  novedad  de  mi  nueva  vida, 
aquel  perfume  de  bosque  virgen  y  de  yerba  fresca  que 
exhalaba  la  nueva  mansión  en  que  se  me  recibía,  me 
atraía  de  un  modo  sentimental  como  el  gorjeo  lejano 
de  la  ave,  que  escondida  entre  las  ramas,  canta  en  el 
llano  solitario  sus  amores. 

Aquella  María,  modesta,  tímida,  á  quien  alarma- 
ba la  caída  de  una  hoja  de  rosa;  con  sus  grandes  ojos 
negros,  con  su  conjunto  de  divinidad  griega,  tan  re- 
suelta y  tan  decidida  por  el  pobre  coplero  sin  familia 
y  sin  fortuna.  El  raudal  de  sentimiento  que  palpitaba 
en  raí,  que  de  mí  brotaba  como  esas  corrientes  cauda- 
losas, que  al  nacer  hierven,  corren,  se  arremolinan  y 
se  desbordan  como  queriendo  infiltrar  la  vida,  la  ale- 
gría y  la  abundancia  por  donde,  pasan  me  transporta- 


42 

batí  á  mundos  de  una  luminosa  pureza  que  me  procu- 
raba emociones  desconocidas. 

Mis  visitas  eran  de  cierta  etiqueta  ceremoniosa  y 
mortificante,  percibiéndose,  por  parte  de  mi  suegro,  in- 
contenibles antipatías,  aunque  encubiertas  con  aten- 
ciones de  exquisita  urbanidad.  Esta  circunstancia  se 
agravaba  con  la  tarea  afanosa  para  mí  del  cuidado  de 
mi  persona,  no  obstante  los  consejos  y  tretas  de  mis 
directores  de  modas. 

Un  incidente  casual,  no  obstante,  me  abrió  las  puer- 
tas de  la  confianza  en  la  casa,  y  me  preparó  las  bon- 
dades generosas  y  paternales  del  que  hasta  entonce* 
se  estaba  caracterizando  de  mi  suegro. 

Habían  llegado  las  relaciones  con  mi  novia  al  punto 
de  permitírseme  la  entrada  á  la  casa  cada  tercer  noche. 

Mi  entrada  era  á  las  ocho,  y  ya  encontraba  sentados 
en  la  mesa  de  tresillo  á  mi  suegra,  mi  esposa  y  dos  ó 
tres  personajes  graves  con  un  platito  de  porcelana  pa- 
ra tantos  y  cartas  sobrantes;  al  lado  un  plato  con  co- 
pas de  anisete  y  de  catalán  para  damas  y  caballero*. 

Yo,  que  no  he  sabido  en  mi  vida  juego  alguno,  para 
quien  ha  sido  siempre  griego  el  lenguaje  del  naipe,  y 
que  por  pobreza  ó  por  lo  que  se  quiera,  me  hostiga  la 
baraja,  habría  sufrido  un  suplicio  si  una  sonrisa,  si  una 
conversación  furtiva,  si  una  mirada  no  me  hubieran  in- 
demnizado de  mis  sufrimientos. 

Los  que  jugaban  estaban  cuidadosos  con  el  triunfo 
y  el  chiquito,  la  contrabola  y  la  bola,  el  arrastre  y  el 
codillo;  los  espectadores  conversaban  y  esperaban  á 


43 

que  entre  juego  y  juego  se  echase  un  chilito^  esto  es, 
un  albur  por  cuenta  del  más  adiherado  de  los  juga- 
dores. 

El  anuncio  era  un  golpe  eléctrico;  ancianas  y  ancia- 
nos, niños  y  jóvenes,  polluelas  y  cuidadoras,  se  ponían 
en  movimiento;  venía  el  albur,  se  apuntaban,  alterca- 
ban, guardaban  silencio  al  correrse  el  albur,  y  pro- 
rumpían  en  exclamaciones  de  gozo  ó  de  enojo  los  fa- 
vorecidos y  los  desdeñados  de  la  fortuna. 

Yo  me  preparaba  á  la  visita,  y  para  preparar  el  es- 
plendor de  mi  camisola  la  guardaba  en  mi  sombrero, 
y  en  cualquier  zaguán  próximo  á  la  casa,  me  la  em- 
brocaba como  cualquier  monaguillo  desparpajado  su 
sobrepelliz. 

La  noche  á  que  aludo,  por  una  de  las  mil  distraccio- 
nes de  que  he  sido  víctima  desde  mi  niñez,  dejé  la  ca- 
misola en  el  sombrero,  y  dejé  al  descubierto  mi  cami- 
sa, nada  pretensiosa  por  cierto  en  su  pechera. 

Estábamos  en  lo  más  silencioso  y  empeñado  del  jue- 
go, jugadores  y  circunstantes,  cuando  me  vino  en  gana 
estornudar,  acudí  á  mi  pañuelo;  no  lo  tenía,  corrí  en- 
tonces á  mi  sombrero,  que  era  donde  solía  depositarlo, 
y  sin  advertirlo,  volví  sonándome  con  la  camisola  por 
su  espalda. 

Noté  que  los  circunstantes  me  veían,  y  no  hice  ca- 
so, seguí  sonando;  reparé  en  que  la  novia  estaba  escar- 
lata como  la  sangre y  no  supe  á  qué  atribuirlo; 

en  una  de  mis  limpiadas  de  nariz,  noté  algo  como  una 
cuerda  ó  como  un  gusano  debajo  de  ellas. ...  y  noté 


u 

el  extraño  polvero estallando  una  carcajada  gene- 
ral. Comprendiendo  al  vuelo  mi  situación,  y  ya  con 
amor  á  la  oratoria,  dije: 

— Diré  á  Uds.  un  verso  que  aprendí  de  un  gachupín 
abarrotero,  con  un  motivo  semejante  al  presente: 

«Causa  de  este  y  otros  males, 
«Digo  á  ustedes  en  concencia, 
«No  es  falta  de  inteligencia: 
«Es  la  falta  de  reales.» 

Mi  suegro  me  echaba  al  concluir  los  brazos  con  pa- 
ternal ternura,  mientras  palmoteaban  los  circunstan- 
tes, y  mi  María  ocultaba  su  carita  entre  las  manos. 

La  escena  que  acabo  de  describir  allanó  como  con- 
secuencia graves  dificultades.  . . . 

Volviendo  á  mis  tareas  periodísticas,  diré  que  bata- 
llaba como  un  desesperado  contra  los  follones  y  ma- 
landrines de  la  oposición. 

Comencé  á  iniciarme  en  el  argot  periodístico  y  á  ha- 
cer mi  arsenal,  de  Oposición  Sistemática,  Ambición 
frustrada,  Vendidos  á  intereses  viles,  etc.,  así  como 
tener  á  la  mano  al  héroe  de  Jico,  él  brazo  fuerte  dt 
Iturbide,  el  integérrimo  Ministro  (hablando  dé  Eche- 
verría), el  vastago  de  un  héroe  de  Almonte  y  Cafiedo, 
ya  Cicerón  ya  Que  vedo. 

Á  guisa  de  sacristán  con  los  santos  que  asea  y  com- 
pone, comencé  á  familiarizarme  con  proceres  y  ayu- 
dantes y  á  graduar  en  mi  juicio  la  influencia  de  cria- 
dos, de  parientes  favoritos,  chismosos  y  aduladores. 

Hacía  conocimiento  asombrado  con  esos  palaciego? 


45 

que  entran  por  las  puertas  excusadas,  tienen  encargos 
de  uso  interno  y  madrugan  para  disfrutar  las  confiden- 
cias del  genio  en  mangas  de  camisa;  asistía  sin  poder 
atinar  con  el  compás  á  esos  coros  en  que  á  tuertas  y  á 
derechas  se  da  la  razón  al  que  manda,  se  le  inventan 
talentos  y  perfecciones  y  se  espetan  al  paño  alabanzas 
como  para  que  no  las  oiga.  Me  fijaba  mucho  en  las 
palabras  soltadas  con  aparente  candor  para  sembrar 
una  sospecha,  despojar  de  un  empleo,  preparar  un  ne- 
gocio y  hacer  al  poderoso  caer  en  errores  ó  ejercer  in- 
justicias. 

Por  último,  seguía  curioso  la  manera  con  que  los 
nuestros  pretendían  combatir  á  nuestros  enemigos 
averiguando  que  el  uno  era  hijo  sacrilego;  que  el  otro 
estuvo  en  la  cárcel  por  monedero  falso,  que  aquél  de- 
bía su  fortuna  al  falseamiento  de  unas  firmas  en  una 
testamentaría;  que  el  que  llevaba  el  apellido  Rechupa 
era  en  realidad  Gatera,  hijo  del  Dean  de  la  Catedral,  y 
todas  las  indignidades  á  que  se  presta  el  amor  ilícito 
guiado  por  la  perversidad  y  la  calumnia. 

El  Sr.  Gondra  era  muy  cauto;  frío  y  astuto,  defendía 
la  administración  y  empeñaba  polémicas  científicas  en 
que  era  muy  diestro.  Yo  me  arrojaba  de  bruces  en  la 
polémica  acogiendo  cuantas  barbaridades  me  sugerían 
y  dándome  por  muy  liberal  mente  recompensado  con 
que  repitiese  el  Presidente  cualquiera  de  mis  frases, 
me  sonriera  el  ministro  defendido  y  me  diera  medio  * 
de  oro  el  apóstata  vindicado. 

Pero  en  medio  de  mi  ignorancia  y  de  mi  poco  mun- 


46 

do  echaba  de  menos  un  plan  político,  una  mira  social, 
un  designio  económico. . . .  Cañedo  y  Almonte,  fede- 
ralistas exaltados,  defendían  la  centralización  y  los 
fueros.  Echeverría  cuidaba  de  las  economías  y  del 
buen  manejo  de  los  caudales  públicos.  Jiménez  con- 
servaba los  antecedentes  clericales  y  los  embrollos  de 
la  justicia,  y  el  Presidente,  con  mano  férrea,  y  de  la 
mejor  buena  fe,  creía  que  sólo  en  sangre  se  ahogaban 
los  trastornos,  sin  adhesión  á  creencias  ni  á  principios 
determinados,  aunque  en  el  fondo  con  admiración  pro- 
funda por  el  sistema  español  y  por  Iturbide. 

Había  banderas,  luchas  y  facciones  revestidas  con 
diversos  trajes  políticos;  pero  estos  trajes  eran  patri- 
monio de  poquísimos  propietarios.  A  los  enemigos  del 
Gobierno  los  animaba  la  idea  de  tirarlo  para  que  lo 
substituyera  otro  que  los  empleara:  «Quítate  tú  para 
ponerme  yo,»  era  la  fórmula  y  el  programa  de  las  re- 
voluciones en  su  último  análisis. 

Con  motivo  de  la  carta  de  Gutiérrez  Estrada  encare- 
ciendo la  monarquía,  carta  inspirada  por  el  atentado 
del  15  de  Julio  próximo  anterior,  promovido  por  Urrea 
y  por  Farías,  se  habían  engrosado  las  filas  de  los  libe- 
rales y  arruinado  á  Almonte,  que  un  folleto  elocuente 
había  defendido  los  fueros  de  la  soberanía  nacional  y 
de  la  República. 

Entretanto  el  descontento  se  respiraba  en  la  atmós- 
fera; los  conatos  de  pronunciamiento  se  centuplica- 
ban, la  prensa  se  envalentonaba,  y  esbirros,  espías,  de- 
latores y  truchimanes  del  escándalo  hacían  su  Agosto. 


Al 

Los  avocados  á  figurar  en  el  nuevo  orden  de  cosas, 
eran  obsequiados  y  considerados,  y  de  las  tiendas  de 
empeño  se  exhumaban  sables  y  charreteras,  uniformes 
y  distintivos,  como  que  se  aproximaba  su  exposición. 

En  los  pocos  momentos  que  me  dejaban  libres  mis 
ocupaciones,  hacía  mis  frecuentes  visitas  al  Colegio, 
como  las  escapadas  del  marino  próximo  á  entregarse 
al  grande  Océano,  frecuenta  los  jardines,  las  plazas  y 
calles  de  su  país  natal. 

Quería  que  se  me  fijase  bien  el  pasadizo  de  la  entra- 
da en  que  el  Sr.  Iturralde,  devoto  del  amor  como  nin- 
guno, recibía  damas  alegres  y  de  juego  libre,  con  edifi- 
cación de  los  estudiantes:  me  detenía  en  el  descanso 
de  la  escalera  en  que  se  situaba  un  ollón  de  agua  ca- 
liente en  que  tomábamos  solas  tablillas  de  chocolate  y 
extraíamos  un  lodo  de  cacao  ó  como  de  ladrillo  que  na- 
die podía  pasar.  Me  estacionaba  en  la  escalerilla  con- 
tigua al  segundo  patio  en  que  instalaba  yo  mi  bufete 
sobre  el  escalón  pelado,  de  cartas  de  írmor  y  versos 
en  cambio  de  bizcochos,  dulces  y  cigarros;  contempla- 
ba la  higuera  del  segundo  patio,  eii  que  se  balanceaba 
Carrasco,  héroe  después  en  la  guerra  americana;  la 
banca  de  Rodríguez  de  San  Miguel,  el  cuarto  de  Bros 
Camilo  que  abandonaba  los  estudios  de  jurispruden- 
cia para  inscribirse  en  el  Colegio  de  Medicina. 

Entraba  á  la  cocina  en  que  la  vieja  jorobadita  sólo 
ponía  manteca  á  los  frijoles  cuando  había  propina  ex- 
traordinaria, y  descansaba  al  fin  en  el  cuarto  de  Juan 
Lacunza  que  componía  saínetes,  preparaba  versos  á  la 


48 

Manito  ó  Cayetana,  actrices  del  teatro  de  los  Gallos,  ó 
concertaba  un  juego  de  pelota. 

¡Oh  qué  vida  la  del  colegio!  ¡Cómo  adquieren  colo- 
rido y  encanto  aquellas  peripecias  de  la  pobreza,  aque- 
llos amores  de  plan  incierto,  los  celos  y  las  reconci- 
liaciones, aquel  vender  un  chantreau  para  comprar 
un  panecito,  aquellas  confidencias  del  chasco  al  tutor, 
el  engaño  á  la  vieja,  el  vestido  prestado,  el  caballo  de 

alquiler  para  la  expedición  campestre! Y  todavía 

al  recordar  esos  adioses  á  la  juventud,  pasan  como  en 
jardín  en  que  destruye  el  invierno  ráfagas  tibias  y  per- 
fumadas que  parecen  engañar  á  plantas  y  flores  con 
las  delicias  de  la  primavera. 

La  vejez  ha  robustecido  en  mí  la  pasión  de  mi  co- 
legio á  un  punto  que  yo  mismo  me  reprendo,  porque 
amo  sus  piedras  que  quedan,  me  lastiman  sus  trans- 
formaciones, y  cuando  lo  reconstituyo  en  mi  memo- 
ria, me  siento  joven  y  feliz. 

Sin  abandonar  mis  afectos,  sin  dejar  mis  hábito?,  ni 
privarme  de  mis  excursiones  al  Reino  del  brío,  ha- 
bían cambiado  las  decoraciones  de  mi  teatro  y  era  mi 
centro  y  el  lugar  de  mis  nuevas  relaciones  el  Caféde 
Veroly. 

El  café  de  Veroly  estaba  donde  hoy  se  encuentra  el 
Café  Inglés.  Tenía  tres  puertas,  dos  exteriores  que  da- 
ban á  las  calles  del  Coliseo,  y  Coliseo  Viejo  y  una  in- 
terior que  conducía  á  las  entradas  del  teatro  y  se  bi- 
furcaba llevando  una  al  pórtico  y  la  otra  al  foro. 

El  patio  del  café  se  extendía  bajo  clara  techumbre 


id 

de  cristales,  corriendo  más  sombrío  bajo  los  corredo- 
res de  la  parte  alta,  subdividida  en  cuartos  pequeños 
y  salones  para  el  servicio  dé  la  fonda. 

Todo  el  patio  y  bajos  de  los  corredores  lo  ocupaban 
en  todas  direcciones  y  á  cortos  trechos  mesitas  tripié 
de  fierro  y  lámina  barnizada  y  en  que  se  hacía  el  servi- 
cio del  café  y  se  jugaba  ajedrez  y  dominó.  Cada  me- 
sita  estaba  dotada  de  una  gruesa  botella  de  vidrio  y  un 
enorme  brasero  do  metal  amarillo  con  ceniza  y  brazas 
para  alimento  del  fuego  sacro  de  cigarros  y  puros. 

En  el  fondo  del  café,  y  teniendo  por  respaldo  un 
gran  espejo,  estaba  el  armazón  de  cantina,  trastos  de 
servicio  y  el  mostrador  con  charolas,  pozuelos  y  tazas, 
servilletas,  etc.,  para  servirse  café  sólo  y  con  leche, 
tostadas,  molletes,  roscas  de  manteca,  te,  copas  de  ca- 
talán y  de  licor,  y  á  hora  oportuna  ponches  ó  refrescos. 
En  la  parte  superior  del  café,  en  cuartitos  separados, 
con  todos  sus  adminículos,  estaba  la  fonda,  citándose 
los  concurrentes  á  su  voluntad  y  ofreciéndose  locales 
para  servicio  de  familias. 

La  concurrencia  al  café  la  fomentaba  el  teatro  y  los 
actores  que  allí  se  estacionaban:  eran  como  el  pie  ve- 
terano de  aquella  célebre  negociación. 

En  la  tarde,  militares  y  empleados  ociosos,  vejetes 
calaveras,  tahúres  empedernidos,  niños  finos  y  pollue- 
los  pretensiosos  se  envolvían  en  una  atmósfera  de  hu- 
mo de  tabaco  y  formaban  grupos  en  las  mesas,  ya  de 
disputadores  políticos,  ya  de  obscenos  oficiales  que  es- 
cupían por  el  colmillo  y  daban  alas  á  la  crónica  escan- 


50 

dalosa;  ya  de  gentes  de  estas  que  se  dicen  decentes, 
sin  oficio  ni  beneficio,  que  viven  de  parásitos  de  su 
familia,  de  sus  amigos  y  del  Erario,  que  ven  como  ca- 
pital enemigo  al  trabajo  honrado. 

Si  al  cuadro  anterior  lo  anima  la  imaginación  con 
el  ruido  de  marchantes  y  transeúntes,  las  disputas 
aquí,  las  risas  acullá,  los  criados  corriendo  por  entre 
la  gente  y  los  concurrentes  al  teatro,  con  sus  delanta- 
les al  cinto  y  sus  charolas  en  las  manos,  los  curiosos 
agrupados  de  pie  al  rededor  de  las  mesas  de  dominó 
y  de  ajedrez,  fumando  luengos  puros;  las  palmadas, 
ruido  de  platos  y  destapar  botellas  de  los  comedores 
de  la  altura,  apenas  se  formará  idea  del  espectáculo 
que  ofrecía  el  famoso  café  de  Veroly. 

En  él  podría  hacerse  conocimiento  con  el  manco 
Ribot,  jefe  de  marina,  francote,  manirroto,  espléndido, 
célebre  por  su  desafío  con  Lemanat;  allí,  Pepe  Muñoz, 
el  burlador  de  frailes  y  monjas  que  tuvo  colgado  á  un 
lego  de  un  balcón  para  divertir  á  la  gente;  allí  Lean- 
dro Mosso,  Rodríguez  y  Carigton,  famosos  jugadores 
de  ajedrez;  allí  Alejo  Barreiro,  aplaudido  por  sus  chis- 
tes y  su  mímica;  allí  Diego  Correo,  tartamudo  lleno 
de  talento  y  de  chiste  para  la  crónica;  allí  D.  Joaquín 
Patino,  de  luenga  barba  blanca  y  voz  estentórea,  de 
erudición  asombrosa,  de  hablar  autoritativo  y  brusco, 
de  genio  endemoniado  y  de  un  corazón  noble  y  levan- 
tado; en  una  palabra,  allí  la  flor  y  la  nata  de  periodis- 
tas, músicos,  danzantes,  literatos,  valientes  y  gente  de 
rumbo  y  de  trueno.  En  varios  de  esos  grupos  era  yo 


51 

admitido,  aunque  en  segundo  término,  pero  alegre  y 
confiado  lanzando  versos  á  roso  y  á  belloso  en  impro- 
visaciones calurosamente  aplaudidas  que  en  Dios  y  en 
conciencia  merecía  la  mejorcita  una  pela  de  azotes. 

Me  arrancaba  de  la  seductora  concurrencia  que  aca- 
bo de  bosquejar,  para  ascender  á  las  altas  regiones 
•donde  la  inquietud  crecía,  los  conatos  revolucionarios 
mantenían  la  aptación,  y  la  anarquía  se  hacía  sensi- 
ble en  el  mismo  gabinete. 

En  la  frontera  el  hambre  y  la  actitud  de  desconten- 
to de  las  tropas  forzaban  al  general  Arista  á  tomarse 
licencias  en  la  aduana  que  produjeron  escándalos  y 
determinaron  la  salida  del  Gabinete  del  Sr.  Echeve- 
rría, reemplazándolo  el  Sr.  D.  Manuel  María  Canseco, 
empleado  sufrido  y  tirante,  resurrección  del  emplea- 
do de  la  época  virreinal,  monosilábico,  cejijunto,  de 
andar  pausado,  de  mirada  recóndita  é  interrogativa, 
de  mucho  ripio  y  mucha  pauta  de  comisos  en  el  chi- 
rumen, paliacate  en  mano  y  rosario  de  gruesas  cuen- 
tas en  el  bolsillo. 

Á  D.  Manuel  Payno,  Bustamante,  D.  Manuel  María 
Canseco  y  D.  Tranquilino  de  la  Vega  llamaban  en  la 
finanza  los  oráculos  de  la  ciencia  fiscal. 

Yucatán  era  una  cena  de  negros,  Tabasco  un  Cam- 
po de  Agramante;  en  todos  los  Estados  cundía  el  des- 
contento, y  la  prensa  altercaba,  reñía  declamando  en 
todos  los  tonos  y  sacudiendo  con  convulsiones  peligro- 
sas la  combatida  administración. 

En  Jalisco  estalló  al  fin  la  rebelión  disfrazada  de 


movimiento  local,  y  como  era  de  costumbre  estaren 
estado  de  pronunciamiento,  era  como  estar  de  frasca 
y  de  bureo. 

Se  resfriaban  y  desaparecían  los  mejores  amigo*; 
se  aparecían  con  su  corte  los  parientes  y  amigos  de 
los  pronunciados;  llovían  los  anónimos,  las  escaseces 
de  Jos  empleados  los  hacían  aullar  contra  el  ministe- 
rio, y  Gondra  y  yo  tirábamos  tajos  y  mandobles  aca- 
rreándonos dicterios  y  odios  acaso  inextinguibles. 

La  revolución  de  Jalisco  se  ramificó  por  toda  la  Re- 
pública, y  caracterizó  su  importancia  Veracruz,  cuyo 
peso  se  temía  como  decisivo  en  la  balanza  de  los  cam- 
bios políticos.  Santa-Anna  aparecía  como  medradon 
pero  todos  comprendían  que  era  la  mediación  de  un 
lobo  entre  dos  mastines  que  riñen. 

Inesperademente  el  general  Valencia  se  pronuncia 
en  la  Ciudadela  de  México,  y  entonces,  por  primera 
vez  asistía  á  ese  comercio  vil  de  hombres  que  hacen 
promesas  de  un  lado  y  se  venden  al  contrario;  de  ios 
que  se  ofrecen  como  confidentes  aquí  y  son  espías  del 
enemigo. . . . 

Por  otra  parte,  hombres  de  armas  como  el  Sr.  Bus- 
tañíante,  hombres  que  arrostrarían  peligros  persona- 
les en  que  la  existencia  se  jugara  á  un  albur,  se  des- 
conciertan y  descaminan  con  la  charla  política,  el  ka- 
leidoscopio  de  la  opinión  y  las  sombras  de  que  suele 
rodearse  la  intriga. 

Las  circunstancias  hicieron  que  á  más  del  Diarifr 
se  publicaran  boletines  para  tener  á  México  más  al  ce- 


53 

rriente  de  los  sucesos, y  elSr.  Gondra,como  muy  cono- 
cedor del  mundo,  quiso  hacerme  el  honor  de  que  yo  es- 
cribiera de  preferencia  aquellas  hojas  insultantes,  que 
escribía  con  la  más  sincera  vehemencia,  puesto  que  de- 
fendía á  mi  bienhechor  y  á  personas  muy  queridas  de 
mi  corazón  como  eran,  entre  otras,  Almonte  y  Cañedo. 

Pero  lo  que  hería  hondamente,  lo  que  dejaba  san- 
grando la  carne  viva  de  mi  inexperiencia  era  la  serie 
inaudita  de  traiciones  que  brotaban  á  mi  alrededor, 
que  tenía  por  increíbles  aun  palpándolas,  y  que  apren- 
dí entonces  á  conocer,  como  preludios  del  sálvese  elqne 
ptieda,  en  las  revoluciones. 

Aquel  General  X***  que  se  levantaba  de  la  mesa  del 
lado  del  Presidente,  llevándose,  robados,  datos  para 
sorprenderlo  y  aniquilarlo  impunemente. 

Aquel  R***  á  quien  tenía  confiada  su  persona  y  se- 
cretos el  Sr.  Bustamante,  que  figuró  en  su  contra  co- 
mo una  aparición  en  el  sangriento  encuentro  de  la 
Viga. 

Aquellos  pretendientes  de  última  hora  pidiendo  pa- 
gas, mejoras  de  empleos  y  certificados  de  lealtad. 

Y  aquella  canalla  que  se  precipitaba  alrededor  del 
Gobierno  agonizante  como  aves  de  presa  para  dispu- 
tarse sus  despojos.  Todo  esto  me  lastimaba  y  me  expo- 
nía á  la  burla  de  los  aguerridos  en  estas  escenas,  de 
las  que  los  veteranos  políticos  sacan  partido. 

Una  noche  supe  que  en  el  segundo  patio  de  Pala- 
cio, cercano  de  la  imprenta  y  vecino  de  las  caballeri- 
zas, donde  existía  no  sé  qué  almacenes  de  artillería,  se 


bl 


tramaba  una  junta  para  aprehender  al  Sr.  Bustaman- 
te Yo  me  dirigí  hacia  allí,  antes  de  que  la  reu- 
nión se  verificase,  y  no  sin  riesgo,  logré  desbaratar 
aquella  infame  trama.  Cuando  volví  triunfal  á  comu- 
nicar lo  ocurrido  á  uno  de  nuestros  defensores  más  ca- 
racterizados, me  dijo:. . . .  — Muy  bien,  chico;  merece 
Ud.  una  espada  de  honor;  y  llevándome  aparte,  me  di- 
jo:   No  sea  Ud.  niño;  este  pobre  come  huevos  no 

tiene  remedio  ...  y  recordando  las  palabras  de  cier- 
ta comedia  política,  muy  en  boga,  llamada  la  «Escuela 
del  Aspirantismo,»  me  decía: 

«¡Pascual,  Pascual!  al  que  te  sacó  del  polvo  de  la  na- 
da y  te  colocó  en  un  trono  de  cristal,  si  lo  ves  caer, 
déjalo  rodar.» 

¡Yo.  tonto!  me  separé  de  este  hábil  político  con  las 
lágrimas  en  los  ojos. 

Los  corredores  de  Palacio  estaban  convertidos  en 
cuarteles,  con  sus  armas  en  pabellón;  sus  mujeres  ha- 
ciendo lumbre;  cosiendo  ó  teniendo  en  las  faldas  las 
cabezas  de  sus  soldados,  y  su  trajín  de  ayudantes,  pro- 
ceres y  sirvientes  que  entraban  y  salían  á  las  piezas 
interiores. 

Repentinamente,  y  por  consejo  é  influjo  del  Sr.  Al- 
monte,  el  Gobierno  se  pronunció  por  la  federación  en 
medio  de  repiques,  cohetes  y  regocijo  del  populacho 
que  se  entusiasmaba  con  los  recuerdos  de  la  federa- 
ción. 

Aunque  los  personajes  prominentes  del  partido  fe- 
deralista eran  en  su  mayoría  patriotas,  sabios  y  enten- 


didos.  el  número  era  cortísimo,  que  educaba,  por  de- 
cirlo así,  pequeños  círculos  que  se  aislaban  ó  tenían 
por  vínculo  la  masonería  yorkina. 

En  estos  círculos,  el  pensamiento  dominante,  des- 
pués de  la  Independencia,  fué  combatir  los  elementos 
clerical  y  español,  y  no  se  trataba  de  formas  de  go- 
bierno, ni  de-programa  alguno,  de  lo  que  se  llamó  Par- 
tido del  Progreso.  Así  es  que  cada  quisque  de  cierta 
ambición  tenía  en  el  bolsillo  ó  en  la  copa  del  sombrero 
su  Virgen  de  Guadalupe  y  su  plan  sin  bases  para  re- 
generar á  la  Nación. 

No  obstante,  las  masas  instintivamente  proclama- 
ban y  seguían  á  Farías,  quien  tenia  un  verdadero  ejér- 
cito de  descamisados,  que  estaba  á  sus  órdenes. 

Entre  éstos  había  pensadores  profundos  y  hombres 
eminentes  en  las  letras,  como  Quintana  Roo,  Zavala, 
Olaguíbel,  Pesado, Couto,  Mora,  Rejón,  Cerecero  y  otros. 
Pero  éstos,  en  su  mayoría,  no  eran  hombres  de  acción,  y 
éstos  se  hacían  representar  por  matones,  por  hombres 
sin  educación  ninguna,  analfabéticos,  turbulentos  y  da- 
ñinos; pero  no  era  posible  otra  cosa,  porque  los  que 
mediaban  con  los  infelices,  los  que  estaban  en  pose- 
sión ó  se  disputaban  sus  intereses,  no  podían  suicidar- 
se con  la  adopción  de  las  ideas  liberales. 

Estas  ideas  liberales  andaban  como  escondiéndose, 
como  temiendo  la  repulsión  por  todas  partes,  y  ape- 
nas las  acogían,  en  escondites  contados,  Olaguíbel,  Don 
Hipólito  Rodríguez,  dueño  de  una  pequeña  fábrica  de 
fideos,  calle  de  las  Escalerillas;  Don  José  Ma,ríadel  Río, 


56 

bizcochero  muy  entusiasta  por  Olaguíbel  y  Baldera?, 
sastre;  Díaz,  zapatero,  etc. 

Desempeñó  papel  notable  en  este  pronunciamiento 
por  la  federación,  el  Sr.  Lie.  D.  Juan  José  Baz,  quien  se 
hizo  célebre  por  su  intrepidez,  su  odio  á  clérigos  y  sol- 
dados, y  sus  acciones  de  buen  chico  y  franco  y  gene- 
roso compañero. 

Era  Juan  José  un  muchacho  rubio,  delgado,  ardiente, 
de  estremecimientos,  apasionado,  de  manos  listas  y  de 
hablar  imperioso,  no  obstante  que  su  voz  tenía  un  ti- 
ple poco  simpático. 

Baz  pertenecía  á  una  familia  rica  y  muy  distingui- 
da de  Guadalajara,  y  contaba  en  sus  ascendientes  tí- 
tulos de  alta  y  reconocida  aristocracia. 

En  Baz  todo  era  pasión:  desde  fungir  de  torero  en 
los  toros  que  los  colegiales  disponían  en  el  Colegio  Se- 
minario, hasta  los  empeños  de  amistad  ó  los  lances  de 
amor.  No  sabía  disimular  ni  mentir,  y  era  excelente 
su  corazón. 

Esta  misma  impetuosidad  de  carácter,  este  no  rehuir 
la  responsabilidad  que  le  atraían  sus  diabluras,  le  da- 
ba importancia  en  un  partido,  que  á  cada  instante 
tenía  que  rifar  el  todo  por  el  todo  y  atropellar  con  há- 
bitos, creencias  y  preocupaciones  que  formaban  el  mo- 
do de  ser  de  nuestra  sociedad. 

En  la  impaciencia  que  devoraba  á  Juan  José  por  la 
realización  de  sus  ideales,  caía  en  lo  arbitrario  y  tirá- 
nico, formando  esos  arranques  contraste  con  rasgos  de 
bondad  suma  y  con  actos  caballerosos. 


57 

Una  vez  reconvino  á  un  lépero  por  una  infracción 
de  policía.  El  lépero  contestó,  justificándose;  Baz  le 
impuso  una  multa;  el  lépero  respondió  refunfuñando 
que  pagaría;  Baz  le  dio  un  manazo;  el  lépero  le  con- 
testó su  golpe,  enfurecido;  los  policías  se  lanzaron  so- 
bre él  para  amarrarlo;  Baz  se  puso  á  su  lado  para  de- 
fenderlo. . . .  — Este  hombre  está  en  su  derecho,  dijo; 
yo,  aunque  Gobernador,  tenía  facultad  para  corregirlo, 
no  para  pegarle. . . .  Queda  Ud.  libre  para  que  tomemos 
armas  iguales. 

El  lépero,  muy  encogido....  dijo  que  iría  á  pa- 
gar la  multa,  y  Baz  la  pagó  por  él. 

En  los  más  grandes  peligros  no  se  le  veía  término,  por- 
que era  muy  valiente;  con  su  fraquesito  azul  muy  ca- 
trín y  muy  desembarazado;  .^us  travesuras  con  sus 
amigos  y  sus  cuentos  colorados  á  que  era  muy  afecto. 
Cegado  por  la  cólera,  cometía  faltas  que  ó  reparaba  ca- 
balleroso, ó  no  dejaban  rastro,  ni  daban  entrada  á  la 
venganza  en  su  corazón. 

Baz  nos  quiere  hacer  felices  á  palos,  decían  mu- 
chos; y  si  esto  no  era  evidente,  tenía  mucho  de  verdad. 
Personajes  como  los  que  he  mencionado,  entraron 
como  aparecidos  al  Palacio  al  verificarse  la  transfor- 
mación del  Gobierno  que  proclamaba  la  federación. 

No  obstante  lo  exótico  del  pronunciamiento,  á  pesar 
de  traslucirse  que  se  trataba  de  una  comedia  de  cir- 
cunstancias; los  instintos  del  pueblo  se  manifestaban 
claramente  por  aquel  cambio  que  no  sabían  aplicar 
con  conciencia  los  que  lo  aceptaban. 


58 

Aquel  recurso  tardío  fué  de  momentánea  duración. 
El  pronunciamiento  aparecía  triunfante  en  la  Calzada 
de  la  Viga,  aunque  había  tropas  del  Gobierno  en  Pa- 
lacio. 

Coches,  vendimias,  curiosos  y  paseantes,  inundaban 
las  calles,  que  conducían  á  la  Viga,  donde  hubo  un 
llamado  combate  que  puso  de  manifiesto  las  traiciones 
de  nuestros  amigos  y  nuestra  impotencia. 

Los  agiotistas  de  la  época  se  jactaban  de  haber  lle- 
vado recursos  á  uno  y  otro  campo  de  batalla  para  pro- 
longar la  situación  y  sacar  raja,  preparando  el  terre- 
no para  que  cada  partido  reconociese  con  creces  la? 
deudas  del  otro. 

Al  fin,  como  preliminar  de  los  convenios  que  de- 
bían terminar  la  revolución,  que  tomaron  el  nombre 
de  la  Estanzuela  por  el  lugar  en  que  se  firmaron,  des- 
alojó el  Sr.  Hustamante  Palacio,  y  fué  á  habitar  á  la 
hoy  Ciudad  de  Guadalupe  Hidalgo,  á  la  casa  del  canó- 
nigo Corona. 

La  víspera,  las  tropas  fieles  pernoctaron  formadas» 
y  en  alarma,  en  la  Plazuela  de  San  Lázaro  y  el  Jnil, 
camino  de  Puebla. 

Los  empleados  desertaban  en  bandadas,  llevando 
muchos,  de  ellos  como  testimonios  de  adhesión  secre- 
ta al  Gobierno,  cartas  y  documentos  del  enemigo;  des- 
empolvábanse retratos  del  héroe  de  Tampico  y  los  ex- 
ponían en  tiendas  y  salones;  brotaban  como  hongos 
parientes  desconocidos  del  héroe  vencedor  de  Barra- 
das, y  se  puso  de  moda  el  desarre  veracruzano,  el  hablar 


59 

como  jarocho  y  los  sones  del  Butaquito  y  la  Petenera. 

Los  poquísimos  empleados  y  jefes  fieles  al  Sr.  Bus- 
tamante  se  alojaron  en  las  casas  de  los  canónigos.  Al 
Presidente  le  quedó  una  cortísima  guardia,  que  no  sa- 
bía qué  carácter  tenía  ni  qué  misión  desempeñaba. 

Con  este  motivo,  recuerdo  una  anécdota  que  fué  pa- 
ra mí  lección  elocuentísima  de  la  influencia  délas  vi- 
cisitudes humanas. 


H 


Una  anécdota. — Los  de  Guardia;  ¡el  tío! — Caída  de  Bustamante. 
— Mi  situación.*— Dicho  de  Almonte. — D.  Francisco  M.  Tagle. — 
Recuerdos. — Baile  por  el  triunfo  de  Valencia. — Dejo  el  Diario  y 
quedo  en  las  cuatro  esquinas. — El  Ateneo. — Plaza  del  Volador. 
— La  Kalenda. — Fernandete  Ruelas. — D.Basilio  Guerra. — Anéc- 
dota de  B. — El  Curioso  parlante. — Recuerdos. — D.  Benedetto.— 
Descripción  de  la  ciudad. — El  Siglo  XIX. — Cumplido. — Pedraza. 
— Cardoso. — Luis  de  la  Rosa. — Agustín  Franco. — Payno.— Ca- 
rrasquedo. — Iglesias. — Morales.— Gallo  Pitagórico. — Visitador  de 
tabacos. — D.  Marcos  Esparza.— Rasgos  biográficos. — D.  Bibiano 
Beltrán. — Rasgos  "biográficos. — Viaje  á  Zacatecas.— Llegada  á 
Zacatecas,  primeras  impresiones. — Barrio  del  rebote. — Fandan- 
go de  mineros. — Tertulia  típica.— Casa  de  Beltrán.— Arostegui. 
—  D.  Bonifacio  Gutiérrez. — D.Manuel  González,  minero. —El  Lie. 
Rívero. — D.  Manuel  Cosío. — Luis  Solano. — I).  José  Bolado. — 
Leyenda  de  descubrimiento  de  minerales. — Teodosio  Lares. — 
Fernando  Caláerón. — Rasgos  biográficos. — Anécdota  del*beate- 
rio. — Visitas  de  tabacos. — ElFresnillo. — Descripción.— Anécdota 
de  la  zapatera. — Periódico  de  Vicente  Hoyos. — Viaje  á  Jerez. — 
Hacienda  de  Víboras. — El  Sr.  Cosío,  Administrador  de  tabacos. 
Sierra  de  las  Palomas. — Vuelta  á  Zacatecas. — El  Siglo  XIX. — 
Arrrendamiento  de  Casas  de  Moneda. — Mis  censuras.— Acto  del 


62 

Instituto.— Vuelta  á  México. — D.  Ignacio  Cumplido.— Recuerdo 
de  un  viaje  áZac»  tecas — Redacción  del  Siglo. — Costumbres  de 
sus  redactores.— Ped raza. — Otero. — Payno. — Mí  pieza  de  escri- 
bir.—Consideraciones  del  periodista  novel. —  Rasgos  biográfi- 
cos de  Ped  raza. — Riva  Palacio. — Cosas  del  Sr.  Ped  raza. 


La  tarde  que  se  firmaban  los  convenios  de  laEstan- 
zuela,  en  una  llanura  contigua  á  la  hacienda  de  Ara- 
gón, cercana  á  Guadalupe,  el  Sr.  Bustamante  salió  á 
paseo. 

Para  todos,  y  más  para  la  guardia,  conservaba  aún 
el  carácter  de  Presidente  de  la  República.  Al  salir  el 
General  el  centinela  de  la  puerta  gritó:  ¡los  de  guardia, 
S.  E.  el  Presidente  de  la  República!  formándose  los 
soldados  tocando  marcha  y  presentándole  las  armas. 

Entre  tanto  se  esparció  la  noticia  de  los  convenios, 
se  supo  que  Santa- Anna  estaba  en  Palacio,  y  que  todo 
había  cambiado. 

Al  volver  de  su  paseo  elSr.  Bustamante,  el  centinela, 
que  sabía  lo  ocurrido,  no  sabía  qué  hacer,  y  al  des- 
cubrirlo, con  el  acento  más  desmayado  y  desabrido 
murmuró:  «Los  de  guardia,  el  tío.» 

Sonrió  el  Sr.  Bustamante  y  dijo  al  oficial:  mande 
Ud.  á  mi  sobrino  al  calabozo. 

Las  cosas  se  precipitaron.  En  la  habitación  desierta 
del  Sr.  Bustamante  se  podía  escuchar  el  parpadeo  de 
un  gato,  y  por  fin  determinó  su  viaje  para  el  interior, 
después  de  publicar  una  proclama  en  que  decía:  «que 
la  mano  del  tiempo  pondría  en  su  verdadero  punto  de 


63 

vista  á  los  hombres  y  á  las  cosas,»  y  que  fué  redactada 
por  mí. 

Después  de  golpe  tan  contundente,  quedé,  como  era 
de  esperarse,  mal  ferido  é  peor  parado,  expiando  con 
odios  y  desprecios  mi  imprevista  elevación  y  restitu- 
yéndome la  suerte  á  mi  pobreza  incorregible. 

Comoal  despertarde  un  sueño  recordaba  los  sucesos 
pasados,  esparcidos  en  mi  memoria  á  la  manera  de  mo- 
saico precioso  hecho  pedazos  y  que  deja  adornar  en  sus 
fragmentos  el  edificio  ó  paisaje  que  se  representaba. 

Concentrándome  presenciaba  el  desfile  de  los  per- 
sonajes con  quienes  había  hecho  conocimiento,  y  veía 
la  faz  barbilampiña  y  la  boca  hundida  de  D.  Juan  de 
Dios  Cañedo,  inagotable  en  chistes,  viendo  que  se  pro- 
ducía espontáneo  el  vacío  en  su  bolsillo,  pulcro,  ena- 
morado y  de  gran  valor  civil. 

Pasaba  D.  Luis  Cuevas  argumentador  sutil,  modesto 
y  encogido,  descubriendo  al  teólogo  entre  el  político  pre- 
visor. 

A  Echeverría,  huesoso,  serio,  magnánimo  á  pesar 
de  la  rigidez  del  guarismo  y  del  prestigio  del  tomín. 

A  Almonte,  fino,  sagaz,  seductor,  de  maneras  correc- 
tísimas en  el  vestir  y  en  el  hablar,  amante  fogosísimo 
del  sexo  bello  bajo,  sin  máscara  glacial  y  de  ambición 
profundísima  é  imperceptible  hasta  páralos  que  se  tra- 
taban más  íntimamente,  como  el  Lie.  Lazo  Estrada  y 
D.  Juan  N.  Peredo,  cónsul  de  Venezuela. 

Recitándole  un  día  no  se  con  qué  motivo  cierto  epi- 
grama que  dice,  con  alguna  variación: 


«Aquí  yace  un  general 
Que  al  acabar  ln  jornada, 
0  Gé*ar  ó  nada,  dijo, 
Y  se  salió  con  ser  nada.» 

Ese  soy  yo,  me  interrumpió  con  intempestiva  exal- 
tación Almonte,  y  no  lo  olvide  Ud.  jamás  señor  compadre. 

Con  motivo  de  mis  recados  á  los  miembros  del  po- 
der conservador,  conocí  y  hablé  varias  veces  con  el 
Sr.  D.  Francisco  Manuel  Sánchez  de  Tagle,  político  in- 
fluyente, orador  celebradísimo,  y  en  aquella  época  te- 
nido como  príncipe  de  nuestros  poetas,  causa  por  la 
cual  le  admiraba,  le  enaltecía  y  profesaba  fanática  ad- 
miración. 

Era  Tagle  de  mediana  estatura,  de  cabeza  byróniea, 
nariz  curva,  boca  recogida  y  graciosa,  y  un  mirar  lle- 
no de  dulzura  y  penetración. 

Sordo  como  tapia,  hablaba  quedo  y  le  mortilicaba 
que  le  gritasen.  Educado  en  los  usos  y  hábitos  de  laCo- 
lonia,  su  afecto  y  sus  tendencias  eran  por  todo  lo  espa- 
ñol, aunque  al  hacerse  la  Independencia  consagró  can- 
tos llenos  de  robustez  y  entusiasmo  por  los  héroes  de 
nuestra  patria.  Su  voz  campanuda  y  grave  medía  bien 
los  versos,  y  en  sus  discuros  tomaba  todos  los  tono?  de 
una  elocuencia  seductora.  Amaba  el  campo,  era  ter- 
nísimo con  su  familia,  y  su  trato  íntimo  tenía  mil  en- 
cantos para  cuantos  lo  trataban. 

Después  del  desfilo  que  acabo  de  bosquejar,  se  me 
aparecía  la  ciudad  presa  der  terror  por  los  sucesos  de 
julio;  las  puertas  cerrándose  con  estrépito,  los  caba- 


65 

líos  de  los  dragones  corriendo  por  las  calles  desiertas, 
las  familias  huyendo  con  trastos  y  muebles  por  las  ga- 
ritas, y  los  cadáveres  de  transeúntes  que  no  tenían 
modo  de  escapar  de  la  barbarie  de  los  que  los  mata- 
ban para  hacerlos  felices. 

A  la  luz  risueña  de  recuerdos  agradables  reprodu- 
cía mi  imaginación  el  gran  baile  dado  al  Sr.  General 
Bustamante  en  celebridad  del  triunfo  obtenido  por  las 
fuerzas  del  Gobierno  al  mando  del  General  Valencia, 
contra  el  pronunciamiento  de  la  Ciudadela. 

Salón  magnífico  profundamente  iluminado  por  can- 
diles y  candelabros  con  bujías  de  esperma,  cortinajes 
riquísimos  y  ausencia  de  flores  naturales,  de  ramos  y 
heno  que  son  tan  vistosos  y  que  tanto  se  usan  en  el 
día. 

Mecíanse  y  atravesaban  deslumbradoras  de  belleza 
á  impulso  de  los  compaces  de  las  danzas  y  contradan- 
zas, walses,  galopas  y  paso  doble,  las  deidades  de  la 
época,  con  sus  trajes  de  seda  y  encaje,  guante  de  bra- 
zo y  corpino  alto  á  la  inglesa,  con  descote  exagerado. 
Entre  esas  beldades  sobresalían,  Cubas  y  Escandones, 
Echeverrías  y  Villanuevas,  Decós,  Boseros,  Pepita  Le- 
ña, Luz  Zozaya  y  otras,  descollando  sus  cuellos  de  ar- 
miño y  alabastro,  engarzados  en  diamantes,  perlas  y 
rubíes;  así  como  sus  tocados  de  tirabuzones  tembla- 
dores sobre  los  que  oscilaban  riquísimas  plumas. 

Como  el  lujo  y  la  oficial  alegría  del  baile  formaban 
contraste  con  las  circunstancias  en  que  se  encontraba  la 
nación,  tuvo  motivo  Rodríguez  Galván  para  su  lindísi- 


66 

ma  composición  «Bailar!  bailar!,»  en  que  había  estro- 
fas como  esta:  * 

El  buen  gusto  comenzaba  á  manifestarse  en  muebles 
y  trajes,  servicios  de  banquetes  y  útiles  usuales  en  el 
interior  de  las  casas:  contribuían  á  ese  perfecciona- 
miento, además  del  contacto  con  el  extranjero  y  una 
que  otra  publicación  do  modas,  las  reformas  introdu- 
cidas en  el  teatro  y  sobre  todo  en  la  ópera,  en  que  figu- 
raban con  aplauso  la  Pellegrini,  Sirletti,  Valle,  Galli 
y  otros,  que  se  presentaban  en  la  escena  con  mucha 
corrección  y  propiedad. 

Repito,  que  aquellos  cuadros  se  desvanecían  como 
grupos  de  fantásticas  nubes,  y  yo  percibía  negro  mi 
futuro  y  sin  que  me  guiara  en  mi  camino  ni  pariente 
alguno,  ni  voz  caritativa,  ni  afecto  poderoso,  ni  nada 
que  me  detuviera  en  la  pendiente  rápida  de  la  pobreza 
y  el  desamparo. 

Cierto  es  que  los  padres  de  mi  señora  tenían  cuan- 
tiosos intereses;  pero  yo  rehusé  con  decisión  ese  arri- 
mo, porque  me  hacen  irresistible  mal  efecto  los  pará- 
sitos del  amor. 

Como  mi  resolución  de  dejar  el  Diario  Oficial  la  ex- 
pliqué claramente,  manifestando  mi  odio  á  la  dictadu- 
ra y  á  los  procederes  de  Santa -Anna,  no  hice  aprecio 
de  un  despacho  para  Administrador  de  rentas  de  Pachu- 
ca,  que  podría  haber  sido  asidero  de  mis  esperanzas. 

Tres  sucesos  se  fijaron  en  mi  imaginación,  con  tal 
exactitud  y  tales  detalles,  que  parece  que  estoy  asis- 

*  Falta  en  el  original. 


67 

tiendo  á  olios.  Fué  el  primero,  la  instalación  del  Ate- 
neo, plantel  promovido  por  el  Ministro  español,  en  que 
se  reunieron  personas  de  todos  los  partidos,  y  en  aquel 
terreno  neutro,  la  admiración  del  arte  y  el  culto  al  ta- 
lento, ahuyentaban  odios  y  prevenciones,  y  dulcifica- 
ban las  pasiones  políticas;  Alamán  ora  de  los  más  ac- 
tivos socios  de  aquel  plantel  y  más  de  una  vez  dio  á 
conocer  su  vasta  erudición,  su  posesión  sabia  del  idio- 
ma español  que  hablaba  y  escribía  con  pureza,  y  sus 
opiniones  en  materia  de  letras  ajustada  á  las  leyes  del 
más  severo  clasicismo. 

La  Plaza  del  Volador,  situada  á  orillas  de  la  calle 
Real  ó  Flamencos,  en  el  grande  espacio  que  dejan  el 
costado  Sur  de  Palacio,  la  Universidad  y  Portacceli, 
era  un  cuadrado  de  cajones  ó  jacales  de  tabla  y  teja- 
manil ennegrecido  por  las  lluvias  y  los  años,  sucio,  ce- 
nagoso y  en  el  interior,  de  callejuelas  estrechas  y  de 
difícil  tránsito. 

Del  lado  de  Flamencos,  llamaban  la  atención  las  ce- 
losías ó  cortinillas  encarnadas  de  los  barberos,  insta- 
lados con  todos  los  adminículos  del  arte:  es  decir,  la 
olla  de  sanguijuelas  á  la  puerta,  la  piedra  de  amo- 
lar y  el  gallo  á  su  pie;  la  guitarra  con  su  moño  de  lis- 
tón, colgada  ó  en  ejercicio;  á  la  vista  el  escalfador,  el 
yelmo  de  mambrino,  los  frascos  y  el  cepecillo  que  se 
ponía,  al  concluirse  la  raspa,  en  manos  del  marchante 
para  que  depositase  sobre  él  la  propina. 

En  la  esquina  del  Volador  que  ve  á  la  Plaza  de  Ar- 
mas, había  un  rumboso  estanquillo,  con  unos  soldados 


68 

de  infantería  colosales,  pintados  en  las  puertas,  consi- 
derados cosa  dignos  de  honrar  el  arte  de  Apeles. 

La  plaza  en  su  parte  interior,  y  á  pesar  de  marcarse 
de  trecho  en  trecho,  con  los  jacales,  divisiones  y  sub- 
divisiones regulares,  presentaba  sistemático  desorden, 
abandonándose  la  venta  de  verduras,  frutas,  patos,  mes- 
tlapiques,  huevos,  gallinas,  quesos,  etc.,  al  sexo  bello» 
y  sirviendo  carnicerías  y  tiendas  el  sexo  poderoso. 

A  la  espalda  de  las  barberías  y  tiendas  de  la  parte 
exterior,  había  cajones  en  que  se  vendía  jarcia,  som- 
breros de  petate  y  trastos  de  loza,  barro  y  cristal  ordi- 
nario, como  quien  dice,  mercancías  de  uso  más  genera- 
lizado entre  gente  que  rayaba  con  la  gente  pulcra. 

Algunos  puestos  de  fruta  poseían  mostradores  ó  ca- 
nastos enque  se  exponían  los  artículos  de  venta,  y  éstos 
aparecían  con  la  verdulera  ancha  de  cuadriles,  bullebu- 
lle y  verbosa,  con  lacamisa  descotada,el  cuello  y  el  pe- 
cho, casadera,  pareciendo  entre  gargantillas  de  corales, 
relicarios,  escapularios  y  medallas,  el  refajo  en  desván 
y  las  manos  llenas  de  anillos,  listas  para  el  despacho  y 
para  soltarle  una  cachetada  al  pinto  de  la  paloma. 

Pero  ésta  era  la  parte  escogida  y  aristocrática  del 
mercado;  él  común  de  traficantes  hacían  su  negocio á 
raíz  del  suelo,  rodando  frecuentemente,  á  la  vez,  man- 
zanas, lechugas  y  rábanos. 

Pero  cuando  llovía,  la  estrechez  de  las  callejuelas, 
la  multitud  de  transeúntes  y  la  propensión  de  la  gente 
de  bronce  á  las  apreturas,  codazos,  empujones  y  ma- 
noteos,  hacían  que  se  traficase  en  el  fango,  entre  cas- 


69 

caras  y  plumas,  despojos  de  aves  y  toda  especie  de 
desechos.  La  suciedad  y  pestilencia  eran  más  notables 
en  los  puestos  de  frutas,  mestlapiques,  ranas,  ajolotes, 
etcétera,  y  montalayos,  tripa  gorda,  pancita,  carnitas  y 
otras  carnes  indecentes  y  medio  podridas. 

En  medio  de  aquellos  remolinos  de  cabezas,  canas- 
tos, muchachos  y  canes,  flotaban  los  vendedores  de 
pasteles  y  empanadas,  chuchulucos  y  quesadillas,  in- 
dios vendedores  de  fajas  y  monteras,  manta  de  Texco- 
co,  listones,  medallas  y  voceadores  de  papeles,  sin  faltar 
el  recaudador  tiránico. del  impuesto,  ni  el  logrero  que 
cobraba  veinticinco  por  ciento  semanario,  con  abonos 
diarios,  ni  el  lego  glotón  y  chancista  que  cautivaba  co- 
razones y  asgaba  al  descuido  cristianas  beldades,  con 
el  auxilio  de  la  Purísima  Concepción  ó  de  las  benditas 
almas  del  Purgatorio. 

Ese  cuadro  se  iba  á  desvanecer,  ó  por  lo  menos  á  mo- 
dificarse notablemente. 

Aquel  lugar  que  presenció  espantado  el  auto  de  fe 
de  la  época  del  Obispo  Rueda,  con  la  media  naranja  y 
la  cruz  verde;  el  mismo  que  retiraba  sus  jacales  con 
ruedas  para  algunas  corridas  de  toros  ejecutadas  para 
agasajar  á  los  Virreyes,  iba  á  desaparecer  para  substi- 
tuirlo con  un  gran  cuadrado  de  calicanto,  según  el  pla- 
no presentado  por  el  empresario  Oropeza  y  aprobado 
por  el  General  Santa-Anna,  quien  colocó  la  primera 
piedra  y  en  cuyo  honor  se  erigió  una  placa  que  se  co- 
locó en  una  columna  en  medio  de  la  nueva  plaza  y  que 
derribó  el  pueblo  el  famoso  6  de  Diciembre. 


La  Kalenda  era  una  serie  de  composiciones  religio- 
sas, análogas  al  Nacimiento  del  Divino  Salvador  y  or- 
ganizada por  D.  Basilio  Guerra,  de  cierta  significación 
aristocrática,  pero  caserita. 

Procuraba  reunir  el  Sr.  Guerra  para  la  solemnidad, 
verdaderas  notabilidades  musicales  y  tal  circunstancia, 
los  ensayos  y  preliminares  de  la  fiesta,  producían  reu- 
niones, en  que  se  adunaba  deliciosamente  lo  temporal 
y  lo  eterno. 

Entre  las  artistas  de  más  nota,  recordamos  áFernan- 
dita  Ruelas,  esposa  de  Rodríguez  de  San  Miguel,  pia- 
nista muy  notable;  á  Chucha  Cosío,  gallarda  y  sentimen- 
tal; á  Antonio  Balderas,  bajo  profundo  que  sacrificó  su 
brillante  carrera  de  médico  á  su  pasión  por  la  música; 
á  Escalante,  tenor  dulcísimo  que  aun  vive;  á  Palacio* 
y  á  Camilo  Bros,  que  abandonaba  la  carrera  forense 
en  que  se  había  hecho  muy  distinguido  y  entraba  á  es- 
tudiar medicina,  bebiendo  los  aires  por  la  ópera,  los 
conciertos  y  las  reuniones  filarmónicas. 

Yo  no  traté  ni  pude  conocer  á  fondo  á  Don  Basilio 
Guerra;  pero  entre  las  personas  imparciales  gozaba  la 
reputación  de  complaciente,  cortesano,  flexible  y  ser- 
vicial con  las  damas  y  de  buena. conducta  y  maneras. 

Perito  en  comidas  y  saraos,  fanático  como  una  bea- 
ta, sin  educación  y  retrógrado  como  un  alguacil  de  la 
Inquisición,  so  hizo  eco  y  propagandista  de  las  idea* 
de  Gutiérrez  Estrada,  publicadas  por  aquellos  días,  se 
.sintió  paladín  ferviente  de  Dios  y  del  rey,  y  se  conquis- 
tó el  cariño  de  gachupines  intransigentes,  frailes  y 


71 

potentados  de  la  Iglesia,  ricos  inflexibles  y  viejas  y  jó- 
venes conservadas  desde  el  tiempo  virreinal  en  los  in- 
vernaderos de  las  sacristías. 

En  el  fondo,  la  facha  importante,  el  hablar  campa- 
nudo, sus  relaciones  con  varias  personas  distinguidas 
de  Europa  y,  sobre  todo,  su  chirumen  de  estrechísima 
cabida  y  sin  luz  propia,  hicieron  de  Don  Basilio,  con  el 
curso  de  los  años,  agente  poderoso  y  activísimo  de  la 
monarquía. 

A  este  propósito,  y  después  do  muchos  años,  mi 
amigo  B.,  que  fué  expresamente  mirado  en  aquellos 
tiempos  por  el  partido  conservador  para  entenderse 
con  Hidalgo,  Almonte  y  Don  Basilio  acerca  de  la  elec- 
ción del  monarca,  me  contaba  que  después  de  agotar 
mil  medios,  y  de  que  se  frustraron  las  que  parecían 
combinaciones  más  felices,  se  dirigió  al  Sr.  Guerra, 
á  exponerle  la  situación  y  el  desamparo  en  que  había 
quedado  la  causa. 

Don  Basilio  oponía  mil  quimeras  á  los  razonamien- 
tos de  mi  amigo,  y  urgido  y  acorralado  parecía  no  en- 
contrar salida;  pero  de  pronto  con  aire  triunfal  y  ento- 
nación de  exaltado  tribuno,  le  tornó  de  la  mano,  y 
poniéndole  frente  á  un  Santo  Cristo,  le  dijo:. . . . 

— Vea  Ud.  á  nuestro  Caudillo;  vea  Ud.  á  quien  tengo 
encomendados  nuestros  planes  y  la  consolación  de 
nuestro  Rey,  y  dígame  si  le  es  lícito  vacilar  del  éxito 
de  nuestra  empresa. ...  Ya  verán  los  lectores  que  un 
hombre  que  discurre  así,  se  pinta  solo. 

Como  decía  de  mi  caída  y  penalidades,  aunque  yo 


no  desconocí  ni  por  un  instante  á  mi  gente  de  cierto 
pelo,  ni  á  mis  valedores  é  inclinaciones  callejeras;  el 
porrazo  que  me  tenía  desquebrajado  en  tierra,  me  hi- 
zo abrir  tanto  ojo,  renovando  mi  apego  y  cariño  á  la 
gente  de  mi  pelaje,  á  mis  poetas  queridos,  entre  los 
que  contaba  al  insigne  Ramírez,  Lacunza,  Calderón,  AI- 
caraz,  Collado,  Navarro  y  otros;  y  á  mis  bienhechores 
constantes  Quintana  Roo  y  Cardoso;  mis  maestros 
Olaguíbel,  Don  Francisco  Modesto,  Carpió  y  Pesado. 

Por  aquellos  tiempos  llegaron  á  México,  colecciona- 
dos, algunos  artículos  de  «El  Curioso  Parlante,  >  co- 
menzados á  publicar  en  1836. 

Yo,  sin  antecedente  alguno,  publicaba  con  el  seu- 
dónimo de  Don  Benedetto,  mis  primeros  cuadros,  y  al 
ver  que  Mesonero  quería  escribir  un  Madrid  antiguo  y 
moderno,  yo  quise  hacer  lo  mismo,  alentado  en  mi  era- 
presa  por  Ramírez,  mi  inseparable  compañero. 

Emprendía  mis  paseos  de  estudio,  tomando  un  rum- 
bo, y  fijando  en  mi  memoria  sus  circunstancias  más 
características. 

Por  el  Oriente,  en  la  calle  de  la  Alegría,  puede  decir- 
se que  acababa  la  ciudad;  que  ya  se  escondía  por  la 
calle  de  las  Moscas,  ya  en  un  recoveco  de  la  pestilen- 
te acequia,  que  es  como  barrera  del  templo  de  la  So- 
ledad. A  los  alrededores  del  Santuario,  como  culebras 
y  alimañas,  se  enroscaban  callejones,  se  retorcían  ve- 
ricuetos, y  saltaban  aquí  y  acullá  gazapos  arquitectó- 
nicos y  jacales  despavoridos  de  indígenas  infelices. 

Casas  bajas,  accesorias  con  envigados  truncos  y  ca- 


73 

si  nadando;  paredes  llenas  de  tizne.  En  un  rincón  el 
brasero  ó  el  tlecuil;  en  el  otro,  unos  sucios  petates  y. 
al  frente,  ya  el  banco  del  zapatero,  ya  el  rollo  de  tule, 
ya  los  arreos  para  entular  y  pintar  sillas,  ya  un  enclen- 
que y  angosto  banco  de  carpintero. 

A  la  espalda  del  templo,  cuyas  paredes  forman  an- 
cones y  escondites  peligrosos,  depósitos  de  inmundi- 
cias y  manantiales  de  tifo  y  calenturas,  se  extendía  la 
plazuela  con  las  vecindades  de  Mixcalco,  de  lúgubre 
memoria;  en  último  término,  el  «Juil,»  pulquería  fa- 
mosa por  sus  juegos  y  riñas. 

Al  Sur,  muladares  y  ruinas;  al  Norte,  marañas  de 
encrucijadas,  que  no  calles,  donde  anidaban  muñeque- 
ros  de  barro,  candelilleros  ó  trabajadores  en  vidrio  su- 
tilísimo, y  confeccionadores  de  charamuscas,  jalea  de 
membrillo  y  palanqueta  de  nuez  ó  jamoncillo  de  pe- 
pita. 

Por  este  lado  se  veían  acequias,  lavaderos  y  lava- 
dores desnudos,  bajo  los  tendederos  de  sus  ropas  y  los 
árboles,  y  al  fin,  jacales  y  la  iglesita  de  la  Resurrec- 
ción que  se  animaba  y  atraía  ruidosa  concurrencia  con 
las  famosas  misas  de  Aguinaldo  ó  sean  fandangos  á  lo 
divino. 

Al  Norte,  cerraban  la  regularidad  de  las  calles:  San 
Sebastián,  el  Puente  de  Cantaritos  y  salida  á  la  pla- 
zuela del  Carmen,  lóbrega  y  con  su  cercado  de  ruinas. 

Plazuelas  y  llanuras  al  Noroeste  con  costras  de  te- 
quezquite, aridez  suma,  y  en  el  confín,  lagos  y  mon- 
tañas. 


Después  de  extraviarse  en  callejones  sin  salida,  sin 
alumbrado,  ni  empedrado,  ni  banquetas,  se  encontra- 
ba uno,  repentinamente,  en  una  especie  de  aduar  de 
jacales,  dominado  por  la  iglesia  de  Tepito,  que  como 
que  so  felicitaba  dominando  alegro  una  comarca  que 
recordaba  los  tiempos  más  primitivos  de  la  conquista. 

Esta  sección  medio  desencuadernada  y  esparcida 
en  un  terreno  sin  ordenación  ni  medida,  daba  paso  á 
la  vista  de  las  montañas  del  Tepeyac  y  del  Santuario 
de  la  Virgen  madro  de  los  mexicanos. 

La  arteria  vigorosa  do  esa  parte  de  la  ciudad,  era  la 
calle  Real  de  Santa  Ana,  sembrada  de  parajes  y  meso- 
nes, comercios  de  jarcia  y  semillas,  bodegones  y  puer- 
tos de  frutas  y  verduras,  y  arriería  afanosa  de  caleros 
ladrilleros,  areneros,  burros  y  muías. 

La  Calle  Real  do  Santa  Ana  dividía  el  barrio  de  Te- 
pito  del  do  el  Tecpan  do  Santiago  Tlatelolco  y  Garita 
de  Vallejo,  á  cuya  vecindad  cultivaba  sus  escándala 
la  pulquería  de  tío  Juan  Aguirre,  famosa  por  sus  caldos 
escogidos  y  sus  enchiladas,  envueltos  y  chalupas.  Toda 
esa  parto  eran  muladares  y  zanjas,  árboles  y  despo- 
blado, marcándose  lugares  peligrosos  como  el  Puente 
del  Clérigo,  espalda  de  la  Parroquia  y  la  Lagunilla.  que 
había  quedado  asolada  y  en  ruina  desde  el  cólera  de 
1833. 

Interrumpo  mis  excursiones  con  un  incidente  que 
mucho  contribuye  á  darle  cierto  colorido  particular  á 
mis  estudios  sociales. 

En  la  amplísima  y  descuidada  calle  de  la  Verónica. 


existía  y  aun  existe  la  iniciativa  ó  ruina  de  un  espa- 
cioso convento,  á  cuyo  embrión  ó  esqueleto,  principio 
ó  fin,  bien  podría  aplicársele,  aquello  de: 

Oh  tú,  que  mueres  sin  haber  nacido 
Tu  ser  equivocando  con  la  nada. 

Portería  y  claustros,  celdas  y  dormitorios,  estanques 
y  lavaderos,  podían  señalarse,  así  como  el  vasto  tem- 
plo, sacristía,  casa  del  capellán  y  servidumbre. 

Pero  todo  esto,  por  aquí  en  cimientos,  por  allá  sin 
concluir,  por  acullá  convertido  en  cuartos  ó  viviendas 
con  tabiques  y  tablas,  lienzos  y  tejamaniles,  tenía  as- 
pecto rarísimo  al  que  daba  sombras  y  matices  la  pobla- 
ción más  heterogénea  del  mundo. 

El  claro  de  techo  que  daba  sol  al  corredor,  la  esca- 
lera á  que  se  ascendía  y  descendía  por  tramoya,  el  tu- 
gurio que  se  exploraba  á  gatas,  se  prestaba  á  aparicio- 
nes y  desapariciones  inesperadas  poniendo  en  acción 
lo  cómico,  lo  trágico  y  todo  gíaero  de  literatura. 

El  observador  curioso  podía  ver  en  una  rápida  ojea- 
da, la  más  perfecta  infracción  de  los  preceptos  del  de- 
cálogo, así  como  el  triunfo  más  completo  de  los  siete 
pecados  capitales. 

Mientras  un  grupo  de  chicos  gritones  y  haraposos 
jugaban  al  piso,  á  la  polla  con  huesos  de  chavacano, 
un  resignado  padre  de  familia  veía  salir  á  su  esposa 
horonda  y  compuesta  á  la  calle  y  él  quedaba  con  el 
nene  en  brazos  pendiente  del  quehacer  doméstico. 
Si  por  un  lado  un  terceto  de  estudiantes  arriesgados 


76 

bromeaba  con  las  lavanderas,  por  el  otro  se  organiza- 
ba un  triduo  ó  se  hacía  colecta  de  pesos  hasta  comple- 
tar un  fondo  para  sacar  una  alma  del  Purgatorio. 

Por  aquí  se  escurre  embozado  hasta  las  cejas  un  per- 
sonaje que  viene  á  la  casa  chica,  donde  hay  un  niño 
que  parece  que  le  cortaron  la  cabeza  al  autor. 

Por  aquí  un  pistón  ataranta  la  vecindad  ensayando 
las  cuadrillas  del  Eco;  á  dos  pasos,  infatigables  guita- 
rras pespuntean  el  lindo  wals  de  la  Rosita.  Ya  es  una 
sotana  colgada  de  un  clavo,  escudo  del  hogar  casi  ecle- 
siástico, ya  la  gorra  de  un  asistente  da  respetabilidad 
á  un  cuartucho  que  encierra  tesoros  para  el  dios  Marte. 
De  un  cuarto  salen  los  sabrosos  alfajores  que  confec- 
ciona una  señora  que  fué  de  muchos  posibles,  y  del  otro 
una  canasta  con  zapatos  de  orillo  que  se  venden  como 
pan.  Chicas  desmelenadas  y  cpn  desguise  juegan  al  po- 
rrazo ó  al  entripado  desde  que  Dios  amanece,  y  tahú- 
res que  pernoctaron  en  la  timbirimba,  vuelven  sin 
blanca  á  reñir  con  sus  consortes;  por  allí  publica  su  pila 
un  párvulo  con  gritos  y  berrinches,  y  por  otro  lado  una 
corista  de  corta  fortuna  se  desgañita  derrengando  un 
coro  de  Rosini  ó  Bellini. 

El  patio  es  amplio,  le  adornan  multiplicados  tende- 
deros en  que  cuelgan  camisas  abiertas  de  brazos,  pan- 
talones danzantes,  enaguas  extendidas  y  medias  que  se 
escurren. 

En  la  puerta  se  ve  un  anciano  venerable  de  papuja- 
dos ojos,  cano,  frentón  y  como  hundida  la  fisonomía  en 
vellones  de  pelo,  por  barba,  cuello  y  pecho  que  descu- 


bre  la  camisa  desabrochada.  A  su  frente  está  el  banco 
de  zapatero  con  la  herramienta  y  el  cabito  de  sebo,  el 
gato  rumiante  á  uno  de  sus  lados  y  del  otro  el  jarro 
enorme  de  pulque,  complemento  de  los  útiles  de  su 
trabajo. 

Yendo  y  viniendo  días,  en  una  noche  infausta  en  que 
alcoholes  ó  celos,  trabacuentas  ó  piques  de  vecinas, 
había  subido  la  temperatura,  ó  como  se  decía  en  el  caló 
de  la  casa:  la  mostaza  á  las  narices  por  un  «me  dijo»  y 
«iedije»,por  un  «quítame  esas  pajas»  se  arma  la  gorda, 
álzanse  los  gritos, llueven  los  palos;  cachetadas  y  trom- 
padas aboyan  ojos  y  narices,  eructan  mechones  de  ca- 
bellos arrancados  á  los  enfurecidos  propietarios,  ladran 
los  perros,  acuden  los  serenos  con  sus  farolillos,  sus 
pitos  y  sus  chuzos,  y  en  lo  más  encarnizado  de  la  des- 
comunal batalla,  un  hombre  grita:  ¡soy  muerto!  Enton- 
ces dominando  el  tumulto  salió  del  cuarto  del  portero 
una  voz  tronante  que  decía:  ¡Paso paso  á  un  sa- 
cerdote! Era  el  propio  portero  que,  con  un  hábito  de 
mercedario,  se  presentaba  en  escena  confesando  al  he- 
rido, absolviéndolo  y  dejando  estupefacta  á  la  concu- 
rrencia. 

Hiciéronse  las  averiguaciones  judiciales  y  se  descu- 
brió una  interesante  novela;  pero  en  que  la  mujer  ó 
mujeres  perdidas  resultaban  parientas  de  proceres  co- 
nocidos; los  galanes  perdularios,  hijos  bastardos  de  sa- 
cerdotes que  pasaban  por  ejemplares;  el  fraile  apóstata, 
portero,  una  antigua  lumbrera  de  la  Iglesia  y  su  prole 
relacionada  por  trasmano  con  mi  parentela  y  la  de  Ra- 


mírez.  Nos  explicamos  entonces  por  qué  es  tan  difícil 
la  comedia  y  escritos  como  los  que  proyectamos.  Xo 
se  describen  tipos,  se  hacen  retratos;  no  novelas,  sino 
boletines  de  crónica  escandalosa. 

•Así  murió  mi  proyecto  de  escribir  los  Misterios  do 
México. 

Como  esto  do  escribir  para  el  público  es  una  espe- 
cie de  manía,  como  la  de  comer  tierra  ó  inyectarse 
con  morfina;  y  yo  había  sucumbido  de  lleno  á  esa  ma- 
nía, buscaba  arrimo  en  imprentas  y  redacciones,  te- 
niendo para  mí  irresistible  atractivo  la  angosta  y  des- 
barajustada mesa  de  redacción,  los  papeles  regados  en 
el  suelo,  los  periódicos  colgados  contra  las  paredes  con 
sus  alambres,  los  estudiantes  disputadores,  los  poetas 
entusiastas,  los  merodeadores  de  la  crónica,  los  azuza- 
dores de  incautos  y  los  proceres  habidos  ó  por  haber 
que  acuden  al  laboratorio  de  la  fama  ó  el  descrédito. 

En  aquel  tiempo  acababa  de  aparecer  con  desusado 
brillo  El  Siglo  X7X,  dando  cierta  entonación  conve- 
niente á  la  política,  nutriendo  con  sana  erudición  las 
discusiones,  y  adunando  la  energía  y  la  dignidad  con 
elevadas  miras  patrióticas. 

Poco  antes  se  había  publicado  El  Mosaico,  periódi- 
co literario  de  poca  originalidad,  enóargado  á  D.  Vic- 
toriano Roa,  periódico  que  compitió  ventajosamente 
con  El  Semanario  de  Señoritasy  que  dirigía  el  Sr.  D. 
Isidro  Rafael  Gondra,  y  en  el  que  yo  había  publicado 
algunas  poesías. 

El  Siglo  XIX  fué  croado  y  planteado  por  el  Sr.  D. 


Ignacio  Cumplido,  de  distinguida  familia  de  Guadala- 
jara,  impresor  de  oficio  y  especialmente  protegido  por 
los  Sres.  Rodríguez  Puebla  y  D.  Manuel  Gómez  Pe- 
draza. 

Talento  claro,  actividad  vertiginosa,  aspiraciones  á 
elevación  y  dominio;  ignorante,  pero  con  buen  sentido; 
culto  y  condescendiente,  puntual  en  sus  tratos  y  de 
ideas  moderadas  en  política,  sagaz  para  el  lucro  y  te- 
naz para  el  trabajo,  D.  Ignacio,  de  suyo  simpático  y 
agradable,  como  cazador  astuto  y  como  horticultor  há- 
bil, rastreaba,  inquiría,  adivinaba  los  hombres  que  le 
convenía  atraer  á  su  negocio,  los  enamoraba  y  valua- 
ba, y  creaba  un  verdadero  tesoro  de  inteligencias  pa- 
ra su  periódico. 

De  ese  modo  llegó  á  figurar  en  la  redacción  del  Si- 
glo  una  verdadera  pléyade  dehombres  eminentes,  entre 
los  que  figuraron  Morales,  Otero  y  Pedraza.  Joaquín 
Cardoso  y  Luis  de  la  Rosa,  Agustín  Franco  y  Carras- 
quedo,  Payno  y  Castera,  José  María  Iglesias  y  Zarco, 
el  Conde  de  la  Cortina,  Lafragua,  Orozco  y  Berra,  sin 
contarme  yo  en  la  crónica  porque  no  lo  merezco,  pe- 
ro que  trabajé  arduamente  en  El  Siglo,  y  tuve  la  hon- 
rade  llamar  miscompañerosáhombres  tan  distinguidos. 
Cu  mplido  veía  á  gran  distancia  el  que  le  con  ven  ía,  bien 
para  la  redacción,  bien  para  que  tratase  algún  asunto 
especial.  Se  hacía  encontradizo,  le  hacía  regalos  deli- 
cados y  lo  conquistaba.  Pero  esto  era  con  el  pie  vete- 
rano de  las  letras,  los  reclutas  como  sufríamos  otra 
suerte  y  más  que  se  nos  asignó  sueldo. 


80 

Pero  no  anticipemos  los  tiempos.  Por  aquellos  días, 
sólo  eran  visibles  en  la  redacción  D.  Juan  B.  Morales, 
D.  Victoriano  Roa  y  D.  José  María  Castera,  hombre  de 
alguna  instrucción  y  buen  sentido,  escrupulosísimo  en 
esto  de  conservar  la  pureza  del  lenguaje  y  de  corre- 
gir manuscritos  y  pruebas,  y  aunque  en  El  Siglo  apa- 
recían artículos  brillantísimos  escritos  por  plumas  di- 
ferentes, jamás  se  violó  el  secreto  de  la  imprenta,  por- 
que en  ese  particular  el  Sr.  Cumplido  volvía  punto  de 
honor  la  guarda  del  más  inviolable  sigilo. 

El  Sr.  Morales  se  hizo  visible  por  su  concurrencia 
asidua  &  la  imprenta  y  porque  él  mismo,  con  osada 
franqueza,  defendía  donde  quiera  las  opiniones  del  pe- 
riódico. Pero  él  nos  viene  al  encuentro,  contemplé- 
mosle. 

Es  un  viejecito  pequeño  de  cuerpo,  delgado  y  fino 
como  una  dama,  sin  ser  amanerado. 

Moreno,  frente  calva,  nariz  chata,  ojos  azules,  un 
tanto  saltones,  boca  grande  y  patilla  de  ralo  fleco. 

Andaba  garboso,  calzaba  su  pie  brevísimo  una  ba- 
bucha de  paño  negro,  y  empuñaba  largo  bastón  con 
puño  de  oro. 

Siendo,  como  era,  sapientísimo,  su  conversación  era 
de  un  hombre  vulgar,  afectísimo  á  las  chanzas  y  ad- 
mirador de  las  escolapiadas,  amigo  de  las  diversiones 
caseras  y  hasta  juguetón  y  bromista  en  la  intimidad 
del  trato. 

Negaba  las  caridades  que  hacía,  para  excusar  que  le 
dieran  las  gracias;  alentaba  á  los  estudiantes,  y  las 


81 

producciones  ajenas  tenían  en  él  un  panegirista  y  un 
-defensor, exclamando: «valen la  plata  estos  romantiqui- 
tos,»  al  tratarse  de  Calderón, Rodríguez  Galván,  Colla- 
do y  otros. 

Jurisconsulto  esclarecido,  Magistrado  sin  mancha, 
político  modelo,  de  probidad  y  de  firmeza  de  principios, 
•el  Sr.  Morales  era  lo  que  podía  desearse  de  más  ade- 
-cuado  para  dirigir  y  caracterizar  un  periódico  de  la 
importancia  de  El  Siglo. 

Yo,  que  fui  acogido  con  bondad  extrema  por  aquel 
patriota  venerable,  tuve  ocasión  de  admirar  su  sabidu- 
ría en  las  discusiones  que  se  suscitaban  en  la  redac- 
ción y  de  gozar  de  su  trato  en  las  tertulias  de  su  casa, 
calle  del  Reloj,  donde  asistían  las  Sritas.  Parres,  Veláz- 
quez  de  León,  y  los  jovencillos  Rivera,  Meló,  Alcalde 
y  Martínez  de  la  Torre,  que  se  distinguían  por  su  ele- 
gancia y  finos  modales. 

Allí  el  Sr.  Morales  alentaba  á  los  tímidos,  hacía  de 
bastonero  para  el  baile,  obsequiaba  á  los  músicos  y 
dispensaba  finas  atenciones  á  los  pobres  y  á  sus  dis- 
cípulos, que  amaba  con  fraternal  ternura. 

En  su  cuarto  no  se  veía  un  sólo  libro;  escribía  en  una 
pequeña  mesita  de  palo  blanco,  viendo  á  la  pared,  y 
los  pies  en  una  estera  ordinaria. 

Pero  ese  anciano,  y  en  ese  humilde  aparato,  forjaba 
los  rayos  que,  desprendidos  de  su  mano,  confundían  al 
tirano  en  medio  de  su  ostentación  de  poder,  y  anonada- 
ba á  los  cortesanos  viles  que  se  estaban  enseñoreando 
<le  la  Nación. 


82 

No  puedo  decir  con  certeza,  si  amigos  ó  enemigos 
me  procuraron  un  empleo  en  Zacatecas,  y  héteme  ahí 
con  mi  despacho  de  Visitador  de  Tabacos  en  la  mano, 
disponiendo  mi  marcha. 

Mucho  me  solazó  la  noticia  de  que  Manuel  Payno 
marchaba  también  como  Administrador  de  Tabacos  del 
Fresnillo  y  que  nos  acompañaban  en  el  viaje  el  Sr.  k 
Marcos  Esparza  y  el  Sr.  Lie.  D.  Bibiano  lteltrán,  per- 
sonas de  la  primera  clase  de  la  sociedad  de  Zacatecas, 
donde  residían. 

Don  Marquitos  Esparza  había  sidocolaboradoryami- 
go  inseparable  del  Sr.  D.  Francisco  García,  ídolo  de  los 
zacatecanos  cuando  llegó  á  su  apogeo  la  prosperidad 
del  Pistado.  Fino  de  maneras,  risueño  y  condescen- 
diente, moneda  de  todos  los  gustos,  guante  elástico 
Don  de  todas  las  manos,  dadivoso  y  servicial  cual  no 
otro,  Marquitos  llenaba  de  huérfanos  su  casa  y  en 
compadraba  con  los  de  más  humilde  clase;  hoy  pide 
á  una  chica  para  casarla  y  mañana  figura  en  una  can- 
tamisa. 

Todas  las  puertas  de  su  casa  estaban  «abiertas,  y  los 
amigos  cogían  lo  que  querían  sin  que  nadie  les  chis- 
tase. Manirroto  como  buen  minero,  su  bolsa  era  nube 
que  contenía  lluvia  para  las  necesidades  y  para  los  pe- 
tardos, para  lo  supéríluo  y  para  lo  necesario. 

Don  Marquitos  adoraba  en  su  esposa  y  en  su  fami- 
lia, La  señora  era  alta,  fresca,  comunicativa,  sincera 
y  alegre.  Constantemente  ideaba  paseos,  banquetes  y 
bailes  agradabilísimos,  y  tal  circunstancia,  unida  á  la 


83 

buena  posición  del  esposo,  hacía  la  casa  concurridísi- 
ma de  toda  clase  de  personas. 

Ella  se  representaba  constantemente  en  la  casa  del 
Sr.  Esparza  y  la  inverosímil  fecundidad  de  la  señora 
hacía  que  entre  pilmamas,  nodrizas,  criadas,  costure- 
ras, caballerangos,  etc.,  constituyera  la  familia  una 
verdadera  población. 

Gloria  del  foro  zacatecano  y  honra  de  las  letras  era 
el  Sr.  D.  ííibiano  Beltrán,  quien  había  desempeñado  en 
el  Estado  y  fuera  de  él  elevadísimos  empleos  á  que  se 
consideraba  era  acreedor,  por  su  talento  despejado  y 
rara  y  escogida  erudición. 

El  Sr.  Beltrán  era  un  buen  mozo  en  la  extensión  de 
la  palabra,  elegantísimo  en  el  vestir  y  de  aristocráticos 
y  refinados  modales. 

Su  casa  era  lujosa,  su  librería  muy  numerosa  y  es- 
cogida. Obsequiaba  á  sus  amigos  con  exquisitos  vinos; 
daba  comidas  en  que  competían  la  riqueza  y  buen  gus- 
to y,  sin  quererlo,  acaso  al  través  de  su  afabilidad,  se 
percibía  cierta  elevación  cortesana,  cierto  perfume  de 
nobleza  de  alcurnia  que  hacía  que  solicitasen  su  amis- 
tad los  ricos  pretensiosos,  á  la  vez  que  sus  ideas  libe- 
rales moderadas,  no  le  alejasen  del  todo  de  la  gente 
plebeya. 

Pero  el  sesudo  letrado  estaba  casado  con  una  joven 
que  era  un  terrón  de  amores  y  un  tesoro  de  delicias. 
Blanca,  chiquitína,  rápida,  adorable,  toda  generosidad 
y  alegría,  Lupita  Letechipía  era  alma,  regocijo,  luz  y 
amor  de  su  casa;  por  aquí  la  siguen  los  chicos  para 


84 

que  promueba  bailes  y  saraos;  por  allá  le  llaman  los 
pobres  pidiéndole  socorros,  y  ya  emprende  viaje  para 
asistir  á  una  enferma  desvalida,  ya,  en  una  pieza  inte- 
rior, cose  con  fatiga  la  camisita  de  un  párvulo  casi  des- 
nudo, y  todo  esto  sin  dejar  de  disponer  los  chocolates 
para  las  visitas,  ni  los  licores  para  los  comensales  de 
confianza,  ni  las  flores  de  papel  para  las  velas,  ni  el 
champurrado  para  el  compadre  del  Fresnillo  que  visi- 
taba la  casa  los  domingos. 

Cada  uno  de  los  tres  coches  biombos  que  formaban 
el  ruidoso  convoy,  habría  necesitado,  para  compren- 
derlo, cicerone  ó  brújula,  maquinista  ó  práctico. 

Exteriormente  y  en  la  parte  superior,  sombrereras  de 
cartón,  jaulas,  macetas,  bancos  y  andaderas  de  los  chi- 
cos. En  la  testera,  tablita  y  parte  del  juego  del  coche, 
colchones,  zaleas,  botas  colgando  y  trastos,  de  cuyo 
nombre  no  quiero  acordarme.  Inmediatamente  abajo 
de  las  cajas,  la  hamaca  que  casi  tocaba  al  suelo,  con 
criadas  y  criados  como  en  un  nido,  sacando,  acongo- 
jados, las  cabezas,  y  cuidando  de  la  miniestra;  trastos 
de  cocina,  la  botella  de  la  leche  para  un  párvulo,  la 
medicina  de  la  anciana,  la  bola  de  las  botas  del  señor 
y  algunos  juguetes  estorbosos  de  los  niños. 

En  el  interior  era  otra  cosa:  colgajos  del  techo,  con 
gorros  y  fallas,  bebés  y  nodrizas,  almohadas  y  canas- 
tos, que  obligaban  á  exprimirse  y  agarabatarse  á  los 
concurrentes,  entre  quejidos,  lloros,  y  algunas  veces  es- 
trepitosas manifestaciones  por  una  ladeada  del  coche 
ó  cualquiera  otro  percance  íntimo.  El  jefe  de  cadatri- 


85 

bu,  muy  serio  y  con  su  libro  en  la  mano,  era  la  única 
iigura  impasible  en  medio  de  aquel  apogeo  de  la  felici- 
dad conyugal. 

Entre  llantos  y  adioses  lastimeros,  reyertas  de  auri- 
gas y  de  sotas,  tropiezos,  detenciones  y  gritos,  parti- 
mos y  vencimos  la  primera  jornada  al  mesón  de  Cuau- 
titlán,  á  cinco  leguas  de  la  gran  Tenoxtitlán. 

Él  mesón  lo  componía  corralón  extensísimo  con  el 
piso  de  estiércol;  burros  y  cerdos  vagando  dondequie- 
ra, y  una  serie  de  cuartos  desmantelados  y  sucios,  con 
un  banco  de  piedra  en  uno  de  sus  rincones,  como  su- 
posición gratuita  de  que  aquel  era  lugar  de  descanso. 

El  figón  ó  fonda  adherido  al  mesón,  era  exposición 
perpetua  de  moscas  y  mugres,  perros  flacos,  mendigos 
y  niños  con  ó  sin  casa,  desnudos. 

Todo  lo  que  tfene  de  más  pestilente  el  cochambre, 
.  de  más  repulsivo  lo  rezagado  y  corrupto  de  los  man- 
jares y  de  más  amenazante  la  degeneración  culinaria, 
se  encontraba  allí,  completado  con  maritornes  pleitis- 
tas y  retobadas,  sucias  y  especuladoras  que  tiraban  el 
estornudo  y  el  bostezo. 

Los  veteranos  de  los  viajes  entablaban  chancistas 
relaciones  con  el  huespede  y  fonderas;  los  pollos  iban 
á  dar  su  vuelta,  y  la  mayoría  propendía  á  solazarse, 
tendiendo  los  colchones  en  el  suelo  y  tirándose  incó- 
modos en  expectativa  de  una  cena  diabólica  y  de  una 
reñidísima  batalla  con  los  enemigos  invisibles  que 
abrigaba  el  cuarto. 

Las  muías  se  encerraban  en  otro  extenso  machero,  y 


86 

los  cocheros  y  criados  en  un  rincón  del  corral,  al  amor 
del  fuego,  cantaban  ó  jugaban,  bebiendo  ó  escuchando 
algún  cuento  de  espanto  ó  la  relación  do  los  últimos 
momentos  de  un  afusilado. . 

Hicimos  noche  en  Tepoji  al  siguiente  día,  y  rendi- 
mos nuestra  tercera  jornada  en  la  parte  baja  de  la  po- 
sada do  Arroyozarco,  porque  los  altos  habían  cobrado 
el  carácter  de  Hotel  do  Diligencias,  merced  al  genio 
emprendedor  de  Don  Anselmo  Zurutusa,  quien  no  >ólo 
había  improvisado  salones,  arreglado  cuartos  y  de- 
puesto excelente  fonda,  sino  que  había  dado  á  conocer 
espejos  y  lavamanos,  baños  é  inodoros,  llevando  su  ce- 
lo al  extremo  de  dictar  un  reglamento  para  el  aseo  de 
los  concurrentes;  atenciones  para  las  señoras,  y  de- 
sencia  y  compostura  en  la  mesa  del  comedor. 

Foro  la  parte  baja,  la  del  común  de  mártires,  era  el 
mesón  del  tiempo  virreinal,  con  su  tizne  y  su  grasa,  su? 
criados  ladinos  y  su  figón  lleno  de  humo  estorbado  por 
perros  cascarrientos  y  animado  por  maritornes  mugro- 
sas, meehudas  y  de  fisonomías  que  con  sólo  mirarlas 
ahuyentaba  el  hambre. 

Cuartos  mal  envigados,  paredes  carcomidas,  con  le- 
treros y  figuras  grotescas  ú  obscenas,  chorreones  de  tiz- 
ne y  sebo  de  las  velas  que  pegaban  á  la  pared  los  via- 
jeros; mesas  surcadas  en  todas  direcciones  por  letras, 
cifras,  perfiles  humanos  y  ensayos  de  grabado:  una 
banca  epiléptica,  algún  vaso  de  vidrio  de  ojo  de  mo- 
ribundo    Esta  era  la  parte  baja  que  mantenía  in- 


87 

soléate  á  la  vista  de  la  civilización  de  Zurutusa  las 
raíces  intactas  de  una  barbarie  primitiva. 

Siguió  nuestra  marcha;  lo  que  es  hoy  San  Antonio 
Polotitlán,  era  apenas  un  punto  de  remuda  de  la  dili- 
gencia, consistente  en  un  corral  de  trancas  y  un  cuar- 
tucho de  tablas  á  la  entrada  del  espacioso  y  magnífico 
llano  del  Cazadero.  Pero  la  mujer  hacendosa  y  limpia 
del  auriga,  servía  allí  café,  chocolate  y  te  á  los  pasa- 
jeros; después  afiadió  unos  huevos  tibios  al  refrige- 
rio.. .  luego  unas  costillas  y,  en  fin,  un  buen  almuer- 
zo. Al  amor  del  lucro,  se  agolparon  al  jacal  vendedores 
y  traficantes,  y  fué  el  paraje  de  arrieros  y  luego  el  pue- 
blo lleno  de  gente  feliz  y  laboriosa. 

San  Juan  del  Río,  fértilísimo,  con  su  río  bajo  árbo- 
les frondosos,  y  adornado  de  flores  con  su  calle  real  y 
su  Señor  del  Sacro  Monte,  me  fué  muy  agradable,  y  re- 
cordé al  cura  de  aquel  lugar,  el  famoso  poeta  Don  Anas- 
tasio Ochoa,  autor  de  las  poesías  de  un  mexicano. 

Al  ver  Querétaro,  me  confirmé  en  la  opinión  que  te- 
nía formada  de  la  Ciudad  Santa  de  tierra  adentro,  y 
al  paso  quise  recoger,  pero  no  pude,  noticia  de  los  pri- 
meros años  del  Sr.  Pedraza,  de  los  escultores  Arce 
y  del  célebre  marqués  de  la  Villa  del  Villar  del  Águi- 
la, quien  dotó  de  aguas  para  vivir  y  beber  á  la  ciudad 
de  Querétaro,  conforme  reza  la  leyenda. 

Después  de  proveernos  de  dulces  cubiertos  y  de  pu- 
chas, especialidades  de  las  monjas  de  la  ciudad;  con- 
fortado el  avío,  untado  y  reparado  el  coche,  nos  dis- 
pusimos á  seguir  la  marcha,  abandonando  el  mesón 


88 

de  Berazaluce,  que  nos  pareció  mansión  de  delicias, 
después  de  los  trabajos  pasados. 

Para  penetrar  al  interior  del  país,  quedaban  dos  ca- 
minos: el  Real  de  Guanajuato  y  el  de  pueblos  y  ha- 
ciendas. 

El  primero,  lleno  de  recursos,  pero  intransitable  en 
tiempo  de  aguas,  que  era  en  el  que  estábamos,  y  el  se- 
gundo, un  tanto  más  transitable  pero  accidentado  y  pe- 
ligroso. Como  no  había  mucho  en  qué  escoger,  nos  de- 
terminamos por  el  segundo  camino. 

Increíbles  parecían  aun  entonces  las  narraciones  de 
viajeros  del  primer  camino  y  paso  de  la  charca,  que  co- 
bró fama  como  el  Golfo  de  Ñapóles  ó  el  paso  de  Calais. 

Una  diligencia  había  sido  tirada  y  sacada  del  atas- 
cadero con  bueyes;  otra,  hundida  totalmente,  tuvo  tres 
días  en  su  lecho  á  los  náufragos,  hasta  que  fueron  por 
ellos  en  balsas.  Un  día  desapareció  una  recua  en  la 
charca,  y  el  otro,  á  fuer  de  famosos  nadadores,  se  sal- 
vaban unos  colegiales  que  tomaron  un  coche  para  ve- 
nir á  la  capital.  Y  á  la  vista  se  exponía  un  cuadro  con 
muías  y  caballos  hundidos  en  el  lodo  con  sus  cargas 
enterradas,  arrieros  desnudos,  animales  ahogados  y 
gente  pereciendo  á  la  inclemencia  por  imposibilidad 
de  marchar. 

El  camino  de  las  haciendas  se  pintaba  menos  mal, 
como  vamos  á  ver. 

Al  primero  ó  segundo  día  de  esa  marcha,  hicimos 
conocimiento  con  la  preciosa  población  de  San  Miguel 
Allende,  llamado  antes,  con  justicia,  el  Grande. 


89 

Suele  observarse  en  nuestras  serranías  alguna  co- 
lina que  tiene  cóncava  la  cima  ó  coronada  de  rocas 
que  sirven  como  dique  ó  compuerta  á  la  lluvia;  pero 
cuando  la  lluvia  es  copiosa  y  hace  empuje,  salta  sus 
barreras,  y  la  agua  depositada,  saltando  peñas,  cule- 
breando, arremolinándose,  se  descuelga  y  corre  á  la 
llanura,  donde  se  esparcía  sosegada  y  bella. 

Tal  idea  me  dieron  desde  la  altura  las  calles  de  San 
Miguel,  y  sus  corrientes  de  casas,  saltando,  escurrién- 
dose, como  descolgándose  y  extendiéndose  después  á 
la  hermosa  plaza,  y  viéndose  en  último  término  el  pa- 
seo del  Chorro,  donde  es  fama  que  el  señor  cura  Hi- 
dalgo tenía  sus  conversaciones  con  Allende,  poniendo 
á  cubierto  con  el  ruido  de  las  aguas  aun  sus  involun- 
tarias distracciones. 

A  la  salida  de  San  Miguel  tuvimos  los  únicos  traba- 
jos serios  de  nuestro  camino. 

El  río  de  Atotonilco  estaba  crecidísimo;  sus  aguas 
barrosas  y  llenas  de  fauna  amenazante:  del  vado  me- 
nos inseguro,  sólo  podían  dar  razón  unos  prácticos,  re- 
costados indolentemente  y  medio  desnudos;  prácticos 
que  pedían  las  perlas  de  la  Virgen,  para  guiar  los  co- 
ches, endilgar  sus  puedas,  gobernar  sus  muías  y  sacar- 
lo á  uno  sano  y  salvo  del  otro  lado  del  río. 

El  espanto  de  las  señoras,  los  lloros  de  los  niños, 
los  aprestos  y  baladronadas  de  mozos  y  cocheros, 
los  rezos  de  kirieleisón,  formaban  conjunto  impo- 
nente. 

Con  verdadera  cortesía  diplomática,  Payno  y  yo  nos 


90 

acercamos  á  los  prácticos,  adhiriéndose  el  Sr.  Espar- 
za. Don  Bibiano  se  aisló  en  profunda  reserva. 

Lanzóse  el  primer  coche  á  la  corriente,  después  de 
desalojar  á  las  criadas  de  la  hamaca,  y  trepándose  los 
criados  al  techo  del  coche. 

Apenas  entraron  las  muías,  desaparecieron,  salien- 
do á  flor  de  agua  con  ansias  de  ahogado;  la  corriente 
sesgaba  coche  y  muías;  señoras  y  nifios  se  agolpaban 
á  las  portezuelas,  pidiendo  socorro;  los  cocheros  revo- 
leaban sus  látigos,  dando  gritos  desaforados, y  los  prác- 
ticos, diestrísimos,  pegados  á  las  ruedas  unos,  con  las 
riendas  de  las  ínulas  otros,  y  otros  zabulléndose  para 
tantear  el  vado,  lograron  al  fin  el  paso  entre  vivas  y 
gritos  de  contonto.  Este  ora  el  coche  de  Don  Marqui- 
tos,  y  así  pasó  mi  coche.  Pero  Don  Bibiano  no  quiso 
someterse  á  la  tiranía  de  los  prácticos,  confiado  en  yus 
excelentes  criados  y  en  su  buen  avío. 

Precipitóse  su  coche  á  las  aguas.  Los  prácticos  per- 
manecieron inactivos  y  burlones  á  la  orilla  del  río. 

La  travesía  se  hizo  peligrosísima;  las  muías  se  aho- 
gaban; el  coche  ladeado  estaba  al  sumegirse;  en  todos 
los  semblantes  se  pintaba  el  terror  por  la  evidencia  de 
la  catástrofe.  Don  Bibiano  gritó  á  los  prácticos,  desde 
el  medio  del  río.  Uno  se  presentó. 

—¿Cuánto  quieres? 

— El  doble  que  los  otros. 

— ¿Por  qué? 

— Porque  no  nos  hizo  caso,  y  hora  es  más  trabajosa 
l:i  salidn. 


91 

— Yo  no  doy  ese  dinero.  • 

—Pus  hóguese. 

Y  no  hubo  remedio;  los  prácticos  pidieron  lo  que 
quisieron, -y  se  lo  hicieron  papar  en  medio  del  río.  El 
coche  se  salvó.  Don  Bibiano  quería  verse  con  los  prác- 
ticos en  tierra:  pero  ellos,  desde  las  aguas,  hicieron 
sus  saludos,  dejando  con  el  alma  ardiendo  al  grave  Ma- 
gistrado de  Zacatecas. 

En  el  Refugio,  que  era  la  última  jornada  para  llegar 
á  nuestro  destino,  los  que  regresaban  á  sus  hogares, 
se  compusieron  y  aprestaron  sus  vestidos  de  gala  y  sus 
novedades  de  la  corte.  A  la  vez,  se  pasaron  revista  á 
los  juguetes,  obsequios  y  agasajos  que  llevaban  á  ami- 
gos y  parientes. 

Yo  recibí  una  carta  cariñosísima  .de  Fernando  Cal- 
derón, avisándome  que  me  tenía  casa  preparada  en  la 
Plaza,  al  lado  de  la  Parroquia. 

En  efecto,  Fernando,  con  una  delicadeza,  con  una 
previsión  y  con  una  firmeza  encantadoras,  me  había 
preparado  casa  en  que  nada  faltaba  de  lo  necesario,  y 
en  la  que  aún  en  lo  superfino  había  manifestación  de 
chiqueo  y  cariño. 

Payno,  con  esa  expedición  y  gracia  que  todos  le  con- 
fesábamos, improvisó  un  banquete  que  nos  relacionó 
con  liis  principales  familias,  de  las  que  recibíamos  to- 
da clase  de  atenciones. 

Era  Gobernador  y  Comandante  general  de  Zacatecas 
el  General  D.  Fernando  Franco,  obscuro  de  piel,  ojo 
negro  y  hundido,  y  unas  cejas  como  tejados.  En  el  fon- 


92 

do,  ranchero,  mañoso  y  suspicaz,  celoso  de  la  conser- 
vación de  su  puesto;  pero  conciliador  y  amigo  de  la 
buena  armonía.  De  esa  manera,  aunque  las  divisiones 
de  partido  eran  profundas,  no  se  ponían  en  ejercicio 
grandes  odios,  ni  el  partido  vencido  hacía  esfuerzo  al- 
guno revolucionario. 

Por  otra  parte,  algunas  de  las  minas  estaban  con 
buenos  frutos,  el  Fresnillo  hacía  remisiones  de  cuan- 
tiosos caudales  y  varias  catas  fomentaban  pruebas,  ex- 
cursiones, ensayes. . .  todos  eran  prácticos,  á  que  se 
prestan  las  alucinaciones  llenas  de  interés  de  los  mi- 
neros. 

En  más  alta  escala  que  en  los  pueblos  había,  sus  per- 
sonajes eran  descendientes  de  nobles  condes  y  marque- 
ses. Ricos  arruinados  con  hábitos  de  grandes  señores  y 
merodeadores  de  empresas  imposibles,  y  chascos  y  far- 
sas que  tienen  mucho  de  ridículo. 

El  género  de  negocios  constitutivos  de  la  vida  de 
aquella  sociedad,  producía  á  mi  vista  dos  fenómenos 
que  mucho  llamaron  mi  atención. 

El  primero,  cierta  culturado  buen  tono  enlamesa,en 
los  trajes  y  en  el  aseo  y  composturade  la  servidumbre.  En 
Vetaürande,  por  ejemplo,  negociación  de  los  Sres.  Ar- 
vides,  gozaba  uno  de  todas  las  comodidades  del  más 
alto  refinamiento  de  la  ciudad,  y  aun  más,  porque  mu- 
chos poderosos  hacendados  de  México  se  daban  en  sus 
haciendas  trato  pésimo,  y  sus  sirvientes  eran  ó  goza- 
ban menos  que  los  esclavos  de  la  Habana. 

El  otro  motivo  de  mi  admiración,  era  la  poca  i  nílu  en- 


93 

cia  que  ejercía  el  cambio  de  fortuna  en  el  trato  fami- 
liar. Acaso  porque  la  inconstancia  de  los  productos  de 
las  negociaciones  mineras  hacen  que  el  que  tiene  for- 
tuna opulenta  vague  mañana  arruinado,  acaso  por  la 
comunidad  de  triunfos  y  peligros,  entre  criados  y  sir- 
vientes; lo  expuesto  caracteriza  de  íntimo,  de  genero- 
so y  servicial,  el  trato  doméstico  que  hace  el  de  per- 
sonas cultas,  bondadoso  y  especialmente  humano  y 
caritativo. 

Yo  todo  lo  quería  fotografiar  en  mi  mente,  y  llegué 
á  formar  una  galería  curiosa  de  originales  retratos,  y 
una  colección  exquisita  de  cuadros  de  costumbres. 

La  picara  inclinación  que  me  conocen  mis  lectores, 
me  puso  de  correr  y  parar  con  la  flor  y  la  nata  de  la 
gente  de  trueno,  del  Rebote,  el  Bronce  y  otros  pasajes 
de  menos  nombradía. 

En  sus  fandangos,  en  que  el  mezcal  y  el  colonche  ha- 
cían papeles  principales,  en  que  el  chito  y  el  sabrosísimo 
chile  verde  regocijaban  los  estómagos  y  vigorizaban  el 
baile,  el  barretero  neto,  el  de  calzoncillo  blanco  y  6o- 
rrego  al  cinto,  se  lucía,  alentaba  á  la  bailadora,  le  po- 
nía su  sombrero  en  el  suelo  para  que  danzase  ó  zapa- 
tease en  su  alrededor,  y  él,  puro  en  boca,  con  los  ojos 
entrecerrados,  sentado  en  el  suelo,  en  actitud  beatífi- 
ca, permanecía  arrojando  pesos  á  los  pies  de  la  baila- 
dora hasta  que  se  remudaba  el  sombrero  ó  descansaba 
la  sílfide,  quien  desdeñosa  se  deslizaba  del  puesto  sin 
volver  los  ojos,  enviando  á  poco  una  criada  ó  un  chi- 
co de  la  familia  que  recogiese  su  dinero. 


9-i 

La  tertulia  típica,  la  de  buen  tono  por  excelencia,  la 
concurridísima  por  toda  clase  de  personas  distinguida.-, 
era  la  de  la  casa  de  D.  Bibiano  Beltrán,  calle  de  la  Caja. 

Salones  variados  con  lujosos  muebles,  espejos  y  al- 
fombras, biblioteca  magnífica,  comedor  extenso  y  ale- 
gre. Todo  perfectamente  alumbrado. 

La  simple  familia  de  D.  Bibiano,  era  bastante  para 
mantener,  alentar  y  dar  variedad  á  la  tertulia.  Bebé?, 
pollos,  señoritas,  ancianos,  todos  se  confundían  y  cla- 
sificaban, en  sí  mismos,  en  mesas  de  malilla  y  tresillo, 
en  grupos  de  filarmónicos  ó  bailarines,  en  ruedas  de 
muchachos  juguetones,  en  retirados  asientos  de  seño- 
res graves.  .  .Guadalupita, la  Sra.  de  Beltrán,  hacíalos 
honores  de  la  casa,  y  los  criados  atravesaban  en  toda*- 
direcciones,  llevando  en  las  manos  charolas  con  cho- 
colates y  bizcochos,  copas  con  licores  y  refrescos,  cuan- 
do el  tiempo  lo  exigía. 

En  el  centro  del  círculo  más  bullicioso,  en  medio 
de  la  algarabía  de  las  pollas  más  coquetas  y  de  los  mu- 
chachos más  guerristas,  en  una  mosita  pequeña  que 
tenía  papel  y  tintero,  la  cabeza  entrecana  y  vestido 
descuidadamente,  se  veía  un  señor  con  sus  pies  des- 
nudos en  una  bandeja  con  agua  fría,  y  escribe  que 
escribe,  ya  chanceando  con  una  chica,  ya  acarician- 
do á  tal  muchacho^  ya  absorbido  en  sus  ideas  é  in- 
móvil como  de  piedra. 

Aquel  señor,  era  nada  menos  que  nuestro  gran  poe- 
ta Fernando  Calderón,  quien  así  escribía  sus  precio- 
sos dramas,  en  medio  de  ese  tumultuoso  bullicio. 


95 

Y  lo  más  raro  es  que  en  sus  manuscritos,  no  hay  un 
tacho  ni  reposición  de  versos,  ni  huellas  de  vacilación 
alguna.  Su  verba  fácil  y  cristalina  corría  como  en  una 
pendiente  de  finísima  arena,  como  si  el  vaivén  de  las 
íloresde  laorilla  impulsaran  y  perfumaran  sucorriente. 

En  esas  tertulias  traté  á  I).  N.  Arostegui,  tan  econó- 
mico de  palabras,  que  llamaba  al  monosílabo  charla, 
y  el  toser  reservado,  fingía  entre  sus  labios,  de  discur- 
so.Cuéntaso  que  su  único  amigo  con  quien  diariamente 
se  paseaba  era  D.  Bonifacio  Gutiérrez,  después  Minis- 
tro de  Hacienda  y  émulo  de  A.  en  cuanto  á  mutismo; 
atravesando  los  dos  por  la  orilla  de  una  hortaliza,  Gu- 
tiérrez, señalando  un  camillón,  dijo:  lechugas. 

Pasaron  tres  ó  cuatro  días,  en  uno  de  ellos  volvieron 
por  Ja  hortaliza,  Arostegui  detuvo  el  paso,  y  señalando 
el  mismo  lugar  de  Gutiérrez,  exclamo: para  ensalada, 
y  el  prodigio  do  tan  animada  conversación,  fué  objeto 
de  los  más  divertidos  comentarios. 

Tipo  acabado  de  minero  simpático  era  D.  Manuel 
González,  español  rudo,  de  desparpajo  nativo,  impe- 
tuoso y  bueno  como  el  rocío  de  la  mañana,  regordete, 
chiquitín,  con  el  cabello  á  los  ojos,  y  mordiéndose  los 
Jabios,  su  boca  era  una  ametralladora  de  picardías. 
Cuando  alguno  llegaba  á  sus  puertas  á  pedirle  soco- 
rro, se  ponía  en  jarras  y  le  disparaba  una  andanada 
de  desahogos  que  lo  confundía. . .  pero  ¡qué!  aquello 
era  una  turbonada  de  verano  desahogado;  se  reponía, 
llevaba  entre  sus  brazos  al  huérfano,  habilitaba  al  ar- 
tesano,  daba  para  el  enfermo  y  lloraba  con  el  dolor 


96 

ajeno limpiándose  los  ojos,  diciendo Yo  soy 

un  calabazo  y  un  tonto,  ¡Ave  María  Purísima!  y  su  bol- 
sillo era  un  manantial  inagotable  de  consuelos  y  be- 
neficios para  cuantos  le  trataban. 

Mucho  gocé  también  con  la  amistad  del  Sr.  Lie.  D. 
J.  R.,  jurisconsulto  muy  notable,  literato  de  gran  méri- 
to y  hombre  de  exquisita  cultura  y  caballerosidad  real- 
zada, con  una  figura  verdaderamente  distinguida  y  aris- 
tocrática. 

Pero  tan  notable  persona,  adolecía  del  gravísimo 
defecto  de  absorberse,  de  enajenarse,  de  perder  ma- 
terialmente el  sentido  en  una  mesa  de  juego.  Era  de 
verlo  junto  al  tapete  verde,  con  el  sombrero  á  la  nu- 
ca, y  el  cabello  rubio  sobre  la  frente,  los  ojos  saltán- 
dosele de  sus  órbitas,  inclinado  al  naipe,  hablando 
solo,  teniendo  en  su  diestra  la  medalla  de  la  Virgen 
de  Guadalupe  que  sacaba  de  su  seno. 

— Ah!  Madre  Santísima,  decía,  Madre  de  los  Mexi- 
canos, ¡mira  qué  sota! te  pido  que  venga  moza  — 

ese  dos  de  bastos,  ni  para  descalzarla. 

Si  se  ganaba  el  albur,  devoraba  á  besos  la  medalla. 
y  el  mismo  Juan  Diego  habría  envidiado  su  lenguaje 
sentimental;  pero  si  la  Virgen,  ensordecida  á  sus  rue- 
gos, dejaba  que  el  albur  se  perdiese. . . .  entonces  lle- 
gaba á  la  blasfemia;  negaba  el  milagro  de  la  aparición; 
ponía  de  vuelta  y  media  á  Juan  Diego  y  á  Zum arrapa, 
y  era  de  taparse  los  oídos 

Lo  más  singular  es,  que  este  amigo  mío  era  el  hombre 
más  desinteresado,  verdaderamente  franco  y  generoso. 


97 

La  familia  del  Sr.  D.  Manuel  Cosío,  ofrecía  un  cuadro 
de  felicidad  patriarcal,  en  que  se  admiraban  en  armonía 
perfecta,  la  dulzura  y  la  majested  paternal;  el  respeto 
debido  al  hogar  y  la  alegría  perpetua;  el  comer  con- 
tentos y  el  solazarse  en  diversiones  sencillas  y  fami- 
liares. 

No  obstante  haber  ocupado  D.  Manuelito  (porque 
así  se  le  llamaba  como  en  familia)  los  primeros  pues- 
tos, era  llano  su  trato,  y  especialmente  benévolo  con 
Jos  pobres.  Amplia  y  larga  chaqueta  de  dril  blanco; 
pantalón  de  paño  obscuro;  sombrero  de  jipijapa;  este 
era  el  traje  de  D.  Manuelito,  visitando  el  taller,  re- 
conociendo una  casa  y  asistiendo  á  un  día  de  campo; 
entonces  discutía  y  cedía  á  la  razón,  procurando  no 
humillar  á  nadie.  Pero  llamado  á  los  negocios  de  go- 
bierno, sus  principios  eran  enérgicamente  acatados; 
sus  decisiones  firmes,  y  tranquila  la  espera  de  sus  con- 
secuencias. 

Pero  en  el  trato  íntimo,  D.  Manuelito  era  adorable; 
se  le  veía  en  el  rostro  su  complacencia  con  que  sus 
amigos  pidieran,  dispusieran  y  gozaran  de  cuanto  le 
pertenecía. 

En  esa  reunión  traté  al  Lie.  Acuña  y  al  Sr.  D.  Luis 
Solana,  de  facha  ingrata,  bizco  y  vulgar;  pero  ese  hom- 
bre al  discurrir  sobre  un  asunto  serio;  ya  en  el  con- 
sejo; ya  en  la  tribuna  ó  en  el  foro,  su  transformación 
era  completa;  su  frase  caudalosa  y  cristalina;  su  lógi- 
ca inflexible;  su  erudición  variadísima;  esto,  realzado 
con  la  dulzura  de  su  voz,  hacían  de  Solana  un  perso- 


98 

naje  importantísimo,  honra  de  las  letras  y  sostén  fir- 
mísimo de  las  ideas  liberales. 

Siendo  como  eran  para  mí,  llenos  do  interés  y  de 
atractivo  los  estudios  sobre  una  sociedad  que  tenía 
rasgos  distintivos  y  marcados,  no  podía  dedicarle  mi 
tiempo,  y  se  me  borraban  ó  confundían  sus  rasgos  fiso- 
nómicos. 

Aquél  tono  de  sincera  confianza  para  los  tratos,  en 
que  era  desconocida  la  lianza,  el  pagaré  y  la  obligación. 
Aquéllas  invitaciones  á  comer  y  á  beber,  llevadas  á  lo 
increíble.  Aquél  D.  José  Bolado,  con  un  sorbete  lar- 
go y  delgado,  como  el  tubo  de  una  chimenea;  parado 
en  la  puerta  de  su  tienda,  y  obligando  al  primero  que 
pasaba  á  echar  un  trago  de  judío,  y  que  siguiera  su 
camino.  Aquélla  payita  de  enagua  de  bayeta  encarna- 
da, zorongo  y  zapatón;  coquetuela  y  atrevida,  con  sus 
grandes  ojos  negros,  alborotando  espíritus,  y  con  su  ce- 
ño apaciguando  tempestades. 

Aquél  tráfico  frente  á  la  Parroquia  entre  montañas 
de  chile  verde  que  tocaban  en  los  balcones. 

Aquél  concurso  de  traficantes  con  sus  vestidos  pe- 
culiares; sus  mercancías  distintas;  cada  una  expuesta 
á  distinto  modo,  y  con  su  vendedor  análogo;  la  multi- 
tud de  matices  de  ese  concurso  que  se  mezclaban,  se 
entretegían  y  combinaban  al  acaso. 

Las  leyendas  sobre  los  descubrimientos  de  las  mi- 
nas me  entretenían  como  cuentos  de  HoíTman.  Ya  eran 
calaveras  extraviadas  en  la  montaña  ,que  claman  áDios, 
y  éste  les  manda  pernoctar  en  tal  punto,  en  que  hacen 


99 

lumbre, y  la  lumbrada  dejaentre  sus  cenizas  unaplan- 
cha  de  plata.  Y  en  cuanto  al  carácter  rumboso  de  los 
amos  grandes,  citaban  el  famoso  bautismo  en  que  des- 
de la  casa  del  padrino  á  la  Parroquia,  se  tapiza  el  sue- 
lo con  andaderas  de  barras  de  plata.  Ya,  por  último, 
para  dar  á  conocer  el  carácter  soberbio  y  manirroto 
del  minero,  se  cuenta  que  un  barretero  fué  á  un  cajón 
á  comprar  una  tela  rica  para  un  regalo. 

El  comerciante  vio  la  facha  del  marchante,  y  le  dio 
una  tela  cualquiera. 

El  barretero  pidió  mejor  y  mejor  tela,  que  le  pu- 
sieron al  frente  la  suprema,  con  cierto  tonillo  incré- 
dulo que  pudiese  pagar  el  precio. 
— ¿A  cómo  la  vara  de  este  tisú? 
— Á  veinte  pesos. 

— Corte  cuatro  varas.  Pagó  sus  ochenta  pesos,  hizo 
la  tela  cuatro  dobleces,  salió  á  la  puerta,  le  quitó  la  si- 
lla á  su  caballo,  tiró  los  sudaderos  y  los  substituyó  con 

la  tela,  diciendo los  grandes  vestidos  de  ustedes 

apenas  sirven  para  nuestros  caballos. 

Consultaba  mis  observaciones,  y  pasaba  ratos  muy 
agradables  con  D.  Teodosio  Lares,  Director  del  Institu- 
to, sabio  modestísimo  y  hombre  de  gran  probidad,  quien 
tenía  el  grave  defecto  de  no  saberse  oponer  á  nada  de 
lo  que  disponían  personas,  en  su  juicio,  de  saber  y  res- 
peto. 

Nació  en  los  Angeles,  del  hoy  Estado  de  Aguasca- 
Hentes,  entonces  unido  á  Zacatecas;  tuvo  muy  buenos 
estudios  y  se  recibió  en  Guadalajara.  Volvió  á  ejercer 


100 

su  profesión,  por  poquísimo  tiempo  en  Zacatecas,  y 
D.  Francisco  García  le  nombró  Director  del  Instituto, 
cargo  que  desempeñó  brillantemente  con  aplauso  uni- 
versal. 

Lares  era  el  estudiante  en  toda  la  extensión  de  la 
palabra,  con  su  erudición  asombrosa,  sus  teorías  raras,, 
su  falta  completa  de  mundo  y  su  bondad  juvenil. 

Sabio  en  la  cátedra,  juguetón  con  sus  viejos  amigos, 
apasionado  por  sus  discípulos,  y  con  veneración  pro- 
funda con  los  que  él  creía  eran  hombres  superiores, 
el  Director  era  para  mí,  muy  querido,  y  me  fué  muy 
valiosa  su  amistad. 

Nada  de  lo  que  he  procurado  bosquejar  tenía  más 
encantos  que  aquel  rechoncho  y  popular  vate,  aquel 
desgobernado  y  divino  Fernando  Calderón.  Por  don- 
de andaba,  se  iban  haciendo  como  remolinos,  de  mú- 
sicos, pidiéndole  pesetas  y  coplas;  cómicos  que  le  arras- 
traban á  su  ensaye;  y  de  sus  soldados  (porque  fuéCoronel 
de  guardia  nacional)  que  le  vieron  como  paño  de  lá- 
grimas; de  una  clientela  de  matrimonios  mal  averigua- 
dos; viudas  abandonadas;  huérfanos  que  nunca  tuvie- 
ron padre  ni  madre,  y  parientes  con.  y  sin  ejecutoria 
que  le  saqueaban  sin  piedad. 

Calderón  era  con  justicia  adorado:  regaba  sus  chis- 
tes, sus  versos  y  sus  pesos  como  al  sacudirse  una 
planta  riega  el  rocío.  Era  inagotable  en  sus  cuentos  de 
legos  que  inventaba,  espontáneo,  en  la  conversación. 

Horas  enteras  pasaba  yo  escuchando  sus  anécdotas 
del  Beaterío  y  de  un  orador  de  la  Parroquia. 


101 

Contaba  del  Director  del  Beaterío,  que  hostigado  por 
la  reincidencia  de  las  ancianas  penitentes,  les  dijo . . . 
— ¡Eh  madrecitas!  mañana  cada  una  de  ustedes  trae  un 
algodoncito  escarmenado  para  venir  al  sermón.  Las  bea- 
tas censuraron;  pero  llevaron  el  algodón.  Ya  en  el  pul- 
pito el  padre,  después  de  persignarse,  dijo  á  su  audi- 
torio  ¿Traen  ustedes  el  algodón? 

Un  bosque  de  brazos  se  levantó  blanqueando  con 
los  algodones. 

— Pues  ahora,  hijas  mías,  tápense  un  oído  con  algo- 
dón... porque  si  no  por  un  oído  les  entra  y  por  otro  les 
sale  lo  que  les  digo. . . .  Y  comenzó  el  sermón. 

Ese  mismo  sacerdote,  ideando  en  otra  ocasión  me- 
dio para  conmover  á  los  fieles  acerca  de  las  penas  de 
las  ánimas  del  Purgatorio,  se  convino  con  el  sacristán, 
para  que  cuando  estuviere  en  el  pulpito,  se  acercara 
para  interrumpirle,  dándole  una  carta  que  le  entregó. 

Llegóse  eldía,el  presbítero  comenzó  una  pláticamo- 
ral,  sobre  un  tema  cualquiera.  De  pronto,  empu- 
jando gente,  se  acercó  el  sacristán  al  pulpito  y  entregó 
la  carta  al  presbítero.  Éste ¡Oh  sorpresa!  ¡oh  asom- 
bro! exclamó. .  .¿A  que  no  sospechan  ustedes  siquiera, 
de  dónde  es  la  carta?  ¡Atención!  (Abriendo  la  carta  y 
leyendo): 

«Purgatorio,  Julio  3  de  1842. 

«Muy  amado  padrecito  de  nuestro  corazón: 

«Nos  alegraremos  que  al  recibo  de  ésta  goce  Ud. 
cabal  salud,  en  compañía  de  Sra.  Da  Cornelita  y  unos 
sobrinos  de  Ud. 


102 

«Nosotras  seguimos,  con  el  favor  de  Dios,  ardiendo 
nuestras  almas  y  sin  más  esperanza  de  socorro,  que 
ese  santo  Beaterío,  que  es  como  quien  dice,  nuestro 
paño  de  lágrimas, »  etc.,  firmas  de  las  ánimas. 

Cómo  es  de  suponerse,  la  carta  produjo  maravillo- 
sos efectos  y  el  capellán-  del  Beaterío  quedó  por  las 
nubes. 

En  cuanto  al  padre  E.,  orador  de  la  Parroquia,  de- 
cía Calderón,  que  en  una  función  solemnísima  dedica- 
da á  Nuestra  Señora  délos  Zacatecas,  exponía  el  padre, 
jque  los  sacerdotes  eran  los  perros  fieles  del  Santuario, 
y  que  así  comoá  los  amigos  de  la  casa  debía  moverles 
la  cola. . .  .(moviendo  la  parte  posterior  de  la  sotana) 
á  los  sospechosos  (dirigiéndose  á  la  puerta  donde  ha- 
bía unos  lagartijos  irreverentes)  les  debía  ladrar  por 
eso,  y  al  decir  con  el  Ángel,  Ave  María,  exclamaba, 
gua,  gua,  gua. . .  paseándose,  ladrando  de  uno  al  otro 
lado  del  pulpito  como  perro  de  azotea. 

Con  todo  ese  lujo  de  vida  externo  y  de  despilfarro 
de  alegría,  Calderón  era  tiernísimo  en  sus  afectos  ín- 
timos. 

Jamás  olvidaré  el  cómo  me  refirió  su  decisión  por 
cultivar  la  poesía,  siendo  proverbial  acuello  de  que 
poeta  y  mendigo  eran  casi  sinónimos,  y  que  los  sesu- 
dos señores  decían  en  todos  los  tonos:  «Del  Parnaso  al 
hospital  no  hay  más  que  un  paso,»  y  no  era  eso  lo  raás, 
el  poeta  era  un  ser  estrafalario,  desaseado  é  inútil,  que 
estaba  á  dos  dedos  de  distancia  de  la  casa  de  locos. 

Luego  que  el  padre  de  Calderón,  Conde  de  Santa 


103 

Rosa,  persona  rica  y  entregada  á  importantes  negocios 
de  gobierno  y  comercio,  sospechó  la  inclinación  de  su 
hijo,  la  combatió  por  todos  los  medios  imaginables,  co- 
mo si  se  tratara  de  combatir  una  manía  ó  un  vicio  de 
los  más  perjudiciales.  Cuidaba  de  que  no  llegasen  á 
sus  manos  libros  de  la  gaya  ciencia;  trataba  de  propor- 
cionar á  su  hijo  compañías  con  lo  más  pedestre  y  pro- 
saico de  la  hacienda,  y  á  ese  paso  Calderón  se  desbor- 
daba en  coplas  á  los  llanos  y  á  las  montañas,  á  los 
ganados  y  á  las  aguas;  pero,  sobre  todo,  á  las  ranche- 
ritas  frescas,  juguetonas  y  florecientes  de  la  hacienda 
misma  y  el  pueblo  vecino. 

La  única  persona  de  importancia  que  escuchaba  sus 
coplas  religiosas  era  la  mamá,  que  las  encontraba  be- 
llísimas; pero  encargando  al  poeta  que  abandonase  la 
lira  y  diese  gusto  á  su  papá,  haciéndose  abogado  cuan- 
to antes. 

Un  cuento  ó  novelita  cayó  en  las  manos  de  Fernan- 
do, y  en  un  dos  por  tres  se  apoderó  del  asunto  y  lo  con- 
virtió en  drama  mondo  y  lirondo. 

Había  en  el  drama  su  parte  patética,  su  tirada  de 
versos,  en  que  se  lucía  el  amor  filial;  su  desafío  por  la 
honra  de  la  nradre  y  su  plegaria  á  la  Virgen,  dándole 
gracias  después  del  naufragio. 

Como  negocio  diplomático  preparó  Fernando  la  lec- 
tura de  su  drama  á  su  mamá  y  sus  tías,  consiguiendo 
la  señora  que  el  papá  lo  permitiese,  aunque  de  mal 
grado,  y  retirándose  á  lo  más  apartado  de  las  habita- 
ciones, en  concepto  de  Calderón. 


104. 

Al  fin  establecióse  el  auditorio;  se  colocó  una  mesi- 
ta  redonda  con  su  velón  frente  al  estrado,  que  se  dis- 
puso en  la  recámara  de  la  señora. 

Comenzó  la  lectura.  A  las  primeras  escenas,  decía 
Fernando,  creí  notar  somnolencia  y  disgusto;  yo  me  es- 
forzaba; tenía  un  nudo  en  la  garganta;  quería  llorar — 
Mi  madre,  sin  duda,  sufría  más  que  yo,  y  como  que  inter- 
cedía con  la  mirada,  porque  se  me  tuviera  indulgencia. 

Llega  la  escena  del  amor  filial;  el  protagonista,  aun- 
que perdidamente  enamorado  cuando  pide  á  la  novia, 
no  puede  soportar  una  alusión  deshonrosa,  que  el  pa- 
dre de  la  joven  hace  á  sus  padres;  atropella  por  todo  y 
pide  reparación  del  agravio,  pintando  con  elocuencia 
arrebatadora  todo  el  amor  que  merece  un  padre. 

Mi  voz  temblaba;  en  el  auditorio  había  silencio  pro- 
fundísimo; de  pronto  sentí  que  me  ahogaban  unos  bra- 
zos y  que  inundaban  mi  rostro  las  lágrimas.  Yo  tam- 
bién lloraba;  era  mi  padre,  mi  lindo  y  generoso  padre, 
dominado  por  los  sentimientos  de  su  gran  corazón. 

El  drama  acabó  entre  galas  y  palmadas;  mi  madre 
no  cabía  en  sí  de  gozo;  hubo  convite  para  el  vate,  que 
hizo  en  lo  futuro  su  soberana  voluntad. 

Calderón  dejó  sin  concluir  el  tercer  acto  de  una  co- 
media, que  era  la  historia  abreviada  de  mis  amores 
con  María. 

Declaración  de  amores. — Resistencias  por  pobre  y 
por  poeta. — Representación  de  mi  Alonso  de  Avila. 
y  al  llamarme  á  la  escena  el  padre  de  la  chica,  con- 
movido, otórgame  la  mano  de  su  hija. 


105 

Yo  nada  puedo  decir  de  esa  comedia;  pero  personas 
inteligentes  sostenían  que  era  de  lo  más  tierno  y  más 
bello,  producido  por  la  pluma  asombrosamente  espon- 
tánea de  Calderón. 

A  todo  esto,  mis  deberes  como  visitador  de  tabacos, 
reposábanse,  y  era  forzoso  dar  señales  de  vida.  Em- 
prendí, pues,  mi  primera  excursión  al  Fresnillo,  tanto 
por  ser  la  Administración  más  importante,  cuanto  por- 
que tenía  encargo  de  mis  jefes  de  hablar  sobre  ne- 
gocios de  la  renta,  y  más  que  todo,  por  pasar  dos  ó  tres 
días  en  unión  de  Manuel  Payno,  á  quien  siempre  he 
querido  con  extremo. 

La  negociación  del  Fresnillo  había  tenido  una  rege- 
neración completa;  la  bonanza  de  sus  minas  que  die- 
ron ser  y  conquistaron  en  la  época  de  la  federación  el 
primer  rango  á  Zacatecas,  cobraba  cierta  regularidad 
en  sus  productos,  no  obstante  que  la  bonanza  había 
cesado,  y  ahora  la  riqueza  reconocía  por  móvil  el  es- 
píritu de  orden,  la  severa  economía,,el  saber  y  el  tacto 
de  D.  José  Echeverría,  rubio,  cegatón,  de  patilla  espesa, 
breve  en  palabras,  rígido  en  el  mando;  D.  Pepe  Eche- 
verría, que  en  México  no  pasaba  de  un  rico  estimable 
de  la  mejor  sociedad,  en  el  Fresnillo  era  Administra- 
dor inteligentísimo,  minero  experto,  padre  de  los  po- 
bres y  sin  igual  educador  de  la  juventud.  Y  hago  tal 
reminiscencia,  porque  la  negociación  sustentaba  un  co- 
legio de  niñas  para  estudios  teóricos  y  prácticos,  don- 
de aprendieron  jóvenes  muy  notables  y  distinguidos 
en  la  ciencia  y  administración  de  las  minas. 


106 

El  conjunto  de  la  negociación  era  opulento  y  gran- 
dioso. Aquel  extensísimo  patio  de  beneficio,  con  su  ar- 
quería gigantesca  que  medía  más  de  una  milla  por  lado; 
aquellas  varias  oficinas  en  que  reinaba  el  silencio  y 
el  orden,  y  aquellas  habitaciones  interiores  en  que  des- 
pués de  los  grandes  trabajos  se  solazaba  el  ánimo.  Con 
una  mesa  exquisita,  abundante  en  frescos  y  sabrosos 
manjares,  y  se  descansaba  en  salones  en  que  la  músi- 
ca, la  conversación  culta  y  los  juegos  de  billar  y  aje- 
drez, únicos  permitidos  y  á  los  que  no  faltaban  aficio- 
nados. 

Payno,  conforme  á  sus  espontáneos  instintos,  se  ha- 
bía instalado  como  un  gran  señor  en  su  Administración 
de  tabacos,  que  era  por  cierto  muy  pingue,  á  pesar  de 
su  aspecto  de  estanquillo  cualquiera. 

Alfombra  y  butacas;  cama  de  pabellón  y  grandes  es- 
pejos, sin  faltar,  según  esos  incontenibles  caprichos  de 
su  fantasía  en  todos  tiempos  y  ocasiones,  una  bata  ra- 
sa, una  chinela  china,  un  lagarto  pegado  á  la  pared,  un 
mono,  sirviendo  de  candelero,  ó  una  cafetera  do  última 
invención  ó  un  aparato  para  cocer  papas,  porque  co- 
mo es  sabido,  Payno,  dada  su  reputación  de  narrador 
fácil  y  elegante,  de  consumado  jinete  y  de  entendido 
economista,  porque  se  le  tenga  de  los  primeros  para 
sazonar  unos  macarrones  ó  preparar  un  asado  con  to- 
da la  propiedad  de  la  cocina  inglesa. 

Con  bondad  caballerosa  y  fraternal,  me  recibió  Ma- 
nuel, y  llenamos  los  deberes  oficiales  de  la  visita. 

Payno  no  sólo  se  había  ganado  la  buena  amistad  del 


107 

Sr.  González  Echeverría,  sino  su  confianza  y  su  pro- 
tección decidida. 

Como  donde  menos  se  piensa  salta  la  liebre,  y  en  el 
mejor  paño  cae  la  mancha,  aquel  claro  de  cielo  lo  anu- 
bló un  incidente  inesperado  que  abrevió  mi  visita,  ha- 
ciéndome regresar  á  Zacatecas. 
•  Es  el  caso,  que  .en  uno  de  los  extremos  del  portal 
de  la  Plaza  atinó  á  establecer  su  comercio  de  zapatos, 
la  chica  más  luminosa,  la  más  saláa  y  la  más  encan- 
tadora del  mundo.  Comparada  con  ella,  por  la  fuerza 
de  las  circunstancias,  los  ideales  de  Rafael  y  Murillo, 
podían  considerarse  mamarrachos  y  bufonadas  sin 
atractivo  ni  cosquilleo,  los  propios  tesoros  de  la  gracia 
andaluza,  que  chorrea  la  privilegiada  pluma  de  Bretón, 
cuando  dice: 

Ancha  franja  de  velludo 
En  la  terciada  mantilla; 
Aire  regio,  gesto  crudo. 
Soberana  panlorrilla ....  etc. 

Más  me  he  tardado  en  escribir  el  párrafo  anterior, 
que  Payno  en  ver  á  la  chica,  idealizarla  y  apasionarse 
de  ella  como  un  Macías,  como  un  hidrófobo,  como  un 
jorobado.  Obsequios,  instancias,  arrebatos,  arrullos, 
todo  lo  empleó,  porque  mi  amigo  no  es  consuetudina- 
riamente enamorado;  procede  en  el  amor  como  por 
ataques  epilépticos.  Le  agobia,  le  subyuga  y  enloque- 
ce el  acceso. .  .pero  pasa  bien  ó  mal,  por  faz  ó  por  ne- 
fas, y  queda  fresco  como  una  lechuga,  y  muchas  veces 
sin  conservar  recuerdo  de  lo  pasado. 


108 

La  zapaterita  hermosísima  resistió,  rehusó,  luchó,  se 
encomendó  á  toda  la  corte  del  cielo  para  conjurar  aque- 
lla tentación  del  demonio;  pero  le  tocó  un  demonio  muy 
astuto  y  muy  superior  en  conocimientos  mundanos  á 
todos  los  santos  de  su  devoción. 

Para  no  cansar  á  mis  lectores,  en  uno  de  los  días 
que  volvía  yo  de  una  pequeña  excursión,  cerca  del  Mi- 
neral de  Plateros,  encontré  en  el  patio  de  la  adminis- 
tración de  Payno  gran  tráfico,  muías  de  carga,  trajín 

de  viaje pregunté  qué  era  aquello,  y  me  dijeron 

que  Manuel  partía  dentro  de  media  hora  á  visitar  una 
oficina  subalterna,  en  la  que  sospechaba  había  gran 
desfalco,  y  que  Payno  había  ido  á  despedirse  del  se- 
ñor Gobernador  Echeverría.  Yo  quedé  estupefacto,  no 
sabía  cómo  traducir  aquel  arrebato  de  viaje. 

Penetré  cabizbajo  en  las  piezas  interiores,  y  en  la 
más  recóndita  me  encontré,  con  gran  sombrero  ancho, 
paño  de  sol  riquísimo  y  manga  de  paño  con  galones  de 
oro,  nada  menos  que  á  la  deliciosa  zapaterita,  lista 

para  el  viaje . , . .  Guardamos  silencio y  yo,  recién 

convertido  al  orden  constitucional  por  mi  matrimonio. 
y  entrometido  y  pedante  con  mis  ínfulas  de  jefe  y  her- 
mano mayor  de  Payno. .  .pinté  á  Pepilla  (así  llamaban 
á  la  muchacha,)  los  fugaces  goces  del  amor;  la  acerba 
copa  que  nos  sirve  cuando  nos  despierta  el  desenga- 
ño, y  cómo  la  mujer  es  una  mariposa  con  la  que  juega 
un  niño  quitándole  el  esmalte  de  sus  alas  y  convir- 
tiéndola en  rastrero  gusano. 

Dicho  esto. . .   .dejé  á  la  chica  y  me  largué  á  comer 


109 

con  un  Sr.  Arrieta,  que  tenía  unas  hijas  lindísimas  y 
que  me  había  convidado. 

Entretanto,  Payno  volvió  de  la  casa  del  Sr.  Echeve- 
rría, dio  sus  últimas  órdenes  y  el  grito  de  marcha. . , 
Pero  le  dijeron  que  la  niña  ya  no  iba . . . ,  Payno  se  pu- 
so frenético. 
— ¿Pero  señorita,  por  qué  no  va  Ud? 
— Pus  no  se  lo  puedo  decir  á  Ud. 
— Diga  Ud.  y  no  haga  que  cometa  una  barbaridad. 
— No  voy,  porque  los  hombres  la  despiertan  con  una 
hiél,  y  los  goces  se  vuelven  serpientes  y  (llorando)  á 

las  mujeres,  ó  les  salen  alas  ó  se  vuelven  gusanos 

— ¡Esas  tenernos! 

— ¿Quiere  Ud.  decirme  quién  diablos  ha  estado  aquí? 
—  El  señor  Visitador. 
— ¿Dónde  se  ha  ido? 
— A  la  casa  del  Sr.  Arrieta. 

Estaba  yo  en  lo  más  alegre  y  sazonado  de  mi  comi- 
da, cuando  pálido  y  descompuesto  asomó  á  la  puerta 
Payno,  suplicándome  le  oyese  una  palabra.  Salí  á  la 
puerta,  y  tartamudo  de  cólera  me  dijo:  Ahora  mismo 
vas  y  rae  desconviertes  á  aquella  maldecida  zapatera, 
ó  te  vuelo  la  tapa  de  los  sesos .... 

Yo  que  conocía  mucho  á  Manuel,  vi  que  no  era  pa- 
ra chanzas  el  negocio;  le  ofrecí  que  daría  mis  excusas 
donde  estaba  comiendo  é  iría  á  desconvertir  á  aque- 
lla Elena  tan  aprovechada  de  mis  lecciones.  Payno  se 
ausentó,  y  yo  pedí  caballos  y  criados  al  Sr.  Echeverría, 
encargándole  me  remitiese  mi  avío 


110 

Los  pocos  días  después  de  esa  primera  visita  los 
empleé  en  Zacatecas,  concurriendo  á  su  Instituto  fre- 
cuentemente, comidiéndome  á  examinar  chicos  de  las 
materias  que  conocía  y  aun  de  replicar  en  algunos  exá- 
menes, lo  que  me  puso  en  relación  con  Solano,  el  Ma- 
gistrado Ramón  Talancón  y  otros. 

Entre  los  estudiantes  había  dejado  reputación  el  se- 
ñor Farías,  D,  Luis  de  la  Rosa  y  Vicente  Hoyos,  que 
publicaba  sus  primeras  producciones. 
'  Noobstante  la  ninguna  resignación  de  m i  sefiora  con 
mis  ausencias,  determiné  mi  viaje  para  Jerez.  Circuns- 
tancias imprevistas  retardaron  mi  marcha  el  día  de 
mi  salida  y  tuveque  pedir  posadaenla  hacienda  de  Ví- 
boras, edificio  aislado  á  un  ladodel  camino,  con  singu- 
lar aspecto  de  aislamiento  y  bruteza. 

Anochecía,  en  los  alrededores  de  la  hacienda  no  se 
notaba  movimiento  alguno  de  ganado,  peones,  ni  el 
ruido  en  los  campos  precursor  del  reposo.  El  hondísi- 
mo silencio  que  nos  envolvía,  apenas  se  interrumpía 
por  la  caída  de  ruido  monótono  del  derrame  deunagran 
presa  que  se  extiende  á  poca  distancia  de  la  hacienda. 

Tocamos  la  puerta  una  y  más  veces  y  nadie  respon- 
dió: espiamos  por  el  agujero  de  la  llave  y  no  percibi- 
mos señal  de  vida;  tocamos  tercera  vez  y  se  oyeron 
los  pasos  de  un  hombre  vestido  de  cuero  que  abrió 
una  rejilla  pegada  á  la  puerta,  y  nos  preguntó  qué 
deseábamos. 

— Queremos  posada,  por  lo  que  valga,  y  dé  Ud.  rai 
recado  al  Sr.  Hoyo,  de  parte  de  Guillermo  Prieto. 


111 

Al  momento  apareció  un  señor  notablemente  pálido, 
de  ojos  de  ictericia,  y  de  aspecto  que  podría  calcular- 
se de  feroz,  si  la  enfermedad  no  le  presentara  desma- 
yado y  doliente,  y  su  palabra  y  maneras  distinguidas 
no  dieran  &  conocer  á  primera  vista  al  hombre,  aun- 
que retraído,  de  fina  educación. 

Di  jome  el  Sr.  Hoyos  muy  cortesmente:  está  Ud.  en 
su  casa.  Se  abrió  á  mi  frente  un  salón  con  sillería  de 
madera  fina  y  damasco  encarnado.  En  uno  de  los  ex- 
tremos de  aquella  pieza  había  una  cama,  de  aquellas 
de  cabecera  y  rodapiés  con  pinturas  del  incendio  de 
Troya  ó  la  Cena  de  Baltasar,  y  en  el  extremo  opuesto, 
lavamanos  con  su  bandeja  de  cobre,  cepillos  y  útiles 
de  aseo. 

En  el  centro  de  la  pieza  había  una  gran  mesa  de  pi- 
no, con  recado  de  escribir,  veladora  y  una  charola  con 
vasos  y  jarra  con  agua.  Cuando  volví  los  ojos  de  aque- 
lla revista,  los  avíos,  los  criados,  las  muías  y  todo,  ha- 
bía desaparecido,  reinando  profundísimo  silencio,  y 
hallándome  como  en  un  desierto. 

Pasaron  horas  y  horas  en  aquella  mansión  encanta- 
da, que  en  un  momento  dado,  apareció  una  figura  aérea 
y  fantástica,  que  silenciosa  traía  luz. 

A  cierta  hora,  como  las  manos  blancas  de  los  cuen- 
tos, me  trajeron  de  cenar;  pero  como  digo,  seres  me- 
dios que  no  hacían  ruido  ni  puede  decirse  de  dónde 
brotaban. 

La  cena  fué  espléndida  y  servida  con  exquisitos  li- 
cores. Yo,  pqr  horas,  esperaba  que  se  abriese  una  pa- 


112 


red  y  saltase  un  enano  con  una  llave  en  la  mano  para 
conducirme  por  un  subterráneo  al  palacio  de  una  da- 
ma encantada  de  singular  hermosura,  que  me  confiase 
el  secreto  de  su  libertad. 

¡Silencio!  Silencio  de  sepulcro. 

Esa  noche  llovió  á  torrente^  y  fué  imposible  conti- 
nuar el  viaje.  En  la  casa  reinó  el  mismo  singular  si- 
lencio, y  con  regularidad  de  cronómetro  me  sirvieron, 
sin  decirme  palabra,  sin  que  ni  de  lejos  percibiese  rui- 
do alguno;  sin  saber  cómo  explicarme  aquella  estupen- 
da soledad. 

En  la  noche  anuncié  á  un  criado  que  al  día  siguien- 
te partía,  y  al  amanecer  todo  estaba  listo  y,  además,  en 
una  cajita  había  algunos  obsequios  con  una  tarjeta  pa- 
ra mí. 

Quise  dar  las  gracias  por  la  generosa  hospitalidad, 
y  no  tuve  á  quién;  salí  de  la  hacienda,  y  la  puerta  se 
cerró  sin  ruido,  siguiendo  perplejo  mi  camino. 

Jerez  es  una  población  preciosa  del  Estado  de  Za- 
catecas; la  alegría  salta  en  sus  verdes  alrededores  y 
la  animación  recorre  sus  calles  amplias  y  sus  casitas 
bajas,  cuyos  patios  alegran  profusas  enredaderas,  pá- 
jaros y  flores. 

Sin  pérdida  de  tiempo  me  dirigí  á  la  Administración 
de  Tabacos,  y  comenzó  mi  visita. 

El  Administrador  era  un  Sr.  Cosío,  muy  inteligente 
y  de  reputación  inmaculada.  La  familia  era  lo  más  fi- 
no y  simpático  del  mundo.  Sus  cinco  chicuelos  eran 
como  serafines,  llenos  de  jovialidad  y  de  gracia. 


j 


113 

A  pesar  de  la  tirante  gravedad  de  que  procuré  inves- 
tirme, aquellas  señoras  y  señoritas  eran  la  amabilidad 
misma:  los  chicos  me  llevaban  flores;  las  chicas  refres- 
cos. A  la  hora  de  comer,  chicos  y  chicas,  se  colgaron 
á  mi  cuello,  y  no  permitieron  que  fuera  al  mesón.  . 

Fernando  Calderón  me  había  recomendado  en  la  ca- 
sa ...   Yo  seguía  inflexible  en  mi  visita. 

Por  fortuna,  las  cuentas,  los  libros,  las  constancias 
de  tabaco  y  caudales  estaban  muy  en  regla.  Pero  en 
descargo  de  mi  conciencia,  debo  decir,  que  si  así  no 
hubiera  sido. ...  yo  no  sé  qué  barbaridad  habría  co- 
metido antes  de  cubrir  de  duelo  á  aquella  familia,  que 
me  era  ya  tiernamente  querida.  En  resumidas  cuentas, 
valgo  un  pito  para  esto  de  las  persecuciones.  ...  y  los 
golpes  de  energías tratándose,  sobre  todo,  de  ni- 
ños y  mujeres. 

Antes  de  despedirme  de  Jerez,  quise  dar  una  ojeada 
á  la  llanura  que  limita  la  Sierra  de  las  Palomas,  justa- 
mente» encarecida  por  su  belleza. 

La  llanura  se  tiende  magnífica  como  un  mar,  forman- 
do por  todas  partes  dilatados  horizontes.  Al  Sur,  la  en- 
crucijada serranía  se  liga  con  la  Sierra  de  Villanueva, 
encontrándose  las  corrientes  y  formando  un  remolino 
gigantesco  é  imponente. 

La  Sierra  de  las  Palomas  limita  la  llanura;  pero  no 
formando  muralla  ni  barranca,  sino  secciones  separa- 
das, como  la  formación  por  hileras  de  la  tropa,  ó  más 
propiamente  hablando,  como  los  bastidores  de  un  tea- 
tro. Cada  una  de  esas  divisiones  paralelas  es  una  ca- 


114 

nada  fértilísima  que  reúne  encantos  indecibles;  aguas 
cristalinas  que  se  despeñan  de  las  alturas;  árboles  gi- 
gantes; enredaderas  que  flotan  al  viento;  aves  canoras; 
ardillas,  liebres  y  conejos  . . .  oleros  sombríos. . .  deli- 
ciosas cambiantes  de  rayos  de  sol  y  sombras  apacibles. 
Al  descender  el  sol  al  Occidente,  envía  torrentes  de  luz 
por  esas  cafladas  que  se  alientan,  se  estremecen,  can- 
tan, hablan  y  se  entregan  á  todas  las  delicias  del  aura 
y  de  la  luz,  antes  de  decir  sus  adioses  al  padre  del  día. 

Ese  inmenso  fondo  de  rayos  reverberadores  de  sol; 
esa  pompa  exuberante  de  la  vegetación;  esas  corrientes 
de  luz  en  lechos  de  esmeralda;  ese  espectáculo  subli- 
me visto  desde  la  llanura  árida,  silenciosa  y  muerta, 
forma  un  contraste  que  en  vano  quisiera  hoy  descri- 
bir, pero  que  sí  supe  gozar,  arrobado  de  admiración. 

Volví  á  Zacatecas  donde  me  esperaban  mis  amigos. 

Al  regresar  de  mi  delicioso  paseo  á  Jerez,  me  encon- 
tré con  que  preocupaba  los  ánimos,  encendía  las  dis- 
cusiones y  despertaba  mal  dormidos  odios,  la  actitud 
que  tomaba  el  Congreso  Constituyente,  sin  valerosa  re- 
sistencia á  las  insinuaciones  tiránicas  de  Santa-Anna, 
y  la  avidez  con  que  se  devoraba  el  Siglo  X/X,  perió- 
dico magistralmente  escrito,  de  universal  y  merecida 
reputación. 

Zacatecas  era  liberal  hasta  la  médula  de  sus  huesos; 
la  Federación  formaba  su  creencia  íntima;  D.  Fran- 
cisco García,  hombre  lleno  de  bondad,  era  su  ídolo,  y 
no  perdonaba  su  desastre  en  los  llanos  de  Guadalupe, 
obra  de  la  fuerza  brutal  y  de  la  ambición  de  Santa-Anna. 


115 

Tales  antecedentes,  unidos  á  la  suspicacia  y  tenebro- 
sas providencias  del  Gobernador  y  á  desmanes  de  otros 
jefes,  hacían  que  el  descontento  amontonara  combus- 
tible, y  que  en  México  se  viera  con  recelo  lo  que  pa- 
saba en  Zacatecas. 

La  maledicencia  ó  la  verdad  pintaban  á  cierto  ge- 
neral, que  había  metido  la  espada  á  un  oficial,  porque 
no  quiso  formar  la  guardia  á  su  querida,  querida  que 
había  quitado  al  marido,  músico  muy  popular,  á  quien 
llamaban  el  Pescadito  por  su  excesiva  gordura. 

Soto  voce  corría  el  rumor  del  arrendamiento  de  las 
casas  de  Moneda,  venta  de  las  Salinas  del  Peñón  Blan- 
co y  otros  negocios  que  se  consideraban  como  desas- 
trosos y  como  irritantes  por  los  agentes  que  en  ellos 
intervenían. 

Sea  de  esto  lo  que  fuera,  el  día  de  correo  se  espe- 
raba con  ansia  el  Siglo,  y  en  cafés  y  tiendas,  en  zagua- 
nes y  plazas,  veíase  tin  hombre  leyendo  el  periódico, 
en  medio  de  una  agrupación  de  gente,  que  se  arreba- 
taba con  los  discursos  de  Espinosa  de  los  Monteros,  de 
Pedraza,  de  Morales  y  de  D.  Luis  de  la  Rosa,  hijo  del 
Estado  y  muy  estimado  por  su  talento  clarísimo,  su 
modestia  y  sus  sentimientos  humanos  y  generosos. 

Sucedíafrecuentemente,que  entusiasmados  losoyen- 
tes  con  los  escritos  del  Siglo,  me  preguntaran  sobre  la 
vida  y  milagros;  y  yo,  sea  por  vanidad  de  hombrearme 
con  personas,  sea  porque  así  lo  sentía,  brotaba  pane- 
gíricos, y  ensalzaba  entusiasta  á  los  adalides  de  la  li- 
bertad. 


116 

Un  acto  del  Instituto  en  que  se  me  descosió  el  chi- 
rumen en  contra  de  la  dictadura  militar;  una  explica- 
ción con  el  Gobernador,  que  por  milagro  no  me  costó 
muy  caro,  y  la  espontánea  protección,  en  aquella  cir- 
cunstancia, de  personas  de  gran  suposición,  que  pusie- 
ron á  mi  disposición  favores  y  dinero. 

Alguna  de  esas  circunstancias  ó  todas  juntas,  en  me- 
nos que  canta  un  gallo,  hicieron  que  se  me  separare 
del  destino,  con  lo  cual  quedé  con  los  lauros  de  vícti- 
ma, pero  en  la  bruja  más  tremenda  y  como  acabado 
de  salir  de  la  escuela. 

Así  emprendí  mi  regreso  á  México,  favorecido  por 
los  Sres.  Cosío,  D.  Carlos  del  Hoyo  y  Fernando  Calde- 
rón, inagotable  en  bondades  para  conmigo. 

Para  dar  idea  de  la  boga  y  de  la  estimación  que  ?o- 
zaba  en  esa  época  El  Siglo  XTX,  diré  que  en  ese  viaje 
tan  dilatado  y  costoso  que  hice  con  familia,  no  gasté 
un  solo  centavo;  por  todas  partes  recibía  agasajos  y  se 
daban  por  pagados  con  conocer  á  uno  de  los  que,  aun- 
que en  escala  muy  ínfima,  formaban  parto  de  aquella 
brillante  redacción. 

Hecho  una  lástima  llegué  á  D.  Ignacio  Cumplido, 
quien  mo  asignó  quince  pesos  mensuales  por  dos  ar- 
tículos semanarios,  y  además  siete  pesos  cuatro  rea- 
les para  el  abono  del  teatro,  quedando  entendida  mi 
obligación  de  hacer  lo  más  que  se  me  ordenase. 

La  redacción  estaba  espléndida:  Pedraza,  Morales, 
Otero  y  Luis  de  la  Rosa  llevaban  la  parte  política. 
Cardoso  se  entendía,  como  él  decía,  con  los?  cuitado? 


117 

hijos  de  Apolo;  Conejo  D.  Bonifacio,  corregía  pruebas 
y  defectos  de  estilo  y  lenguaje,  así  como  citas  históri- 
cas, etc.;  D.  José  M.  Cabrera,  notable  por  su  erudición 
y  buen  juicio,  Payno  y  yo  éramos  la  parte  cantan- 
te de  esta  compañía. 

Fuera  de  la  redacción,  Cumplido,  comunicativo  y 
destrísimo  para  su  negocio,  tenía  como  consultores 
y  amigos  de  su  publicación  á  Rodríguez  Puebla,  Tor- 
nel,  D.  Luis  Cuevas,  Alamán  y  otras  personas  de  dife- 
rentes matices  políticos. 

Cumplido,  que  era  celosísimo  de  que  nadie  perdiera 
su  tiempo,  ni  se  divagase,  ni  parpadease,  tenía  á  cada 
redactor  en  su  cuarto,  aislado,  donde  un  curioso  habría 
podido  estudiar  los  caracteres  de  cada  cual. 

Pedraza  escribía  en  actitud  correctísima,  con  su  som- 
brero al  lado,  sin  más  movimiento  que  el  de  su  mano 
derecha;  á  distancia  parecía  una  estatua. 

Otero  se  ponía  como  de  bruces  sobre  el  escritorio, 
floja  la  corbata,  desabotonados  chaleco  y  pantalones, 
medio  zafadas  las  botas;  tenía  siempre  á  mano  dulces 
ó  bizcochos,  ó  quesadillas  ó  muérdagos,  porque  era 
muy  goloso. 

Gustaba  mucho  del  papel  excelente,  escribía  una  le- 
tra redonda  y  clarísima  como  grabada;  y  sus  útiles,  co- 
mo reglas,  compases,  etc.,  eran  de  todo  lujo. 

En  un  lugar  retirado  del  edificio,  especie  de  pasadi- 
zo angosto  y  desmantelado,  con  puertas  y  ventanas 
cerradas,  un  velón  ardiendo,  una  cafetera  con  la  lám- 
para en  acción,  en  angosta  mesa  de  pino,  se  distinguía 


118 

á  D.  Luis  de  la  Rosa,  con  su  tez  pálida,  sus  ojos  gran- 
des y  llenos  de  dulzura,  y  su  aspecto  de  indiferencia 
y  abandono,  vivo  contraste  con  la  firmeza  de  sus  reso- 
luciones, y  su  entereza  para  desafiar  frente  á  frente  la 
tiranía. 

Payno  vivía  con  el  Sr.  Cumplido,  y  escribía  en  las 
piezas  que  le  tenía  destinadas,  en  las  que  había  figu- 
rines de  moda,  aperos  de  jinete,  armas  y  libros,  poma- 
das y  licores,  sin  faltar,  por  supuesto,  un  gorro  de  New- 
ton, unas  despabiladeras  de  Sócrates,  un  ladrillo  de 
Pompeya  ni  un.  chivo  con  dos  cabezas  ó  una  ardilla 
con  cinco  pies. 

A  mí  me  destinó  el  Sr.  Cumplido  una  pieza  en  la 
azotea,  que  había  reservado  para  la  disecación  de  aves, 
que  hacía  con  perfección.  Tal  distinción  se  me  hizo 
por  mi  fama  de  parlanchín  y  amigo  de  perder  el  tiempo, 
y  por  la  manía  de  que  no  me  he  podido  curar,  de  ha- 
blar en  voz  alta,  gritar,  llorar,  reir  y  armar  bulla  cuan- 
do escribo;  y  esta  manía  era  á  tal  punto  notable,  que 
las  lavanderillas  que  tendían  sus  ropas  en  aquella  azo- 
tea, bajaron  un  día  despavoridas  á  participar  al  Sr. 
Cumplido  que  un  loco  se  había  metido  al  cuarto,  y  es- 
taba armando  una  algarabía  de  dos  mil  demonios. 

En  cuanto  á  mí,  la  vista  de  que  disfrutaba  era  es- 
pléndida, y  la  propia  concurrencia  de  lavanderitas  me 
solía  dar  tema  para  mis  estudios  de  musa  callejera, 
siempre  que  podía  sustraerme  á  la  vigilancia  del  Sr. 
D.  Ignacio. 

Y  hago  esta  salvedad,  porque  no  es  concebible  la 


119 

ubicuidad,  la  presencia  ó  aparición  de  Cumplido  en  to- 
das partes:  ya  podaba  sus  macetas  y  regaba  un  jardín 
precioso  que  tenía  en  la  azotea,  y  que  abastecía  M.  Tú- 
nel, que  acababa  de  instalar  el  jardín  llamado  de  San 
Francisco;  ya  se  oía  su  voz  en  las  caballerizas,  rega- 
ñando á  los  criados;  aquí  instruye  cómo  se  vacía  un 
cilindro  de  cola  y  acullá  manda  apretar  los  tornillos 
de  una  prensa;  acude  al  escritorio  á  resolver  una  du- 
da; socorre  á  una  vieja:  despide  á  un  importuno:  em- 
plaza al  sastre;  va  á  la  habitación  á  advertir  que  tiene 
convidados  á  comer. . . 

En  la  parte  intelectual  siempre  había  servidumbre, 
y  siempre  se  resentía  el  escritor  del  poco  crédito  del 
oficio  de  vivir  de  la  pluma. 

Pero  así,  como  así,  no  puede  negarse  que  para  un 
muchacho  pobre,  desconocido,  objeto  de  desprecio  en 
su  colegio,  con  porvenir  dudoso,  con  sueños  de  gloria, 
era  una  transformación  deslumbradora  la  de  ver  su  nom- 
bre en  letras  de  molde,  hombrearse  con  los  proceres, 
ser  invitado  á  banquetes  y  saraos,  fallar  sobre  hombres 
públicos,  abatir  á  un  cómico,  ensalzar  á  un  torero,  ha- 
cerse el  oráculo  de  algunos  imbéciles. 

Se  agravaba  más  esta  situación,  si  un  ministro  le 
excitaba  para  una  conferencia,  le  iniciaba  en  una  con- 
versación, le  inspiraba  un  artículo  de  circunstancias  y 
le  ofrecía  al  descuido  un  empleo  pingüe  ó  una  curuL 
Entonces  el  muchacho  dejaba  los  libros  para  char- 
lar de  todo;  no  acudía  á  un  consejero,  sino  á  un  sastre; 
daba  de  mano  á  la  dulcinea  de  la  casa  de  vecindad. 


120 

estrechaba  sus  vínculos  con  literatos  de  la  primera  ti- 
jera, se  hacía  libre  pensador,  dejando  á  sus  padres  y  á 
los  viejos  de  su  casa  con  un  palmo  de  nariz,  y  confia- 
ba su  porvenir  á  su  genio  y  á  su  vocación  de  salvar  á  la 
patria. 

Por  su  parte,  el  editor  no  podía  hacer  más  que  pre- 
sentar un  cuadro  de  actores  hábiles  que  le  dieran  honra 
y  provecho;  pero  como  este  provecho  estaba  en  razón 
directa  de  los  subscriptores....  la  prensa  indepen- 
diente ....  tenía  de  ocultis  la  mano  á  folletos  y  hojas 
sueltas.  . . .  Memorias  y  gajes. . . .  relacionados  con 
independencia,  y  que  no  olían  siquiera  aquellos  exci- 
tados hijos  de  Apolo  que  pastoreaba  Cardoso. 

Voy  ahora  á  recordar  cómo  conocí  y  traté  á  los  Sres. 
Pedraza,  Otero  y  D.  Luis  de  la  Rosa,  puesto  que  del  Sr. 
Morales,  ó  sea  el  Gallo  Pitagórico,  *ya  me  he  ocupado 
con  bastante  extensión. 

El  aura  vagabunda  había  llevado  á  mis  oídos  noti- 
cias ó  consejas  del  Sr.  Pedraza,  como  de  otros  hombres 
notables.  Los  que  se  preciaban  de  conocerle,  le  hacían 
descender  de  una  gran  señora,  y  que  desde  su  naci- 
miento novelesco  en  la  frontera  estaba  rodeado  de 
misterios.  Decíase  que  un  fraile  le  había  sacado  en  su 
manguilio  de  la  alcoba  materna,  y  que  pasó  en  Queré- 
taro  los  primeros  años  de  su  infancia. 

Niño  distinguido,  emparentado  con  la  familia  del  pa- 
dre Zelaa  y  de  Don  Sabás  Domínguez,  de  gentil  presen- 
cia y  talento  clarísimo,  fué  dedicado  á  la  carrera  de 
las  letras. 


121 

El  jovencito  era  audaz,  amante  de  aventuras  y  corre- 
rías peligrosas.  Se  cuenta,  que  por  gusto,  se  subía  á  la 
elevadísima. arquería  de  Querétaro  y  corría,  espantan- 
do á  la  gente,  por  las  orillas  del  acueducto,  dejando 
flotar  al  viento  su  rubia  cabellera. 

Era  diestrísimo  jinete;  aun  anciano  montaba  sober- 
bios caballos  que  sabía  cuidar  y  curar  como  el  más 
inteligente  albéitar. 

La  guerra  de  Insurrección  le  hizo  tomar  las  armas, 
y  en  el  Sur  hizo  sus  más  importantes  campañas,  ad- 
quiriendo gran  reputación  de  valiente  y  cumplido  en 
el  servicio  militar. 

Concurrió  el  Sr.  Pedraza  á  la  prisión  del  gran  Mo- 
relos,  á  quien  tuvo  ocasión  de  admirar,  y  fué  dueño  de 
los  impresos  que  encontraron  en  su  equipaje  y  se  ti- 
raron por  inútiles. 

Pedraza  revisó  aquellos  papeles  con  indeferencia; 
después  leyó,  volvió  á  leer;  compró  libros  y  estudió, 
y  helo  ahí  convertido  á  las  ideas  liberales,  y  entregado 
á  ilustrar  su  espíritu  con  cuanto  le  parecía  digno  de 
ilustrarlo  de  una  manera  concienzuda  y  profunda. 

Sin  que  el  Sr.  Pedraza  lo  esperase  ni  supiese  por  qué 
casualidad,  cayeron  en  sus  manos  los  dos  tomos  de  la 
Fisiología  d'Alibert,  y  aprendió  de  memoria  la  histo- 
ria del  pobre  Pedro,  que  aun  en  su  vejez  recitaba  con 
exaltación. 

Al  hacerse  la  Independencia,  se  adhirió  con  vehe- 
mencia á  Iturbide,  y  fué  de  sus  últimos  y  más  ardien- 
tes partidarios. 


122 

Antes  y  después  de  este  tiempo  publicó  una  serie 
de  panfletos  sobre  materias  políticas  que  le  dieron  á 
conocer  muy  ventajosamente  como  escritor,  y  por  los 
cuales  sus  enemigos  le  llamaron  el  Dr.  Panfleto. 

Pedraza  conservó  siempre  amor  profundísimo  á  Itur- 
bide,  y  á  mí  me  lo  describió  como  personaje  épico  y 
sobrenatural,  cuando  una  noche  de  luna,  en  la  esqui- 
na del  convento  de  San  Agustín,  que  da  á  la  entrada 
principal  de  la  Iglesia,  le  comunicó  su  resolución  de 
proclamar  el  plan,  que  después  se  llamó  de  Iguala. 

Yo  conocía  de  vista  al  Sr.  Pedraza,  y  me  llamaba  la 
atención  su  aseo  esmeradísimo,  sus  ojos  azules,  su  na- 
riz correcta,  su  bocarecogida  y  graciosa,  su  patilla  cer- 
cana al  labio  y  su  cabeza  ligeramente  ladeada.  Cuando 
la  erguía  se  le  veía  con  hilos  de  canas  que  semejaban 
á  las  corrientes  de  humo  de  un  volcán  al  extinguirse. 

Repito  que  no  tenía  la  honra  de  conocer  al  Sr.  Pe- 
draza. 

Cuando  volví  de  Zacatecas,  y  me  amparó  el  Siglo, 
publiqué  algunos  versos  y  artículos  con  mi  nombre. 

Una  mañana  entró  en  mi  casa  (Corpus  Christi  nú- 
mero 2)  un  señor  á  caballo:  ordené  á  un  criado  tuvie- 
se el  animal;  quitóse  el  caballero  su  sombrero  de  ji- 
pijapa y  me  dijo:  Sr.  D.  Guillermo,  aquí  traigo  á  Cd. 

este  medio  de  oro,  de  gala  de  su  verso Estudie 

lid.  mucho  y  observe  más. 

Ofrecí  asiento  al  caballero,  sacó  un  purito  delgado, 
lo  encendió  y  me  dijo:  No  hay  duda,  la  poesía,  la  ver- 
dadera poesía,  es  luz  del  alma ...  Yo  jamás  he  podida 


123 

hacer  un  verso. . .  ni  lo  he  intentado. . . .  porque  me 
conozco . . .  entonces  me  habló  de  sus  estudios  sobre 
elocuencia,  con  tal  entonación,  con  tal  grandeza,  que 
aunque  recordaba  algo  de  Cicerón,  de  Mirabeau  y  otros, 
me  parecía  como  descoloridos  comparados  con  la  vi- 
da, la  energía  y  la  sublimidad  que  les  comunicaba  el 
gesto  y  la  voz  de  aquel  hombre. 
Llenoderespetoyadmiración,le  pregunté  sunombre. 
— Manuel  Gómez  Pedraza,  me  contestó  con  la  ma- 
yor sencillez. 

Desde  ese  día  no  dejé  de  frecuentar  al  Sr.  Pedraza, 
ni  de  recibir  constantes  testimonios  de  su  fraternal  ca- 
riño y  honrosa  amistad. 

Én  épocas  de  su  retraimiento  se  inventaban  rarezas 
de  su  carácter  que  yo  no  puedo  acreditar.    • 

Decíase  que  era  tan  severo  en  sus  mandatos,  que, 
habiendo  ordenado  á  un  criado,  que  cuanto  encontra- 
se sobre  su  cama  lo  diese  á  la  lavandera,  y  habiendo 
dejado  el  Sr.  Pedraza  su  carricle,  capa  valiosísima,  el 
criado  lo  dio  á  lavar,  y  cuando  volvió  la  cara  el  dueño, 
lo  halló  hecho  una  hojarasca. 

Preguntando  qué  era  aquello,  se  le  contestó  que  el 
criado  había  cumplido  sus  órdenes,  con  cuya  explica- 
ción no  sólo  quedó  contento  sino  que  gratificó  al  do- 
méstico. 

Contábase  también,  acerca  de  sus  distracciones,  que 
se  le  olvidó  el  día  que  estaba  comprometido  á  casarse 
y  que  se  le  anduvo  buscando  para  que  se  verificase  la 
boda. 


124 

Próbido  hasta  la  exageración,  se  expidió  su  licencia 
absoluta  como  general  de  División  que  era,  porque,  co- 
mo decía  muy  sinceramente,  no  tenía  ni  los  estudios, 
ni  las  aptitudes  para  ser  un  buen  general. 

Admirador  entusiasta  del  mérito  ajeno,  ensalzaba 
aun  á  sus  enemigos,  encareciendo  sus  talentos,  sus  vir- 
tudes y  su  valor,  sin  dar  lugar  jamás  á  que  se  sospe- 
chase que  le  mordía  la  víbora  rastrera  de  la  envidia. 

Su  trato  íntimo  era  de  una  modestia  y  sencillez  ado- 
rables. Se  levantaba  al  amanecer,  montaba  á  caballo 
y  paseaba  por  los  alrededores  de  la  Capital.  Volvía  á 
desayunarse  á  su  casa,  donde  le  esperaba  su  señora,  á 
quien  dispensaba  siempre  las  atenciones  más  delica- 
das y  respetuosas  y  á  quien  amaba  tiernamente.  Poco 
antes  de  morir,  le  dijo  en  un  arrebato  de  dolor:  ;Ah, 
señora,  quién  fuera  eterno,  para  amar  á  Ud.  eterna- 
mente! 

Con  la  señora,  esperaban  al  Sr.  Pedraza  del  regreso 
del  paseo,  sus  amigos  íntimos  D.  Manuel  Terreros,  hi- 
jo del  Conde  de  Regla,  liberal  sin  mancha,  y  de  una 
generosidad  sin  límites;  D.  Lucas  Balderas,  ilustre  y 
héroe  esclarecido  después  del  Molino  del  Rey;*D.  Ma- 
nuel Madariaga,  escribano,  buen  jinete  y  de  populari- 
dad inmensa  con  la  plebe,  á  la  que  socorría,  defendía 
y  amparaba  en  sus  tribulaciones,  desafiando  á  la  ma- 
ledicencia y  convirtiendo  su  prestigio  en  favor  de  sus 
principios  liberales. 

Por  último,  solía  concurrir  y  amenizar  la  tertulia 
matinal  el  Sr.  Lie.  Riva  Palacio  D.  Mariano,  casado 


125 

con  una  hija  del  heroico  general  Guerrero  y  hombre 
de  suma  importancia  en  los  cuerpos  parlamentarios. 

Era  el  Sr.  D.  Marianito  bajo  de  cuerpo  y  enjuto  de 
carnes,  con  un  rostro  encallejonado  que  podía  caber 
en  una  cartera,  frente  regular  y  bien  hecha,  ojos  ne- 
gros, llenos  de  viveza  y  penetración,  los  dientes  largos, 
pisando  el  labio  inferior. 

Aquel  hombrecito,  sin  importancia  á  primera  vista, 
que  ni  adulaba  á  los  proceres,  ni  hacía  ostentación  de 
saber,  aquel  diputado  mudo  que  vagaba  como  al  aca- 
so de  uno  en  otro  corrillo,  era  la  personificación  del 
buen  sentido,  el  hombre  de  más  mundo  y  de  más  abun- 
dantes recursos  en  el  consejo,  el  más  sutil  y  flexible 
para  resolver  dificultades,  el  más  dulce  y  accesible  de 
los  hombres  públicos. 

Sus  enemigos  le  llamaban  Emilio  el  pastelero,  alu- 
sión á  un  pastelero  francés,  por  la  habilidad  de  sus 
combinaciones. 

Irreprensible  en  su  conducta,  formal  en  sus  tratos, 
justiciero  y  próbido  en  el  Gobierno,  Riva  Palacio  era, 
sin  duda  alguna,  uno  de  los  miembros  más  importan- 
tes del  partido  moderado,  que  reconocía  á  Pedraza  co- 
mo jefe. 

D.  Marianito,  en  el  trato  íntimo,  era  adorable,  su 
conversación  estaba  siempre  rebosando  en  chistes,  en 
observaciones  y  anécdotas  que  eran  tesoros  de  ingenio, 
de  travesura  y  alegría. 

Tal  era  la  tertulia  matinal  del  Sr.  Pedraza,  que  se 
sentaba  alrededor  de  su  mesa,  mientras  tomaba  su 


126 

chocolate  y  convidaba  de  él  á  un  periquito  que  vaca- 
ba sobre  el  mantel,  asaltaba  su  plato  y  le  pedía  sopa, 
encantándose  el  procer  con  el  animalito. 

En  la  tertulia  se  promovían  conversaciones  intere- 
santísimas, y  como  en  lo  más  acalorado  de  una  discu- 
sión si  se  demostraba  al  Sr.  Pedraza  que  no  tenía  razón, 
gritaba:  me  apeo  de  mi  burro;  aquel  ejemplo  se  seguía 
sin  que  el  amor  propio  atropellase  los  fueros  del  juicio 
y  la  razón.  Tal  cualidad  del  Sr.  Pedraza  en  el  grado 
eminente  que  él  la  poseía,  no  la  he  conocido  en  ningún 
otro  de  los  hombres  públicos  con  quienes  lie  tratado. 

Yo  acompañaba  á  caballo  constantemente  al  Sr.  Pe- 
draza: el  rumbo  que  seguía  con  más  frecuencia  era  el 
de  San  Cosme,  San  Antonio  de  las  Huertas,  San  Jua- 
nico,  Tacuba  ó  Azcapotzalco.  En  esos  paseos  inolvida- 
bles para  mí,  tuve  ocasiones  mil  de  admirar  el  doa  es- 
pecial con  que  dotó  la  providencia  á  aquel  hombre  en 
su  cualidad  do  conversador  y  narrador  inimitable. 

Frescura,  colorido,  ternura,  gracia,  oportunidad,  to- 
do bordaba  y  matizaba  sus  relaciones,  haciéndolas  se- 
ductoras y  deliciosas. 

Y  á  tal  punto  era  este  don,  que  al  parecer  el  Sr.  Pe- 
draza ignoraba  que  en  los  puntos  que  tenía  costumbre 
descansar  para  saludar  á  sus  amigos  y  fumar  un  purito 
delgado  á  excusas  de  Pedraza,  se  reunían  curiosos  y 
esperaban  á  que  hablase.  Muchas  veces  no  estaba  de 
humor  de  hacerlo,  y  el  auditorio  se  dispersaba  descon- 
solado; pero  cuando  estaba  de  vena,  hombres,  chicos 
y  señoritas  rodeaban  su  caballo. 


127 

Más  de  diez  veces  refirió  en  mi  presencia  una  anéc- 
dota que  había  leído  en  un  periódico  y  era  poco  más  ó 
menos  lo  siguiente: 

Vn  honrado  artesano  inglés  tenía  una  hijita,  linda 
como  la  aurora,  que  era  su  encanto,  el  objeto  de  sus 
aspiraciones,  premio  de  sus  afanes,  su  cielo  y  el  alma 
de  su  vida.  Uno  de  los  oficiales  de  su  taller,  disimu- 
lado y  traidor,  se  hizo  de  confianza  en  la  casa  y  el  día 
menos  pensado  desapareció  con  la  niña. 

El  artesano  buscó,  indagó,  sacrificó  su  fortuna,  fa- 
tigó los  aires  con  sus  quejas,  derramó  sus  lágrimas  y 
estampó  sus  huellas  por  todas  partes. 

Enloquecido  de  dolor,  convertido  en  mendigo  y  em- 
pujado siempre  por  su  sentimiento  de  amor  y  vengan- 
za, pedía  limosna  por  calles  y  plazas,  durmiendo  al 
aire  libre  y  en  el  último  extremo  de  flaqueza  y  enfer- 
medad. 

Cediendo  á  su  esclavitud  de  vagabundo,  penetró  una 
tarde  en  un  corral  de  maromas,  y  entre  el  tumulto  de 
la  concurrencia,  los  vivas,  gritos,  palmadas  y  músicas, 
vio  en  alto  á  su  hija,  provocativa,  disoluta,  envilecida, 
desafiando  el  escarnio,  derramando  abyección  y  vile- 
za. .  .  .Abajo,  insolente,  obsceno,  estaba  vestido  de  pa- 
yaso el  raptor. 

Ver  el  viejo  el  cuadro,  apartar  la  gente,  derribar  á 

la  mujer  y  al  monstruo  y  hundir  cien  veces  el  puñal 

-en  sus  cuerpos,  hubiera  podido  verse  en  un  parpadear. 

El  reo  fué  conducido  ante  el  jurado  y  allí  habló. 

Aquí  el  Sr.  Pedraza,  inventaba  siempre  una  defensa 


128 

diferente,  tan  patética,  tan  buena,  tan  superior  á  lo  que 
yo  pudiera  dar  á  entender,  que  cada  vez  me  sorprendía 
más  y  nunca  dejé  de  derramar  lágrimas  al  escucharlo. 

Lo  mismo  me  pasaba  cuando  le  acompañaba  al  tem- 
plo, que  era  por  lo  regular  San  Cosme. 

Dejábamos  los  caballos  á  la  puerta  y  penetrábamos 
á  Id  más  solitario  y  sombrío.  Allí  se  arrodillaba  y  co- 
menzaba su  oración  de  esta  manera: 

«Señor:  yo  te  adoro  y  me  prosterno  ante  tí,  venzo  á 
rendirte  el  homenaje  que  la  criatura  debe  á  su  Cria- 
dor,» y  continuaba  tan  elocuente  y  sublime,  que  mu- 
chas veces  besé  sus  manos  como  si  reconociera  á  un 
sacerdote  del  Altísimo. 

Forzoso  es  que  cambie  mi  decoración,  porque  no 
acabamos  nunca,  si  diera  suelta  á  mis  recuerdos  del 
Sr.  Pedraza.  Tengo  conciencia  de  que  me  amó  con  ter- 
nura; pero  yo  siempre  le  amé  más. 


III 


Presentación  de  Otero  en  la  casa  de  Pedraza. —  Otero,  ragos 
biográficos. — Otero  y  TorneL— Gran  discurso  de  Otero.  Su  vi- 
da intima. — D.  Luis  de  la  Rosa. — Sr.  Trigueros,  rasgos  biogra- 
fíeos; su  vida  pública;  vida  intima.  —  Bravo  y  Canalizo. — 
Substituye  á  Santa-Anna  —  El  Siglo  XIX.»—  Santa-Arma  y  «El 
Gallo  Pitagórico.»— Aduladores. —  Schialino,  rasgos  biográfi- 
cos.— Anécdotas  del  ejército  del  Norte.— Badillo. — José  Justo 
Alvarez. — Agustín  del  Río. — Alejo  Barreiro. — Fernando  Urriza. 
— Ribeau.  —  Ángel  Lascurain.  —  Miñón.  — Maulía. — Correa. — 
Anécdota  de  Lascurain.— Corle  de  Santa-Anna.— Sra.  Vallejo. 
— Pascua  del  Espíritu  Santo.— San  Agustín  de  las  Cuevas,  des- 
cripción.— Manuel  Rodríguez. — Royuela. — Urrutia. — Santa-An- 
na.— Albures  y  Gallos.— Censuras. — Las  cámaras. — Demolición 
del  Parían. — Descripción  del  Parían.— Varios  comerciantes. — 
Los  chatos  Flores.— Rico.— Comerciantes  del  Parían.— Vida  y 
costumbres  de  los  dependientes.— El  Portal  de  Mercaderes. — 
Portal  de  las  Flores.— Vendimias.— D.  José  Hidalgo.— El  6  de 
Diciembre.  —Vísperas.— Orgía  palaciega.— Bases  orgánicas.— 
El  29  de  Noviembre.— Alas  y  Llaca.— Pedraza.-  Llaca.— Alas. 
— D.  Luis  de  la  Rosa. — Llaca,  rasgos  biográficos.—  Alas,  ras- 
gos biográficos.— D.  Pedro  García  Conde. — D.  J.  Joaquín  de  He- 
rrera.— Pronunciamiento  del  6  de  Diciembre;  descripción. — Nue- 
vo Gobierno. — D.  Luis  Cuevas. — Riva  Palacio. — Echeverría. — 
García  Conde,  Ministro.— Callejón  de  la  Olla.—  Folletistas.— Do- 


130 


mingo  Revilla. — Juan  N.  Navarro. — Alcaraz. — Ramírez  (a)  el 
Nigromante.— Banuet— Iturbe. — J.  J.  Baz.— Eulalio  Ortega.- 
Papeleros.— Azotes  á  Revilla.— Episodio  de  Haro  y  Pedraza- 
I).  Joaquín  Herrera. —  Peña  y  Pena,  rasgos  biográficos. -I). 
Bernardo  Couto. — Fernández  del  Castillo. — Pronunciamiento  de 
Salas. — Paredes,  rasgos  biográficos. — Lafrngua.— Raegos  bio- 
gráficos.— Domingo  Ibarra.— Comonfort. —  Cardo  so. — Otero- 
Paredes,  personal  y  familia. — Yo.—  «El  Tiempo.» — Redacción. 
— Bermúdez  de  Castro. — Tertulia  de  militares. — Valiente  rasgo 
de  García  Torres. — «El  Monitor.»  — Su  redacción. — Juan  Nava- 
rro.—Alcaraz. — Torrescano.—  Revilla. — Destierro  de  García  To- 
rres.— «Don  Simplicio.»— Vicente  Segura  Arguelles.—  Nigro- 
mante.— Payno. — Prieto. — Rasgos  biográficos  de  V.  Segnra.- 
Mi  aventura  con  Paredes. — Otra  vez  Santa-Anna. — Sierra  y 
Rosso. — Mujeres  hermosas. — Virginia  Gourgnés,  modista.— J. 
Rincón  Gallardo. — Paseo  de  la  Reforma. — Descripción  de  Mé- 
xico.— Pronunciamiento  do  la  Ciud adela,  de  Salas. — Palo  Alto  y 
lo  Resaca. — Juan  José  Baz. — Secretario? de  Baz. — Iglesias? yo. 
— Olaguíbel. — Basadre,  rasgos  biográficos. — Los  motines.— Bor- 
da. — La  Un  i  versidad.  — Próspero  Pérez. — Gua  rdias  nacionales.  - 
Victoria. — Hidalgo. — Independencia. — Mina. — Junta  de  mode- 
rados.- Santa-Anna. — San  Luis. — Los  Polkos. —  El  obispo  bi- 
za rri.— Peña  y  Barragán. — Monterrey.— Americanos. — D.Pedro 
Anaya. — Martínez  de  Castro. — Cerro  Gordo. — Redacción  de  --« 
Monitor.» — El  9  de  Agosto. — Guerrilla  de  pluma. — Texcoco.— 
El  General  Valencia —Campamento  en  Texcoco.—  Salas.— Al- 
varez. — Valencia. — El  Padre  Cortázar.— Vista  retrospectiva  al 
Peñón. — Gran  misa  en  el  cerro. — Santa-Anna. — Hacienda  de  S. 
Antonio. — Vísperas  de  Padierna. 


Se  alza  el  telón. 
1     La  escena  representa  un  amplio  y  bien  amueblado 
salón,  contiguo  á  una  antesala  de  cristales. 


131 

Frente  á  la  entrada  del  salón,  una  gran  chimenea 
encendida,  y  á  su  alrededor  tres  sillas.  Son  las  5  de  la 
tarde,  y  es  una  tarde  do  Noviembre,  para  poner  en 
vergüenza  al  cielo,  según  lo  destemplada  y  lluviosa. 
Una  de  las  tres  sillas  acabadas  de  mencionar,  la 
ocupaba  el  Sr.  Pedraza  leyendo,  la  otra  la  señora  ocu- 
pada en  un  tejido  de  gancho,  y  la  otra  yo,  que  me  po- 
nía en  pie  para  atizar  la  chimenea. 

— Me  parece  que  oigo  ruido  en  la  antesala,  dijo  la 
señora. 

D.  Manuel. — Es  algún  muchacho  que  se  divierte  to- 
cando el  tambor  en  los  vidrios. 

Yo,  levantándome,  yendo  á  la  antesala  y  volvien- 
do.— Es  un  hombrazo  que  llega  bien  mojado  y  que  di- 
ce desea  ver  á  Ud. 
— Pase,  gritó  el  Sr.  D.  Manuel. 
Y  apareció  un  hombre,  alto,  grueso,  desgarbado  y 
encogido,  con  un  amplio  barragán  azul  forrado  de  ba- 
Ueta  encarnada,  unos  pantalones  de  cotona  blanca  an- 
chísimos, que  se  inflaban  como  una  mongolfiera,  y  un 
levitón  color  de  ladrillo,  bajo  el  barragán. 

La  fisonomía  de  aquel  personaje,  era  lo  más  dulce 
y  simpática  que  pudiera  imaginarse,  con  su  cabello  la- 
cio y  descuidado,  su  patilla  de  columpio,  su  boca  fresca 
y  expresiva,  y  sus  ojos  garzos,  brillantes  de  inteligen- 
cia y  bondad. 

— Yo  soy  Mariano  Otero,  dijo  el  desconocido,  tendien- 
do la  mano  con  cortedad  y  respeto  á  Pedraza. 

Este  dejó  el  libro  y  abrazó  con  entusiasmo  al  des- 


132 

conocido.  La  señora  se  puso  de  pie  y  le  abrazó  también, 
yo  fui  por  una  silla  para  el  nuevo  actor,  al  volver  con 
ella,  le  dijo  Pedraza,  presentándome:  nuestro  Guillermo 
Prieto. 

Otero  dejó  su  sombrero  en  el  suelo  y  me  abrazó  al- 
zándome como  una  pluma. 

Sr. Pedraza.— ¿Pero  D.Mariano,  no  escribí  á  Ud.que 
se  viniera  á  casa  y  aquí  se  le  asistiría? 

— Sí  señor,  dijo  la  señora,  porque  somos  sus  admi- 
radores, porque  su  discurso  de  16  de  Septiembre  nos 
encantó,  y  D.  Manuel  lo  leyó  aquí  á  sus  amigos  llenan- 
do á  Ud.  de  elogios. 

Otero  no  hallaba  qué  hacer,  ni  dónde  poner  los  ojos 
con  aquellas  descargas  de  alabanzas,  hasta  que  volvió 
su  brazo  y  ocultó  en  él  su  semblante  como  cualquier 
labriego. 

— Ud.  ha  escrito  algunos  artículos  literarios. 

— Pocos  señora,  muy  pocos,  mi  pasión  fué  por  las  ma- 
temáticas, pero  antes  de  recibirme  me  dio  unos  traba- 
jos el  Sr.  Escanden,  y  mi  anhelo  fué  recibirme  de  agri- 
mensor. 

Sr.  Pedraza. — Celebro  el  cambio,  ¿y  á  qué  se  debió? 

Otero. — A  que  mi  maestro  el  Sr.  D.  Crispiniano  del 
Castillo,  me  llevó  á  su  estudio,  me  dio  libros  y  me 
alentó  en  mis  horas  de  desfallecimiento  y  pobreza. 

La  señora. — De  esa  época  son  sin  duda  los  artículos 
literarios  de  Ud. 

—  Es  cierto;  una  compañía  de  cómicos,  entre  lo? 
cuales  había  algún  amigo,  me  forzaron  á  que  hiciera 


133 

anuncios  y  juicios  críticos  de  sus  representaciones,  me 
pagaban  y  yo  escribía  mil  desatinos;  pero  que  les  te- 
nían cuenta. . .  .y  entonces  empezaron  á  hablar  de  mí. 
— Bueno  está  todo  eso;  pero  ¿por  qué  no  se  viene  á 
mi  casa? 

— Porque  no  vine  sólo,  sino  con  toda  mi  familia.  Por 
ahora  vivo  en  la  Estampa  de  Jesús  María,  en  una  de 
esas  casitas  incomodísimas  de  plato  y  taza,  con  una  es- 
calenta de  caracol  que  comunica  lo  de  abajo  con  lo  de 
arriba  y  por  la  que  paso  con  trabajo. . . .  Pero  ya  me 
vio  mi  paisano  el  Sr.  Cumplido  y  me  ha  proporcionado 
en  la  calle  del  Hospital  Real  núm.  6  una  vivienda  ex- 
terior, que  gana  poca  renta  y  ofrece  mayores  comodi- 
dades. 

Después  de  un  rato  en  que  se  hablaron  generalida- 
des, se  despidió  Otero. . . .  y  dijo  D.  Manuel  con  sin- 
cero entusiasmo Este  pájaro  canta  en  la  mano. 

Este  es  un  hombre  de  mucho  provecho. 

Instalado  Otero  en  la  calle  del  Hospital  Real  y  re- 
dactando el  Siglo,  su  diversión  favorita  era  el  teatro, 
y  concurría  á  Nuevo  México,  donde  Pineda  y  Obregón, 
Concha  López,  la  Peí  ufo  y  la  Cañete  daban  la  ley. 

Pineda  montaba  la  escena  con  esplendor;  en  el  Tro- 
vador lucía  una  armadura  de  plata  que  deslumhraba. 
Otero  se  aficionó  de  un  modo  irresistible  á  la  mane- 
ra viciosa  de  declamar  de  la  Pelufo,  y  la  imitaba,  sin 
quererlo,  en  la  conversación  y  en  la  tribuna. 

El  dejo  de  la  voz  de  Otero  era  dulce  y  sonoro,  con 
ese  acento  tapatío  metódico  y  como  descuidado  que 


J31 

mucho  halaga;  pero  unido  á  la  declamación  de  la  Pe- 
lufo,  lo  hacía  c&si  extravagante.  De  ahí  tomaron  píelos 
estudiantuelos  cócoras  para  ridiculizar  á  Otero,  quien 
reía  de  sus  burlas  y  correspondía  chancista  y  alegre, 
como  colegial  aguerrido. 

'Entretanto  las  discusiones  en  el  Congreso  constitu- 
yente de  42,  arrebataban  la  atención;  el  país  podía  con- 
templar con  orgullo  á  sus  hombres  eminentes  y  á  la 
tiranía  militar  en  su  deformidad  brutal  y  repugnante. 

En  efecto,  no  es  para  pintar  á  vuela  pluma  aquel  ra- 
zonar, aquel  exponer  y  aquella  elocuencia  fácil  y  na- 
tural de  D.  Juan  José  Espinosa  de  los  Monteros,  de  hu- 
mildísimo aspecto,  con  su  capita  azul  y  sus  zapatos 
tapetados,  y  en  la  tribuna,  gigante,  irresistible,  contun- 
dente. 

Aquel  Pedraza,  Júpiter  Tonante  de  la  tribuna,  arran- 
cando sus  lauros  á  la  victoria  entre  truenos  y  relám- 
pagos 

Se  trataba  de  la  federación;  Tornel  había  quedado 
dueño  del  campo,  con  su  figura  arrogante,  sus  movi- 
mientos trágicos,  sus  imágenes  hiperbólicas  y  retum- 
bantes    «Cavaremos  un  abismo,  decía,  en  el  que 

primero  se  llegará  á  la  eternidad  que  al  fondo.»  Tor- 
nel, órgano  del  Gobierno,  combatía  la  federación;  Pe- 
drnza,  Otero  y  Muñoz  Ledo,  eran  sus  más  ardientes 
defensores. 

Habló  Tornel,  como  dijimos,  y  mientras  duraban 
aplausos  y  felicitaciones,  nosotros  azuzábamos  á  Otero 
para  que  contestase. ... 


135 

— Anda  Peluíito. . . .  verás  qué  pita  recibes. 
—Dejen,  dejen,  voy  á  darle  una  cuereada,  decía 
Otero. 

— Pido  la  palabra.  Púsose  en  la  tribuna  y  comeiizó 
con  aquella  declamación  conocida. 
La  gente  reía  con  desprecio. 

De  pronto  se  irguió,  se  abrochó  la  levita y  se 

inclinó  á  nosotros,  diciendo:  ya  lo  verán. 

Su  discurso  fué  como  el  desplegarse,  tenues  primero; 
después,  poderosas;  al  último,  sublimes  las  ráfagas  de 
una  aurora  boreal  que  inunda  en  oro  y  púrpura  el  ho- 
rizonte . . .  .aquella  voz  como  corriente  cristalina  mur- 
muraba, se  precipitaba  ó  rugía  como  torrente,  como 
luz  rielaba  en  una  superficie  de  diamantes  ó  tendía 
sobre  la  nube  negra  los  colores  del  iris  el  horizonte, 
desaparecía  entre  los  esplendores  divinos  de  su  espí- 
ritu. 

La  galería  se  convirtió  en  una  reunión  de  estatuas. 
Los  diputados  abandonaban  sin  hacer  ruido  sus  asien- 
tos y  venían  á  rodear  al  orador  suspensos  de  sus  labios. 
Aquellas  palabras  dejaban  al  pasar  algo  de  lumino- 
so y  perfumado;  parecía  que  anonadada  la  carne,  asis- 
tíamos á  un  gran  festín  de  inteligencias . . . 

Así,  en  aquella  absorción,  en  aquel  éxtasis,  en  aque- 
lla aparición  de  un  mago  que  nos  subyugó,  duramos 
tres  horas,  sin  un  momento  de  respiro,  sin  una  señal 
de  impaciencia. . . .  Terminó  el  discurso  como  desem- 
boca al  mar  un  rio  caudaloso  rebosando  vida,  y  termi- 
nando como  quien  triunfa. 


136 

Al  descender  de  la  tribuna,  cayó  en  nuestros  brazos, 
y  él  reía  y  jugaba  y  no  tenía  conciencia  de  que  había 
ganado  un  renombre  inmortal. 

De  allí  le  llevamos  á  retratar,  y  él  con  mucha  ino- 
cencia decía ....  no  me  pongan  muy  feo .... 

La  casa  de  Otero  era  la  casa  de  sus  amigos.  Se  com- 
placía en  servirlos  y  agasajarlos,  y  mostraba  satisfac- 
ción íntima  cuando  usaban  en  ella  de  la  mayor  con- 
fianza. 

Su  señora  l)a  Andrea  Arce  secundaba  admirable- 
mente á  su  esposo,  previniendo  sus  deseos  y  consa- 
grándose á  su  cuidado. 

Era  Otero  muy  goloso;  por  los  guisos  de  su  tierra  te- 
nía pasión,  y  eran  motivo  de  festejo  el  garbancillo,  el 
mole  de  pepita,  los  pescados  de  Chápala,  etc. 

La  mesa  de  Otero  era  una  insurrección  de  alegría,  y 
cuando  venía  de  la  calle,  le  seguía  una  escolta  de  dul- 
ceros, fruteros,  pasteleros  y  cuanto  encontraba  al  paso- 

Sus  amigos  más  íntimos  eran:  el  Sr.  Pedraza,  Maria- 
no Yáfiez,  notable  por  su  saber  y  su  lucidez  de  percep- 
ción; Cardoso  D.  Joaquín,  sabio  profundo  y  manantial 
de  gracias;  Comonfort,  juguetón,  servicial  y  condes- 
cendente;  Cosme  Torres,  alianza  de  candor  y  sabidu- 
ría agradabilísima;  Payno,  escurridero  original,  admi- 
rable para  los  juegos  de  prestidigitación,  con  sus  as- 
piraciones de  cocinero,  con  sus  leyendas  de  la  frontera 
que  rehacía  á  su  capricho,  con  Guillermo  Valle,  de  fe- 
cunda inventiva  y  tan  diestro,  que  él  mismo  creía  en 
sus  mentiras  corno  si  fueran  sucesos  ciertos. 


137 

Y  tal  reunión  que  fué  influyente  como  ninguna  otra 
en  los  asuntos  políticos  de  la  época,  en  un  momento 
dado,  se  volvía  una  reunión  de  colegiales  guerristas  que 
salían  al  campo  á  hacer  guerra  de  manzanas,  jugar  á 
la  pelota  ó  á  los  bolos,  ó  comer  tamales  en  un  llano 
del  modo  más  campestre  del  mundo. 


Espiemos  ahora,  como  de  paso,  y  como  quien  dice» 
por  el  agujero  de  la  llave,  al  dulcísimo  Luis  de  la  Ro- 
sa, que  ni  se  apercibe  de  que  lo  queremos  retratar: 
tan  absorto  así  está  en  esos  ensueños  poéticos  que  for- 
maron el  urdimbre  de  su  vida  entera. 

D.  Luis  de  Ja  Rosa  nació  en  Pinos,  del  Estado  de 
Zacatecas;  hizo  sus  estudios  brillantes  en  Guadalajara, 
donde  se  distinguió  en  el  partido  liberal  exaltado,  re- 
dactando, con  otros,  la  Estrella  Polar,  y  publicando  es- 
critos que  llamaron  sobre  él  la  atención  pública. 

Pero  á  estas  agitaciones  de  la  vida  pública  se  entre- 
gaba por  convicción  y  como  obligado  por  las  circuns- 
tancias, su  gran  pasión  era  por  la  historia  natural;  co- 
nocía profundamente  la  botánica;  se  deleitaba  con  la 
ornitología,  y  hacía  costosas  expediciones  para  hacer 
una  averiguación  geológica. 

Bajo  aquel  aire  modesto  y  aquellas  costumbres  apa- 
cibles, sus  pasiones  políticas  eran  vehementísimas, 
aunque  repetía  constantemente  que  era  necesario  ser 
manso  como  la  paloma  y  cauto  como  la  serpiente. 

La  intervención  que  tuvo  en  la  testamentaría  de  un 


138 

sacerdote  que  dejó  una  gran  biblioteca  de  libros  mís- 
ticos y  una  excesiva  imposición  para  misas  y  las  áni- 
mas, hicieron  que  D.  Luis  abriera  un  remate  de  bre- 
viarios, misales  y  santos  padres  en  cambio  de  misas  y 
preces,  con  lo  que  la  testamentaría  se  salvó,  y  los  he- 
rederos tuvieron  pingües  ganancias.  También  mandó 
decir  misas  á  España,  donde  le  costaban  muchísimo 
menos;  con  todo  lo  cual  saldó  las  mandas  testamenta- 
rias, dejando  á  los  padrecitos  mexicanos  ardiendo  sus 
almas. 

En  el  Estado  de  Zacatocas,  D.  Luis  colaboró  eficaz- 
mente á  los  trabajos  de  D.  Francisco,  adquiriendo  me- 
recida fama  de  inteligencia  y  de  probidad  sin  mancha. 

Rosa  odiaba  profundamente  el  militarismo,  y  decía 
frecuentemente  que  de  un  soldado  todo  puede  hacerse, 
menos  un  hombre  razonable  y  útil. 

Llegado  á  México  cobró  lugar,  en  primer  término, 
con  el  partido  de  la  oposición,  en  el  que  Alas,  Boves. 
Olaguibel  y  otros,  eran  los  de  más  acción. 

Rosa,  sin  estrépito  y  con  disimulo  impenetrable,  pre- 
paraba sus  redes;  las  tendía  en  silencio,  esperaba;  su- 
fría resignado  las  contrariedades;  se  acercaba  como 
con  pies  de  seda  á  su  casa,  y  en  un  momento  la  casa 
encima,  sin  que  se  le  pudiera  escapar,  así  preparó  la 
acusación  de  D.  Ignacio  Trigueros,  á  quien  enloque- 
cía la  persistencia  y  la  frialdad  con  que  aquel  enemi- 
go consumaba  su  ruina. 

Y  decíamos  frialdad,  porque  Rosa  no  era  un  hombre 
de  discusión  ni  disputa.  Raras  veces  salía  de  su  casa. 


139 

En  las  ventanas  y  balcones  había  plantas  y  flores,  lo 
mismo  que  en  el  corredor.  Por  un  lado,  en  una  grande 
ánfora  de  cristal,  pescados  de  colores,  y  sobre  su  bu- 
fete, enjaulas  primorosas  había  colibrís,  que  él  mismo 
alimentaba  con  agua  de  azúcar. 

Su  mayor  delicia  era  rodearse  de  ramos  de  flores  y 
de  pájaros,  y  llamar  á  su  hija  Julia  á  que  tocase  la  cí- 
tara, lo  que  hacía  la  niña  con  dulzura  angélica,  mien- 
tras Rosa,  conlosojos  cerrados,  sorbía  á  pequeños  tra- 
gos café  sin  dulce  á  que  era  afectísimo. 

Rosa  era  al  extremo  callado,  su  andar  era  pausado 
y  como  oscilante,  sus  ojos  hermosos  pero  amarillen- 
tos y  tristes. 

En  la  tribuna  no  levantaba  la  voz  ni  le  comunicaba 
colorido;  lanzaba  las  acusaciones  más  tremendas  co- 
mo si  las  estuviese  leyendo  en  otra  parte,  y  la  rechi- 
fla ó  el  aplauso  los  veía  como  dirigidos  á  persona  que 
ni  él  conociese. 

En  la  redacción  del  Siglo,  era  Rosa  humilde,  y  pro- 
fesaba á  Morales,  á  Otero  y  á  Pedraza  veneración 
profunda. 

Rosa  escribía  deliciosas  miniaturas,  su  inspiración 
era  como  una  flor  que  se  dejase  llevar  por  una  corrien- 
te cristalina,  ó  como  celaje  de  oro  que  se  meciese  ba- 
jo el  azul  del  cielo.  Hablaba  de  flores  y  de  cielos,  del 
arpa  de  una  cuerda,  y  del  querubín,  pero  iluminan- 
do todo  con  una  sensibilidad  exquisita,  con  una  ternu- 
ra inexplicable:  su  pluma  era  la  vara  mágica  que  ten- 
día  sombras,  encendía  hogueras,   lanzaba  el  rayo  y 


140 


dominaba  el  lago  sobre  la  yerba  para  que  le  cantase  que- 
josa á  la  caída  de  la  tarde  la  tórtola  viuda.  Rosa  era 
un  gran  poeta  que  escribía  en  prosa. 


Favor  espontáneo  y  generosísimo  del  Sr.  I).  Ignacio 
Trigueros,  Ministro  de  Hacienda,  conmutó  mi  destino 
de  visitador,  por  otro  de  inferior  categoría,  en  la  Ren- 
ta del  tabaco,  y  Payiio,  siguiendo  mi  ejemplo  logró  co- 
locación en  la  Administración  de  tabacos. 

El  Sr.  Trigueros  era  el  tipo  del  costeño,  pero  el  cos- 
teño embellecido  con  cierto  barniz  de  elegancia,  fran- 
queza y  buen  tono,  que  lo  colocaba  en  primer  término 
de  la  culta  sociedad. 

De  cuerpo  regular,  moreno,  ojos  negros  vivísimos, 
blanca  dentadura,  cabello  crespo,  la  fisonomía  alegre, 
los  modales  prontos,  aseado  hasta  la  exageración. 

Se  contaba  que  era  hijo  de  un  honrado  carpintero; 
poro  que  inepto  para  el  oficio,  fué  á  servir  á  una  casa 
de  Alvarado,  donde  se  había  transladado  el  comercio, 
con  motivo  de  la  permanencia  de  tropas  en  Ulúa,  des- 
pués de  la  Independencia. 

Trigueros  sólo  por  sí  mismo,  y  cumpliendo  con  sus 
obligaciones  de  ínfimo  sirviente,  perfeccionó  su  letra,  se 
dedicóá  la  contabilidad,  y  aprendióel  inglés,  escribien- 
do, como  podía,  las  palabras  que  oía  y  acopiándolas  en 
la  memoria  hasta  llegar  á  poseer  el  idioma  con  soltu- 
ra y  propiedad. 

Fué  entonces  solicitado  como  dependiente  de  la  ea- 


ni 

sa  de  Hargonis;  en  poco  tiempo  fué  el  dependiente 
principal,  viajó,  negoció,  tuvo  parte  en  los  intereses  de 
la  casa;  su  hermana  Juanita  casó  con  uno  de  aquellos 
opulentos  comerciantes,  y  ahí  tienen  Uds.  á  Trigueros, 
capitalista,  hombre  expedito  para  los  negocios,  y  un 
gentleman  hecho  y  derecho. 

Por  lo  mismo  que  su  origen  habla  si<Jo  muy  humil- 
de, estudiaba  el  modo  de  aparecer  correctísimo  en  to- 
do, y  modelo  de  la  más  exquisita  urbanidad. 

A  sus  parientes  pobres  y  á  sus  humildes  amistades 
de  infancia,  los  favorecía  y  protegía  con  largueza. 

Dotado  de  un  corazón  en  que  la  bondad  y  la  caridad 
dominaban,  aprovechando  su  encargo  municipal  en 
Veracruz,  construyó  el  mercado,  hizo  fuentes  públicas, 
y  en  los  establecimientos  de  beneficencia  dejó  tiernos 
recuerdos  de  su  presencia  generosa. 

Bajo  tan  felices  auspicios,  vino  Trigueros  á  México 
como  diputado, y  tuvo  amigos  en  todos  los  partidos,  y 
los  infelices  tuvieron  en  su  casa  un  lugar  de  amparo 
y  un  bienhechor. 

Yo  le  acompañé  á  sus  primeras  visitas  al  Hospicio 
de  pobres,  que  se  encontraba  en  el  mayor  abandono, 
no  obstante  los  esfuerzos  y  el  espíritu  de  caridad  evan- 
gélica del  Sr.  Canónigo  D.  Agustín  Carpeña. 

Patios  llenos  de  arena,  con  yerba  crecida  á  las  ori- 
llas de  los  caños,  rejas  arrancadas,  ladrillos  sueltos  en 
los  corredores,  pedazos  de  techo  hundidos;  en  el  co- 
medor hambre,  en  la  cocina  humo,  tizne  y  huesos  su- 


142 

plantando  á  la  carne.  En  el  departamento  de  mendigos, 
mugre,  frío  y  esqueletos  vivientes. . . . 

Trigueros  emprendió  la  reforma,  gastando  de  su  pecu- 
lio sumas  considerables,  nseó  el  edificio,  anuló  contra- 
tas onerosas,  destruyó  con  suma  energía  la  corruptela 
que  so  había  introducido  de  dar  jóvenes  á  las  fábricas 
de  hilados  para  que  allí  sirviesen  como  operarías,  y 
corrigió,  afrontando  odios  y  calumnias,  los  abusos  de 
que  era  presa  establecimiento  tan  importante. 

A  Trigueros  se  debe  la  estatua  del  Capitán  Zúñiga, 
fundador  del  Hospicio. 

En  el  interior  de  la  casa,  Trigueros  era  magnífico  y 
el  lujo  se  adunaba  con  lo  sencillo  y  útil. 

Tenía  una  extensa  pieza  con  estantes  para  su  ropa 
blanca,  medias  y  corbatas,  las  camisas  eran  inconta- 
bles, las  mudaba  dos  veces  al  día  y  cuando  por  casua- 
lidad la  manchaba  levemente,  corría  á  su  casa  á  rele- 
varla al  momento. 

Su  comedor  cambiaba  de  decoración  en  invierno  y 
verano:  en  la  primera  estación,  le  revestían  alfombras, 
ardía  la  chimenea,  abundaba  el  cristal  de  Bohemia  y 
se  servían  manjares  suculentos,  ponches  y  vino?  ca- 
lientes. 

En  verano  se  ostentaban  jarrones  con  flores,  esteras 
chinas,  hielo,  frutas  en  abundancia  y  helados  exqui- 
sitos. 

Concurría  á  la  casa  de  Trigueros  la  flor  y  la  nata  de 
la  sociedad  veracruzana,  disputadora, manirrota,  audaz 
é  irrespetuosa  como  el  demonio. 


143 

Podía  admirarse  en  esas  mesas,  la  verba  inagotable, 
el  memorión  estupendo  y  el  talento  clarísimo  de  Jorge 
de  la  Serna,  el  chisto  seductor  de  Ruarte  José  Luis,  el 
dojo  jarocho  de  Mosquera,  las  salidas  de  Pancho  Loza- 
nía, la  brusca  nobleza  de  Zamora  etc. 

Además,  Trigueros  tenía  en  su  intimidad  hombres 
de  mérito  á  quienes  llenaba  de  obsequios.  Entre  otros 
recuerdo  á  D.  Carlos  María  Bustamante,  con  sus  pan- 
talones de  dril,  su  guácaro  de  indiana,  su  capita  color 
de  pasa;  muy  viejecito  y  muy  coloradito,  con  sus  enor- 
mes anteojos  de  plata,  cabalgando  sobre  su  roma  nariz. 

Yo  era  muy  especialmente  favorecido  por  el  Sr.  Tri- 
gueros, quien  me  amparaba  del  Círculo  Santa-Annista 
que  me  odiaba,  lo  mismo  que  Santa-Anna  á  quien  ni 
de  vista  conocía,  exceptuándose  como  defensores  míos, 
los  tres  Lombardo,  Basadre  y  el  Sr.  Tornel  por  un  poco 
de  tiempo. 

La  redacción  del  Siglo  ardía  en  discusiones  vehe- 
mentes, al  calor  de  esas  discusiones  acudían  hombres 
de  acción  á  ofrecer  servicios  y  dinero. 

Santa-Anna  había  mandado  llamar  al  Sr.  Morales 
para  amonestarlo  y  reconvenirle  por  sus  escritos.  Mo- 
rales guardó  silencio;  pero  en  un  momento  le  dijo  con 
marcada  resolución: 

«Yo  he  de  seguir  escribiendo  como  hasta  hoy,  y  ten- 
«ga  Ud.  muy  presente,  que  cuando  comencé  esta  tarea, 
eme  convencí  de  que  en  lo  más  que  puedo  parar,  es 
«en  cuatro  velas  y  un  petate.» 

Otero  y  Pedraza  fueron  presos  después.  Yo  escribí 


1U 

entonces  en  la  parte  política  y  tenía  como  vergüenza 
de  no  estar  preso,  ni  padecer  nada  por  una  causa  que 
me  parecía  tan  hermosa. 

Mientras  el  ilustre  General  Bravo  anublaba  sus  glo- 
rias haciéndose  instrumento  ciego  de  la  tiranía  grosera 
y  de  las  arbitrariedades  de  Santa-Anna,  tnientras  lo 
relevaba  Canalizo  en  su  tarea  ingrata  de  servir  de  ma- 
nequí  al  déspota,  mientras  se  hundía  Yucatán  y  en  Mé- 
xico llovían  negocios  desastrosos,  gabelas  y  préstamos, 
el  círculo  de  favoritos  del  poder  y  de  lacayos  del  hé- 
roe improvisaban  fortunas  opulentas,  aparecían  en  la 
escena  advenedizos  viciosos,  soldados  matones,  tahú- 
res insolentes,  galleros  provocativos,  deudos  espúreos 
y  cuanto  puede  tener  de  más  asqueroso  una  sociedad 
corrompida. 

Y  aunque  todos  los  labios  cortesanos  ensalzaban  la 
paz,  y  hoy  se  erigía  una  estatua  y  mañana  se  anuncia- 
ba la  planteación  de  un  ferrocarril,  á  la  vez  que  se  pu- 
blicaban los  loores  de  las  potencias  extranjeras  al  hé- 
roe del  Panuco.  El  resorte  oculto  de  tal  empleo,  el 
secreto  de  tal  contrata,  la  historia  de  tal  regalo,  el  in- 
flujo de  tal  meretriz  y  los  repetidos  ultrajes  ala  justi- 
cia y  al  honor,  desmentían  la  cómica  imitación  de  la 
grandeza  monárquica  y  envilecida,  la  nación  amonto- 
naba combustible  con  la  esperanza  de  castigar  ejem- 
plarmente un  día  al  sátrapa  que  conculcó  sus  derechos 
y  correspondió  con  villanía  á  la  confianza  que  depositó 
en  su  desmentida  probidad. 

Entre  los  Ayudantes  de  Santa-Anna  había  un  joven 


145 

gallardísimo  que  se  distinguía  por  su  talento,  por  su 
figura  aristocrática  y  por  su  chispa  y  travesura  inago- 
tables. 

Moreno,  ojos  verdes,  cabello  de  seda¿  gran  bigote,  se- 
rio, pero  como  conteniendo  las  sonrisas,  valiente,  ena- 
morado, frímco  y  chispeante,  de  donaire  y  originalidad. 
Hijo  de  un  barbero  ó  maestro  de  escuela  obscuro, 
pero  desde  niño  con  levantadas  aspiraciones,  rompió 
un  día  con  toda  clase  de  preocupaciones,  se  echó  la 
capita  al  hombro  y  anda  y  anda  y  anda¿  hasta  hacer 
pie  en  la  frontera  del  Norte,  y  no  sé  en  qué  artes,  figu- 
rar en  la  familia  del  General  Arista.  Conoció  este  hábil 
general  sus  aptitudes,  le  confió  comisiones  importan- 
tes, y  campechano,  alegre  y  compartido  con  sus  ami- 
gos, entre  los  que  figuraba  Payno  en  primer  término, 
conquistó  un  lugar  realmente  distinguido  en  el  heroico 
ejército  del  Norte. 

Schiafino  nada  sabía  á  fondo;  pero  todo  lo  compren- 
día, lo  embellecía  y  le  comunicaba«cierto  sello  de  buen 
tono  muy  simpático. 

Preparaba  un  banquete  y  disponía  un  menú  sorpren- 
dente. Pedía  luz,  flores  y  beldades  y  creaba  un  baile 
olímpico;  y  para  intervenir  en  la  pompa  de  una  recep- 
ción oficial,  no  tenía  precio. 

Se  acicalaba  como  una  dama  y  vestía  cuan  lujosa- 
mente podía  para  entrar  en  campaña,  y  á  todos  admi- 
raba su  jovialidad  en  lo  más  reñido  del  combate. 

Dióse  á  conocer  su  aplomo  y  sus  recursos  oratorios 
en  un  baile  de  Matamoros. 


146 

Los  oficiales  estaban  á  la  cuarta  pregunta,  y  no  obs- 
tante, dominaban  por  sus  maneras,  su  bien  hablar  y 
sus  tipos  elegantes.  Celosos  los  tenderos  polizones  que 
daban  el  baile,  de  la  preponderancia  de  los  advenedi- 
zos, y  conocedores  del  mal  estado  del  interior  de  su 
equipo. . .  en  cierto  momento  gritaron:  «¡fuera  casa- 
cas!» y  así  se  acostumbraba  á  cierta  hora,  ya  por  el  ca- 
lor excesivo,  ya  como  pretexto  para  lucir  camisas  de 
ricos  lienzos  con  bordados  lujosos,  botones  y  mancuer- 
nas de  diamantes. 

«¡Fuera  casacas!»  gritaron  los  abarroteros  enfureci- 
dos; lps  oficiales  resistieron:  se  instó,  se  acaloraron  los 
ánimos,  las  señoras  estaban  en  espectativa  temerosa. 

Schiafino  se  adelantó  al  medio  de  la  sala: 

Señores,  dijo;  es  notoria  la  miseria  que  sufre  el  ejér- 
cito á  que  tenemos  la  honra  de  pertenecer;  pero  esto  no 
obsta  para  que  estemos  orgullosos  de  defender  aquí  la 
independencia  nacional,  y  para  que  procuremos  hacer- 
nos dignos  de  damas  tan  hermosas  y  llenas  de  virtud, 
y  de  caballeros  tan  cumplidos . . .  «¡fuera  casaca?!»  se 
ha  dicho,  demos  gusto  á  todos. 

Y  diciendo  y  haciendo  «ee  quitó  la  casaca,  puso  de 
manifiesto  los  girones  de  su  camisa  y  el  cuello  preten- 
sioso, tieso  y  aristocrático. 

-  Todos  quedaron  estupefactos;  las  señoras  se  pusieron 
en  pie,  obligando  á  Schiafino  á  cubrirse,  y  al  siguiente 
día  el  comercio  abría  una  subscripción  para  dotar  de 
abundante  ropa  blanca  á  los  oficiales. 

Pero  en  lo  que  no  tenía  rival  Schiafino,  era  en  su 


147 

manera  de  recitar  sus  aventuras,  adulterándolas  con 
su  inagotable  inventiva,  aunque  dejándoles  un  fondo 
de  verdad. 

Ya  urgido  porel  hambre,  entraba  á  un  tendajo  en  Ma- 
tamoros con  un  compañero  de  buena  fe,  y  sin  que  lo 
advirtiese  fué  extrayendo  unos  huevos  del  mostrador 
y  depositándolos  en  las  bolsas  de  los  faldones  del  ca- 

marada Ya  se  había  consumado  el  robo,  pero  el 

compañero  carabanista  hace  un  saludo  para  despedir- 
se, topa  con  la  pared  y  una  catarata  de  claras  y  yemas 
lo  denuncia. 

Ya  aborda  una  mesita  en  que  se  venden  tortas  com- 
puestas y  se  confabula  con  un  amigo  que  le  cubra  los 
ojos  diciéndole:  ¿me  conoces?  mientras  él  coge  las  tor- 
tas; pero  el  amigo  pone  mal  las  manos  y  Schiafino,  que 
va  conliado  y  con  mucho  tiento  á  tomar  una  torta  cuan- 
do le  agarran  la  mano  gritándole,  ah!  picaro! 

Ya  le  sorprende  un  ranchero  en  una  excursión  noc- 
turna con  sus  ribetes  de  erótica  y  le  grita  ¿quién  es  Ud.? 

— Soy  somnámbulo. 

— ¡Qué  sonambo  ni  que  sonambo;  lid.  es  DonChafi- 
no,  y  ya  lo  verás  con  el  general. 

Pancho,  sin  afectación  tenía  los  hábitos  de  gran  se- 
ñor: batas  de  seda,  chinelas  chinas,  joyas  deslumbra- 
doras, arnés  militar  espléndido,  caballo  arrogante.  En 
su  cuarto  de  hotel  nunca  faltaban  vinos  exquisitos  pa- 
ra obsequiar  á  sus  amigos,  ni  puros  de  Regalía  de  los 
que  costaban  una  peseta  cada  ejemplar. 

Como  debe  suponerse,  tanto  boato  no  estaba  en  ar- 


H8 

monía  con  sus  recursos  de  simple  capitán  de  caballe- 
ría; pero  el  deficiente  lo  cubría  con  planes  y  salidas 
de  lo  más  superior  á  lo  que  se  pueden  inventar. 

En  cierta  ocasión,  la  propietaria  del  hotel  en  que  vi- 
vía, que  era  una  hermosa  francesa,  en  vista  del  recar- 
go de  su  deuda  le  urgía  para  el  pago;  Schiaíino  para  elu- 
dirlo, ideó  declararse  rendido  amante  de  la  patrona,  y* 
ni  Maclas,  ni  Abelardo,  ni  D.  Juan  Tenorio  ni  nadie, 
tuvo  jamás  lenguaje  más  sentido  ni  rasgos  más  apa- 
sionados que  nuestro  héroe. 

Parecía  dulcificarse  la  Dulcinea;  se  cruzaron  mira- 
das eléctricas  y  dintinciones  delicadas.  Al  fin  logró  mi 
amigo  una  entrevista  misteriosa .  . .  .Silenciosa  noche 
de  luna. .  .palpitaciones  de  corazón.  La  beldad,  apare- 
ce circundada  de  luz  . . . ..  el  capitán  se  lanza  en  sus 
brazos,  diciéndole  ¡yo  te  amo! . .  .Ella  retrocede  trému- 
la, y  tendiéndole  la  mano,  le  dijo  con  voz  solemne... 
Oye  tú  Chafín. . .  ¡siempre  me  pagas!. .  .y  me  pagas  mi 
dinero,  con  lo  que  se  desvaneció. 

Lo  singular  de  todo  esto,  es  que  muchas  anécdota? 
eran  verdaderas,  otras  no,  sino  creadas  para  hacer  agra- 
dable su  presencia  en  muchas  reuniones. 

Me  he  detenido  tanto  en  la  fotografía  de  este  caba- 
llero, porque  era  un  tipo  del  calavera  de  la  época;  ale- 
gre, manirroto,  valiente,  enamorado,  caritativo  y  gene- 
roso, sin  que  el  positivismo  del  tomín  le  degradase,  sin 
que  la  aspiración  política  le  pervirtiese,  ni  el  localis- 
mo que  le  desarrolló  después,  entrase  en  los  cálculo? 
de  su  fortuna. 


H9 

Sin  los  apuros  pecuniarios  en  los  ardides  ingenio- 
sos para  cubrirlos  entre  esos  calaveras  de  buen  tono, 
no  el  ternerón  ni  los  otros  calificados  por  Fígaro,  se 
contaban  á  Miguel  Badillo,  todo  jovialidad,  consecuen- 
cia y  chispa;  á  Pepe  Alvarez,  oficial  correctísimo  y  de 
figura  distinguida,  á  Agustín  del  Río,  franco^  caritati- 
vo y  protagonista  en  empresas  inverosímiles,  á  Alejo 
Barreiro,  movedizo  de  ardiente  imaginación  y  estuche 
de  cuentos  y  gracias;  á  Fernando  Urriza  tartamudo  y 
especialidad  para  remedar  á  todos  los  grandes  tenores 
y  á  otros  muchos  que  daban  colorido  y  como  que  ca- 
racterizaban la  época  con  sus  perfiles  de  tunantes. 

Los  calaveras  de  alto  vuelo  giraban  en  esferas  me- 
nos inocentes,  y  de  ellos  se  contaban  anécdotas  carac- 
terísticas de  la  preponderancia  militar;  del  desconoci- 
miento de  toda  ley;  de  esa  lógica  peculiar. del  soldado 
que  formuló  el  axioma  de  «Cartucheras  al  cañón.» 

Pancho  Ribeau,  Ángel  Lascuráin,  Miñón,  Mauliá,  Die- 
go Correa,  etc.,  eran  otros  tipos  que  podían  dar  idea 
de  aquella  sociedad. 

De  los  dos  primeros  personajes,  uno,  capitán  de  ma- 
rina, otro,  comerciante  ricodeVeraeruz,se  contabaque 
el  segundo  de  estos  señores  vino  á  México,  precedido  de 
gran  fama,  y  encontróse  con  Ribeau  en  el  café  de  Veroly: 

— ¿Ud.  es  el  loco  Lascuráin? 

Lascuráin  hizo  buche  con  el  chocolate  que  estaba 
tomando,  y  arrojándolo  á  la  pechera  de  la  camisa  del 
capitán,  le  respondió: 

— El  mismo,  servidor  de  Ud. 


150 

Ribeau  quedó  contentísimo  de  sú  nuevo  conocimien- 
to é  invitó  á  Lascuráin  á  un  paseo  en  quitrín.  Llegóse 
el  día;  el  quitrín  tenía  un  caballo  fogosísimo;  salieron 
fuera  de  garita,  y  en  una  de  las  calzadas,  quitó  cabe- 
zadas y  riendas  al  caballo,  y  comenzó  á  azotarlo  con 
furia,  hasta  caer  con  el  quitrín  hecho  pedazos.  Ribeau 
tenía  abrazado  á  Lascuráin,  diciéndole:  quería  que  nos 
diésemos,  después  de  esta  prueba,  un  abrazo  de  amigo?. 

Pasaron  algunos  días;  fué  Ribeau  á  Veracruz:  Las- 
curáin, que  era  muy  conocedor  del  mar,  presintió  ira 
norte.  Convidó  á  Ribeau  á  un  paseo  en  bote.  Era  un  ca- 
yuco que  se  bamboleaba  como  un  ebrio.  Lascuráin  se 
hizo  mar  afuera. . . .  estalló  el  norte.  ...  el  peligro  era 
inminente. . . . 

— ¿Qué  hace  Ud.,  Ángel? 

— Estoy  celebrando  con  este  bailecito  nuestro  abra- 
zo de  amigos. 

En  efecto,  Lascuráin  y  Ribeau  fueron  en  lo  futuro, 
Pílades  y  Orestes. 

Las  condiciones  peculiares  en  que  se  encontraba 
nuestra  sociedad,  unidas  á  la  tradición  colonial,  hacían 
que  siempre  que  se  centraba  el  poder,  la  vida  entera 
se  refugiaba  en  México,  fuente  de  empleos  y  favores, 
manantial  de  negocios,  lugar  de  diversiones  y  de  mo- 
das, punto  de  cita  de  los  ricos  de  todas  partes  y  reper- 
torio en  que  la  civilización  exponía  sus  adelantos  y 
tesoros. 

La  corte  de  Santa-Anna  tenía  ese  brillo,  y  aunque 
en  los  departamentos  reinaban  el  descontento  y  la  mi- 


151 

seria,  alrededor  del  dictador  se  multiplicaban  los  bai- 
les; eran  cuotidianos  los  banquetes,  y  las  reuniones  en 
San  Ángel,  casa  de  la  Sra.  Vallejos,  podían  figurar  en-, 
tre  lo  mejor  y  más  escogido  que  había  visto  México. 

Por  supuesto,  que  todo  se  calculaba  y  amoldaba  á 
los  gustos  del  arbitro  de  los  destinos  del  país. 

Donde  podía  presentar  un  cuadro,  en  que  en  una  rá- 
pida ojeada  se  diera  á  conocer  México,  era  en  la  Pas- 
cua de  Espíritu  Santo,  en  que  se  verificaban  las  fiestas 
de  San  Agustín  de  las  Cuevas. 

Grandes  funciones  de  iglesia  con  repiques,  cohetes, 
chirimías  y  cámaras. 

Fondas,  neverías,  hospedajes  y  tiendas  por  todas 
partes;  carcamanes  y  ruletas,  bisbís  y  bolitas  de  colo- 
res ....  juegos  en  todas  sus  multiplicadas  combinacio- 
nes y  trampas.  Banderas  en  las  pulquerías  y  cantinas; 
tiras  de  heno  de  azotea  á  azotea,  con  anuncios  de  to- 
das clases. 

En  las  afueras  de  la  población,  y  bajo  los  árboles  ó 
entre  los  jacales,  asnos,  caballos,  coches,  bombé  y  ca- 
rretones con  toldo,  conductores  de  gente  retozona  y  de 
la  vida  airada. 

Y  todo  lo  que  se  percibe  en  las  banquetas  y  en  me- 
dio de  la  calle,  está  cercado,  inundado  y  como  nadan- 
do en  un  mar  de  gente  vestida  de  todos  los  colores; 
calzoneras,  levitones,  sombreros  tendidos,  sombreros 
acanalados  de  clérigos;  redondos  de  algunos  frailes  y 
de  petate  del  pópulo  bárbaro. 

Había  partidas  ó  montes  como  el  del  Hospicio,  que 


I 


152 

ostentaba  como  una  gran  plancha  de  oro  los  montones 
de  onzas,  y  tenia  un  fondo  de  cien  mil  pesos. 

El  salón  de  la  partida  daba  á  un  verjel  delicioso, 
Heno  de  frondosos  árboles  frutales  y  flores  exquisitas, 
circundado  de  fuentes  de  aguas  cristalinas  y  juegos  hi- 
dráulicos encantadores. 

Bajo  los  árboles  se  veían  mesas  con. licores  y  refres- 
cos, y  en  el  senador  del  fondo  se  servían  constantemen- 
te almuerzos  y  comidas  magnificas,  chocolates,  café, 
dulces  y  cuanto  se  antojaba  al  apetito  de  los  opulen- 
tos tahúres. 

La  gala  consistía  en  arriesgar  sumas  enormes  á  un 
albur,  viendo  la  pérdida  con  marcada  indiferencia. 
%  Así  se  contaba  de  Manuelito  Rodríguez,  (?)  que  con 
el  producto  de  la  venta  de  unas  tijeras,  ganó  en  una 
Pascua  doscientos  mil  pesos,  jugando  á  la  dobla;  de  D- 
Matías  Royuela,  se  decía,  que  una  vez  conversando, 
conversando,  puso  un  albur  de  veinte  mil  pesos,  y  cuan- 
do se  le  anunció  la  pérdida  no  interrumpió  un  momento 
la  relación  interesante  con  que  entretenía  á  sus  amigos. 

Lo  más  granado  de  la  sociedad,  lo  eminente  en  el 
foro  y  en  la  Iglesia,  en  los  destinos  públicos  y  en  el  co- 
mercio, se  entregaba  al  culto  de  Birján. 

Los  curas  de  almas,  con  todo  y  prole,  rodeaban  la 
carpeta  verde,  lo  mismo  que  el  padre  de  familia  y  el 
comerciante  celoso  de  su  crédito. 

Había  hacendado  que  se  condenaba  á  privaciones 
todo  el  año  para  darse  el  gusto  de  perder  cuarenta  ó 
cincuenta  mil  pesos  en  la  Pascua  de  San  Agustín. 


153 

El  centro  de  esta  orgía  era  la  plaza,  en  que  el  gran- 
de edificio  contenía  nevería,  fonda,  partidas  públicas  y 
reservadas,  y  en  el  fondo, la  gran  plaza  de  gallos,  en  cu- 
yas peleas  se  aventuraban  cuantiosas  sumas. 

Santa-Anna  era  el  alma  de  este  emporio  del  desbara- 
juste y  de  la  licenciatura. 

Era  de  verlo  en  la  partida,  rodeado  de  los  potenta- 
dos del  agio,  dibujando  el  albur,  tomando  del  dinero 
ajeno,  confundido  con  empleados  de  tres  al  cuarto  y 
aun  de  oficiales  subalternos;  pedia  y  no  pagaba,  se  le 
celebraban  como  gracias  trampas  indignas,  y  cuando 
se  creía  que  languidecía  el  juego,  el  bello  sexo  conce- 
día sus  sonrisas  y  acompañaba  á  Birján  en  sus  tore- 
rías. 

En  el  juego  de  gallos  era  más  repugnante  el  cuadro, 
con  aquellos  léperos  desaforados,  provocativos  y  dro- 
gueros, aquellos  gritos,  aquellas  disputas  y  aquel  cir- 
cular perpetuo  de  cántaros  y  cajetes  con  pulque. 

Allí  presidía  Santa-Anna,  diciendo  que  proclamasen 
la  chica  ó  la  grande,  cuidando  que  estuvieran  listos 
los  mochilleres  y  de  que  saliera  vistosa  la  campaña  de 
moros  y  cristianos. 

Conocía  al  gallo  tlacotalpeño  y  al  de  San  Antonio 
el  Pelón  ó  Tequixquiápam,  daba  reglas  para  la  pelea 
de  pico,  y  revisaba  la  botana  para  que  estuviesen  en 
orden  las  navajas  de  pelea. 

Había  momentos  en  que  cantor  de  gallos,  músicas, 
palmadas  y  desvergüenzas  se  cruzaban,  en  que  los  bo- 
rrachínes con  el  gallo  bajo  el  brazo,  acudían  al  Jefe 


154 

supremo,  y  éste  reía  y  estaba  verdaderamente  en  sus 
glorias  en  semejante  concurrencia. 

Á  la  caída  de  la  tarde,  en  caudalosísimas  corrientes 
se  desprendía  la  gente,  brotando  del  centro  de  callejo- 
nes y  vericuetos  llenos  de  árboles  y  flores,  y  se  diri- 
gía al  Calvario  ó  las  Fuentes,  á  pie,  á  caballo,  en  carros 
ó  carruajes  elegantes. 

El  Calvario  es  una  cuenca  de  verdura,  dominada  por 
una  pequeña  colina,  con  su  capilla  pintoresca. 

Las  Fuentes  las  forman  la  gradería  de  las  extensa? 
lomas  de  Sur  y  Occidente  qué  forman  casi  anfiteatro 
magnífico  que  ciñe  un  prado  extenso  y  risueño  rodea- 
do de  huertas,  de  chozas  de  labradores  y  de  casitas 
que  blanquean  enlre  las  enredaderas,  las  uñas  de  gafo 
y  los  cortinajes  de  manto  de  la  Virgen. 

En  la  gradería  se  instalaba  el  pueblo  alegre,  que 
amenizaban  muchachos  y  vendimias  en  son  campestre. 

A  la  orilla  de  llanura  tendíase  elegante  sillería  con 
lugares  de  distinción.  En  una  altura  conveniente  es- 
taba la  música. 

Las  grandes  damas,  los  jóvenes  garridos,  los  henil- 
dos  del  buen  tono  y  la  moda,  rompían  el  baile  sobre 
el  verde  césped y  aquello  era  delicioso. . .  .Mien- 
tras cuadrillas,  galopas,  etc.,  formaban  remolinos  de 
seda  y  encajes,  á  la  orilla  del  llano  se  convenían  ca- 
rreras saltan  y  travesean  los  muchachos  y  se  ajus- 
tan partidos  que  nada  tienen  que  ver  con  las  partidas. 

En  la  noche  era  el  gran  baile  en  la  plaza  de  gallos. 

Las  sombras  comunicaban   proporciones  colosales 


165 

á  la  orgía  y  servían  de  disfraz  á  la  desvergüenza  y  al 
desenfreno. 

Rimas,  cantos,  amor  callejero,  embriaguez  repug- 
nante . . , .  y  más  en  la  sombra  el  dependiente  de  la 
casa  de  comercio  que  había  jugado  el  dinero  del  amo, 
el  padre  de  familia  que  había  perdido  el  pan  y  la  hon- 
ra de  su  familia,  y  gente  non  sania  que  esperaban  de 
la  estafa  y  el  robo  la  reparación  de  sus' fortunas. 


Mientras  el  pueblo  se  solazaba,  y  en  torno  del  hé- 
roe todo  era  holgorio,  aunque  muy  en  voz  baja  la  ma- 
ledicencia llamaba  quince  ufias  al  César,  aludiendo  á 
su  amor  al  dinero;  en  las  Cámaras  se  organizaba  co- 
mo desapercibida  una  oposición  decidida  y  concienzu- 
da, reí  vindicadora  del  derecho  y  del  honor  que  al  fin 
sirvió  de  mucho  á  los  buenos  patriotas  hasta  producir 
la  revolución  gloriosa  del  6  de  Diciembre. 

Por  aquel  tiempo  se  ordenó  y  llevó  á  cabo  la  demo- 
lición del  Parián,  grande  cuadrado  que  ocupaba  toda 
la  extensión  que  hoy  ocupa  el  zócalo,  con  cuatro  gran- 
des puertas,  una  á  cada  uno  de  los  vientos,  y  en  las 
caras  exteriores,  puertas  de  casas  ó  tiendas  de  comer- 
cio. En  el  interior  había  callejuelas  y  cajones  como  en 
el  exterior, y  alacenas  de  calzados,  avíos  desastre,  pe- 
letería, etc. 

En  un  tiempo  los  parianistas  constituían  la  flor  y  la 
nata  de  la  sociedad  mercantil  de  México,  y  amos  y  de- 


1 


166 

pendientes  daban  el  tono  de  la  riqueza,  de  la  influen- 
cia y  de  las  finas  maneras  de  la  gente  culta. 

La  parte  del  edificio  que  veía  al  palacio  la  ocupaban 
cajones  de  fierros,  en  que  se  vendían  chapas  y  llave?, 
coas  y  rejas  de  arado,  parrillas  y  tubos,  sin  que  deja- 
ran de  exponerse  balas  y  municiones  de  todos  calibre?. 
y  campanas  de  todos  tamaños:  Una  de  estas  tienda.*, 
la  de  mayor  nombradla,  era  la  de  los  chatos  Flom, 
D.  Joaquín  y  D.  Estanislao,  ricos  capitalistas,  con  fun- 
diciones de  cobre,  haciendas,  y  qué  sé  yo  cuántas  pro- 
piedades. 

Al  frente  de  Catedral  había  grandes  relojerías,  alas 
que  daba  el  tono  D.  Honorato  Riaño,  personaje  singu- 
lar del  que  se  contaban  rail  curiosas  anécdotas,  y  per- 
sona tenida  en  mucho  entre  los  pintores  de  la  época. 

La  contraesquina  de  la  Ia  calle  de  Plateros  y  frente 
del  portal,  la  ocupaba  la  gran  sedería  del  Sr.  Rico,  en 
quese  encontraban  los  encajesdeFlandes,  los  rasos  de 
China,  los  canelones  y  terciopelos,  y  lo  más  rico  en  te- 
las y  primores  que  traía  la  nao  de  China. 

A  poca  distancia  del  Sr.  Rico  se  veía  la  gran  tirada- 
ría  de  oro.de  D.  José  Núñez  Morquecho,  compañero  de 
mi  padre  grande  el  $r.  D.  Pedro  Prieto,  quienes  man- 
tenían cuantioso  comercio  con  Filipinas  y  el  Japón, 
haciendo  envíos  de  cientos  de  miles  de  pesos  en  galo- 
nes, canutillo,  hilo  de  oro,  flecos,  rieles,  etc. 

Viendo  á  la  Diputación,  se  hallaban,  los  cajones  de 
ropa  de  los  Sres.  .Mecas,  las  rebocerías  de  Romero  y 
Mendoza,  y  la  gran  mercería  de  D.Vicente  Valdez,  cu- 


157 

ya  sucursal  de  la  calle  de  la  Monterilla,  hacía  cuan- 
tiosísimas realizaciones. 

En  el  interior,  principalmente,  los  cajones  de  ropa 
eran  de  españoles,  como  los  Sres.  Izita.  Iturriaga,  y  no 
recuerdo  quiénes  más. 

Aquella  reunión  de  comerciantes  tenían  costum- 
bres casi  conventuales:  el  dependiente  acudía  con  las 
llaves  que  guardaba  en  un  bolsón  de  badana,  vivía  con 
sus  amos,  y  su  primera  asignación  era  de  ocho  pesos 
mensuales,  comía  en  la  casa  del  amo,  rezaba  el  rosa- 
rio á  la  oración  y  se  retiraba  al  entresuelo  á-  conciliar 
el  sueño. 

No  se  le  permitía  al  dependiente  fumar,  ni  que  le 
visitaran  amigos,  ni  recargarse  de  codos  en  el  mostra- 
dor  ni  que  se  separase  de  su  puesto. .  ¿  * 

Yo  tenía  muchos  recuerdos  del  Parián,  sobretodo 
los  referentes  al  saqueo,  y  desde  esa  época,  no  sólo  pa- 
ra mí,  sino  para  muchos,  tenía  algo  de  triste  el  edifi- 
cio, que  sin  duda  aminoró  el  pesar,  que  de  otro  modo 
hubiera  producido  su  destrucción. 

Entre  los  parianistas  había  sobresalientes  jugadores 
de  damas,  como  Riaño  y  Rico,  jugadores  de  ajedrez, 
como  D.  Manuel  Rodríguez  y  Romero,  rival  de  Carig- 
ton,  y  jugadores  de  pelota  que  se  perdían  de  vistak 

El  Parián  cerrado  en  la  prima  noche,  en  la  parte 
frontera  al  portal,  servía  de  lugar  de  tráfico  á  zapate- 
ros y  sombrereros  de  lance  ó  sea  del  Brazo  fuerte;  y 
allí,  borceguíes  y  zapatones  se  medían,  teniendo  por 
tapete  las  frescas  losas  de  la  banqueta  y  auxiliando  el 


158 

semi  vivo  becerro  del  artefacto,  con  pedazos  de  papel 
ó  grasa,  para  la  fácil  internación  del  pie. 

A  las  ocho  de  la  noche  variaba  la  decoración. 

Las  puertas  de  los  cajones  del  Portal  de  Mercade- 
res y  las  alacenas  se  cerraban,  y  en  los  quicios  de  las 
puertas  tomaban  asiento  caballeros,  señoritas  y  seño- 
ras, á  ver  pasar  la  concurrencia. 

Los  solterones  comodinos  se  encaramaban  en  la  par- 
te saliente  de  las  alacenas  cerradas,  cercándolos  de  pie 
los  tertulianos,  porque  cada  agrupación  era  una  ter- 
tulia. La  acera  del  Parián  del  frente,  era  el  comple- 
mento del  paseo,  sin  mas  diferencia,  sino  que  los  qui- 
cios de  las  puertas  eran  para  gente  de  baja  ralea,  entre 
la  que  se  contaban  las  hijas  vagabundas  de  la  noche. 

En  el  Portal  de  las  Flores  se  vendían  chorizones, 
pollo,  fiambre,  donoso,  pasteles  y  empanadas,  y  otras 
olorosas  meriendas;  allí,  en  los  quicios,  y  en  amplios 
petates,  se  servían  los  manjares  á  la  parte  de  la  con- 
currencia más  despreocupada,  refugiándose,  para  la* 
comilonas,  la  gente  decente,  en  la  parte  del  Parián  que 
ve  al  Sur. 

Todo  este  cuadro  nocturno  estaba  pésimamente 
alumbrado  por  faroles  alimentados  con  aceite,  rom- 
piendo, de  trecho  en  trecho,  las  sombras,  haces  de  oco- 
te ó  trastos  de  barro  en  grosero  tripié,  alumbrando  la 
desaforada  cara  del  proclamador  de  la  mercancía,  que 
gritaba  con  todos  sus  pulmones: 

A  cenar!  á  cenar 
Pastelitos  y  empanadas; 
Pasen,  pasen  á  cenar! 


169 

Aunque  en  el  horizonte  politico  se  agrupaban  día 
por  día  las  negras  nubes  de  la  revolución,  en  la  corte 
se  veían  los  sucesos  con  luz  color  de  rosn,  y  los  que 
no  teníamos  importancia,  la  pasábamos  lo  mejor  po- 
sible, en  esa  carrera  de  empleado  en  que  se  frustra  del 
todo  aquello  de  «vivirás  con  el  sudor  de  tu  rostro.» 

Uno  de  los  compañeros  de  oficina,  con  quien  trabar 
más  estrecha  amistad,  fué  D.  José  Hidalgo  y  Esnaurrí- 
zar,  joven  de  finas  maneras  y  bien  aceptado  entre  la 
gente  de  buen  tono. 

El  mérito  especial  de  Pepe  Hidalgo,  como  le  llama- 
ban generalmente,  era  ser  sobrino  de  D.  Antonio  Ma- 
ría Esnaurrízar,  Tesorero  general  de  la  Nación,  perso- 
naje de  altísimas  polendas,  severo,  erguido,  de  gran 
corbata  y  bastón  con  borlas,  lujoso  coche  de  caballos 
moros,  á  quien,  por  su  rigidez  y  majestad,  llamaban 
los  palaciegos  virrey  embalsamado. 

La  familia  del  Sr.  Esnaurrízar  era  muy  estimada  por 
su  posición  y  virtudes;  Hidalgo,  huérfano  de  padre,  era 
considerado  como  hijo  de  la  familia,  y  esto  le  abrió  las 
puertas  de  los  empleos  y  excelentes  relaciones. 

Alto,  delgado,  barbilampiño,  de  ojos  negros  y  algo 
de  infantil  en  la  expresión,  Pepe  era  estimable;  pero 
su  instrucción  en  todas  líneas  era  muy  mediana,  y  su 
talento  (si  es  permitido  hacer  esos  valúos  á  quien  no 
conoce  el  género)  no  pasaba  del  trabajo  de  munición 
con  que  la  naturaleza  obra  en  la  gran  mayoría  de  los 
hijos  de  Adán. 

Las  pretensiones  de  Hidalguito  á  la  nobleza  y  á  los 


i 


160 

títulos  de  sangre  azul,  no  tenían' límite  y,  no  obstante 
ser  empleadillo  con  una  dotación  mezquina,  declaró 
su  Dulcinea,  y  aun  creo  pensó  enlazarse  con  la  hermo- 
sa joven  D.  O.,  una  de  las  beldades  que  tenía  en  tor- 
tura mayor  número  de  apasionados  corazones. 

Hidalgo  era  hijo  de  un  honrado  militar;  pero  no  sé 
por  qué  calumnia,  se  le  suponía  favorecido  por  el  bar- 
bero que  acompañó  á  México  al  Virrey  Venegas  y  fué 
el  primero  que  cultivó  en  la  gran  Tenoxtitlán  el  co- 
pete y  la  patilla,  derrotando  vergonzosamente  la  coleta. 

La  revolución  del  6  de  Diciembre,  aquella  que  pue- 
de llamarse  la  popular  por  excelencia,  la  que  partió  de 
los  centros  más  obscuros  del  populacho  y  cobró  raí- 
ces en  los  más  elevados  asientos  sociales,  fué,  por  de- 
cirlo así,  preparada,  madurada  y  determinada  por  San- 
ta-Anna,  por  un  cesarismo  á  la  vez  ridículo  y  sangrien- 
to y  por  ese  militarismo  estúpido  que  da  á  la  fuerza 
bruta  preponderancia  sobre  los  derechos  sagrados  del 
hombre. 

Y  lo  de  notar  es,  el  vaivén  y  cambio  de  colores  de 
los  hombres  que  se  creían  de  principios,  y  si  esto  de- 
pendía en  gran  parte  de  suma  ignorancia,  dependía 
también  de  que  Santa-Anna,  que  era  un  Proteo,  toma- 
ba todas  las  formas  y  se  alistaba  á  todas  las  banderías, 
acompañándose  inconsecuente,  ya  con  los  hombres  de 
nuestra  aristocracia  y  los  fueros,  ya  con  los  liberales 
que  proclamaban  la  igualdad,  la  tolerancia  de  cultos 
y  las  ideas  de  Farías,  sin  comprenderlas  á  derechas. 

La  orgía  palaciega,  el  despotismo  de  los  sátrapas,  el 


161 

robo  con  la  careta  del  agio,  la  meretriz,  el  tahúr  en  la 
escala  y  con  el  colorido  que  andando  los  tiempos  en- 
tregó al  escarnio  la  lira  Juveneciana  de  Offembach;  to- 
do determinaron,  como  hemos  indicado,  aquella  céle- 
bre revolución. 

Ardía  el  descontento  por  todos  los  ángulos  del  país, 
las  propias  reticencias  de  la  prensa  encadenada  eran 
como  aceite  que  sin  gran  ruido  atiza  una  hoguera.  Ca- 
nalizo, que  era  el  estafermo  de  Santa-Anna,  autoriza- 
ba todas  las  arbitrariedades,  hasta  la  de  tomar  el  man- 
do del  Ejército,  con  atropello  de  las  bases  orgánicas, 
mandar  recoger  las  llaves  de  las  Cámaras  y  ordenar 
que  se  protestase  obediencia  al  úkase  de  29  de  No- 
viembre, preliminar  del  golpe  de  estado. 

La  Cámara  cobró  una  actitud  resuelta  y  llena  de 
prestigio,  Alas  y  Llaca  acusaron  al  Sr.  Canalizo  y  á 
Santa-Anna. 

La  agitación  cundió  violentamente,  los  mismos  em- 
pleados del  Gobierno  y  los  propios  soldados,  eran  pro- 
pagadores de  la  revuelta. . .  el  poder  se  arrastraba  con 
convulsiones  impotentes,  y  Santa-Anna,  en  medio  de 
su  embriaguez  de  suficiencia  y  de  mando,  persistía  en 
su  desprecio  al  pueblo  y  en  su  confianza  absurda  en  la 
fuerza. 

Los  personajes  más  notables  y  visibles  en  aquellare- 
volución, fueron:  Pedraza,  á  quien  ya  conocemos;  Llaca 
yD.  Manuel  Alas,  Rosa  y  otros,ya  habían  preparado  ad- 
mirablemente laoperación.  El  SigloXIX  pudo conside- 
rarsecomo  el  protagonista  de  este  movimientoglorioso. 


162 

Llaca  era  de  una  familia  distinguida  de  Querétaro, 
donde  hizo  sus  primeros  estudios.  Aunque  de  clarísi- 
mo talento,  no  se  hizo  notable  como  estudiante,  y  sea 
porque  tenía  bienes  de  fortuna  ó  por  otras  causas,  ejer- 
cía la  profesión  perezosamente,  y  á  pesar  de  ser  joven, 
se  alejaba  de  la  sociedad. 

Cuando  vino  á  México  nombrado  diputado,  tendría 
de  treinta  y  seis  á  cuarenta  años. 

Alto,  huesoso,  de  pelo  un  tanto  rojo,  pecoso  y  cari- 
largo, con  una  patilla  rala  y  de  á  dedo  de  ancho,  una 
mirada  triste,  un  conjunto  de  cansancio  y  enfermedad. 

Generalmente  usaba  una  capa  muy  larga  con  su  cue- 
llo de  nutria,  y  cuando  se  despojaba  de  ella  para  ha- 
blar en  la  tribuna,  se  señalaba  su  cuerpo  flaco  entre 
los  pliegues  de  su  levita  negra.  Al  hablar,  llevaba  su 
mano  derecha  á  la  boca  del  estómago  y  apoyaba  la  iz- 
quierda en  la  barandilla  quedando  medio  doblado. 

Llaca,  observado,  era  mucho  más  expresivo  escu- 
chando ó  meditando  en  silencio,  que  hablando.  Al  es- 
cuchar, pasaban  por  sus  miradas  relámpagos  de  inten- 
sas pasiones  como  si  se  pudiera  ver  desde  una  altura 
las  olas  de  lava  prontas  á  desbordarse  y  azotar  todo  lo 
que  encontrasen  á  su  paso. 

Como  tongo  dicho,  la  voz  de  Llaca  era  apagada,  sin 
colorido  ni  inflexión  alguna,  como  si  fuera  la  cubierta 
de  figura  humana  de  otro  que  hablase  por  dentro. 

Eran  de  verse  los  corredores  de  palacio  llenos  de  mi- 
litares y  de  aduladores  del  poder  y  de  esbirros,  las  ga- 
lerías hirviendo  en  una  concurrencia  amenazadora,  el 


163 

salón  ó  recinto  de  los  diputados,  silencioso,  con  un 
hombre  alto  y  pálido  que  parecía  rezar  y  decía: 

«Se  ha  pedido  razón  de  lo  ocurrido  al  señor  Minis- 
tro de  la  Guerra;  pero  es  sabido  que  el  señor  Ministro 
(Basadre)  ama  más  la  carpeta  verde  que  su  cartera; 
he  tratado  no  ya  de  hablar  de  intereses  políticos  sino 
del  decoro  y  la  vergüenza  de  ciertos  funcionarios;  pero 
bien  veo  que  predicaba  en  desierto.» 

«A  poca  distancia  de  nosotros,  decía  en  otra  ocasión, 
en  la  residencia  del  Primer  Mexicano  de  la  Nación, 
puede  verse  como  en  miniatura  lo  que  es  y  debe  es- 
perarse de  la  situación  actual.» 

«A  la  entrada,  mendigos,  mutilados,  huérfanos  y  viu- 
das de  hombres  aumentativos  de  miseria.» 

«En  el  salón  de  recepción,  ministros  extranjeros, 
hombres  emplazados  para  tratar  lo  más  conveniente  á 
la  honra  del  país,  impacientes  por  hablar  al  César.» 

«Más  adentro  los  ayudantes  gur tipies  de  juego,  co- 
rredores de  amor,  y  ahí  se  habla  cochero,  se  inventan 
hasta  crímenes  á  los  hombres  de  oposición,  se  proyec- 
tan palizas  á  los  diputados. ...  Al  último,  en  la  pieza 
más  recóndita,  la  verdadera  Corte:  tahúres,  galleros, 
agiotistas  de  vil  ralea,  portadores  de  obsequios  que 

sirven  de  anzuelo  á  grandes  negocios  y la  mujer 

pública,  declarada  viuda  de  un  coronel  que  jamás  exis- 
tió, y  el  clérigo  que  va  á  pedir  su  pitanza  por  sus  bue- 
nos oficios  para. con  Dios.» 

Así  hablaba  Llaca,  impasible,  la  galería  se  estreme- 
cía, se  retorcía,  solía  estallar  frenética  en  aplausos  ó 


164 

dicterios.  El  orador  callaba,  recobraba  su  asiento  ypo 
envolvía  en  su  capa,  extraño  de  todo  punto  á  lo  que 
pasaba  en  su  alrededor. 

Alas, chiquitín,  pálido, activísimo  y  valiente,  hablaba 
y  obraba  á  la  vez,  buscaba  el  acuerdo  de  los  hombres 
de  acción,  y  se  ponía  á  la  cabeza  de  las  combinacio- 
nes más  peligrosas  para  derribar  aquel  oprobioso  or- 
den de  cosas. 

Canalizo  había  amordazado  la  prensa  y  mandado  ce- 
rrar el  Congreso;  Santa-Anna,  al  frente  del  ejército, dic- 
taba órdenes  tiránicas,  y  los  más  leves  accidentes  tenían 
resonancia  poderosa  al  anunciar  la  aurora  del  6  de  Di- 
ciembre, la  gran  revolución  popular. 

A  la  noticia  del  pronunciamiento,  Canalizo,  que  era 
temerario  de  valor,  dio  orden  para  que  volase  Palacio, 
orden  que  no  se  llevó  á  cabo,  por  la  eficaz  mediación 
de  un  jefe  del  ejército  llamado  Falcón,  que  prestó  con 
riesgo  de  su  vida  tan  eminente  servicio. 

Las  contestaciones  se  volvieron  tumultuosas  en  el 
interior  de  Palacio;  en  el  atrio  inmenso  de  San  Fran- 
cisco se  reunían  paisanos  armados  de  fusiles,  escope- 
tas, pistolas,  sables,  y  se  formaban  entusiastas  en  son 
de  guerra;  en  un  zaguán  de  la  calle  de  San  Francisco 
estaban  el  General  D.  Pedro  García  Conde  y  el  Gene- 
ral 0.  José  Joaquín  Herrera,  Presidente  del  Consejo. 

Las  corrientes  de  gente  se  engrosaban  por  momen- 
tos hasta  hacer  desaparecer  el  suelo,- saltar  sobre  las 
rejas  de  las  ventanas  y  columpiarse  en  los  pies  de  pi- 
llo de  los  faroles  del  alumbrado. 


165 

Semblantes  desaforados,  ojos  de  locura,  aullidos  de 
fiera,  carcajadas  de  orgía,  sombreros  de  petate  y  sor- 
betes agitándose  en  el  aire,  cabelleras  desgreñadas, 
ruidos  indefinibles,  todo  como  que  surgía  en  borboto- 
nes entre  un  bosque  movedizo  de  palos,  fusiles,  espa- 
das, martillos  y  no  sé  cuántas  cosas  más. 

Diputados  y  senadores  seguían  luciéndose. 

La  multitud  rabiosa  se  dirigió  al  teatro  y  demolió 
<en  un  instante  la  estatua  de  yeso  erigida  á  Santa- Anna. 

Corrió  furibunda  al  Panteón  de  Santa  Paula  y  con 
ferocidad  salvaje  exhumó  la  pierna  de  Santa-Anna, 
jugando  con  ella  y  haciéndola  su  escarnio;giró  entonces 
para  la  Alameda,  y  obstinándose  el  alamedero  en  no 
abrir,  arrancó  de  cimientos  las  puertas  de  fierro  que 
giraron  como  las  ramas  de  un  árbol  caído  en  un  torren- 
te impetuoso. 

A  la  estatua  de  Santa-Anna  que  estaba  en  la  Plaza 
del  Volador,  la  pusieron  en  tierra,  apeándola  sin  saber- 
se cómo  de  su  alta  columna. 

Cerca  de  las  cuatro  de  la  tarde,  y  en  medio  de  aque- 
lla imponderable  inundación,  comenzó  el  desfile  de 
diputados  y  senadores  de  San  Francisco  para  Palacio. 
La  gente  que  coronaba  azoteas  y  balcones,  lo  mismo 
que  la  que  corría  por  las  calles,  entre  caballos  y  ca- 
rruajes, que  como  que  navegaban  en  un  río  alborotado, 
cercaban  á  los  padres  de  la  patria,  proclamando  sus 
nombres,  agitando  en  el  aire  sus  sombreros,  arroján- 
doles flores  desde  las  alturas. 

— Mira,  aquel  flaco  descolorido,  es  Llaca. 


166 

— ¡Que  viva  Llaca! 

— Ese  que  anda  medio  ladeado  ¿quién  es? 

— El  gran  Pedraza. 

—¿Y  aquel? 

— D.  Luis  de  la  Rosa. 

—  ¡Que  viva  el  Lie.  Alas! 

La  comitiva  llegó  á  Palacio. — La  multitud  se  espar- 
ció en  todas  direcciones,  y  un  inmenso  grupo  penetró 
á  la  Cámara,  donde  los  diputados  tomaron  sus  asien- 
tos, mezclados  con  los  senadores. 

El  pueblo  quiso  lanzarse  á  despedazar  un  gran  cua- 
dro que  representaba  la  rendición  de  Barradas  en  Tam- 
pico,  obra  del  pintor  París,  en  la  que  figuraba  en  pri- 
mer término  el  General  Santa-Anna. 

Llaca  se  opuso,  por  tratarse  de  una  gloria  nacional, 
y  el  pueblo,  con  una  docilidad  encantadora,  obedeció 
á  Llaca  y  le  siguió  lleno  de  mansedumbre  y  bondad, 
como  un  caballo  fogoso  al  sentir  en  su  cuello  la  mano 
del  dueño  que  le  acaricia. 

En  la  noche  hubo  gallos  y  alegrías,  sin  que  se  la- 
mentasen robos,  riñas,  desórdenes. 

Santa-Anna,  desde  Querétaro,  lanzaba  anatemas 
contra  los  rebeldes,  en  medio  de  una  lluvia  de  adhe- 
siones al  Gobierno  que  se  establecía  en  México. 

Pedraza,  Otero, Cuevas,  Morales,  prohombres  del  par- 
tido moderado,  habían,  con  suma  habilidad  y  sigilo, or- 
denado y  dirigido  aquel  movimiento,  y  del  seno  de 
aquel  partido  salía  el  Gabinete  del  Sr.  Herrera,  per- 


167 

fectamente  recibido,  ante  todo  por  la  intachable  pro- 
bidad de  sus  miembros. 

D.  Luis  G.  Cuevas,  Ministro  de  Relaciones;  de  Jus- 
ticia, Lie.  D.  Mariano  Riva  Palacio;  de  Hacienda,  D. 
Pedro  Echeverría;  Guerra,  D.  Pedro  García  Conde. 

A  los  Sres.  Cuevas  y  Riva  Palacio  ya  los  conocemos. 

Echeverría  era  el  hombre  austero  y  retraído,  calla- 
do siempre  y  enemigo  de  charla  y  bromitas,  quijote 
en  el  cumplimiento  de  su  palabra  y  caritativo  en  alto 
grado,  negando  con  enojo  los  beneficios  que  hacía.  Sus 
grandes  y  espesas  cejas,  velaban  casi  sus  ojos  azules 
llenos  de  bondad. 

Tendría  D.  Pedro  García  Conde  cincuenta  ó  cincuen- 
ta y  dos  años  cuando  entró  en  el  Ministerio  de  la  Gue- 
rra. Ya  era  ventajosamente  conocido  como  ingeniero 
y  hombre  de  ciencia,  y  como  Director  del  Colegio  Mi- 
litar que  puso  bajo  un  pie  excelente  y  produjo  bajo  su 
cuidado  sazonados  frutos. 

Era  un  hombre  el  Sr.  D.  Pedro,  moreno,  alto  y  páli- 
do, de  nariz  acaballetada  y  ojos  verdes.  Su  voz  tenía 
el  dejo  de  la  gente  de  su  tierra,  Arizpe,  de  donde  salió 
muy  niño. 

En  su  trato  interno  era  dulcísimo,  y  se  ocupaba  cons- 
tantemente en  mapas  y  planos  que  fueron  muy  útiles 
y  estimados. 

Santa-Anna  no  le  perdonó  jamás  su  participación 
en  el  6  de  Diciembre  y  le  perseguía  tenaz  y  enconosa- 
mente. 

Murió  en  1851, y  hubo  la  particularidad  que  después 


168 

de  una  vida  tan  azarosa,  de  tanto  viaje  y  peripecia, 
fuese  á  morir  al  país  de  su  nacimiento,  en  los  brazos 
de  su  nodriza  y  á  pocos  pasos  del  lugar  en  que  vio  su 
primera  luz. 

La  ciudad  estaba  declarada  en  estado  de  sitio  y  ha- 
bía la  actividad  consiguiente  para  depósitos,  reservas 
de  provisiones,  forrajes,  combustibles,  etc. 

Una  reunión  de  señoras  de  la  más  alta  distinción, 
ofrecieron  sus  servicios  para  los  hospitales  de  sangre, 
y  como  donde  van  ellas  van  ellos,  las  reuniones  exi- 
gían una  excitación  que  se  desfogaba  en  sonrisas  ó 
miradas  tiernas  ó  en  celos  y  tempestades,  que  por  for- 
tuna no  dejan  rastro,  cuando  se  saben  ajustar  con  ha- 
bilidad unos  buenos  tratados  de  paz. 

En  una  casuquita  del  callejón  de  la  Olla,  pliejrue. 
encarrujo,  mueca  ó  divieso  de  la  Alcaicería,  se  apiña- 
ron como  moscas  á  pilones  de  azúcar,  literatos  bélico?, 
adalides  de  pluma  que  tienen  la  crónica  escandalosa 
en  la  punta  de  los  dedos,  que  se  hacen  los  confidentes 
de  los  proceres,  fingen  recados,  conquistan  policías, 
dan  comisiones  á  viejas  patrioteras  mal  averiguada* 
y  zurcen  un  párrafo  incendiario  en  la  punta  de  una 
aguja  de  Cambray. 

Entre  estos  patriotas,  en  primer  término  debo  poner 
á  Domingo  Revi  11  a,  minero  rico,  pasante  aprovechado 
de  jurisprudencia,  que  emplazaba  su  examen  por  im- 
ponerse de  marchas  y  maniobras  de  los  cuerpos  de 
ejército,  hacerse  amigo  de  los  jefes  y  hacerse  amateur 
de  la  vida  de  cuartel  y  campamento. 


169 

Juan  N.  Navarro,  estudiante  de  medicina,  de  talento 
privilegiado,  con  una  cara  casi  de  bajo  relieve  de  tem- 
plo egipcio;  Ramón  I.  Alcaraz,  estudiante  de  medicina 
también,  apasionadísimo  al  estudio  de  Santos  Padres, 
poeta  sentimental  y  correctísimo,  de  pasiones  profun- 
dísimas y  muchas  veces  caprichosas,  que  abandonó  la 
carrera  porque  calculó  de  impotente  la  llamada  cien- 
cia, para  curará  una  jo  ven  á  quien  amaba  tiernamente. 

Ramírez  era  el  ahuizote  de  Alcaraz;  un  día  le  salu- 
dó de  lejos,  diciéndole,  adiós  compañero  de  desgracia. 

— ¿De  qué  desgracia  habla  Ud.? 

— Qué  mayor  desgracia,  que  la  que  seamos  los  dos 
tan  feos. 

Alcaraz  se  molestaba,  por  ser  de  suyo  encogido  y 
huraño. 

En  la  casuca  mencionada,  los  chicos  ya  nombrados, 
Banuet,  Iturbide,  Payno,  J.  J.  Baz,  Eulalio  M.  Ortega  y 
no  recuerdo  cuántos  más,  forjaban  folletos  diabólicos 
escritos  con  hiél  de  víboras  y  con  ácido  prúsico  contra 
Santa— Anna  y  los  suyos,  dándolos  por  un  bledo  á  los 
papeleros  que  recorrían  las  calles  enfurecidos  gritando: 

Los  crímenes  de  Santa-Auna  pidiendo  están  su 
cabeza. 

Santa-Anna  fué  siempre  malo,  desde  el  vientre  de 
su  madre. 

Santa-Anna  ante  los  veteranos  de  la  Independen- 
cia^  y  otros  libelos  que  habrían  hecho  la  reputación  del 
propio  Satanás,  habiendo  algunos  notables  por  los  ta- 
lentos innegables  de  personas  que  escribían.  La  grita, 


170 

el  barullo,  los  comelitones  y  disputas  de  escritores,  pa- 
peleros y  secuaces  del  escándalo,  no  son  para  con- 
tados. 

Del  corazón  de  esa  falanje  de  plumas  salió  Domingo 
Revilla,  por  su  cuenta  y  riesgo  á  verse  con  el  üral. 
Inda,  heroico  defensor  de  Puebla,  contra  las  fuerzas  de 
Santa-Anna  que  ocupaban  el  Cerro  de  San  Juan. 

,  Ya  hemos  dicho  que  Revilla  era  hombre  vigoroso  y 
resuelto,  jinete  diestrísimo  y  amateur  del  combate 
y  los  peligros. 

Domingo  era  la  adoración  de  sus  amigos,  su  dinero 
estaba  en  la  palma  de  su  mano  para  socorro  de  los 
desgraciados. .  .Violento  y  nervioso,  cualquier  cosa  le 
sulfuraba,  pero  volvía  en  sí  inmediatamente,  y  enton- 
ces raudales  de  bondades  borraban  las  ligeras  huellas 
de  sus  impaciencias. 

Al  llegar  á  las  inmediaciones  de  Puebla,  Revilla  fué 
denunciado  á  Santa-Anna,  y  sin  proceso  ni  causa,  ni 
prueba  alguna  de  culpabilidad,  mandó  que  se  le  die- 
sen doscientos  azotes,  suplicio  que  se  verificó  y  sufrió 
nuestro  amigo  con  entereza  dignísima,  guardando  si- 
lencio sobre  este  suceso,  y  no  profiriendo  contra  San- 
ta-Anna una  sola  queja. 

Otro  acontecimiento  que  conmovió  profundamente 
los  ánimos,  fué  el  de  la  prisión  y  condución  á  Palacio 
y  las  Cámaras,  á  D.  Antonio  Haro  y  Tamariz,  quien 
acababa  de  fungir  como  Ministro  de  Hacienda. 

Llevaba  al  Gobierno  de  México,  en  compañía  del  Ge- 
neral D.  José  María  González  de  Mendoza,  proposicio- 


171 

nes  de  paz  de  Santa- Anna.  Resguardado  por  un  salvo- 
conducto del  Sr.  Gral.  Bravo,  General  en  Jefe  de  las 
fuerzas  que  perseguían  á  Santa- Anna. 

Era  D.  Antonio  Haro  un  hombrecito  como  de  filigra- 
na, pequeño  de  cuerpo  y  esmeradamente  vestido.  Mo- 
dales adamados,  voz  meliflua,  y  á  primera  vista  un  tipo 
de  esos  que  lucen  en  una  Canta  Misa  ó  dirigen  con 
acierto  unos  lanceros. 

Educado  con  los  jesuítas,  y  en  la  sociedad  monásti- 
ca de  Puebla,  era  ceremonioso  y  pulcro;  pero  cuando 
daba  suelta  á  sus  pasiones  políticas,  era  valiente  has- 
tala  temeridad,  tenaz  hasta  lograr  sus  fines,  y  astutoco- 
mo  un  hijo  predilecto  de  Loyola. 

En  la  Garita  de  San  Lázaro  fué  aprehendido  Haro;  la 
noticia  corrió  como  tizón  arrastrado  sobre  un  reguero 
de  pólvora,  y  en  instantes  se  alzó  la  gritería.  Se  incendió 
el  tumulto,  y  sobre  la  triple  muralla  que  formaban  á 
Haro  policías  y  soldados  de  infantería  y  caballería,  se 
azotaban  las  olas  del  pueblo  enfurecido,  arrojando  pie- 
dras y  pidiendo  á  gritos  la  cabeza  del  audaz  ministro  de 
Santa- Anna.  Aquel  inmenso  gentío  se  dirigió  á  Palacio, 
penetró  en  la  Cámara,  y  Haro  se  refugió  bajo  el  dosel. 
El  pueblo  rugía  enfurecido.  Se  discutía  lo  que  debía 
hacerse  con  Haro,  vistas  sus  circunstancias  excepcio- 
nales  La  inquietud,  el  rugir  sordo  del  enano  pare- 

.cían  dominarlo  todo:  de  pronto  se  escuchó  una  voz. . . 
¡Silencio!  ¡Silencio! 

Como  si  aquella  voz  hubiera  sido  un  soplo  podero- 
so que  hubiese  apagado  una  tea,  así  se  extinguió  el 


172 

vocerío  . .  .Volvimos  la  cara.  Pedraza  estaba  en  pie, 
erguido  como  de  mayor  talla habló 

Recuerdo  que  decía,  ese  hombre  es  un  villano,  trae 
el  corretaje  de  la  afrenta  de  su  suelo  natal,  de  aquel 
suelo  en  que  se  meció  su  cuna  y  en  que  reposan  las  ce- 
nizas de  sus  padres . . .  La  tierra  nativa  es  la  madre  que 
nos  nutre'y  nos  mima ...  es  el  huerto  en  que ...  se  abre 
en  la  mañana  de  la  vida  la  flor  de  nuestros  primeros 
amores  y  . .  así  escarnecerla,  así  humillarla, así  arras- 
trarla como  á  vil  ramera Ese  hombre  es  un  mons- 
truo, en  nombre  de  los  sentimientos  más  honrados  del 
hombre,  en  nombre  de  la  sociedad  indignada,  en  nom- 
bre de  mi  patria  tan  grande  y  digna  de  respeto. .  .Anto- 
nio Haro  y  Tamariz . .   yo  te  maldigo,  yote  maldigo. . . 

La  emoción  tenía  como  petrificado  al  auditorio el 

terror  formaba  como  silencio  de  panteón .... 

Después  de  una  pausa  continuó:  trae  la  palabra  de 
nuestro  representante,  de  nuestro  general  en  Jefe  quese- 
ra respetada.  ¿Establecemos  una  lucha  de  perfidias?  ¿El 
grande,  el  honrado  pueblo  mexicano... descenderá  al  ase- 
sinato  y  la  traición  por  un  miserable?. .  eso  no  será,  y  Haro 
protegido  por  nuestra  generosidad  volverá  á  decir  á  su 
amo  lo  que  vale  este  pueblo  de  que  se  constituyó  ver- 
dugo   

La  impresión  que  esta  escena  produjo  en  Haro,  le 
preocupaba  constantemente.  A  mí  me  decía,  con  una 
voz  pavorosa  y  de  espanto 

«¿Qué  le  dio  á  D.  Manuel  por  echarme  aquella  mal- 
dición, que  hace  la  desgracia  de  mi  vida? 


173 

Antonio  Haro  y  Tamariz,  maldito  seas ¡oh!  no  lo 

soporto .... 

Las  muy  acertadas  providencias  del  Gabinete  Cue- 
vas, la  inmaculada  pureza  de  sus  miembros  en  su  con- 
ducta pública  y  privada,  y  lo  espontáneo  de  la  adhesión 
de  los  pueblos  al  programa  del  Gabinete,  comunicaban 
alegría  y  bienestar  á  las  clases  todas  de  la  sociedad. 

Juan  Navarro,  Escalante  y  Alcaraz,  compusieron  un 
himno  que  se  convirtió  en  fórmula  del  triunfo  de  la 
moral  y  de  la  ley. 

El  astro  de  la  gloria, 
Ya  luce,  mexicanos, 
Cayeron  los  tiranos, 
Triunfó  la  libertad. 

No  obstante  los  elementos  felices  de  reorganización 
que  mencionamos,  la  herencia  de  inmoralidad,  de  des- 
orden y  de  hábito  por  los  negocios  pecuniarios,  en  que 
los  agiotistas  tenían  comprometidas  grandes  sumas, 
hacían  muy  difíciles  las  circunstancias,  agravándose 
éstas  con  los  avances  de  los  téjanos,  la  actitud  de  los 
Estados  Unidos  y  las  intrigas  del  general  Paredes,  re- 
presentante apasionado  del  círculo  monarquista,  y  en 
toda  exageración  servil,  prohombre  de  los  partidos 
clerical  y  militar. 

El  Sr.  Herrera  fué  electo  Presidente,  y  su  Ministerio 
renunció  para  dejarle  en  libertad  de  nombrar  un  nue- 
vo Gabinete. 

El  Sr.  Herrera,  por  sus  ligeros  estudios,  por  haber 
tomado  parte  activísima  en  la  Independencia  y  por 


174 

convicciones,  era  liberal;  pero  su  modestia  suma,  su 
primera  educación  y  el  prestigio  que  tenían  sobre  él 
personas  como  Otero  y  Pedraza,  lo  sujetaban  en  el  par- 
tido moderado,  siguiendo  dócilmente  sus  inspiraciones. 

Consecuente  con  ellas,  nombró  el  siguiente  Minis- 
terio: 

Relaciones,  Sr.  Peíia  y  Peña. 

Justicia,  Bernardo  Couto. 

Hacienda,  Fernández  del  Castillo. 

Guerra,  General  Pedro  Anaya. 

El  Sr.  D.  Manuel  de  la  Peña  y  Peña  era  considerado 
como  una  gloria  del  foro  y  como  uno  de  esos  monu- 
mentos que  se  transmiten  de  una  á  otra  edad,  con  cier- 
to prestigio  y  veneración. 

El  Sr.  Peña  y  Peña,  como  algunos  letrados  de  su 
tiempo,  era  abogado  y  sólo  abogado,  viendo  si  no  con 
desdén,  sí  con  frialdad,  ramos«de  literatura  que  culti- 
vaban con  brillantez  los  hombres  de  su  tiempo. 

Corpulento,  ancho  de  espaldas,  severo  do  facciones 
detenido  y  campanudo  en  el  habla,  ceremonioso  y  es- 
merado en  sus  maneras. 

Sus  relaciones  eran  con  personas  de  alta  posición  y 
con  dignidades  de  la  Iglesia,  porque  era  cristiano  ejem- 
plar, sembraba  su  conversación  de  latines  y  se  pagaba 
del  respeto  con  que  le  veían  sus  discípulos,  entre  los 
que  se  contaba  el  Sr.  Riva  Palacio.  Las  lecciones  de 
práctica  forense  del  Sr.  Peña  y  Peña  son  vistas,  aun 
hoy,  como  obra  de  un  jurisconsulto  de  primer  orden. 

Pequeño  de  cuerpo,  de  modales  compasados  y  gra- 


•      175 

ves,  frente  convexa  llenade  bondad  é  inteligencia,  ojos 
encapotados  pero  penetrantes,  cabello  como  púas,  re- 
traído, silencioso,  con  pasos  afectadamente  largos,  D. 
Bernardo  Couto,  habría  pasado  por  una  persona  vulgar 
si  no  se  le  hubiera  escuchado  en  la  tribuna. 

En  ella  el  Sr.  Couto,  apartándose  de  la  escuela  vi- 
ciosa de  los  malos  imitadores  de  Chateaubriand,  de  la 
frase  rimbombante  y  de  la  metáfora  de  bomba  que  es- 
taban en  boga,  era  conciso,  correcto,  lógico,  inflexi- 
ble, verdaderamente  elocuente. 

Literato  distinguido,  conocedorcomo  pocos  de  nues- 
tra historia,  jurisconsulto  eminente,  dado  á  conocer 
muy  ventajosamente  por  el  Dr.  Mora  como  hombre  de 
la  más  alta  importancia,  Couto  no  se  envanecía,  y  en 
su  trato  era  dulce  y  comedido. 

Su  intransigencia,  y  acaso  cierto  cambio  en  sus  opi- 
niones liberales,  dependía  de  sus  escrúpulos  religio- 
sos. 

Acaso  á  esto  contribuía  su  salud  muy  delicada:  el 
Sr.  Couto  dormía  de  tres  á  cuatro  horas  sentado  en  su 
estudio,  comía  muy  poco,  y  sus  nervios  se  resentían  de 
la  más  ligera  emoción. 

El  Sr.  Fernández  del  Castillo  era  un  buen  empleado 
de  Hacienda,  hecho  y  derecho  de  la  estirpe  legíti- 
ma de  Bandolón  yUnzueta,  de  Canseco  y  Payno  y  Bus- 
tamante. 

Alto,  grueso,  expedito,  jovial,  sumiso  con  sus  jefes, 
mientras  fué  subalterno,  benévolo  con  sus  empleados 
cuando  fué  jefe. 


176      ' 

Apegado  á  las  leyes  de  Alas  y  á  la  Ordenanza  de  In- 
tendentes, con  la  recopilación  de  Arrillaga  en  la  pun- 
ta de  los  dedos,  y  D.  Pedro  Muchada  como  autoridad, 
el  Sr.  Castillo  llegó  a  Tesorero  General,  y  ocupó  el 
Ministerio  de  Hacienda  con  aplauso  general,  por  su 
finura  y  probidad. 

Fué  como  una  aparición  en  el  Ministerio  de  la  Gue- 
rra la  presentación  del  Sr.  D.  Pedro  Anaya,  según  se 
decía,  por  influjo  y  recomendación  especial  del  Sr.  Gó- 
mez Pedraza. 

El  Sr.  Anaya  tuvo  una  carrera  muy  obscura,  aun- 
que muy  joven  sentó  plaza  de  cadete.  En  1821,  en  ca- 
lidad de  capitán,  tomó  parte  por  la  Independencia,  y 
hasta  1833  no  se  hizo  visible. 

Nombrado  para  la  expedición  de  Guatemala,  contra- 
jo amistad  íntima  con  el  Sr.  Filisola,  cuya  fama  reco- 
nocía como  suya,  recibiendo  y  dispensando  toda  cla- 
se.. .  .(sic.) 

Pálido,  tieso,  malmodiento,  huraño,  con  salidas  brus- 
cas y  poco  afecto  á  ceremonias  y  circunloquios,  hu- 
biera sido  Anaya  repelente,  si  no  se  percibiera  en  él 
á  primera  vista,  el  hombre  que  no  sabía  mentir,  el  hom- 
bre inmaculado  en  cuanto  á  manejo  de  intereses,  y  el 
hombre  valiente  y  lleno  de  generosidad  para  sus  ene- 
migos, especialmente. 

Este  Ministerio  sucumbió  por  el  pronunciamiento 
de  D.  Mariano  Salas,  militar  á  la  antigua,  valiente  y 
fanático,  caserito  y  alegre  en  la  paz  y  entre  las  dama?, 
severo  é  inflexible  en  la  guerra;  tan  útil  para  dis- 


177 

poner  una  diversión  casera  como  para  dar  lustre  á 
una  toma  de  hábito  y  una  Canta  Misa. 

Su  casa  era  centro  de  escogida  sociedad,  y  su  seño- 
ra, Pepita  Cárdena,  una  matrona  llena  de  virtudes  que 
ejercía  poderoso  influjo  sobre  su  esposo,  á  quien  era 
muy  superior  en  cuanto  á  inteligencia. 

A  Salas  sucedió  Paredes  en  el  poder,  á  consecuencia 
de  su  conducta  criminal  de  pronunciarse  en  la  Hacien- 
da de  la  Pila  (San  Luis  Potosí)  contra  el  Gobierno  que 
había  confiado  á  su  honor  aquella  fuerza  para  defen- 
der la  Independencia,  combatiendo  contra  los  téjanos. 

Mientras  esos  cambios  se  verificaban,  los  importan- 
tísimos cambios  que  apenas  indicamos,  los  partidos  se 
agitaban  con  demasiada  efervescencia. 

Al  lado  del  General  Salas,  y  con  visibles  tendencias 
al  restablecimiento  de  la  federación,  se  encontraban 
Lafragua  y  Farías,  el  primero  fino,  moderado,  colegia- 
lito  aplicado  de  Puebla,  familiar  del  Obispo,  poeta  co- 
rrecto y  frío,  pródigo,  y  en  todo  minucioso  y  simétrico. 

Vivía  solo,  dirigía  la  casa  como  una  inteligentísima 
ama  de  gobierno.  En  su  sala,  en  primer  término,  esta- 
ban su  bonete  y  su  beca.  A  sus  libros  los  empastaba 
por  colores  y  tamaños,  como  los  caballos  de  un  regi- 
miento. Tachábasele  de  mezquino  y  se  le  concedían 
los  honores  de  la  inmortalidad  á  un  paleto  café  que 
había  crecido  con  él  desde  que  estudiaba  gramática. 

Y  no  obstante  de  que  no  es  posible  asignar  un  pri- 
mer puesto  entre  los  personajes  influyentes  de  la  épo- 
ca,  tuvo  participación  activa  en  los  sucesos,  por  su 


j 


178 

amistad  íntima  con  Domingo  Ibarra,  Comonfort.  Car- 
doso  y  el  círculo  en  que  dominaban  Pedraza,  Otero  y 
Mariano  Yáñez. 

Con  el  Gral.  Paredes  se  entronizaba  resuelto  en  el 
poder  el  partido  anti-independiente,  el  de  las  clases, 
el  del  trono  y  el  altar,  y  se  entronizaba  resuelto  á 
plantear  el  sistema  monárquico  con  una  organización 
que  parecía  indestructible. 

Paredes,  como  casi  todos  los  generales,  era  ignoran- 
tísimo; su  admiración  por  el  sistema  español,  profun- 
do, y  su  odio  á  la  canalla,  invencible. 

Pequeño  de  cuerpo,  de  roma  nariz  y  ojos  pequeños, 
pelo  lacio,  erguido  y  pretensioso,  la  figura  de  Paredes 
bien  aprovechada,  podía  servir  para  recaudar  boletos 
á  la  puerta  de  un  teatro,  ú  ordenar  una  procesión  de 
desagravios.  Pero  su  reputación  de  valiente  era  jus- 
tamente adquirida  y  de  su  rectitud. 

El  Gral.  Paredes,  enlazado  estrechamente  con  lo* 
Condes  del  Valle,  con  altísimas  dignidades  ecler-iásti- 
cas  y  relacionado  con  casas  nobilísimas  de  España,  te- 
nía motivos  de  profesar  veneración  profunda  al  se- 
ñor Alamán,  Padre  Arrillaga,  Padre  Nájera,  Castillo 
Lanzas,  Bonilla,  Jáuregui,  Baldomero,  Miranda  y  otros 
prohombres  del  partido  conservador. 

Por  otra  parte,  la  familia  del  Sr.  Paredes  era  una  fa- 
milia ejemplar,  en  que  lucían,  á  par  de  las  virtudes,  los 
usos  más  correctos  y  pulcros  de  la  buena  sociedad. 
La  Sra.  Doña  Josefa  Cortés  de  Paredes  era  distinguidí- 
sima matrona,  pertenecía  á  una  familia  rica  de  Guada- 


179 

lajara,  y  tenía  ese  tono  de  franqueza  que  distingue  á 
las  familias  aristocráticas  de  aquella  parte  de  la  Re- 
pública. 

Pero  á  pesar  de  su  reserva  y  de  su  educación  esme- 
rada, la  señora  era  lo  más  intolerante,  lo  más  apegado 
al  clero,  y  lo  más  poderosamente  decisivo  en  el  con- 
sejo del  Sr.  Paredes,  y  no  tanto,  en  mi  juicio,  por  la  par- 
te política,  sus  combinaciones  y  conveniencias  de  fa- 
milias, no,  sino  por  el  principio  religioso  que  la  señora 
creía  altamente  comprometido  con  los  liberales,  que 
según  ella, ampliaban  día  por  día  los  dominios  de  Sata- 
nás contra  Dios  y  contra  toda  la  corte  celestial. 

La  señora,  á  quien  por  lo  dicho,  le  llamaban  los  libe- 
res Madame  San  Dizié,  recordando  al  Judío  errante,  era 
centro  de  poderosísima  acción,  que  se  extendía  en  el 
corazón  dé  las  familias  á  lo  más  granado  de  nuestra 
sociedad. 

Bandera  y  guía,  consejero  y  símbolo  de  fe  era  El 
Tiempo,  periódico  semi-oficial,  establecido  para  la  pro- 
paganda de  la  monarquía  y  en  el  que  escribían  Alamán, 
Bonilla,  Elguero  y  Tagle  más  visiblemente,  pero  en  el 
que  daban  sus  pinceladas  Don  José  Dolores  Ulíbarri, 
Aguilar  y  Marocho,  Nájera  y  algunos  otros. 

Este  periódico  estaba  elegantemente  escrito,  con 
doctrinas  evidentemente  retrógradas  expuestas  con  to- 
das las  galas  del  bien  decir,  y  con  esa  flexibilidad  hi- 
pócrita que  pone  lo  más  santo  de  parapeto  para  conse- 
guir los  más  indignos  fines. 

Se  suponía  amigo  y  protector  de  este  complot  al  se- 


160 

ñor  D.  Salvador  Berra údez  de  Castro,  Ministro  de  Espa- 
ña, literato  y  poeta  notable  y  hombre  de  grande  atrac- 
tivo por  sa  porte  y  sus  finezas  en  el  trato  social. 

Paredes  se  había  instalado  en  el  Correo,  que  existía 
entonces  en  la  calle  de  San  Francisco,  donde  hoy  exis- 
te el  Palacio  de  Cristal.  El  grande  edificio  se  dividía 
en  dos  grandes  secciones:  una,  ocupada  por  las  ofici- 
nas, la  otra,  habitación  de  los  jefes,  la  fué  á  ocupar  el 
Sr.  Paredes  con  su  familia,  compuesta  de  la  seiiorn. 
tres  niñas  y  frecuentemente  el  Sr.  Dr.  D.  Luis  Mufliz, 
casado  con  la  hija  mayor  del  general,  persona  en  quien 
competía,  la  gracia  la  belleza  y  la  bondad. 

El  Correo  era  lugar  de  cita  de  beatas,  beatos,  ma- 
yordomos de  monjas,  sacristanes,  demandaderos,  so- 
brinos devotos  y  pecadores  arrepentidos,  que  se  aliga- 
ban en  las  banderas  de  la  fe  para  salvar  sus  almas,  pro- 
curando el  viaje  á  los  apretados  infiernos,  de  los  ene- 
migos. 

La  prensa,  haciendo  un  esfuerzo  supremo,  combatía 
al  poder,  señalándose  el  Monitor  Republicano,  cuyo 
editor  I).  Vicente  García  Torres  sostenía  en  todo* 
los  terrenos  las  doctrinas  del  periódico. 

García  Torres  era  natural  del  Estado  de  México,  de 
una  familia  muy  pobre.  Vino  á  la  Capital  y  tuvo  un 
acomodo  subalterno  en  la  casa  del  Marqués  de  Vi  van- 
eo. Marchó  con  sus  favorecedores  á^Inglaterra,  donde 
aprendió  inglés  y  francés  y  contrajo  matrimonio  con 
una  suiza,  honrada  y  económica,  que  de  sus  ahorros 
formó  una  pequeña  fortuna. 


181 

No  sé  bien,  por  qué  conjunto  de  circunstancias,  á  su 
regreso  á  la  República,  se  empeñó  en  hacer  la  edición 
«ie  un  tratado  completo  de  diplomacia,  publicación  que 
algunos  creyeron  tan  estéril  é  inoportuna  como  si  se 
tratase  del  Koran. 

Por  una  singularidad  inexplicable,  aquella  publica- 
ción tuvo  éxito  asombroso  entre  matanceros  (sic)  y 
gente  de  escaleras,  y  de  hay  nació  El  Estandarte,  El 
Monitor  y  otras  publicaciones  liberales. 

García  Torres,  no  sólo  no  tenía  educación  literaria, 
¡pero  ni  elemental  perfecta!;  sin  embargo,  tenía  instin- 
tos generosos  en  favor  del  pueblo,  y  tuvo  el  tino  de 
aconsejarse  de  Cardoso,  Olaguíbel  y  Lafragua,  compro- 
metiendo sin  vacilación  su  persona  y  su  fortuna. 

Don  Vicente  no  tenía  vanidad  alguna,  confesaba  su 
ignorancia  y  tributaba  respeto  á  las  personas  de  sa- 
ber. 

Valiente,  buen  jinete,  arriesgado  en  los  lances  re- 
volucionarios y  sabiendo  asumir  la  responsabilidad 
-de  sus  actos,  se  hizo  apreciable  y  conseguía  se  convir- 
tieran en  gracias  sus  salidas  de  hombre  del  pueblo. 

Al  Monitor  se  refugiaron  para  escribir  en  contra  de 
Paredes,  Iturbide  D.  Sabás,  Juan  Navarro,  Alcaraz, 
Castillo  Velasco,Torroscano,  Revilla,  Francisco  Banuet 
y  otros  de  menor  importancia,  entre  los  que  tengo  el 
honor  de  contarme. 

El  que  escribía  el  artículo,  lo  firmaba  y  se  disponía 
á  sufrir  las  consecuencias. 

García  Torres  fué  llamado  por  el  Sr.  Paredes  para 


182 

hacerle  agrias  reconvenciones  por  su  periódico;  pero 
D.  Vicente,  lejos  de  retractación  y  disculpa,  echó  en 
cara  al  Presidente  su  mal  manejo,  y  ardió  Troya.  García 
Torres  salió  desterrado  para  Monterrey,  dejando  su  fa- 
milia y  sus  intereses  en  malísima  posición;  pero  reco- 
mendándonos continuar  en  la  lucha  hasta  el  último 
cuadratín  de  la  imprenta. 

Aquella  redacción  ardía  y  se  comunicaba  con  otras 
redacciones  y  confocos  revolucionarios  en  continua  agi- 
tación, porque  es  de  advertir,  que  en  el  fondo,  la  po- 
lítica podía  describirse  con  el  quilate  tú  para  poner- 
me yo,  como  se  había  repetido  desde  el  famoso  motín 
de  la  Acordada. 

Ramírez  y  yo  habíamos  pensado  y  madurado  el  es- 
tablecimiento de  un  periódico  satírico. 

Payno  tenía  una  imprenta  en  compañía  de  D.Juan 
de  la  Granja,  generosísimo  español,  amigo  de  México  é 
introductor  en  la  República  del  telégrafo  que  funcionó 
por  primera  vez  en  la  calle  de  las  Damas,  núm.  9, 
esquina  del  Puente  Quebrado. 

Sedujimos  á  Payno,  dejándole  todo  lo  que  fuese  ven- 
taja y  lucro;  invitamos  á  Vicente  Segura  á  que  nos 
acompañase^  se  adhirió  á  nosotros  un  pintor  lleno  de 
talento,  y  gracias  á  nosotros,  y  el  día  menos  pensado, 
derramando  chistes,  alborotando  conciencias,  burlando 
masones  y  alarmando  bribones,  salió  á  luz  Don  Sitn- 
plicio,  esgrimiendo  su  látigo  en  busca  de  peligrosas 
aventuras. 

Ramírez  adoptó  el  seudónimo  de  Nigromante,  Vi- 


183 

cente  Segura  el  de  Cantárida,  y  yo,  primero,  el  de  Zan- 
cadilla y  después  el  D.  Simplicio. 

Me  es  preciso  dar  á  conocer  á  Vicente  Segura,  por 
el  papel  importante  que  representó  después  en  el  ban- 
do conservador  y  por  su  muerte  trágica. 

Guapo  chico  era  Vicente  Segura,  rechoncho  y  ex- 
pedito, franco  y  campechano,  muy  valiente  y  sin  pre- 
sunción alguna  como  literato,  no  obstante  tener  talen- 
to despejado  é  instrucción,  aunque  desordenada,  bas- 
tante notable. 

Segura  era  liberal  moderado;  pero  sean  reminiscen- 
cias de  educación,  sea  que  en  el  personal  del  partido 
exaltado  había  verdaderos  y  capitales  defectos,  Segu- 
ra odiaba  á  los  puros  y  afrontaba  disgustos  particula- 
res con  mucha  frecuencia. 

Por  otra  parte,  Segura  había  nacido  y  se  había  creado 
en  un  círculo  cristiano  timorato  y  apegado  al  sistema 
colonial,  y  esto,  y  la  influencia  de  personas  como  Pesa- 
do, Carpió  y  Couto  determinaron  su  cambio  con  la  exal- 
tación que  vimos,  porque  en  Vicente  todo  era  pasión. 

Don  Simplicio  tuvo  una  fortuna  estupenda;  el  lugar 
que  supo  conquistarse  fué  en  primera  línea,  y  contri- 
buyó no  poco  á  su  prestigio  un  incidente  que  pinta  la 
época. 

Como  hemos  dicho,  el  Sr.  Paredes  vivía  en  el  Correo, 
y  allí  hacía  su  despacho. 

Kn  el  Correo  había  un  gran  salón,  de  quince  á  vein- 
te varas,  con  sillería  corriente,  y  á  la  cabecera  una  pe- 
queña mesa  con  su  carpeta  verde. 


184 

El  .salón  se  mal  alumbraba  al  caer  la  noche,  y  sobre 
la  mesita  aparecía  una  botella,  que  tomó  el  nombre 
de  cucharadas  de  Vanderlinden,  jefe  del  Cuerpo  Mé- 
dico Militar,  y  cuyas  cucharadas,  según  los  maldicien- 
tes, recordaban  más  á  Noé,  que  á  Esculapio. 

A  las  oraciones  de  la  noche  iban  llegando  uno  á  uno 
los  jefes  de  la  guarnición,  los  coroneles  de  los  cuer- 
pos, los  asesores,  los  amigos  íntimos  del  general. 

El  conjunto  era  de  esos  matones  cabelludos,  con  el 
pescuezo  hundido  entre  los  hombros,  ó  bien  desperso- 
nados rancheros,  de  piernas  de  paréntesis,  y  un  dedo 
menos  ó  un  brazo  como  arco  do  violín. 

A  cierta  hora  salía  de  las  piezas  interiores  el  gene- 
ral, con  su  gorrita  de  terciopelo  bordada  y  emprendía 
conversación  con  sus  amigos. 

Por  supuesto,  que  todos  estos  amigos  llevaban  su 
tiempo  en  el  sombrero:  suspiraban  por  el  rey,  y  deja- 
ban caer  sus  calumnias  contra  los  picaros  demagogos. 

El  general  se  lamentaba  de  que  ya  no  hubiese  hom- 
bres; refería  que  en  su  tiempo  llovían  las  palizas  sobre 
los  insolentes  escritores,  y  aquello  era  una  de  delacio- 
nes de  chismes  y  bravatas,  sobre  toda  ponderación. 

Ramírez  y  yo,  habíamos  compaginado  una  letrilla  de 
circunstancias,  cuyo  coro  decía: 

Con  bonete  anda  el  soldado. 
Y  el  clérigo  con  morrión. 
La  cruz  y  la  espada  unidas 
Gobiernan  á  la  Nación, 

¡Que  viva  la  bolla  unión! 


185 

Gran  boga  tuvieron  estos  versitos.  Algún  malque- 
riente provocó  en  la  junta  nocturna  conversación,  y 
se  comprometió  á  dar  á  mi  costa  un  buen  rato  á  sus 
amigos. 

A  mi  me  llamaron  de  parte  del  señor  Presidente;  yo 
concurrí,  y  cuando  volví  la  cara,  estaba  en  medio  de 
un  círculo  desconocido;  con  Don  Simplicio  al  frente  é 
instándome  todos  de  la  manera  más  provocativa  é  iró- 
nica á  que  leyese. 

—Ya  verá  Ud.,  mi  general. ...  el  joven  lee  con  gar- 
bo; va  Ud*  á  ver. 

Yo  titubeaba ....  no  hallaba  qué  hacer. 

— Cómo!  ¿tiene  Ud.  miedo?  dijo  alguno. . . . 

— Lea  Ud.,  amigo,  dijo  imperativo  el  Sr.  Paredes. . . 

Entonces  yo,  echando  el  pecho  al  agua,  levanté  la 
voz.  y  acentuando  bien  la  sátira,  repetí,  en  medio  de 
aquellos  esbirros  llenos  de  entorchados  y  de  odio  la 
libertad: 

Con  bonete  anda  ol  soldado,  etc. 

A  medida  que  hablaba,  los  rostros  se  ponían  más  y 
más  sombríos. ...  y  le  veía  al  Presidente  ímpetus  de 
arrebatarme  el  papel  de  la  mano  y  cometer  una  trope- 
lía... .  en  efecto,  hubo  un  momento  en  que  el  procer 

se  disparó;  pero  yo,  que  lo  esperaba me  refugié 

en  las  piezas  de  la  habitación  del  Sr.  Paredes,  donde  su 
familia  me  llenó  de  atenciones  y  favores,  empeñando 
para  siempre  mi  gratitud. 


186 

Por  ese  tiempo,  llamaron  un  tanto  la  atención  en  la 
prensa,  el  joven  D.  Agustín  A.  Franco  y  Lie.  General 
D.  Ignacio  Sierra  y  Rosso. 

El  primero,  era  un  joven,  ornato  de  la  juventud  y 
joya  de  la  moda.  Hijo  de  un  empleado  subalterno  del 
Estado  de  México;  por  su  educación  y  virtudes  se  re- 
lacionó con  la  mejor  sociedad,  y  proporcionó  á  Agus- 
tín esmerada  educación-, 

Franco  era  arrogante  mozo;  de  ojos  negros  lindí- 
simos, pelo  de  azabache,  fino  y  esmeradamente  cuida- 
do, una  boca,  que  en  su  interior  la  hacía  lutninosa  <u 
dentadura  blanquísima,  y  un  conjunto  verdaderamen- 
te artístico  y  escultural.  Estas  perfecciones  que  él  co- 
nocía y  cultivaba  con  soberbia,  estaban  contrabalan- 
ceadas y  como  obscurecidas  con  el  defecto  de  la  cojera, 
era  cojo  de  una  sola  pierna,  y  una  muleta,  aunque  la 
manejaba  con  destreza,  perdía  la  figura;  y  le  mortifica- 
ba al  extremo. 

Nimio  y  pulido  en  el  tocador,  Franco  se  cegaba  con 
su  belleza,  y  sacaba  partido  de  su  quietud  forzada,  es- 
tudiando asiduamente,  y  perfeccionando  el  inglés,  el 
francés,  el  latín  y  el  italiano,  en  que  era  sobresaliente. 

La  capacidad  de  Franco  no  era  extraordinaria:  pero 
él  aspiraba  en  todoá  los  primeros  lugares,  sin  cuidarse 
de  creencias  ni  convicciones  políticas,  y  yo  creo  que  su 
alistamiento  en  el  partido  retrógado,  fué  debido  á  que 
no  encontró  asiento  en  la  primera  línea  de  los  pro- 
hombres del  partido  liberal. 

Enamorado,  valiente  y  espléndido  en  sus  gastos,  sin 


187 

medios  competentes  para  cubrirlos,  se  hizo  redactor 
del  Diario  del  Gobierno;  embistió  furioso  contra  los 
enemigos  de  las  clases  privilegiadas,  y  se  preparó  el 
camino  á  que  fué  llamado  después. 

Con  motivo  de  haber  publicado  en  su  periódico  la 
novela  de  Balzac,  titulada  El  Pere  Goriot,  se  le  que- 
dó como  apodo,  Pfere  Goriot,  sin  que  tuviese,  maldita  la 
conexión,  la  novela  de  que  hablamos,  con  la  vida  y 
circunstancias  de  Franco. 

D.  Ignacio  Sierra  y  Rosso  era  otra  cosa;  jalapefio, 
festivo  y  bon  vivant;  colegial  de  mediano  empuje;  pero 
popular  por  lo  servicial  y  buen  chico,  desde  muy  tem- 
prano se  adhirió  al  general  Santa-Anna,  de  quien  era, 
como  él  decía,  fanático  adorador. 

Grandes  ojos,  como  una  enorme  papa  la  nariz,  bo- 
ca de  amplia  entrada  y  aguanosa,  patilla  de  hilo  negro 
con  grandes  claros,  D.  Ignacio  se  declaró  el  Homero  de 
Santa-Anna  é  hizo  de  su  lira  una  escala,  con  la  que  lle- 
gó á  los  más  altos  destinos. 

Santa-Anna  distinguía  á  su  coplero,  y  le  procuraba 
pingües  colocaciones:  ya  como  general  del  ejército  en 
la  artillería,  ya  en  la  Dirección  General  de  Rentas,  ya, 
por  último,  como  Ministro  de  Hacienda. 

En  las  solemnidades  cívicas,  en  los  banquetes,  en 
los  días  de  campo,  el  chatito  Sierra  se  distinguía,  y  era 
el  devoto  más  ferviente  del  general  Santa-Anna.  De- 
cía en  una  octava: 


188 

Vista  muy  dulce  en  calurosa  tarde 
Es  del  Océano  la  templada  brisa, 
Y  dulce  al  joven  amador  cobarde 
De  su  amada  en  los  labios  ver  la  risa; 
Pero  más  dulce  al  corazón  y  arde 
Dentro  el  pecho  latiendo  más  de  prisa, 
Cuando  el  aura  feliz  repite  ufana: 
¡Viva  el  excelso  general  Santa-Anna! 

No  siempre  el  César  era  amable  con  su  cantor,  y  es- 
tando en  el  Ministerio,  empleaba  para  con  él  el  len- 
guaje soez  y  cuartelero,  hijo  de  su  depravada  educa- 
ción. 

— ¡Bruto! — ¡poetastro! — ¿Cuándo  se  va  Ud.  del  Mi- 
nisterio? 

Sierra  callaba;  y  cuando  Santa-Anna  se  alejaba,  de- 
cía: ¡qué  chanzas  tiene  el  sefíor  Presidente!  me  quiere 
como  á  hijo. 

Debo  decir,  en  obsequio  de  la  verdad,  que  en  los 
tiempos  de  prueba,  Sierra  no  abandonó  á  su  bienhechor 
y  lo  defendió  con  entereza,  como  caballero  reconocido. 

La  agitación  política,  las  discusiones  perpetuas,  el 
acocho  contra  los  manejos  de  los  monarquistas,  ape- 
nas me  dejaban  excursionar,  no  ya  por  mis  barrios  y 
los  ajenos,  sino  por  la  sociedad  distinguida,  donde  bro- 
taba una  nueva  florecencia  de  hermosuras,  encantando 
las  miradas  y  avasallando  los  corazones. 

En  las  aristocráticas  tertulias  de  la  Sra.  Agüero  y  del 
Ministro  español,  lucían  las  Sritas.  Sáyagos,  la  señora 
de  Obregón,  que  aunque  reputado  de  avaro,  el  marido, 
gastaba  lujo  deslumbrador.  La  familia  Lasquety,  con 


189 

su  noble  tradición  de  conde  del  Venadito,  las  Sritas.  Zo- 
zayas,  distinguiéndose  por  su  belleza  Lueesita,  de  cu- 
yo rostro  se  decía  copiado  el  de  la  Purísima;  de  San 
Francisco,  así  corno  ol  de  la  Dolorosa  de  la  Profesa, 
de  Paz  Villamil,  hija  cLe  la  célebre  güera  Rodríguez,  la 
lindísima  Hipólita  Urruchua  y  Escobedos,  Gómez,  La- 
madrid,  Royuelas  y  otras. 

La  sacerdotisa  de  la  moda  encargada  del  vestido  y 
adorno  de  estas  deidades,  era  Virginia  Gourgués,  aten- 
dida y  considerada  de  las  principales  familias,  al  pun- 
to de  casarse  su  hijo  Octavio  con  una  hija  del  general 
Paredes,  percance  democrático  que  no  sabemos  cómo 
recibiría  la  familia. 

Y  ya  que  hablamos  de  modas,  diremos  que  el  peina- 
do consistía  en  grandes  cuencas  de  cabello  junto  de  las 
sienes,  las  crenchas  abiertas  en  la  parte  posterior  de 
la  c  ibeza.  y  profusión  de  alhajas  que  expendía  Tenier, 
platero,  que  hizo  en  muy  poco  tiempo  gran  fortuna. 

Entre  los  jóvenes  que  pintaban  en  el  ocho,  hacían 
raya  entonces  Joaquín  Rincón  Gallardo,  á  quien  por 
su  apostura  llamaban  el  Vizconde  de  San  Remy;  Pena 
y  Barragán,  Félix  Galindo,  que  tuvo  brillante  manejo 
en  la  guerra  americana,  Benlegui  y  otros  que  no  re- 
cuerdo. 

En  cuanto  tú  pópulo,  nada  era  comparable  á  la  crea- 
ción ardiente,  fecunda  época  y  casi  sublime  del  Gran 
Paseo  de  la  Retama,  obra  de  I).  José  Román,  conocido 
con  el  nombre  del  Señor  del  Veneno,  como  chanza  tier- 
na de  la  gente  de  humilde  pelaje, 


190 

Román  fué  un  genio  que  quedó  en  borrador,  porque 
no  hubo  tiempo  para  copiarlo  en  limpio. 

Lanzándose  á  la  izquierda  de  la  frontera  de  Neca- 
titlán.  y  como  quien  se  zabulle  en  un  túnel,  se  pene- 
traba en  un  callejón  que  tenía  más  de  estrecho  acue- 
ducto que  de  tránsito,  y  más  de  cañón  de  escopeta  que 
de  lugar  habitado;  escurriéndose  y  limpiando  gradua- 
do de  escobellón  aquel  tubo,  se  abrían  paso  las  pare- 
des como  para  hacer  una  cabriola,  y  saltando  de  una 
ruina  en  otra  de  trechos  despejados  y  trechos  con  yer- 
ba crecida. . .  en  una  pared  Maquísima,  con  letras  co- 
loradas se  leía:  Gran  Paseo  de  la  Retama. 

Anuncio  tan  gigantesco  coronaba  una  puertecilla 
pequeña  y  angosta,  en  donde  se  tenía  que  entrar  la- 
deado y  poco  menos  que  á  gatas. 

Inmediatamente  tras  de  la  puerta,  y  con  atrevidas 
pretensiones  de  puente,  había  una  viga  movediza  é  in- 
quieta protectora  de  difíciles  equilibrios,  y  una  vez  que 
otra  conductora  infiel  de  los  concurrentes  al  paseo. 

Al  tocar  la  tierra  firme  la  viga,  el  camino  se  bifurca- 
ba, conduciendo  por  dos  senderos  diferentes  al  Depar- 
tamento de  las  Musas  y  gente  fina,  y  al  departamen- 
to del  pueblo  soberano,  todo  anunciado  con  letreros  la- 
boriosos en  que  las  Q  eran  sirenas,  las  S  serpientes  y 
las  Aes  unos  polichinelas  abiertos  de  piernas,  verda- 
deros milagros  del  pincel  callejero. 

El  todo  del  paseo  era  un  corral  inmenso  con  una 
zanja  en  su  centro,  y  arbolillos  dispersos  en  varias  di- 
recciones, con  uno  que  otro  conato  de  sembrado,  á  la 


191 

orilla  de  la  acequia,  de  chícharo,  rosas,  retamas  y  ma- 
ravillas rojas  y  disciplinadas. 

En  primer  término,  y  á  la  entrada  del  Recreo,  como  le 
llamaba,  se  encontraba  el  propietario  D.  N.  Román,  er- 
guido y  serio  como  militar  de  los  educados  por  D.  Juan 
Andrade. 

Fotografiando  al  Sr.  Román,  podían  verse  sus  gran- 
des ojos,  su  cabello  cerdoso  pero  combatido  con  grasa 
y  cepillo,  cubriéndole  la  frente;  el  moreno  de  la  cutis 
con  visible  aproximación  á  lo  negro;  su  bigote  co- 
mo enredadera  á  la  entrada  de  gruta,  y  el  todo  de  su 
fisonomía  joco-serio  de  picaresco  embozado  ó  peca- 
dor arrepentido.  D.  J.  Román  era  el  gran  cicerone  pa- 
ra visitar  su  establecimiento,  el  primero  de  su  género. 

En  el  centro  de  la  sección  de  la  gente  fina,  se  alzaba 
una  rotonda  ó  edificio  circul